Geoestrategia

La guerra real: economía productiva frente a economía financiera

Administrator | Domingo 18 de enero de 2026
Alexander Bukowsky
Más allá de los conflictos regionales, las disputas por recursos o las tensiones militares visibles, la confrontación central del siglo XXI es de naturaleza económica estructural. No se trata únicamente de quién controla territorios o materias primas —aunque eso sigue siendo relevante—, sino de qué modelo económico organiza la producción de valor real y cuál sobrevive mediante la expansión de valor ficticio.
En este sentido, la verdadera línea de fractura global se establece entre dos bloques diferenciados: por un lado, una economía real, productiva e industrial, cada vez más articulada en torno a los países BRICS; por otro, una economía financiera, especulativa y rentista, liderada por Estados Unidos, el mundo anglosajón y una Europa crecientemente subordinada.
Los datos macroeconómicos refuerzan esta lectura. Medido en términos de paridad de poder adquisitivo (PPA) —el indicador más adecuado para evaluar capacidad productiva real—, el bloque BRICS ya supera ampliamente al G7 en participación sobre el PIB mundial. Mientras las economías occidentales muestran un crecimiento anémico y una creciente financiarización, China, India y otras economías emergentes concentran la expansión industrial, el aumento del consumo interno y la inversión en infraestructuras estratégicas.
Esta divergencia no es coyuntural, sino estructural. El capitalismo occidental ha desplazado su centro de gravedad desde la producción hacia la ingeniería financiera, generando lo que Marx definía como capital ficticio: valor que se reproduce no mediante trabajo productivo, sino a través de deuda, derivados, inflación de activos y expectativas futuras. Wall Street no lidera la economía mundial porque produzca más, sino porque intermedia, valora y especula sobre lo producido en otros lugares.
Por el contrario, el eje BRICS apuesta —con contradicciones internas, pero con coherencia estratégica— por el fortalecimiento de la economía material: industria, energía, logística, tecnología aplicada y control de cadenas de suministro. Esta orientación explica tanto su resistencia a sanciones como su capacidad de absorción de crisis externas. No es casual que los principales corredores comerciales, energéticos y tecnológicos del mundo en expansión se desplacen hacia Eurasia, Asia-Pacífico y el Sur Global.
Desde una perspectiva gramsciana, esta disputa económica es inseparable de la crisis de hegemonía occidental. La superestructura ideológica liberal sigue proclamando liderazgo moral y normativo, pero su base material se erosiona. Cuando la economía real se desacopla de la economía financiera, la narrativa deja de sostenerse indefinidamente. De ahí la necesidad de intensificar la guerra cultural, mediática y simbólica: cuando el dominio material flaquea, el dominio ideológico se vuelve más agresivo.
En este marco, las guerras regionales funcionan como teatros secundarios de una confrontación mayor. No son el centro del conflicto, sino mecanismos de distracción, contención o desgaste dentro de una lucha sistémica entre dos modelos de acumulación. El objetivo estratégico no es solo debilitar al adversario militarmente, sino impedir que la economía real termine de emanciparse del sistema financiero occidental.
Así, la verdadera guerra de nuestro tiempo no se libra únicamente con misiles, sino con infraestructuras, monedas, producción industrial, energía y tiempo histórico. Y en esa guerra, la ventaja no pertenece necesariamente al que controla los mercados financieros globales, sino al que controla la capacidad de producir, sostener y reproducir la vida material de las sociedades.
Imperio en abstinencia: Estados Unidos como adicto crónico a la cocaína
La historia de las grandes potencias no es lineal; es una curva de consumo, tolerancia, dependencia y negación. Si la política exterior y la estructura económica de los Estados Unidos fueran un sujeto individual, el perfil clínico no sería el de un estratega racional, sino el de un adicto crónico a la cocaína: búsqueda compulsiva de estímulos intensos, incapacidad para reducir la dosis, negación del deterioro físico y mental, y agresividad reactiva ante la frustración.
La euforia inicial y la construcción del mito
La fase inicial de consumo de cocaína produce euforia, sensación de omnipotencia y descarga de dopamina. De forma análoga, el orden unipolar posterior a 1991 generó en Estados Unidos la creencia de que podía imponer su voluntad global sin resistencia significativa. Ese estado de euforia estructural —el “excepcionalismo americano”— fue construido sobre la combinación de poderío militar, dominio financiero y hegemonía cultural. Sin embargo, como en toda adicción, el efecto duro fue la acumulación de tolerancia: se necesitaban dosis más altas (guerras, sanciones, expansión de deuda) para obtener el mismo efecto de dominio. Esta fase cimentó tanto la ideología como la economía política estadounidense, imponiendo la lógica de intensidad sobre sustentabilidad.
Dependencia y búsqueda de estímulo: Wall Street y las narrativas
El adicto no consume para resolver una carencia, sino para evitar enfrentarla. De forma similar, la economía estadounidense ha transitado desde una base productiva hacia una de servicios, finanzas y simulación de valor. En 2024, alrededor del 77 % del empleo no agrícola de EE. UU. se concentra en sectores de servicios, mientras que la producción de bienes —que incluye manufactura real— representa menos del 13 % del empleo total. Esto revela una economía cada vez más centrada en actividades intangibles o redistributivas de riqueza, no en la producción material de valor. (Grokipedia)
El sector financiero, junto con seguros e inmobiliario, representa alrededor de 20–21 % del PIB EE. UU., un componente dominado por la revalorización de activos y la intermediación, no por la producción de bienes concretos. (Grokipedia) Desde el punto de vista marxista, esta tendencia indica una economía cada vez más divorciada de la economía real, dependiente de la especulación, la deuda y la expansión de expectativas de ganancia futura sin correlato material.
Este patrón de dependencia estructural se manifiesta también en el campo político. Donald Trump, con sus miles de mensajes en Truth Social y discursos grandilocuentes, funciona como la descarga compulsiva del adicto: cada tweet, cada exageración, cada ataque es un estímulo corto-placista que busca generar efecto inmediato —atención, reacciones, polarización— sin construir programas coherentes de largo plazo. La intensidad del discurso sustituye a la profundidad del análisis, igual que un chute sustituye a un tratamiento.
El complejo militar-industrial: la dopamina de la guerra
La adicción no se limita a la cocaína per se, sino a lo que la sustancia activa en el cerebro del sujeto. En el caso estadounidense, uno de los principales circuitos de “dopamina económica” es el complejo militar-industrial (CMI), la red de relaciones entre el Pentágono, contratistas de defensa y políticas públicas que configuran una fuente constante de contratos, beneficios y empleo. (Wikipedia)
En 2024, el gasto militar global alcanzó aproximadamente 2.718 billones de dólares, con Estados Unidos representando cerca de 997 mil millones o el 37 % del total mundial —una suma gigantesca en términos absolutos aunque en proporción de PIB se espera que disminuya hacia el futuro. (X (formerly Twitter)) En Estados Unidos, la industria aeroespacial y de defensa directamente emplea más de 2,2 millones de trabajadores, y su efecto multiplicador en la economía local puede expandirse significativamente por empleo inducido e indirecto. (Grokipedia)
Este sector no solo genera empleo; refuerza la narrativa de amenaza externa, legitima el presupuesto militar y establece un círculo vicioso: más conflicto → más contratos → más poder político para actores que favorecen más conflicto. Este patrón es equivalente a la necesidad de un adicto por generar constantemente estímulo para evitar el síndrome de abstinencia.
La ilusión de victoria: cada dosis como triunfo momentáneo
Cada “victoria” política proclamada —por ejemplo, un acuerdo comercial, una política de aranceles, o el repunte de activos bursátiles tras un evento geopolítico— funciona como la sensación efímera de control que experimenta un adicto tras una raya. En el caso del adicto, esa sensación se desvanece rápidamente, dejando una necesidad incrementada. En la lógica imperial estadounidense, cada “triunfo” mediático (mediante discursos, manipulaciones de mercados o intervenciones simbólicas) también se evapora, reconfigurando el terreno para la siguiente crisis.
Esta dinámica se refleja en la propia composición económica: sectores como la finanzas, seguros e inmobiliario capturan una proporción creciente del valor económico frente a la producción tangible, mientras la manufactura y la industria productiva pierden peso relativo. (Grokipedia) Una economía así no se sostiene sin historias —narrativas de liderazgo, promesas de regreso a la grandeza, repetición compulsiva de consignas— que funcionan como analgésicos ideológicos.
El tejido social manchado: ganancias, sangre y simulación
Si bien una porción de la población estadounidense participa directamente en empleo industrial y manufacturero —un 7,5 % del empleo no agrícola en manufactura en 2024— la mayoría vive en sectores que no producen bienes tangibles. (Grokipedia) Esto implica que una enorme fracción —hasta más del 80 % del empleo total— depende de actividades de servicios, administración, salud, comercio o finanzas, muchas de las cuales no generan valor productivo independiente sino redistribución y consumo. (Grokipedia)
La metáfora del adicto alcanza su punto más oscuro cuando se considera que los beneficios de la lógica militar y financiera no se obtienen sin costos humanos concretos: cada contrato de armas, cada intervención indirecta en conflictos, cada política de sanciones afecta vidas, infraestructuras y sociedades enteras fuera de EE. UU. El sistema que depende del despliegue de fuerza y la expansión financiera tiene manos manchadas de sangre, literal y figurativamente, por la externalización de costos humanos hacia regiones enteras del planeta.
Conclusión clínica
Un adicto crónico no está loco; está atrapado en un circuito neurológico de recompensa y castigo. De forma paralela, Estados Unidos no es irracional; sigue una lógica de corto plazo e intensificación que busca evitar el reconocimiento de su propio deterioro estructural. Trump, con sus proclamas constantes, no es la causa del problema, sino su síntoma más visible: cada arenga mediática es un impulso para sentir control allí donde este se ha perdido.
La pregunta esencial no es si el imperio colapsará, sino si puede restructurarse, aceptar sus límites y detener la búsqueda compulsiva de estímulo. La historia de las adicciones muestra que sin ese reconocimiento, la dependencia sólo se profundiza hasta que la economía —como el cuerpo del adicto— ya no puede sostener el costo de su propia negación.
Imperio, adicción y capital ficticio: Estados Unidos como sujeto dependiente en la fase terminal del capitalismo financiero
La analogía entre imperios y patologías no es literaria, sino analítica. En determinados momentos históricos, los Estados actúan como sujetos colectivos atrapados en dinámicas que reproducen comportamientos clínicos reconocibles. Este ensayo propone una comparación estructural entre el comportamiento geopolítico-económico de Estados Unidos y el de un adicto crónico a la cocaína, entendiendo la sustancia no como metáfora moral, sino como modelo de dependencia al estímulo inmediato.
Donald Trump y su producción discursiva —discursos, declaraciones y publicaciones en Truth Social— no serán tratados aquí como anomalías individuales, sino como manifestaciones visibles de una lógica sistémica que ya dominaba al capitalismo estadounidense: aceleración, negación del límite, euforia artificial y agresividad compensatoria.
  • La cocaína como forma social: aceleración, euforia y negación
  • En términos clínicos, la cocaína genera:
    • sensación de omnipotencia
    • reducción de la percepción del riesgo
    • verborrea y pensamiento fragmentado
    • dependencia psicológica al estímulo
    • colapso progresivo de las funciones reguladoras
    Estas características describen con notable precisión el comportamiento del capital financiero estadounidense desde finales del siglo XX. Como advirtió Marx en el Libro III de El Capital, el desarrollo del capital ficticio produce una economía donde el valor parece reproducirse a sí mismo, separado del trabajo vivo. Esta separación genera una ilusión de crecimiento perpetuo que exige estímulos cada vez más intensos para sostenerse.
    Estados Unidos no se volvió adicto al poder: se volvió dependiente del estímulo que produce ejercerlo.
  • Trump y la “raya mediática”: la ilusión de victoria
  • Cada supuesta “victoria” proclamada por Trump —aranceles, sanciones, amenazas, subidas bursátiles, humillaciones simbólicas a aliados o enemigos— funciona como el equivalente neuro-político de una raya de cocaína.
    En el adicto:
    • la raya produce sensación inmediata de control
    • el efecto es breve
    • la ansiedad retorna amplificada
    • la siguiente dosis debe ser mayor
    En el sistema estadounidense:
    • la “victoria” es mediática y performativa
    • no resuelve contradicciones estructurales
    • acelera el desgaste institucional
    • exige una crisis posterior más intensa
    Trump es el dealer y el consumidor a la vez, pero el verdadero adicto es el pueblo imperial, una sociedad acostumbrada a vivir por encima de su base productiva real, sostenida por deuda, hegemonía monetaria y externalización de costos humanos.
    III. El pueblo como sujeto adicto: vivir del expolio
    Aquí la metáfora se vuelve material. El “adicto” no es solo el Estado, sino una estructura social completa que se beneficia directa o indirectamente del expolio global.
    Algunos datos estructurales:
    • Más de 2,2 millones de personas trabajan directamente en la industria de defensa en EE. UU.
    • Entre empleo directo, indirecto e inducido, el complejo militar-industrial sostiene entre 6 y 8 millones de personas.
    • El sector financiero, seguros e inmobiliario representa alrededor del 20–21 % del PIB, pero emplea una fracción menor del trabajo productivo real.
    • La manufactura representa menos del 13 % del empleo no agrícola.
    Si se amplía el análisis a:
    • finanzas especulativas
    • industria armamentística
    • economía de deuda
    • lavado de dinero
    • narcotráfico indirecto
    • burbujas cripto-financieras
    • paraísos fiscales y consultoría extractiva
    se puede sostener —con criterios marxistas— que entre un 45 % y un 60 % de la economía estadounidense depende de valor ficticio, rentas financieras o actividades parasitarias, mientras menos del 40 % se vincula directamente a producción material, logística, agricultura, industria o trabajo socialmente necesario.
    No se trata de criminalizar individuos, sino de afirmar una verdad estructural:
    una parte sustancial de la sociedad estadounidense vive de mecanismos que requieren violencia externa para sostenerse.
    • Manos manchadas de sangre: violencia estructural y fetichismo
    Marx describió el fetichismo de la mercancía como el proceso mediante el cual las relaciones sociales aparecen como relaciones entre cosas. En el caso estadounidense, este fetichismo se amplifica: las guerras aparecen como “operaciones”, las sanciones como “medidas técnicas”, y las muertes como “daños colaterales”.
    Pero desde una lectura materialista, el vínculo es directo:
    • contratos de armas → conflictos prolongados
    • sanciones → colapso de sistemas sanitarios
    • control financiero → pobreza estructural
    Quien se beneficia del sistema —aunque sea indirectamente— participa del circuito de violencia, igual que quien consume droga participa del circuito criminal que la produce. No por maldad, sino por integración funcional.
    • Gramsci: hegemonía en fase paranoide
    Gramsci advirtió que cuando una hegemonía entra en crisis, la coerción sustituye al consenso. Estados Unidos ya no convence: amenaza. Ya no lidera: sanciona. Ya no integra: castiga.
    Esto explica:
    • la intensificación de la guerra cultural
    • la hiperproducción discursiva de Trump
    • la necesidad de enemigos constantes
    En el adicto, esta fase corresponde a la paranoia: el mundo es hostil, todos conspiran, nadie reconoce su grandeza. El imperio no puede aceptar su declive relativo, y por ello externaliza la culpa.
    • Conclusión: abstinencia o colapso
    La adicción no termina cuando se acaba la sustancia, sino cuando el cuerpo ya no puede sostener la negación. Los imperios funcionan igual.
    Estados Unidos no está derrotado, pero está dependiente. Cada “raya” —cada guerra, cada burbuja, cada espectáculo trumpista— ofrece alivio momentáneo, pero profundiza la dependencia.
    La historia muestra que muy pocos imperios aceptan la abstinencia. La mayoría confunde intensidad con fuerza, ruido con poder, velocidad con dirección.
    Y como toda adicción crónica, el final no llega con un gran estallido, sino con un momento silencioso en el que el sistema descubre que ya no responde.
    Referencias teóricas orientativas
    • Marx, K. — El Capital, Tomos I y III
    • Marx, K. — Grundrisse
    • Gramsci, A. — Cuadernos de la cárcel
    • Arrighi, G. — El largo siglo XX
    • Harvey, D. — El nuevo imperialismo
    • Eisenhower, D. — Discurso sobre el complejo militar-industrial
    • Lenin, V. I. — El imperialismo, fase superior del capitalismo

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