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Washington Post: El cuerpo de Khashoggi fue disuelto en ácido tras ser descuartizado

Elespiadigital | Viernes 02 de noviembre de 2018

El cuerpo del periodista Yamal Khashoggi fue “disuelto” en ácido después de que fuera asesinado y desmembrado en el consulado de Arabia Saudí en Estambul hace un mes, dijo el viernes un asesor del presidente turco Recep Tayyip Erdogan.

Los comentarios se hicieron eco de lo que un funcionario turco le había dicho al Washington Post, del que Khashoggi era colaborador. Este funcionario dijo las autoridades turcas creen que el cuerpo fue destruido al disolverlo en ácido, aunque algunas partes podrían haber sido llevadas a Arabia Saudí.

“Ahora vemos que no solo lo cortaron sino que se deshicieron del cuerpo disolviéndolo”, dijo el viernes Yasin Aktay, asesor de Erdogan y funcionario del partido gobernante de Turquía, al periódico Hürriyet.

“De acuerdo con la información más reciente que tenemos, la razón por la que cortaron el cuerpo es que fue más fácil así el disolverlo”, dijo Aktay.

Arabia Saudí se ha enfrentado a un torrente de condenas internacionales por el asesinato del periodista.

El fiscal general de Turquía confirmó el miércoles por primera vez que Khashoggi fue estrangulado tan pronto como ingresó al consulado el 2 de octubre, como parte de un crimen planeado, y su cuerpo fue desmembrado y destruido.

“Su objetivo era asegurarse de que no quedara ningún signo del cuerpo. Esto es lo que se entiende de la declaración del fiscal, dijo Aktay.

“Matar a una persona inocente es un delito. Lo que se le hizo al cuerpo es otro delito y deshonra”.

El funcionario turco citado por el Washington Post dijo que las “pruebas biológicas” encontradas en el jardín del consulado indican que los restos del cadáver probablemente fueron arrojados cerca de donde fue asesinado Khashoggi.

“El cuerpo de Khashoggi no necesitaba ser enterrado”, dijo el funcionario turco al periódico estadounidense bajo condición de anonimato.

Las autoridades saudíes han negado el permiso de la policía turca para registrar el jardín del consulado, pero les permitieron tomar muestras de agua para su análisis, según informes de los medios locales.

Análisis: Los medios de comunicación occidentales hacen que una muerte sea una tragedia y millones de personas una estadística

Finian Cunningham

La cobertura de los medios occidentales dedicada al asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi confirma aquella cantinela de que la muerte de una persona es una tragedia, mientras que millones de muertos acaban siendo una mera estadística.

Durante las últimas cuatro semanas desde que Khashoggi desapareció en el consulado de Arabia Saudita en Estambul, el caso ha estado constantemente en primera plana. Contrasta este hecho, con la escasa cobertura en los medios de comunicación occidentales dan de la horrible escalada saudí en Yemen, durante los últimos cuatro años.

Naciones Unidas advertía recientemente que 16 millones yemeníes se enfrentaban a la muerte por inanición como resultado de la guerra emprendida en ese país por Riad y sus socios árabes del Golfo, con el crucial apoyo militar crucial de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Dicha previsión apenas si registró respuestas de los medios de comunicación o los gobiernos occidentales.

La semana pasada, unos 21 trabajadores yemeníes en una planta empaquetadora de verduras cercana al puerto de Hodeida, en el Mar Rojo, murieron tras un ataque que aviones de combate saudíes respaldados por Estados Unidos. Una vez más, apenas si hubo condenas de los gobiernos occidentales y los expertos de los medios de comunicación.

Es cierto que algunos políticos en los Estados Unidos y Europa, últimamente, están expresando su rechazo a la guerra emprendida por los saudíes y la más que posible complicidad de los gobiernos occidentales en crímenes contra la humanidad.

Sin embargo, en proporción a la preocupación pública dedicada al asesinato de Jamal Khashoggi, existe una indiferencia asombrosa con respecto a lo que realmente está sucediendo en Yemen. ¿Cómo es posible que el destino de un hombre pueda provocar tanta emoción y angustia, mientras que millones de niños en Yemen sin tratados como meros “daños colaterales”?

En parte, las circunstancias del asesinato de Khashoggi a manos de un escuadrón de la muerte saudí se visualizan más fácilmente. Sus conexiones como periodista que trabaja para el “The Washington Post” también garantizan una amplia cobertura por parte de otros medios de comunicación. Las fotos del disidente saudí, de 59 años, y su historia personal para obtener los documentos oficiales para contraer matrimonio con su novia turca, proporcionaron al caso un tinte humano, que obviamente genera empatía pública.

Otro factor es el macabro complot para secuestrarlo, torturarlo y desmembrarlo por un escuadrón saudí que parece haber actuado por orden directa de altos funcionarios del régimen saudí. Los restos corporales de Khashoggi aún no se han recuperado, lo que se suma al interés en la espeluznante historia.

Lamentablemente, esta dimensión humana falta con demasiada frecuencia en el sufrimiento masivo infligido a Yemen. Miles de niños asesinados en ataques aéreos y millones de personas que perecen por causa de enfermedades e inanición tienen, empero, una realidad abstracta.

Cuando los medios de comunicación occidentales sacan a la luz el caso de niños yemeníes asesinados, como sucedió en el ataque aéreo saudita de un autobús escolar, el pasado 9 de agosto, y fueron masacrados una cincuentena de escolares, el revuelo fue escaso. No se nos dicen los nombres de las víctimas ni se nos muestran las fotografías de niños felices antes de su atroz destino.

Sin embargo, el contraste entre la muerte de un hombre y millones de muertes anónimas, siempre a manos de los mismos, no se debe simplemente a la insensibilidad humana. Se debe, fundamentalmente, a la forma en que los medios de comunicación occidentales han insensibilizado al público occidental por una terrible falta de cobertura sobre lo que en Yemen está sucediendo.

Los medios de comunicación occidentales tienen la urgente obligación de contar lo que está pasando en la medida en que sus gobiernos están directamente involucrados en el sufrimiento de los yemeníes. Si los medios de comunicación occidentales brindaran una mayor información, con detalles humanos de las víctimas, sería justo suponer que habría una indignación pública mucho mayor y una protesta por la injusticia, al menos aunque fuera por tratar de frenar la ventas de armas a Arabia Saudita. Tales llamadas se están haciendo, efectivamente, sobre el caso Khashoggi. Con toda seguridad, si se hubiera puesto el acento en el caso de Yemen como en el asesinato de Khashoggi, las sanciones diplomáticas y económicas habrían tenido una mayor magnitud, dado el enorme sufrimiento humano que se está viviendo en Yemen.

Los medios de comunicación occidentales han desinformado vergonzosamente sobre el horror en Yemen durante los últimos cuatro años. Uno de los titulares más miserables fue el de la BBC, que definió el conflicto como una “guerra olvidada”. El conflicto se “olvida” porque la BBC y otros medios de comunicación occidentales han optado por apartarlo de su cobertura informativa. Esa omisión es fruto, sin la menor duda, una decisión “política”, cuyo objetivo es no incomodar a Washington, Londres y París en su lucrativo comercio de armas con el régimen saudí.

Otra forma de ver la paradoja de “una muerte es una tragedia, un millón estadística” y el nefasto papel de los medios de comunicación occidentales en la cocina de esa paradoja es, también, la consideración del destino de los individuos que se enfrentan a sentencias de muerte en Arabia Saudita.

Abordemos, por ejemplo, el caso de Israa al Ghomgham, de 29 años, una disidente demócrata. Israa fue arrestada hace tres años porque participó en protestas pacíficas contra la monarquía saudí. Ella y su esposo Moussa al Hashem se enfrentan a la ejecución su por decapitación. Barbaridad que puede ocurrir en cualquier momento. Su único “crimen” fue participar en manifestaciones callejeras no violentas en la ciudad de Qatif, provincia oriental de Arabia Saudita, en la que se reclamaban derechos para la oprimida minoría chiíta.

Otro caso es el de Mujtaba al Sweikat. Este joven también se enfrenta a la muerte por decapitación, porque participó en protestas a favor de la democracia y contra el absolutismo saudí. Lo que hace que su caso sea aún más deplorable es que fue arrestado en 2012, a la edad de 17 años, legalmente menor de edad, cuando salía del país para estudiar en la Universidad de Western Michigan, en Estados Unidos.

No está claro si estos individuos, y hay muchos más casos de este tipo en el “corredor de la muerte” saudí, serán salvados por la monarquía saudí a la luz de las condenas internacionales por el asesinato de Khashoggi. Cualquier día, podrían ser llevados a una plaza pública y sus cabezas rodar a golpe de espada.

Si tratamos de explicar la desconexión en la reacción pública occidental al caso de Khashoggi, por un lado, y por otro lado, las masacres en Yemen, uno podría invocar la vieja cantinela sobre las muertes estadísticas. Pero, ¿cómo explicar los casos puntuales  de Israa al Ghomgham y su esposo Moussa, o el estudiante Mujtaba al Sweitat?

La abstracción carente de sensibilidad no se debe solo al anonimato de los elevados números, sino a una omisión voluntaria (y, lo que es peor, a informaciones torticeras) de los medios de comunicación occidentales sobre la criminalidad del régimen saudí y el apoyo dado a este régimen por la política y la economía occidentales.

La aparente desconexión se debe a la distorsión sistemática de los medios de comunicación occidentales. Y eso no es sólo un defecto. Es complicidad criminal.