Los tópicos son la otra gran epidemia de la era moderna. Es lógico. A nivel histórico, resulta más grato recurrir a ellos que sumergirse de lleno en los claroscuros de uno u otro personaje.
Manuel P. Villatoro
Manuel P. Villatoro
Los tópicos son la otra gran epidemia de la era moderna. Es lógico. A nivel histórico, resulta más grato recurrir a ellos que sumergirse de lleno en los claroscuros de uno u otro personaje.
Evocamos a Napoleón Bonaparte como un héroe en miniatura a pesar de que medía 1,69 metros, repetimos como un mantra falacias extendidas por la Leyenda Negra como que los conquistadores esparcieron únicamente muerte en las Américas y, entre otras tantas cosas, definimos a Bernard Montgomery como un genio militar a pesar de que la mayor operación que orquestó acabó en desastre.
Sin embargo, en nuestras fronteras existe un período cuya simplificación tiende al extremo: la Segunda República. Y, dentro de ella, un personaje: Manuel Azaña. Así lo atestigua Roberto Villa, profesor titular de Historia Política de la Universidad Rey Juan Carlos y autor, entre otras obras, de «Alejandro Lerroux, la república liberal» y «1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular». Por ello, hoy desvela a ABC su otra cara y la de los partidos políticos que le seguían.
-Se acusa a Azaña de no haber condenado la violencia del golpe de Estado del 34. También de haber apoyado lo acontecido en Casas Viejas (“Se hizo lo que había que hacer”). ¿Hemos olvidado a ese Azaña más violento y revolucionario, o nunca lo fue?
Hay que separar al Azaña de las conmemoraciones del Azaña histórico. Cuando se conmemora algo, habitualmente se resalta lo positivo y lo que podemos aprender hoy del discurso y la trayectoria de una figura del pasado. Por tanto, como es normal, se diluyen las sombras. Para el PSOE, Azaña es un referente importante, y se entiende que quieran homenajearlo. Más extraño es el fenómeno de que los partidos de centro y derecha carezcan actualmente de referentes y consideren que no tienen a nadie a quien conmemorar y del que aprender nada.
¿Cuál es el Azaña histórico?
Si nos vamos al histórico, encontramos varios Azañas y, entre ellos, un Azaña revolucionario. Ese fue, por ejemplo, promotor junto a otros miembros del Comité Revolucionario (el que luego será Gobierno Provisional de la República) de una insurrección para derribar a la Monarquía en 1930 y de establecer por la fuerza una República. Fue también el máximo responsable de que la República no se convirtiera en un régimen que recuperara las libertades abolidas por la Dictadura de Primo de Rivera en 1923, como querían Alcalá-Zamora y Alejandro Lerroux.
Azaña consideraba la República como un programa político de revolución cultural que debía cambiar el Estado y la sociedad españolas. Había que “republicanizar” a los españoles, y esto implicaba aplicarles sin concesiones y a rajatabla un programa de ruptura obligada con las instituciones y los valores que habían predominado en la Monarquía constitucional.
¿Y el otro Azaña?
Es el más controvertido, el de la revolución de 1934. Sabemos que él desaconsejó personalmente la insurrección a los socialistas y a los políticos de la Esquerra Republicana de Cataluña. Pero también sabemos que consideraba ilegítimo por antirrepublicano (es decir, por contrarios a ese programa de republicanización de izquierdas que consideraba inseparable de la República), a la coalición de centro-derecha de los radicales de Lerroux con la derecha católica de Gil-Robles.
Azaña presionó a Alcalá-Zamora desde noviembre de 1933 hasta septiembre de 1934 para que disolviera el Parlamento de centro-derecha recién electo y volviera a convocar elecciones con un gobierno de izquierdas, advirtiéndole que, de no hacerlo, debía enfrentarse a la eventualidad de una revolución. Y luego compartió candidatura en las elecciones de 1936 con los cabecillas de esa sublevación y con un programa que amnistiaba a los implicados en ella, mientras pedía responsabilidades políticas y penales al gobierno Lerroux y a los militares y policías que la habían derrotado.
También está el Azaña que decide, el 19 de julio de 1936, armar a las milicias de los partidos y sindicatos de izquierda y convertirlas en fuerza pública, destruyendo cualquier noción de legalidad en la zona republicana.
¿Qué movía al Azaña más extremista?
Bueno, no fue una cuestión de odio, sino de política de partido. Para Azaña, la democracia no era, como para nosotros hoy, un régimen de libertades civiles y división del poder donde los electores deciden libremente quiénes les gobiernan. Para él (y para todos los republicanos de izquierda), la democracia era la República. Y ésta, un tipo de régimen cuya misión era “liberar” a los españoles de la influencia social de la antigua elite monárquica, de los militares, de la Iglesia católica y de lo que Azaña llamaba los “partidos reaccionarios”, que era todo lo que había a su derecha, fuesen monárquicos o republicanos. De esta operación rupturista surgiría una sociedad “moderna”, que es lo que Azaña consideraba que había ocurrido en Francia tras su revolución y en España no.
Y como esa cirugía social debía hacerse desde el gobierno, éste debía estar siempre en manos de auténticos republicanos, esto es, de personas comprometidas con esta misión. Los republicanos que no lo estuvieran eran “monarquizantes” que no podían ni debían gobernar, porque entonces interrumpirían esta labor de “modernización” fundamental. Es importante retener que, para Azaña, la República no era simplemente quitar a un Rey para poner a un presidente. Era un programa más profundo, que llegó a plasmarse en la Constitución de 1931.
¿Debemos recordarle como la figura moderada que encarnó la Segunda República?
Lo cierto es que Azaña no era socialista, ni jamás estuvo a favor de la revolución social “de clase” que patrocinaban los partidos o sindicatos obreros. Pero cuando quiso imponer moderación, Azaña no fue un dique de contención eficaz para el radicalismo y la polarización, y esto se ve especialmente bien en los meses previos a la Guerra Civil. En determinados contextos incluso fue un actor que atizó ambos fenómenos.
Azaña encarna la Segunda República en su orientación de izquierdas y no podríamos entender aquel régimen sin él. Por eso, el hecho de que la República no llegara a consolidarse y acabara quebrando está también muy ligado a su misma actuación pública. Por eso, el Azaña político que suele resaltarse no es tanto el de la República o el de los primeros meses de la Guerra Civil como, sobre todo, el Azaña de Paz, Piedad y Perdón, y el de los discursos y escritos que llamaban a la concordia ya en la segunda parte de la Guerra Civil.
Hemos hablado de Azaña, pero hubo otros tantos políticos que, aunque hoy son recordados como verdaderos adalides de la libertad, demostraron durante la Segunda República su lado más radicalizado…
En realidad, la Segunda República es un periodo de radicalización general. Los adalides de la libertad, esto es, los defensores de un régimen de libertades que pudiera ser gobernado a izquierda o derecha según lo requiriera el electorado, y que permitiera a los españoles "vivir y dejar vivir", eran por entonces una minoría. La componían el Partido Radical de Alejandro Lerroux y todos aquellos partidos del centro-derecha que procedían de los partidos liberales monárquicos de la Restauración, como los agrarios de Martínez de Velasco, los liberales demócratas de Melquíades Álvarez, los republicanos conservadores de Miguel Maura, los conservadores independientes de Abilio Calderón o figuras como Alcalá-Zamora, Joaquín Chapaprieta o Manuel Portela.
Todos los demás partidos estaban dispuestos a sacrificar las libertades para implantar "su" régimen político y "su" Constitución. Como mínimo, mantuvieron una relación ambigua con la democracia, declarándola sólo un medio o una estación de tránsito a otro sistema distinto.
¿Alejó algún conocido personaje de la República en especial a partidos como la CEDA?, ¿entraban estos partidos «de centro derecha» en el juego democrático?
No, ni la CEDA ni la derecha en general entraban en la República que diseñaron por los republicanos de izquierda y los socialistas, y eso Azaña lo dejó meridianamente claro. Lo que éstos llamaban "democracia" no era un régimen de libre competencia electoral entre distintos partidos. La "democracia" era, para las izquierdas, la República, y ésta el gobierno de los auténticos republicanos. Esto es, de todos aquellos partidos comprometidos con el programa republicano-socialista. En la medida en que la CEDA e incluso la derecha liberal estaban contra este programa, para las izquierdas esos partidos carecían de legitimidad para gobernar aunque ganaran las elecciones.
Este veto incluso llegó a afectar al mismo Partido Radical, el partido republicano más antiguo. Lerroux concebía la República como la recuperación de las libertades, del parlamentarismo y de las elecciones libres abolidas por la Dictadura de Primo de Rivera. Precisamente porque Lerroux pensaba la República como una democracia liberal, Azaña lo acusó de "monarquizante", es decir, de corromper el nuevo régimen al permitir que pudieran gobernarlo sus "enemigos". Mientras Lerroux quería convertir en republicanos a los antiguos monárquicos, Azaña quería excluirlos por completo de la vida política, para que no "corrompieran" con su presencia el nuevo régimen. La derecha era, para Azaña, la representación política de la "España tradicional" y esa "España tradicional" tenía ya su destino señalado con la República: la de desaparecer.
Se tiende a pensar en una república unificada que luchó unida hasta el final. ¿Es cierto?
Ciertamente, el bando republicano, igual que el nacional, nunca fue un frente unido. La diferencia es que, mientras los militares del bando nacional se unificaron en torno al liderazgo de Franco y éste luego obligó a los diversos partidos de centro y derecha a integrarse en uno solo, ese proceso apenas se produjo en la zona republicana. De hecho, antes del golpe de Casado hay otros acontecimientos muy divisivos como los sucesos de mayo de 1937 que enfrentaron a la CNT en Barcelona con la Generalidad de ERC apoyada por los socialistas y los comunistas; las diversas disputas entre el poder central republicano y los gobiernos regionales catalán, vasco o asturiano; la división interna del PSOE, que fue aprovechada por el PCE para convertirse en la fuerza política más importante de la zona republicana; o la violenta erradicación del POUM y sus dirigentes por el gobierno de Negrín y el PCE.
El ejemplo más claro es que, en los últimos días de la contienda, se sucedió un golpe de Estado por parte de Casado que destrozó cualquier posibilidad de resistencia.
La sublevación de Casado anticipó la victoria de Franco. Pero no hay que olvidar que la capacidad de resistencia de los republicanos estaba ya al límite, y precisamente el apoyo a Casado tuvo mucho que ver con eso. Los "casadistas" tenían razón en que era una absoluta locura continuar con la sangría cuando los nacionales habían ganado ya la guerra y los republicanos en ningún caso podían revertir ese resultado. Y hay que recordar que la Segunda Guerra Mundial no habría cambiado las cosas, porque la URSS la comenzó en comandita con la Alemania nazi. Además, Reino Unido y Francia ya habían reconocido al gobierno de Franco en febrero de 1939, y éste no se habría implicado en el conflicto europeo como aliado de Berlín.
¿Qué opinión le merecen los llamados grandes generales de la Segunda República como Rojo o Miaja?, ¿se ha mitificado su figura?
La verdad es que José Miaja y Vicente Rojo van a ser dos importantes revelaciones en la Guerra Civil. Sin necesidad de mitificarlos, ambos muestran que los republicanos contaban con militares bastante competentes y no inferiores a los del bando nacional. Se me ocurren otros más como Martínez Monje, Escobar, Castelló, Riquelme, Martínez Cabrera...
El problema es que Azaña y el gobierno republicano de Giral no intentaron combatir a la sublevación sobre la base del Ejército y los cuerpos de policía profesionales. Las Fuerzas Armadas y de Orden Público de antes de la guerra casi desaparecieron de la zona republicana al decretar su gobierno el reparto ilegal de armas de los militares y la policía a los partidos y sindicatos del Frente Popular, y convertir a sus milicias en fuerza pública. Ahí está la clave de por qué una sublevación que no había alcanzado, de primeras, sus objetivos más importantes, va a recibir un nuevo impulso a partir del 20 de julio de 1936. La decisión de Azaña y Giral les impediría derrotarla con rapidez y el conflicto acabaría convirtiéndose en una Guerra Civil de tres años, con la derrota además de quiénes tenían, en julio y agosto de 1936, casi todos los recursos en sus manos para ganar, que era el bando republicano.
La agonía de la república en el castillo de Negrín
José María Zavala
El doctor Juan Negrín López tenía motivos sobrados para pasar de la inquietud al pánico. Pero el presidente del Gobierno y ministro de Defensa Nacional de la República estaba obligado a fingirse animoso por más que a veces, como aquella noche glacial del 1 de febrero de 1939, en un sótano de las caballerizas del castillo de San Fernando de Figueres, a diez metros de profundidad, hubiese querido desahogar su infinita desolación con los ministros y diputados que le escuchaban también descorazonados.
Una colosal fortaleza de cinco kilómetros de perímetro, levantada sobre 32 hectáreas de terreno y rodeada de otros cinco kilómetros de fosos, había sido el escenario elegido para la última sesión de las agónicas Cortes republicanas. Ni siquiera en Cádiz, un siglo atrás, habían tenido las Cortes un marco tan extraño y pintoresco: los subterráneos en forma de calabozo del viejo castillo del siglo XVIII, construido durante el reinado del Borbón Fernando VI. Enclavado en la comarca gerundense del Ampurdán, en una colina de 140 metros de altitud, donde se alzaba antiguamente el convento de capuchinos de San Roque, en la carretera de Perpiñán a Barcelona, el castillo de color gris pizarra había servido de residencia real, cárcel y fortaleza militar.
Aquella reunión simbolizaba el trágico destino de la Segunda República. Pocos diputados presentes volverían a pisar suelo español desde entonces. La mayoría perecería en el exilio. En el lado izquierdo de la sala se levantó un estrado y una tribuna improvisada para Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes desde abril de 1936. Aquella tenebrosa noche en el castillo de Figueres fue la última en que se desplegó la bandera republicana sobre la tribuna cubierta de brocado rojo, con alfombras raídas en el pedregoso suelo. A las 22:30 (no se había anunciado la hora por temor a un ataque de los bombarderos nacionales), Martínez Barrio golpeó el estrado con el mazo y dio comienzo, atribulado, a la histórica sesión. Los 62 diputados presentes respondieron «sí» al llamarlos por su nombre.
Las últimas palabras
Sus últimas palabras, antes de ceder el turno al doctor Negrín, fueron correspondidas con grandes vítores, que retumbaron en el alto techo abovedado. «Ojalá vosotros, señores diputados, que con vuestra presencia estáis escribiendo una página de honor, sepáis, con nuestros acuerdos, ponerle la rúbrica que merece y que ansía y pide la conciencia general de nuestro país llenando las esperanzas que, en definitiva, han de convertirse en gloriosas realidades para el futuro de la patria española». Acto seguido, Negrín subió a la tribuna acechado por miradas inquietas y expectantes. Iba sin afeitar, con los ojos enrojecidos. Solo su impecable traje marrón daba cierta serenidad a la enorme tensión del momento. Su sombrero de ala ancha y abrigo negros colgaban del banco. Durante su discurso, idealizó la trágica realidad, a sabiendas de que la guerra estaba irremediablemente perdida: «Después de unos días de angustia en que la catástrofe quería cernirse sobre nosotros, se ha serenado la atmósfera, se han tranquilizado los espíritus, se ha atenazado el pavor, se han reducido los límites de una batalla perdida que el alocamiento colectivo, estimulado y maniobrado certeramente por el enemigo, pudo haber convertido en desastre definitivo».
Cuatro veces las luces sin pantalla oscilaron a causa de los bombardeos que sufría Figueras. Aturdido, Negrín se detuvo en repetidas ocasiones, como si necesitase enfriar su sangre. Por fin, añadió como si nada grave ocurriese: «Seamos justos. Ni el orden ni la autoridad se han visto en peligro. Ha habido desorganización, descoyuntamiento, no desorden». Frente a él, su amigo Herbert L. Matthews, corresponsal norteamericano y futuro miembro de la Junta de Directores del «The New York Times», seguía atento su discurso, garabateando con furor. A su lado, Keith Scott-Watson, del «Daily Herald» londinense, confiaba en que su motocicleta Norton fuera capaz luego de abrirse paso entre el gentío que huía despavorido hacia la frontera para poder enviar así su crónica a tiempo. Henry Buckley, del «Times» de Londres, susurró al oído de su colega ruso Ilya Ehrenburg, de «Izvestia»: «Este sitio es como una tumba». «Amigo mío –replicó Ehrenburg–, ésta no es solo la tumba de la República española, sino también de la democracia europea».
La última reunión de las Cortes republicanas se disolvió repleta de presagios desventurados en la oscuridad del patio de armas del castillo. Cada cual pensaba en salvar su vida cruzando la frontera, a menos de veinte kilómetros de allí. El triángulo luminoso de los faros de los coches, mientras sus conductores maniobraban, mostraba semblantes pálidos y demudados.
El tesoro del Museo del Prado
Los aviones de Franco surcaban el cielo aquel aciago día para la República y el retumbar de las explosiones sembraba el pánico entre todos y cada uno de los republicanos que huían apresuradamente hacia Francia. Los ataques fueron incesantes durante todo el 3 de febrero, mientras a un lado de la carretera un convoy de veinte camiones ocultaba bajo sus toldos los tesoros artísticos del Museo del Prado, que desde 1937 habían empezado a almacenarse en las dependencias del formidable castillo de Figueras. Greco, Goya, Tiziano, Velázquez… más de 600 pintores y 1.842 cajas en total aguardaban para ser puestas a salvo al otro lado de la frontera. Pero otras muchas obras de arte, junto a grandes depósitos de valores y joyas pertenecientes a ciudadanos particulares, se recuperaron en el interior del castillo al finalizar la Guerra Civil; entre ellas, el célebre Cristo de Lepanto de la catedral de Barcelona.
Fuente: La Razón
El exterminio de los otros sindicalistas libres
Los sindicalistas obreros del ámbito católico se convirtieron en uno de los grupos más perseguidos por el Frente Popular por ser una alternativa que rompía su intento de monopolio de la clase trabajadora
Imagen del cadáver del padre dominico José Gafo Muñiz.
José Luis Orella
Los sindicalistas obreros del ámbito católico se convirtieron en uno de los grupos más preciados de ser exterminados por el Frente Popular por ser una alternativa que rompía su intento de monopolio de la clase trabajadora. De ese modo, los miembros de la Confederación Española de Sindicatos Obreros (CESO), que había agrupado en 1935 a gran parte del sindicalismo católico y profesional independiente, fueron exterminados con saña. Entre sus principales promotores estuvo el padre dominico José Gafo Muñiz O. P. quien junto al padre Gerard fundaron los sindicatos católicos libres, que fuedaron dominantes en la zona vasconavarra.
Contrario a la lucha de clases y al amarillismo de la patronal, fue un clérigo fiel a la Doctrina social de la Iglesia. En 1936 fue elegido diputado por Navarra en la lista de derecha, en representación del mundo sindical. El padre Gafo ejerció de superior del convento de Santo Domingo el Real (Madrid) por ausencia del prior, siendo detenido por la brigada Amanecer, de García Atadell, el 11 de agosto de 1936 y encarcelado en la prisión Modelo de Madrid. El 4 de noviembre fue asesinado al salir de la cárcel. El 28 de octubre de 2007 fue beatificado por el papa Benedicto XVI.
Otro de los dirigentes obreros más odiados por los comunistas era Dimas Madariaga, originario del carlismo, se había integrado en la CEDA, como presidente de Acción Obrerista, un partido que pretendía dar voz a los obreros de la CESO. El diputado obrero electo, se encontraba con su familia en el pueblo de Piedralaves (Ávila), un comunista del pueblo, Crescencio Sánchez Carrasco, aviso de su paradero a un grupo de milicianos procedentes de Toledo, que habían llegado el 27 de Julio para implantar la revolución, detenido fue fusilado junto a un falangista local. Ambos se encuentran enterrados en la Basílica de la Santa Cruz del valle de los Caídos. El chivato Sánchez Carrasco fue detenido en 1939, siendo condenado a 18 años de prisión por colaboración en el asesinato. En 1943 fue enviado a trabajar al Valle de los Caídos, quedando libre a finales de 1945 con la condonación de la pena. Incorporado al maquis, fue capturado nuevamente en octubre de 1946 en compañía de Timoteo Jurado alias “medianoche” y Eugenio Gómez alias “motorista”, evito condena delatando a su banda, que ya se dedicaba al robo común.
En el Levante lo será José María Esteve Victoria, tipógrafo y colaborador en “La Voz Valenciana” y en el “Diario de Valencia”, fue presidente de la Casa de los Obreros y de la Confederación de los Obreros Católicos de Levante, ejerciendo también de concejal y diputado provincial por la Derecha Regional Valenciana, murió asesinado en los primeros días de la Guerra Civil.
Sin embargo, los que sufrieron un mayor ensañamiento serán los obreros catalanes de los Sindicatos Libres, surgidos en 1919, en el Ateneo Obrero Legitimista de Barcelona, rompieron el monopolio que la CNT anarquista ejercía en el mundo del trabajo, opuestos a la colaboración con la patronal, sufrieron por ambas partes, teniendo que defenderse de forma sangrienta. 52 libres fueron asesinados en los años veinte, pero también la CNT vio morir a muchos de los suyos.
Durante la república, Lluis Companys, antiguo abogado de la CNT, y prohombre de la ERC estableció con la patronal el pacto del Hambre, mediante el cual, sólo se contrataría a miembros de la CNT y la UGT condenando a la miseria a miles de Libres. Domingo Batet, hijo del general fusilado después por Franco, como gerente de Cementos Sansón, dio trabajo y protección a muchos de aquellos obreros de los Sindicatos Libres perseguidos. Con el inicio de la guerra, los dirigentes de los libres fueron buscados con primacía.
En Madrid, Juan Laguía Lliteras secretario general del sindicato y segundo director de su periódico, la “Unión Obrera”, según su principal historiador, Colin M. Winston, fue denunciado por el portero de su domicilio, en Avda. Pi y Maragall, núm. 17, 3º a las milicias comunistas el 29 de septiembre de 1936. Tras ser conducido al puesto de vigilancia núm. 1 de la carretera de la Dehesa de la Villa, pasó a un hotel de la calle Maldonado, volvió al puesto de vigilancia citado y de aquí a la checa sita en la calle de O’Donnell esquina a la de Narváez el 13 de febrero de 1937, nota 1 ignorándose desde entonces su muerte y paradero. En la capital se asesinará a otros miembros del libre, como el aragonés Mariano Puyuelo, que fue secretario general de los libres, detenido por milicianos comunistas en su casa de recoletos, se le aplicó la ley de fugas.
En Lérida, José Baró Bonet, sindicalista del Libre, periodista y concejal de Acción Popular en la ciudad, fue detenido y fusilado el 5 de agosto de 1936, su hermano sacerdote, detenido el mismo día lo será el día 20 junto a otros clérigos.
En Barcelona, Estanislao Rico Ariza, fundador del Sindicato Libre Mercantil y primer director del semanario “Unión Obrera” (1921-1931), será detenido el 24 de noviembre de 1936 N y llevado a la checa de San Elías. Será asesinado dos días después en el cementerio de Moncada.
Sin embargo, al que le preparaban un destino especial será al presidente carismático de los Libres, Ramón Sales, nacido en 1900 en La Fulleda (Lérida) emigró a Barcelona con sus hermanos al enviudar su madre. Catalanoparlante, se opuso a mantener su sindicación a la CNT, por su catolicismo, fundando los Sindicatos Libres, bajo el lema familia, nación y religión. En julio de 1936 pudo ocultarse, ayudando a establecer la 5ª columna en Barcelona, capturado por miembros de la CNT, después de torturarlo, le ataron brazos y piernas con cadenas a cuatro camiones que le descuartizaron en las Ramblas, ante el público.
De las 8.352 víctimas en la retaguardia republicana catalana, de julio de 1936 a febrero de 1939, que reconoce la Generalitat de Cataluña, 112 fueron miembros de los sindicatos Libres y otros 40 de las Agrupaciones de Juventudes antimarxistas, que ejercían como su sector juvenil.
El asesinato en Madrid del hijo y del nieto de Doña Emilia Pardo Bazán
Doña Emilia Pardo Bazan murió en Madrid en marzo de 1921 enferma de diabetes. Quedaban como herederos de su legado sus hijas Carmen y Blanca y su hijo Jaime Quiroga y Pardo Bazán conde de la Torre de Cela. Carmen murió poco después que su madre. Blanca estaba casada con el oficial de Caballería marqués de Cavalcanti, laureado y héroe de la carga de Taxdir, en septiembre de 1909, al comienzo de la guerra de Marruecos. Soldado de valor incuestionable al que su suegra, doña Emilia, le decía “Pepe, tú cállate, que sólo eres un héroe”. Cavalcanti moriría en abril de 1937 en San Sebastian. Blanca no tuvo hijos.
Madrid, en el verano de 1936, era uno de los lugares más peligrosos de España. El golpe de estado encabezado por Sanjurjo y Mola había fracasado y los militares y civiles sublevados habían sido masacrados en el Cuartel de la Montaña (hoy parque de Debot) para luego empezar las milicias de retaguardia a pasar una sangrienta factura a todos aquellos sospechosos a sus ojos de ser facciosos, militares, católicos o sencillamente votantes de la derecha que era tanto como decir golpistas. Al único hijo de doña Emilia el 18 de julio le cogió en Madrid. Era militar, capitán de Caballería. Había estado involucrado en el fracasado golpe de Sanjurjo de 1932. En agosto del 36 fue detenido junto a su hijo de 17 años para ser llevados a la checa del Círculo de Bellas Artes donde fueron torturados.
La checa de Bellas Artes, también conocida como checa de Fomento, era la sede del Comité Provincial de Investigación Pública, el cual contaba con representantes de todos los partidos y sindicatos del Frente Popular, es decir, del PSOE, del PCE, de la FAI, de Unión Republicana, del Partido Sindicalista, de Izquierda Republicana, de UGT, de la CNT, de las Juventudes Socialistas Unificadas y de las Juventudes Libertarias. Dichos representantes formaron seis tribunales que tomaban decisiones de vida o muerte inapelables, sin procesos ni garantías, sobre todos sus detenidos. Jaime Quiroga y Pardo Bazán y su hijo fueron llevados a la Pradera de San Isidro el 11 de agosto de 1936 donde fueron asesinados, entre otros por un miliciano que era hijo ilegítimo y hermano de los dos hombres a los que iban a matar.
El periodista Francisco Camba (hermano de Julio) en su crónica de la Guerra Civil titulada Madridgrado, recuerda como fue detenido por unos pistoleros de la FAI, junto a un amigo, para ser conducidos a la Dirección General de Seguridad. En el camino, los milicianos se desviaron y les llevaron, jactándose de que les iban a matar, hasta la ermita de San Antonio, donde había unos cadáveres tendidos en la pradera. Un miliciano, señalando a los muertos, le dijo a Camba:
- Esto puede que te interese más. ¿Sabes quiénes son los dos besugos que ahí tienes?
-¿Los conocía yo?
- Puede. Paisanos lo sois. ¿Conocías a Jaime Quiroga? Pues Jaime Quiroga y su hijo.
Y pasa a referirle la muerte de ambos:
“El chaval cayó primero, pero no debió dársele bien porque al ver a su padre, tieso allí al lao, tuvo arranque pa medio erguirse y cubrirlo con la gabardina que él llevaba por los hombros. Natural que no había acabao, cuando otra descarga le da lo suyo, y por eso le tiés mismo encima (...)”
La pradera de San Isidro era una zona escasamente poblada que los milicianos consideraban muy adecuada para sus ejecuciones. De la familia de doña Emilia solo sobrevivió a la guerra Blanca Quiroga y Pardo Bazán. Sin hijos vendería el Pazo de Meirás. Luego donaría la espléndida biblioteca de su madre a Franco (como se puede leer en la escritura notarial siguiente). Con Blanca se extinguió la familia de doña Emilia Pardo Bazán.
El arma más letal de la Guerra Civil
José María Zavala
Durante la Guerra Civil española, la divisa se convirtió en papel mojado y hubo que recurrir al trueque para efectuar compras. A cambio de ropa, hilos, agujas o carteras podían obtenerse así harina, repollos, berzas o algarrobas. Pero el hambre, lejos de remitir, aumentaba cada día en Barcelona, por ejemplo. Los titulares de la tarjeta de los llamados “comedores populares” padecían trastornos digestivos y desnutrición, pues las dietas invariables consistían en lentejas o alubias hervidas sin aceite, acompañadas de 50 gramos de pan, que incluso a veces se suprimía.
Pescado, carne, huevos, leche, aceite, mantequilla y grasa de cerdo eran alimentos prohibidos, igual que en Madrid. En su lugar, casi todo el mundo debió conformarse con sopas de pan, algunos purés (sobre todo de lentejas y garbanzos), verduras y una mínima ración de pan. No fue extraño así que muchas madres de familia se echasen al campo, desesperadas, en busca de hierbas comestibles. Muy pronto, en las mesas se hicieron familiares los bledos, verdolagas, cerrajos, cardos y hasta amapolas. Claro, que muchas amas de casa sabían que la cocción de vainas de habas, habichuelas y guisantes proporcionaba una alimentación mucho más calórica.
La ausencia de grasa animal en la dieta mermó seriamente las defensas del organismo. Los doctores alemanes Maase y Zondek habían investigado ya esta grave carencia, tan frecuente en todas las grandes conflagraciones, durante el invierno de 1916, al inicio de la Primera Guerra Mundial. La hambruna resultó así más letal en la retaguardia, que las balas en el frente, tal y como sucedería también durante la Guerra Civil española. De hecho, los datos comparativos del doctor Rubner sobre la Primera Guerra Mundial evidencian sin lugar a dudas que, conforme avanzaba la contienda en cada uno de los países
beligerantes, el número de muertos en el frente se asemejaba más al de hombres, mujeres, niños y ancianos fallecidos por inanición en la retaguardia. En el tercer año de guerra, perecieron así 294.743 soldados en combate, y 259.627 civiles por déficit alimentario. La diferencia se redujo aún más en el cuarto año de contienda, cuando los muertos en campos de batalla se elevaron a 317.950, frente a los 293.700 de la retaguardia. En España, mujeres, niños y ancianos constituían el talón de Aquiles de las dos retaguardias, nacional y republicana. Eran más propensos a padecer los síntomas de la pelagra: mareos, pérdida de agudeza visual y de memoria, caída del cabello, insomnio, gastroenteritis o estreñimiento.
Avanzada la guerra, los casos de pelagra aumentaron de forma alarmante, al igual que los enfermos de “neuropatías carenciales”, retorcidos de dolor en camastros de hospitales creyendo que les arrancaban las uñas de manos y pies, o incluso pedazos de su propia carne. Los trastornos neurálgicos afectaban a veces a la médula, provocando sensaciones de ardor y quemadura o, por el contrario, un frío intenso por todas las extremidades. Los más débiles padecieron también la llamada “neuritis óptica y acústica”, y perdieron buena parte de la visión o de la agudeza auditiva.
La pésima alimentación destruyó las vitaminas del grupo B2 y surgieron los primeros casos de “glositis simple”, caracterizada por la inflamación de la lengua. En otros enfermos se detectó también falta de memoria, alteraciones visuales o astenia. Muchos padecieron el llamado “edema de hambre”: se les hincharon la cara y las piernas, hasta el extremo de aparentar que habían engordado cuando, por su mala alimentación, sucedía justo lo contrario. La mayoría sufría también diarrea, efectuando hasta veinticinco deposiciones diarias.
En la retaguardia causó también estragos el “latirismo”, una intoxicación producida por el consumo casi exclusivo de legumbres del tipo Lathyrus, como la almorta o el altramuz. Los síntomas eran paraplejia, herpes labial, fiebre y temblores. Un horror. Por si fuera poco, el hambre provocó osteoporosis y dolores vertebrales, pues el hueso era muy sensible al déficit alimentario, como el mercurio a los cambios de temperatura. Además de la descalcificación y de las consiguientes fracturas, los enfermos padecieron fuertes dolores dorsales y lumbares, junto a intensas molestias en el sacro, la pelvis y las costillas.
La llamada “cardiopatía del hambre”, causada por una acentuada avitaminosis, se cebó también con los más débiles en los últimos meses de la guerra, provocándoles incluso la muerte tras sufrir insuficiencia cardíaca y alteraciones circulatorias. Casi ninguna otra munición de guerra provocó tantas bajas durante la Guerra Civil española como el hambre en la retaguardia, castigada sin piedad por los prolongados cortes de suministros. Una vez más, nadie pudo detener el naufragio de los más débiles e indefensos.
Pavoroso documento
En mi archivo conservo un estremecedor documento: el caso de una mujer casada, de 65 años, llamada F. Casanovas, que murió de una tuberculosis provocada por el hambre. La tragedia de esta mujer, que pesaba tan sólo 34 kilos y 100 gramos cuando ingresó en el hospital, simboliza la de otras muchas víctimas inocentes. He aquí algunas estaciones del via crucis de esta mujer, registradas en su historial médico: “Enfermedad actual. Fue precedida de un déficit alimenticio acusadísimo. Para dar una idea del mismo, diremos que en la cocina de su hogar, durante todo el año 1938, sólo fueron cocidas hierbas silvestres que eran recogidas por el monte y alguna que otra hortaliza, todo ello sin aceite alguno. No probó la carne ni el pescado… Aparece disociación entre el pulso y la temperatura y la enferma muere a consecuencia del estallido de una tuberculosis miliar que comprobamos en la autopsia”.
Persecución y sectarismo en la Cataluña de Companys
Lucas Molina Franco
El fracaso de la sublevación militar de julio de 1936 en Barcelona propició que el poder real en las calles pasara a manos de las milicias de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) sobre el resto de organizaciones izquierdistas o nacionalistas. Más de 40.000 milicianos deambulaban por la capital catalana el día 20 de julio, autodenominándose, con selectividad excluyente, «el pueblo», pese a que el pueblo, por lo general, estaba en sus casas, amedrentado tras los terribles sucesos de aquellos días de lucha.
Lluis Companys Jover, presidente de la Generalidad de Cataluña desde el 26 de mayo anterior, tuvo los reflejos suficientes –tragándose los sapos y las culebras de rigor– para cortejar y halagar a los anarcosindicalistas tras su victoria en las calles barcelonesas. Éstos, que necesitaban un personaje manejable al frente de la presidencia del gobierno autónomo y la apariencia pública de un poder institucional real mientras seguían dominando la calle con su ideario libertario, se dejaron querer y lo mantuvieron al frente de la Generalidad.
Con una hipocresía sublime que denotaba la demagogia del personaje, Companys afirmó en su discurso a los cenetistas el mismo 20 de julio lo siguiente: «Ante todo he de deciros que la CNT y la FAI no han sido nunca tratadas como se merecían por su verdadera importancia. Siempre habéis sido perseguidos duramente y yo, con mucho dolor, pero forzado por las realidades políticas, que antes estuve con vosotros, después me he visto obligado a enfrentarme y perseguiros. Hoy sois los dueños de la ciudad y de toda Cataluña porque solo vosotros habéis vencido a los militares fascistas y espero que no os sabrá mal que en este momento recuerde que no ha faltado la ayuda de los pocos o muchos hombres leales de mi partido, de los guardias y de los mozos...».
En manos de los anarquistas
Al final del discurso dejaba en manos de los anarquistas su continuidad o su remoción del cargo, pidiendo sitio como un soldado más contra el fascismo si los cenetistas decidían arrebatarle la poltrona. Él les prometió que podrían contar con su «lealtad de hombre y de político que deseaba que Cataluña marchara a la cabeza de los países más adelantados en materia social». Así lo expresó. Han leído bien. El posibilismo del personaje reflejaba su deseo de mantenerse en el cargo y unir su futuro al de los anarquistas de la CNT-FAI; éstos, frente a su ideario libertario de dar rienda suelta a un proceso de poder popular organizativo, prefirieron entregar su victoria en las calles al gobierno nacionalista, uniendo indefectiblemente su criminal actuación, durante los meses posteriores, a la Esquerra Republicana de Cataluña, a la Generalidad así como al muy honorable «y leal a los anarquistas» presidente.
Un esclarecedor informe oficial republicano, fechado tras los sucesos de mayo de 1937 y conservado en el Archivo General Militar de Ávila, pone los pelos de punta y señala la deriva del orden público vivida en Cataluña durante los diez primeros meses de la contienda. El documento comienza así: «En todos los aspectos la situación política de Cataluña se manifestaba dentro de un proceso caótico con tendencia a empeorar. La intervención de los anarquistas dentro del gobierno aumentó el ritmo de dicho proceso y la autoridad del gobierno de la Generalidad decrecía en la misma medida en que aumentaba la influencia anarquista (...) Economía, Abastos, Sanidad y una influencia preponderante en Orden Público eran los reductos de los anarcosindicalistas (...) Esta preponderancia de los hombres de la FAI se debe a la cobardía de la Esquerra, la cual se sometía por completo al dictado de los anarquistas...». Cobardía de la Esquerra. Eso pensaban y afirmaban los propios republicanos.
Desde la Consejería de Economía, Sinesio Baudilio García Fernández –más conocido por su alias, Diego Abad de Santillán–, un gallego de nacimiento yteórico del anarcosindicalismo fogueado en Argentina, dictaba disposiciones para alcanzar la ansiada colectivización. A la vez, según reza el informe, «en estos tiempos comienza a manifestarse ya de manera clara un relajamiento moral de sectores anarquistas. Comienza el robo y aumento de la criminalidad. Cataluña paga sueldo a más de 90.000 milicianos y en cambio en el frente no hay más de 20.000. Cada día se dan 80.000 raciones de comida y otros tantos equipos. Todo ello queda en los sindicatos anarquistas...».
Casi todo dependía de la Comisaría General de Orden Público, por donde pasaron en poco tiempo dos militares –Federico Escofet y Enrique Gómez García–, y dos políticos de Esquerra Republicana, Andreu Rebertés –envuelto en un turbio affaire contra Companys y paseado por los anarquistas o por los propios milicianos de Esquerra– y Martí Rouret, hombre de total confianza de Lluis Companys. Los dos últimos estuvieron mediatizados por el Jefe de Servicios de la Comisaría, uno de los hombres fuertes de la CNT: Dionisio Eroles.
«En diciembre se produjo otra crisis de la Generalidad. En ella la CNT aumentó su influencia, pero cediendo en el orden público el puesto de comisario general a un miembro del PSUC. Este fue Rodríguez Salas, quien tomó posesión el 24 de diciembre». Eusebio Rodríguez Salas se planteó unificar los servicios de orden público y perseguir a los incontrolados. Lo primero, porque hasta ese momento en Cataluña podían realizar labores de orden público, además de los consejeros de seguridad interior de cada municipio, los Comités de Defensa, el Consejero de Seguridad Interior de la Generalidad, el Comisario general, el Jefe de Servicios, el Inspector General, el Secretario de la Junta de Seguridad y todos los jefes y jefecillos de las patrullas de control.
Y en cuanto a la persecución de los «incontrolados»: «...Era el otro punto. El problema de los incontrolados era una cosa compleja que arranca desde la CNT, a causa de la mentalidad que impera entre los militantes de esa organización. En principio se llamaba incontrolados a los que, saliendo de la órbita de todo control, se dedicaban a realizar por su cuenta actos de pillaje, de saqueo y aún robos en el campo. Sin embargo, los incontrolados fueron evolucionando y llegaron a formar bandas perfectamente organizadas, con jefes que realizaban acciones de terror en los campos y que, si alguna vez eran detenidos por la fuerza, habían de ser forzosamente absueltos por el Tribunal Popular. Las bandas de incontrolados estaban formadas, generalmente, por individuos que huían del frente por cobardía, y que con las armas de las milicias realizaban estos actos de pillaje y saqueo.
Hay que añadir que el jefe de los Servicios de la Comisaría (Eroles) ayudaba cuando era preciso a estos incontrolados, empleando la fuerza pública para protegerles y usando sus atribuciones para que estos llevasen a feliz término sus rapiñas por el campo. La tragedia de La Fatarella, que costó la vida a 50 campesinos vilmente asesinados por las Patrullas de Control es el máximo exponente de esa actuación (...) Eroles hizo muchas detenciones en masa. Todas ellas de elementos antifascistas, en su mayoría de la UGT, que eran detenidos por acusación de los antiguos caciques de la comarca, quienes lucían sus banderas rojas y negras y se pronunciaban como furibundos partidarios del comunismo libertario».
Un informe demoledor
Lo cierto es que el consejero de Seguridad Interior, Artemio Aiguadé, de Esquerra Republicana, y su colaborador, Joaquín Dardalló, impedirían a Rodríguez Salas llevar a término su proyecto hasta el mes de abril de 1937. El informe es demoledor: «Estos incontrolados que estaban al servicio de la CNT-FAI, realizaron robos de un volumen fantástico (...) justificados por el órgano de la CNT, Solidaridad Obrera. Las patrullas de Control tenían cárceles y cementerios clandestinos, en los cuales había detenidos que eran fusilados según la decisión del jefe de las patrullas del distrito. Por el convento de San Elías han desfilado centenares de detenidos que han ido a parar a los cementerios clandestinos. Recientemente se descubrieron en el término de Sarriá, unos pozos conteniendo cadáveres. En los Comités de Defensa y en los locales de las brigadas de investigación de la Junta de Seguridad Interior, de la cual era secretario Aurelio Fernández, se han descubierto, asimismo, gran cantidad de cadáveres en descomposición...».
Me llegan noticias de que el diputado de la actual ERC en el Congreso de los Diputados, Gabriel Rufián, quiere que los presupuestos de las Fuerzas Armadas de 2021 recojan una partida para desenterrar cadáveres de la Guerra Civil... ¿Serán éstos que citaban en su informe las autoridades republicanas obra de los socios anarco-sindicalistas de Esquerra Republicana de Cataluña y de su muy honorable «y leal» presidente Companys? Me temo que no.
Lluís Companys, Miquel Badía y Carme Ballester: el verdadero triángulo amoroso del separatismo
Juan Beltrán
Parte del pueblo catalán lleva tres siglos sumido en una quimera independentista. Han sido muchos los intentos, en diferentes épocas, con distintos protagonistas, pero cada uno de ellos ha traído un nuevo fracaso, una nueva decepción y tristes consecuencias. Sobre esta realidad, el periodista Isidre Cunill publica “El porqué Cataluña no será independiente. Razones históricas de una decepción” (Editorial Sekotia), un ensayo político basado en la investigación histórica desde un prisma periodístico, cuyo fin es dar las claves de este continuo fracaso y poner al descubierto la cruda verdad que rodea al independentismo catalán.
Tras casi 85 años, la pasión independentista ha vuelto y ha avanzado más que nunca. ¿Por qué? Para Cunill, hay varias coincidencias: “Los 300 años desde 1714 y la llegada del primer Borbón que impuso los decretos de Nueva Planta; la “caída” del pujolismo y el declive de Convergencia, que durante la Transición había tenido al independentismo como algo más folclórico que de corazón y el detonante que supuso el nuevo Estatut propuesto por Zapatero, que prometió que respetaría lo que saliera del Parlamento de Cataluña. Todo esto coincidió en las mismas fechas y movió a unas nuevas generaciones más beligerantes, Sociedad Civil, Asamblea Nacional Catalana, Òmnium Cultural, etc., que comenzaron a movilizar masas que salieron a la calle con manifestaciones multitudinarias y eso es lo que le ha hecho avanzar, más que los políticos”.
Mezcla ideológica
El independentismo catalán ha pasado por distintas épocas, pero fue a partir del último tercio del XIX y hasta el inicio de la Guerra Civil cuando alcanzó su punto más álgido. Isidre Cunill afirma que “su gran época y la gran oportunidad perdida fue la década de los años 30, la de Lluís Companys, que tuvo varias oportunidades, la del 31 donde se pelea con el socio de gobierno proclamado dos repúblicas el mismo día, a la misma hora y en dos balcones diferentes de la misma plaza, la del 34 y la del 36. Tres oportunidades únicas como no ha tenido en la Historia ni las tendrá y las tres las perdió Companys”.
Cataluña debe buscar a su enemigo número uno en su propio interior
Isidre Cunill
Cunill sostiene que esto se ha ido repitiendo históricamente por un mal endémico que él llama las “Tres Des”: Desavenencias, Discordia y Desunión. Un fantasma siempre presente en el destino político de Cataluña. “Cuando hablo de las “tres des” -explica- me refiero a la mezcla de ideologías tan tremenda que coexiste en Cataluña y su difícil convivencia, patas de una mesa coja a la que no dejan bailar. Cataluña debe buscar a su enemigo número uno en su propio interior. Las diferencias, su historia de venganzas y odios personales, de traiciones y engaños, son parte de las causas principales del fiasco separatista”. Y prosigue: “La sociedad civil no puede hacer nada si no tiene detrás unos líderes, como decían en 1933 Ramón Arrufat y Josep Casals en su libro “Catalunya poble dissortat” que afirmaban que en los momentos más álgidos de su historia han faltado líderes que lo afronten de verdad. Eso ha pasado y está volviendo a pasar, otra vez a bofetadas entre el independentismo”, asevera Cunill.
La cataluña monárquica
Para el autor, en esa amalgama ideológica, monarquía, república y fascismo -entendido éste como el nacionalismo radical- conviven hoy en Cataluña. “Yo creo que Cataluña no ha sido republicana sino monárquica, pero no borbónica. Ha sido carlista desde que fue defendida por el archiduque Carlos de Austria contra Felipe V”. Por otro lado, Cunill afirma que “el anarquismo libertario también ha sido uno de los enemigos históricos y acérrimos del independentismo. En su particular revolución contra el catalanismo fue culpable de su fracaso durante el primer cuatrienio del siglo XX”, como demuestra con documentos inéditos. “Para entender esto -dice- hay que adentrarse en la Historia. El no mirarla hace que los errores y sus consecuencias sean cíclicos. La Historia se repite de manera sorprendente, hay sucesos repetidos en el tiempo que prácticamente parecen calcados unos de otros”.
Doy una perspectiva nunca publicada al insinuar que la proclamación del Estat de la Generalitat del 34 fue un ataque de cuernos de Companys
Isidre Cunill
Además, Cunill aporta otros elementos novedosos en este fracaso, como la peligrosa influencia que tuvo para el independentismo el triángulo amoroso de Lluís Companys, Miquel Badía -el célebre “capitán Collons”- y Carme Ballester, un “affaire” sexual que era la comidilla entre los círculos políticos de la Barcelona de la preguerra. “Doy una perspectiva nunca publicada -explica- al insinuar que la proclamación del Estat de la Generalitat del 34 fue un ataque de cuernos de Companys, como demuestro con cartas cruzadas entre ellos, al igual que el complot para matar a Company dentro del mismo gobierno de la Generalitat y cómo se siguen apuñalando ahora. Jamás han estado de acuerdo. Yo, que me declaro independentista, no comparto nada de esto, no lo veo. Creo que no se puede seguir engañando a la gente, por eso, el porqué Cataluña no será independiente es un afirmación, no una pregunta”, concluye.
Así contó Goebbles a los nazis como transcurría la Guerra Civil: «Franco no avanza. ¿Es el hombre?»
Israel Viana
Año 1936. Joseph Goebbels, sobre la Guerra Civil: «Los nacionalistas avanzan. Esperemos que triunfen así. Deberíamos poder hacerles llegar armas por arte de magia». Y, de nuevo, en 1939: «Esta es la imagen de un país después de una revolución que ha causado casi dos millones de muertos. Y encima es un aliado nuestro. ¡Espantoso!». Estas declaraciones son solo dos ejemplos de como, en estos tres fatídicos años para España, los diarios, discursos y artículos publicados por el omnipresente ministro de Información y Propaganda nazi se convirtieron en una importante fuente de información para que muchos alemanes conocieran el desarrollo del conflicto y el avance de las tropas de Franco.
El doctor Goebbels se erigía así en una especie de «historiador» malintencionado de la guerra, con publicaciones como el «Libro Rojo sobre España» o su discurso sobre «La verdad sobre España», ambos de 1937. En el primero describía, con todo tipo de detalles siniestros, los ataques del bando republicano. Mientras que en el segundo fue pronunciado en el congreso del partido nazi en Nuremberg, celebrado el 10 de septiembre de 1937. En él explicaba el supuesto problema español en el contexto de la lucha entre el «Imperialismo judío-bolchevique» y las «fuerzas positivas» en Europa, viendo a España como un campo experimental del «terror rojo» para un futuro ataque al continente.
Goebbels, en este discurso, y «apoyándose en la prensa extranjera», decía, aseguraba que en España el número de sacerdotes y monjes asesinados era, hasta el 2 de febrero de ese año, de 17.000. Una cifra a la que sumó después otros datos sobre el comercio de armas y el dinero recibido de los republicanos por parte de los soviéticos para tratar de probar su intervención en el conflicto.
«Esperemos Franco que triunfe»
Todos estos discursos y textos del «historiador» nazi no solo sirvieron para reflejar la evolución de las relaciones entre la España franquista y la Alemania del Tercer Reich en aquellos tres años, sino también para ver como Goebbels fue cambiando desde el entusiasmo inicial por la insurrección, hasta las duras críticas por el lento avance de Franco en los diferentes frentes.
El 20 de julio de 1936, tan solo tres días después del inicio de la sublevación, Goebbels escribía en sus diarios: «En España prosigue el “putsch”. Esperemos que triunfe». Ese mismo año, sus escritos siguieron rezumando el mismo optimismo, con frases como «nuestros mejores deseos y aviones les acompañan» (9 de noviembre) o «solo Franco es un hombre» (11 de noviembre).
Después, el ministro alemán fue mostrándose cada vez más desencantado con el desarrollo de la guerra, con respecto a sus propios intereses. Y fue añadiendo cada vez más pesimismo en sus análisis:
–17 de enero de 1937: «El avance de Franco otra vez está estancado».
–24 de enero de 1937: «Clamorosas noticias sobre el terror rojo en España. Pero Franco no avanza. ¿Será realmente el hombre?».
–31 de mayo de 1937: «El ataque aéreo al acorazado alemán “Deutschland” resulta mucho más grave aún de lo que al principio se pudo pensar: 22 muertos y más de 80 heridos. Esta España maldita nos crea preocupación tras preocupación y un día quizá convertirá el mundo en llamas».
–24 de julio del 37: «En España no se adelanta. El “Führer” ya no cree en una España fascista».
–27 de enero de 1939: «El ejército republicano está ya en plena desbancada y lo alemanes todavía no se lo acaban de creer».
«Observador Popular»
No es de extrañar tampoco que Goebbels, como ministro de Información y Propaganda, utilizara el periódico más emblemático del nacionalsocialismo: «Völkischer Beobachter» (« Observador Popular». Editado en Munich era la herramienta perfecta para difundir sus dudas y analizar la contienda fratricida que se estaba produciendo en España.
El 4 de marzo de 1939 volvía a hacer hincapié sobre ella con un artículo titulado: «El isleño y la cuestión española». Allí el cercano régimen franquista resultó, a pesar de la victoria, mal parado de nuevo. Goebbels hablaba de «cerrazón mental y política» y de la «fanática incapacidad de juicio y falta casi criminal de responsabilidad con respecto a Europa» por parte de Franco.
Así fue escribiendo Goebbels «su historia» de la Guerra Civil y ofreciéndola a sus seguidores por fascículos antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Y hay que tener en cuenta que no existían medios alternativos de información y que los mensajes hechos públicos en asambleas de masas y retransmitidos por radio calaban rápido en la población y servían para reforzar sus ideas. Bienvenido a la «Historia de la Guerra Civil», por el doctor Josef Goebbels.
Fuente: ABC