Jesús Belenguer
Jesús Belenguer
Todos los años revisamos nuestro catálogo de peligros a evaluar en los planes de autoprotección. El resultado es óptimo, tenemos una “carta fresca”, que genera a medio plazo entre nuestros clientes una sensación de confianza y confort. Aunque en algunos casos reciben con cierta frialdad alguno de los protocolos, cuando la actualidad confirma nuestras evaluaciones, el cliente se siente preparado y de ahí sus sensaciones.
Estos últimos tres años ha habido riesgos que nos han dado, en este sentido, grandes satisfacciones como las enfermedades víricas transmitidas por mosquitos, el suicidio, las descargas eléctricas atmósfericas, las formas simplificadas de secuesto o los protocolos modernos de atentado terrorista incluida la versión RBQ.
El primer mes de cada año, revisamos las anotaciones que hemos hecho durante el año anterior. Habitualmente tenemos largas discusiones acerca de los pros y los contra de cada uno de los peligros a incorporar. Este año no ha habido discusión. Simplemente todos sabíamos en qué nos íbamos a concentrar.
Durante el año 2016, según nuestra costumbre, comenzamos a coleccionar datos en diferentes contenedores hasta que en octubre, uno de ellos, tomó especial relevancia: La Orden Ejecutiva del Presidente Obama hizo que levantáramos la vista hacia el cielo.
Comenzamos a estudiar el Evento Carrington y de repente surgió una conexión con uno de los datos que más nos había inquietado durante el año: La recomendación del sistema de protección civil alemán de que los ciudadanos debían acopiar alimentos para diez días y agua para cuatro. Lo que más nos llamó la atención es que el citado protocolo alemán nació a finales del año 2012.
En esencia el Evento Carrington, llamado así en recuerdo del astrónomo aficionado que observó en agosto de 1859 la tormenta solar más potente registrada hasta entonces, es el resultado de la proyeccion masiva de plasma solar y distintos tipos de radiación sobre la Tierra, todo ello como consecuencia de una erupción solar.
En aquella ocasión el efecto más conocido fue la visión de auroras boreales en latitudes bajas; por ejemplo en Madrid, donde los relatos de la época dicen que se podía leer el periódico durante la noche. Aunque los más significativos para nuestra actividad, fueron los importantes daños que causó en el telégrafo, la única infraestructura tecnológica de la época.
Ya en el siglo pasado, se registran otras erupciones con efectos serios, como el apagón de Quebec el 13 de marzo de 1989, que dejó sin suministro eléctrico a la mayor parte de dicha provincia durante nueve horas.
Pero los efectos que mostraron la gravedad del problema fueron los que se registraron en las centrales nucleares de Salem, Hope Creek y Three Mile Island, las tres en E.U.A., y que pusieron en marcha las primeras líneas de trabajo para estudiar el efecto de las tormentas solares en nuestra sociedad tecnológica. No se trata de que los efectos fueran más graves en las centrales que en las líneas eléctricas, fueron los rigurosos protocolos de la seguridad nuclear los que indicaron la necesidad de la investigación.
Todo comienza en el Sol, que es una gigantesca central de fusión nuclear, en la que el Hidrógeno se transforma en Helio liberando una cantidad enorme de energía. Esa energía se transmite por convección a través de una gruesa capa de plasma en ebullición y es esa capa exterior la que radia la energía que recibimos.
Cuando se produce un borbotón en dicha capa, disfrutamos de auroras boreales más intensas y durante breves periodos se ven afectadas las comunicaciones por radio. Pero si se produce una explosión, la cantidad de energía proyectada es muy importante y si coincide que nuestro planeta está en la trayectoría del chorro, nos encontramos ante un Evento Carrington.
En caso de un fenómeno extremo, lo primero que recibiríamos son los rayos X y la radiación ultravioleta que viajan a la velocidad de la luz. El efecto, de esta primera oleada, provocaría problemas en la transmisión de radio y probablemente en los sistemas de navegación por satélite. Unas horas después llegarían las partículas, electrones y protones, que a una velocidad ligeramente inferior a la luz, puede que causaran daños en los paneles solares de todos los artefactos que orbitan la Tierra y, finalmente, un día o dos después, comenzarían a llegar, en oleadas, millones de toneladas de plasma magnetizado. Y son estas oleadas las que podrían causar serios problemas como:
Por tanto, el escenario catastrófico, cursaría con una interrupción más o menos larga del suministro eléctrico con todas sus consecuencias, con problemas a largo plazo en todo aquello que dependa de los satélites y con otro tipo de problemas relacionados con los equipos electrónicos y la transmisión de señales de radiofrecuencia.
Dicho lo cual, ya no suenan tan extrañas noticias como que los oficiales de la armada norteamericana retoman la formación en navegación estelar o la revisión de los sistemas de refrigeración, para las piscinas del combustible agotado, de las centrales nucleares norteamericanas.
Hasta el año 2012 se habían registrado tres eventos dignos de mención:
Pero en el año 2012 ocurrió algo que cambió la orientación de los estudios. Hasta ese momento se hablaba de largos periodos de retorno — superiores a mil años — de los eventos graves, pero el 23 de julio de 2012 una de las sondas Stereo detectó un evento con una intensidad de -1.200 nanoTeslas que no nos afectó, ya que no estábamos allí, pero habíamos estado hacía poco más de una semana.
A partir de ese momento se comenzaron a revisar los cálculos de probabilidad de ocurrencia, que han desembocado en las acciones con las que inciábamos este artículo, no existe mucha información pública sobre ello lo que seguramente se debe a que no hay consenso.
Algún especialista indica que probabilidad de ocurrencia de un Evento Carrington, durante los próximos diez años, es del 12%. Nosotros no tenemos elementos de criterio para discernir la bondad de dicha afirmación.
En cualquier caso, los esfuerzos de los gobiernos se han dirigido a la detección temprana del fenómeno, en la que España tiene una participación importante, se trata de una medida lógica, ya que si interrumpimos el suministro el sistema de distribución no se verá afectado y solo tendríamos que esperar a que finalizaran las oleadas de plasma, de tres a cuatro días.
Quizá uno de los datos que más ha preocupado a la comunidad científica es que las masas de plasma, que midió la sonda Stereo, viajaban a 1.800 kilómetros por segundo, cuatro veces más rápido de lo habitual, con lo que, de haber estado en la trayectoria, podrían haber llegado a la Tierra en poco más de veinte horas.
Por todo lo dicho, a nuestro entender, se justifica la inclusión del riesgo de un corte de suministro eléctrico inferior a cuatro días, acompañado de la pérdida de los sistemas de radio, de todo aquello que tenga que ver con los satélites y que puede afectar a los depósitos de combustible agotado de las centrales nucleares.
Lo haremos con cautela, ya hemos vivido cierta resistencia de nuestros clientes a la hora de instalar alguno de nuestros protocolos, y este va a ser complicado de presentar. Pero en los casos de nuestro interés — aquellos que interesan a instalaciones con fuerte componente internacional o afectan a ancianos, menores o mujeres — , y siempre que el beneficio merezca la pena, al menos, preguntaremos que harían si tuvieran que sobrevivir tres o cuatro días sin electricidad y les presentaremos nuestro protocolo.
Quizá en dos o tres años podamos generalizar protocolos de actuación, que de momento solo incorporaremos, como ya hemos dicho, en lugares donde el esfuerzo se justifique.
No quería terminar sin citar a nuestra Protección Civil. Desgraciadamente son algo parecido al hijo feo del Ministerio del Interior. Poco presupuesto — algo normal en dicho ministerio — y poca visibilidad de una importantísima tarea. Ellos han hecho los deberes hasta donde han podido y deberíamos empezar a dar la importancia que tiene a su actividad y dotarla adecuadamente de recursos.
Mientras ellos van desarrollando su tarea y generan los recursos que necesitaremos, nosotros, los técnicos de seguridad, tenemos también una importante tarea. Sin alarmar, y paso a paso, podemos ir preparando y formando a nuestros clientes y con ellos a la sociedad. De este modo, de materializarse el riesgo, constituirían un poderoso recurso, en vez de una carga. Para eso estamos.
Fuente: Linkedin