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Greenpeace: ¿a quién sirve?

Por Victoria
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vicky_8598hotmailcom/10/10/18
sábado 12 de octubre de 2013, 22:09h

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El arresto de los activistas de Greenpeace que intentaron desembarcar en la plataforma marítima petrolera Prirazlómnaya, en el Ártico ruso, suscitó acaloradas polémicas dentro y fuera de Rusia. Muchos expertos cuestionan la idoneidad y el altruismo de la organización ecologista.

La dura reacción de las autoridades rusas ha dividido a la opinión pública internacional. Los medios de comunicación occidentales han desatado una ruidosa campaña en defensa de Greenpeace. Al mismo tiempo, hay bastantes personas entre gente sencilla y especialistas en la materia que califican el comportamiento de los ambientalistas como un extremismo ecológico. El director del Boletín Marítimo, Mijaíl Voitenko comenta:

–Nadie quería meterse con Greenpeace. Le tenían miedo las grandes corporaciones y países enteros. Por fin, se topó con alguien que no la teme y tiene que afrontar las consecuencias. Estoy seguro de que la mayoría de los activistas de Greenpeace y las tripulaciones de sus barcos no tienen idea de las posible consecuencias legales de sus acciones. No se dan cuenta de lo que están haciendo. Nadie les advirtió. Este caso servirá para hacerles entrar en razón.

Obviamente, que no se trata de piratería. Pero, desde el punto de vista legal, su ataque puede ser calificado como piratería. La reacción de las autoridades se justifica plenamente, incluida la captura de la embarcación de Greenpeace que participó en la acción.

Rusia no es el primer país que reacciona de manera tan dura a las actividades de Greenpeace. El 10 de julio de 1985, el barco de los ambientalistas Rainbow Warrior fue volado por agentes secretos franceses para detener las protestas contra las pruebas nucleares en el océano Pacífico. En la explosión murió el fotógrafo Fernando Pereira. Más tarde, los buzos ejecutores del atentado – el mayor Alain Mafar y el capitán Dominique Preieur – fueron enjuiciados y condenados a diez años de cárcel por homicidio culposo y daño intencionado. Años después, Francia tuvo que pagar trece millones de dólares por concepto de recompensa.

Cabe señalar que los activistas de Greenpeace se meten en problemas con bastante frecuencia. El 16 de enero de 2001, los ecologistas intentaron acerarse en botes inflables al submarino nuclear HMS Tireless para desplegar frente al mismo una pancarta que decía: “¡Por un mar desnuclearizado! ” .Diez de ellos fueron multados con trescientas cincuenta libras cada cual. Las embarcaciones incautadas por la policía les fueron devueltas por decisión del tribunal.

El 27 de enero de 2003, otro barco de Greenpeace, llamado Rainbow Warrior, bloqueó los accesos a la base naval británica de Marchwood. Pocos días más tarde, catorce activistas penetraron en la base para encadenarse a los tanques y pintar en ellos la consigna “¡No a la guerra!” . En marzo de 2004, todos ellos fueron enjuiciados y multados con cien libras cada uno.

El 29 de mayo de 2011, dos ambientalistas montaron un campamento en la plataforma petrolera de la empresa británica Cairn Energy, en la bahía de Baffin, al oeste de Groenlandia. Más tarde, se les sumaron otros dieciocho “verdes”. Las operaciones de la plataforma quedaron suspendidas por varios días. El 9 de junio, un tribunal de Ámsterdam prohibió a Greenpeace entorpecer el trabajo de Cairn Energy, bajo la amenaza de una multa de cincuenta mil dólares por cada día de paro forzoso (la empresa exigía dos millones de dólares diarios). El 17 de junio, el jefe de Greenpeace Internacional, Kumi Naidoo, llevó personalmente a la plataforma una carta con cincuenta mil firmas reclamando el cierre de la misma. La acción le costó cinco días de arresto con posterior deportación y la prohibición de volver a Groenlandia durante un año.

El 24 de febrero de 2012, seis activistas de Greenpeace en Nueva Zelanda se apoderaron por tres día del barco de perforación Noble Discoverer, contratado por Shell para las exploraciones geológicas en el Ártico. La transnacional exigió medio millón de dólares por concepto de indemnización. En febrero de este año, un tribunal neozelandés les condenó a cada uno de ellos a pagar quinientos cuarenta y cinco dólares de multa y cumplir ciento veinte horas de servicio comunitario.

Es de señalar que en casi todos estos casos el castigo judicial aplicado a Greenpeace no fue muy duro. En realidad, las críticas que se lanzan últimamente contra Rusia tienen que ver, principalmente, con la gravedad de las penalizaciones previstas. El diario Le Monde insinúa en su editorial dedicado al caso que “toda nación razonable reaccionaría a la acción de Greenpeace con una detención, una multa importante y, en caso extremo, una leve condena de libertad condicional”. El analista político Serguéi Mijeev no comparte este punto de vista:

–La campaña en defensa de Greenpeace tiene un marcado carácter tendencioso. Busca presentar a los activistas de Greenpeace como luchadores altruistas por el bien de la naturaleza y a Rusia como un enemigo de la libertad. En realidad, Greenpeace es una organización de dudosa reputación propensa a usar métodos ilegales. Lo hace en distintos países y muchas veces enfrenta consecuencias legales por su comportamiento.

Opera casi como una organización extremista. En algunos casos sus campañas forman parte de sucios juegos económicos y políticos.

En el mismo sentido se pronuncia el argentino Andrés Carlos Ortiz, doctor en ciencias económicas y experto en economía y energía:

–Se trata de un verdadero ataque contra una plataforma rusa. Los ecologistas actuaron de manera muy dura y provocativa. Llamando las cosas por sus nombres, se trata de un “terrorismo ecológico”. De la misma manera, los “verdes” lograron la cancelación de varios importantes proyectos energéticos en Argentina. De ser realizados, habrían marcado un gran avance hacia la independencia energética del país. Me refiero, en primer término, a las acciones de los activistas de Greenpeace y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF ).

Tal vez, no querían causar ningún daño físico a la plataforma, pero la falta de intencionalidad no exime de responsabilidad. Greenpeace está mucho más interesada en el alcance social de sus actividades que, por cierto, han logrado en este caso también. Su principal objetivo es ganar el mayor número de partidarios posible. Para eso usan consignas como “salvemos la naturaleza” y tácticas de intimidación, hablando de los “terribles efectos” que causan las actividades de tal o cual compañía. Lo más interesante es los “verdes” que no tienen ninguna prueba fehaciente de lo que insinúan, ni se dan la molestia de investigar los casos a fondo desde el punto de vista científico.

Lamentablemente, son realmente pocos los que entienden que detrás de todo eso se esconden los intereses políticos de los grandes jugadores internacionales, a los Greenpeace presta gustosamente el servicio. Es comprensible, considerando lo bueno que se paga esta labor.

El escándalo se complica aún más porque Moscú está absolutamente convencido de la intención de Occidente de menoscabar su imagen internacional al estilo del expresidente estadounidense Ronald Reagan con sus verborreas sobre el “Imperio del Mal”. Aunque la propia prensa occidental cuestiona el altruismo ecológicos de Greenpeace. El director del Instituto de Estudios Políticos y miembro de la Cámara Social, Serguéi Márkov, aclara:

–En el caso de la plataforma Prirazlómnaya, los políticos y los medios de comunicación occidentales tienden notablemente a acusar a Rusia. Necesitamos ser firmes en nuestra postura. Greenpeace es una organización que hace cosas buenas en bien de la ecología, pero también hace cosas discutibles e incluso malas, a mi modo de ver. No creo que se logre demostrar que Greenpeace ha recibido dinero de parte de las empresas competidoras de Gazprom para organizar este ataque. Pero un especialista notará con facilidad que se trata de un servicio contratado.

La campaña que se ha desplegado contra Rusia en Occidente parte de unos ánimos abiertamente rusófobos. Las mismas personas que critican a Rusia por sus acciones respecto a Greenpeace hacen caso omiso de la descarada discriminación a que se enfrentan los rusos residentes en Letonia y Estonia. En términos generales, las personas que se niegan a condenar el régimen de un apartheid “blando” que se aplica a la minoría rusa en Letonia y Estonia no son las más indicadas para a hablar de los derechos humanos y la democracia.

Por supuesto que los ecologistas también tienen sus razones. Y si no usaran métodos tan radicales, nadie les habría hecho mucho caso. Hay que activar los contactos con las entidades ecologistas. Rusia lo está haciendo. A iniciativa de Vladímir Putin y en respuesta a las críticas, el país gastó millones de dólares para apartar las tuberías de gas y petróleo de la orilla del lago Baikal. Los ambientalistas lograron que el Gobierno de Rusia emprendiera una limpieza general en el Ártico, retirando de esa zona enormes cantidades de tanques de keroseno y otros desechos. Estas cosas también deben ser consideradas. Creo que la nación tiene que unirse ante el caso Greenpeace. Aunque, por supuesto, que no son ningunos piratas.

El experto en derecho internacional del mar, Vasili Gutsuliak, del Instituto de Estado y Derecho de la Academia de Ciencias de Rusia, también cuestiona que el artículo de la piratería sea aplicable al caso Greenpeace.

–Desde el punto de vista del derecho internacional, esto no tiene nada que ver con la piratería. Considerando además que el artículo 227 del Código Penal de Rusia difícilmente podría ser aplicado a los ambientalistas. Por lo menos, se vería extraño.

Este artículo no está del todo acorde con el derecho internacional. Lo cual se ha dicho en más de una ocasión. Concretamente, no especifica su alcance. Mientras que el derecho internacional dice muy claramente que la piratería es cualquier delito cometido en alta mar, fuera de la jurisdicción de cualquier estado. Bajo esta óptica, me parece difícil hablar de piratería en el caso que nos ocupa.

Los expertos señalan que no solo instalaciones rusas son víctimas de ataques ecologistas. Aunque esto tampoco puede quitar todas las dudas respecto a la parcialidad política de Greenpeace, sostiene el doctor en ciencias políticas, Alexánder Gúsev, director del Instituto de Planificación y Previsiones Estratégicas.

–Este no es un caso de extraordinario. Semejantes acciones se organizan por todo el mundo. Rusia no es una excepción. Por otro lado, los activistas de Greenpeace sostienen que la reacción de las autoridades rusas fue poco adecuada. Normalmente, los tratan con mucha menos crueldad cuando hacen sus acciones en el mar del Norte, en el Báltico o en otros mares y tierras.

Hay que reconocer que esta es su postura. Por otro lado, está claro que detrás de esta organización están ciertas fuerzas políticas y económicas que prácticamente la están manipulando.

Toda esta ruidosa campaña mediática se ha montado porque Greenpeace ha recibido una respuesta bien contundente a sus acciones. Creo que Rusia se comportó de manera adecuada al arrestarles e imputarles cargos bien graves. Me imagino que todo ese paquete de acusaciones de piratería, terrorismo y captura ilícita será reemplazado próximamente por otras menos drásticas. Y sin embargo, me gustaría creer que acciones como ésta no se van a repetir en relación a las propiedades rusas. Les fue duro con Rusia y deberían empezar a pensar en las posibles consecuencias de sus acciones.

Es obvio que tenemos muchos problemas ambientales. Es alto el grado de contaminación de los mares y el océano global. Debemos reconocerlo. Pero acciones como ésta desprestigian no solo a las grandes corporaciones, sino también a los propios ecologistas. Es preciso utilizar otros métodos para llamar la atención sobre la problemática ambiental.

Mijaíl Voitenko resume en su blog los comentarios de detractores de Greenpeace y la campaña mediática en su defensa desatada en Occidente: “Hace ya mucho que la lucha ecologista se ha convertido en un negocio incluso más sucio que los residuos contaminantes contra los cuales protestan estos muchachos y muchachas ardientes con apoyo de intelectuales no muy sensatos y de una visión marcadamente superficial. Por supuesto que entre ellos también hay mentes lúcidas, pero últimamente son más bien una excepción que una regla. Greenpeace ocupa un lugar importante en el negocio ecologista. Gracias a la máquina de propaganda que ha creado y una enorme cantidad de idiotas útiles para la lucha, se siente absolutamente libre para infringir la legislación considerándolo su derecho inalienable y colocándose por encima de todas las normas. Por fin, ahora se ha dado cuenta de que esto no es así.