Jad el Khannoussi
Jad el Khannoussi
Una bendición del Señor, así califico el presidente turco, Teyyeb Receb, Erdogan, el intento fallido de un nuevo golpe militar en Turquía el pasado 15 de Julio. El evento marcará una nueva era en la vida política turca que no sólo influirá en el escenario interior, donde el propio presidente, de acuerdo o no con él, está llevando a cabo una limpieza de los supuestos implicados, sino también en su rol exterior.
No olvidemos que este último, en todas sus dimensiones, es el reflejo de la solidez del escenario interior de un país. El estado Otomano, que después del 11 de septiembre y gracias a una serie de transformaciones socio-culturales, económicos y sobre todo políticos, en la que Ankara se vio involucrada, al mando del PJD (Partido de Justicia y Desarrollo) no cesaba de ganar protagonismo a escala regional y mundial. Pero últimamente y a raíz de una serie de acontecimientos que vivió el Oriente Medio, atravesaba un aislamiento debido a sus conflictos con todos sus vecinos: Irán, Armenia y sobre todo Rusia, sin olvidar la frialdad que mantenía, tanto con Washington como con Bruselas.
Con Estados Unidos las relaciones se enfriaron debido al giro de su estrategia en la región, tras el acercamiento a Irán después del último acuerdo nuclear en donde aspira a que Teherán juegue un papel importante en su intento de desestabilizar y militarizar el Asia Central. Esta estrategia preocupa al Kremlin y Beiging. Y con Bruselas, precisamente, por su actuación independiente de la OTAN en Siria.
Por tanto, es imposible para un país de las características turcas que aspira a mantener ese protagonismo, convivir en un entorno hostil como el descrito aquí. Ankara, consciente de que algo se estaba preparando empezó a dar un giro, hasta entonces y según sus dirigentes una sólida postura, con el acercamiento hacia ciertos países (Irán, Israel y sobre todo Rusia), incluso llegando a plantear nuevas propuestas estratégicas: su petición a incorporarse a la organización de Shangai o el acuerdo sobre los misiles con Beiging.
El principio de cero problemas, con el beneficio para todos con que se destaco Turquía, paso a ser de cero problemas con la menor pérdida posible, en especial después del último intento del golpe de estado. Por tanto ¿cómo será el nuevo rol de Turquía y su relación con los demás actores, en especial, con los EE.UU y Rusia?
Desde un plano teórico, un golpe militar sólo ocurre con el visto bueno desde el exterior. Aunque este último ha sido el más sangriento que el país ha vivido, con más de 200 personas muertas, por encima de los acontecidos a lo largo del siglo pasado (1960,1980, 1996 o incluso en el periodo final otomano) no olvidemos que los anteriores se llevaron a cabo, gracias al apoyo norteamericano e israelí, tal como demuestran las diversas bibliografías de los principales actores implicados en ellos. Y tampoco se debe ignorar que Washington es la capital del país que ha fomentado más golpes de estado en las distintas regiones del mundo. Por ello, no es de extrañar, que medios cercanos al partido gobernante en Ankara le acusen por su implicación en lo ocurrido aquella noche.
El propio Washington Post –Karen de Young- informó que miembros destacados del Pentágono, aunque no menciono sus nombres, poseían conocimiento previo del suceso en el centro de Midele East, revelándose una supuesta financiación a través de Emiratos Árabes. Los generales Vottel o Campbell, no cesaban de criticar a Erdogan por la limpieza que está llevando a cabo en el ejército, manifestando que han visto amigos de ellos secuestrados, algo que consideran perjudicará en la lucha contra el terrorismo. La propia embajada norteamericana hablaba de una rebelión o revolución hasta que no fueron conscientes que el golpe fracasó, fue entonces cuando la administración de la Casa Blanca apoyó al gobierno de Benali Yildirim. Por su parte, este último, no cesa en pedir a Washington la repatriación del clérigo religioso Fethullah Gulen, acusado de ser el principal responsable de lo que aconteció aquella noche. El hombre que servía a la Casablanca y que, a través de sus escuelas (además posee multitud de canales televisivos, grandes empresas, universidades, bancos, etc.,) penetraba en todos aquellos países donde la administración norteamericana encontraba dificultades para hacerlo, como fue el caso de las 150 escuelas en los países ex soviéticos musulmanes y que sirvieron de base para espiar a la entonces URSS. Por supuesto, hace unos años Rusia cerró todas sus escuelas después de mostrar pruebas al gobierno turco, que por entonces aún mantenía buenas relaciones con el clérigo exiliado en Pensilvania.
Además, la estrategia que mantenía esta organización, la están siguiendo otras formaciones religiosas hindú, budistas y quién sabe si mañana puede ser utilizado para asuntos de la misma índole.
Pero no es fácil acusar a Washington, el propio Obama lo aclaró después, en donde sostenía que “no es bueno que Turquía acuse a Washington”, incluso, no les vendrá bien ese enfrentamiento, pues los EE.UU posee múltiples cartas de presión económicas, estratégicas y sobre todo, el asunto Kurdo, que tanto dolor de cabeza produce a los dirigentes turcos. Y no dudarán en utilizarlos, son llamativas todavía las palabras del ex presidente francés François Mitterrand al ser criticado por su participación en el bombardeo de Irak 1991, cuando Francia es un país donde residen musulmanes, contesto: “los musulmanes olvidan rápido mientras los norteamericanos no y vendrán luego a castigarnos”.
Aunque, la Casa Blanca es consciente de la posición geoestratégica privilegiada del país otomano, un país Bisagra entre tres continentes, cuyos límites lingüísticos y religiosos llegan hasta el este de China, país donde habitan 70 millones de musulmanes turcófonos y que conforman zonas de sumo interés para Washington en su intento de mantener su hegemonía global: el Mar Negro, Asia Central, etc., sin olvidar su control sobre los canales del Bósforo y Dardanelos que pueden ser el paso de los gasoductos hacia Europa, unos factores que de momento desde Estados Unidos no están dispuestos a sacrificar.
Por su parte, las relaciones se enfriaran un poco con la Unión Europea, aparte de que Turquía es consciente de que jamás formaría parte de esa unión, no es sólo porque es un país musulmán, sino también para que el Mediterráneo, una zona que abarcará las dos partes de la lucha internacional, se quede íntegramente bajo la hegemonía occidental.
Incluso los chinos o los rusos no puedan tener presencia allí sin el visto bueno de la OTAN. Toda esta situación lleva a buscar otras alternativas estratégicas, al menos a medio plazo. Rusia, probablemente el país que mejor supo actuar en este golpe y quien más entiende la postura de Erdogan, juega sus bazas sobre las diferencias entre Occidente y Turquía y aspira constantemente a desestabilizar esta alianza, aún consciente de que es improbable que se produzca un divorcio entre ellos, al menos en el medio plazo (hay un vinculo orgánico entre Ankara y Bruselas: ejemplo el 60% de la economía turca está vinculada con Europa).
La geopolítica y la realidad obligan a que ambos se acerquen, a pesar de las posturas opuestas en algunos asuntos como es el ejemplo Siria, razón por la cual, dicha cuestión fue aplazada en el último encuentro de San Petersburgo. El presidente turco necesita a Putin, después de ver la fría reacción de la OTAN, a favor de Ankara, a raíz del derribo turco del avión de combate ruso, Un suceso que perjudicó a la economía turca, con una pérdida de 15 mil millones de dólares (3,3 millones de turistas rusos, el Gas, etc.,). Erdogan, esperaba más implicación de la Alianza Atlántica en el asunto, mientras, esta última, aspiraba a un conflicto que hundiera más a ambas partes, es decir, semejante al que se hizo en su día entre Irak e Irán (la política de la doble contención). El presidente turco, que no dudo en pedir perdón, apuesta de nuevo por Moscú. Su reciente visita a Rusia, es un claro mensaje a Washington de los nuevos aires de cambio que soplan sobre Ankara, una visita que tendrá mucho que ver en el porvenir de la región en el que ambos países aspiran a estar a la hora de trazar nuevos mapas en la región árabe. No en vano, reforzar el vínculo entre ambos, es dar la oportunidad a Moscú a consagrarse en el Oriente Medio, lo que supondrá una pérdida geoestratégica para Estados Unidos. Esta, está tan preocupada con este acercamiento, que incluso el ministro de exteriores norteamericano Jhon Kerry o el vicepresidente Joe Biden confirmaron su próxima visita a Ankara.
En definitiva, todos esos cambios y estas situaciones por las que está atravesando Ankara, añaden otros obstáculos a sus dirigentes en su intento de poner de nuevo al país en el mapa geopolítico global. Un mapa que difiere mucho de antaño, es decir, por primera vez desde Westfalia no hay un sistema mundial, ni tampoco una potencia que controla sus directrices.
Simplemente, hay tres potencias: una global en retroceso que es EE.UU, otra geopolítica Rusia y la otra económica que es China. Todavía es difícil pronosticar sobre la nueva postura, en donde todavía no está claro si esta visita a Rusia es, simplemente para que Ankara sigua siendo un país puente entre Occidente y Oriente, un rol que desempeñó con acierto la década pasada, utilizar dicho acercamiento a Moscú como una carta de prisión sobre Occidente o estamos hablando de un nuevo giro exterior turco, en especial con el aumento de los dedos que acusan de la implicación de Washington en lo sucedido. Lo cierto, es que una nueva Turquía si está viendo la luz, distinta a aquella trazada por Kamal Attaturk en 1924 y manejada por el exterior, por eso, el país se encerrará al menos a corto plazo para reestructurar todas sus instituciones: Militar, Judicial, etc,.