Política

Venezuela: aún no es tiempo de conclusiones

Administrator | Jueves 08 de enero de 2026
Luis Manuel Arce Isaac
Los gravísimos sucesos en Venezuela por la flagrante violación de la soberanía de un país independiente legalmente reconocido por la comunidad internacional, y perpetrada bajo el amparo de un potencial militar de la mayor envergadura para atemorizar hasta los tuétanos, confirman la escandalosa decadencia de un imperio más inmoral y retrógrado que el romano, y la certeza de que ya estamos saliendo de una época de cambios y sintiendo, al mismo tiempo, los vientos del cambio de época que se viene.
Un excelente analista y amigo, doctor en Estudios Latinoamericanos, y puntal principal de la Fundación Ciudad del Saber, de Panamá, Guillermo Castro Hernández, me decía hablando hace poco de ese proceso de cambio social, que “el límite entre un tiempo que ha sido y otro que está por ser, constituye una zona gris entre un pasado que persiste y un futuro que va siendo constituido en torno a diferentes opciones del mañana”.
Estimo que en ese sentido se enfoca la seria advertencia que le hizo hace unos días el expresidente de México Andrés Manuel López Obrador al de Estados Unidos, Donald Trump, cuando lo criticó por el bombardeo y secuestro del jefe de Estado venezolano, Nicolás Maduro, llevado como prisionero de no se prueba cuál delito, cuando le dijo:
“Presidente Trump: no caiga en la autocomplacencia ni escuche el canto de las sirenas. Mande al c..... a los halcones; usted tiene capacidad para actuar con juicio práctico”. “No olvide que la efímera victoria de hoy puede ser la contundente derrota del mañana. La política no es imposición”. “Recuerde que ‘el respeto al derecho ajeno es la paz’, como nos enseñó Benito Juárez en el siglo XIX”.
Con esas simples, pero impactantes frases, López Obrador ubicó a Trump en tiempo y espacio, pero, con precisión, en esa zona gris entre un pasado que persiste y el futuro que se construye, como definía Guillermo, la cual podemos ilustrar como la semipenumbra que empieza a notarse cuando te acercas al largo trecho en el cual empieza a verse la luz al final del túnel.
Esta apreciación no es retórica, y mucho menos una parábola de Cristo, sino una evidencia de la suprema debilidad de Estados Unidos como centro del imperialismo contemporáneo y máximo exponente de un sistema socioeconómico que, política, cultural, ideológica y tecnológicamente, se agota a pasos agigantados sin posibilidades de lograr el regreso a los tiempos de fementida grandeza, al menos dentro de la perspectiva emocional, pero anti histórica, en que la valora Donald Trump.
La episteme de esta moción es tan clara como el agua de manantial: el modo de producción con sus relaciones sociales capitalistas que llevó a la creación del imperialismo como su fase superior, está agotado y no le es posible mediante energía propia o sistémica, seguir adelante, como lo fue hasta el momento gracias a su modelo de desarrollo liberal y luego neoliberal.
En palabras más sencillas: Estados Unidos, como la meca del capitalismo, carece del potencial científico-técnico para liderar los cambios planetarios y, lo peor, su retraso en ese campo, en particular la Inteligencia Artificial y la renovación energética, la cual no está en los hidrocarburos y ni siquiera en las renovables conocidas, es que no tiene certeza de que sus recursos fósiles, cuyas reservas son muy dudosas e insuficientes, les concedan el tiempo que se requiere para desarrollar con éxito la actual revolución en el campo de la electricidad que, al mismo tiempo, será la nueva base de la industria y de la IA.
¿Cómo salir de esa zona más oscura que gris y garantizar que Estados Unidos, con su estancado o ralentizado desarrollo de la IA frente a la ultra modernización de absolutamente todos los parámetros de la ciencia y la tecnología, cuando las propias trabas de su modelo de producción y la concentración de capitales se los está impidiendo?
En 50 años o más, China no ha provocado ni participado en una guerra, mientras Estados Unidos lo ha hecho decenas de veces, gran parte de ellas responsabilidad directa de la Casa Blanca. La mayor parte del Producto Interno Bruto (PIB) de China se gasta en el desarrollo de las ciencias y la tecnología, la de EE. UU. en armas.
La única posibilidad que los pobres cerebros del equipo republicano generan para salir avante, es la fuerza bruta, el desprecio a un mundo ordenado bajo leyes y derechos, y la violación de todo lo que consideren adverso a metas retrógradas, inútiles y criminales como el MAGA, que solo operan con la pólvora como combustible y neuronas deformadas.
Trump, y su antecesor Biden, perdieron la oportunidad de hacerles caso a López Obrador cuando, visionario del futuro de esta humanidad, percibió que la mejor manera de hacer era ampliando al máximo los caminos de la cooperación americana, hacer del continente una unidad monolítica que únicamente podría funcionar bajo los preceptos del respeto a la soberanía, independencia y autodeterminación de cada cual, y los principios juaristas de libertad y respeto al derecho ajeno.
Entendieron algo: que América Latina les era vital por sus riquezas naturales, pero no por sus pueblos que para ellos no valía nada y, en consecuencia, la vía no era la colaboración a la que los invitaba López Obrador, sino la dominación, y es lo que ha prevalecido, y prevalece, en la visión neocolonial de Donald Trump, pero no bajo la Doctrina Monroe, sino la de Donroe, como acaba de calificar su pensamiento político.
Eso significa que no es necesario que en cada capital de nuestros países haya un presidente, o un parlamento, ni siquiera un tribunal, sino que basta con Washington y un Capitolio desde los cuales pretende gobernar el continente, primero a Venezuela, hasta dejar seca la faja del Orinoco como los Bush, padre e hijo, hicieron en Irak en favor de la Hallyburton, la cual no sorprendería si encabeza el staff de las empresas estadounidenses a las que Trump, ya desde ahora, sin terminar la faena de ocupación militar del país bolivariano, les dará la administración del petróleo que el pueblo les robó miserablemente a esas depredadoras compañías. Debe entenderse por qué la insinuación de “pensar algo para México” en estas horas de júbilo pernicioso.
Bueno, pero no nos adelantemos. Todavía no es tiempo de conclusiones, y esperemos a ver si hay alguna reacción positiva a la nalgada didáctica de López Obrador como la recomendaba el educador Makarenko a los maestros cuando los alumnos sobrepasaban la línea de la malcriadez.
La agresión contra Venezuela vista desde el punto de vista de la economía política
Federico Giusti
En los días posteriores a la intervención militar estadounidense en Venezuela, hemos visto de primera mano la imperfección del imperialismo, por un lado la captura de Maduro que por su timing, métodos y singulares coincidencias sugiere una colaboración al interior del país, por otro la incursión nocturna que puede definirse como una obra maestra militar por su rapidez y eficacia a pesar de haberse descubierto varias decenas de muertos entre las filas venezolanas (y cubanas) presentes en la guardia que defendía al presidente bolivariano que nos devuelven el carácter sangriento de la guerra, alejándola de la proyección de un videojuego moderno.
No han faltado enfrentamientos interpretativos y lecturas diferentes entre los intelectuales marxistas, particularmente en el análisis y la crítica de la geopolítica y la geografía económica.
Pospongamos la discusión sobre las características del imperialismo y el texto leninista, que aún hoy parece insuperable. Sin duda, necesita una actualización, pero sigue siendo oportuno y esencial para comprender los procesos en curso. Si bien es cierto que el análisis debe evitarse la clarividencia, conviene desconfiar de las reconstrucciones periodísticas basadas en fuentes escasas y cuestionables. De hecho, la capacidad de interpretar los acontecimientos reside en un enfoque que debe combinar aspectos económicos y estratégicos con una evaluación de los equilibrios geopolíticos vigentes.
El recurso a la guerra por parte de un presidente que había anunciado un cambio de rumbo decisivo respecto a los demócratas ofrece algunas pistas más, incluso quizá nos lleve a tomar en serio ese documento estratégico publicado por la Casa Blanca en noviembre de 2025, unas páginas desestimadas con sarcasmo e ironía por los observadores de ese continente en crisis y decadencia desde hace décadas: el europeo.
Al menos podemos tener una certeza: el orden actual dista mucho de ser estable. Estados Unidos tiene una necesidad cada vez mayor de petróleo crudo y metales preciosos, y para obtenerlos no escatima gastos, incluso a costa de alterar importantes equilibrios con sus aliados.
La geopolítica no es una ciencia; desde hace demasiados años se mueve en una red unificada, y en ella encontramos excelentes analistas, pero también expertos que no deberían definirse como tales por repetir los comunicados oficiales de algún ministerio o grupo económico dominante.
Se hace cada vez menos política, pocos la estudian pero crece de forma desproporcionada el número de analistas y presuntos expertos que responden entonces a una necesidad ideológica y propagandística cada vez más fuerte.
En cambio, necesitamos urgentemente partir de la economía política para comprender la base material de los acontecimientos contemporáneos. Durante días, hemos leído un sinfín de artículos sobre la naturaleza del bolivarianismo o sobre la cuestión de si Maduro es un líder elegido popularmente o, más bien, una especie de usurpador antidemocrático, una tesis compartida por gran parte del Partido Demócrata y la derecha. Si pudiéramos descartar la lectura reciente con una broma, podríamos discutir (más allá de un ámbito político, el nuestro, ahora marginado) un único elemento distintivo en el debate sobre Venezuela: entre quienes aplauden la intervención estadounidense y quienes, en cambio, la consideran una violación del derecho internacional.
La guerra siempre surge de factores económicos y estructurales: desde crisis de demanda hasta escasez de materias primas, desde procesos de acumulación hasta financiarización, desde conflictos tecnológicos e industriales hasta el control del mercado. La guerra marca la ruptura de múltiples equilibrios. Y, como tal, las acciones de Trump en Groenlandia deben interpretarse, al igual que la propia estrategia de seguridad nacional e internacional de Estados Unidos, que no puede desestimarse como una mera ambición imperialista de dominar el mundo. Para ser claros, el factor desestabilizador no es Trump, sino la crisis que atraviesa actualmente el sistema capitalista. Evitemos caer en teorías demenciales que personifican el mal y no comprenden procesos económicos mucho más complejos.
Por lo tanto, podemos hablar de una crisis en el sistema de control del mundo y la economía. Tras el declive del neokeynesianismo, siguieron 40 años de neoliberalismo, durante los cuales se alteraron muchos equilibrios de poder. No es descabellado pensar que hoy estamos entrando en una nueva fase que ve amenazada la centralidad del dólar, lo que nos recuerda que la zona más activa del mundo es la que bordea el océano Índico y el Pacífico, sin olvidar los procesos de concentración de la riqueza, el papel de las finanzas y mucho más.
Y aquí llegamos a un punto clave: el papel de Estados Unidos, hoy una potencia militar y tecnológica de primer orden, pero que lucha con una gran deuda, una base industrial débil tras años de deslocalización y la llegada, para 2025, de más de un millón de despidos.
Si bien la hegemonía estadounidense es incuestionable hoy en día, también es cierto que están surgiendo contradicciones y limitaciones significativas. El recurso al rearme y a una economía de guerra probablemente beneficiará a la principal potencia mundial, y ciertamente no a la UE, que aún presenta debilidad tecnológica, enfrenta evidentes disparidades internas y se encuentra significativamente rezagada en el ámbito tecnológico.
Y cuando hablamos con insistencia de economía de guerra, nos referimos también al debilitamiento y financiarización del sistema de bienestar que es un pilar del viejo continente.
Lo que hemos intentado explicar hasta ahora es la necesidad de no perder nunca de vista los aspectos económicos y estructurales, de evitar las simplificaciones que inevitablemente conducen a hablar de buenos y malos, demócratas y dictadores, locos y cuerdos, y, en cambio, de comprender todos los procesos de reorganización de las relaciones económicas y sociales. La guerra no marca tanto el fin de la política como su ausencia en la esfera económica, y sobre este punto clave de cualquier análisis, leemos una reflexión de Roberto Romano, quien mejor que nosotros puede enmarcar el problema.
La guerra contemporánea no surge de un exceso de política, sino de su ausencia económica. Donde faltan instrumentos colectivos para gestionar la oferta y la demanda, la transición tecnológica y la distribución del ingreso, la violencia se convierte en un sustituto de la política económica.
La crítica de la geopolítica no puede limitarse a desenmascarar su ideología. Debe sustituir la narrativa por el análisis, los personajes por las estructuras, las intenciones por las limitaciones. Solo una geografía económica atenta a las relaciones entre capital, Estado y territorio nos permite comprender por qué la guerra no es una anomalía del presente, sino una posibilidad sistémica.
Seguir hablando de la guerra sin abordar sus fundamentos materiales significa, en última instancia, contribuir a su reproducción. La verdadera disyuntiva no es entre el cinismo y el idealismo, sino entre la ideología y el conocimiento crítico.

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