Últimas noticias

La guerra por la vacuna del COVID-19: ¿Quién es el líder inesperado en la carrera por la vacuna contra el coronavirus?

Elespiadigital | Lunes 27 de julio de 2020

Una vacuna rusa contra el COVID-19 está lista: los resultados de los ensayos clínicos mostraron la formación de una respuesta inmune en todos los voluntarios participantes. Mientras tanto, los éxitos de Occidente no son tan obvios.

Por supuesto, el trabajo no está acabado, y los médicos rusos especifican que hace falta una siguiente fase de pruebas del medicamento para verificar su eficacia, pero el progreso es obvio, escribe la columnista de Sputnik Irina Alksnis.

En total, son 14 plataformas las que están desarrollando en Rusia casi cinco docenas de vacunas contra el COVID-19. Se considera que los líderes de este proceso son el Centro de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, el Centro Vector de Rospotrebnadzor y el Instituto de Vacunas de la Agencia Federal Biomédica.

La primera vacuna rusa contra el coronavirus SARS-CoV-2 podrá ser registrada ya en agosto, de acuerdo al ministro de Salud, Mijaíl Murashko, lo que es increíblemente rápido. Crear una vacuna suele tomar años, así como cualquier medicamento. Pero el desafío que plantea el coronavirus ha dado lugar a un importante cambio en los procedimientos adoptados. Así, en abril, los científicos británicos declararon que su objetivo era obtener una vacuna para septiembre.

Grandes recursos se gastan en el desarrollo de la inoculación, señala Alksnis. En particular, la Administración Trump ha asignado más de 2.000 millones de dólares a las empresas farmacéuticas tanto estadounidenses como europeas. Por supuesto, una de las principales condiciones de tal financiación es que trabajen a favor de EEUU.

Mientras tanto, fue la política de Rusia la que The Wall Street Journal calificó como "nacionalismo de vacunación" y no la de EEUU. Es que Moscú ha dependido enteramente de sus propios recursos para desarrollar la inoculación e incluso se atrevió a declarar que su prioridad es vacunar primero a los ciudadanos rusos y luego a los demás.

"Por supuesto, cualquier Estado pone sus intereses primero, y luego los del resto de la humanidad. Pero decir esto directa y abiertamente es indignante según los estándares progresistas, por lo que Rusia ha sido condenada", señala la columnista.

En la carrera mundial por una vacuna contra el coronavirus hay componentes tanto financieros como políticos, de acuerdo con la investigadora. Con el dinero, es simple: la primera empresa que venda la vacuna en el mercado mundial será la que más gane. Por eso en la investigación participan activamente no solo las estructuras estatales y académicas, sino también empresas farmacéuticas, para las que la vacuna es una potencial mina de oro.

La parte política, a su vez, es un poco más complicada. Los éxitos en el desarrollo de la vacuna se perciben como un indicador del desarrollo del Estado y sus capacidades. No basta con asignar dinero para crear un producto farmacéutico, hacen falta centros académicos y personal científico con el nivel profesional adecuado. Además, son necesarias estructuras capaces de organizar el proceso de la manera más eficiente posible y de resolver rápidamente los problemas que surjan.

Desde el principio, tres países se consideraron líderes en el desarrollo de la vacuna: EEUU, el Reino Unido y China, que fueron los primeros en empezar a trabajar. A Rusia nadie la tomaba en serio al considerarla un país retrasado en la farmacología.

?Sin embargo, durante el último mes ha habido un serio cambio en la posición de Occidente con respecto a los esfuerzos de Moscú para crear una vacuna contra el COVID-19; Rusia fue acusada de intentar robar información sobre la elaboración de las vacunas en tres países —el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá— con la ayuda de hackers.

Más tarde, la agencia Bloomberg informó que la vacuna experimental ha estado en posesión de Moscú desde abril, pero solo algunos miembros de la élite rusa la han obtenido en secreto.

"Si intentamos encontrar sentido común en estas acusaciones, la explicación más simple será el temor de Occidente de que Rusia haya logrado nuevamente hacer lo que se consideraba imposible: unirse al grupo de países líderes en el desarrollo de la inoculación contra el virus", cree Alksnis.

China aprobó una de sus vacunas experimentales para el uso en el Ejército a finales de junio; Rusia está reportando resultados alentadores, mientras que el éxito de Occidente es mucho menos obvio.

Según los medios de comunicación, las compañías farmacéuticas de EEUU planean empezar a producir el medicamento correspondiente a finales de agosto, pero no se proporcionan más detalles sobre estos fármacos.

En cuanto a los británicos, sus resultados del trabajo sobre la vacuna de Oxford están lejos de ser tan positivos como se esperan. Kate Bingham, presidenta del Grupo de Trabajo de Vacunación contra Coronavirus del Gobierno, instó a no abrigar demasiadas esperanzas: "Puede que nunca obtengamos la vacuna y, si lo hacemos, puede que no sea el tipo de vacuna que previene la infección, sino el que reduce la gravedad de los síntomas".

El laboratorio Moderna de EE.UU. inicia la fase 3 de su vacuna contra el covid-19: ¿por qué es revolucionaria?

La compañía biotecnológica estadounidense Moderna inicia el próximo lunes 27 de julio la tercera fase de ensayos clínicos de la vacuna contra el nuevo coronavirus en la que está trabajando. Si bien durante las primeras dos etapas de investigación el número de participantes constituía ocho y 45 personas respectivamente, ahora va a aumentar hasta unas 30.000 personas, a las que les administrarán las dosis de 100 microgramos.

El principal objetivo de la fase 3 será la prevención del transcurso sintomático del covid-19, mientras que los objetivos secundarios serán prevenir el transcurso severo de la enfermedad que requiere de hospitalización y también prevenir la infección con el SARS-CoV-2.

La Autoridad de Investigación y Desarrollo Avanzado Biomédico (BARDA, por sus siglas en inglés), del Departamento de Salud de EE.UU., ya se ha comprometido a invertir 472 millones de dólares adicionales para el desarrollo de la vacuna y la tercera fase de investigación, prácticamente duplicando su subvención previa de 483 millones de dólares, anunció Moderna en un comunicado este domingo.

En caso de éxito, la compañía planea iniciar la producción de la vacuna a partir de 2021 y será capaz de suministrar unas 500 millones de dosis al año, con posibilidad de aumentar el número hasta 1.000 millones.

¿Cómo funciona la vacuna de Moderna y en qué se diferencia de las demás?

La vacuna, denominada mRNA-1273, representa el ARN del virus, que aunque sea creado de manera artificial y ligeramente modificado sigue siendo el material genético del patógeno en estado puro, en lugar de una solución del virus 'debilitado' o sus proteínas.

Al llegar a la célula, el ARN encapsulado empieza a producir la proteína S del virus (Spike, en inglés, o 'pincho'). Las proteínas fabricadas, a su vez, provocan una respuesta inmune que genera células específicas que luchan contra los portadores de estas proteínas y se producen anticuerpos que luego deberían funcionar contra el virus original.

Como la vacuna de ARN es totalmente nueva —no existen vacunas más antiguas de este tipo— se desconoce cómo va a comportarse en el organismo. Debido a un abanico de efectos secundarios, las vacunas de ARN se consideran riesgosas y son pocas las compañías que optan por hacer grandes inversiones en su desarrollo. A día de hoy, ninguna vacuna de este tipo ha sido aprobada para el uso en humanos.

Actualmente en el mundo se trabaja en todo tipo de vacunas experimentales contra el covid-19, incluidas las que se basan en los adenovirus o proteínas puras sin ácido nucleico, y el objetivo de cualquiera de ellas es el mismo: lograr que la vacuna simule una infección vírica para que el sistema inmune 'se lo crea' y reaccione para defenderse. Determinar cuál método es el mejor y finalmente va a funcionar contra el nuevo coronavirus no resulta posible a estas alturas de las investigaciones.

La vacuna de Moderna, por su parte, generó la capacidad de neutralizar el virus en la mitad de los participantes en la primera fase de ensayos clínicos, mientras que durante la fase 2 todos los vacunados presentaron la capacidad de neutralizar más del 80 % del virus en el plasma de la sangre. Este nivel correspondía con el de las personas recuperadas del covid-19. Además, se observó la respuesta de las células T, que ayudan a proteger el organismo de las infecciones induciendo una respuesta inmune celular.

Entre los efectos secundarios destacaron fatiga, escalofríos, dolor de cabeza, mialgia y dolor en el lugar de la inyección, pero era de esperar y no se observaron reacciones más graves.

¿Qué es lo que no cuadra?

Determinar la eficacia de una vacuna puede conllevar años. A día de hoy la comunidad científica no sabe qué concentración de anticuerpos es necesaria para hablar sobre la inmunidad al covid-19 o al menos una lucha eficaz del organismo contra el virus.

También aparecen indicios de que algunos infectados logran combatir la enfermedad únicamente con la respuesta de sus células T mientras que los anticuerpos, por razones desconocidas, no se detectan en su sangre, y el papel de este tipo de respuesta inmune requiere de una profunda investigación.

Además, los científicos han determinado recientemente que la concentración de los anticuerpos del covid-19 disminuye rápido con el tiempo, y no se sabe si este hecho puede influir en la resistencia del organismo y, por lo tanto, la eficacia de una vacuna, aunque en el caso del brote del SARS en los años 2000 los anticuerpos en los recuperados estaban presentes durante un período relativamente largo.

Análisis: Cautela, realismo y desconfianza en la carrera por la vacuna

Francisco Herranz

La noticia de que dos equipos investigadores, uno británico y otro chino, han conseguido avances significativos en la fabricación de una vacuna contra el coronavirus SARS-CoV-2 es un signo evidentemente esperanzador, pero no debería servir para caer en la autocomplacencia o en el optimismo excesivo.

Los resultados positivos, tanto de la Universidad de Oxford/AstraZeneca como de la firma CanSino Biologics, no son definitivos sino preliminares. El hecho de que ya existan prometedores candidatos a vacunas demuestra el ritmo frenético y sin precedentes al que se está moviendo la comunidad científica, pero eso no implica que se llegue a una solución ideal. De hecho, estos claros progresos no descartan el temible escenario de que no se encuentre una vacuna eficaz o de que, si se llegara a ese extremo, no prevenga el contagio, sino que reduzca considerablemente los síntomas.

La urgencia global, con más de 600.000 muertos en seis meses, ha acelerado los trabajos de una forma muy notable a golpe de cheque bancario. Normalmente lleva una década crear una nueva vacuna, pero ahora no hay tanto tiempo para alcanzar esa meta. El mejor antídoto debería funcionar, sin provocar graves efectos secundarios, en todos los grupos de edad, incluidos los mayores de 65 años y la población de riesgo (diabéticos, hipertensos, etc.), proteger al menos durante seis meses tras su aplicación y reducir la transmisión del agente patógeno. El listón se halla bien alto.

Investigaciones y experimentos

La mayoría de las investigaciones en curso utiliza alguna de estos cuatro métodos o procedimientos:

  • Vacunas genéticas, que usan uno o más genes del coronavirus.
  • Vacunas de vector viral, que emplean virus para transportar genes del coronavirus.
  • Vacunas basadas en proteínas del coronavirus.
  • Vacunas que optan por una versión inactiva o atenuada del coronavirus.
  • Y los experimentos se desarrollan en cinco fases:

    • Fase 0 o Preclínica: Ensayos con animales de laboratorio, como ratones o monos, para determinar los efectos en el sistema inmunitario.
    • Fase I: Se comprueba la seguridad y la dosis de la vacuna en un grupo reducido de personas.
    • Fase II: Se aplica la vacuna a cientos de personas, divididas por grupos de edad.
    • Fase III: Se inyecta a miles de personas y se compara con otras que recibieron un placebo. Esta es la etapa decisiva del estudio, porque determina el grado y la duración de la protección.
    • Fase IV: Aprobación por las autoridades competentes.

    Los científicos advierten de que todavía no saben con certeza qué nivel de inmunidad es necesario para prevenir la infección del COVID-19. Ese nivel indicará que unas vacunas sean más exitosas que otras.

    Una carrera contra reloj

    Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), 23 proyectos ya están en las fases de ensayo clínico, es decir, con pruebas en seres humanos. Otros 100 más se encuentran en procesos de desarrollo menos avanzados. En general, el planeta vive inmerso en una enorme carrera contrarreloj, donde se mezclan negocio (dinero) con geopolítica (reputación).

    En esta dura competición participan, por supuesto, las principales empresas farmacéuticas occidentales: Merck, Roche, Pfizer, Sanofi, AstraZeneca y Johnson & Johnson; esta última es la más grande del mundo por capitalización de mercado, con nada menos que 369.110 millones de dólares, es decir, un monto superior a la riqueza que producen en un año naciones como Colombia o Chile.

    El prototipo diseñado por AstraZeneca y la Universidad de Oxford emplea un adenovirus de chimpancé —que causa un simple resfriado— para que lleve elementos del coronavirus a las células humanas con el objetivo de estimular su respuesta inmune. Ahora les toca ir a Brasil y Sudáfrica para aumentar el número de inoculados y cumplir con la Fase III. La fórmula de la firma china CanSino, que se sirve, igualmente, de un adenovirus, pero esta vez de origen humano, será inoculada a miles de voluntarios residentes en Brasil, dentro de la Fase III.

    Rusia también ha entrado en este peculiar campeonato mundial. Su versión, en la que participan el Ministerio de Defensa y el Centro Nacional de Investigación de Epidemiología y Microbiología Gamaleya, es del tipo de vector viral —utiliza dos clases de adenovirus humanos— y comenzará su Fase III en agosto después de obtener buenos resultados previos.

    Todos estos datos resultan bastante alentadores, pero debe ser examinados con mucha cautela y pragmatismo. La fabricación de un remedio absoluto contra la pandemia genera un interés social desorbitado, despertando lógicamente las pasiones más sórdidas de las compañías farmacéuticas y biotecnológicas, embarcadas en una competencia feroz, en ocasiones despiadada, porque, no en vano, comercian con la salud (la vida) de las personas. Eso provoca que magnifiquen los frutos propios y cuestionen o ninguneen los ajenos.

    Occidente versus Rusia

    La carrera por la vacuna ha exacerbado, además, la profunda desconfianza existente entre Occidente y Rusia. Así, Estados Unidos, el Reino Unido y Canadá ya han acusado a los servicios secretos rusos de haber hackeado centros de investigación internacionales que buscan un tratamiento al virus. Algunos medios de comunicación como la agencia de noticias Bloomberg han difundido que miembros de la elite financiera y política de Rusia ya habrían probado la vacuna en abril.

    Esta noticia de fuentes y testimonios anónimos parece formar parte de una operación de descrédito, porque ¿acaso es buena idea vacunarse un producto que está en fase de experimentación y cuyos efectos secundarios son desconocidos? ¿están de verdad los magnates rusos dispuestos a hacer de cobayas?

    Si se descubriera una vacuna eficiente, la siguiente pregunta se antoja insoslayable: ¿Cómo la pagarán los países pobres? La OMS ya ha puesto en marcha el Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19, una alternativa más conocida como Instalación COVAX, un mecanismo creado para garantizar el acceso rápido, justo y equitativo a la vacuna en todo el mundo, independientemente de los niveles de riqueza.

    Los países con menos ingresos podrán recibir apoyo a través de donaciones privadas. COVAX incluye un nuevo instrumento de financiación destinado a incentivar la elaboración de vacunas. De lo que se trata, en suma, es de garantizar un volumen de dosis antes de que la vacuna salga al mercado. AstraZeneca fue la primera empresa farmacéutica en firmar un compromiso aceptando esta iniciativa. Entre los países últimamente interesados, y ya llegan a 165, figuran Argentina, Brasil y México. El objetivo de esta plataforma radica en entregar 2.000 millones de dosis para finales de 2021 y poder vacunar al 20% más vulnerable de la población de cada Estado que participe en el programa.