Opinión

"Este es mi horror vivido": la cara oculta del conflicto en Nicaragua

Elespiadigital | Jueves 26 de julio de 2018

Sputnik ha publicado el testimonio en primera persona de Óscar Smith, un referente sandinista de origen Miskitu, quien fue asediado por opositores y cuyas pertenencias fueron quemadas apenas por su modo de pensar. Una historia entre tantas de personas que, como él, son "víctimas de un plan de horror promovido desde el extranjero".

Óscar Smith Martínez



Óscar Smith Martínez

Sputnik ha publicado el testimonio en primera persona de Óscar Smith, un referente sandinista de origen Miskitu, quien fue asediado por opositores y cuyas pertenencias fueron quemadas apenas por su modo de pensar. Una historia entre tantas de personas que, como él, son "víctimas de un plan de horror promovido desde el extranjero".

Este es mi horror vivido

Soy Oscar Smith Martínez, licenciado en Traducción e Interpretación, líder de origen indígena Miskitu, cuyos derechos humanos, políticos, indígenas fueron violados por manifestantes extremistas. Estos han hecho uso de la influencia de las noticias manipuladas, que causaron odio en parte de cierto grupo de la población, acompañado de campañas mediáticas de histeria colectiva de personalidades nicaragüenses y otros medios. Esto provocó que quienes no pensaban como ellos debían ser atacados.

El 18 de abril comenzaron los primeros ataques cibernéticos —ofensas públicas, amenazas, racismo—, posteriormente el asedio a quienes defendían desde su formación personal al pueblo representado por el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) encabezado por el presidente Daniel Ortega.

Luego llegaron amenazas a la integridad física a través de la persecución con motorizados, que grababan y enviaban videos investigando dónde vivían los líderes que defendían al Gobierno.

Fue entonces que comenzó lo peor para mí. Cierto día quedé atrapado en un negocio porque comenzaron a imponer tranques (barricadas), encerrado pidiendo auxilio para mí y 30 personas más, quienes fuimos acosados toda una noche.

Lloré, me traumé, porque quienes hacían eso eran grupos delincuenciales. Lanzaban morteros a todo aquel que deseaba pasar, y yo no podía hacer nada, la policía estaba acuartelada por una de las demandas de los manifestantes.

Toda esa noche quemaron llantas, lanzaban bombas morteros a quienes querían pasar, hasta un padre con su hijo le lanzaron un mortero que casi reventó en la cara del niño. En la madrugada logramos escapar de ese lugar.

Pensé que ya todo había acabado, pero era el inicio de un infierno. En cierto día, donde residía, un grupo de encapuchados enojados con todo el que piensa diferente accedieron a mi morada, y procedieron a quemar mis pertenencias. Pensé que era mi final, me refugié en otro lugar.

Entre mis pertenencias todo fue quemado. Lo que más dolor causó fue la quema de mi pasaporte, con mi visa que usaría para participar en un evento que significaba mucho para mí, viaje que desgraciadamente perdí porque el reemplazo de mi visa no llego a mi país a tiempo.

En el transcurso del tiempo todo empeoró. Quedé sin pertenencias, ni nada, solo esperando que un milagro acabara con la situación. El sistema de manifestación se tornó oscuro, yo comía una vez al día, a veces del todo no comía, en las noches tampoco podía dormir, estuve tiempo sin publicar nada en las redes sociales por miedo a más represalias.

Pasé tres semanas encerrado, sin ver la luz del sol, ni la oscuridad, nunca supe cuánta fuerza pude retener. En uno de tantos días tomé la decisión de huir de ese sitio siniestro, un sitio de hostilidad en el que era perseguido por mi opinión y mi orientación sexual.

Recuerdo no haber dormido en varias noches, sentía morir lento, no podía llorar, deseaba no vivir eso, pensaba amargamente en las personas como niños, ancianos, embarazadas. Estaban atrapados en las barricadas, todos eran presos y todos debían pensar igual, de lo contrario ya se imaginarán lo que les ocurriría.

Cuando cargué fuerzas, huí de ese lugar con barricadas ubicadas a 20 metros de distancia, resguardadas por encapuchados, quienes se alimentaban bien con los víveres proveídos por financiamiento de países foráneos, mientras otras personas como yo estaban con amplios días de hambre y miedo, apresados en ese territorio.

Eran la 1 de la mañana y una voz en mi mente me dijo, "Levantate, vos podés irte, salvate", y comencé a tomar algunas cosas que conseguí gracias al apoyo de algunas amistades entre ellas un celular de segunda mano con el que quería documentar lo ocurrido.

Tome fuerzas, 4:40 de la mañana. Salí rápido, las barricadas estaban poco supervisadas porque sus vigilantes estaban ebrios, drogados, algunos con resaca. Yo iba tomando fotos para recordar y mostrar al mundo lo ocurrido.

Al pasar por una de las barricadas tres encapuchados me dijeron '¡Desbloqueá ese teléfono, pasámelo!', y yo con los nervios le respondí '¡Solo estoy tomándome selfies!'. Con vulgaridad y brutalidad querían despojarme de mi teléfono, querían revisar mis fotos, mis redes sociales, y también mi maleta pequeña, que llevaba cargando por más de 20 kilómetros.

Pensé que mi vida sería truncada, que mi profesión que tanto costó a mis padres sería acabada. Que como Miskitu nativo perderíamos un talento que fue formado y que aún mantiene vivas sus raíces indígenas.

Yo estaba helado, no sabía qué hacer, a lo lejos pude escuchar una voz que dijo '¡Que les pasa con ese chavalo!', y cuando vi era un ex colega de trabajo, quien se acercó y al que también amenazaron.

Me obligaron con un arma apuntándome a la cabeza, a borrar las fotos que tomé —algunas de ellas se habían salvado porque las había enviado—. Temía por mi vida, porque yo sabía que cuando revisaban celulares de las personas y eran sandinistas, los llevaban a un lugar y ahí los torturaban pintándolos en azul y blanco, les disparaban morteros, los golpeaban con alambres de púa, con hierro. Los amarraban en los postes, los rapaban, y a muchos hasta se los desaparecía.

Cuando pensé que eso me pasaría, llegó un grupo de trabajadores, que al igual que yo eran obligados a caminar kilómetros para asistir a sus trabajos. Se acercaron rápido, porque vieron que los encapuchados querían robarnos e intentaban golpearnos. Esos encapuchados nos amenazaron a todos '¡Si ustedes toman fotos ya saben lo que les pasara!'. Y yo quedé helado, me había salvado por un milagro.

Ese día caminé más de 20 kilómetros, fue lo más horrible. Pase cuatro días en otro destino cargando lo poco que me quedaba intentando recuperar mi visa y pasaporte, sin comer, sin bañarme. Llegué luego a un destino nuevo, un lugar en el que mis amistades me ofrecieron en solidaridad ante lo ocurrido. Me dieron aliento.

Al fin y al cabo, perdí mi viaje, perdí muchas cosas, pero tengo la esperanza de que el mundo pueda enterarse que en Nicaragua no solo mis derechos fueron arrastrados, pisoteados, sino los de muchos que hoy callan. Fueron asesinados. Ellos no pudieron alzar su voz. Por ello creo necesario que sepan que muchos nicaragüenses vivimos los últimos tres meses del peor tipo de violencia y terrorismo. El pueblo entero prisionero en su tierra.

Deseo ver mi patria amada como lo era antes del 18 de abril. Era una nación de paz, prosperidad, desarrollo, turismo, aunque será difícil, esos recuerdos me queman el alma. La impotencia no deja que me mueva hacia adelante, esa vivencia está ahí palpitante, y bien presente en mi mente. Ahí está el dolor de muchos que hoy no respiran, quienes fueron víctimas de un plan de horror promovido desde el extranjero.