Opinión

Trans-humanismo y post-humanismo

Rodrigo | Viernes 14 de diciembre de 2018

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Me quejo de que el “humanismo” esté sobrevalorado, siga apareciendo como “valor occidental” cuando ya no es más que un despojo.

 

Ernest Milá



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Ernest Milá

Me quejo de que el “humanismo” esté sobrevalorado, siga apareciendo como “valor occidental” cuando ya no es más que un despojo.

(I)

Nacido de la crisis de la escolástica medieval, los puntales del humanismo son la exaltación de la naturaleza humana. Cuando José Antonio Primo de Rivera decía que el “hombre es portador de valores eternos” se hacía eco de esta larga tradición humanista que se había extendido y conquistado incluso el corazón del mundo católico del siglo XX con personajes como Jacques Maritain o Charles Peguy terminando en el personalismo versión 2.0 de Emmanuel Mounier. La doctrina fue situada en el centro de la filosofía política del catolicismo por Paulo VI y confirmada por Juan Pablo II. Lo reconozco, es una doctrina que nunca he compartido por culpa del vecino del quinto, que tiene forma humana, disfruta de todos y cada de los derechos humanos, tiene el mismo DNI que yo, pero me temo que es cualquier cosa menos “humano”: homínido, quizás, hominicaco, seguramente. Me induce a este criterio su falta de educación, de sensibilidad, sus modales más próximos a la animalidad que a lo humano y el hecho de que, aparentemente, no porte más valores que su estupidez. Estoy seguro de que todos vosotros habréis tenido también a un cretino de este calibre que os haya hecho dudar de su humanidad.

¿Se nace “humano”? Sí, pero luego todo el mérito consiste en demostrar que “se es humano”. Y, vosotros sabéis también como yo, que no todo el mundo lo consigue porque es mucho más fácil comportarse como animalicos. Así que, si se me permite, rectificar la frase de José Antonio, diría que “el hombre es portador de valores eternos, pero hay humanos a los que difícilmente se les podría otorgar el título de mamíferos, sino el de mamoncillos”. Así pues, partamos de esta premisa: si el humanismo ya no se adapta al “tiempo nuevo” es, precisamente, porque el ser humano se ha autodesvalorizado, involucionando hacia la animalidad. Hay animalidad allí donde la cultura se ha retraído. No es el momento de explicar los procesos que han llevado a ese repliegue de la cultura, sino simplemente de constatarlo.

Esto abre una nueva situación: en primer lugar, redefinir lo que es “la humanidad”, o mejor todavía, “redefinir lo humano”. Lo segundo: superar el paradigma humanista que se ha impuesto desde el siglo XV hasta nuestros días. Vayamos a lo primero: redefinir “lo humano”. Nacer de vientre de mujer humano ya no basta. En los espeluznante Cantos de Maldoror del Conde de Lautréamont puede leerse: “Me han dicho que soy hijo de un hombre y de una mujer, y es raro, porque creía ser mucho más”… pero también se puede ser “mucho menos”. Lo procesos de fecundación artificial en estos momentos deben estar avanzando entre las sombras de los laboratorios y a resguardo de la legislación que prohíben este tipo de experimentos (¿desde cuanto una ley ha bastado para detener la investigación científica?). Así pues, ya no hace falta “un hombre” y “una mujer” para generar nuevos seres humanos.

Pero sí que es cierto que el ser humano depende, ante todo, del “bios”: necesita un soporte biológico sin el cual nos situaremos en la otra BIOS, el sistema básico de entrada salida (Basic Input/Output System) propio de los ordenadores. Ya es mala leche haber compuesto un anagrama para los ordenadores con el mismo acrónimo que el que indica “vida”. Pero lo humano no puede definirse solamente como “lo que tiene vida biológica”. También el paramecio la tiene. Para que exista “lo humano” la biología debe de estar modulada por la “cultura”. Lo que nos lleva a otro problema: ¿qué es cultura?

Etimológicamente deriva de “cultivo” y ya se utilizaba en el mundo clásico para aludir al “cultivo del alma”. De entre todas las doctrinas, acaso la de los “rosacruces” sea la que ha presentado un esquema, no por mítico y simbólico, menos interesante: en un principio el ser humano era “todo espíritu”, pero luego, tras la caída adámica, el alma quedó reducido a un “átomo” (que incluso los rosacruces situaban en un punto del cuerpo humano: a la altura del corazón, en el centro del tronco y detrás del esternón. Se nacía con alma… pero si ese alma no se desarrollaba, no se vivía o no se expandía, era como quien tiene un billete de lotería, y ni siquiera se ha enterado de que le ha tocado. Así pues, lo importante no era nacer “con alma”, sino expanderla, experimentarla y vivirla. ¿Cómo? A través de su “cultivo”, a través de la cultura.

Y esto plantea otro problema sobre las formas de entender la “cultura”. En principio debería de haber muchas y todas ellas parecerían legítimas. Se ha hablado de la “cultura del haschisch” o de la “cultura del rock” o incluso de la “contracultura” que quizás sea el término genérico más adecuado para definir un régimen de oposiciones: “cultura” es todo lo que abre nuevos caminos al espíritu, lo expande, le facilita la comprensión de los procesos humanos, refuerza la conciencia de sí mismo del ser humano; mientras que “contra-cultura” sería todo aquello que, lejos de expandir, empobrece, reduce, asfixia, desorienta y le va privando de su sentido de la presencia (de la sensación y de la certidumbre de estar “aquí y ahora”), convirtiéndolo en la práctica en un sonámbulo que deambula por la vida por pura inercia. O, simplemente, sometido a sus instintos: es bueno que la parte “biológica” del ser humano tenga “instintos” para ahorrar reacciones cerebrales y generar comportamientos acordes con la supervivencia, la reproducción y el territorio… pero estos “instintos” son “humanos” solo en la medida en que están rectificados y encarrilados por la “Cultura”.

Aún puede haber algo peor: cuando un sistema perverso, resta en primer lugar, cualquier posibilidad al desarrollo de una “Cultura expansiva” para el ser humano: es la época del relativismo para el que cualquier forma de “cultura” es buena: leer a los clásicos y meditar sobre ellos sería tan provechoso y estaría al mismo nivel que el noble arte de liarse un canuto y quedarse empanado. Y a esa primera fase de “aculturización” se une otra que es la de castración de los instintos: cualquier mamífero tiene instinto territorial (necesita una zona que considere suya y en la que se mueva en exclusiva), tiene instinto de reproducción (además del placer que genera la sexualidad, garantiza la supervivencia de la especie), tiene instinto de agresividad (que le garantiza la supervivencia personal y la respuesta contra desafíos que ponen en peligro a su familia, a su especie o a sí mismo)… Pues bien, en el momento actual, el ser humano, gracias a las “ideologías de género”, gracias a las últimas consecuencias del “humanismo” (pacifismo, antimilitarismo, igualitarismo, etc) está experimentando una época de castración y adormecimiento de los instintos. Diariamente vemos a nuestros vecinos y en nuestro entorno a gentes que no reaccionan ante problemas que comprometen la supervivencia de lo humano y que parecen no entender ninguno de los instintos que acompañan a todo lo que es “biológico”.

En drama de nuestro tiempo es que se ha perdido, no solamente el sentido de lo que es “la verdadera cultura”, sino también se ha renunciado a los “instintos biológicos” que garantizarían la supervivencia de lo humano. De ahí que la humanidad del siglo XXI ya no pueda estar regida por el humanismo iniciado en el siglo XV. Pero cuando se trata de superar esta orientación aparecen dos fenómenos: el post-humanismo y el trans-humanismo. Es decir, lo que sucederá al humanismo como concepción del mundo, o bien lo que tratará de redimensionar a lo humano. Dicho de otra manera: el humanismo puede ser superado “por arriba” o “por abajo”, hacia formas superiores de pensamiento y organización o bien hacia formas inferiores. La polémica del siglo XXI será entre ambas posiciones y de lo que me quejo es de que cada vez, los centros de la “intelligentsia” globalizada hablen más y más de “trans-humanismo”, pero nada de post-humanismo.

(II)

Empezábamos esta serie de artículos diciendo que el trans-humanismo es uno de esos términos de moda de los que se va a hablar mucho en los próximos años. Responde a una necesidad real: afrontar los cambios tecnológicos y asumir la redefinición de “lo humano”. Pero, en su conjunto, puede decirse que, las vías por las que ha irrumpido y que está explorando son erróneas e, incluso, peligrosas. En esta segunda entrega vamos a centrarnos en la orientación central de esta corriente.

Básicamente, el punto de acuerdo entre todas las tendencias trans-humanistas radican en que la evolución de las ciencias en las últimas décadas permite que superemos la condición humana mediante la tecnología. El pensamiento humano, no será, a partir de ahora, producto de un cerebro, sino que podrá estar interconectado a otros cerebros y, en especial, al “cerebro del mundo”, Internet, mediante interfaces neuronales. La vida humana no estará reducida a un tiempo que depende de los telómeros celulares, sino que podremos aspirar a vivir eternamente: será posible transferir la conciencia de un soporte informático y, a partir de aquí, prolongar la vida, cuando el cuerpo físico esté irremediablemente deteriorado. Así mismo, tendremos la ocasión de sustituir progresivamente partes de nuestro cuerpo por prótesis mecánicas, después de que nanomáquinas se introduzcan en nuestros tejidos y órganos fisiológicos para rectificar y prolongar el funcionamiento de lo que pueda haberse dañado. Incluso podremos aspirar a suspender la vida de nuestro cuerpo físico, si nos encontramos ante alguna enfermedad grave para la que no se haya encontrado una cura: bastará con hibernarnos durante todo el tiempo en el que la ciencia tarde en encontrar un remedio; en ese momento, podremos reavivarnos. La ingeniería genética podrá reproducir nuestro cuerpo y ofrecernos un doble que nos dotará de organismo de reemplazo e incluso podrá ejecutar tareas que, por algún motivo no nos interesa realizar.

En este contexto ¿seguirá siendo útil la definición de “lo humano” que mantenemos hasta hoy? Podemos dudarlo. De ahí que los transhumanistas sostengan que nos aproximamos a un momento en que lo humano quedará atrás y se producirá la superación de lo humano. El logotipo del movimiento es significativo: “H+”, esto es “más allá de lo humano”.

Por increíble que pueda parecer, algunas de las perspectivas que contemplan los trans-humanistas ya se están produciendo: desde los años 90, la empresa Alcor criogeniza los cadáveres de sus clientes (que antes de fallecer han abierto un seguro de vida a nombre de la empresa para garantizar los gastos de criogenización, almacenamiento y mantenimiento del cuerpo), sin olvidar que las prótesis óseas, válvulas artificiales, audífonos, son las avanzadillas de una revolución generalizada de la ortopedia y de la cirugía que en las próximas décadas, es de prever, que aumente su impacto. La ingeniería genética asegura que podamos tener “hijos bajo demanda” y el desciframiento del genoma humano realizado en la bisagra del milenio anterior y de éste, abre el camino a la modificación genética de las características de los hijos. Existen “adminículos” destinado a grabar todos los instantes de la vida del usuario y a “subirlos a la nube” para que todos sus recuerdos persistan más allá de la memoria cerebral… Así pues, justo es reconocer que, por increíbles que puedan parecer algunas de las propuestas o de los puntos de vista trans-humanistas, en cierta medida, ya se encuentran en estado embrionario en el presente…

Una perspectiva así se puede aceptar como un hecho consumado o con el entusiasmo del converso. La actitud de los trans-humanistas es ésta última: celebrar que se está a punto de superar los límites de lo humano. Lo que pueda ocurrir después es algo que no les preocupa. Si la ciencia ha realizado un nuevo avance, bienvenido sea, e incorporémoslo sin más dilación a nuestra cotidianeidad. ¿Por qué? Por qué en el fondo del ser humano late un ansia de inmortalidad. O, dicho con otras palabras: el ser humano huye del dolor y se refugia en el placer. Y la perspectiva de la muerte -esto es, de perder todo lo que tiene- le genera un dolor extremo. Porque, a fin de cuentas, lo que los trans-humanistas proponen es aceptar que el ser humano puede ser eterno y no tiene por qué morir.

En estas posiciones identificamos algunos elementos que nos permiten viajar a los orígenes de la corriente. Podemos identificar tres “sugestiones” en el nacimiento de esta corriente:

  • Por una parte vemos una concepción extrema del “progresismo” (actitud ideológica que consiste en considerar que la humanidad siempre sigue una trayectoria ascendente y que cualquier avance y nueva filosofía, por el mero hecho de serlo, suponen un “progreso” en relación a los estadios anteriores).
  • Vemos, así mismo, en el trans-humanismo una consecuencia de la idea “evolucionista” (desde los organismos unicelulares creados en la “sopa primitiva” se ha ido progresando a través de distintas especies, pero nada impide pensar que la llegada del Homo Sapiens
  • Y, finalmente, se nos aparece como una consecuencia extrema del “materialismo”, esto es de la creencia de que solamente existe la materia tangible y que cualquier expresión humana es una simple expresión de esa materia, incluido el propio “espíritu” humano.

Recapitulando, podemos decir que el “padre” (la matriz de todo) es el materialismo, el “hijo” (la consecuencia lógica) el progresismo y el “espíritu santo” (la visión del futuro) el evolucionismo. Con esto ya tenemos una nueva “trinidad”. Con razón se decía que “Satán es Dios invertido”. Incluso desde una perspectiva agnóstica como la de quien escribe estas líneas, ésta es la conclusión a la que, inevitablemente, se llega: después de milenios marcados por la presencia de las religiones como una de las mientras que han acompañado inevitablemente a “lo humano”, la superación de “lo humano” lleva, no sólo a la irreligiosidad, sino a la creación de una religión laica (que ya estaba presente en algunos positivistas franceses de finales del XIX. Una vez más se cumplía la ley de Oswald Spengler: cuando cae la religión tradicional, lo que la sustituye no es una época de racionalismo y objetividad, sino un tiempo de supersticiones y mixtificaciones.

(III)

¿Cuáles son las fuentes del trans-humanismo? Si tenemos en cuenta de que en la actualidad, el trans-humanismo se plantea desde distintos sectores, podemos hablar de una “corriente filosófica”, otra “corriente científica”, una “corriente mística” y, finalmente, una “corriente ecológica”. Cada una de estas corrientes tiene distintos orígenes y, a pesar de que se etiquete a todas ellas como “trans-humanismo” lo cierto es que se trata de corrientes muy diferentes, si bien, todas ellas parten de la posibilidad de superar a lo humano. Tras esta entrega nos quedarán otras dos: un juicio crítico sobre el trans-humanismo y definir el concepto de post-humanismo.

La corriente científica

Es, con mucho, la más interesante y, también la que tiene campos de estudio más diversos y prometedores. Todos ellos parten de la posibilidad de mejorar las condiciones de vida del ser humano mediante el método científico aplicado a sus distintos campos. Por una parte, incluye a tecnologías para evitar el envejecimiento, mantener la salud corporal mediante la aplicación de prótesis y organismo sustitutorios de otros dañados, aplicaciones de la ingeniería genética, de la nanotecnología, la robótica, perfeccionamiento de la realidad virtual, colonización espacial, etc. Esta corriente aspira, en buena medida, a reinterpretar las corrientes eugenésicas pero en clave técnica.

A pesar de basarse en el método científico y en la investigación tecnológica, algunos elementos de esta corriente pueden considerarse inspirados por las novelas de Aldous Huxley y de H.G. Wells. En la actualidad, los laboratorios de Silycon Valley, las aulas de Pincetown o los gabinetes en los que se investiga sobre “ciencias de vanguardia” es donde, en mayor o menor medida, aparecen ideas trans-humanistas (o interpretados en clave tran-humanista).

La corriente mística

Apareció vinculada a dos medios sin relación entre sí: por una parte, los grupos ocultistas herederos de la teosofía del siglo XIX basada en la creencia de que estamos atravesando un cambio de “era”, pasando de la Era de Piscis a la de Acuario, tránsito que entraña todo un cambio de valores y el hecho de que, a partir de ahora, la inmortalidad ya sea posible. La otra corriente deriva de la teología católica: parte de la base de que la humanidad sigue evolucionando hasta llegar al “Punto Omega” en el que alcanzará el estado del “Cristo Cósmico” su estado más alto de evolución con la identificación con la figura de Cristo.

Así pues, esta corriente deriva especialmente de la Blavatsky en su parte ocultista y del padre jesuita, teólogo y paleontólogo Pierre Teilhard de Chardin que le dio un soporte presentable entre los católicos e intentó hacer digerible para ellos el evolucionismo darwiniano.

La corriente filosófica

Aparece a finales del siglo XIX cuando algunos filósofos, sin relaciones entre sí, empiezan a cuestionarse el concepto de lo humano (Nietzsche) o bien a plantear lo que supone la inmortalidad como “revolución” definitiva. Estos últimos sostienen que todo sufrimiento es involuntario y puede ser eliminado mediante la aplicación de una ética basada en la tecnología. Las cavilaciones de esta corriente giran en torno a lo que supone la inmortalidad.

Se afirma especialmente con Fiodorov y con los “cosmistas” rusos, verdadera secta que actuó en el interior del Partido Comunista de la URSS en los primeros años de la revolución. Algunos exponentes de esta corriente sostenían que el secreto de la inmortalidad está en la sangre y que las transfusiones continuadas de sangre entre todos los seres humanos lograría alcanzar la inmortalidad al sumar las posibilidades de vida de cada individuo.

La corriente ecológica

Aparece a partir de los teóricos de “Gaia” que parte de la base de que la tierra es un ser vivo que cuando se ve agredido, se defiende y que tiende a desarrollar sobre todo tecnologías medioambientales. De la misma forma que la Tierra “agrede” a los que la erosionan, tendería a favorecer a una humanidad reconciliada con ella.

Todos los partidarios de la “hipótesis Gaia”, herederos de la obra de James Lovelock, pueden considerarse en mayor o menor medida como “trans-humanistas”.

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Sería un error pensar que cada una de estas corrientes es nítida y con los contornos bien definidos. En realidad, personajes como Teilhard de Chardin se sitúan a medio camino entre el universo “mágico” y el “científico”. Otros como Fiodorov y sus partidarios, parten de la filosofía para acabar en la “mística” y los hay que realizan un viaje en sentido opuesto: partiendo de posiciones ocultistas intentan reconstruir una ética filosófica adaptada a la “nueva era”. Los ecologistas aspiran a aplicar soluciones científicas para remediar el deterioro del medio ambiente, pero también tienden a desarrollar una “ética del medio ambiente”. Otros, partiendo de principios científicos darwinistas, combinándolos con doctrinas eugenésicas desviadas del tronco central, derivan hacia interpretaciones filosóficas…

Así pues, podemos definir el transhumanismo como un movimiento poliédrico, en absoluto unificado que tiende, desde distintos puntos de vista a pronosticar y preparar el advenimiento de un nuevo ciclo histórico caracterizado por la eliminación de las limitaciones que hasta ahora han sido propias de la naturaleza biológica del ser humano.

Ciertamente, no todos los científicos que en estos momentos están trabajando en los campos más prometedores e innovadores comparten estas posiciones: pero si que es cierto que los “gurús” de cada campo tienden a dar a las investigaciones en su terreno el rasgo de una verdadera revolución que determinará una mutación de la humanidad.

¿Hasta qué punto pueden ser tomadas en serio estas afirmaciones? ¿Qué implican en realidad? ¿Cómo puede juzgarse todo este movimiento? ¿Hasta qué punto puede ser tomado en serio o considerarse como un “signo de los tiempos”?

(IV)

No puede decirse mucho más del trans-humanismo. Cada una de las corrientes que lo conforman tiene una amplia y variada literatura en la que pueden identificarse una serie de errores comunes a todas ellas. Hay que distinguir, en especial, lo que es un campo de investigación científica de los gurús que lo insertan dentro de una perspectiva de superación del género humano. Así, por ejemplo, si bien la robótica puede alcanzar una importancia capital en los próximos años, incluyendo una alteración radical del mercado laboral, o bien la microinformática que tenderá cada vez a desarrollos más espectaculares y a una mayor miniaturización, o si la nanotecnología y la ingeniería genética consiguen llevar adelante sus proyectos más avanzados, es cuestionable que consigan el objetivo propuesto por los trans-humanistas: la superación de la humanidad mediante la tecnología. En cuanto al resto de corrientes, sus especulaciones tienen un valor muy desigual y siempre están realizadas en función de presupuestos poco racionales y, en algunos casos, absolutamente irracionales.

Así pues, vamos a intentar realizar una crítica de conjunto a las posiciones trans-humanistas y a valorar el fenómeno en su conjunto.

Optimismo tecnológico

El optimismo del que hacen gala las corrientes trans-humanistas es, en ocasiones descabellado y atañe especialmente a la vertiente tecnológica. Si hasta ahora, en los últimos doscientos años, la ciencia ha avanzado extraordinariamente y en los últimos cincuenta años se ha producido una aceleración aún mayor y procedido a la apertura de nuevos campos ¿Por qué no hay que pensar que en el futuro esté proceso se ralentizará? Los trans-humanistas afirman que seguirá de manera cada más acelerada.

Olvidan que, si bien en algunos campos (la aviación, por ejemplo), se ha progresado extraordinariamente desde que (los hermanos Wright volaron en su primitivo biplano por primera vez en 1903 y 65 años después el hombre pisaba la Luna), lo cierto es que el desarrollo ha sido desigual (los aviones comerciales son hoy iguales a los de hace cincuenta años) y no siempre a la velocidad prometida (la llegada a Marte se esperaba para la última década del siglo XX. En otras áreas el progreso se ha estancado (la cohetería capaz de hacer que un ingenio abandone la gravitación terrestre apenas ha mejorado desde el lanzamiento de la primera V-2 en 1943 y, en cualquier caso, dista mucho de garantizar la colonización de otros planetas) o la velocidad es insuficiente en relación a las necesidades (las dificultades para la creación de una estación espacial no están suficientemente resultas para garantizar una presencia prolongada de un humano fuera del espacio exterior).

Olvidan también que otras tecnologías crean tantos problemas como los beneficios que aportan (los conservantes y aditivos de los alimentos, han resuelto algunos problemas, pero están en el origen -junto con otros factores- del aumento desmesurado de determinadas enfermedades), otras se encuentran todavía en fase experimental (la “fusión en frío”) y no hay perspectivas de que se logre llegar -al menos a plazo medio- al final buscado (la elaboración de una fuente inagotable de energía). Hay tecnologías que se desarrollan aceleradamente, pero no al ritmo que imaginan o quieren ver los trans-humanistas (la robótica).

Podríamos seguir repasando cada uno de los campos y comprobaremos que los trans-humanistas se han dejado influir por un optimismo desmesurado y confuso, como el niño al que le regalan un muñeco de trapo y, finalmente, termina hablando con él, en la medida en que su imaginación basta para insuflarle vida propia. Algo parecido ocurre con los trans-humanistas que se han visto infectados por las ideas del progreso indefinido de las ciencias… cuando la realidad dice que las ciencias (y mucho más, las técnicas) tienen un rápido y espectacular crecimiento, pero no siempre su desarrollo posterior sigue a la misma velocidad.

Pérdida del sentido de la humano

En cierto sentido los trans-humanistas son víctimas de un movimiento más amplio, el mundialismo, pero al mismo tiempo comparten los mismos contenidos. En efecto, el mundialismo es aquella corriente que desea ordenar el globo terráqueo como una unidad cultural, étnica, religiosa, bajo el gobierno de una élite. Para ello les es preciso negar todos los regímenes de identidades que puedan darse: y ahí está la UNESCO, punta de lanza del mundialismo, para predicar la abolición de todo tipo de identidades, calificadas por ellos, como causantes de las “diferencias” y de la “desigualdad”, en beneficio de un mestizaje culturales y étnico, la desaparición de los Estados Nacionales en beneficio de un internacionalismo global, la desaparición de las identidades sexuales (y, por tanto, de la familia) para llegar a una humanidad situada por encima de los géneros y en el que la paternidad sea un hecho fortuito que puede realizarse en un útero mecánico.

Dentro de esta perspectiva de pérdida y destrucción de cualquier punto de referencia identitario, hay que situar el trans-humanismo que incide en el último frente: la destrucción de la propia identidad humana. Desde el momento en el que los trans-humanistas sostienen que la personalidad puede trasladarse a un soporte informático y, por tanto, se puede superar la degradación celular y aspirar a la inmortalidad, haciendo que los pensamientos, recuerdos y todo lo que contribuye a construir una personalidad, pasen a residir en “la nube”, lo que están haciendo es, no solamente mostrar su incomprensión por lo que es la “vida”, sino tratar de borrar el rastro de la “identidad humana”. Es significativo que algunos trans-humanistas lleguen a hablar de que toda la humanidad, conectada en red, tendrá un “espíritu único” similar al de una colmena o un hormiguero.

Somos seres humanos en tanto que poseemos sentidos, imaginación, cuerpo físico, instintos, pensamiento lógico, y la posibilidad de trascender a todo ello mediante algo que la ciencia todavía no ha logrado explicar y sobre lo que la psicología no ha construido una teoría válida, el alma. Si falta alguno de estos elementos, no estamos ante un ser humano, ni siquiera ante un ciborg: ¿a partir de qué punto -cabría plantear- un ser humano al que se le van añadiendo prótesis y sustituyendo partes biológicas mediante prolongaciones mecánicas puede ser considerado “humano”? que no es más que parafrasear la antigua pregunta lanzada por los presocráticos: ¿cuántos granos de arena hacen falta para poder hablar de un montón? Y, sin embargo, la respuesta es simple: un ser humano deja de serlo cuando su soporte físico deja de generar pensamiento lógico y sus células entran en una fase de pudrimiento.

Los trans-humanistas tienden a confundir planos que siempre han estado perfectamente diferenciados: la técnica por un lado y la vida por otro. Y, sobre todo, ignoran una idea todavía más importante: la de “jerarquía”, esto es la organización de los conceptos en distintos niveles. Si hubieran tenido en cuenta el concepto de “jerarquía” (demolido a partir del concepto liberal de “igualdad”, excluyente con él) hubiera aceptado que la técnica es un instrumento al servicio de lo humano y que, por tanto, está por debajo de lo humano: depende de lo humano y no puede reverenciarse como algo superior a lo humano, ni como el destino de lo humano al que nos acogeremos, no ya para mejorar la vida y tratar de prolongarla en la medida de lo posible, sino como último refugio de lo humano al que iremos a confluir para reducir la vida a un intercambio de impulsos eléctricos dentro de un sistema informático.

Los propios trans-humanistas, arrastrados por su optimismo tecnológico, no parecen estar en condiciones de distinguir “lo humano”, de “lo cibernético”. A la pérdida de todas las identidades, sigue también la pérdida de los planos de referencia.

(V)

Sería ocioso ir más allá de lo dicho sobre el trans-humanismo. Toda ahora la ingrata tarea de proponer un juicio de conjunto y también una alternativa. Para ello, hará falta volver a lo dicho en los primeros párrafos de la primera entrega de esta serie: el “humanismo” (como filosofía que sitúa al individuo en el centro de la historia) debe ser superado. A pesar de que los trans-humanistas generen un baile de confusiones y aludan a que su intento debe conducir a la “post-humanidad”, entendida como una “superación del actual estadio evolutivo de la humanidad”, nosotros creemos mucho más sensato revalorizar el sentido de lo humano (mediante el reforzamiento de todo el régimen de identidades que constituyen sus puntos de referencia: identidad cultural, identidad sexual, identidad nacional, identidad étnica, identidad social, identidad personal) integrando los adelantos técnicos procedentes de las ciencias de vanguardia.  No es la humanidad lo que precisa ser “superado” sino la concepción “humanista” que ha sido hegemónica, primero en el terreno del arte y de la cultura, luego en el de la filosofía y, finalmente, en el de la religión y la política.

El avance de las ciencias es algo que no es posible detener, ralentizar, ni siquiera orientar. Pero, las ciencias -al igual que la economía- no son fines en sí mismos, sino medios para alcanzar un fin. Y ese fin no puede ser otro que contribuir al aumento del bienestar de la sociedad y, por tanto, de su estabilidad.

No importa, por ejemplo, que la nanotecnología, la medicina o la farmacología, garanticen que la vida pueda prolongarse en condiciones normales, 130 años: hace falta, prever lo que esto puede suponer, especialmente si la privatización de la sanidad, hace imposible el acceso a  estos avances para la mayoría. Obviamente, se retornaría a la “lucha de clases” que, en el fondo, fue una respuesta de las clases desfavorecidas a las clases pudientes y que ahora pasaría a ser, de nuevo, una lucha por la supervivencia bajo otro formato.

No importa, así mismo, que la robótica y la inteligencia artificial eliminen el 75% de los trabajos actualmente existentes: de lo que se trata es de que quienes se liberen del trabajo tengan la posibilidad de encontrar otros alicientes y dar un sentido a sus vidas. Y, por supuesto, sobrevivir sin trabajar… ya que los puestos de trabajo no serán accesibles a todos, ni siquiera atendiendo a su preparación ni a su capacitación profesional.

En cualquiera de estos dos casos, y en otros muchos que se puedan presentar, hará falta reformar las estructuras del Estado y garantizar que éste estará en condiciones de entregar salarios sociales a cambio de determinadas prestaciones, servicios o tareas. Por lo mismo, hará falta olvidarse del bíblico “creced y multiplicaros” y actuar en dos direcciones: estabilizar la población de las naciones, estabilizar las sociedades, procurar que sean lo más homogéneas posibles, y generar las mejores condiciones de vida y de educación para los nuevos nacimientos. En estas condiciones, los Estados deberán imponer profundas reformas educativas tendentes a forjar el carácter de los jóvenes y, al mismo tiempo, medidas eugenésicas: “menos, pero mejores”. Por otra parte, no hay que olvidar que no existe “desarrollo sostenible” en el planeta tierra, sino que el planeta tiene unos recursos limitados que deberán ser administrados de la manera más prudente posible. Y para ello hará falta optimizar el número de habitantes del planeta y no escandalizarse por la reducción de la población en Europa: “menos, pero mejores”. El problema radica, especialmente en países (China, África y el mundo árabe) de demografía explosiva de la que Occidente debe protegerse.

En el terreno político, las doctrinas humanistas (liberalismo, socialismo, marxismo) ya no responderán a las exigencias del tiempo nuevo, ni, por tanto las “partidocracias” actuales podrán mantenerse: será preciso reconocer que la democracia solamente es viable cuando toda la población alcanza unos niveles de cultura cívica, capacidad crítica y bienestar óptimos, pero es inútil y se pervierte su sentido en situaciones de indigencia cultural, masificación y amputación de la posibilidad de establecer juicios objetivos sobre la actuación de los gobernantes.

Estamos persuadidos, igualmente, que, en efecto, nos aproximamos a una “nueva era” e, incluso que está implicará la superación de lo que ha sido en la anterior, el eje de la cultura occidental (el cristianismo, que los newagers vinculan a la Era de Piscis), pero no será  (como pretenden esos mismos medios) la “era de la Humanidad” lo que se imponga, sino que (al igual que Piscis tiene su complementario en Virgo, la Virgen y ésta, efectivamente tiene un papel muy importante en el cristianismo) la “nueva era” puede depender, en grandísima medida, del signo opuesto a Acuario, el de Leo, que introduce un nuevo elemento en la ecuación: la jerarquía. La resultante será, pues, una nueva humanidad que recupere de nuevo la idea de Orden, implícita en la noción de jerarquía. Pero, sin necesidad, de recurrir a las concepciones puestas de moda por los newagers, cabe prever que, tras el “horizontalismo” que se ha impuesto de manera creciente desde la Revolución Francesa y que, en este momento, está agotado llegando a sus últimas consecuencias, se impondrá un retorno del péndulo hacia el “verticalismo” y, solamente se tratará de evitar, que no sea ni la capacidad económica, ni la brutalidad, o la simple tecnocracia, en función de la que se reorganicen los sistemas jerárquicos, sino en base al carisma, el liderazgo, la capacidad de organización y de mando, los valores personales y su fidelidad hacia ellos y la capacidad de entrega de la persona a la sociedad con el reconocimiento de que lo comunitario es superior a lo individual.

No se trata, por tanto, de renegar a los descubrimientos y avances científicos, sino de negar, en primer lugar, la idea de “progreso”. Tales avances pueden ser empleados en realizar la Utopía, o bien, hacia todo lo contrario: para convertir el mundo en un infierno. En segundo lugar, se trata de reconocer que las sociedades humanas precisan, para ser viables y facilitar la vida a sus miembros, ser estables. Por tanto, se trata de combinar ambos polos: evitar que el progreso científico convulsione cada veinte años a la humanidad y facilitar el que los Estados puedan aplicar reformar que vayan al paso con estos avances científicos. Para ello será preciso dotar a las sociedades y al propio Estado de unos valores que permanezcan inalterables y se sitúen por encima de los cambios.

En este esquema está implícito la alternativa al trans-humanismo y lo que podemos definir como post-humanismo: una síntesis entre Tradición y Revolución. Tradición en los valores. Revolución en la integración de los avances técnológicos en el devenir social. Todo ello bajo tres principios: Orden (estabilidad y referencia a valores inalterables), Autoridad (derivada del liderazgo, de las capacidades individuales y de la voluntad de poder puesta al servicio de la sociedad, más necesaria aún en el momento de la reconstrucción, tras las desintegraciones actuales) y Jerarquía (organización de la sociedad en distintos niveles en función de sus capacidades e intereses). Esto implicaría, en síntesis: restaurar los regímenes de identidades que han venido siendo tradicionales e inseparables de la humanidad.

En definitiva, de lo que se trata es de recuperar un tipo humano “tradicional” para un determinado momento de la historia caracterizado por el impacto de las vanguardias tecnológicas. Solamente esta combinación conseguirá disipar las fantasías distópicas del “trans-humanismo” y la superación de la filosofía “humanista”, de la que el primero es solamente su consecuencia más extrema.