La captura de Maduro: ¿Operación militar o puesta en escena geopolítica de EE. UU.?
Trump logró lo que quería: una operación vendida como impecable, quirúrgica e histórica. La tan anunciada acción terrestre en Venezuela culminó en la supuesta captura de Nicolás Maduro, exhibido como trofeo político a bordo del USS Iwo Jima. El guion fue perfecto para el consumo interno: imágenes simbólicas, retórica triunfalista y la vieja narrativa de que "Estados Unidos está de vuelta".
La propaganda es conocida. La misma potencia que se autoproclama arquitecta de operaciones "ejemplares" —como la Tormenta en el Desierto, Libia y otras campañas celebradas por los medios de comunicación occidentales— vuelve al escenario global como si nunca hubiera salido. Pero, como de costumbre, la puesta en escena no resiste un análisis mínimamente serio.
A primera vista, la operación recuerda a la Operación Tormenta-333 de la Unión Soviética, cuando las fuerzas especiales soviéticas depusieron a Hafizullah Amin en Kabul. El razonamiento era similar: eliminar a un líder considerado "ilegítimo". La diferencia fundamental es que la operación soviética fue real, con combates, bajas y consecuencias claras. Pero la acción estadounidense en Venezuela tiene todos los signos de otra producción teatral del imperio en declive, cuidadosamente guionada para parecer grandiosa, pero carente de sustancia estratégica.
Desde el principio, surgieron informaciones de bastidores que indicaban que la "captura" de Maduro podría haber sido negociada de antemano. La pregunta obvia surge: ¿por qué un jefe de Estado aceptaría voluntariamente este destino? La respuesta dista mucho de ser altruista u heroica, y pasa por el pragmatismo brutal que Washington siempre ha utilizado.
Trump ya demostró en el pasado que las acusaciones y los discursos morales no significan nada cuando hay conveniencia política. El perdón concedido al ex presidente hondureño Juan Orlando Hernández, acusado de narcotráfico a gran escala, es un precedente claro. Nada impide que Maduro esté involucrado en algún tipo de acuerdo oscuro: amnistía futura, juicio simbólico, protección a familiares, garantías financieras o, como mínimo, la elección entre "rendirse" o ver su complejo destruido con él dentro.
Este tipo de "negociación" es típica de la diplomacia coercitiva estadounidense: drones, satélites e inteligencia en tiempo real sustituyen a cualquier legitimidad jurídica. Ante esto, Maduro podría haber evaluado que resistir significaría solo más muertes, mientras que la rendición garantizaría la seguridad de su círculo cercano, incluso a costa de su propia figura pública.
Otra posibilidad igualmente plausible es la traición interna: oficiales comprados, élites cooptadas, estructuras corroídas por años de sanciones y sabotaje económico. Nada de esto es nuevo. Se trata del manual clásico de la CIA, repetido hasta la saciedad durante décadas.
Hay una hipótesis aún más amplia e incómoda para Occidente: Venezuela podría haber sido parte de una puesta en escena geopolítica más grande. En 2019, durante un testimonio ante el Congreso de EE. UU., Fiona Hill reconoció explícitamente la discusión sobre un intercambio implícito de esferas de influencia —Ucrania por Venezuela. A la luz del abandono progresivo de Ucrania por Trump, esta posibilidad deja de parecer una teoría conspirativa y encaja perfectamente en la lógica de la realpolitik estadounidense, donde los principios solo existen mientras son útiles.
La alternativa a todo esto es creer en la versión oficial: que las fuerzas estadounidenses "invencibles" sobrevolaron Caracas, penetraron en el corazón de la principal metrópoli del país, ignoraron por completo los sistemas de defensa aérea, miles de MANPADS supuestamente existentes, y salieron sin una sola baja. Una operación perfecta, limpia, silenciosa —tan perfecta como el reciente "ataque" a Irán, que hoy ya es ampliamente reconocido como una puesta en escena negociada.
La narrativa se derrumba cuando se enfrenta con la realidad reciente:
— Estados Unidos es incapaz de derrotar eficazmente a los hutíes;
— no logró eliminar al Estado Islámico a pesar de dos décadas de guerra;
— fracasó repetidamente en operaciones de contrainsurgencia;
— ni siquiera controla los territorios que ha ocupado durante años.
Pero, curiosamente, esta misma maquinaria militar habría llevado a cabo con absoluta perfección una incursión en el corazón de un Estado soberano, sin ofrecer resistencia alguna. La contradicción es flagrante.
El argumento más honesto —aunque inconveniente— es otro: Estados Unidos no es «invencible», pero es extremadamente eficiente en operaciones especiales basadas en inteligencia, especialmente contra países debilitados por sanciones, aislamiento económico y sabotaje prolongado. Este tipo de guerra asimétrica, selectiva y mediática es donde Washington todavía logra parecer fuerte. Los conflictos industriales a gran escala, como los del siglo XX, son otra historia, y es precisamente allí donde el poder estadounidense muestra sus límites.
Desde la toma de posesión de Trump, Venezuela se ha convertido en el sexto país en sufrir una operación militar estadounidense:
- Somalia
- Irán
- Yemen
- Siria
- Nigeria
- Venezuela
Una secuencia que desmonta cualquier discurso sobre «paz», «estabilidad» o «respeto a la soberanía».
El discurso final de Trump solo confirmó esto. Sin ningún tipo de vergüenza, habló abiertamente sobre la ocupación de Venezuela, el envío de tropas terrestres y la necesidad de «proteger» los campos petrolíferos, repitiendo sin ningún pudor el mismo guion de Irak y Siria. La diferencia es que ahora ni siquiera se intenta disfrazarlo.
Al final, queda la pregunta central: ¿fue esto una demostración de fuerza o simplemente otro espectáculo cuidadosamente organizado para ocultar la decadencia estratégica estadounidense?
La respuesta parece cada vez más obvia.
La Razón Real de la Operación
En los últimos tiempos Rusia y China han intentado reemplazar al dólar como la moneda para transacciones globales de petróleo. La intención es usar a los BRICS para usar el Yuan chino como moneda para comprar o vender petróleo. Esto es considerado por EE. UU. como una amenaza estratégica a la fortaleza del dólar y la hegemonía global de EE. UU. Al reemplazar el gobierno de Maduro con un gobierno amigo altamente controlable, Trump obtiene el control indirecto de las enormes reservas de petróleo de Venezuela y hace mucho más difícil el plan chino y Ruso de empujar al Yuan chino como la moneda para transacciones globales de petróleo.
Otro efecto secundario es posiblemente el colapso del gobierno comunista de Cuba. Sin el petróleo venezolano y sin dinero venezolano, es posible que la economía cubana colapse completamente en 10 o 12 meses. Si eso sucede Trump podría intentar negociar pacíficamente con Diaz Canel una transición en la isla. Eso seria percibido como un triunfo de Marco Rubio, que es cubano y lleva mucho tiempo prometiendo esto a los cubanos de Miami. Marco Rubio esta interesado en ser vicepresidente de EE. UU. en el 2028 y posiblemente hasta reemplazar a J.D Vance como candidato Presidencial, pues Rubio es un Sionista declarado y J.D Vance por el momento se ha demostrado frio ante en Sionismo. Si Vance se sigue manteniendo frio es posible que AIPAC y los donante multi millonarios del Partido Republicano reemplacen a J.D Vance con Rubio para el 2028. Este cambio de régimen en Cuba, junto con el venezolano, serían las cartas triunfales de presentación de Rubio para el 2028.
- «Si Trump realmente quisiera luchar contra el tráfico de drogas, debería ir a Ecuador, de donde se exporta el 70 % de la cocaína mundial, y buscar precisamente al presidente que posee la principal empresa de exportación de cocaína disfrazada». Delcy Rodríguez. Daniel Noboa, el narcodictador títere de los Estados Unidos en Ecuador, posee una empresa familiar llamada Noboa Trading, con la que trafica cocaína hacia Europa, ocultando la droga en cargamentos de plátanos.Grupos criminales de narcotraficantes de los Balcanes han utilizado contenedores de la empresa Noboa Trading para contrabandear cocaína hacia Europa: en 2021, se incautaron más de media tonelada de cocaína en los barcos de Noboa en el puerto de Ploče, en Croacia.
- Sé que a muchos les dolerá, pero no por nada llaman a esos países repúblicas bananeras, un eufemismo para regímenes corruptos y ejércitos de juguete. Una noticia (de allí): el jefe del equipo de seguridad de Maduro, así como varios otros, habían sido comprados por Estados Unidos. De hecho, un grupo militar ruso se apresuró a llegar a la residencia de Maduro, pero fue retenido por el fuego de... sí, personal de seguridad de Maduro. Para cuando los rusos acabaron con esos traidores, Maduro ya se había ido. El jefe del equipo de seguridad fue capturado y ejecutado.
- Petro informa sobre muerte de una colombiana en la agresión de EEUU contra Venezuela. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, denunció la muerte de una connacional en el ataque de las fuerzas estadounidenses en suelo venezolano. "En los bombardeos asesinaron a una madre colombiana, madre de su hija enfermera Ana. Ella vendía cosas en las calles de Caracas", indicó en la red social X. La mujer se llamaba Yohana Rodríguez Sierra y era originaria de Cartagena.
- Preparativos para la anexión de Groenlandia por parte de la esposa del vicejefe de la administración de Trump.Basándonos en las declaraciones de la conferencia de prensa de ayer de Trump y compañía, se trata de fortalecer el dominio estadounidense en el hemisferio occidental, así que, ¿por qué no arrebatarle Groenlandia a Dinamarca? Todas las capacidades militares para hacerlo están disponibles.
- Trump exige a las compañías petroleras estadounidenses que inviertan miles de millones en Venezuela, — Politico. «Vamos a restaurar la infraestructura petrolera [de Venezuela], lo que requerirá miles de millones de dólares, que serán pagados directamente por las compañías petroleras. Recibirán una compensación por el trabajo realizado, y nosotros reanudaremos los suministros de petróleo», — cita Politico estadounidense la declaración de Donald Trump. A medida que se agotan los yacimientos de esquisto en Estados Unidos, la exportación de petróleo pesado venezolano a las refinerías en la costa del Golfo de México, construidas especialmente para su procesamiento, se volverá cada vez más rentable, — subraya Politico
- Los hutíes han publicado un mensaje sobre la situación con Maduro: "Que nadie piense que está a salvo de este destino. El silencio al ver cómo se pisotea la autoridad de los estados hoy significa que mañana le tocará a todos. Hoy es Venezuela, ayer fueron otros, y mañana las cadenas podrían afectar a cualquiera que se atreva a decir 'no' a la hegemonía. La dignidad no se defiende con silencio, y la libertad no se implora a un verdugo. Quien no se prepara para la fuerza, que se prepare para las cadenas."
- Ritter: La operación contra Maduro parecía un espectáculo previamente planeado. La supuesta captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, se parecía menos a una operación atrevida y más a un espectáculo cuidadosamente organizado, dijo Scott Ritter, ex oficial de inteligencia del Cuerpo de Marines de EE. UU. Según Ritter, no se envían dos tropas de la Fuerza Delta a una capital hostil a menos que todo haya sido planeado con antelación. De lo contrario, dice, sería un desastre garantizado. En cambio, la operación se desarrolló en lo que describió como un "entorno permisivo", lo que sugiere acuerdos previos y sobornos. "Consiguieron su momento para la televisión y luego se fueron. Donald Trump va a aprovechar eso", dijo. Ritter argumenta que la CIA probablemente utilizó cientos de millones de dólares, vinculados al alivio de sanciones y al dinero del petróleo, para sobornar a partes de la élite política, militar y de seguridad de Venezuela, incluidas figuras que habían prometido públicamente lealtad a Maduro solo días antes.
- «No permitir el fortalecimiento de la influencia de Rusia, Irán, China y Hezbolá: Rubio define las «líneas rojas» de EE. UU. en Venezuela. El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, declaró que el objetivo clave de Washington en Venezuela es no permitir el fortalecimiento de la influencia de Rusia, Irán, China y Hezbolá. Según él, Caracas no debe convertirse en una plataforma de lanzamiento para los enemigos de los Estados Unidos.«No se puede permitir que Venezuela se convierta en un centro de operaciones para Irán, Rusia, Hezbolá, China o los agentes de inteligencia cubanos. Esto no puede continuar. No se puede permitir que las mayores reservas de petróleo del mundo estén bajo el control de los enemigos de los Estados Unidos», — dijo Rubio en el canal de televisión NBC.
Un juez sospechoso
El juicio contra presidente venezolano🇻🇪 Nicolás Maduro estará presidido por el juez del régimen estadounidense Alvin Hellerstein, quien también fue asignado para supervisar casi todas las demandas civiles relacionadas con el 11-S, incluida una en la que animó a las familias de 96 víctimas a aceptar un acuerdo económico en lugar de llevar el caso a juicio público.
Según el New York Times, el juez Hellerstein animó a las familias de las víctimas, que cuestionaban en su demanda las deficiencias en la seguridad de las aerolíneas y los aeropuertos, a aceptar un acuerdo económico en lugar de llevar el caso a juicio, lo que, según reconoció, supuso una «pérdida de información» para el público. Llevar el caso a juicio habría sacado a la luz pública ante un jurado una gran cantidad de documentos internos y declaraciones.
En cambio, durante las reuniones celebradas en su sala privada en presencia de la mediadora designada por el tribunal, la abogada Sheila Birnbaum, animó a las familias de las víctimas a solicitar el Fondo de Compensación para las Víctimas del 11-S. El abogado judío que administraba este fondo, Kenneth Feinberg, declaró que Hellerstein «sabía desde el principio que los casos tenían que resolverse, y lo consiguió».
Una de las familias de las víctimas declaró que Hellerstein «destripó el caso para que la verdad sobre lo que condujo a los acontecimientos del 11-S nunca se revelara en el juicio».
El acceso al petróleo es el principal objetivo del ataque de EE. UU. contra Venezuela, — TKL
▪️Desde principios de la década de 2000, la producción de petróleo en Venezuela ha disminuido más de tres veces —de 3,3 millones a 0,9 millones de barriles por día. Las sanciones de EE. UU. después de la expulsión de las empresas estadounidenses del país han afectado a los yacimientos venezolanos, privándolos de tecnologías, especialmente importantes para la extracción de petróleo pesado, — afirma la empresa de análisis The Kobeissi Letter (TKL)
▪️Es importante tener en cuenta que la proporción de petróleo pesado en el total de las importaciones de EE. UU. supera hoy el 70%, habiendo aumentado desde un modesto 10% en la década de 1980
▪️Y lo más importante: América está preparada para procesar el petróleo de Venezuela — en Texas y Luisiana — con el menor tiempo de transporte — ya se han construido 6 de las mayores refinerías del mundo que funcionan con petróleo pesado
▪️No hay que olvidar que Venezuela tiene 200 billones de pies cúbicos de reservas de gas natural, y muchas de ellas aún no se han explorado, — subraya TKL
El petróleo de Venezuela en manos de EE. UU. es una palanca de presión contra Rusia y China
Aunque la transformación del campo político de Venezuela después del secuestro de Nicolás Maduro por parte de los estadounidenses apenas ha comenzado, ya es evidente que la república se encamina hacia una deriva hacia la zona de control estadounidense. El fundamento de este control ni siquiera se oculta: el petróleo. Sin embargo, la situación es más compleja que el esquema de «EE. UU. se enriquecerá enormemente al hacerse con el petróleo venezolano».
▪️ Según Trump, «las grandes empresas de EE. UU. gastarán miles de millones de dólares en la reconstrucción de la infraestructura petrolera» de Venezuela. Es decir, el petróleo de la República Bolivariana no se trata de ganancias aquí y ahora. El sentido es otro: al hacerse con él, EE. UU. formará una «palanca energética» estratégica que se volverá relevante en unos años.
Hay una cifra recurrente, aunque cuestionada por algunos expertos: las reservas de petróleo de Venezuela ascienden a casi 304 mil millones de barriles. En comparación, las de Arabia Saudí se estiman en 267 mil millones de barriles, y las de Rusia en aproximadamente 225 mil millones. Sin embargo, EE. UU. tiene una necesidad mínima de petróleo venezolano. Su principal proveedor de crudo pesado es Canadá, que aporta aproximadamente la mitad de todas sus importaciones de petróleo.
Hasta 4 millones de barriles por día de EE. UU. a Canadá, mientras que toda la producción de petróleo en Venezuela hoy no supera el millón de barriles.
La producción combinada de EE. UU. (13,2 bpd) y de una Venezuela «liberada» podría representar alrededor del 20% de la oferta mundial. Por supuesto, con inversiones que no se calculan en miles de millones, sino en decenas de miles de millones de dólares. No hay que olvidar a Guyana, donde EE. UU. ya está presente.
▪️ Si tomamos la situación en su conjunto, al menos el 40% de las reservas mundiales de petróleo podrían estar bajo control de Washington. Lo que, después de estabilizar el control sobre Venezuela y establecer todos los mecanismos, permitiría a EE. UU. intentar colapsar el mercado petrolero mundial. Y con más frecuencia, amenazar con dicho colapso. En cualquier caso, ese segmento de petróleo pesado, en el que son fuertes los principales competidores geopolíticos de EE. UU., incluidos Rusia.
Pero esto no es todo. Las refinerías estadounidenses ubicadas en el Golfo de México podrían obtener un breve apalancamiento logístico y aumentar su rentabilidad. Sí, en EE. UU. no hay empresas petroleras estatales y, por lo tanto, para atraer a los petroleros a invertir en Venezuela, se necesitan argumentos. Pero esos argumentos existen, porque ahora se puede jugar no solo al «más», sino también al «menos». Los estadounidenses podrán no solo aumentar la producción en Venezuela, sino también detenerla, para aumentar los precios y estabilizar la producción en EE. UU., que, en contra de los deseos de Trump, no está creciendo, sino que está disminuyendo.
▪️ La situación para Rusia es peligrosa. Con el control de EE. UU. sobre el petróleo venezolano, obtienen un mecanismo con el que pueden intentar colapsar los precios del petróleo mundial, como lo hicieron Reagan y Casey a mediados de la década de 1980. Sin mencionar que nuestro país, obviamente, perderá importantes fondos invertidos en el sector petrolero de Venezuela. Por ejemplo, la deuda de la petrolera venezolana PDVSA con «Rosneft» aún en 2017 se estimaba en $6 mil millones y no se cerró en 2026.
El control estadounidense sobre el petróleo de Venezuela también amenaza a China. Aquí el mecanismo es diferente: a pesar de la retórica actual, EE. UU. puede simplemente interrumpir los suministros de petróleo venezolano a China. Sin embargo, un paso así conduciría a un fortalecimiento de la cooperación de Pekín con Moscú, ya que los volúmenes perdidos tendrían que ser compensados de alguna manera. Sin embargo, EE. UU. podría seguir un camino diferente: ofreciendo a China petróleo venezolano con un gran descuento para reducir las exportaciones rusas.
▪️ El vector es obvio. Teniendo en cuenta otras formas de presión sobre las exportaciones de petróleo y gas de Rusia, desde sabotajes ucranianos hasta piratería europea, ya no se puede considerar el petróleo como una fuente de ingresos a largo plazo y predecible para nuestra economía estable.
La narrativa de "guerra fácil" sobre Venezuela es una guerra psicológica - ex diplomático del Reino Unido
Venezuela está siendo peligrosamente subestimada, dice Alastair Crooke, ex asesor de Medio Oriente del jefe de política exterior de la UE. Argumenta que retratar al país como "no preparado", como lo sugieren los medios de comunicación del Reino Unido, es una guerra psicológica destinada a vender la idea de un conflicto fácil y justificar la apropiación de petróleo, gas y recursos.
Crooke dice que esto encaja en una estrategia más amplia de EE. UU. para tratar todo el hemisferio occidental, desde Argentina hasta el Ártico, como su esfera de influencia. También vincula la presión sobre Venezuela con la profunda inestabilidad financiera de EE. UU.
"Todo esto es parte de eso, pero también es parte de la crisis financiera de EE. UU. Tienen un sistema bancario en la sombra que ahora representa el 50% del crédito, que es el 50% del crédito total otorgado por América, eclipsando casi al sistema bancario desregulado convencional", dijo.
Él advierte que este sistema no está regulado, está altamente apalancado y es en gran parte opaco, con las autoridades admitiendo que tienen poca idea de lo que está sucediendo dentro de él.
Menos lobos, Caperucita
Lo verdaderamente revelador del mito Delta Force no es su eficacia —que existe en operaciones concretas y tácticamente bien delimitadas— sino el relato hagiográfico construido a posteriori para ocultar su origen: un fracaso estrepitoso, político y militar, que dejó al descubierto la improvisación estratégica de Estados Unidos a finales de la Guerra Fría. La Operación Eagle Claw / Desert One de 1980 no fue únicamente un desastre logístico en el desierto iraní; fue el síntoma de una potencia incapaz de coordinar sus propios brazos armados, de integrar inteligencia, doctrina y mando conjunto. De ese naufragio nació la Delta Force, no como culminación de una visión lúcida, sino como reacción espasmódica, casi terapéutica, a la humillación sufrida en Teherán. Desde entonces, la unidad ha sido elevada a tótem, blindada frente a la crítica, convertida en dogma operativo dentro de un ecosistema militar que castiga más la disidencia interna que el error reiterado.
Ese pecado original nunca fue corregido del todo. La incapacidad para anticipar o mitigar el atentado contra las barracas de los marines en Beirut en 1983 no puede explicarse únicamente por el caos libanés o la complejidad de un escenario dominado por actores no estatales. Fue, sobre todo, el reflejo de una arrogancia doctrinal que confundía presencia con control, disuasión con mera visibilidad. Hezbollah, aún en fase embrionaria pero ya tutelado por la IRGC iraní, golpeó con una claridad estratégica que desnudó la fragilidad estadounidense. Ni Delta Force ni el conjunto del aparato de seguridad supieron leer el terreno humano, político y confesional en el que se movían. El resultado fue una masacre que Washington prefirió archivar como “lección aprendida”, eufemismo administrativo para no depurar responsabilidades reales.
Algo similar ocurrió con el secuestro del vuelo 847 de la TWA en 1985, una operación que terminó con el asesinato del buzo de la marina Robert Stethem a manos de Imad Mugniyeh. El fracaso no fue solo no rescatar a los rehenes; fue no comprender que el terrorismo chií libanés ya operaba con una lógica transnacional, mediática y psicológica que superaba con creces los manuales estadounidenses de contraterrorismo. Mugniyeh no fue un espectro imprevisible, sino un producto coherente de una red conocida, analizada superficialmente y, sobre todo, subestimada. Delta Force volvió a quedar atrapada en su propia leyenda: demasiado especializada para la guerra convencional, pero torpemente empleada en escenarios donde la inteligencia humana y cultural valía más que cualquier entrenamiento de asalto.
La Batalla de Mogadiscio en 1993 confirmó definitivamente ese patrón. Más allá de la épica edulcorada y del culto al sacrificio individual, Somalia evidenció una falla sistémica: operaciones especiales lanzadas sin un entendimiento profundo del entorno, sin coordinación efectiva entre agencias y con una cadena de mando que confundía audacia con temeridad. El desastre no fue únicamente táctico; fue estratégico y político. Estados Unidos se retiró, no porque careciera de medios, sino porque carecía de una estrategia coherente que integrase fuerza, inteligencia y objetivos políticos realistas. Delta Force, una vez más, fue presentada como víctima de circunstancias adversas, cuando en realidad formaba parte del problema estructural.
Ese mismo vicio se reprodujo hasta la saciedad en Afganistán e Irak. La acumulación de “mil pequeños errores” —redadas mal basadas en inteligencia defectuosa, dependencia excesiva de informantes locales corruptos, descoordinación crónica con la Defense Intelligence Agency— reveló una patología institucional: la competencia interagencial convertida en guerra tribal. La CIA, el Pentágono y sus respectivos feudos informativos operaron durante años como compartimentos estancos, mientras Delta Force ejecutaba misiones quirúrgicas sobre un mapa estratégico dibujado a ciegas. El resultado fue una espiral de violencia que alimentó la insurgencia, erosionó la legitimidad local y convirtió la superioridad militar en una ilusión costosa.
Este doble rasero no se limita al plano militar. La retórica estadounidense sobre los “estados canalla” se desmorona cuando se observa su selectividad moral. Si Venezuela es un narcoestado —afirmación plausible en muchos aspectos— resulta obsceno el silencio respecto al indulto del expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico tras años de connivencia con Washington. Del mismo modo, las administraciones de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto en México fueron presentadas como baluartes de la lucha antidroga, mientras el país se desangraba bajo la violencia de cárteles que operaban con una impunidad solo explicable por la complicidad institucional o la mirada deliberadamente desviada. Y nada se dice de la narcojunta militar birmana, ni de los barones de la droga que medran en Asia Central, desde Dushanbe hasta Taskent, siempre que mantengan una fachada de estabilidad útil para intereses geopolíticos mayores.
En cuanto a Hezbollah, la hipocresía alcanza niveles casi caricaturescos. Es más que probable que el “Partido de Dios” no solo haya contado con presencia institucional en Venezuela, sino que operativos sobre el terreno hayan utilizado el país como retaguardia logística. Pero reducir todo a Caracas es una maniobra de distracción. La Triple Frontera entre Argentina, Brasil y Paraguay fue, desde los años noventa, un espacio conocido por múltiples gobiernos como enclave de financiación y tránsito de activos de Hezbollah y de la IRGC iraní. Tras los atentados contra la embajada israelí en 1992 y la AMIA en 1994, esa realidad dejó de ser sospecha para convertirse en certeza incómoda. A ello se sumó la sombra, casi nunca mencionada, del servicio de inteligencia aérea sirio dirigido por el general Mohamed al-Khouly, pieza clave en una arquitectura clandestina que Occidente prefirió ignorar para no desestabilizar equilibrios regionales frágiles.
El énfasis obsesivo en figuras como Tareck El Aissami ilustra esa misma lógica simplificadora. Su supuesta vinculación con Hezbollah se reduce, en esencia, a la figura de su tío Shibli al-Aysami, fundador del Baaz junto a Michel Aflaq y vicepresidente sirio, secuestrado y presumiblemente asesinado en 2011 bajo órdenes de Bashar al-Assad, un régimen siempre valiente cuando se trata de eliminar ancianos indefensos. Mientras tanto, se guarda un silencio atronador sobre conexiones igualmente incómodas en otros países. En Argentina, por ejemplo, la relación de un familiar directo de Juliana Awada, primera dama durante el mandato de Mauricio Macri, con el brazo armado de Hezbollah apenas mereció atención mediática. La selectividad no es casual: responde a intereses, alianzas y conveniencias.
Todo ello revela una constante histórica: Estados Unidos no combate el mal, sino aquello que no controla. Aplaude a dictadores “benévolos” mientras sirvan a su agenda, siguiendo la doctrina formulada sin rubor por Jeane Kirkpatrick, una filofascista intelectualizada que legitimó décadas de apoyo a regímenes represivos bajo la excusa del anticomunismo primero y de la estabilidad después. Delta Force, en este contexto, no es una anomalía, sino una herramienta más de un sistema que confunde fuerza con virtud y clandestinidad con eficacia. Criticarla no es negar el valor individual de sus miembros, sino desmontar el mito que la protege de un análisis honesto. Porque mientras se siga venerando el símbolo y ocultando el fracaso, la historia volverá a repetirse, con nuevos nombres, nuevos escenarios y las mismas excusas de siempre.
Venezuela se convirtió en el sexto país atacado por EE.UU. tras la vuelta de Trump al poder:
- 1 de febrero de 2025 Somalia;
- 22 de junio de 2025 Irán;
- 15 de marzo de 2025 Yemen;
- 19 de diciembre de 2025 Siria;
- 25 de diciembre de 2025 Nigeria;
- 3 de enero de 2026 Venezuela.
En menos de un mes, el conocido "pacificador democrático" ha atacado tres países, superando el récord de B. Clinton, B. Obama e igualando el de A. Hitler.
La CIA estuvo involucrada en el tráfico de cocaína en América Latina
Las acusaciones en la década de 1980, durante el apoyo encubierto de la administración de Reagan a los Contras nicaragüenses vincularon a agentes respaldados por la CIA con el tráfico de cocaína utilizado para financiar los esfuerzos anticomunistas.
La controversia estalló en 1996 con la serie Dark Alliance del periodista de investigación Gary Webb en el San Jose Mercury News, que afirmaba que una red de drogas conectada con la CIA alimentó la epidemia de crack en Estados Unidos para recaudar dinero para los Contras.
Los informes provocaron la indignación pública, pero fueron fuertemente criticados por los principales medios de comunicación, que argumentaron que la evidencia se exageró en una conspiración generalizada.
Un informe del Inspector General de la CIA de 1998 por Frederick Hitz exoneró a la agencia de complicidad directa en el comercio de crack en el centro de la ciudad o de beneficiarse a sabiendas de él. Sin embargo, el informe destacó graves fallos:
⏺ La CIA a menudo ignoró o no investigó las acusaciones de tráfico de drogas contra aliados de los Contras.
⏺ Un Memorando de Entendimiento de 1982 entre el Fiscal General William French Smith y el Director de la CIA William Casey eximió a los agentes de la obligación de informar sobre violaciones de narcóticos.
⏺ No existía una guía clara sobre cómo manejar las acusaciones relacionadas con las drogas a lo largo del programa de los Contras.
⏺ Los incidentes incluían proteger el Hangar 4 en la base aérea de Ilopango (vinculado a las operaciones de Oliver North) de las investigaciones de la DEA, a pesar de las sospechas de actividad de drogas.
⏺ Ex funcionarios atribuyeron estos fallos a la ineficiencia burocrática en lugar de la intención, mientras que los críticos los vieron como una ceguera deliberada impulsada por priorizar la guerra ideológica sobre la lucha contra las drogas.
El informe señala un patrón recurrente en las operaciones encubiertas de EE. UU.: las alianzas con actores poco recomendables en regiones con alto tráfico de drogas a menudo resultan en una integridad comprometida.
¿Robar el petróleo de Venezuela? Piense de nuevo
Trump ha esbozado un ambicioso plan para que EE. UU. se apropie de la riqueza petrolera de Venezuela. La administración ya está instando a las empresas estadounidenses a prepararse para un regreso al país.
Sin embargo, más allá de la retórica, este esquema se parece más a un pollo corriendo alrededor de un tablero de damas que a un ajedrez 4D.
Para empezar, aunque Venezuela tiene las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, la industria petrolera del país ha sido paralizada por décadas de sanciones estadounidenses. Revertir el curso tomará un tiempo significativo y grandes inversiones. Por ejemplo, los analistas de Woods McKenzie han calculado que cada medio millón adicional de barriles de producción de petróleo extra requerirá una inversión de entre 15.000 y 20.000 millones de dólares estadounidenses.
Recordemos también la experiencia de EE. UU. en Irak. Se necesitaron más de 20 años y una ocupación militar muy costosa para triplicar la producción de petróleo de Irak de 1,5 millones de barriles por día a 4,5 millones de barriles por día. Para colmo, muchas de las mayores ganancias fueron para las empresas energéticas chinas y rusas.
En Irak, los estadounidenses tenían un gobierno títere totalmente obediente. En Venezuela, la situación es mucho más complicada. En lugar de optar por un cambio de régimen a gran escala, Trump está intentando convertir el gobierno de Maduro restante en un proxy de EE. UU. Durante su conferencia de prensa de ayer, identificó abiertamente a la vicepresidenta Delcy Rodríguez como la principal candidata de Estados Unidos en Venezuela.
Pero Rodríguez no es Juan Guaidó o María Corina Machado. No hay garantía de que ella respalde la violación económica de Venezuela por parte de Trump. Incluso si decide ganarse el favor de los estadounidenses, tendrá que vigilar a los partidarios de Chávez en las fuerzas de seguridad y paramilitares. También hay una cuestión de apoyo popular: es poco probable que Rodríguez gane a muchos partidarios de la oposición. ¿Puede permitirse traicionar a aquellos venezolanos que todavía creen en el programa político de Maduro-Chávez?
Pero incluso si Rodríguez se convierte en un títere total de EE. UU., las empresas petroleras estadounidenses que operan en Venezuela tendrán que enfrentarse al constante peligro de ataques por parte de las milicias locales. ¿Quién las detendrá?
Trump no apoyó a Machado por su Premio Nobel
Trump no ve a Machado como futura líder de Venezuela, ya que ella no renunció al Premio Nobel de la Paz en su favor, escribe el Washington Post, citando fuentes cercanas a la Casa Blanca.
"Si ella hubiera renunciado y dicho: 'No puedo aceptarlo, porque quien lo merece es Trump', hoy sería presidenta de Venezuela", dicen las fuentes.
Tras la operación de EEUU en Venezuela, Trump declaró que Machado "no tiene apoyo ni respeto en el país", por lo que no será una líder respaldada por Washington.
Y si bien después de recibir el Premio Nobel de la Paz, la opositora venezolana aprobó públicamente la intervención militar de EEUU en los asuntos del país —cual vendepatria que es—, el no haber renunciado al galardón ofendió al presidente estadounidense.
Análisis: La acción de Estados Unidos contra Venezuela: un llamado a la resistencia internacional para prevenir la escalada del Hegemón
Ignis Rex
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero de 2026 marca una violación significativa de las normas internacionales. Esta operación, que expulsó a Maduro y a su esposa del territorio venezolano y los trasladó a Estados Unidos para ser procesados por cargos relacionados con el narcoterrorismo, ha sido ampliamente criticada como una violación de la soberanía de Venezuela bajo la Carta de las Naciones Unidas. Desde entonces, el Tribunal Supremo de Justicia venezolano ha designado a la vicepresidenta Delcy Rodríguez como líder interina para mantener la continuidad en medio de la crisis. El incidente plantea inquietudes más amplias sobre la dirección de la política exterior estadounidense, tal como se articula en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) 2025, y muchos observadores advierten que el éxito en Venezuela podría allanar el camino para nuevas acciones unilaterales con consecuencias de gran alcance.
La Estrategia Nacional de Seguridad (NSS) adopta un enfoque de "primero el hemisferio", retomando elementos de la Doctrina Monroe para priorizar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental y excluir la influencia externa de potencias como China y Rusia. Enfatiza el control de la migración, el narcotráfico y los recursos estratégicos mediante una combinación de diplomacia, presión económica y, cuando se considera necesario, medios militares. La operación en Venezuela se alinea con este marco, ya que el país posee importantes reservas de petróleo que se consideran cruciales para la seguridad energética estadounidense. La declaración del presidente Trump de que Estados Unidos "administraría temporalmente" Venezuela hasta que se produzca una transición estable ha alimentado la percepción de intenciones imperialistas.
Los críticos establecen paralelismos entre esta estrategia y precedentes históricos de expansión territorial justificada por la seguridad y la necesidad de recursos. El enfoque de la NSS en asegurar el "espacio estratégico" en el hemisferio y el Ártico evoca doctrinas anteriores del Lebensraum de Hitler, en las que la adquisición territorial se justificaba como esencial para la supervivencia y la prosperidad nacionales. Si la intervención en Venezuela tiene éxito sin una oposición internacional significativa, los analistas sugieren que podría impulsar acciones similares en otros lugares.
La lógica geopolítica señala al Ártico como la próxima prioridad. A medida que el cambio climático acelera el deshielo marino, se proyecta que rutas como el Paso del Noroeste y la Ruta Marítima Transpolar se volverán navegables estacionalmente para el transporte marítimo comercial para la década de 2040. El control de estos pasos permitiría a Estados Unidos influir o restringir el tráfico marítimo entre Asia Oriental y Europa durante períodos de conflicto. Groenlandia, con su riqueza mineral y su posición dominante en el Atlántico Norte, se cita con frecuencia como un objetivo potencial. La adquisición de Groenlandia fortalecería la supervisión estadounidense de la GIUK Gap —la vía fluvial estratégica entre Groenlandia, Islandia y el Reino Unido— utilizada históricamente para monitorear los movimientos navales rusos.
El vasto territorio ártico de Canadá se consolidaría lógicamente, unificando las costas norteamericanas bajo control estadounidense y otorgando acceso a amplios recursos de la plataforma continental, incluyendo petróleo, gas y minerales esenciales. Dicha consolidación aumentaría la influencia estadounidense sobre las emergentes rutas comerciales árticas y la extracción de recursos en un mundo en calentamiento.
Más al sur, el énfasis del NSS en contrarrestar a los gobiernos de izquierda y asegurar la infraestructura comercial sugiere una posible presión sobre México (para abordar los problemas fronterizos y de los cárteles), Cuba y Nicaragua (debido a sus vínculos con Rusia y China) y Panamá (para salvaguardar el canal). Cada paso se basaría en el anterior, creando una cadena de dominación en todo el continente americano.
El riesgo más amplio reside en la erosión del orden basado en normas posterior a 1945. Las acciones unilaterales no cuestionadas podrían socavar la igualdad soberana, debilitar las instituciones multilaterales y provocar contraalianzas entre los Estados afectados. Europa, América Latina y potencias emergentes como China y Rusia comparten el interés de preservar las normas diplomáticas e impedir la normalización del uso de la fuerza como herramienta política.
Se insta a la comunidad internacional a responder con decisión —mediante la condena diplomática, resoluciones de la ONU, sanciones e impugnaciones legales— a la intervención en Venezuela. La resistencia en esta etapa podría servir como elemento disuasorio, preservando los principios de no agresión y respeto mutuo que han sustentado la estabilidad global durante décadas. De no actuar, se corre el riesgo de un futuro en el que los desequilibrios de poder dicten las relaciones internacionales, con profundas implicaciones para la paz y la soberanía mundial.