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2021 quizás sea peor de lo que imaginábamos, pero “allí donde estés cree y espera”

Elespiadigital | Domingo 07 de febrero de 2021

No creo en la infalibilidad de la democracia. Los Estados modernos están a mil años luz de las dimensiones de las ciudades griegas en las que nació la democracia: todos conocían los problemas de la ciudad, compartían los mismos intereses, el mismo destino y, además, solamente votaba una élite. A partir de la aceptación de la “igualdad” universal, el voto de un Premio Nobel de Economía, vale lo mismo que el de un pasota colgao, obtuso y apático. Y, en los Estados modernos, hay más de estos que de los otros.  La presencia de Pedro Sánchez en La Moncloa sugiere que los electores casi nunca están en condiciones de juzgar, ni siquiera lo que es mejor o peor para ellos.

Ernest Milá



Ernest Milá

No creo en la infalibilidad de la democracia. Los Estados modernos están a mil años luz de las dimensiones de las ciudades griegas en las que nació la democracia: todos conocían los problemas de la ciudad, compartían los mismos intereses, el mismo destino y, además, solamente votaba una élite. A partir de la aceptación de la “igualdad” universal, el voto de un Premio Nobel de Economía, vale lo mismo que el de un pasota colgao, obtuso y apático. Y, en los Estados modernos, hay más de estos que de los otros.  La presencia de Pedro Sánchez en La Moncloa sugiere que los electores casi nunca están en condiciones de juzgar, ni siquiera lo que es mejor o peor para ellos.

Así que la publicidad y todo lo que es comunicación en democracia, campañas electorales, problemas de la clase política, noticias que aparecen en medios tradicionales, en redes sociales, todo -o casi todo- son mentiras e impactos visuales para condicionar la opinión de esa mayoría poco hábil en identificar lo verdadero de lo falso y en establecer cuáles son sus propios problemas o cómo será el futuro. Creo ser de los pocos que sigue compartiendo las opiniones que Enrique Ibsen hacía decir al protagonista de su  (no perdáis el tiempo repasando las gilipolleces que unos y otros dicen cada día, y dedicar hora y media a ver esta obra de teatro que cambiará vuestra opinión sobre la democracia).

Varios hechos ocurridos esta semana me inducen a revisar opiniones de hace apenas cuatro años.

1. DONALD TRUMP: EL POPULISMO OUTSIDER

En 2014 pensaba que existían fundados motivos para creer que nos estábamos aproximando a un giro decisivo en la política mundial. Donald Trump había ganado las elecciones y se disponía aplicar una política, en principio, razonable para EEUU: repliegue hacia el interior, abandono de toda aventura bélica en el exterior, prioridad a la reforma y creación de infraestructuras, modernización del país, alto a la globalización y relocalización industrial, etc. Además, algo ayudaba el que uno viera con ojos condescendientes a la figura de Trump, percibiendo, simplemente, el odio que suscitaba entre el stablishment de los EEUU y entre progresistas, globalistas y mundialistas de todo el mundo.

2. AVANCES DE LOS PARTIDOS EUROESCÉPTICOS

Además, se daba la circunstancia de que las “fuerzas populistas” en Europa estaban alcanzando cotas electorales excelente y todo inducía a pensar que en los años siguientes conseguirían formar gobiernos o condicionar las políticas de países como Francia.

Incluso las cifras de importaciones y exportaciones parecían sugerir que las naciones optaban por comerciar con sus vecinos, antes que por comprar a larga distancia.

3. LA GLOBALIZACIÓN RALENTIZADA

El aumento de los precios del carburante reforzaba esta tendencia. Así pues, la globalización, estaba en declive y el “mundialismo” no iba mucho mejor: los trasvases de inmigración, el multiculturalismo y las resistencias al mestizaje cultural parecían frenar las iniciativas progresistas. En España, incluso, parecía que el PP lograría mantenerse en el poder durante mucho tiempo al haber superado la crisis en la que Zapatero sumió a este país, el proceso soberanista había fracasado por completo y Podemos empezaba a retroceder.

Pues bien, los cuatro años que siguieron, invirtieron todas estas tendencias.

1) Desde el momento en el que Trump se sentó en la Casa Blanca, se inició la campaña para destruir su imagen, crear confusión en torno a su persona e irlo deteriorando de cara a la reelección en 2020.

Esta campaña ha proseguido hasta el momento en que escribimos estas líneas. Como cualquier otro personaje surgido de una votación democrática, Trump, lejos de ser un “estadista”, era un presidente cuyos “pecados” políticos han sido mucho menores que los de cualquier otro presidente de los EEUU, pero cuyo “pecado original” era no pertenecer al stablishment, esto es a las grandes dinastías económicas, a los “señores del dinero”, a las grandes concentraciones de capital financiero, propietarios de los grandes consorcios mediáticos y, por tanto, creadores de la “opinión pública” para la clase política.

2) Los partidos identitarios europeos, o se han estancado, o han retrocedido, o simplemente, muestran en sus programas un desajuste con la realidad que hará imposible que lleguen mucho más allá de donde han llegado.

La transformación del Front National en Rassemblament National, se hizo solamente para eliminar obstáculos que minimizaran las reservas de otros partidos a colaborar con ellos. Pero la realidad es que en 2018 el nuevo RN había perdido 11.000 afiliados en sobre el año anterior y ¡55.000! en relación a los 83.000 que tuvo el FN en 2014. Esto se tradujo en pérdida de porcentaje electoral en las elecciones europeas de 2019 cuando perdió 3 de los 24 escaños que había obtenido en 2014. En las elecciones municipales de 2020, el partido perdió el 50% de su porcentaje electoral cayendo del 4,88 en 2014 al 2,33% en 2020, por mucho que lograra colocar a su candidato como alcalde de Perpignan… a costa de ser el partido más endeudado de Francia: 24,4 millones de euros de deudas. En otros países las cosas no han ido mucho mejor. A duras penas han logrado mantenerse algunos (AfD), otros han desaparecido o han quedado reducidos a la mínima expresión (UKIP, Amanecer Dorado), otros han sufrido mermas electorales notables (FPÖ austríaco, DF danés), en algunos sus resultados son de “dientes de sierra” (Vlaams Belang)  y en otros casos se trata de partidos conservadores clásicos que, como rasgo diferencial, insisten en el tema de la inmigración masiva (Fidesz húngaro, Partido de los Finlandeses, los partidos populistas bálticos). Contra lo que era de prever, ni siquiera han logrado concentrarse en un solo grupo parlamentario en Europa. Por otra parte, la mayoría de estos partidos creen posible mantener el formato Estado-Nación propio de la segunda revolución industrial, ahora, cuando nos zambullimos en la cuarta.

3) La ofensiva mundialista se ha recrudecido en todos los frentes, especialmente en el que es más importante en este momento para la mentalización y el condicionamiento de la opinión pública: el entertaintment.

Basta ver los contenidos de todas las plataformas que emiten en streaming para darse cuenta de la pérdida de identidad que se está imponiendo a los espectadores europeos, llegándose incluso a la manipulación más torpe y burda de su historia, de su pasado, de sus tradiciones, e incluso de su sangre. El mundialismo, tras el parón que tuvo en los años en los que se prolongó la crisis económica 2009-2017, ha adoptado lo que parece su ofensiva final en lo que se refiere a ideología de género, multiculturalidad, mestizaje e inmigración masiva.

4) Sorprende que los gobiernos europeos no hayan reaccionado frente a la globalización económica, resignándose a un “nuevo orden mundial” suicida, que, además, ha mostrado su debilidad desde el inicio de la crisis del Covid-19.

Ha sido precisamente la ineluctabilidad de la globalización, lo que ha hecho que los flujos de viajeros y mercancías entre el foco chino de la epidemia y el resto del mundo, convirtieran el virus aparecido en Wuhan en una pandemia mundial. No es la primera vez que ocurre algo parecido (la peste aviar se originó, igualmente, en el sudeste asiático), ni será la última: pero eso no parece haber impuesto reflexiones a los gobiernos europeos, que, a estas alturas, deberían haberse dado cuenta de que la única posibilidad de competir con China es mediante el rearme arancelario. La desaparición de “estadistas” y líderes políticos dignos de tal nombre es lo que está favoreciendo la hegemonía china. Nadie parece interesado en advertir que no puede existir libre competencia entre unos países occidentales que discuten sobre las 35 horas de trabajo y salarios mínimos superiores a 1.000 euros, y un gobierno chino que aboga por 9 horas diarias de trabajo con un día festivo a la semana y salarios en torno a los 300 euros.

El balance final es:

- El retorno del stablishment al gobierno de Washington (importante para nosotros porque España está incluida en la OTAN)

- El estancamiento, aislamiento, retroceso y limitaciones de los partidos populistas (incluso limitaciones en sus planteamientos políticos).

- Brutal ofensiva ideológica en todos los terrenos de los sectores mundialistas, decididos a imponer sus criterios en el terreno de las ideologías de género, el mestizaje y la multiculturalidad.

- Continuación de la marcha hacia el abismo, sin pestañear, al proseguir, a pesar del principio de prudencia, sin reformas, la marcha hacia un modelo globalizado de economía mundial.

Ante este panorama no se puede ser particularmente optimista, porque nos lleva a prever que, la difusión de los principios mundialistas (a los que se une el bloqueo de cualquier oposición ideológica que pueda aparecer, cuya difusión depende de los resultados facilitados por Google, que “premia” a unos e ignora a otros, y a la prohibición de difundir determinadas ideas a través de Facebook, Twitter y demás redes sociales), se traducirá:

1) en modificaciones mayores o menores en la intención de voto, pero siempre en un aumento del voto en dirección “mundialista”: eso obligará a los partidos populistas y/o identitarios a diluir su mensaje, reconvertirlo para hacerlo más grato al stablishment o, simplemente, ir perdiendo peso electoral.

2) en una fractura vertical entre dos mundos opuestos (el del conservadurismo tradicional y el del ultraprogresismo mundialista) entre los que cualquier diálogo es imposible, porque, no existe ningún punto común, ninguna posibilidad de que una parte pueda hacerse entender y oír por la otra, en la medida en que el progresismo se cree investido de la misión escatológica de alumbrar un mundo nuevo y sepultar el antiguo.

3) la inexistencia de una “oposición real” con posibilidades de ralentizar, ni mucho menos de detener y, no digamos ya, de revertir, el proceso al que nos conduce el stablishment mundialista y globalizador. Cualquiera que juegue el papel de opositor real se juega a ser anulado en sus redes sociales, ignorado por Google, vigilado por sus opiniones y correos y, en definitiva, neutralizado, criminalizado y castigado a modo ejemplificador (que es lo que ocurrió con Saddam Hussein y lo que ocurrirá con Donald Trump en los próximos meses).

Los hechos que se han desarrollado en Washington en la última semana dan pie a la reflexión: justo en los momentos en los que se disponen de más herramientas de comunicación, cuando es posible tener una información real, directa y sin intermediarios sobre lo que ocurre en el otro extremo del mundo, es cuando nos sorprenden cada día más “espectáculos” a los que no terminamos de encontrar el significado, pero que, en cualquier caso, han sido organizados -como lo fue el 11-S- como prolegómeno para adoptar “grandes decisiones”. Hemos visto como una multitud extraña, variopinta, inconexa, exótica, asaltaba el Congreso de los EEUU y como se responsabilizaba a Donald Trump de dicha acción. Se venía repitiendo desde tres meses antes de las elecciones de EEUU que Trump no aceptaría su derrota y esta “invasión” venía a confirmarlo… a pesar de que no haya tenido nada que ver con el ya ex presidente de los EEUU. Simplemente, alguien ha organizado un espectáculo de masas atribuyendo la responsabilidad al ídolo caído: porque de lo que se trata ahora, es de que nunca más vuelve a aparecer un candidato presidencial fuera del marco del stablishment.

Si bien pueden existir legítimas dudas sobre el resultado de las votaciones (no es la primera vez, ni la segunda, que se producen fraudes electorales en EEUU: recuérdese la extraña victoria de Bush en 1999 que tardó semanas en aclararse, o las comprar masivas de votos por parte del padre de JFK para asegurar la victoria de su hijo), ahora ya no se trata de que Biden reemprenda las políticas habituales de los demócratas en estos casos (declarar una guerra para unir a un país dividido verticalmente en torno al nuevo presidente), sino de castigar a Trump, encontrar motivos para juzgarlo y encarcelarlo, como toque de atención para todo aquel que quiera transitar por rutas no marcadas por el stablishment.

Después de estas líneas no creo que a nadie que las comparta le quede la menor duda de que las catacumbas son el destino de cualquier disidente, al menos por una larga temporada. No me cabe la menor duda de que la humanidad entera camina hacia la catástrofe en todos los terrenos (no solo en el político y, mucho menos, porque un gualtrapa como el moños sea vicepresidente del gobierno de España: la presencia del fulano éste es un síntoma, no la enfermedad en sí misma) y lo que es peor: que no puede hacerse gran cosa.

ALLÍ DONDE ESTÉS CREE Y ESPERA

Por algún motivo, me viene a la mente una canción de juventud: el Envío, basada en un soneto de Ángel María Pascual, muerto de puro desengaño, tristeza y abatimiento. Una de las estrofas del soneto dice así:

 

En tu propio solar quedaste fuera.
Del orden de tus sueños hacen criba.
Pero, allí donde estés, cree y espera.

 

“Allí donde estés, cree y espera”. Esta es la clave. El que hoy no pueda hacerse nada, no quiere decir que la construcción globalizadora y mundialista vaya a buen puerto. En realidad, el fin de un camino hacia el abismo es… despeñarse por el abismo y ¡misión cumplida! El viejo refrán español dice “no hay mal que cien años dure”. De los doctrinarios del pensamiento tradicional aprendí que los ciclos deben llegar a su fin, cerrarse, para que un nuevo ciclo lo sustituya. Y el ciclo que se inició con la revolución francesa está llegando a su fin. De ahí que la mejor consigna para estos tiempos de caos y confusión sea la de Hoffmansthal cuando decía esperar el día “en que los que se han mantenido en vela en la noche oscura, saluden a los que han nacido con el nuevo amanecer”. Las catacumbas no son para siempre…

II

Hasta no hace mucho, los distintos puntos de vista podían “dialogar”, simplemente, con que cada una de las partes pusiera algo de buena voluntad. Se podía discutir sobre cuál opción era preferible, si la monarquía o la república; existían defensores y opositores a Franco, podían plantearse las diferencias entre diversas formas de socialismo, sin que estallara la tercera guerra mundial, y conservadores y progresistas presentaban a sus opciones respectivas e, incluso, se conseguía llegar a actitudes eclécticas y “centristas”. Lo que, en su momento, se llamó “consensos”. Pero ahora, cualquier discusión es imposible, si en uno de los lados de la mesa se sienta un ultraprogresista. Esta es la gran novedad que ha irrumpido en el siglo XXI.

¿QUÉ ES UN ULTRAPROGRESISTA?

El “ultraprogresismo” es la tendencia central de la modernidad en la que ha cristalizado la corrección política y que reúne cuatro ideas básicas:

1) la igualdad a ultranza de sexos, razas, culturas,

2) las ideologías de género,

3) defensa de la inmigración masiva,

4) destrucción de cualquier estructura social estable, homogénea y unitaria.

¿DÓNDE ESTÁN LOS ULTRAPROGRESISTAS?

El fracaso de las distintas formas de izquierda (socialismo, socialdemocracia, comunismo, trotskismo, marxismo-leninismo, marxismo-revolucionario, nueva izquierda, bolchevismo, socialismo utópico, ecologismo) ha provocado una fuga hacia adelante en todas sus variedades: en España, siglas como el PSOE y Podemos, incluso nacionalistas radicales de ERC y de Bildu, pueden colaborar -y, de hecho, colaboran- porque comparten los mismos ideales, por mucho que su nivel de verbalismo y de radicalismo sea diferente. Todos ellos tienen en común el fracaso de sus proyectos políticos anteriores:

- El fracaso del proyecto socialdemócrata del PSOE, hundido tras la crisis de 2008-2010, cuando, después de décadas de proponer consensos entre trabajadores y capital, se percibió que este partido era el primer defensor de la banca en detrimento de los trabajadores.

- El fracaso del proyecto independentista catalán de ERC, partido que está haciendo más que cualquier otro por deformar la identidad catalana y convertirla en una mixtura de nacionalismo e islamismo.

- El fracaso del proyecto de Bildu que, sin la presencia de ETA, no pasa de ser una forma de radicalismo nacionalista, rival del nacionalismo moderado, primitivo en sus gentes, en sus métodos y en sus planteamientos.

- El fracaso de Podemos y del movimiento “de los indignados”, convertido hoy en un partido con los mismos problemas que cualquier otro (dirigismo, corruptelas, falta de representatividad, traición a su programa).

El ultraprogresismo constituye el reconocimiento de estos fracasos y su enmascaramiento mediante un radicalismo verbal exaltado y virulento.

¿CUÁL ES LA PRINCIPAL CARACTERÍSTICA DE ESE ULTRAPROGRASISMO?

Así como el progresismo que hemos conocido hasta hace poco, era un pensamiento lógico que encadenaba razonamientos a partir de unas ideas básicas (la idea del progreso indefinido nacido que tuvo como padre al materialismo, como hijo al evolucionismo y como espíritu santo al marxismo), el ultraprogresismo carece completamente de racionalidad, es un remedo de seudo-religión repleto de dogmas, cada uno de los cuales no puede cuestionarse, so pena de ser considerado como hereje. La discusión actual no se plantea, como antes, entre una racionalidad conservadora y otra racionalidad progresista, sino entre una forma de racionalidad y la irracionalidad que encarna el ultraprogresismo.

¿QUÉ EFECTOS TIENE EL ULTRAPROGRESISMO EN LA SOCIEDAD?

En tanto que parte de dogmas irracionales, cualquier diálogo con el ultraprogresismo resulta absolutamente imposible. Es más, los ultraprogresistas se sienten completamente indefensos cuando, ante ellos, se sitúa el pensamiento lógico, las estadísticas, la psicología, la antropología y, no digamos, la historia. De ahí que rehúyan cualquier forma de diálogo con quien no comparte sus posiciones. Y, siempre, quien se asienta en esas posiciones, tiende siempre a las últimas consecuencias a las que les arrastran sus dogmas. El ultraprogresista se niega a debatir con quien no comparta sus dogmas; en lugar de eso, simplemente, busca denigrarlo y justificar la imposibilidad de debatir con quien no ha entendido que la humanidad marcha hacia una “nueva era”.

¿CUÁLES SON LOS FOCOS DIFUSORES DE ULTRAPROGRESISMO?

Ya tratamos esta cuestión en nuestro artículo Pequeña Guía para entender las cuatro tendencias de la modernidad. Podemos volver a retomarlo, simplificando y reordenando los datos. Las estructuras visibles desde las que se difunde el progresismo no actúan todos por los mismos impulsos. Básicamente son dos:

- La UNESCO, verdadera secta “humanista-universalista” y sus ONGs asociadas que marcan la agenda y las prioridades, todas las cuales aparecen como leit-motiv del mundialismo.

- Los grandes fondos de inversión, los “señores del dinero”, las grandes acumulaciones de capital y las “dinastías financieras” interesadas en crear señuelos que distraigan del hecho esencial: la globalización económica.

Este binomio mundialismo-globalización, es el verdadero motor del ultraprogresismo, por mucho que sus motivaciones sean diferentes: crear un mundo nuevo para los primeros y aumentar la concentración de capital y la cuenta de beneficios para los segundos.

¿CÓMO PUEDE EVOLUCIONAR LA HUMANIDAD EN LAS PRÓXIMAS DÉCADAS?

Parece inevitable que, en las próximas décadas, el ultraprogresismo vaya avanzando amparado en el control de los mecanismos culturales, de la información y de los mecanismos tecnológicos que condicionan las redes sociales: ni siquiera es necesario que sea eficiente y, por muchos que sean los daños que genera, la posverdad, las redes sociales (cuyos gestores compartes principios mundialistas), por muchos fracasos que acumule la irracionalidad, el control sobre los medios de comunicación, las redes, y el control mental practicado sobre las poblaciones, impedirán que se reconozcan los fallos y se rectifique el rumbo. El final de este proceso tiene un nombre y es al que conduce cualquier forma de irracionalismo: la barbarie.

- Barbarie institucionalizada en el sistema político, que ni siquiera es capaz de garantizar la limpieza de los procesos electorales y se asegura de que solamente tenga acceso al poder alguna tendencia del “stablishment”.

- Barbarie cultural difundida masivamente y presentada como “mestizaje” que implica la desaparición de cualquier forma que haya pertenecido o tenido su origen en nuestras raíces culturales.

- Barbarie económico-social con una tendencia irrenunciable a la aplicación del neoliberalismo más salvaje generador de desigualdades extremas y de concentraciones masivas de capital que sitúan a unos pocos privilegiados como dictadores únicos a cuyo servicio está la clase política.

- Barbarie social, con la desaparición de grupos sociales homogéneos y amplios y su sustitución por un mosaico inorgánico compuesto por pequeños fragmentos sin nada en común con otras fibras del mismo tejido, con lo que cualquier oposición y protesta resulta imposible.

Todos los procesos de la modernidad, sin excepción, conducen a la barbarie.

EL “TIGRE” ENLOQUECIDO SE DESANGRE POR SUS PROPIAS GARRAS

Se conoce el contenido de la fórmula “cabalgar el tigre”: sugiere la posibilidad de enfrentarse a un adversario temible, eludiendo el choque directo, perdido por anticipado, esperando que el sistema sufra un desplome interno será acelerado y concluido por la acción de las fuerzas alternativas que se nievan a aceptar el ultraprogresismo. Esta actitud es la que se encuentra en la sabiduría tradicional oriental e incluso en el cristianismo: no resistir al mal, “actuar sin actuar”. Es, seguramente, la opción más sensata para vivir en la modernidad: dejar que los procesos de disolución y desintegración sigan su curso, sin oponerse frontalmente, ni resistirse a ellos. Más que “cabalgar al tigre” se trata de dejar al tigre con entera libertad para alcanzar sus últimos objetivos en el plazo más breve posible: el propio sistema es un suicida que cada día trenza más la cuerda con la que se va a ahorcar: el “tigre” (esto es, el “sistema”), en su furia insensata y en su marcha ineludible hacia sus consecuencias finales, genera él mismo, con sus propias garras, las heridas que lo desangrarán hasta el colapso final.  Al haber perdido cualquier forma de racionalidad, la barbarie aumenta su presencia y compromete la subsistencia del sistema a medio plazo.

CONSTRUIR INSTRUMENTOS PARA LA SOCIEDAD TECNOLÓGICA

La década que empieza ahora marcará un período de inmersión en una sociedad tecnológica nunca antes conocida. Hay que descartar la actitud anti-tecnológica propuesta por Unabomber (léase su Manifiesto contra la Sociedad Tecnológica y su Futuro) y hacerse a la idea de que una sociedad tecnológica no es, por definición, negativa o corruptora. La ciencia es neutral, lo que no es neutral es su aplicación y los mismos principios tecnológicos, aplicados por otros gestores, podrían transformar el mundo de un caos en la Arcadia feliz. La ciencia, por lo demás, es el paradigma de la racionalidad: no existe “ciencia irracional”. Por tanto, es en los medios científicos en los que hay que esperar las reacciones más lúcidas y decididas contra el ultraprogresismo. Y también es en esos ambientes -en carreras de ciencias, en materias vinculadas a las nuevas tecnologías- en las que hay que reclutar a lo que podemos llamar, en rigor, “el nuevo sacerdocio revolucionario alternativo”.

- Sacerdocio porque está al servicio de la ciencia y de la racionalidad y tienen la conciencia de que son depositarios de una misión y de un destino que es superior a cada uno de ellos, necesario para la salvación de la Humanidad y de la Cultura.

- Revolucionario porque se busca retornar a los orígenes, es decir, a una sociedad estable, viable y guiada por la idea del “orden”, entendiendo por ello la negación del caos y de la barbarie: es decir, re-evolucionar, volver a la normalidad.

- Alternativo porque es la negación del ultraprogresismo y del conformismo de lo políticamente correcto que cabalga con él. La paradoja actual radica en que el conformismo y el nadar a favor de la corriente, propio de los peces muertos, es un rasgo ultraprogresista. La vida está en dirección opuesta.

ACEPTAR EL EXILIO INTERIOR

En las actuales circunstancias, cuenta mucho más la actitud personal e interior ante el mundo que el posicionamiento político: resulta imposible intervenir en la confrontación planteada por el ultraprogresismo, a menos que uno acepte ser cubierto de insultos, amenazas, aislamiento e improperios. Y, en cualquier caso, aun cuando se aceptaran todos estos riesgos, no existe ninguna garantía de que podrían despertarse conciencias, rectificar direcciones erróneas o aumentar la oposición. Hoy, contra el ultraprogresismo, no puede hacerse nada más que alejarse de él, cesar de pensar en éxitos inmediatos o avances políticos: todo lo que no sea reforzar el mundo interior -y aceptar la sensación de exilio interior-, tratar de mantener en el entorno social o familiar principios y criterios razonables, y, si se tiene la oportunidad y los conocimientos técnicos, tratar de construir herramientas alternativas para generar redes sociales propias, debe ser abandonado por infértil e, incluso, problemático. El principio debe ser: “si yo no puedo nada contra el sistema, que el sistema me afecte lo menos posible, a mí y a los míos”. Ante convocatorias electorales, lo más razonable debería ser depositar el voto en favor de tal o cual opción, pero “sin fe y sin respeto”, incluso, sin interés y sin compromiso: no hay absolutamente nada que permita pensar que un mundo puede pasar del caos al orden mediante algo tan banal como un proceso electoral.

III

Probablemente desde el 11-S nunca habíamos asistido a un espectáculo tan descarado de difusión de una “verdad oficial” como la que se ha desarrollado durante el proceso electoral norteamericano. Hemos visto un asalto al congreso de los EEUU, como hace veinte años vimos desplomarse a las “Torres Gemelas”. Se ha difundido una “verdad oficial” imposible de contrastar, pero de la que -razonablemente- podemos sospechar que no tiene nada que ver con lo ocurrido realmente. Sabemos lo que siguió a los ataques del WTC (el Acta Patriótica, el miedo como presión para aceptar las guerras coloniales de Afganistán e Irak, etc.). Queda por saber las consecuencias que tendrá el asalto al Congreso de los EEUU. Pero podemos anticipar algunas.

Llama la atención que, en ambos casos, 11-S y asalto al congreso, lo que ha ocurrido esté directamente relacionado con el proceso electoral presidencial. George W. Bush -vale la pena recordarlo- inició su mandato muy debilitado y bajo sospecha: en efecto, su oponente, Al Gore, obtuvo el 48,38% de los votos, mientras que el vencedor, George W. Bush, se hacía con un 47,87%, es decir, con un porcentaje menor y con menos medio millón de votos menos que Gore. Todo se dirimía en Florida, Estado gobernado… por el hermano de George W. Bush. Se produjeron disturbios durante el recuento de votos y actos de violencia contra los funcionarios que realizaban el recuento pedido por Gore (ver “Disturbios de Brooks Brothers”). La polémica duró semanas hasta que, sin que apareciera ningún motivo visible para cambiar de actitud Gore “reconoció” la victoria de su oponente.

Así pues, la presidencia de Bush se inició bajo la sospecha de amaño electoral. Era, por tanto, una presidencia “debilitada”. La estrella de Bush solamente resplandeció al producirse los ataques del 11-S y verse el país envuelto en una oleada de dolor por las imágenes mil veces repetidas de los “30.000 muertos” en los ataques (en realidad, no llegaron a 3.000), el miedo que siguió en los tres meses posteriores (a causa del asunto del ántrax), las alarmas continuas de nuevos ataques terroristas que generaban sensación de asedio y, finalmente, la respuesta patriótica presidencial: la Acta Patriótica (en la que una sociedad acepta el recorte a sus libertades para garantizar una “seguridad” que realmente no estaba en peligro) y las guerras coloniales declaradas para satisfacer las necesidades del complejo militar-petrolero-industrial y que solamente beneficiaron a éste: Irak y Afganistán.

¿Y ahora qué ocurrirá? Porque la presidencia de Joe Biden está tocada por mucho que los grandes consorcios mediáticos y las grandes acumulaciones de capital (es decir, todo lo que responde al nombre de “stablishment”) estén a su favor.

- No estamos muy seguros de que EEUU esté en condiciones de embarcarse ahora en un nuevo conflicto colonial: el país, interiormente, está roto en dos. Recurrir a un nuevo 11-S correría el riesgo de dividirlo aún más. Y, por lo demás, ¿contra qué enemigo luchar? En Siria, la guerra iniciada con el apoyo del “premio nobel de la paz” (somos conscientes de las minúsculas) Barak Obama está liquidada. Irán es una potencia regional demasiado fuerte que en menos de 10 años se convertirá en hegemónica en la zona y con muy buena diplomacia internacional. No es lo mismo atacar a un país de cabreros como Afganistán, o a un Saddam Hussein aislado internacionalmente, que al gobierno de Irán en buenas relaciones con todas las demás grandes potencias… salvo con EEUU. ¿Corea del Norte? Demasiado cerca de China y la economía norteamericana depende hoy, no lo olvidemos, de las inversiones chinas en bolsas norteamericanas que, si bien es cierto que disminuyeron tras la crisis bancaria de 2008, no es menos cierto que existe entre 1 y 2 billones de dólares chinos que, de retirarse, implicarían el caos económico en EEUU. No hay escenarios internacionales que permitan otra guerra colonial.

- EEUU en 2021 no es el mismo que en 2001 y, no solamente, porque el país está partido en dos entre conservadores trumpistas y liberales políticamente correctos, sino porque el mundo de hoy ya no es lo que era hace 20 años. En 2011, EEUU podía declarar impunemente la guerra a otros países, porque Rusia estaba todavía debilitada por los años en los que la presidencia estuvo en manos del borracho promovido internacionalmente por EEUU: Boris Eltsin. Y, China, en aquel momento, todavía no había alcanzado la hegemonía económica y estaba aún lejos de la militar. Pero hoy la situación es muy diferente: China ha alcanzado la hegemonía (es la única economía mundial que ha crecido casi un 3% en el año del Covid, cuando todas las economías mundiales han entrado en recesión: y esto gracias a que es la “factoría mundial”) y militarmente el gigante asiático está ya en situación de paridad con los EEUU en el terreno militar y estratégico.

Por tanto, ya no habrá más aventuras exteriores, como máximo, algún pequeño tanteo para mantener contento al Pentágono.

Por tanto, todo nos induce a pensar que la debilidad política de Biden se resolverá en clave interior: el tánden Biden-Harris solamente puede ofrecer una cosa: ultracorrección política, grandes metas ecológicas, aplicación de leyes para acallar cualquier oposición (Trump se verá empantanado de un proceso a otro para evitar que pudiera presentarse a las elecciones de 2024) y dar armas a los censores digitales (Twiter, Facebook, Google, especialmente) para reforzar las “verdades oficiales” y controlar la disidencia. Y, aun así, no está del todo claro, que su victoria sea neta. Y si no lo es, EEUU camina hacia el desplome interior como resultado de:

- un desfase entre el sistema político del siglo XVIII y la realidad del siglo XXI que, cada vez se muestra más susceptible de fraudes electorales.

- una falta de credibilidad de los portavoces del “stablishment” que olvidan que el país está en situación de “fractura vertical” entre dos tipos de “creencias”: la ultraprogresista y la ultraconservadora.

- una desigualdad absoluta de desarrollo económico entre las distintas partes del país: un norte industrial clásico en disminución, una costa Oeste paraíso de las nuevas tecnologías, una “América profunda”, tradicionalmente agrícola y ganadera, en crisis absoluta, una costa Este en el que el narcotráfico y los servicios se disputan la hegemonía.

- un complejo petrolero-militar-industrial que exige beneficios (el capital no invertido o que no produce se convierte en inútil) como sea y al precio que sea.

- una sociedad multiétnica en la que cada ladrillo étnico está aislado e incomunicado con los demás y en guerra étnica unos contra otros.

- una situación de aislamiento creciente internacional a causa de errores pasados y de la sospecha de que, ante la situación actual en el interior de los EEUU, su potencia está muy debilitada y resulta incapaz de apoyar a aliados con problemas.

- un dólar sobrevalorado históricamente gracias a la presencia de los marines en bases esparcidas por todo el mundo y que depende hoy de las inversiones chinas en los EEUU, con una deuda pública de casi 20 billones de dólares (que, por cierto, se detuvo e incluso disminuyó durante los años del trumpismo, de 21,5 a 20).

- con un stablishment que solamente es sólido y unitario en algunos de sus planteamientos (búsqueda del máximo beneficio), pero que está muy dividido en cuanto a alternativas, propuestas, salidas y, orientaciones futuras.

El resultado de todo esto en los próximos cuatro años, solamente puede ser el desplome interior y el aumento de la inestabilidad. EEUU está entrando en un proceso similar al que se desarrolló en la URSS desde finales de los años 70: un aumento creciente de sus problemas que, finalmente, formaron una “tormenta perfecta” que entrañó su disolución. En EEUU, siendo realistas, y a tenor del carácter americano y de los millones de armas en poder de los ciudadanos, esa “tormenta perfecta” solamente puede adquirir el aspecto de guerra civil, que será, a la vez, étnica, social y religiosa, es decir, una guerra de “creencias” y no de “valores” (la creencia es un conjunto de criterios irracionales anidados en el cerebro, imposibles de someter a discusión o a razonamientos lógicos, mientras que los “valores” son actitudes espontáneas ante la vida que si pueden ser sometidas a razonamiento y a argumentación).

Desde los años de la Guerra Fría, se han ido realizando experimentos de “control mental” (existe una amplia literatura científica en unos casos, conspiracionistas en otros, y conspiranoica en su franja más difundida, por lo que hay que tener cuidado a la hora de estudiar el estado de la cuestión). En 1948, ya se realizaban con prisioneros de las SS capturados. En los 50 se pasó al estudio de las técnicas sub-liminales. En los 60 a la utilización de drogas psicodélicas. En los 70 se pasó a “experimentos sociológicos” y, a partir de los 80 se fueron incorporando nuevas técnicas que avanzaban con la tercera revolución industrial que se iniciaba en aquellos momentos. A pesar de la falta de información e, incluso, de las informaciones contradictorias, damos por supuesto que todos esos experimentos han continuado y que se han aplicado y se están aplicando, especialmente en escenarios bélicos, pero también entre las poblaciones para alejar riesgos de inestabilidad interior, disturbios y focos de resistencia efectivos contra el sistema.

Pues bien, a pesar de todos esos experimentos que se hayan podido dar, lo cierto es que no han resuelto el gran problema al que se enfrenta el stablishment mundial:

- el mundo es demasiado complejo como para pensar que pueden controlarse los distintos aspectos que entran en juego.

- el ser humano es demasiado complejo como para pensar que todos los seres humanos pueden manipularse y dirigirse.

- la economía mundial es demasiado compleja para pensar que puede globalizarse en un mundo desigualmente desarrollado y con sistemas fiscales, económicos, sociales y políticos diferentes.

- la cultura mundial es demasiado compleja para creer que el “mestizaje” y la “fusión” bastarán para crear una “cultura mundial” sin raíces.

- el cerebro humano es demasiado rico y sorprendente como para pensar que controlando el inconsciente (se podrá controlar el “cerebro límbico”, pero no el “neocórtex” en el que anida la reflexión y el raciocinio, incluso el llamado cerebro “reptiliano” que garantiza la supervivencia y es la parte más primitiva de la masa encefálica, son imposibles de condicionar permanentemente y en la totalidad de seres humanos).

Resumiendo, la victoria de la “corrección política”, de la “globalización”, del “mundialismo”, de todo lo que controla y domina el “stablishment”, es una victoria pírrica: no podrá mantenerse durante mucho tiempo:

- en primer lugar, porque el “stablishment” no es un bloque monolítico, sino que está multidivido. Se reconoce en un único interés: la ley del máximo beneficio en el menor tiempo, pero más allá de este objetivo, las estrategias para alcanzarlo están muy diversificadas.

- en segundo lugar, porque la ciencia tiende siempre a seguir caminos propios que no coinciden necesariamente con los del “stablishment”. A pesar de que el “stablishment” intenta convertir la ciencia y la técnica en su aliada (el período que media entre el 2020 y el 2050 va a ser el más rico en avances y progreso científico y tecnológico que se haya visto jamás), se trata de una alianza temporal.

Vale la pena recordar unas palabras de René Guénon:

Sea como sea, con eso hemos llegado al último término de la acción antitradicional que debe conducir a este mundo hacia su fin; después de ese reino pasajero de la «contratradición», para llegar al momento último del ciclo actual, ya no puede haber más que el «enderezamiento» que, al reponer súbitamente todas las cosas en su sitio normal cuando la subversión parecía completa, preparará inmediatamente la «edad de oro» del ciclo futuro”.

Dicho con palabras más accesibles para los que no conocen el sentido de la obra de René Guénon: cuanto más desorden exista en el mundo, cuanto más sensación de caos se haya extendido, cuanto más negra sea la noche, más próximos estaremos al nuevo amanecer. Ocurre como en una función asintótica como la del gráfico en la que y = 1/x. La curva que jamás en su caída toca el eje de abcisas (y) y que se hunde en su mitad negativa, es sucedida por otra curva que parte jamás toca al mismo eje (y) pero que parte de su mitad positiva, mientras que el eje de ordenadas (x) señala el tiempo que transcurre.

Matemáticamente, después de un período de hundimiento generalizado y crisis absoluta, solamente puede suceder un nuevo período áureo. Esta es la buena noticia…