Política

Números vs. Narrativa: La economía estadounidense y la crisis estructural del liderazgo global

Administrator | Domingo 25 de enero de 2026
Mario Pietri *
En las últimas 48 a 72 horas, se ha hecho claramente visible un fenómeno que, hasta hace poco, estaba sistemáticamente insensibilizado por la narrativa dominante: el poder estadounidense ya no es un bloque monolítico, sino un sistema cada vez más dependiente de factores externos (finanzas globales, demanda de deuda, alianzas) e internos (estabilidad social, consenso, costos de capital). Cuando estas variables se mueven juntas en la dirección equivocada, el imperio no "proyecta fuerza": reacciona.
En los últimos días, la prensa financiera anglosajona ha destacado al menos dos aspectos clave: por un lado, el coste y la vulnerabilidad de la postura global, y por otro, el perjuicio económico que supone una política arancelaria que, presentada como una reactivación industrial, acaba pareciendo un impuesto nacional disfrazado de patriotismo. En este punto, las cifras se convierten en la lengua materna de la crisis.
1) El hecho que realmente importa: la deuda como infraestructura del imperio

La prueba de fuego es la más banal y la más despiadada: cuánto cuesta, cada día, mantener la maquinaria federal y la postura imperial.
  • Deuda pública total (deuda pública pendiente): $38,396,062,667,874.39 al 14 de enero de 2026. Esto no es una estimación: este es el recuento oficial del Tesoro.
  • En los primeros tres meses del año fiscal 2026 (octubre-diciembre de 2025), Estados Unidos tuvo un déficit de 602 mil millones de dólares, incluido un déficit de 145 mil millones de dólares solo en diciembre.
  • La Oficina de Presupuesto del Congreso, en su seguimiento mensual, informa que en diciembre de 2025 el presupuesto federal habría mostrado un déficit de alrededor de 111 mil millones de dólares (neto de efectos calendario).
  • Y, sobre todo, el rubro de mayor crecimiento son los intereses. Análisis bipartidistas en Washington destacan el aumento de los pagos de intereses y su creciente peso entre los mayores rubros del gasto federal.
Este es el punto: el imperio vive del crédito. Y cuando el crédito se encarece o se vuelve menos deseado en el extranjero, la política exterior deja de ser una estrategia para convertirse en contabilidad defensiva.
2) Inflación y empleo: estabilidad aparente, fragilidad real
Durante la última semana, las publicaciones de los dos datos macroeconómicos más significativos —la inflación y el mercado laboral— han presentado un panorama que, a primera vista, podría parecer tranquilizador. Sin embargo, visto en términos históricos, resulta todo menos reconfortante.
En diciembre de 2025, la inflación del IPC se situó en el 2,7 % interanual, con el índice subyacente en el 2,6 %. La tasa de desempleo se mantuvo estable en el 4,4 %, mientras que las nóminas no agrícolas aumentaron tan solo en 50 000 puestos. Consideradas de forma aislada, estas cifras respaldan la narrativa oficial de un "aterrizaje suave". Si se las considera en contexto histórico, revelan una historia diferente.
Inflación: sí, normalizada, no
Durante los últimos cinco años, la inflación en Estados Unidos ha seguido un ciclo que ha dejado daños duraderos:
  • 2019: IPC estable en torno al 1,8-2,0%, con una tendencia coherente con el crecimiento real.
  • 2021-2022: La inflación se dispara a más del 9% (junio de 2022), el nivel más alto en cuatro décadas.
  • 2023-2024: descenso gradual pero desigual, con fases de “inflación rígida”.
  • 2025: retorno a la zona del 2,5-3%, pero sin recuperación de los salarios reales erosionados acumuladamente en los dos años anteriores.
Esto significa una cosa: la inflación ya no es una emergencia, sino que ya ha cumplido su función redistributiva. El poder adquisitivo promedio de los hogares se ha reducido, el ahorro se ha erosionado y la demanda interna ahora crece menos, no porque la economía esté sana, sino porque la capacidad de gasto se ha reducido estructuralmente.
En macroeconomía, este estado no se llama estabilidad: se llama equilibrio de nivel más bajo.
El mercado laboral: del sobrecalentamiento al enfriamiento silencioso
El dato más revelador no es la tasa de desempleo en sí, sino la dinámica de los flujos de empleo. Analicemos la trayectoria de la nómina:
  • 2021-2022: Las creaciones mensuales suelen superar las 300.000 unidades, con picos superiores a 500.000 en el período pospandémico.
  • 2023: desaceleración progresiva, media en torno a 230.000.
  • 2024: nuevo descenso, con meses por debajo de las 150.000 unidades.
  • Diciembre 2025: +50.000, valor que históricamente señala una etapa avanzada del ciclo.
Históricamente, un crecimiento de empleo inferior a 100.000 por mes es coherente con economías que se acercan al estancamiento o entran en recesión, no con una fase de expansión robusta.
La tasa de desempleo del 4,4% no es baja en sentido dinámico: está aumentando desde el mínimo cíclico del 3,4% alcanzado en 2023. Y, sobre todo, enmascara:
  • aumento del trabajo a tiempo parcial involuntario,
  • ralentización del horario laboral,
  • Concentración de nuevas contrataciones en sectores de baja productividad y bajos salarios (servicios, salud, asistencia).
En otras palabras, los empleos no están colapsando, sino degradándose. Y esto es una señal típica de las fases prerrecesivas: el mercado no está despidiendo trabajadores masivamente, pero sí está dejando de contratar trabajadores cualificados.
Salarios reales y productividad: la cuestión no resuelta
Otro hecho estructural refuerza la fragilidad: la desconexión entre los salarios nominales, los salarios reales y la productividad. En los últimos tres años:
  • Los salarios nominales han crecido,
  • pero los salarios reales acumulados siguen estando por debajo de los niveles previos a la inflación,
  • Mientras que la productividad laboral muestra un crecimiento intermitente y es insuficiente para sustentar aumentos salariales estables.
Una economía que no logra transformar la caída de la inflación en recuperación del poder adquisitivo no es una economía en recuperación: es una economía que congela las tensiones sociales bajo la superficie.
Indicadores adelantados: crecimiento frágil y desigual, vulnerable a shocks
Los indicadores adelantados apuntan a una desaceleración generalizada y un crecimiento frágil y desigual, agravado por la incertidumbre sobre las políticas comerciales y arancelarias. Históricamente, cuando:
  • la inflación baja,
  • el empleo se desacelera,
  • Los indicadores adelantados siguen siendo débiles,
  • y la política introduce shocks (aranceles, restricciones, conflictos),
La probabilidad de un cambio de régimen aumenta rápidamente.
Conclusión macro: no hay recesión, sino vulnerabilidad
Las crisis sistémicas no comienzan con un colapso; comienzan con una pérdida de margen de error. En el contexto actual, la economía estadounidense:
  • no está en recesión,
  • pero ya no tiene rumbo.
Y cuando un sistema llega a esta etapa, todo error político —un arancel mal calibrado, una crisis diplomática, una escalada militar— ya no es controlable y se vuelve sistémico. Es sobre esta frágil base que surgen las tensiones geopolíticas, no al revés.
3) Tipos y confianza: el "termómetro" del Tesoro

Los rendimientos no son un detalle técnico: son una medida en tiempo real de la confianza en el sistema y el precio de su supervivencia.
  • El bono estadounidense a 10 años, a mediados de enero de 2026, cotiza alrededor del 4,16%–4,23% (valores diarios), con fluctuaciones que reflejan una extrema sensibilidad al riesgo geopolítico y a las opciones comerciales.
Cada decimal cuenta: con una deuda de esta magnitud, incluso pequeñas fluctuaciones en el coste del capital se convierten en un multiplicador de la inestabilidad fiscal. Y aquí es donde entra en juego el problema internacional.
La deuda de China y Estados Unidos: no es un colapso, sino una retirada estratégica

China no tiene por qué "derribar" a Estados Unidos. Solo necesita dejar de financiar automáticamente sus privilegios.
Los datos más recientes disponibles sobre las tenencias de bonos del Tesoro chino muestran una trayectoria consistente con un desapego gradual:
  • Tenencias de bonos del Tesoro de China: 682.640 millones de dólares (noviembre de 2025), frente a 688.750 millones de dólares (octubre de 2025).
No se trata de una venta repentina, sino de una reducción gradual de la exposición. Esto se vincula a una lógica a largo plazo: diversificación, reducción del riesgo geopolítico y la creación de alternativas infraestructurales y financieras. Cuando un gran tenedor se retira, incluso lentamente, Washington tiene tres opciones, todas problemáticas:
  • pagar más (tarifas más altas),
  • monetizar más (presión inflacionaria y política),
  • reducir el gasto o aumentar los ingresos (políticamente tóxico).
  • En esencia: la política exterior se convierte en una función del presupuesto.
    Aliados: Groenlandia como prueba de fuego de la grieta atlántica
    En los últimos días, la cuestión arancelaria de Groenlandia ha adquirido una relevancia que trasciende con creces el ámbito comercial. No se trata de una disputa arancelaria convencional, sino de una señal política estructural: el uso de la coerción económica como sustituto de una diplomacia debilitada, en un contexto de consenso cada vez más débil.
    El gobierno estadounidense ha amenazado con imponer aranceles del 10% a partir del 1 de febrero de 2026 a productos procedentes de ocho países europeos, con una escalada prevista al 25% a partir del 1 de junio de 2026, vinculando explícitamente estas medidas a la oposición europea al proyecto estadounidense de Groenlandia. La respuesta europea fue inmediata y excepcionalmente unánime: advirtió sobre una "peligrosa espiral descendente" y un daño estructural a las relaciones transatlánticas.
    La cuestión no es Groenlandia en sí. La cuestión es el método.
    Cuando una potencia aplica aranceles contra países aliados para imponer decisiones políticas y territoriales, no ejerce liderazgo: compensa la pérdida de poder de persuasión con presión. Durante décadas, la supremacía geopolítica estadounidense se basó en un equilibrio preciso: Washington podía liderar el bloque occidental porque se le percibía como garante, no como chantajista. Este capital político le permitió a Estados Unidos ejercer el mando sin pagar el coste económico y diplomático total de sus decisiones en cada ocasión.
    Hoy, ese capital se está erosionando. Y aquí surge la contradicción: la voluntad de poder crece precisamente cuando el consenso decae. Cuanto más débil es la base de legitimidad, tanto interna como externa, más tiende a endurecerse la política, multiplicando los instrumentos coercitivos y la retórica agresiva. Pero esta misma rigidez acelera la pérdida de consenso, porque expone la inconsistencia del discurso oficial.
    Las mentiras estratégicas —«los aranceles no tienen costo», «los aliados seguirán adelante de todas formas», «la fuerza reemplaza al consenso»— se ven destrozadas por la realidad: represalias, fracturas diplomáticas, incertidumbre y un aislamiento progresivo. Un sistema cada vez más costoso de financiar tiene menos margen para lograr consenso mediante incentivos, cooperación y estabilidad; en consecuencia, tiende a exigir obediencia en lugar de construirla. Pero esta estrategia tiene un efecto bumerán: cuanto más consume alianzas, mayor es la prima de riesgo político y económico; y cuanto mayor es la prima de riesgo, más costoso resulta mantener la misma postura de poder que creó la fractura.
    El frente interno: Minneapolis y el estado que se amenaza a sí mismo
    Mientras Estados Unidos intenta reafirmarse como potencia hegemónica desde el exterior, su tejido social e institucional lucha por mantenerse unido internamente. Minneapolis es el punto de ruptura más evidente en esta tensión: una crisis social que rápidamente se transforma en política.
    La mecha se encendió el 7 de enero de 2026, cuando un agente federal del ICE mató a Renee Nicole Good (37) durante un operativo en Minneapolis. El incidente desató protestas generalizadas y conflictos callejeros, con enfrentamientos, arrestos y una creciente militarización del espacio urbano. Un segundo tiroteo durante un arresto agravó aún más la situación. Las autoridades locales denunciaron tácticas agresivas e intrusiones en la comunidad.
    Las protestas no se limitaron a zonas específicas: también se produjeron manifestaciones en otras ciudades importantes. En el ámbito político, surgió una división institucional: las autoridades locales y estatales acusaron al gobierno federal de violar derechos y procedimientos e iniciaron acciones legales para limitar o bloquear sus operaciones. La narrativa federal fue abiertamente cuestionada por los gobiernos locales.
    En un análisis macroeconómico serio, esta fractura es un multiplicador del riesgo país: desvía recursos de la gobernanza, aumenta la incertidumbre, reduce la confianza en las instituciones y transforma los problemas sociales en crisis nacionales.
    Crisis interna y costos fiscales: cuando la seguridad se convierte en un rubro presupuestario estructural
    La gestión coercitiva de los conflictos internos no es neutral desde el punto de vista fiscal ni político. Toda escalada conlleva costos inmediatos y futuros: despliegues, logística, inteligencia nacional, alertas tempranas, litigios, investigaciones y costos indirectos en la productividad y los servicios.
    A mediano plazo, estos costos tienden a volverse estructurales, como ocurrió con el gasto en seguridad tras el 11-S. Pero hoy no existe un superávit económico ni un crecimiento sólido que los compense.
    El mayor costo no es solo fiscal: es político. Cuando el gobierno central entra en conflicto con los estados y las ciudades, cuando amenaza con medios excepcionales y debe justificar el uso de la fuerza contra segmentos crecientes de la población, el capital político se consume rápidamente. Es un mecanismo bien conocido:
    menos consenso → más represión → menos consenso → más represión.
    Este círculo vicioso reduce la previsibilidad del panorama político, aumenta el riesgo percibido y hace más costoso mantener el mismo nivel de poder.
    Irán: propaganda humanitaria, pausa táctica y el fracaso del cambio de régimen
    La gestión del expediente iraní en las últimas semanas demuestra la brecha entre la retórica occidental y la realidad geopolítica. No nos enfrentamos a una crisis humanitaria repentina ni a un levantamiento espontáneo, sino a una secuencia coordinada de presión política, informativa y tecnológica que no ha producido los resultados esperados.
    El punto de partida es una narrativa relanzada por la Casa Blanca y amplificada por los medios occidentales: la de las "800 ejecuciones inminentes" que la intervención estadounidense ayudó a evitar. Esta cifra carece de verificación independiente y es principalmente útil para construir un marco moral: la amenaza militar como instrumento de "salvación humanitaria".
    La posterior retirada estadounidense de la opción militar no fue resultado de un éxito diplomático, sino más bien del reconocimiento implícito de que la escalada no produciría ni un cambio de régimen ni una ventaja estratégica sostenible. La pausa anunciada fue táctica, dictada por la conciencia de los costos y riesgos.
    Las protestas iraníes no pueden entenderse sin considerar la infraestructura que apoyó la movilización. La llegada y el despliegue de miles de terminales Starlink en suelo iraní no es un evento neutral: es un intento explícito de eludir los controles de comunicaciones y mantener la coordinación y resiliencia de la información. El hecho de que una parte significativa de estas terminales quedara inoperativa debido a interferencias electrónicas y neutralización, atribuibles a las capacidades rusas y chinas, apunta a un hecho político clave: el expediente iraní se ha convertido en un campo de confrontación tecnológica y estratégica entre bloques.
    A pesar de meses de presión, sanciones y operaciones de influencia, el sistema político iraní no se ha derrumbado. Al contrario, Teherán ha demostrado una capacidad de adaptación y control que ha obligado a Washington a reevaluar sus plazos, herramientas y objetivos. Incluso la postura de Israel, a menudo descrita como automáticamente alineada con la escalada, ha demostrado ser más prudente operativamente: hostilidad estratégica, sí, pero consciente de los riesgos sistémicos de un conflicto incontrolable.
    La mentira de las "ejecuciones evitadas", la dramatización humanitaria, el uso de infraestructura externa y el posterior cambio de postura no reflejan una historia de liderazgo. Revelan la dificultad estructural de aceptar que el cambio de régimen ya no es una herramienta de bajo costo.
    Venezuela: consenso interno, desafíos geopolíticos y el costo del unilateralismo estadounidense
    En el contexto latinoamericano, Venezuela constituye un ejemplo ilustrativo para comprender los límites de la acción estadounidense en el mundo contemporáneo. A pesar de años de presión, las manifestaciones populares en apoyo al gobierno de Caracas siguen siendo masivas y visibles.
    Las calles de Venezuela revelan una realidad que difícilmente encaja en la narrativa occidental: una parte significativa de la población sigue percibiendo al liderazgo actual como un obstáculo para la pérdida de la soberanía nacional. Este apoyo no es meramente ideológico; se alimenta de la creencia de que las presiones externas han empeorado las condiciones económicas y sociales más que propiciado soluciones políticas.
    Desde la perspectiva de Caracas, la gestión de crisis parece ser una partida de ajedrez de varios niveles: consolidar el consenso interno y, al mismo tiempo, explorar canales externos selectivos para evitar el aislamiento sin ceder a la presión y los dictados estadounidenses. El objetivo es contener el riesgo de escalada sin capitular.
    En este contexto, la política estadounidense parece contradictoria: se impone en nombre de la democracia y la seguridad, pero vacía de contenido el derecho internacional al tratar la soberanía estatal como una variable negociable. El resultado es modesto y costoso: no logra estabilizar, no logra generar transiciones controladas y refuerza la desconfianza y la resistencia regionales. El daño más grave es a su reputación: cuando las reglas se invocan solo en la medida en que no obstaculizan la voluntad de poder, la credibilidad del "regulador" del orden global se erosiona.
    Conclusión: El imperio no está mostrando fuerza, está negociando con sus propias limitaciones.
    Si juntamos los planes —deuda y déficit, empleo e inflación, tipos de interés, reducción progresiva de la demanda extranjera de bonos del Tesoro, desavenencias con los aliados, inestabilidad interna, límites de la amenaza militar y modestos resultados de las presiones externas— el panorama no es el de una potencia que impulsa los acontecimientos, sino el de una potencia que reacciona a las limitaciones: financieras, sociales, diplomáticas.
    Lo más peligroso es esto: cuando un sistema se niega a aceptar su propia reducción, tiende a compensarlo con coerción (aranceles, presión sobre los aliados, fuerza) y gestión de riesgos (pausas tácticas cuando el precio potencial es demasiado alto). Esta postura no genera estabilidad: genera fricción. Y la fricción, en un mundo saturado de crisis, no es local.
    No nos enfrentamos al colapso repentino de un imperio, sino a algo más complejo y arriesgado: un coloso que sigue siendo enorme, pero se vuelve rígido; menos capaz de absorber impactos, menos creíble a la hora de construir consensos, más proclive a reaccionar que a liderar. Y cuando el orden internacional se mantiene más por la fuerza que por la legitimidad, el problema no es solo para quienes lo padecen. Es para quienes intentan mantenerlo, cada día, a un coste cada vez mayor.

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