Un frenazo del vehículo que iba delante obligó al carruaje de Juan Prim y Prats a parar en seco a la altura de la calle del Turco. Era lo último que le faltaba a esa tarde helada del 27 de diciembre de 1870. El presidente del Consejo de Ministros estaba agotado y con los ojos lacrimosos tras ultimar en el Congreso de los Diputados los preparativos de la inminente llegada de Amadeo de Saboya, primer Rey elegido por las Cortes, y no necesitaba ya más sobresaltos. Sin tiempo de reaccionar al frenazo, dos grupos de hombres cubiertos con amplias capas se situaron en torno al coche y abrieron fuego con sus trabucos. Estupefacto, el asistente de Prim únicamente.
César Cervera
César Cervera
Un frenazo del vehículo que iba delante obligó al carruaje de Juan Prim y Prats a parar en seco a la altura de la calle del Turco. Era lo último que le faltaba a esa tarde helada del 27 de diciembre de 1870. El presidente del Consejo de Ministros estaba agotado y con los ojos lacrimosos tras ultimar en el Congreso de los Diputados los preparativos de la inminente llegada de Amadeo de Saboya, primer Rey elegido por las Cortes, y no necesitaba ya más sobresaltos. Sin tiempo de reaccionar al frenazo, dos grupos de hombres cubiertos con amplias capas se situaron en torno al coche y abrieron fuego con sus trabucos. Estupefacto, el asistente de Prim únicamente
pudo gritar: «¡Mi general, cuidado!». El catalán se encogió en el asiento y pudo esquivar la primera ráfaga. Pero, casi al mismo tiempo, por la derecha se escucharon nuevos estruendos y una voz bronca: «¡Fuego, puñeta!... ¡Fuego!».
El cochero arrancó a toda prisa y consiguió eludir una segunda patrulla de hombres apostada en la calle de Alcalá. El carro se marchó regando de sangre las calles vacías, pero no en dirección a la reunión de su logia masónica, donde había sido convocado por su apodo de «Washington», sino hacia su residencia oficial en el Ministerio de Guerra. El político progresista que había desalojado a los Borbones del trono dos años antes e impulsado a Amadeo de Saboya en su lugar fue trasladado al Palacio de Buenavista, donde su esposa vislumbró en su palidez el peor desenlace. «Veo la muerte...», afirmó el presidente tras perder gran cantidad de sangre.
Un cuarto de hora más tarde llegaron Francisco Serrano y el almirante Topete. Prim solicitó que fuera Topete quien ejerciera la presidencia interina del Gobierno hasta la llegada del nuevo Rey y pidió que se informara a los españoles de que estaba herido, pero que seguía con vida. Con el presidente moribundo y Amadeo de camino, se produjeron una serie de movimientos pocos conocidos para sacar provecho al vacío de poder. «Los asesinos no consiguieron el objetivo que se proponían. El almirante Topete impidió un pronunciamiento militar por parte de los generalistas unionistas ese día y los intentos para que Amadeo no llegara a pisar España. Topete, en principio un orleanista, se mostró leal a Prim y a los intereses de España. Su actitud fue definitiva para abortar una crisis aún más grave», asegura María José Rubio, fundadora y directora de la sociedad Bicentenario de Prim 2014.
La maldición de la momia
Tendido en un diván que aún hoy conserva el tapizado original, aunque el paso del tiempo ha borrado todo rastro de sangre, los médicos le extrajeron a Prim el plomo y le dieron buen pronóstico. También tuvieron que amputarle la primera falange del anular. Los días 28 y 29 los pasó relativamente bien. Pero el 30 lo invadió una fiebre alta; empezó a delirar. La infección en las heridas, una en un hombro, otra en el brazo y otra en la mano, le llevaron a la tumba.
Con motivo del bicentenario de su nacimiento, una investigación realizada por la doctora en Medicina Legal y Forense María del Mar Robledo y el especialista en Antropología Forense Ioannis Koutsourais aportó una nueva versión de los hechos. En una teoría abanderada por el periodista recientemente fallecido Francisco Pérez Abellán, profesor de Criminología de la Universidad Camilo José Cela, se afirmó que los surcos del cuello de la momia de Prim eran compatibles con una posible estrangulación a lazo cuando el presidente estaba todavía vivo. Esta sorprendente hipótesis, que solo respaldó una parte del equipo científico que condujó el estudio, fue desmentida un año más tarde por un análisis a cargo de un equipo de la Universidad Complutense y de la Universidad de Alcalá de Henares, que retornó a la teoría de la infección.
Los dimes y diretes entre expertos empañaron uno de los grandes acontecimientos forenses en la historia de España, que entre otras cuestiones inéditas reveló que el general tenía el pelo castaño, que perdió un diente post mortem y que los embalsamadores le colocaron dos ojos artificiales de vidrio. «La polémica nos enseñó lo fácil que es emborronar la historia y manipular los medios. Hay que volver a la verdad y dejarse de teorías sin fundamento científico», defiende la novelista e historiadora María José Rubio.
Un nuevo informe publicado hace pocos meses en la Revista Internacional de Antropología y Odontología Forense volvió a ratificar que los diversos surcos de la momia eran compatibles con la presión de la ropa sobre el cuello o «por algún elemento de tanatopraxia estética».
«A Prim no le estranguló ni acuchilló nadie, y fue en todo momento velado por gente de su absoluta confianza que hubieran evitado cualquier tentativa así», señala el historiador Emilio de Diego, autor del libro «Prim: la forja de una espada» (Planeta, 2003), que denuncia «la tropelía» que se cometió en 2014 por parte de «aficionados que quisieron inventar historietas».
Antes de exhalar su último aliento, Prim tuvo tiempo que dar su parecer sobre la autoría del atentado, a la postre uno de los grandes enigmas de la historia de España: «No lo sé, pero no me matan los republicanos».
Si los malhechores que le dispararon estaban bajo sueldo del mismísimo Serrano, celoso por haber quedado solapado tras la popularidad Prim; del Duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, que albergaba esperanzas de reinar el país; de las familias republicanas o de terratenientes cubanos es algo que ni 150 años después se ha podido esclarecer por completo.
No le faltaban enemigos al militar progresista, veterano de las Guerras Carlistas, de la de Marruecos y de la incursión en México, que no solo suponía un obstáculo para los planes republicanos, sino también para los partidarios del futuro Alfonso XII. Preguntado en el Congreso por el posible regreso de la casa Borbón, Prim apostó por una respuesta nada ambigua: «Nunca, nunca, nunca».
«Su muerte se decidió en septiembre de 1870, cuando la derrota de Napoleón III en la batalla de Sedán cambió todo el panorama internacional. Borbónicos, republicanos y carlistas recuperaron el aire, pero Prim se mantuvo incólume en su idea de buscar un rey progresista y constitucionalista», contextualiza Emilio de Diego.
El ruido de sables en los días previos a la proclamación de Amadeo I llegó a ser ensordecedor y varias informaciones apuntaron, sin medias tintas, a una conjura en marcha para asesinarle a él o al nuevo monarca. Prim era consciente de las maquinaciones, pero no les concedió excesiva relevancia, ni tampoco a la advertencia del periodista Bernardo García, director de «La discusión», que le previno de que ese día lo iban a matar. Apenas el coche hubo arrancado el día del atentado, un hombre apostado en un portal encendió un fósforo, gesto se se fue repitiendo en varias ocasiones durante el trayecto. La luz de las cerillas marcó su terrible destino.
Los enemigos del general
Desde su muerte se han escrito una infinidad de libros, realizado series, películas y documentales, y se ha gastado tanto aliento hablando del tema como neblina había ese día en Madrid. 18.000 folios ocupó solo el sumario del juicio para determinar quién había ordenado el atentado, cuya principal autoría (hubo 104 acusados) se atribuyó a José Paúl y Angulo, un diputado republicano que no disimulaba su antipatía hacia el general nacido en Reus. Contra él declararon Moreno Benítez, un político de poca monta que aseguró haber sido depositario de la confidencia acusatoria de Prim, y el coronel de infantería José Francisco Moya, presente en el carruaje atacado, que identificó la voz de Paúl y Angulo como la que ordenó abrir fuego.
No fueron las únicas pruebas contra el diputado republicano, que en la tarde del magnicidio se había despedido de Prim con dotes adivinatorias en la sesión de las Cortes: «Mi general, a cada cerdo le llega su San Martín». Un periódico de su propiedad, «El Combate», publicó el 23 de diciembre un editorial que incitaba a la rebelión abierta contra el nuevo régimen y usaba un lenguaje de enorme violencia anunciando que a Prim le mataría «en la calle como a un perro». Antes de comenzar la investigación, se exilió a Francia y se negó a presentarse ante la justicia española. Allí vivió modesta pero cómodamente hasta su muerte en 1892, gracias a una fuente de financiación nunca esclarecida.
A pesar de la gran cantidad de pruebas en su contra, Paúl y Angulo siempre negó su implicación en un crimen que, en cualquier caso, necesitó de una red de apoyos más allá de su alcance o del grupo de matarifes que disparó el vehículo. La versión más popular sobre el asesinato, la que firma Benito Pérez Galdós en su novela «España trágica», dio por buena la teoría de los pistoleros republicanos, pero la opinión pública no necesitó leer el exhaustivo sumario o su excelete obra para señalar abiertamente a Montpensier y a Serrano como culpables. El propio Pío Baroja, cuando leyó la novela de Galdós, se sintió decepcionado, pues, según confesó en sus memorias, el autor de los Episodios Nacionales le había contado la verdad. Era un secreto a voces que Paul y Angulo solo era un peón dentro de una partida masiva por hacer jaque a Prim y al «Rey Caballero» que se había empeñado en desplegar sobre avispero español.
La mano que mece la pistola
Bajo una nevada que no cuajó en Madrid, premonición de lo que iba a ser su paso por España, el nuevo Rey acudió el 2 de enero de 1871 a la basílica de la Almudena, donde se había instalado la capilla ardiente del presidente Prim, y más tarde cabalgó al frente de la compañía de honores a dar sus condolencias a la viuda e hijos del general asesinado.
-Quelle perte pour vous et pour moi! («¡Qué pérdida para ti y para mí!») -. confesó a la viuda sin saber todavía cuánto iba a echar de menos a su gran valedor.
Entre el mito y la realidad, se cuenta que en la capilla ardiente Amadeo I aseguró que nada le detendría hasta descubrir a los asesinos. La esposa de Prim respondió: «Vuestra Majestad no tendrá que buscar muy lejos». Y con un gesto señaló a Serrano, que estaba a su vera. El italiano no pudo llevar muy lejos la investigación ni tampoco su reinado. Sin su gran valedor, el hijo de Víctor Manuel II duró menos de tres años en el cargo, durante los cuales España estuvo en constante lucha, «viendo cada vez más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo».
«El general bonito», amante de la Reina Isabel II en su juventud, no solo sobrevivió a Prim y Amadeo, sino que ejercería como presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República en su etapa final. Francisco Serrano no compartía con Prim los planes sobre cómo debía ser el país sin los Borbones y se había empezado a alinear con otros enemigos del catalán. Un cabo del Ejército, Francisco Ciprés, acusó a una persona muy cercana a Serrano, José María Pastor, jefe de su escolta, de haber participado en otras tentativas de asesinato contra Prim.
«Serrano merece una nueva visión actualizada, porque es un personaje que está en todas las tramas del XIX, cambiando de bando constantemente y siempre defendiendo sus intereses particulares. No sabemos si estuvo detrás del magnicidio, pero sí que fue el máximo beneficiado y que, como regente, era el árbitro de la situación», apunta Daniel Aquillué, doctor en Historia y autor de «Armas y votos. Politización y conflictividad política en España» (IFC).
Los indicios que implican a Serrano en el crimen comparten la misma autopista con los que señalan a Antonio María de Orleans, Duque de Montpensier, que habría corrido a cargo de los fondos económicos. Felipe Solís y Campuzano, su secretario, fue señalado como la mano que contactó con los asesinos. «Ya en la época se acusa a Montpensier de ser el guante blanco e incluso el sumario conectó con él como financiador. Las teorías más sólidas le comprometen, no hay duda, por algo se le llamó varias veces a declarar», recuerda María José Rubio. Si bien a Serrano no fue conveniente investigarle por su cargo, diferentes fueron las razones por las que se exculpó a Montpensier y su entorno. La boda de Alfonso XII con su hija, María de las Mercedes, en 1878, impuso el sobreseimiento de la causa y alejó la sospecha del suegro del Rey.
«Cuando gobernaba Ruiz Zorrilla se adelantaba el sumario y cuando le tocaba a Serrano se frenaba, pero es que estaba implicado su escolta. Se produjo un silencio cómplice por temor a señalar demasiado alto, pero todos sabían la verdad. Es un magnicidio donde el juicio quedó sin resolver y donde se sacó a la gente de la cárcel a la menor ocasión», explica Rubio.
Cara y cruz de Prim
Para Emilio de Diego, uno de los mayores expertos sobre el general, «Prim fue el hombre de Estado más importante antes de Cánovas del Castillo e impulsó un marco jurídico constitucional que abrió la puerta a la modernización del país. Lo logró implantar frente a unos obstáculos tremendos y tras una revolución con intereses contrapuestos. Todo eso se truncó con su muerte». El asesinato de Prim inauguró una serie de magnicidios exitosos, que sesgaron la vida de otros tres presidentes en las siguientes décadas, Antonio Cánovas, José Canalejas y Eduardo Dato. A ojos conspiranoicos, en todos los casos se eliminó a políticos que por acción u omisión estaban modificando las reglas de juego y obstaculizando los planes de poderosos enemigos. Como resultado de ello, la mayoría de estos políticos han sido elevados a la categoría de mitos, empezando por Juan Prim, presentado tradicionalmente como un adalid de la libertad y la democracia.
«Ocurre con John F. Kennedy lo mismo, son dos personajes excesivamente mitificados. Prim no era tan progresista como lo podemos entender hoy y algunas de sus decisiones en el campo político y militar se pueden considerar hasta reaccionarias. El mito del personaje ha llegado a nublar nuestro juicio sobre un personaje cuya mejor definición es la de alguien incómodo, de alguien que no se somete en ningún momento a determinados grupos políticos y económicos», expone el escritor y divulgador histórico José Luis Hernández Garvi, autor de «Magnicidio» (Ediciones Luciérnaga) y del reciente «La desaparición de Agatha Christie y Otras historias sobre escritores Misteriosos» (Almuzara, 2020).
Daniel Aquillué también cuestiona su solidez como símbolo progresista y advierte sobre el uso político que ha hecho tanto la izquierda como la derecha, que le identifica como un patriota español nacido en Cataluña. «En España nos gusta mucho hablar de ocasiones perdidas en la historia, tanto a unos como a otros les hubiera gustado que las cosas hubieran sido diferentes, pero la historia es la que es. Por eso a algunos les ha fascinado Prim. Usarle para contrarrestar el nacionalismo catalán como ejemplo de alguien español y a la vez catalán es anacrónico, pues en ese momento no existía el problema de identidad que habría luego», concluye.
Las dos muertes del general Prim: el olvido de la memoria española
Jordi Corominas i Julián
España tiene demasiada desidia con su pasado. Aceptamos frases hechas, paseamos avenidas con referencias al mismo y nada hacemos para recuperar la trascendencia de sus actores, como si esos acontecimientos fueran demasiado remotos, ecos antediluvianos grabados en piedra. Juan Prim podría ser uno de sus ejemplos supremos, y tampoco es necesario ir a nuestro tiempo para corroborarlo.
En 1936, la FAI eliminó su estatua ecuestre del Parque de la Ciudadela de Barcelona, antaño fortaleza de oprobio, cedida a la Ciudad Condal por el general más joven de Europa después de Napoleón, tal como lo leen, en 1868, tras la Gloriosa. La removieron desde el odio a cualquier signo de poder, sin considerar cómo el conde de Reus propició con su trayectoria el camino hacia un país más moderno, despojado pese a todas sus limitaciones de lastres anclados en el Antiguo Régimen.
La otra memoria del protagonista de este artículo es su asesinato. El daño al recuerdo de ciertas sombras de ayer obliga a empezar con su final, en este caso, un 27 de diciembre de 1870 en la actual calle del Marqués de Cubas, entonces del Turco, cuando el presidente del Consejo de Ministros fue emboscado en una encerrona envuelta en el misterio. Sus heridas no fueron mortales de necesidad. Pudo haberse salvado, aunque quizá su destino, ese "huelo a muerte" pronunciado por él mismo tras el atentado, estaba escrito.
Hace poco, dos autopsias, efectuadas por equipos de la Universidad Camilo José Cela y la Complutense, intentaron dilucidar mediante la ciencia la autoría del primer magnicidio de la España contemporánea, con conclusiones opuestas y una discusión algo bizantina en torno a un estrangulamiento posterior a los hechos. Sea como sea, el enigma nunca se resolverá, y por desgracia ha difuminado todas las aportaciones del bizarro catalán, clave para comprender las vicisitudes de nuestro ochocientos, intrincado, sinuoso y con demasiadas espinas, fundamentales si queremos ser más conscientes del origen de tantos problemas y disquisiciones.
Reus, París, Londres
El joven Prim es una carta marcada por su ciudad natal, Reus, a lo largo del siglo XIX la segunda urbe de Cataluña por su pujanza industrial, cuna indudable de radicalismo y una ideología de talante afín al progreso, asimismo predominante en su hogar, donde su padre, notario de oficio, participó en las guerras napoleónicas, sin aparcar su labor militar cuando el carlismo hizo su aparición en escena hasta dividir el país en dos bandos opuestos tras el óbito de Fernando VII en septiembre de 1833.
Prim debutó en las lides bélicas durante esos años, destacándose con naturalidad como un soldado valiente y decidido en el campo de batalla hasta cosechar al final de ese septenio el grado de coronel y una popularidad muy apreciable en Cataluña, extendida al resto del Estado cuando fue elegido en 1841 diputado a Cortes, enmarcándose en el sector progresista del liberalismo.
Para algunos historiadores, Prim es juzgado, y lo mismo ocurre con Narváez y Serrano, como un militar de transición, pues al fin y al cabo su legado no significó dar paso a ningún orden estable. Esta apreciación debe matizarse si se analiza su proceder, modernísimo desde su conciencia de estar en boca de todos, en su caso, apoyándose en la prensa y sus partidarios. Cualquier silencio sobre su figura era una pérdida, y por eso mismo nunca cejó en su empeño de destacar y ser comentado, hasta el punto de controlar su imagen y falsear sus movimientos si así lo requería el contexto.
Durante la década de 1840, sembró muchas semillas de futuro, tanto en lo político como en sus relaciones con sus coetáneos. Podía ser progresista, sin duda, aunque ello no significaba plegarse al dios del momento, como demostró en 1842 al enemistarse con Baldomero Espartero, en principio su aliado, al favorecer este los tejidos ingleses en perjuicio del textil catalán. Se exilió a París, contactó con el círculo de María Cristina de Borbón y al año siguiente se pronunció en Reus contra el regente para inaugurar su prolongada fidelidad a la corona isabelina. Este episodio conllevó, a imitación de lo realizado por el duque de la Victoria el año anterior, la resolución de asediar y bombardear Barcelona desde Montjuic para terminar con la revuelta de la Junta Central, inmortalizada desde el anecdotario por su famosa frase "o caja o faja", caja de pino o faja de general, obtenida por sus méritos y devoción para con el poder.
A lo largo del primer decenio del reinado isabelino, Prim exhibió más de siete vidas entre detenciones, posicionamientos en favor del proteccionismo y exhalaciones viajeras a medias entre encargos oficiales, como su breve y polémica capitanía general en Puerto Rico, visitas al balneario de Vichy para tratar su afección en el hígado y un incesante desfilar por el Viejo Mundo con el fin de ir más allá del terruño para mejorarlo. Esta experiencia en los salones europeos le granjeó desconfianzas en el interior y fama externa, quizá culminada con su papel de observador en los instantes iniciales de la Guerra de Crimea, interrumpido ante el estallido de la 'vicalvarada' en verano de 1854, cuando regresó a España para alinearse con Espartero y O’Donnell, con quien volvería a congeniar durante el periodo de la Unión Liberal, cuando alcanzó varias cumbres antes de despeñarse al discrepar del rumbo tomado por la monarquía.
Héroe y Garibaldi
Ese lustro junto a O’Donnell le resarció hasta transformarlo en un héroe popular por sus proezas durante la guerra de Marruecos entre otoño de 1859 y la primavera de 1860. Sus intervenciones en las batallas de Tetuán y Castillejos le concedieron, además del marquesado y el rango de grande de España, la tan ansiada vitola de hombre providencial, confirmado por su nombramiento para luchar en México junto a ingleses y franceses en pos de vengar la expulsión del embajador patrio y el impago de la deuda.
La operación centroamericana pudo realizarse ante la congelación temporal de la Doctina Monroe por la Guerra de Secesión en Estados Unidos. Prim no contempló un retorno de la colonia a la metrópolis, algo más bien quimérico porque la voz cantante del contingente correspondía al Segundo Imperio, con Luis Napoleón Bonaparte empecinado en colocar en el trono azteca a Maximiliano de Austria, fusilado en 1867, cuando ostentaba un pequeño reino sin esperanza.
La inacción de Prim, relativa si se diseccionan bien los eventos, fue aplaudida en la Corte desde lo positivo de su cálculo político y criticada por ministros de la Unión Liberal. Harto de incomprensiones, dio un inesperado viraje, reingresó a las filas del progresismo tras la caída en desgracia del largo Gobierno O’Donnell y se metamorfoseó en el gran azote de todo aquello que había defendido con tanta pasión.
De 1863 a 1868, la movilidad del general fue una calamidad y un quebradero de cabeza para Isabel II y sus partidarios, por lo demás sumidos en una vertiginosa marea hacia el abismo, incapaces de controlar la situación nacional, bien surtida de calamidades como la noche de San Daniel de 1865, la quiebra de la burbuja de los ferrocarriles, un aceleradísimo desgobierno y el pavor ante los pronunciamientos del marqués de Castillejos, quien, tras varias pruebas fallidas, solo consiguió su propósito por una serie de carambolas entre 1867 y 1868, como la muerte de O’Donnell en Biarritz tras una intoxicación con ostras, la de Narváez en Madrid por una pulmonía doble y el sucesivo nombramiento de Luis González Bravo al primer ministerio, causa de la defección de muchos militares de la Unión Liberal.
Con estos mimbres, lo cosechado en el extranjero, con el Pacto de Ostende entre demócratas y progresistas como máximo símbolo, podía ponerse en práctica. El resultado fue la Gloriosa de septiembre de 1868, con Topete como artífice desde la nada casual Cádiz, Serrano como puntual al ganar la batalla de Alcolea y Prim en el rol de titiritero mayor. La huida de Isabel II dejó vacío el cetro y propició una situación insólita donde el héroe de Marruecos se reservó un lugar de excepción.
Buscar un rey para cambiar España
En 'Prim, un destino manifiesto', de Javier María Donézar (Sílex), se sintetiza con maestría el alud de opciones para narrar ese último tramo de la epopeya. El lado más tentador se enfoca hacia el desbarajuste surgido por la búsqueda de un candidato al trono, con los progresistas favorables a Fernando de Portugal para alcanzar la Unión Ibérica, los unionistas proclives al duque de Montpensier, desacreditado por un duelo con Enrique de Borbón, y el conde de Reus entregado a una llamada internacional, fracasada por la negativa del duque de Aosta y Leopoldo de Hohenzollern, una candidatura controvertida hasta ser una excusa perfecta, bien urdida por el canciller Bismarck, para desencadenar en verano de 1870 la guerra franco prusiana.
Monumento a Prim derribado por las FAI durante la II República.
Otra posibilidad es demonizar a Prim por abrir la caja de truenos del sexenio democrático. Esta postura, carente de toda objetividad desde la más absoluta simplificación, omite el logro de unas elecciones con sufragio universal masculino y la valentía de brindar al Parlamento la potestad de elegir entre monarquía y república. La revolución nunca se solventa quitando a una persona para poner a otra, y lo fascinante de ese escaso bienio estriba en las frustraciones del mismo, cuajadas por el asesinato del general, como la cuestión cubana. 1868 dio alas a los insurrectos de la Antilla con la primera guerra de independencia, evitable si el primer ministro desde 1869 —antes se reservó el Ministerio de Guerra y situó a Serrano en la regencia para disminuirlo— hubiera logrado su plan de un referéndum de independencia, amnistía para los patriotas sublevados y una compensación a España, garantizada por Estados Unidos.
Al final, queda la efeméride de Amadeo de Saboya como sucesor de la dinastía borbónica, su arribo cuando el cadáver de Prim aún estaba caliente y el descalabro del segundo trecho del sexenio, con la habitual cantinela patria de querer ir demasiado aprisa y sucumbir a un alud de contradicciones hasta generar una situación insostenible, solo subsanada durante la Restauración, deudora del Imperio británico al adoptar una monarquía parlamentaria de carácter turnista.
El asesinato de Prim es un gran interrogante y suscita otros tantos sobre el devenir de la Historia española. Así como hilvanó un nuevo paradigma, quizá pudo haberlo afianzado al ser, en puridad, el único hombre fuerte de la baraja. Todos sus detractores, todas las disensiones, hubieran continuado en el escaparate. La ausencia de un líder sólido, con un monarca en el alambre sin su principal apoyo hasta la proclamación republicana desde las Cortes en 1873, facilitó el desmorone de la pirámide, rota en su vértice en un céntrico callejón de la capital, donde para recordar lo acaecido conviene alzar la vista y leer una placa en la esquina con Alcalá, triste y visible constatación de nuestra remediable ignorancia.