Por Patrick Cockburn
Por Patrick Cockburn
Sin embargo, hay otra razón para explicar el motivo por el cual las potencias occidentales se han abstenido de denunciar a Arabia Saudí y a otros líderes del Golfo por su propagación del odio religioso. Para Osama bin Laden, el enemigo principal de los norteamericanos y líder para la gran mayoría de los yihadistas sunníes, incluyendo los de Al Qaida en Iraq y en Siria, el objetivo principal eran los shiíes. Son los shiíes los que están muriendo por millares en Iraq, en Siria y en Pakistán, e incluso en los países donde ellos son poco numerosos, como en Egipto. Supongamos que un uno por cierto de estos brutales ataques hubieran sido dirigidos contra objetivos occidentales en lugar de contra musulmanes shiíes. ¿Habrían sido entonces los norteamericanos y los británicos tan conciliadores con los saudíes, los kuwaitíes y los emiratíes?
Todos los drones del mundo, que disparan sus misiles contra localidades pashtunes en Pakistán y otras en Yemen o en Somalia, no servirán de mucho si los yihadistas en Iraq y en Siria deciden un día -como hizo Osama bin Laden antes de ellos- que sus principales enemigos no son los shiíes sino EEUU y Gran Bretaña. Los servicios de seguridad se verán entonces enfrentados a los movimientos yihadistas en Iraq, Siria y Libia, donde éstos han formado a centenares de fabricantes de bombas y de kamikazes. Este año se han ido publicando vídeos de Siria, que muestran a los no sunníes decapitados por motivos sectarios. Estos vídeos parecen haber comenzado a sacudir la indiferencia de las potencias occidentales con respecto al yihadismo sunní.
El gobierno de Arabia Saudí estuvo en un principio situado en la retaguardia, dejando a Qatar la misión de financiar a los rebeldes en Siria. Sin embargo, este año ha comenzado a tomar el dossier sirio en sus manos. Los saudíes quieren marginar a los grupos vinculados a Al Qaida,como el EIIS y el Frente al Nusra, mientras arman a los otros grupos yihadistas con el fin de derrocar a Bashar al Assad.
Los responsables de la política saudí en Siria -el ministro de Exteriores, príncipe Saúd al Faisal; el jefe de los servicios de inteligencia, príncipe Saúd al Faisal; y su hermano, el viceministro de Defensa, príncipe Salman bin Sultan- están gastando miles de millones de dólares para crear un “ejército yihadista sunní” de alrededor de 40.000 a 50.000 soldados. Varios señores de la guerra locales se han unido ya para compartir el dinero saudí por el que ellos sienten un entusiasmo mayor de lo que es su voluntad de luchar.
La iniciativa saudí se ha visto en parte alimentada por la ira de Riad con respecto a la decisión del presidente Barack Obama de no ir a una guerra contra Siria después del incidente de las armas químicas del 21 de agosto. La cólera de Arabia Saudí se ha visto exacerbada por el acuerdo interino de las seis potencias internacionales con Irán con respecto a su programa nuclear.
Al salir de la sombra en Siria, los saudíes han cometido probablemente un error. Su dinero no les permitirá comprar gran cosa. La unidad artificial de los grupos rebeldes alrededor del dinero saudí no va a durar. Ellos se verán desacreditados a los ojos de los yihadistas más fanáticos así como de los sirios en general y serán considerados como títeres de los servicios de inteligencia de Arabia Saudí. La dividida oposición se verá aún más fragmentada. Jordania podrá haber recibido en su territorio a los saudíes y a una multitud de otros servicios extranjeros, pero no quiere ser el punto de reunión de un ejército anti-Assad.
Así pues, el plan saudí parece condenado al fracaso desde el principio, pero podría provocar muchos muertos sirios antes de ser abandonado.