Dr. Jad El Khannossi
Dr. Jad El Khannossi
Parece que los recientes enfrentamientos entre Turquía y la crisis de Siria traspasan el ámbito geográfico y político, y están afectando a la seguridad e incluso a la integridad territorial del mismo país. Los sucesos acaecidos durante los últimos meses, cuando el propio Consejo de Seguridad turco ratificó su decisión de intervenir militarmente, han provocado cambios militares y diplomáticos a niveles muy profundos.
Desde los primeros intentos de mediar con Damasco para una posible apertura política, pasando por la operación Escudo del Éufrates, hasta la actual intervención Ramo de Olivo, el país anatoliano no ha cesado de imponer sus posturas, o al menos, ser partícipe de cualquier resolución internacional que ponga fin a este trauma humana que supera ya su séptimo año. El drama de Siria parece haber entrado en una especie de epopeya clásica, sin que nadie acierte a predecir el porvenir de los trágicos acontecimientos (la masacre de Al-Ghuta sería un claro ejemplo) y que con total seguridad se prolongará todavía más. El objetivo real de esta cruel ofensiva -que el propio presidente Erdogan la calificó como “una batalla nacional”- es crear un cinturón de seguridad con una extensión de 30 kilómetros (al menos, así se prevé según declaraciones de los dirigentes turcos). En este oscuro asunto una pregunta resulta obligada: ¿cuáles son los motivos que llevaron a Ankara a emprender esa aventura militar? Porque conocía muy bien que el país otomano, hasta hace muy poco, adoptaba el lema de “cero problemasen política exterior”, lo que permitió a Ankara ejercer un liderazgo regional poco visto en su historia más reciente. No obstante, el estallido de las revueltas árabes y, sobre todo, el último intento de golpe militar (2016), obligó a Turquía a efectuar un giro radical a su estrategia. A partir de entonces es cuando empieza a intentar compaginar la política condescendiente con la agresiva.
¿Cuáles son las reacciones de los otros actores de este drama, tanto regionales como mundiales? La decisión de la alianza internacional de crear unas fuerzas fronterizas aceleró la decisión turca de emprender una actividad militar de esta índole (la primera desde 1974, cuando Turquía intervino en Chipre oriental). El objetivo común es que todos los países aliados contra el Estado islámico, la denominada “guerra contra el terror”, que ya ha finalizado (o al menos, así se prevé), por consiguiente, facilitó que se disiparan las divergencias existentes entre las partes implicadas en Siria. El mismo grupo radical fue creado precisamente para afrontar los cambios que se están produciendo en la región. Unas transformaciones que ponen en tela de juicio la pervivencia de las fronteras trazadas en Saykes y Picot (1916). Ni los mismos autores que dividieron el mapa árabe podían imaginar que llegaría un momento en que la misma región suplicaría por conservarlas. Ankara, posiblemente uno de los países más afectados por la situación, pronto tomó conciencia de que el verdadero objetivo no era enfrentarse a ISIS, sino que el problema se situaba mucho más allá. Por un lado, que el supuesto Estado islámico no es más que una especie de Caballo de Troya, introducido de manera clandestina en la región para acelerar sus procesos de división. Y por el otro, que así pagaba sus constantes errores estratégicos acumulados a lo largo de estos años en Siria. La situación tan comprometida obligó al gabinete de Erdogan a emprender esta aventura bélica, que cuenta con el respaldo social y político en el interior del país, a excepción del Partido Popular Republicano.
Al principio se pensó que Ankara sólo se limitaría en su intervención a los pueblos que rodean la ciudad de Afrin, un área geográfica que difiere mucho del Escudo del Éufrates. Se trata de una región montañosa, con enorme presencia demográfica, y donde los grupos rebeldes kurdos gozan de una cierta protección social y a su vez del rechazo internacional, aunque sorprendentemente las voces más severas provienen de Europa (en concreto, de Francia y Alemania), norma habitual si atendemos al devenir histórico de las relaciones entre ambos países. Quizás se podría excluir de esta corriente crítica hasta cierto puntoa Rusia aunque, al igual que Irán, se posiciona en contra de cualquier presencia militar turca en Siria, porque al final la realidad del terreno es el peso que acaba imponiéndose en las mesas de negociaciones. Sin embargo, el Kremlin es muy consciente de la importancia que posee Turquía en cualquier intento de resolución diplomática al enquistado problema sirio. Del mismo modo, Ankara necesita al veto ruso en el Consejo de Seguridad de la ONU para evitar posibles sanciones, a semejanza del que se aplicó en su día contra Irak tras invadir Kuwait en 1991. El ejército turco incluso utiliza armas de fabricación propia y no estadounidenses, con el fin de evitar cualquier posible bloqueo del Congreso norteamericano. Por eso, no sorprende escuchar al ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, asegurar que desde el primer momento se encuentran en permanente contacto con Ankara. No olvidemos tampoco que la región constituye en sí misma un cruce de varios caminos, donde desembocan múltiples intereses internacionales
Las operaciones militares turcas tienen como principal objetivo crear una muralla que se extienda desde del Éufrates hasta el Mediterráneo, descartando así la presencia de los combatientes kurdos (en realidad, la mayoría son extranjeros), e impedir la posible formación de Estado kurdo independiente en su frontera del Sur. Estos cuentan con el inestimable respaldo norteamericano, no en vano, Washington apoya al PYD (Unidades de Protección Social, es decir, el brazo armado del Comité Kurdo Sirio) que son una parte del PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos). Actitud un tanto insólita, pues la propia Casa Blanca los encuadra dentro de la lista de grupos terroristas, si bien es cierto que dicha decisión del Pentágono no fue más que una burda maniobra política para compensar el ingreso de Turquía en la OTAN. Resulta sorprendente que un país miembro de la Alianza Atlántica apoye y arme a un grupo rebelde (Washington le donará 550 millones de dólares) que combate contra un aliado de su propia organización. Aunque en realidad, no deberíamos extrañarnos tanto, la política es el juego de las contradicciones y en cada partida los americanos cumplen esta regla a la perfección. Además, Washington siempre ha preferido aliarse con grupos minoritarios, tal como presenciamos a diario en numerosos países (un ejemplo claro serian los kurdos, que en esta región no superan el 8% de su población). Sólo a partir de este asunto se puede llegar a comprender las limpiezas demográficas que se están perpetrando allí (semejante a lo ocurrido en la región iraquí de Mosul), con el objetivo final de instaurar una realidad nueva sobre el terreno y cambiar la estructura social vigente. Los grupos armados y las minorías resultan fácil someterlas bajo control, a diferencia de las dificultades que supondría un país como Turquía, que los norteamericanos saben muy bien que ya no es aquel antiguo aliado de la Guerra Fría.
Ankara aspira de manera creciente a ejercer un protagonismo regional e internacional, lejos de la las directrices emanadas desde la Casa Blanca, sobre todo después de sentirse traicionada por Washington en más de una ocasión. Sin ir muy lejos, la última fue el incumplimiento de su promesa de alejar a los combatientes de la Fuerza Siria Democrática de la frontera Sur de Turquía una vez expulsado el ISIS, sin olvidar el último golpe militar, entre otros graves sucesos. Una serie de traiciones que motivaron al país otomano a orientar su brújula hacia Moscú, a pesar de las múltiples heridas históricas todavía abiertas entre ambos y la diversidad de opiniones contrapuestas (el ejemplo más claro, el asunto sirio). Por su parte, Ankara se inclinacada vez más por una independencia cultural, lejos de los preceptos que les impusieron los vencedores de la Primera Guerra Mundial (Tratado de Lausana, 1923). No obstante, debemos tener muy claro que hablamos de un proceso muy largo en el tiempo, y los turcos tienen que tomar conciencia de este presupuesto. Por el momento, lo único que resulta evidente son los éxitos económicos vividos por país anatoliano, cuyos beneficios se han extendido por todas las capas de la sociedad. Unasituación de prosperidad general la cual quedó patente durante las últimas actuaciones del pueblo turco, cuandose mostró de acuerdo con su presidente, compromiso político que resultó decisivo para la supervivencia del propio Estado, o hasta cierto punto, de su incipiente democracia. No olvidemos que Washington utiliza la táctica del asedio, y su política exterior contradice todo discurso en favor de la humanidad que pregona Trump o cualquier inquilino de la Casa Blanca. Quien piense que las tropas norteamericanas abandonarán algún día la región árabe se equivoca gravemente. Sus desmesurados medios militares la siguen sitiando por tierra, mar y aire, manejando a los grupos de la oposición, además del bufete central en Jordania, para dirigir las operaciones. Los países árabes sobreviven moribundos, y esta es una carta que el gobierno de Estados Unidos se guarda en la bocamanga para sacarla en momentos muy concretos. Por ejemplo, lo que está sucediendo en Palestina, o la propia Libia, que tras la invasión de la OTAN el único miembro que se llevó -mejor dicho, se apoderó- de la energía fueron las empresas norteamericanas, mientras Francia e Italia se quedaron con las manos vacías. Lo que hasta el momentollama a atención es el prolongado silencio mantenido por Washington, extraño si lo comparamos con la actitud de París que rápidamente trasladó el asunto al Consejo de Seguridad.
En el gran juego de las naciones que se está desarrollando en Siria, Europa no desempeña ningún rol relevante si lo comparamos con otros participantes (Rusia o Irán), por ese motivo sus intentos no obtuvieron apenas recorrido. Una posible respuesta la hallaríamos en el asedio al que están sometiendo los americanos a la región al Este del Éufrates, lugar donde se desarrollará la madre de todas las batallas, en el caso de que los turcos se atrevan a dar un paso más allá de Afrin en dirección hacia Manbíj. Lo refleja el último bombardeo norteamericano sobre grupos armados pertenecientes a Moscú (bombardeo se produjo cerca del mayor pozo de gas sirio: Terno). Su presencia allí resulta muy activa, con más de una decena de bases militares y miles de soldados, obedece a varios motivos: se trata de una región muy rica en petróleo, es el puente de paso de los gaseoductos que partes de Asia Central hacia Europa, e influye de manera notable en el comercio del gas. Intereses todos ellos que sintonizan con la estrategia norteamericana de controlar las fuentes de energía y, sobre todo, de sus rutas de paso y de los países que la reciben, especialmente estos últimos para mantenerlos sometidos. En este sentido, Europa supone un claro ejemplo de lo que estamos exponiendo. Y por supuesto, se persigue desestabilizar la ruta de seda china hacia Europa. No olvidemos que ésta y el proceso chino del cinturón convergen en el Norte de Siria y, por tanto, es de suma importancia para Washington provocar la inestabilidad de la región. Cualquiera analista que se dedique a la Geopolítica, de manera profunda y compleja, entenderá los verdaderos motivos de los problemas que acucian a señaladas partes del mundo: Mosul en Irak, la frontera Norte de Irak con Siria, Turquía, Ucrania, Mar de China, etc., etc. No en vano, son zonas que forman el eje del ambicioso proyecto del tigre asiático, que no sólo pondrá en cuestión el control americano del Oriente sino además su liderazgo mundial. Y por otro lado, cerrará el paso de Turquía al mundo árabe. Es el mismo caso de Irán que intenta consolidar su presencia en la zona para configurar el denominado Arco Chií, que parte de Teherán pasando por Bagdad y Damasco hasta el Mediterráneo. De este proyecto surge la ambigüedad iraní ante la intervención turca y su presencia militar allí. La misma historia corrobora la hipótesis. En pleno auge del comercio de la seda hacia Europa, los persas tenían que pagar un tributo al imperio otomano por ser el lugar de paso obligado de esa valiosa materia al viejo Occidente, y cuando intentó cambiar la ruta por Alepo se topó con el asedio turco del sultán Selim I, quien ante la iniciativa persa ocupó el actual Norte de Siria y luego se expandió hacia Bagdad. Entonces el imperio savávida se alió con los portugueses y se involucró durante décadas en contiendas bélicas con Estambul. Una medida que aceleró la caída de los savávidas y al mismo tiempo debilitó al imperio otomano, el cual pasó de importar a tener que exportar de Europa. Una decadencia comercial que abrió las puertas por vez primera a los intereses coloniales de Europa en la región, y parece que ahora la historia se repite.
Irán es consciente del peligro que supone el federalismo en Siria y su posterior división intentando buscar la seguridad nacional, por eso mantiene hasta cierto punto el entendimiento con Turquía (como fue su última postura frente al referéndum en la región de Kurdistán). Aparte, Teherán contempla con suma preocupación el acercamiento entre Moscú y Ankara, dos capitales que supieron aparcar sus problemas históricos y políticos en beneficio del fortalecimiento de sus vínculos económicos. El mejor ejemplo lo representa el nuevo gaseoducto ruso que parte de Rusia, pasa por Turquía y se dirige a Europa, y que sustituirá a otro que transitaba por Ucrania. Estamos ante un acuerdo geoestratégico de suma relevancia. Por un lado, permitirá a Moscú suministrar gas al Viejo Continente (Ankara puede ser en un futuro próximo el centro mundial de los gaseoductos, lo que le puede generar 2 trillones de dólares anuales, según estima el profesor ImadShuaibi). Y por el otro, facilitará que Ankara pueda presionar a la Comunidad Europea, que lleva décadas negándole sistemáticamente su ingresocomo miembro de pleno derecho. La realidad geopolítica por tanto está obligando a los tres países a buscar el acercamiento de posturas para poder hacer frente a los urgentes retos que se les plantean. Si bien es cierto que todavía estamos muy lejos de poder hablar de una posible alianza o eje (sólo se puede afianzar en Dir al-Zur), debido a las enormes diferencias vigentes todavía entre ellos.
En resumen, se puede decir que Turquía se encuentra ante un examencrucial, sobre todo si mantiene su presencia militar. Su ejército, pese a ser el segundo más grande de la OTAN, no posee la suficiente experiencia en contiendas de esta naturaleza, lo que explica el curso tan lento de las operaciones. Basta recordar que su lucha emprendida contra los kurdos dura ya cinco décadas, sin que en ningún momento se atisben síntomas de victoria. Por tanto, será difícil que abandonen la región. Además, alimenta el factor hostil que empezará a satanizar al país o al mismo Erdogan (los medios árabes ya lo han iniciado). En un contexto global como el que atravesamos, es habitual que las grandes potencias observen con recelo el protagonismo de las potencias emergentes, como el caso de Turquía o Irán, dos naciones con ambiciones muy destacadas en la región. La primera sufre el rechazo de sus regimenes (a excepción de Qatar y Sudán), y goza a su vez de la admiración de sus pueblos. Sus aspiraciones no pasan desapercibidas para el gobierno de Washington, que no ve con buenos ojos la emergencia de una potencia en cualquier parte del mundo. No resulta extraño que intente someter a los turcos. Porque lo hace contra Europa, su tradicional aliado.
¿Cuál es el destino final que espera a Ankara? Lo más probable es que intente una salida negociada con Moscú, que controla gran parte de la situación, para que exhorte a los kurdos a retirarse de Afrin y los reemplacen por el ejército sirio. Un acuerdo que al menos salvaría al ejército turco de su hundimiento en las arenas sirias, le garantizaría una zona de seguridad en su frontera del Sur y evitaría cualquier posibilidad de enfrentamiento directo con Washington, sobre todo si los turcos deciden ir más allá del Éufrates por el Este. Esta última posibilidad por el momento se vislumbra muy lejana en el horizonte, debido a las graves consecuencias que tendría, si bien los turcos son muy conscientes de la estrategia norteamericana en la región árabe. Un territorio muy castigado, que atraviesa por una situación de burbuja a punto de explotar, y que sobre sus arenas, especialmente las sirias por ser punto de encuentro de intereses y posibles alianzas, se está fraguando el nuevo orden global y sus frágiles equilibrios. Lamentablemente, el único derrotado en esta partida tan compleja será el pueblo sirio, que ha ya pagado -y seguirá pagando con su sangre- unas elevadas facturas en su empeño por alcanzar una vida digna y en paz.