Geoestrategia

Un western llamado Ucrania

Victoria | Domingo 29 de diciembre de 2013

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EEUU quisiera que el derribo de la estatua de Lenin en Kiev hubiese significado algo más que un arranque nacionalista, una furia ciudadana contra el mobiliario urbano. Occidente sigue teniendo una fascinación fetichista por los símbolos de la URSS, aunque al mismo tiempo celebra cada vez que son pisoteados.

Por Javier C. Escalera




 

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Por Javier C. Escalera

EEUU quisiera que el derribo de la estatua de Lenin en Kiev hubiese significado algo más que un arranque nacionalista, una furia ciudadana contra el mobiliario urbano. Occidente sigue teniendo una fascinación fetichista por los símbolos de la URSS, aunque al mismo tiempo celebra cada vez que son pisoteados.

Ucrania tiene dos almas: una quiere seguir el ejemplo polaco, entrar en el juego de la Unión Europea. La otra necesita la cooperación con empresas rusas. En ese pedazo de tierra engarzado entre Europa y Rusia, libran un pulso fuerzas que Kiev no puede controlar.

Durante las dos últimas semanas Occidente ha recordado que existe un país llamado Ucrania. Las crisis que azota a esos cuarenta y cinco millones de habitantes dura ya desde 2009, pero ha tenido que extenderles la mano la UE para que salgan en los telediarios.

Rusia también ha reaccionado con lentitud. El coqueteo de Kiev con Bruselas data de 2012 y Moscú desde entonces ha roto algunos puentes del comercio con Ucrania. La jugada ha resultado dolorosa para Kiev, sobre todo porque el desenlace no parecía llegar jamás.

Esta acumulación de tensión entre este y oeste en una tierra tan hastiada como la ucraniana ha sido la que ha propiciado esta especie de western entre Rusia y Occidente. El escenario no ha sido el árido suelo de un pueblo abandonado, sino las calles atestadas por una multitud indignada con su presidente y con el Gobierno. Un río revuelto donde Occidente, y sobre todo EEUU, creyó que podría pescar algo. Así, los senadores de EEUU, John McCain (republicano), y Chris Murphy (demócrata), expresaron hace una semana el apoyo de su país a la oposición europeísta ucraniana. No lograron gran cosa del Gobierno, con quien también hablaron, pero fueron aclamados por las miles de personas que llenaban la Plaza de la Independencia de Kiev.

McCain saludó por las calles de la capital a los opositores y se reunió con los dirigentes antigubernamentales: entre ellos estaba no sólo el europeísta UDAR (Golpe), que tanto gusta a la canciller alemana, Angela Merkel. McCain se reunió con su líder, Vitali Klitschkó, pero también con el responsable de Batkivschina (Patria), Arseni Yatseniuk. Y, claro, charló amigablemente con el líder de Svoboda (Libertad), Oleg Tiagnibok. Son los principales dirigentes de las protestas que estallaron por el rechazo del Gobierno a firmar el Acuerdo de Asociación con la UE. Pero es poco probable que McCain supiese mucho más de ellos más allá de ese dato. Y si lo sabía, debería haber sido más cauto.

Tiagnibok es un nacionalista de pura cepa que difícilmente puede encajar cómodamente en los esquemas oficiales de Europa y EEUU. Desde su partido se han repartido camisetas contra los judíos y han solicitado en el parlamento que los investigue. También han pedido prohibir el partido comunista y vetar a los que no son 100 % ucranianos en determinados puestos en la sociedad. Es poco probable que el lobby judío, que tanto interviene en Washington, aceptase a un político así en alianza con un senador de EEUU. Pero parece que el pulso contra Moscú hace extraños compañeros de cama.

"Hace una semana cayó Lenin y ello es una señal de la liberación de Ucrania", dijo en los días de mayor agitación a su vez el líder del partido nacionalista Svoboda. Comparó el derribo de la estatua del líder de la revolución bolchevique con la caída del Muro de Berlín. Los europeos, que siguen comprando miniaturas y recuerdos de la URSS cuando visitan los mercadillos de San Petersburgo, han quedado torpemente deslumbrados por la imagen de Lenin contra el suelo. Como si de verdad Ucrania se estuviese liberando -o intentando liberar de Rusia- cuando en realidad hace tiempo que se emancipó: pero de la URSS, que es una cosa bien distinta. La población rusófona, que no rusa, del este del país no quiere renunciar a su nacionalidad. Simplemente consideran que el idioma ruso y el vínculo con Moscú es parte de una identidad centenaria. Y aunque no rechazan la idea de Europa, creen que el país no está preparado para asumir el reto.

EEUU ha preferido cerrar los ojos a la realidad ucraniana. Incluso en senador McCain osó pronunciar la palabra "democracy" en sus deseos para el país, cuando Ucrania tiene todavía recientes las elecciones parlamentarias y su presidente ganó limpiamente -aunque por un margen muy escaso- las elecciones. Lo más irónico es que, antes de estrechar la mano de los ucranianos, venía de entrevistarse con diversos gobernantes árabes totalmente ajenos a la práctica democrática. Pero parece que McCain no tiene problema con las tiranías si sirven a su metrópoli.

No fue el primer líder en llegar del extranjero para denunciar -en un acto que es una contradicción en sí mismo- la injerencia rusa. Durante esa semana también visitaron la capital ucraniana la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, y la secretaria adjunta para Asuntos Europeos y Eurasiáticos del Departamento de Estado de EEUU, Victoria Nuland, quienes llamaron a Yanukóvich a entablar con urgencia un diálogo con la oposición. El presidente les hizo caso, pero la oposición -que legítimamente pide que se marche el presidente pero que tiene que admitir que su permanencia en el poder es legal- tildó de simulacro la cita y se fue con un portazo.

Ahora Ucrania desaparece de los titulares en los medios occidentales. Rusia ha cerrado el trato, jugoso para los intereses de Kiev, y los europeos volverán a olvidar pronto dónde está ese país que casi se convierte en su socio.

Fuente: La Voz de Rusia