Política

España frente a Europa: contra la disolución de España en la UE

Administrator | Domingo 11 de enero de 2026
Emmanuel Martínez Alcocer
Asediada por múltiples frentes y enemigos, en España seguimos navegando entre la indiferencia de unos, la traición de otros y la ignorancia de otros muchos. Por eso no queda más remedio que actuar a modo de pájaros de mal agüero y advertir –sin miedo y sin esperanza– sobre los múltiples peligros que asedian a la nación política española, la nación con más solera del subcontinente europeo. Y es que España se encuentra hoy en una situación histórica paradójica: nunca había estado tan integrada en una estructura supranacional como la Unión Europea y, sin embargo, nunca había mostrado tanta indefinición política, tanta dificultad para reconocerse como sujeto histórico con capacidad operatoria propia. Una paradoja que no es accidental ni coyuntural, sino que es resultado de un proceso prolongado de disolución política, en el que la integración europea ha funcionado, no como ampliación de la potencia histórica, económica y política española, sino como su neutralización progresiva.
Para comprender este proceso que venimos padeciendo desde hace décadas es imprescindible recuperar críticamente la Idea de imperio: Eso sí, ha de recuperarse no como mito identitario ni como nostalgia restauradora, sino como categoría histórica y política objetiva, a partir de la cual dar cuenta de la estructura real que articuló durante siglos la presencia de España en el mundo, de su estar en el mundo. Desde una perspectiva materialista, el Imperio no es una idea psicológica ni un relato cultural, sino una forma de organización política compleja, definida por su capacidad para articular pluralidades –territoriales, jurídicas, lingüísticas, religiosas– bajo un orden común con pretensión de universalidad efectiva. Y el bloqueo actual frente a la Idea de imperio procede, en gran medida, de su reducción ideológica. O bien se la identifica con una dominación unilateral abstracta, o bien se la disuelve en un relato moral de culpabilización retrospectiva. Ambas lecturas, aunque opuestas en apariencia, comparten un mismo error: desconocen la racionalidad política interna del imperio. Un imperio no se mantiene durante siglos por la fuerza bruta, sino por su capacidad de eutaxia, es decir, por su potencia para mantener un orden político estable, articulado y reproductivo en contextos extremadamente diversos.
Y en España lo que cuenta es la Idea de imperio, no porque deba intentar serlo o porque debamos quedarnos en la rememoración nostálgica de ello, como decimos, sino porque procede del derrumbe del Imperio español. Es una de tantas de las consecuencias de ello, uno de los restos del naufragio. Así pues, el Imperio español fue precisamente eso: una estructura eutáxica de alcance planetario, no reducible a Europa ni explicable desde categorías estatales modernas. Operó como una red política compleja, en la que se entrelazaban elementos basales –económicos, demográficos, financieros– con elementos conjuntivos –organizativos, jurídicos, administrativos– y corticales –religiosos, comerciales, militares–. Es esa trabazón estructural y los resultados históricos que generaría lo que explica su duración, su capacidad de integración y su irradiación histórica, no ninguna supuesta misión moral abstracta.
Frente a esta realidad histórica, el discurso dominante en la España contemporánea oscila entre el autoodio españolista –en sus múltiples variantes– y el europeísmo acrítico. El primero asume sin mediaciones los esquemas de la leyenda negra y convierte la historia española en una anomalía patológica. El segundo propone una huida hacia adelante: la disolución de España en una Europa sublime presentada como horizonte indiscutible de modernidad. Ambos discursos, aunque se presenten como opuestos, convergen en un mismo resultado: la desactivación de España como sujeto político histórico.
La Unión Europea, lejos de constituir una nueva forma imperial, opera como una estructura administrativa y económica sin cierre político propio. Aunque con pretensiones de ello, para lo cual está erosionando cada vez más la soberanía de las naciones miembro. Y lo hace a través de mecanismos diversos como las sanciones, la deuda, las regulaciones y cuotas o la soga verde. Pero no es un imperio, ni siquiera un Estado en sentido fuerte, sino una superposición de normativas, burocracias y mecanismos financieros que tienden a erosionar las soberanías estatales sin sustituirlas por una soberanía política superior efectiva. Es un nefasto experimento de gobierno mundial, como va quedando de manera cada vez más patente desde la pandemia covidiana y tras el inicio de la Guerra de Ucrania. Un experimento que, de momento, no llega a más, pero con perniciosos efectos, ya que desde el punto de vista del materialismo, la UE carece de una verdadera capa basal, conjuntiva y cortical capaces de articular una figura estatal propia y eutáxica. Su cohesión se mantiene, fundamentalmente, por medios técnicos y económicos, por el interés de terceros actores –como Estados Unidos– y por las oportunidades que ofrece para los lobistas y corruptos y corruptores de diversa calaña, pero no por ser una estructura política sustantiva.
En este contexto, la integración de España en la UE no ha supuesto una ampliación de su radio de acción, sino una reconversión subordinada que comenzó por la demolición de su base industrial, clave para lograr la dependencia económica de los países. De ahí que el mayor sector económico de España actualmente sea el turístico. Así, desde la incorporación de España a la Unión Europea pasa de ser una sociedad política con una historia imperial propia a convertirse en una pieza funcional dentro de un engranaje ajeno, cuyos centros de decisión no controla y cuyos intereses no siempre coinciden con los suyos. La cesión progresiva de competencias –el del euro es un ejemplo fácilmente comprensible– no se ha traducido en una mayor capacidad de intervención global, sino en una pérdida de voz política efectiva, tanto dentro como fuera de Europa.
El efecto más grave de este proceso es la ruptura del eje hispánico. España, al quedar encerrada en el marco europeo, abandona de facto su proyección histórica hacia Iberoamérica. No porque esos vínculos hayan desaparecido, porque siguen ahí, son otro de los efectos del Imperio español, sino porque dejan de ser políticamente operativos. El espacio hispánico, que durante siglos funcionó como una realidad histórica estructurada, con lengua común, tradiciones jurídicas compartidas y circuitos económicos propios, queda reducido a una nebulosa retórica, gestionada desde categorías culturales impotentes o desde discursos identitarios sin potencia política. Por eso conviene insistir en esto: el mundo hispánico no es una invención ideológica ni una construcción sentimental. Es una realidad histórica objetiva, sedimentada a lo largo de siglos de articulación política imperial. Que hoy carezca de una forma política unitaria no significa que haya dejado de existir como campo de relaciones reales. Significa, más bien, que España ha renunciado a operar sobre ese campo, delegando su proyección exterior en estructuras que no reconocen ni priorizan esa dimensión histórica.
Desde esta perspectiva, queremos insistir de nuevo: la recuperación crítica de la Idea de imperio no implica un retorno imposible al pasado, sino una reactivación conceptual. Implica reconocer que la racionalidad imperial –la capacidad de articular pluralidades bajo un orden político común con proyección geopolítica– sigue siendo una categoría válida para pensar el presente. No como programa cerrado, sino como criterio de inteligibilidad frente a las ficciones europeístas que presentan la integración como destino inevitable y moralmente superior.
España se enfrenta así a una alternativa que no es ideológica, sino diapolítica. O bien acepta su disolución progresiva en una estructura europea que la reduce a mera periferia funcional, o bien recupera los instrumentos conceptuales necesarios para pensarse como sociedad política con historia propia, capaz de definir intereses, establecer alianzas y proyectarse más allá del marco europeo. Esta segunda opción no garantiza resultados automáticos, y dada nuestra realidad presente requeriría de muchos esfuerzos, sacrificios y conflictos, pero es la única que permite operar políticamente con racionalidad.
Porque, además, el problema de fondo no es sólo Europa, sino la renuncia de España a pensarse a sí misma fuera de las categorías impuestas por otros. Sin una reconstrucción crítica de su historia imperial, sin una reapropiación materialista de su trayectoria política real, España queda condenada a oscilar entre la culpabilización y la irrelevancia. Y una sociedad política que no puede reconocerse en su propia historia difícilmente puede intervenir con eficacia en la historia presente. Es una conditio sine qua non para que España volva a operar en el mundo siendo España y no una periferia más o menos útil de la Unión Europea y la OTAN.

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