geoestrategia.eu

Estado de guerra

Por Elespiadigital
x
infoelespiadigitales/4/4/19
domingo 16 de junio de 2013, 00:00h

En el páramo californiano, en un rancho de nombre insoslayable ?Mirage: «Espejismo»?, los dirigentes de las dos superpotencias del siglo, esto es, la cansada EEUU y la meteórica China, han escenificado esta semana un encuentro cuyo propósito era el de aclararnos que el ascenso irrefrenable de esta última es y será pacífico. A falta de una explicación por extenso de lo que se quiere decir con ello (y haciendo caso omiso de la tentación hermenéutica que representa la apelativo de la finca), nos entregamos a un ejercicio de credulidad y damos por buena la declaración: vivimos en período de paz.

Por Darío Acebales

Por Darío Acebales

En el páramo californiano, en un rancho de nombre insoslayable ?Mirage: «Espejismo»?, los dirigentes de las dos superpotencias del siglo, esto es, la cansada EEUU y la meteórica China, han escenificado esta semana un encuentro cuyo propósito era el de aclararnos que el ascenso irrefrenable de esta última es y será pacífico. A falta de una explicación por extenso de lo que se quiere decir con ello (y haciendo caso omiso de la tentación hermenéutica que representa la apelativo de la finca), nos entregamos a un ejercicio de credulidad y damos por buena la declaración: vivimos en período de paz.

Día antes día después, se nos informa del desasosiego de Obama ante los ataques informáticos de que son víctima, con creciente frecuencia, elementos estratégicos de los ámbitos industrial y militar estadounidenses, embates cuyo origen, aseguran las agencias, se sitúa inequívocamente en la excesiva República Popular. El pillaje no ha sido anecdótico: que sepamos ha supuesto la transfusión de varios terabytes de datos relativos, entre otras cosas, a los programas armamentísticos norteamericanos, lo que oblitera de un plumazo años de investigación y millones de dólares invertidos en ganar una posición ventajosa en la carrera del terror preventivo. Las intervenciones del archipresidente a raíz de este saqueo se han servido de malabarismos retóricos para ser, simultáneamente, terminantes y ambiguas: por un lado insiste en el uso del dialecto militar: «nuestros enemigos», repite, proclamando que estamos, desde este momento, inmersos en una guerra; por otro, evitando mencionar expresamente al dragón nos deja ?simulemos? con la duda: ¿contra quién?

Nos hemos habituado a las ambivalencias: aceptamos por lo tanto con naturalidad el hecho de estar y no estar en guerra al mismo tiempo, como asumimos en su día que la bomba de Hiroshima fuera, simultáneamente, el final de la guerra y el principio de la guerra ?por no mencionar que ya hace muchos años que Orwell nos enseñó a «doblepensar» sin que la incongruencia nos estorbe. Pero prosigamos: para rizar el rizo se nos descubre que un cándido candidato a American hero, un joven subcontratado de la NSA y de la CIA, ha suministrado a la prensa un expediente que corrobora lo que ya hace tiempo que era un secreto a voces, a saber, que el gobierno estadounidense somete a sus ciudadanos a un estrecho seguimiento, mediante el registro de sus actividades en internet y de sus llamadas telefónicas. Como cabía imaginar, Obama ha salido al paso invocando la espada de Damocles del terrorismo: no es descabellado interpretar que el Estado aplica la ley marcial en virtud de una tácita declaración de guerra ?si se me permite el oxímoron? contra sus propios administrados.

Desde un punto de vista teórico, es defendible que lo cifrado en el universo digital no exista realmente, tratándose como se trata de entes desprovistos de masa y dimensiones ?por más que ostenten, como la increíble magia simpática de nuestros ancestros, el poder fabuloso de materializarse cuando menos lo esperamos. En esto lo cibernético se asemeja a los Estados: aunque se condensen en cargos políticos, fuerzas del orden, infraestructuras, etcétera, no dejan de ser, en esencia, una vieja alucinación colectiva. De estas «ciberguerras» y estas paces virtuales deducimos ahora algo nuevo: la fatalidad del desvanecimiento de los contornos y una nueva modalidad de nihilismo inverso, consistente en fundir el sí y el no en una precipitación de ceros y unos.