Geoestrategia

Hamid Karzai: juegos, trampas y dos armas humeantes

Victoria | Lunes 02 de diciembre de 2013

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Los talibanes advierten que aceptarán negociaciones con Kabul solo después del la retirada total de las tropas extranjeras en Afganistán. Sin embargo, si Karzai firma un acuerdo de seguridad con EEUU, asesores y comandos extranjeros permanecerán en el país al menos por otros diez años. Y si no lo firma, EEUU amenaza con retirar todas sus tropas y dejar de pagar el sueldo a los militares afganos.

Por Vadim Fersóvich



 

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Por Vadim Fersóvich

Los talibanes advierten que aceptarán negociaciones con Kabul solo después del la retirada total de las tropas extranjeras en Afganistán. Sin embargo, si Karzai firma un acuerdo de seguridad con EEUU, asesores y comandos extranjeros permanecerán en el país al menos por otros diez años. Y si no lo firma, EEUU amenaza con retirar todas sus tropas y dejar de pagar el sueldo a los militares afganos.

Cuando el presidente afgano anunció en la Loya Jirga que no firmaría este convenio, su antiguo aliado, el presidente de la Asamblea afgana, Sebghatullah Mujadidi, se subió al podio para advertir que renunciaría a todos sus cargos y se marcharía del país, en el caso de que Karzai no firmara el documento al término de tres días.

Karzai, sin embargo, no le prestó oídos, a pesar de que son amigos. ¿Por qué?

Estos problemas no son nada nuevos. Afganistán tiene una larga historia de revoluciones que no es una lista de victorias y derrotas en campos de batalla, sino más bien una guía práctica para lograr compromisos políticos. Los gobernantes del país jamás pretendían lo imposible: derrotar definitivamente a la otra parte. Preferían ocupar una posición fuerte, por cuenta propia o con ayuda de armas, tropas o dinero extranjeros, para entablar un diálogo. Por regla general, terminaban compartiendo el dinero o el poder con los antiguos enemigos.

Hoy, de nuevo, es el momento de ponerse de acuerdo. Incluso los talibanes están dispuestos a dialogar y se muestran sinceramente preocupados por si Karzai recuerda las viejas “reglas de juego”. Uno de sus comandantes entrevistado por The Daily Beast, manifestó:

—¿Acaso Kabul no entiende que iniciar un diálogo de paz con los talibanes es más importante que mantener la presencia militar extranjera en el país? El objetivo principal de nuestra larga y tenaz resistencia ha sido expulsar a las tropas extranjeras del territorio nacional.

En momentos en que el presidente afgano parecía estar a punto de privar a los talibanes de toda razón de ser, otro de sus comandantes de campo lamentó con sinceridad:

—Ahora todo el mundo sabe que ya no hay esperanza de entablar un diálogo de paz y que pronto comenzarán otros diez años o más de guerra. Este es un golpe para los talibanes que abogaban por las negociaciones.

En realidad, el presidente sigue sin quebrar el esquema clásico. Plantea nuevas condiciones a EEUU con una mano, dando con la otra la primera señal a los talibanes de que lo recuerda todo. Hace dos años, los talibanes suspendieron sus negociaciones con Occidente porque no quiso liberar a todos los presos afganos de Guantánamo. Ahora, Karzai exige lo mismo. Es obvio que EUU intenta lograr un acuerdo por separado con los talibanes. Pero jamás le ha funcionado. Karzai, a su vez, exige que EEUU asuma un compromiso por escrito para ayudarle a “iniciar un proceso de paz real”, o sea, hablando en términos más sencillos, un dialogo directo con los talibanes.

Las autoridades afganas están modificando el Código Penal del país. Entre las veintisiete enmiendas programadas hay aquellas que suponen apedreamiento en público por adulterio (conmutable por cien latigazos para los solteros) y amputación de extremidades por robos y asaltos a mano armada. ¿Para qué estarán molestando a Occidente de esta manera? Los occidentales realmente están molestos, pero los talibanes ya no pueden seguir diciendo que el Gobierno no quiere vivir de acuerdo a la ley islámica.

El respeto a los derechos humanos es una condición indispensable para obtener dieciséis mil millones de dólares de ayuda. Además, EEUU se compromete a prestar otros ocho mil millones de dólares anuales para el ejército, de los cuales, cuatro mil millones son para pagar los sueldos a los militares afganos. Eso, sin contar los envíos de helicópteros y otros equipos militares. Sin las armas, el Gobierno tendrá problemas negociando con los talibanes. Pero los diez mil militares extranjeros son un impedimento insuperable en estas negociaciones. ¿A lo mejor es posible ponerse de acuerdo, si estos militares se quedan tranquilos en algún sitio donde nadie los vea? Formulándolo, por ejemplo, de esta manera: “A partir de este momento, los estadounidenses dejarán de irrumpir en las casas y bloquear calles y carreteras, las operaciones militares terminarán y los afganos se sentirán libres en su propio país. Y si los estadounidenses vuelven a entrar por la fuerza a la casa de alguien, este acuerdo no será firmado”.

Esta formulación vino de boca de Karzai, cuando presentaba en la Loya Jirga su visión de compromiso sobre la presencia militar extranjera. Las operaciones militares continúan, pero las perspectivas y obligaciones quedaron anunciadas.

Según diplomáticos occidentales, Karzai está jugando con fuego, al entrar en conflicto con EEUU. Pero todo indica que él mismo aún guarda la esperanza de poder repetir las ingeniosas combinaciones de sus insignes predecesores que sabían aventajarse a todos sus amigos y enemigos en el “gran juego” por el poder en Afganistán. Un juego sin reglas, ni amigos.