Geoestrategia

El dilema estadounidense frente a Irán: límites de la coerción y horizontes de disuasión. Análisis

Administrator | Viernes 16 de enero de 2026
Xavier Villar
Es, más bien, un complejo rompecabezas estratégico que pone de relieve los límites estructurales del poder militar contemporáneo. La administración estadounidense, especialmente bajo liderazgos que privilegian gestos contundentes y resultados fácilmente comunicables, se encuentra atrapada en una forma de parálisis autoinducida.
Su modelo preferido, basado en operaciones breves, objetivos acotados y una narrativa clara de victoria, choca con la realidad de un adversario que ha perfeccionado la disuasión asimétrica, la resiliencia interna y la profundidad estratégica regional como pilares de su seguridad. Irán no constituye un blanco aislado, sino un entramado de contingencias interconectadas. Cualquier acción bélica, lejos de ofrecer una solución rápida, desencadenaría una cadena de efectos secundarios capaces de erosionar los fundamentos de la influencia estadounidense en Oriente Medio (Asia Occidental) y de generar perturbaciones significativas en la economía global. El dilema central, por tanto, no radica en la capacidad de Estados Unidos para infligir daños a Irán, sino en su capacidad para absorber el coste de la respuesta y, sobre todo, en la existencia de un resultado que pueda calificarse razonablemente como éxito una vez finalizado el conflicto.
La falsa promesa de la guerra corta
La estrategia de la administración Donald Trump descansa en una convicción que combina simplicidad operativa y ambición política: la idea de que la superioridad tecnológica, aplicada con precisión y brevedad, puede producir resultados estratégicos claros sin derivar en compromisos prolongados. Esta lógica presupone un adversario legible, cuyas capacidades y umbrales de resistencia puedan ser identificados y neutralizados de manera relativamente directa. Irán, sin embargo, se sitúa fuera de ese marco analítico. No es un actor diseñado para la confrontación decisiva, sino un sistema político y estratégico construido para gestionar la presión constante, absorber impactos y diluir la relación entre fuerza aplicada y resultado político.
Desde este ángulo, cualquier acción militar contra Irán estaría condenada a una ambigüedad estructural. Una operación concebida como limitada —un gesto de disuasión, una corrección puntual— difícilmente sería percibida como tal desde Teherán o desde el entorno regional. Más bien, se integraría en una secuencia más amplia de hostilidad acumulada, en la que los episodios no se evalúan de forma aislada, sino como parte de una trayectoria histórica de confrontación. La experiencia reciente en Asia Occidental sugiere que los actores que operan bajo lógicas no convencionales no responden a la fuerza inicial con rendición o colapso, sino con ajustes graduales, desplazamiento del conflicto y extensión temporal de la confrontación. La promesa de una guerra breve suele ser, en estos contextos, una proyección política más que una previsión estratégica.
Durante décadas, Irán ha organizado su política de seguridad en torno a la previsibilidad de la presión externa. Esta continuidad ha producido un marco institucional y social en el que la soberanía no funciona solo como principio normativo, sino como eje operativo de supervivencia. En ese contexto, la acción militar externa tiende menos a desestabilizar el equilibrio interno que a reafirmarlo, reforzando la lógica defensiva que estructura la relación entre Estado, sociedad y entorno regional. El problema para Washington no es, en última instancia, la capacidad de infligir daño, sino la dificultad de definir qué constituiría un resultado políticamente inteligible y estratégicamente sostenible una vez que la fuerza ha sido empleada.
El Cálculo de la Escalada
El verdadero poder disuasorio de Irán no reside en la posibilidad de imponerse en una guerra convencional, sino en su capacidad para estructurar una respuesta que convierta cualquier ganancia táctica estadounidense en una derrota estratégica. Teherán ha desarrollado, de forma gradual y pragmática, una arquitectura de disuasión pensada no para la victoria rápida, sino para elevar los costos de un conflicto hasta un umbral políticamente y económicamente inasumible para sus adversarios.
El elemento más visible de esta lógica es el Estrecho de Ormuz. Más allá de la retórica ocasional, su interrupción constituye una opción militar creíble, ensayada y técnicamente viable. Mediante una combinación de capacidades navales asimétricas, control del espacio marítimo inmediato y sistemas defensivos costeros, Irán podría afectar de manera significativa el tránsito de una parte sustancial del comercio energético mundial. El impacto no sería solo regional. Un aumento abrupto y sostenido de los precios del petróleo tendría efectos inmediatos sobre la inflación, los mercados financieros y la estabilidad política en economías avanzadas y emergentes. En ese escenario, la presión no recaería únicamente sobre Teherán, sino también sobre Washington, señalado como responsable de haber desencadenado una crisis sistémica evitable.
Esta realidad explica la inquietud creciente entre los estados árabes del Golfo Pérsico. Países como Arabia Saudí y Catar, lejos de percibir un conflicto como una oportunidad estratégica, han transmitido a la administración Trump su temor a verse arrastrados a una confrontación regional de consecuencias imprevisibles. Su prioridad no es la confrontación abierta, sino la preservación de un equilibrio frágil que sostiene tanto la seguridad energética como la estabilidad interna. Para estas capitales, una escalada militar no ofrece garantías de control, pero sí un alto riesgo de desbordamiento.
A este cálculo se añade un factor geopolítico más amplio. Desde que Estados Unidos levantó de facto muchas de las restricciones sobre la acción regional de Israel durante la administración Biden, numerosos actores en Asia Occidental han comenzado a percibir la política exterior israelí como crecientemente agresiva y potencialmente desestabilizadora. Desde octubre de 2023, Israel ha llevado a cabo ataques en al menos siete países de la región, consolidando la percepción de que su margen de acción se ha ampliado sin contrapesos efectivos. Para varios estados, esta dinámica ha erosionado la confianza en que la alianza con Washington sea suficiente para garantizar su seguridad frente a lo que interpretan como ambiciones de hegemonía regional por parte de Israel.
En respuesta, algunos países —entre ellos Arabia Saudí, Pakistán y Turquía— han comenzado a explorar configuraciones estratégicas alternativas orientadas a reequilibrar el poder regional. Irán no forma parte directa de estos esquemas, pero desempeña una función indirecta relevante como elemento de contención. Desde esta perspectiva, la estabilidad de Irán, más que su transformación, aparece como un componente estructural del equilibrio regional.
La disuasión iraní, en este sentido, opera menos como una amenaza explícita que como un recordatorio de interdependencia. Cualquier ataque directo activaría dinámicas que trascienden el plano bilateral y comprometerían a actores que no desean formar parte de una guerra abierta. No se trata de la capacidad de infligir un golpe decisivo, sino de la certeza de que ningún actor externo puede gestionar plenamente las consecuencias una vez cruzado el umbral del conflicto.
Desde esta perspectiva, Irán no se presenta como un actor impulsivo, sino como uno profundamente consciente de las vulnerabilidades del orden regional y global. Su estrategia no busca el colapso del sistema, sino apoyarse en él para demostrar que la coerción militar, lejos de ofrecer soluciones claras, tiende a producir escenarios que nadie controla del todo. Esa es, en última instancia, la base de su disuasión.
Las opciones ficticias de Washington
Ante este panorama, las alternativas que se discuten en determinados círculos de Washington se asemejan menos a estrategias coherentes que a expresiones de deseo, frustración o inercia política.
La opción de una “guerra total” pertenece más al terreno de la abstracción que al de la planificación realista. Implicaría un compromiso prolongado, una presencia militar masiva y unos costes humanos, financieros y políticos que harían que Irak y Afganistán pareciesen episodios contenidos. En el clima político estadounidense actual, marcado por el agotamiento social frente a las guerras largas y por la prioridad estratégica otorgada a la competencia con China, un escenario así resulta difícilmente concebible. Cualquier administración que lo intentara se enfrentaría a una contestación interna severa incluso dentro de sus propias bases.
La alternativa del “golpe quirúrgico” no es menos problemática. Un ataque limitado, presentado como puntual y contenido, carecería de un objetivo político claro y verificable. Lejos de alterar de forma sustantiva el comportamiento de Teherán, ofrecería un relato fácil de agresión externa que tendería a reforzar la cohesión interna y a legitimar respuestas en nombre de la defensa nacional. Al mismo tiempo, abriría la puerta a una escalada gradual, amparada en el derecho a la autodefensa, que ampliaría el conflicto sin un control efectivo sobre sus ritmos o consecuencias. Sería, en esencia, una demostración de fuerza que evidenciaría más las limitaciones estratégicas de Estados Unidos que su capacidad para modelar el entorno regional.
En ambos casos, el problema de fondo es el mismo. Las opciones sobre la mesa parten de la premisa de que la acción militar puede producir resultados políticos rápidos y gestionables. Sin embargo, en un contexto regional altamente interdependiente, cualquier uso de la fuerza tiende a generar efectos secundarios que superan con creces el objetivo inicial. Washington se enfrenta así no a un déficit de poder, sino a un déficit de opciones creíbles que no conviertan una crisis contenida en una desestabilización de mayor alcance.
Conclusión
El dilema estadounidense frente a Irán evidencia los límites de la coerción militar unilateral frente a un Estado resiliente, estratégicamente sofisticado y profundamente integrado en su entorno regional. Ninguna de las variantes plausibles de acción militar conduciría a un escenario más estable o favorable a los intereses de Washington. Más bien, abriría un panorama de inestabilidad gestionada, mercados energéticos tensionados, aliados expuestos y una dinámica de proliferación armamentística difícil de controlar.
La conclusión incómoda es que, ante la ausencia de una voluntad política real en Estados Unidos para asumir los costes de una guerra abierta de consecuencias imprevisibles, la única vía viable es una forma de coexistencia antagonista. Esto no equivale a apaciguamiento, sino al reconocimiento de que los instrumentos de poder preferidos por Washington resultan insuficientes y, en muchos casos, contraproducentes para imponer cambios estructurales en Teherán.
La paradoja es evidente. La aparente superioridad militar estadounidense se traduce en debilidad estratégica al restringir su margen de maniobra efectivo. Irán, por su parte, ha sabido convertir esta rigidez en un espacio de disuasión estructurada. Su capacidad para proyectar poder de manera asimétrica, desde el cierre del Estrecho de Ormuz hasta la influencia sobre los equilibrios regionales en el Golfo Pérsico, refuerza su posición como actor central, capaz de condicionar la acción de terceros sin comprometer la estabilidad interna ni el control sobre su propio territorio.
¿Cómo Mossad y CIA sabotean protestas económicas en Irán para generar caos, pero fracasaron?
Yousef Ramazani
Las protestas pacíficas por agravios económicos que comenzaron en el Gran Bazar de Teherán el mes pasado se convirtieron, durante la última semana, en violentos disturbios en medio de una campaña pre-orquestada y dirigida desde el exterior, diseñada para convertir el descontento genuino en una insurrección violenta a gran escala.
Las manifestaciones pacíficas de los comerciantes, basadas en sus quejas económicas por la fluctuación de la moneda y la creciente inflación, fueron secuestradas por agencias extranjeras con la intención de sembrar el caos.
Los altos líderes políticos de Irán, incluido el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyyed Ali Jamenei, el presidente Masud Pezeshkian y el presidente del Parlamento Mohamad Baqer Qalibaf, fueron rápidos en diferenciar entre la legítima asamblea pública y las acciones de los alborotadores dirigidos desde el extranjero.
Esta evaluación fue confirmada con la detención de numerosos operativos del Mossad (servicio de espionaje del régimen israelí) y la CIA (Agencia Central de Inteligencia) en todo el país, el descubrimiento judicial de informes falsificados sobre víctimas, y los análisis forenses que expusieron una campaña coordinada de desinformación digital alimentada por contenido generado por IA y grabaciones de audio manipuladas.
El patrón se asemeja estrechamente a la interferencia extranjera meticulosamente documentada durante los disturbios de 2022, cuando las agencias de inteligencia revelaron la participación de más de 20 agencias de inteligencia occidentales.
Génesis doméstica: los agravios económicos como una realidad
Las protestas que estallaron a fines de diciembre de 2025 surgieron de presiones económicas genuinas.
Los tenderos y comerciantes del bazar, a quienes el Ayatolá Jamenei ha descrito como “algunos de los segmentos más leales del país a la Revolución Islámica”, iniciaron cierres en respuesta a la fuerte y desestabilizadora caída del valor de la moneda nacional.
El presidente Pezeshkian, el presidente del Parlamento Qalibaf y el propio Líder reconocieron públicamente la legitimidad de estos agravios económicos y prometieron abordar las preocupaciones de los comerciantes.
El ayatolá Jamenei afirmó que un comerciante que dice, “no puedo hacer negocios” bajo tales condiciones volátiles, está diciendo la verdad, ya que ellos cargan con la incertidumbre del mercado.
Desde el principio, la postura constante del gobierno había sido defender el derecho a la asamblea pacífica, mientras instruía a los funcionarios a entablar un diálogo para resolver estos desafíos económicos.
Informes de algunas ciudades describieron a miles de manifestantes pacíficos que marchaban con consignas económicas, acompañados por la policía, con enfrentamientos que estallaron solo después de que un grupo disidente recurriera al vandalismo.
Las protestas inicialmente fueron fundamentalmente domésticas y socioeconómicas en origen antes de ser explotadas por fuerzas externas, que encontraron el momento oportuno para impulsar su proyecto de “cambio de régimen”.
Plano del pasado: el manual de interferencia multianual de 2022
El aparato de seguridad iraní interpreta los eventos actuales a través de la clara lente de la historia reciente, específicamente los disturbios generalizados tras la trágica muerte de Mahsa Amini en 2022.
En junio de 2023, el General de Brigada Mohammad Kazemi, jefe de la Organización de Inteligencia del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI), ofreció una cuenta pública exhaustiva de ese período.
La investigación reveló que hasta 20 agencias de inteligencia extranjeras jugaron un papel “activo” en los disturbios de 2022 que sacudieron el país. La lista de países incluía Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, algunos países árabes y el régimen israelí.
Las actividades expuestas formaron un plano detallado: diplomáticos europeos reunieron inteligencia en tiempo real sobre las respuestas de seguridad; la CIA y el Mossad colaboraron en la creación y gestión de plataformas en el ciberespacio para difundir noticias de las protestas e incluso revivieron proyectos conjuntos para asesinar a científicos iraníes; y reuniones periódicas entre los servicios de inteligencia del régimen israelí y los Emiratos Árabes Unidos coordinaron el apoyo a los disturbios.
Este marco de 2022 establece el precedente de una guerra híbrida patrocinada por el estado, multifacética, dirigida a la desestabilización interna de Irán.
Respaldo político inmediato y escalatorio de EEUU
Un componente crítico del patrón de interferencia, consistente entre 2022 y 2026, es el respaldo inmediato y cargado políticamente por parte de altos funcionarios del gobierno estadounidense.
En el reciente episodio, las declaraciones de EE.UU. surgieron casi simultáneamente con los primeros videos de protesta. El embajador de EE.UU. ante las Naciones Unidas, Mike Waltz, declaró el 29 de diciembre de 2025:
“El pueblo de Irán quiere libertad... Estamos con los iraníes en las calles”, un enfoque que deliberadamente cambió la narrativa de agravios económicos a revolución política.
El exsecretario de Estado Mike Pompeo culpó al gobierno iraní por el colapso económico.
La retórica más escalatoria vino del presidente Donald Trump, quien emitió una serie de declaraciones inflamatorias a través de sus redes sociales diciendo que EE.UU. intervendría si se mataba a “manifestantes”, culminando en una declaración de que el país estaba “listo para actuar”.
Más recientemente, el martes, pidió a los iraníes que “tomaran el control” de las instituciones gubernamentales y dijo que “la ayuda está en camino”, lo que provocó fuertes reacciones de los funcionarios iraníes.
En respuesta, el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Ali Lariyani, rechazó las amenazas de Trump, describiéndolo como uno de los principales asesinos de iraníes.
“Declaramos los nombres de los principales asesinos del pueblo de Irán: 1- Trump, 2- Netanyahu”, dijo Larijani en una publicación en X el martes.
El ministro de Defensa, el general de brigada Aziz Nasirzade, advirtió que la República Islámica responderá de manera más decidida ante cualquier nuevo acto de agresión de EE.UU. o el régimen israelí.
“Si estas amenazas se convierten en acción, defenderemos el país con toda nuestra fuerza y hasta la última gota de sangre, y nuestra defensa será dolorosa para ellos”, dijo.
Ali Shamjani, asesor principal del Líder y exalto funcionario de seguridad, identificó esto como una “línea roja” y presentó quejas formales ante las Naciones Unidas.
La rapidez y naturaleza de estas declaraciones constituyeron un elemento preescrito de presión, diseñado para internacionalizar el asunto, envalentonar a los actores violentos en el terreno y proporcionar una fachada diplomática para la subversión, reflejando la resolución de la Cámara de Representantes de EE. UU. de 2022 que respaldó a los alborotadores de ese año.
Fábrica de propaganda digital
La arena en línea ha servido como el principal campo de batalla para el control de la narrativa sobre Irán, con tácticas que se han vuelto más sofisticadas desde los disturbios de 2022.
Una operación de desinformación generalizada involucró el caso de Saqar Etemadi, quien fue falsamente presentada a través de las redes sociales como una “mártir” asesinada por las fuerzas del estado durante los disturbios.
El poder judicial iraní emitió desmentidos formales, confirmando que ella fue herida, hospitalizada y se encontraba en condición estable. Su madre y su hermano hicieron públicos llamados, con su madre declarando: “Mi hija está viva. No nos molesten con sus mentiras”.
El análisis forense confirmó que las imágenes de Etemadi fueron generadas o manipuladas usando inteligencia artificial, parte de la creación de "falsos mártires" para generar combustible emocional para su narrativa.
Esta táctica fue comparada directamente con fabricaciones similares durante los disturbios de 2022. Más allá de esto, la forensía digital expuso el reciclaje sistemático de viejos vídeos.
Clips de las protestas de 2022, e incluso de eventos no relacionados en países como Grecia, Francia y Estados Unidos, fueron reempacados como disturbios actuales en Irán.
Una técnica más avanzada involucró la sincronización de audios falsificados sobre escenas de protestas, insertando consignas a favor de Reza Pahlavi, el hijo del dictador derrocado por la Revolución Islámica de 1979.
La campaña digital fue rastreada hasta redes de bots israelíes y propagandistas antiraníes, con el fin de construir artificialmente una revolución liderada por monárquicos en la percepción digital global.
Infiltración en el terreno y agitación pagada
Las fuerzas de seguridad iraníes presentaron pruebas físicas de subversión dirigida desde el extranjero dentro de las multitudes de manifestantes. A principios de enero de 2026, la policía divulgó la detención de un operativo de la agencia del régimen israelí, el Mossad.
En una confesión televisada, el detenido detalló un proceso de reclutamiento y comando a distancia realizado a través de las redes sociales por operadores con base en Alemania, que incluía instrucciones para comprar equipos, asistir a reuniones, corear consignas específicas y enviar grabaciones al extranjero.
El jefe de Policía, el general de brigada Ahmadreza Radan, confirmó que las fuerzas de seguridad habían apuntado a los cabecillas que “recibían pagos en dólares desde fuera del país a cambio de provocar al público”.
Posteriores redadas en casas de seguridad en Teherán descubrieron armas, municiones y materiales para la fabricación de bombas, lo que indicaba un plan para escalar los disturbios hacia la violencia armada.
El Ministerio de Inteligencia de Irán anunció el miércoles que logró identificar y arrestar a los cabecillas terroristas en Teherán gracias a la efectiva cooperación del pueblo.
El jefe de la Fundación de Mártires, Ahmad Musavi, dijo que los mártires, incluyendo tanto a civiles como a miembros de las fuerzas de seguridad, fueron asesinados con diversos tipos de armas, como fusiles de combate y caza, cuchillos, hachas, etc.
Estas acciones fueron golpes quirúrgicos contra lo que el presidente del Parlamento, Qalibaf, denominó “individuos vinculados a servicios de espionaje extranjeros que buscan secuestrar las protestas y convertirlas en disturbios”.
Este modelo de reclutamiento a distancia y pago por agitación es un método escalable y negable de interferencia en el terreno, que ha evolucionado a partir de las actividades de inteligencia más amplias expuestas en 2022.
Objetivo geopolítico: Socavar el Eje de Resistencia
Las figuras iraníes de alto rango conectan explícitamente los disturbios internos con enfrentamientos internacionales más amplios, demostrando que el objetivo final de la interferencia es geopolítico, no humanitario.
El presidente del Parlamento, Qalibaf, en un discurso público el lunes, trazó una línea directa entre el tratamiento de Irán, la guerra israelí contra Gaza y el secuestro por parte de EE.UU. del presidente venezolano Nicolás Maduro.
Demostró que EE.UU., percibiendo su declive en la dominancia, ha recurrido al “poder duro” y al “comportamiento de un loco”, abandonando el derecho internacional por una “ley de la selva”.
Desde esta perspectiva, los disturbios mortales respaldados desde el extranjero en Irán son un punto de presión en una campaña más amplia destinada a debilitar el Eje de Resistencia.
El objetivo, tal como lo articulan funcionarios como el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el general de división Abdolrahim Musavi, es compensar la derrota del enemigo en confrontaciones militares directas fomentando el caos interno, forzando así un cambio en las políticas regionales de Irán y su apoyo a la resistencia palestina.
El respaldo inmediato del régimen israelí a la operación de EE.UU. en Venezuela sirve como evidencia de una estrategia cohesionada dirigida a los estados independientes en diferentes continentes.
Evolución de las tácticas: del catalizador emocional de 2022 al pretexto económico de 2025
Un análisis comparativo clave documenta la evolución del catalizador de la interferencia.
Los disturbios de 2022 fueron desencadenados por un incidente social, que las agencias extranjeras explotaron a través de una campaña orquestada para crear una "atmósfera emocional", transformar las protestas en disturbios mediante llamados a huelgas y finalmente intentar convertir esos disturbios en un movimiento armado.
En contraste, las protestas de 2025-2026 surgieron de un desencadenante puramente económico: el colapso de la moneda y la inflación. El manual de interferencia extranjera permaneció esencialmente igual, pero el punto de entrada cambió.
El respaldo político inmediato de EE.UU., la ráfaga de propaganda digital y el reclutamiento y pago en el terreno siguieron una secuencia casi idéntica.
Esta consistencia demuestra que el objetivo es sembrar las semillas de la desestabilización en sí misma, siendo la queja pública específica intercambiable.
Ya sea que la chispa sea social o económica, la respuesta de los estados adversarios y sus redes afiliadas es un conjunto estandarizado de herramientas subversivas listas para su despliegue.
Batalla por la percepción: asimetría mediática y ofensivas diplomáticas
La batalla se extiende hacia la diplomacia internacional y una red global de medios, donde los medios occidentales practican una profunda asimetría.
Mientras que las imágenes de disturbios limitados son amplificadas, las masivas concentraciones pro-gubernamentales, como las que conmemoran el martirio del principal comandante anti-terrorista Qasem Soleimani, que atrajeron a cientos de miles de personas, reciben una cobertura mínima.
Las masivas manifestaciones a nivel nacional en Irán el lunes, con la participación de millones de iraníes, fueron pasadas por alto por los medios occidentales porque no se ajustaban a su narrativa, según expertos.
Esta visibilidad selectiva es una herramienta narrativa deliberada para retratar a Irán como perpetuamente al borde de la “revolución”, legitimando así una mayor presión y sanciones extranjeras.
En respuesta, Irán ha lanzado sus propias medidas diplomáticas, presentando protestas formales ante las Naciones Unidas contra las amenazas de EE.UU. como violaciones del derecho internacional.
Los medios iraníes contrarrestaron con éxito la desinformación con hechos, destacando la detención de agentes extranjeros, desmintiendo información errónea y mostrando la resolución pacífica de muchas protestas.
La batalla no es solo sobre los eventos en el terreno, sino sobre qué interpretación de esos eventos domina el espacio global de la información, una lucha contra medios extranjeros bien financiados y políticamente motivados, así como sus redes de amplificación en línea.
Escalada tecnológica: IA y las nuevas fronteras de la guerra de la información
Un desarrollo significativo en las protestas de 2025-2026 es el papel avanzado de la tecnología en la campaña de interferencia.
Las investigaciones forenses apuntan al uso de imágenes generadas por la inteligencia artificial (IA) para crear “falsos mártires”, la implementación de audios doblados para fabricar consignas de protesta y el uso sofisticado de redes de bots para amplificación.
Esto representa una evolución técnica desde 2022, donde el video reciclado era más común que el contenido generado por procedimientos.
Esta escalada se ajusta dentro del contexto de la agresión militar del régimen israelí a mediados de 2025, durante la cual se desplegaron herramientas similares de engaño digital a gran escala.
Por lo tanto, el entorno de protestas se convirtió en un campo de pruebas y zona de implementación para estas nuevas herramientas de gestión de la percepción.
La barrera reducida para crear contenido falso convincente presenta un nuevo desafío, ya que las narrativas falsificadas logran una difusión viral global antes de que los mecanismos tradicionales de verificación puedan ponerse al día, moldeando permanentemente las percepciones incluso después de ser desmentidas.

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