Por Colectivo Alborán*
Por Colectivo Alborán*
Es conocido que están contados los días de permanencia de la OTAN en Afganistán y, de su larga mano, que llega desde el Atlántico Norte al Asia profunda, los de las fuerzas españolas.
Y está por finalizar porque, seguramente, el “contingente internacional” parece que va a ser necesario en otros lugares (léase Irán/Siria).
De momento, y desde 2001, atrás quedarán 102 españoles muertos (100 militares, incluidos cinco hispanoamericanos, y dos intérpretes nacionalizados). Además, 86 soldados y un intérprete han resultado heridos por diversas causas. A ello hay que añadir, hasta este año, y sin costar lo que acarreará la retirada y/o el abandono del material, casi 3.500 millones de euros, entre coste militar y ayuda civil: unos 74 euros por español. Y eso en una nación con el menor presupuesto de defensa “per cápita” prácticamente de todo el mundo y en la que la crisis llevaba años a punto de estallar. Además, nuestra tradicional “amistad hispano-árabe” ha muerto definitivamente.
La Guerra de Marruecos y la de Afganistán, pues guerra es, aunque nuestro Parlamento no la haya declarado, tienen muchas similitudes. Como dijo el General Fontenla en un artículo censurado por Defensa: “la realidad es que España consiguió pacificar su zona de protectorado, y la OTAN, con toda la potencia de su maquinaria política, económica y militar, abandonará Afganistán sin la misión cumplida”. Ni la carretera de circunvalación de Afganistán (Ring Road), ni su alternativa en la provincia “española” de Badghis (Ruta Lithium), están acabadas. Pero lo peor es que la retirada de Afganistán elevará la moral de los combatientes musulmanes, y liberadas sus fuerzas de ese teatro de operaciones, estarán, ellas también, en condiciones óptimas para abrir un nuevo frente, seguramente mucho más cercano y peligroso para nosotros.
Frente a estas consideraciones, el ministro Morenés dijo: “Yo no creo que Afganistán sea un fracaso; a lo mejor no es el éxito total, pero la situación está mejor que hace doce años y yo no sé cuál es la definición de éxito total”. No hay peor ceguera que la de un veterano político profesional que no quiere ver.
Por otra parte, hay otros “costos” a tener en cuenta. Nuestra permanencia allí ha supuesto la colaboración de agentes afganos con nuestras fuerzas (intérpretes, proveedores, informadores, etc). La experiencia demuestra que la integridad y la vida de estos colaboradores correrán muy graves riesgos cuando las “fuerzas propias” abandonen el territorio. Este riesgo puede suponer simplemente que sean degollados por colaboracionistas, por los rebeldes o por sus propios paisanos para congraciarse con aquellos. Y esto no es una extrapolación teórica: el mes pasado voló en Qalinao (Qala-e-now) la casa de Mirwais, intérprete del contingente español, resultando, milagrosamente, solo herida su madre.
Naciones con más sentido del Estado (como Gran Bretaña) han decidido concederle el pasaporte y el visado para que, si lo desean, puedan refugiarse en la nación que los contrató y a la que sirvió. Si embargo, parece ser que en España se ha decidido dar solamente el sueldo durante unos meses más y que ellos se busquen la vida. Es decir, se ha hecho un análisis más propio de burócratas que de soldados, adoptando el “buenismo” de que los riesgos son mínimos y asumibles (por el afgano y no por el que lo ha decidido en un despacho con moqueta y aire acondicionado).
Es desconocer la historia (recogida hasta en múltiples novelas y películas, por no decir informes oficiales) de los trágicos finales de los colaboradores en estos casos: Marruecos, Ifni, Sáhara, Argelia, etc.
Después de tantos inmigrantes, legales e ilegales, no parece que ofrecer asilo a unos cuantos afganos que peligran su vida por haber servido a España y a los españoles, suponga un problema de ninguna clase. Al menos ellos sí han hecho algo por España, cosa que no se les exige a tanto infiltrado y delincuente (estamos citando fuentes del CNI y de la Fiscalía, no se sulfuren los bien pensantes).
* El ‘Colectivo Alborán’ lo forma un grupo de altos mandos del Ejército español, retirados y en activo, que cuentan con una cualificada experiencia militar y una notable preparación académica. A todos ellos les une un denominador común: el amor a España y la preocupación ante los acontecimientos que vive nuestra nación.