Opinión

Los pasos injustamente olvidados

Elespiadigital | Jueves 07 de enero de 2021

Hace ya cuarenta y dos años del temprano fallecimiento, con solo cincuenta y uno, de uno de los más geniales dramaturgos de los que desarrollaron su oficio en la postguerra española, Alfonso Paso.

José María Ramírez Asensio

 



 

José María Ramírez Asensio

Hace ya cuarenta y dos años del temprano fallecimiento, con solo cincuenta y uno, de uno de los más geniales dramaturgos de los que desarrollaron su oficio en la postguerra española, Alfonso Paso.

La desmemoria histérica y sectaria que padece este país desde hace ya demasiado tiempo ha hecho que él, como tantos otros, que deberían figurar en letras de oro en la historia de nuestras letras, nuestro teatro, nuestro pensamiento, estén en un rincón del olvido para tanta y tanta gente.

Cuando aún hoy se representan sus obras en numerosos lugares del planeta, en su patria, tan rica pero tan injusta, se le ha condenado al ostracismo y al silencio oficial, solo roto a veces por los esfuerzos ímprobos de su hija Almudena por mantener vivo el recuerdo de su amado padre.

Ella misma decía, con motivo del aniversario de su muerte, que hay obras suyas representándose en nueve países en estos momentos. De su popularidad más allá de nuestras fronteras habla, por ejemplo, que en Méjico se ha realizado una serie que lleva por título “Una familia de diez”, basada en su obra “El casado casa quiere” que se ha convertido en la serie de comedia humorística más vista en la última década de la televisión mejicana.

Semejante baldón para España debería ser contestado desde múltiples frentes que, pareciera, debieran enfrentar la injusticia que supone la marginación y la condena a la muerte social y artística en su propio país de tantos y tantos que, en otros países, ajenos a la demagogia y el sectarismo de la izquierda española, son admirados y respetados. Pero no es así, entre el fanatismo intolerante (e ignorante) de unos y la desidia, pasividad y cobardía de otros, se hurta a la generación presente y a las que vienen detrás de una riqueza intelectual y artística que nunca podrán saber que dejaron de disfrutar, simplemente porque se les privó de su conocimiento.

El motivo de este arrinconamiento no es otro, así lo es siempre, que la adscripción ideológica de Alfonso Paso. Se le identifica con el Régimen de Franco puesto que desarrolló su labor en esos años, ignorando (tantas cosas se ignoran porque no interesa averiguarlas) que fue, dato contrastado con múltiples datos y documentos, el autor más censurado de la época y que no recibió una sola subvención pública de ese Régimen. Cuenta su hija que se arruinó dos veces comprando teatros para que su gente pudiera trabajar.

Es más, Alfonso Paso lo que se consideraba, más que franquista, era falangista y joseantoniano. En Junio de 1972, en la revista “Primer Acto”, decía “Dentro del sistema, yo me siento socialista. Nunca me ha gustado el capital y sí el trabajo y, por tanto, por sentir esa idea socialista y querer permanecer junto al sistema, llegué al convencimiento de que soy falangista. La figura de José Antonio provocó en mí, a pesar de la clara burocratización de la Falange, fuerte impacto. Y hoy creo, firmemente, en el porvenir del país, siempre y cuando el ideario de José Antonio continúe vigente”.

Paso, que llegó a tener tres carreras universitarias (Filosofía y Letras, Medicina y psiquiatría y Periodismo), y cuyas obras han sido traducidas a treinta idiomas, participó en los últimos años cuarenta en el grupo vanguardista “Arte Nuevo”, con Alfonso Sastre y Medardo Fraile, entre otros, aunque su pertenencia a este grupo fue corta. Otro detalle poco conocido quizá es que dos de sus obras fueron seleccionadas por la Academia sueca como objeto de estudio con vistas a la posible concesión del Nobel de literatura.

Se casó en primeras nupcias con Evangelina Jardiel, hija del gran Enrique Jardiel Poncela, otra ilustre víctima del extremismo sectario y miope.

Escribió doscientas treinta y nueve obras, amén de varios guiones de cine e hizo sus pinitos incluso como actor en cuatro de sus piezas teatrales.

Es evidente que de su obra teatral son innumerables los hitos a destacar, “Los pobrecitos”, “Usted puede ser un asesino”, “Veneno para mi marido”, estas dos últimas dentro de un género ideado por él y trufado de humor negro e intriga policiaca que fue alabado por el mismo Gonzalo Torrente Ballester. 

“Cuidado con las personas formales” o” Vamos a contar mentiras” fueron otras obras exitosas de entre tantas: ciento setenta y nueve obras de teatro, de ellas noventa y tres, aproximadamente, editadas. “Los Palomos”, “Las que tienen que servir”,  y tantas otras.

En 1963, “El canto de la cigarra” fue estrenada en el teatro Anta de Broadway, convirtiéndolo en el primer autor español vivo en estrenar en uno de los principales teatros del Broadway profesional.

Desarrolló también su oficio, como he dicho, como guionista de televisión y cine. En la pequeña pantalla la serie “El último café” se mantuvo dos años en la parrilla televisiva con la máxima audiencia. También dirigió seis películas.

“Enseñar a un sinvergüenza” (1968) es un record de permanencia en cartel con veintitrés años continuados (se dice que solo superado por “La Ratonera” de Agatha Christie en Londres). Es famosa la genial viñeta de Mingote donde un matrimonio se dispone a salir y el marido mira la cartelera, diciéndole a la esposa “¿Que prefieres para esta noche, cine o Alfonso Paso?”...No en vano llegó a tener siete obras en cartelera al mismo tiempo en Madrid, hecho este único, ningún autor más en el mundo lo ha conseguido.

Un detalle curioso y también ignorado por la mayoría es que Paso fue, durante un tiempo, presidente de la Casa Hispano-Árabe

Pero también Paso desarrolló una vasta labor periodística (escribió en siete periódicos distintos durante treinta años), recogida y recopilada con todo amor y cariño por su hija en un libro reciente “Los Pasos perdidos”. De ella voy a destacar un artículo de 1977, titulado “¿Quién mato a Muñoz Seca?”, en que relata la visita que su padre Antonio Paso, también dramaturgo y libretista de zarzuela, al que acompañó con solo diez años, realizó al ilustre autor en la cárcel de San Antón en Octubre del 36, merced a la intercesión de Pedro Luis de Gálvez, un poeta comunista al que llamaban “el capitán saltatumbas”, que supervisó en todo momento la visita y contempló como el padre de Alfonso se quitaba sus propios calcetines para dárselos a D. Pedro a fin de que abrigaran más sus pies. Voy a reproducir aquí la última parte de dicho artículo:

“Si quieres que Muñoz Seca siga vivo habla con Orden Público y con Carrillo que es quien lleva todo esto.

Mi padre, viejo, republicano, a la salida de aquel emocionante encuentro, llamó desde mi casa a Diego Martínez Barrios. Me parece que le estoy oyendo hablar.

?Si eres inteligente, Diego, si lo somos, no podemos permitir que un escritor esté en la cárcel. Eso mancha a la República.

Cuando colgó el teléfono aseguró a mi madre, conmigo delante, que Martínez Barrios iba a hablar con Carrillo.

La cosa no se me ha olvidado nunca porque yo asociaba el nombre de Carrillo a un vecino de la casa y mi padre me tuvo que sacar del error.

Repito textualmente sus frases: ?Ese es capaz de todo con tal de hundir a la República, pero si Diego quiere...

Días después de lo que estoy narrando comunicaron a mi padre la muerte de Muñoz Seca. Santiago Carrillo Solares se acordará seguramente de un viejo republicano que quiso romper su carnet de número muy bajo, en la calle Mayor, delante de Unión Republicana, por la muerte de Muñoz Seca, de la cual es responsable, mientras no se demuestre lo contrario, el Carrillo Solares a quien hay que aplicar la acusación por delito tipificado de genocidio y atentados contra la humanidad.”

Esa es la memoria que se quiere borrar a costa de silenciar y arrinconar a los que conocieron la verdad.