Los 'chalecos amarillos' protestaron en París por sexta semana consecutiva bajo el lema "¡Macron, renuncia!".
El canal BFMTV informa, citando a la policía, que más de 140 personas fueron detenidas este 22 de diciembre durante la protesta.
El corresponsal de Sputnik informó que la policía usa gas lacrimógeno y cañones de agua contra los manifestantes en los Campos Elíseos.
El movimiento de los chalecos amarillos, llamado así por las prendas fluorescentes de los manifestantes, surgió en Francia a mediados de noviembre pasado, primero como una protesta por el alza de impuestos al combustible y luego como una reivindicación de mejora generalizada de las condiciones económicas y sociales.
Tras varios sábados consecutivos de concentraciones, acompañadas de enfrentamientos con las fuerzas del orden, destrozos del mobiliario urbano, detenciones y otros incidentes violentos, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, anunció una serie de medidas económicas y sociales para mitigar la crisis.
Se han registrado al menos nueve fallecidos en relación con estas manifestaciones, principalmente por accidentes de tráfico, así como al menos 2.891 heridos entre civiles y policías.
Este viernes, la Asamblea Nacional francesa aprobó recortes tributarios para trabajadores de bajos ingresos en un intento por acabar con las violentas protestas que iniciaron el 17 de noviembre. Pese a que las manifestaciones han disminuido en intensidad, se estima que cuentan con el apoyo de un 70% de la población del país.
Sin embargo, varias de las exigencias centrales de los 'chalecos amarillos' se encuentran todavía en discusión, entre ellas el establecimiento de un sistema de consultas de iniciativa ciudadana y la eliminación de los privilegios de los políticos.
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El número de heridos en las protestas francesas asciende a 3.000 personas
Al menos 2.891 personas han resultado heridas en medio de las protestas en Francia desde que comenzaron a mediados de noviembre. El número de muertos ha aumentado a nueve esta semana, informó el gobierno.
El Ministerio del Interior del país compartió la cifra el jueves. Incluye 1,843 civiles y 1,048 oficiales de la ley. El ministerio dijo que nueve personas murieron y que el número de muertos aumentó el jueves, luego de que un manifestante de 60 años fuera muerto por un camión en una carretera en el municipio de Agen en el sur de Francia.
La mayoría de las muertes en la campaña de protesta se produjeron en incidentes de carretera, ya que los manifestantes intentaban bloquear el tráfico.
Análisis: Macron: año negro, futuro incierto
Luis Rivas
Emmanuel Macron está padeciendo su 'invierno del descontento'. Así se conoce el periodo de crisis que el gobierno laborista británico de James Callahan vivió en 1978-1979, antes de dar paso a la era de Margaret Thatcher.
'El invierno de nuestro descontento', tomado por la prensa de la obra de Shakespeare, 'Ricardo III', es un drama que el presidente francés está sufriendo pero que, a diferencia de la obra de teatro, no tiene un final previsto.
Macron no es Callaghan, la Francia de hoy no es el Reino Unido de finales de los 80 del siglo pasado y tampoco la comparación entre Marine Le Pen y la 'Dama de hierro' parece muy acertada, pero eso no significa que el problema al que hace frente la sociedad francesa pueda ser considerado menos grave que el que vivieron los británicos hace ya 40 años.
Macron no ha podido dar pie a titulares como el famoso 'Crisis? What crisis?' del diario The Sun de aquella época, porque las imágenes proyectadas en todo el mundo de las manifestaciones, bloqueos y actos de vandalismo que ha provocado la revuelta de los llamados 'chalecos amarillos' le han obligado a recular de tal manera en sus planes reformistas que nadie sabe cómo va a poder enfrentar, no solo el año que empieza, sino los tres y medio que le quedan de mandato.
En solo 18 meses, Macron ha dilapidado el capital acumulado por un joven que creó de la nada un partido que destrozó en las urnas a las formaciones políticas tradicionales que han regido el país durante los últimos 50 años.
Ahora se recuerda que, en realidad, su victoria en las presidenciales se debió a la eliminación judicial de su rival a la derecha, François Fillon, a la alta abstención, y a la 'barrera sanitaria' que muchos electores de izquierda levantaron contra Marine Le Pen. Puede ser. Pero nadie estaba un mes más tarde obligado a votar a 'La Republica en Marcha' y otorgar a Macron la mayoría absoluta en la Asamblea.
El presidente francés inició el año 2018 en pleno optimismo. Había recuperado 10 puntos en los sondeos y obtenía una aprobación del 50% de sus conciudadanos. Venía de haber conseguido aprobar la nueva Ley de Trabajo y el nuevo estatuto para los trabajadores de los ferrocarriles, el último reducto del sindicalismo más duro. Al rodillo interior para aplicar sus reformas, añadía el brillo exterior, tras sus encuentros meses antes con Vladimir Putin y Donald Trump, en una iniciativa con la que pretendía erigirse en jefe de Europa y líder mundial facilitador del consenso internacional.
Macron representaba una esperanza. La de reformar el país con más gasto social de Europa. Lo cual no es negativo si ello no conlleva convertirse en deudor eterno del capital exterior. Tampoco sería criticable si no fuera porque para pagar el 'paraíso social francés' se ahoga a impuestos una clase media y media-baja que esperaba un freno a la histeria recaudadora del fisco.
La rebelión de la Francia despreciada
Ha sido una tasa la que precisamente ha apagado el furor reformista de Macron y, de rebote, sus ambiciones nacionales e internacionales. El aumento del impuesto al gasoil por supuestas razones de protección del medio ambiente descubrió el rostro de la Francia ignorada, de la Francia que no salía en los informativos, de la Francia olvidada de la atención del nuevo régimen, que miraba más hacia Silicon Valley que al centro del Hexágono. Que se preocupa más de los habitantes de las 'banlieues' que de los 'petits blancs' excluidos de la 'start up nation' soñada por los macronistas.
Pero el año 2018 no está marcado solo por la 'revuelta amarilla'. Macron ha vivido un año en el sótano de las encuestas de opinión, batiendo récords de impopularidad. El 'presidente de los ricos' no ha logrado desprenderse de este sambenito. Por el retrovisor político se observa ahora el impacto de medidas impopulares como la eliminación de la ayuda a los jóvenes para el alquiler de apartamento o la reducción drástica de los empleos subvencionados cuando, "al mismo tiempo" (utilizando su frase fetiche), se eliminaba el impuesto sobre la fortuna para evitar, dijo, el exilio de los franceses más ricos.
Pero, aparte las reformas y las medidas de ahorro presupuestario, hay otras razones para explicar la desafección de los franceses con su presidente, antes de la irrupción de los 'chalecos amarillos'.
Despreciativo, presuntuoso, prepotente. Son calificativos que antes y ahora han llovido sobre el jefe del Estado. Macron ha osado decir lo que muchos otros antes que él han soñado hacer oír a sus compatriotas: "galos refractarios a los cambios"; "los vagos no frenarán las reformas"; "te encuentro un trabajo cruzando la calle"….
Pero al tiempo que incriminaba a muchos de sus administrados, dejaba en evidencia un comportamiento poco diferente al de sus predecesores a los que tanto criticaba y de los que pretendía diferenciarse. El escándalo protagonizado por su guardaespaldas, Alexandre Benalla, señaló el comienzo del fin del aura que cubre de respeto la figura presidencial.
Con Benalla empezó todo
Su reacción a la investigación parlamentaria del comportamiento ilegal y violento de su protegido en una manifestación fue sorprendente. Primero, el silencio. Más tarde, lanzó desafiante: "Yo soy el único responsable de todo; si quieren, que vengan a por mí".
Según Eric Zemmour, el intelectual favorito de la derecha dura y uno de los que más libros vende en el país, los franceses son monárquicos y quieren venerar a un rey que mantenga la distancia con sus súbditos. Macron, dice, era respetado en un principio porque mantuvo esa distancia, pero el asunto Benalla y otros episodios, como la foto que se hizo con un delincuente semidesnudo en la isla de Saint Martin, le hicieron perder ese respeto que todo monarca debe mantener, siempre según Zemmour.
El respeto de sus ministros también iba a flojear. Su fichaje galáctico, Nicolas Hulot, el ecologista mediático y líder de las personalidades más apreciadas por los franceses, dimitió como responsable de Ecología de madrugada, en directo a través de la radio y sin avisarle previamente. Su padrino político, el veterano socialista Gerard Collomb, abandonó el Ministerio del Interior para preferir retornar a la alcaldía de Lyon.
Emmanuel Macron cambia de año debilitado y sin aliento para acometer reformas de enorme trascendencia, como la de las pensiones y la del sistema de desempleo. Para calmar la rebelión de los chalecos amarillos ha debido renunciar al ahorro de 10.000 millones de euros. Como cualquier otro predecesor, la chequera sirve para ahogar la protesta, para apagar cualquier hoguera.
La 'salvinización' de Macron
Pero la renuncia al rigor presupuestario llevará a Francia a violar la sacrosanta ley europea de limitar al 3% del PIB el desvio de las cuentas anuales. Macron se 'salviniza' después de haber criticado al líder del gobierno italiano por su proyecto de presupuesto. Francia, que pretendía demostrar a Berlín y a toda la Unión Europea que iba a convertirse en un ejemplo, sobrepasará ese 3% y justificará derrapes similares de sus socios comunitarios.
Las elecciones europeas de mayo representarán el primer plebiscito sobre su política tras su annus horribilis 2018. Macron pretendía convertirlas en un duelo de 'los progresistas', liderados por él, contra los 'nacionalistas', que él representaba con Salvini o el húngaro Viktor Orban. Esa estrategia ha quedado obsoleta por sus problemas internos. Para el dirigente francés la situación es tan delicada que le convendría incluso que quienes le han hecho bajar del pedestal, los chalecos amarillos, formaran un partido para presentarse a los comicios europeos y robaran así votos a Marine Le Pen, su única rival.