Opinión

Gibraltar: un problema estratégico

Victoria | Jueves 10 de octubre de 2013

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Parecía que volvíamos a la vieja cantinela de: sin avances en soberanía, no hay avances en cooperación. Sin embargo, la intervención del ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación el pasado 3 de septiembre en el Congreso de los Diputados, tuvo la virtud de ofrecer titulares para todos los gustos. García-Margallo, lejos de asumir como política propia la que rigió en el pasado, reiteró lo que ya había transmitido por escrito a su colega británico, que estaba dispuesto a que “prosigan las conversaciones sobre cooperación regional, siempre que sea de una forma equilibrada –subrayo: de una forma equilibrada- y sin entrar en cuestiones de soberanía, que corresponde tratar exclusivamente a nuestros dos países”.

Por Luis Romero



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Por Luis Romero

Parecía que volvíamos a la vieja cantinela de: sin avances en soberanía, no hay avances en cooperación. Sin embargo, la intervención del ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación el pasado 3 de septiembre en el Congreso de los Diputados, tuvo la virtud de ofrecer titulares para todos los gustos. García-Margallo, lejos de asumir como política propia la que rigió en el pasado, reiteró lo que ya había transmitido por escrito a su colega británico, que estaba dispuesto a que “prosigan las conversaciones sobre cooperación regional, siempre que sea de una forma equilibrada –subrayo: de una forma equilibrada- y sin entrar en cuestiones de soberanía, que corresponde tratar exclusivamente a nuestros dos países”.

Se refería el ministro a los grupos ad hoc propuestos por el titular del Foreign Office, donde participarían “todas las partes relevantes y pertinentes” para cada caso concreto. “Cojo la oferta del secretario del Foreign Office de la cruz a la raya, sin cambiar una coma”, añadió.

Luego vinieron las concreciones y los detalles, donde puede que surjan los problemas, como: “lo que no estoy dispuesto a  aceptar es que Gibraltar se siente con la misma condición, con el mismo status, con la misma consideración y con el mismo protagonismo que el Reino Unido y España”.

Lejos y ausente de su discurso quedó el intento del Gobierno Aznar de alcanzar la cosoberanía. Hay que leer las memorias de Peter Hain para comprender cómo, por motivos no explicados, en el último minuto se malogró esa propuesta, planteada por el Gobierno británico. Todo apunta a que quien podía, en la Moncloa, se echó atrás. Tras el regreso de los socialistas al Gobierno, se abrieron nuevas expectativas y se optó por explorar algo distinto, que dio como resultado el denostado por unos y alabado por otros, Foro de Diálogo. Dejado languidecer por la última ministra socialista de Asuntos Exteriores y rematado por el nuevo ejecutivo del presidente Rajoy, hemos llegado –también por primera vez- al repudio por el Gobierno en sede parlamentaria de lo hecho por el Ejecutivo anterior, para adentrarnos en un enfrentamiento abierto con el contrincante equivocado. El partido conservador británico tampoco se queda atrás, a la hora de revisar el pasado, dado que con motivo de su reciente convención nacional, el titular del Foreign Office, William Hague, ha descalificado al exministro Peter Hain por seguir manteniendo que el intento de alcanzar la cosoberanía fue una oportunidad perdida.

Pero con ser interesante este recorrido, que los historiadores con el tiempo tendrán que analizar con más detenimiento y menos pasión, hay que resaltar que en muy pocas ocasiones –aunque alguna excepción ha habido- se ha tocado el elemento central del interés británico por permanecer en Gibraltar. Si se insiste –tanto hoy como en el pasado- en que lo importante y relevante es la soberanía del territorio y su retorno a España, y que eso solamente depende de Gran Bretaña y España, el elemento sustancial de esa permanencia británica debería ser el eje central de cualquier conversación o planteamiento que se hiciera a quienes son, según se lee en el mismo texto de la Constitución gibraltareña de 2006, los responsables de las Relaciones Exteriores y de Defensa de Gibraltar.

Hace ya más de quince años, quien fuera el primer Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD) español (1984-86), el almirante general Ángel Liberal Lucini, dejó escrito: “Si Gibraltar no tuviese contenido militar desaparecería el interés del Reino Unido por conservarlo”.

Uno de los grandes logros históricos de la diplomacia británica de las últimas décadas respecto a Gibraltar ha sido alejar del primer plano, y hasta hacer desaparecer de la escena y de las conversaciones, cualquier referencia que tuviera que ver con esa vertiente de la cuestión. Precisamente porque, quizás, esa sea la cuestión y porque en el fondo no quieran tratarla en profundidad y no quieren que salga a la palestra lo que de verdad les motiva para permanecer tanto en Gibraltar como en las plazas de soberanía de Chipre. ¿Por qué van a renunciar o compartir algo que valoran mucho, que ya tienen y por lo que, además, no tienen que pagar?

El empeño del  gobierno español por hablar solamente de lo político y no de la vertiente estratégica o militar, hace que los británicos se sientan a gusto con un planteamiento para el que cuentan con suficientes argumentos, igualmente políticos. Para el almirante Liberal, no jugar en ese terreno, o no hacerlo en los dos con la misma intensidad, “ha sido un error español que ha disminuido nuestras posibilidades”.

Cuando se produjeron las conversaciones en torno a la cosoberanía (2001-2002), que incluyeron un apretón de manos (abril de 2002) entre los dos principales negociadores, símbolo inequívoco de que todo estaba acordado, el elemento más sensible de lo tratado –al margen de la negativa de los propios gibraltareños- fue el de la base aeronaval y del resto de instalaciones militares existentes en el Peñón. Dice Peter Hain, ministro para Europa británico, en sus memorias publicadas el año pasado, que el acuerdo debía excluir la parte del Peñón en manos del Ministerio de Defensa (el 40 por ciento del territorio) y que esa línea roja, como se la definió, tuvo mucho que ver con el fiasco final de las negociaciones. No lo sabemos a ciencia cierta, es pura especulación. Curiosamente, el texto de ese acuerdo non nato sigue siendo un misterio. Nunca se difundió.

Lo que sí se conoce es la carta que el entonces ministro de Defensa británico, Geoff Hoon, le envió en mayo de 2002 a su colega del Foreign Office, Jack Straw, dado que fue oportunamente filtrada a la prensa británica y reproducida luego por la española. En esa carta se advertía que el MoD (Ministerio de Defensa británico) no estaba dispuesto a renunciar a la libertad con que su Departamento gestionaba las instalaciones militares de Gibraltar. Exactamente, aludía a que “los intereses militares estratégicos del Reino Unido están en peligro” y que existía una “creciente preocupación en las Fuerzas Armadas británicas y estadounidenses ente la posibilidad de que cualquier acuerdo pueda perjudicar la capacidad militar de operaciones en la base naval y el aeropuerto” de Gibraltar, según se leía en el despacho que la agencia Europa Press distribuyó al día siguiente de la filtración de la citada carta.

Los máximos responsables del Foreign Office, que llevaban el peso de la negociación por parte británica, no pudieron ocultar su enfado ante este torpedo en la línea de flotación de las negociaciones, procedente de sus propias filas. Aunque, hay que reconocerlo tras leer lo que Hain desvela en sus memorias, un mes antes de esa carta el acuerdo se había echado a perder. Solamente dos horas después de que Hain y De Miguel sellaran el 18 de abril con un apretón de manos los largos meses de negociaciones, Moncloa, tras que uno de los subordinados del secretario de Estado español informara al ministro, deshacía el acuerdo. Pese a todo, Straw quiso seguir adelante y pese a su mal trago durante la visita que realizó a Gibraltar, en julio declaraba en la Cámara de los Comunes que estaban “más cerca que nunca” de alcanzar un acuerdo histórico.

Hain, que había llevado el peso de las negociaciones por parte británica, no pudo más que reconocer tras la carta del titular de Defensa que aquellas “están en un momento difícil” y auguraba que, posiblemente, no se pudieran resolver  “las dificultades pendientes”. Ponía la pelota en el tejado del Gobierno de Aznar, apuntando que quizás no estaba en disposición de ceder lo necesario. Blanco y en botella, que diría aquel.

Las memorias de Peter Hain tienen poco más de un año y llevan por título Otuside In. Ahí afirma sin ninguna duda que fue Moncloa quien vetó el acuerdo final que incluía la línea roja británica sobre la base y que el negociador británico define como “jurisdicción británica total sobre la base militar”. En otro momento, Hain habló de “control” británico sobre la base, cosa que como los especialistas saben no es exactamente lo mismo. La literalidad del texto pactado nunca se difundió.

Es relevante detenerse en estos aspectos porque, aunque al final habría sido casi imposible implementar el acuerdo de cosoberanía sin que la población gibraltareña hubiera estado de acuerdo, y no lo estaba como pudo comprobar en sus propias carnes el titular del Foreign Office durante su visita al Peñón y luego ratificaría en referéndum, el rifirrafe en torno al uso y, más que al uso, a la absoluta libertad con la que usan la base aeronaval, sigue siendo un elemento trascendental de este conflicto. Felipe Sahagún, periodista y profesor de Relaciones Internacionales, lo ha dicho hace poco también: “la base militar del Peñón sigue teniendo un gran valor estratégico para el control del espacio aeronaval que separa el Atlántico del Mediterráneo y a Europa de África. Ni el Reino Unido, ni la OTAN, ni los EEUU se sentirían más seguros con el control español de ambos lados del Estrecho, en solitario o en comandita con Marruecos”.

Dos años después del fiasco de la cosoberanía, Adam Ingram, ministro británico para las Fuerzas Armadas (el equivalente a nuestro secretario de Estado de Defensa) afirmaría en el Parlamento que el Peñón seguía siendo “un punto clave en términos militares y estratégicos”. Donal Rumsfeld, secretario de Defensa norteamericano, durante una visita a Marruecos en 2006, declararía que garantizar la seguridad del estrecho de Gibraltar, y otras vías marítimas, resulta “vital” para la estabilidad y seguridad del mundo. El director del Gibraltar Chronicle, Dominique Searle, periodista serio y nada dado a las excentricidades, en unas declaraciones a un medio español, señaló en 2004: “Los americanos tienen una base aquí. Creo que Gibraltar es incluso más crucial para ellos que para los ingleses”.

Tanto el titular de Defensa británico, Hoon, en su ya famosa carta, como Sahagún y Searle, citan a los Estados Unidos en esta ecuación. No es ninguna casualidad y bien haremos en no olvidarlo. A lo largo de la historia, todos los intentos que ha habido por parte española de implicar a los amigos americanos en nuestras disputas con el Reino Unido respecto a Gibraltar, se han saldado con el fracaso más absoluto. Por el contrario, también es cierto que cada vez son menos las escalas de buques norteamericanos en la base gibraltareña y que la última decisión de albergar en Rota la base logística de los cuatro destructores AEGIS que compondrán el elemento naval del escudo antimisiles, en su vertiente mediterránea, ha tenido que ser un trago amargo para gibraltareños y británicos. Pero en esta cuestión Gibraltar no era alternativa: dar cobijo permanente a todas las tareas de mantenimiento y alojamiento de los cuatro buques, sus dotaciones y familias, quizás unas tres mil personas en total, no estaba al alcance de la base gibraltareña. Nunca fue seria candidata.

La relevancia estratégica de Gibraltar se la otorga su situación geográfica, obviamente, y la condición del Estrecho como paso obligado para más de 100.000 buques al año cargados de todo tipo de  materias primas y productos elaborados, camino de los puertos y mercados de medio mundo. Por eso, y porque también es ruta de acceso para buena parte de las flotas que quieren estar presentes en el Mediterráneo o acceder al Atlántico desde aquel, desde 1953 los norteamericanos están en Rota, en la entrada atlántica del Estrecho, sin ninguna intención de marcharse, sino todo lo contrario. También por eso siguen en Morón, hoy más que nunca, y estuvieron en Cartagena y Mazarrón en el pasado.

Fundamentalmente para la Royal Navy, también para la RAF, Gibraltar es una base situada en la boca del Estrecho, con un clima más que propicio para su adiestramiento durante todo el año y estación intermedia de camino hacia el otro extremo del Mediterráneo donde se encuentra Suez, canal por el que se accede a Oriente y a las principales fuentes energéticas del mundo occidental. Hoy, además, es una atalaya privilegiada sobre el continente africano, Megreb y Sahel incluidos, desde la que se observa, controla, escucha e intercepta con gran facilidad.

Si para Gran Bretaña sigue siendo estrategicamente relevante permanecer en Gibraltar, porque le otorga una posición en el Estrecho y en el Mediterráneo que no tendría si cambiara la situación, sin embargo, a España Gibraltar no le aporta en lo estratégico nada que no tenga ya y multiplicado por cien. ¿Entonces? Lo verdaderamente relevante para España es que el Peñón esté en manos de una potencia ajena. La sola presencia de ésta en una zona vital para nuestros intereses y para nuestra seguridad, constituye un problema estratégico.