Mientras el mundo entero contempla con asombro la crisis de la Covid-19, esperando noticias que puedan aliviar sus temores; después de meses de confinamiento y de un elevado número de contagios y fallecidos, los conflictos internacionales se intensifican día tras día.
Jad el Khannossi
Jad el Khannossi
Mientras el mundo entero contempla con asombro la crisis de la Covid-19, esperando noticias que puedan aliviar sus temores; después de meses de confinamiento y de un elevado número de contagios y fallecidos, los conflictos internacionales se intensifican día tras día.
Parece ser que los intereses no entienden de virus ni se preocupan de la amenaza que suponen. Al menos, esto es lo que se entrevé tras de la marea mediática que bombardea diariamente a la sociedad con esta pandemia. Lo más sensato en esta situación sería que los países aunaran esfuerzos para luchar contra ella, pero, por desgracia, ocurre todo lo contrario, las tensiones en el mundo son cada vez mayores.
El mejor ejemplo lo hallamos en el este del Mediterráneo, una de las zonas más calientes del planeta y la que de manera más evidente pone en tela de juicio la seguridad global, en un contexto post Covid marcado por la liquidez en todos sus ámbitos y una geografía política abierta a todos los pronósticos. Los motivos son más que suficientes. Por un lado, la región posee una dimensión geoestratégica privilegiada: un cruce de caminos del comercio internacional que circula diariamente por el canal de Suez, el Bósforo y Gibraltar. Por otro, las enormes reservas energéticas descubiertas hasta el momento, que se calculan en 340 mil millones de m³ de gas y 1,7 mil millones de barriles de petróleo, un tesoro que ha despertado el interés no sólo de los países de la orilla del Mare Nostrum, sino también de otras grandes potencias deseosas de materias primas. Unas reservas que, aunque no sean comparables con Rusia y otras zonas del planeta, pueden cambiar las reglas globales del juego del gas, en especial con Europa. Esta lleva tiempo en busca de otras fuentes con el objetivo de liberarse de las presiones rusas y turcas, siendo Rusia su mayor suministrador de gas y Turquía el paso de todos los gaseoductos que llegan al continente europeo, tanto desde Rusia como de Irán. Por eso, no es de extrañar la actual escalada de tensiones, así como la batalla de declaraciones en la región, llegando a convertirse en un asunto cotidiano. Es el caso de Atenas y Ankara. Un enfrentamiento antiguo-nuevo, donde se mezclan cuestiones religiosas, nacionalistas, históricas y geopolíticas, sumándose recientemente los grandes hallazgos de gas, volviendo a entrar en escena el dilema de las islas y de las zonas neríticas.
Todos los mecanismos que conducen a la guerra están presentes: las diferencias en cuanto a las fronteras, las enormes reservas, la presencia militar y el intercambio de acusaciones. Es cierto que en ningún momento se ha hablado de guerra pero la escalada de tensiones, la carrera armamentística, las maniobras militares, etc., amenazan con un conflicto a gran escala. Las diferencias van en aumento. Como si la rivalidad histórica no fuera suficiente se han añadido nuevos elementos: el mencionado asunto del gas supone echar más leña al fuego. Tanto es así, que la región se ha convertido en escenario de una guerra postmoderna. ¿Cuáles son las dimensiones históricas y geoestratégicas de este conflicto? ¿Cuáles son las aspiraciones de cada uno de los actores implicados?
Hay que situar el origen de este dilema en el año 1920, es decir, cuando la naciente Turquía, heredera del imperio otomano, se vio obligada a la firma del Tratado de Sèvres, por el que perdió más de 150 islas del mar Egeo que pasaron a pertenecer a Italia, cedidas posteriormente a Grecia, aunque Turquía, con la ayuda de la Unión Soviética, logró derrotar al eje formado entonces por los griegos, franceses e ingleses. Este evento permitió a los turcos conservar la unidad del país, a raíz de la firma de los acuerdos de Lausana de 1923. Sin embargo, no consiguieron mejorar nada en lo referente a las fronteras trazadas en el Mediterráneo oriental, como todos los trazados fronterizos que fueron llevados a cabo en la época colonial, en gran medida para que la región nunca se librara de los problemas. Desde aquel entonces, Ankara se ha visto sometida a un asedio marítimo y terrestre, del cual aspira liberarse.
El pasado mes de agosto se estableció un acuerdo entre Grecia y Egipto. Turquía consideró que se trataba de una amenaza a sus intereses en la zona. Como respuesta, retomó los trabajos de exploración del gas. Es así como la tensión resurgió en la zona. Atenas, con el apoyo de sus aliados, pretende impedir el retorno turco a las aguas del Mediterráneo, si bien es cierto que es un país débil económica y militarmente en comparación con Turquía. No obstante, detrás del país heleno existe un eje comandado por Francia y los Emiratos Árabes. Desde tiempos de Sarkozy, París contempla con malos ojos el ascenso turco, que, poco a poco está arrebatando terreno a los galos. No en vano, el asentamiento turco en Siria debilitó su papel en esta región. Además, existe la posibilidad de que el nuevo rol otomano en el Líbano ponga fin a la presencia francesa en el Mediterráneo oriental. Por tal motivo, no es de extrañar la inquietante actividad diplomática francesa en Líbano, Irak y Siria. París aspira a fortalecer su presencia en el sur de Libia, teniendo intención de construir una base allí, aunque sea en detrimento de la unidad territorial del país norteafricano. Ante esta estrategia, Turquía respondió con su presencia en la región del Sahel, en particular después de su último acuerdo con Níger y la posibilidad de establecer una base militar turca en este país subsahariano, sin dejar de lado el creciente descontento social en estos países, motivado por la presencia francesa. Podemos tomar como ejemplo de ello lo sucedido recientemente en Mali. Tengamos presente que la actitud del país galo a favor de Grecia contradice, incluso, la legislación internacional. Hay que recordar que, en 1977, cuando las circunstancias eran similares a las que se dan en la actualidad entre Ankara y Atenas, el Tribunal Internacional, dictó una sentencia a favor de Francia en lo concerniente a las islas de Alderny, localizadas a 8 millas de sus costas, frente a las 87 millas que las separaban de Inglaterra, ya que aquél limitó entonces las zonas neríticas en 12 mil millas. Una situación similar tuvo lugar, años después, entre Ucrania y Rumanía. La mencionada sentencia legitima la petición turca, si fijamos las distancias que hay entre sus costas y la isla de Meis, objeto del dilema, puesto que se encuentra a 2km de las costas de Turquía -cuyas costas son las más extensas del Mediterráneo-, mientras que la distancia que la separan de la costa griegas es de 580km. La isla se halla desarmada desde el acuerdo de París de 1924. En más de una ocasión ha existido el riesgo de que estallase un conflicto armado entre ambos, tal como sucedió en 1996. Este panorama, más complejo de lo que pueda parecer, refleja muy bien la diferencia de opiniones y acusaciones que mantienen los dirigentes de ambos países. Francia aspira a que la Unión Europea imponga sanciones a Ankara el próximo 24 de septiembre, aunque, en caso de que así fuera, supondrían un arma de doble filo: la economía turca se vería dañada, pero la respuesta del país y sus consecuencias serían mucho más graves. En Bruselas son conscientes de que la aventura de Macron implica enormes peligros. De ahí que no compartan un mismo lenguaje frente a Turquía, a pesar de la inclinación europea hacia Atenas -véase el caso de Alemania, vinculada con el país otomano por medio de numerosos acuerdos económicos, el asunto de la inmigración y la gran minoría turca en su territorio. A todo esto debemos añadir el papel de Italia, cuyos intereses en Libia están en la misma dirección turca, e Inglaterra, que después del Brexit ha fortalecido muchos sus relaciones económicas con el país otomano a la búsqueda de nuevos horizontes. Y, por supuesto, Rusia que, por un lado, contempla la situación para intervenir directamente, a fin de asentarse en las aguas calientes, un sueño que lleva persiguiendo desde los tiempos de los zares. Parece que después de la crisis de Siria su sueño comienza a hacerse realidad. Por otro, sacar a Ankara de la OTAN sea, probablemente, el gran objetivo de los estrategas rusos, puesto que si esto sucediera, no solo se pondría fin a las estrategias occidentales contra Moscú en la región, sino que cambiarían las reglas del juego en el este de Europa (Bielorrusia, Ucrania, etc.). Cabe recordar que el acuerdo libio-turco permite que Rusia continúe suministrando el gas a Europa, puesto que aquél no impide el funcionamiento del gaseoducto israelí, que, según estaba previsto, pasaría por Chipre para dar suministro al viejo continente.
Washington adoptó, desde el principio e intencionadamente, una actitud ambigua, como es habitual en su forma de actuar, pero a medida que avanzaba el tiempo, se fue posicionando a favor de Grecia. La prueba la hallamos en palabras de su ministro de exteriores, Mike Pompeo, cuando calificó las actividades turcas en las aguas mediterráneas como molestas. No hay que sorprenderse, puesto que la Casa Blanca lleva años llevando una pauta negativa contra Ankara, con el fin de debilitar el régimen turco en respuesta a su creciente actividad diplomática con el Kremlin: temas de energía, S400, etc. De ahí sus últimas maniobras militares con Grecia: el acuerdo para establecer una nueva base militar norteamericana en territorio heleno, con el fin de impedir cualquier entrada rusa a las aguas del mar Egeo; el levantamiento del bloqueo armamentístico impuesto sobre Chipre del sur desde 1997, y el nuevo giro que está intentando dar a los acontecimientos en Libia, mensajes, todos, destinados a la cúpula turca. No obstante, intentan no desvincularse por completo de Ankara, al menos a corto plazo, conscientes desde la Casa Blanca de la importancia estratégica turca, debido a su posición geográfica privilegiada, especialmente, ante la nueva escalada de tensiones contra Moscú, cuyo centro sería Chipre. Erdogan, que conoce a la perfección todo este juego, y que cuenta con un amplio margen de maniobra -del mismo modo que lo hizo antes en Siria, Irak y Libia- expresa gran firmeza en sus decisiones, apoyado por la historia y la legitimidad internacional, sin olvidar que la Turquía de hoy es muy diferente a aquella que estuvo sumisa al control occidental. Estamos hablando de una potencia regional euroasiática enorme, independiente en sus decisiones políticas y con la mirada puesta en más de un rincón del planeta.
En resumidas cuentas, es cierto que el escenario se muestra muy complejo, debido a la interrelación de muchos factores. Pero, de momento, estamos lejos de poder hablar de un posible conflicto armado entre ambos, pues, ninguno de ellos podrá soportar las consecuencias de esta decisión, en especial, la económica, como resultado de los daños producidos por la crisis de la Covid. En consecuencia, ambos países evocan constantemente al diálogo. Los dos empiezan a dar señales de su predisposición a ello: la retirada del buque de exploración turco hacia sus costas o el visto bueno heleno a una cumbre bilateral con Turquía, son mensajes que así lo reflejan. Simplemente, el objetivo de sus respectivas maniobras militares es el de tener mayor presencia en el terreno, lo cual da muchas cartas de presión a la hora de las negociaciones, algo típico en la escena internacional, pues, los tratados se firman de acuerdo con la fuerza que se posea sobre el terreno, y no según lo que dicte la ley internacional. Turquía, evidentemente, pretende que Bruselas reconozca su acuerdo con Libia, acuerdo que cambiaría la realidad geoestratégica de la región, mientras que Grecia anhela cosechar su parte en el juego del gas, aunque el eje que se encuentra tras ella aspira a más, es decir, a que Turquía permanezca dentro de sus fronteras. La OTAN -o tal vez Rusia- podría ejercer el rol de intermediario, por ser ambos países miembros, aunque esto no significaría que estuviéramos ante el final de esta crisis, sino de un aplazamiento momentáneo del enfrentamiento entre ambos. Es seguro que surgirán otros nuevos, en especial, después de la dimisión del gobierno libio prevista para finales de octubre, el cual provocará un otoño más caliente de lo previsto. Tengamos en cuenta que la región del Mediterráneo oriental, donde se entrelazan sus fronteras marinas con los tratados internacionales marítimos, sus enormes reservas energéticas, pues, se ha convertido un nuevo tablero de ajedrez, el final de cuya partida se alargará en el tiempo, debido a la implicación de muchos actores regionales e internacionales, sus intereses y su gran capacidad para maniobrar.
Al descubierto la envergadura de la red ?de espionaje turco en Europa ?
Feyyaz O., oficial de la inteligencia turca a cargo del enlace con una agencia estadounidense, ?se presentó el 15 de septiembre de 2020 ante la policía austriaca y reveló haber recibido ?instrucciones para eliminar físicamente a 3 personalidades políticas austriacas. ?
Al comunicar Austria a Alemania la existencia de una investigación sobre ese caso, se descubrió ?que los servicios secretos turcos (Milli Istihbarat Teskilati o MIT) disponen de una gigantesca red ?de espionaje en Europa, más extensa que la de los servicios de inteligencia rusos e incluso que la ?red de inteligencia de Estados Unidos en todo el continente. ?
Sólo en Austria ya se contabilizan 350 agentes turcos y en Alemania unos 8 000. ?
Al parecer también existe una investigación en Francia, país donde las mezquitas de musulmanes ?provenientes del norte de África no son tan numerosas como se cree mientras que las mezquitas ?turcas son mayoritarias y están bajo el control de la Diyanet Isleri Baskanligi (la administración ?gubernamental turca a cargo de los asuntos religiosos) a través de la Milli Gorus, organización ?turca de extrema derecha, dirigida en el pasado por el hoy presidente turco, Recep Tayyip ?Erdogan. ?
Estas informaciones salen a la luz en momentos en que Turquía supervisa la agresión de ?Azerbaiyán contra la República de Artsaj (Alto Karabaj). ?
Desde nuestro sitio web, el periodista francés Thierry Meyssan denunció en su momento que ?los atentados perpetrados el 13 de noviembre de 2015 en París (Francia) y el 22 de marzo ?de 2016 en Bruselas (Bélgica) fueron orquestados por el MIT turco con apoyo del MI6 británico.