Geoestrategia

Guerra a Irán: el fracaso del caos

Administrator | Viernes 30 de enero de 2026

Juan Alberto Sánchez Marín*

Análisis de la guerra contra Irán y Venezuela: ¿Por qué el caos de EE.UU. está destinado al fracaso y marca el fin de la farsa hegemónica global?

Irán enfrenta una ofensiva sin precedentes en múltiples frentes. Mientras el imperialismo intenta imponer el caos, la resistencia de una Revolución paradigmática define no solo su destino, sino el curso de la humanidad.

Guerra a Irán

Irán está bajo un ataque implacable y en múltiples ámbitos. Irán está en guerra porque los enemigos han emprendido una ofensiva sin cuartel. Es clave decirlo al mundo y esencial rechazarlo a gritos.

De lo restante, de la resistencia y la coherencia se encargan ahora mismo los propios iraníes. Nadie puede hacerlo por ellos ni mejor que ellos. De lo primero, de resistencia, tienen una experiencia de milenios.

Lo segundo, la coherencia, llevan 47 años acorazándola con su Revolución paradigmática, la Revolución Islámica. Sobre los hombros del resto del mundo quedan la solidaridad y la buena voluntad hacia una de las causas de independencia más importantes del presente.

Porque Irán, en los actuales momentos y circunstancias, es mucho más que la superficie que comprende y que la población que lo habita. Y, al igual que Venezuela, es más que el símbolo que representa.

En Irán se cruzan rutas y destinos, y planes y proyectos cruciales para el mundo venidero. Del curso de los acontecimientos y de la prevalencia o no de sus independencias y soberanías, tanto de Irán, como de Venezuela, dependerá, en buena medida, la clase de porvenir que tendremos como humanidad.

Irán es determinante para el futuro de Asia Occidental del mismo modo que Venezuela lo es para el de América Latina. Y Asia Occidental, como América Latina, son, a su vez, regiones decisivas al nivel global. No es palabrería.

Por algo, el imperialismo estadounidense y el sionismo israelí han tenido a ambos países, desde hace rato, en la mira de sus agresiones e injerencias. Ni es ni ha sido porque sí.

Asedio total

La embestida contra la economía iraní viene de todos los frentes: comercial, financiero, energético, tecnológico, monetario, en fin.

En la aplicación de sanciones unilaterales e ilegales, Estados Unidos no obra solo. La Unión Europea y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han sido los cómplices perfectos en los montajes imperfectos.

La intencionalidad cierta se encubre con pretextos, las inculpaciones carecen de argumentos. Pero no solo se abalanzan los enemigos sobre la economía, también, sobre todo, lo hacen sobre la realidad.

A nadie le importa la verdad: solo vale que se impongan las medidas más absurdas contra el país culpable de dignidad. Las calidades éticas, los criterios morales, la honradez, son delitos que se pagan caro.

Los crímenes de guerra, los exterminios, el asesinato de pescadores… Actos propios de hombres duros. Como los de al-Golani, el mochacabezas, recién erigido y ahora prescindible presidente de Siria. O los de Benjamin Netanyahu, el sicópata primer ministro de Israel, alguien sin par en perversidad.

Fábrica de falacias

La cruzada mediática hace el resto. Los grandes medios corporativos hacen eco del apetito de sus capitales dando por hecho la caída de las autoridades iraníes y la destrucción del país.

Otro Afganistán, otro Irak, otra Siria, otra Libia. Irán sería el festín mayor. La tergiversación y las manipulaciones contra Irán se tornan implacables. Cualquier protesta, cualquier expresión natural de inconformidad es infiltrada por la CIA y el Mossad y afines, y deriva en terrorismo.

En tanto que las acciones brutales, armadas y pagas desde afuera, se aplacan en las pantallas de millones de incautos, y en las retinas son exigencias de democracia. O sea, falacias. Las movilizaciones masivas y continuas en favor de las autoridades iraníes, en cambio, son invisibles. Es decir, invisibilizadas.

Los flujos informativos occidentales hacen lo suyo: magnifican la farsa en el relato y transmutan la violencia en armonía. Así justifica Estados Unidos su intervencionismo: los actos terroristas que perpetra los repara con drásticas medidas, pero contra las víctimas.

Traidores a la luz

El derrotero es claro y repetido: a los crímenes los sigue el engaño, y a este el consenso arreglado, que no es fortuito.

La oportunidad se vuelve oportunismo. Y en el río revuelto pescan los infames. Hasta el alma en pena de Reza Pahlavi, el insulso, impopular y corrupto hijo del último sha, espanta por las redes entre bots, cuentas falsas y donantes sionistas.

Pahlavi, al igual que la novelesca Nobel venezolana, María Corina Machado, pide a Trump que esté “preparado” para “intervenir” y “ayudar” al pueblo. Traidores de alcurnia y poca monta. Es lo que son. Es el mundo al revés que no nos ha tocado vivir en suerte, sino en desgracia.

El fin de la farsa

Pero la sembrada “revolución de colores” se les decolora, otra vez, entre las manos y las ganas. Donald Trump, desde luego, exacerba la violencia, pero el problema va más allá de él.

Se trata de una élite que no está acostumbrada a perder, y está perdiendo. Y que lo sabe, sin que le quepa la menor duda. La élite innombrable con responsabilidades sin nombre. De un Estados Unidos que percibe ante sí la fatalidad de no ser el centro de un mundo al que siempre vio como su apéndice.

Irán y Venezuela son territorios que, en el contexto de poderes en confrontación, definen desde ya el rumbo de los pasos a seguir.

El Estados Unidos de la desbocada administración de Trump sigue dando saltos de alegría por la conquista imaginaria de Venezuela y su petróleo. O mama la leche agria de un país cuya rebeldía se forjó hace más de dos siglos, desde los remotos tiempos de Miranda y Bolívar.

La entidad sionista de Israel acepta el destino de paria que se labró a punta de agresiones y del genocidio contra el pueblo palestino. O Irán hace caber el delirio del Gran Israel en las tumbas de unos cuantos criminales a la cabeza del proyecto.

Algo de eso ya atestiguaron los israelíes en la guerra de 12 días que ellos mismos provocaron.

Contra los insumisos

Sea como sea, es una entendible advertencia dirigida a los cuatro vientos y a los cuatro puntos cardinales.

Para China y la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Para Rusia y sus corredores por el Cáucaso. Para los BRICS y la OCS, la Organización de Cooperación de Shanghái. Para los africanos que se insubordinan y para el llamado Sur Global, sin duda alguna. Para quienes no marchen al compás de Washington.

Paso a paso, Estados Unidos irá por todos y cada uno de los países insumisos, estén donde estén, aunque perezca en el intento. Lo intentará en ataques directos, tercerizados, o carcomiéndolos desde adentro con sus nidos de espías y mercenarios, los suyos y de los cómplices.

Irán sabe bien que es el siguiente en el orden del día de planes bélicos, políticos, económicos, sicológicos, mediáticos, en fin.

Ocaso imperial

Irán sabe que será agredido de nuevo, pero no cuándo. Los agresores saben cuándo, pero no el costo que tendrán que pagar por su irresponsabilidad y atrevimiento. Que será alto, altísimo, eso está claro.

Pero están dispuestos a la aventura que sea porque, sea cual sea el resultado, los réditos irán a dar a las arcas propias y de los amigos.

BlackRock, Vanguard, State Street ni nadie de Wall Street ni del Complejo Tecnológico Industrial Militar no pierden. Las consecuencias ciertas las pagarán en vidas e impuestos los estadounidenses de a pie.

Racistas y antirracistas; discriminadores y discriminados; protestantes, católicos o ateos; supremacistas, rednecks, afroamericanos, latinos… todos siempre y juntos por las guerras ajenas.

Mientras esos cuatro Jinetes del Apocalipsis, Donald Trump, J. D. Vance, Marco Rubio y Pete Hegseth insisten en que todas las opciones están sobre la mesa.

La que no contemplan, o, al menos, no manifiestan, es la opción más probable: el fin de la farsa hegemónica e imperial que esos cuatro heraldos personifican.

* periodista y analista internacional. Director de dXmedio.com

La ilusión de una solución rápida con Irán

Xavier Villar

El refuerzo de activos navales y aéreos, el aumento de la retórica disuasoria y las señales de preparación operativa han reactivado un debate recurrente en Washington: hasta qué punto la amenaza creíble del uso de la fuerza puede alterar el comportamiento de Irán sin desencadenar una escalada regional difícil de contener.

Las autoridades iraníes han reiterado que cualquier ataque, incluso de alcance limitado, sería interpretado como una amenaza de carácter existencial y daría lugar a una respuesta proporcional. Esta formulación no debe leerse como una disposición a la escalada indiscriminada, sino como la expresión sintética de una doctrina de seguridad nacional forjada a lo largo de más de cuatro décadas de sanciones, coerción económica y confrontación indirecta con Estados Unidos y sus aliados. Desde esta perspectiva, la suposición de que una acción militar rápida y quirúrgica podría inducir una recalibración estratégica en Teherán resulta, como mínimo, cuestionable.

El núcleo del desacuerdo no es tanto militar como conceptual. En amplios sectores del pensamiento estratégico estadounidense persiste la suposición de que la superioridad tecnológica, la capacidad de proyección de fuerza y la rapidez operativa pueden traducirse en control de la escalada. En el caso iraní, sin embargo, esa suposición choca con una visión radicalmente distinta del conflicto, en la que la resistencia prolongada, la absorción de costes y la expansión gradual del teatro de confrontación forman parte del propio diseño disuasorio.

La experiencia acumulada sugiere que una eventual respuesta iraní no tendría por qué adoptar una forma lineal ni limitarse al plano de la confrontación convencional. Más probablemente, se articularía de manera gradual y multidimensional, buscando alterar el marco estratégico en el que se desarrolla el conflicto más que producir una victoria táctica inmediata. El objetivo no sería imponerse en una guerra frontal, un escenario que Irán nunca ha contemplado seriamente, sino ampliar el conflicto en el tiempo, el espacio y los dominios de confrontación, diluyendo la ventaja inicial del adversario y dificultando el control de los acontecimientos por parte del actor que inicia la acción militar.

Esta lógica se apoya en un principio relativamente claro: la disuasión mediante la posibilidad de una escalada costosa y difícil de gestionar. Frente a la superioridad aérea y naval occidental, Teherán podría recurrir a un conjunto de capacidades asimétricas que incluyen su posición geográfica dominante en torno al estrecho de Ormuz, una red de alianzas regionales cuidadosamente cultivada, capacidades de misiles de alcance medio y herramientas de presión económica, cibernética y marítima. En este sentido, la respuesta no tendría por qué concentrarse en objetivos militares convencionales, sino en nodos críticos cuya disrupción tendría efectos económicos y políticos más amplios, tanto a nivel regional como global.

Un elemento central de este enfoque es la selectividad. En caso de que países aliados de Washington participaran directa o indirectamente en una acción militar, es plausible que Irán calibrara su respuesta con el objetivo de enviar señales diferenciadas, priorizando la disuasión sobre el castigo indiscriminado. La lógica subyacente no sería la de la represalia inmediata, sino la de introducir fricciones dentro de cualquier coalición emergente, subrayando que la implicación en una escalada conlleva costes específicos y no siempre previsibles.

Jordania, por ejemplo, ocupa una posición estructuralmente vulnerable dentro del entramado regional. Su dependencia de la asistencia externa, la fragilidad de su equilibrio económico y la sensibilidad de su tejido social la convierten en un escenario donde incluso una disrupción limitada podría tener efectos políticos significativos. No se trataría necesariamente de un ataque directo a gran escala, sino de acciones destinadas a generar presión indirecta y a reforzar el mensaje de que la estabilidad interna no puede darse por descontada en un contexto de confrontación regional.

Emiratos Árabes Unidos presenta un perfil distinto, pero igualmente sensible. Pese a la retórica reciente de desescalada y a los esfuerzos por proyectar una imagen de neutralidad relativa, Abu Dabi sigue siendo percibido en Teherán como un nodo logístico, financiero y tecnológico clave dentro del ecosistema estratégico estadounidense. Interrupciones puntuales en infraestructuras críticas vinculadas al comercio, la aviación o la energía tendrían repercusiones que irían más allá del plano estrictamente regional, afectando a flujos económicos globales y reforzando la percepción de vulnerabilidad sistémica.

Más al norte, el Cáucaso también podría adquirir relevancia en determinados escenarios. Azerbaiyán, en particular, ocupa un lugar ambiguo en el cálculo iraní. Su papel como corredor energético hacia Europa y su cooperación en materia de seguridad con actores externos lo convierten en un eslabón sensible dentro de una estrategia orientada a ampliar el impacto del conflicto sin recurrir a una confrontación directa con grandes potencias. De nuevo, no se trataría de una escalada automática, sino de una posibilidad latente dentro de un abanico de opciones graduales.

Sin embargo, cualquier análisis que asuma una relación automática entre presión militar y resultados políticos favorables merece ser tratado con cautela. La historia reciente de la región ofrece múltiples ejemplos en los que la superioridad militar no se tradujo en control político duradero. En este contexto, la experiencia de Yemen resulta particularmente ilustrativa, aunque no directamente extrapolable.

Ansaralá, en Yemen, fue objeto durante meses de una intensa campaña de bombardeos liderada por Estados Unidos, concebida inicialmente como una operación destinada a restaurar la disuasión y a forzar un cambio de comportamiento rápido. El resultado fue un fracaso para Washington. Pese al impacto material de los ataques, el movimiento logró preservar sus capacidades esenciales, mantener la cohesión interna y evitar concesiones sustantivas. El alto el fuego alcanzado posteriormente no supuso una derrota estratégica para Ansaralá y, en términos relativos, contribuyó a erosionar uno de los mitos más persistentes del poder militar estadounidense: la idea de la invencibilidad operativa y de la capacidad de imponer resultados políticos mediante el uso limitado de la fuerza.

Las diferencias entre Yemen e Irán son evidentes y sustanciales. Irán es un Estado con instituciones consolidadas, una base industrial y científica significativa y un peso geopolítico incomparablemente mayor. Sin embargo, el precedente yemení invita a cuestionar algunos supuestos persistentes en la planificación estratégica occidental. En particular, pone de relieve que actores con altos umbrales de resistencia política y social pueden absorber costes significativos durante periodos prolongados sin modificar sus objetivos centrales. En estos contextos, el tiempo, la adaptación y la gestión de la escalada adquieren un peso comparable, y en muchos casos superior, al de la superioridad tecnológica o la capacidad de fuego inicial.

En un escenario iraní, además, la dimensión económica sería difícil de aislar del conflicto militar. Incluso disrupciones limitadas en infraestructuras energéticas clave podrían traducirse en aumentos significativos de precios y en una mayor volatilidad de los mercados, amplificando los efectos de la crisis mucho más allá de Oriente Próximo. El impacto no sería necesariamente inmediato ni uniforme, pero sí acumulativo, afectando a cadenas de suministro, expectativas inflacionarias y estabilidad financiera en economías ya sometidas a tensiones estructurales.

A ello se sumaría la posible activación gradual de aliados regionales, no como una reacción automática, sino como parte de una estrategia de presión escalonada. Desde el Mediterráneo oriental hasta el mar Rojo, la ampliación del teatro de operaciones introduciría capas adicionales de complejidad logística, política y diplomática. El uso de herramientas cibernéticas y de influencia, orientadas a perturbar infraestructuras críticas y a erosionar la cohesión interna de los adversarios, completaría este enfoque de confrontación multidominio.

Todo ello apunta a un problema central para los planificadores estratégicos: la dificultad de mantener un conflicto dentro de márgenes predecibles y favorables para quien inicia la acción militar. Para Teherán, la preservación del sistema político constituye una línea roja clara, y cualquier percepción de amenaza existencial ampliaría el abanico de opciones consideradas legítimas. Esto no implica necesariamente una búsqueda deliberada de guerra abierta, sino una estrategia orientada a elevar progresivamente los costes de la confrontación hasta un punto en el que su continuación resulte políticamente insostenible para el adversario.

Desde esta perspectiva, la noción de una solución rápida basada en el impacto inicial de la fuerza parece menos convincente que la de un proceso de desgaste prolongado, marcado por episodios de tensión recurrente y por una incertidumbre persistente. Más que un episodio de “shock and awe”, el riesgo es el de una secuencia de perturbaciones acumulativas que afecten a mercados energéticos, rutas comerciales y equilibrios políticos en múltiples regiones.

En última instancia, la lógica disuasoria iraní no promete una victoria militar clásica ni una derrota clara del adversario. Lo que sugiere es que incluso una acción limitada podría resultar lo suficientemente costosa como para replantear su conveniencia estratégica. En ese cálculo, necesariamente incierto y sujeto a errores de percepción, reside una de las razones por las que, pese a la retórica confrontacional, la vía diplomática rara vez desaparece por completo del horizonte.

El principal campo de batalla, al menos en una fase inicial, no sería únicamente el militar. Sería el espacio más abstracto, pero no menos decisivo, en el que se elaboran los análisis coste-beneficio que informan la toma de decisiones en Washington y entre sus aliados. Y es preciste en ese terreno donde la estrategia iraní busca ejercer su presión más efectiva: no prometiendo una victoria, sino cuestionando la viabilidad misma de la escalada.

El Eje de la Resistencia: La Arquitectura de un Discurso Geopolítico. Irán como pieza fundamental

En el caso de Irán y su entorno estratégico, el análisis dominante ha tendido durante años a privilegiar lecturas materialistas y funcionales, reduciendo su proyección regional a capacidades, apoyos tácticos o equilibrios de poder. Sin embargo, esa mirada deja fuera el elemento más constante y estructurante del proyecto iraní: la soberanía entendida como autonomía política. La cuestión central nunca ha sido técnica ni instrumental, sino la voluntad de preservar una capacidad de decisión propia frente a actores decididos a condicionarla o erosionarla.
Es sobre ese eje intangible pero decisivo donde se ha articulado, una y otra vez, lo que se conoce como el Eje de la Resistencia. Más que una alianza militar o una red de intermediarios armados, se trata de un marco político y discursivo que ofrece coherencia a una constelación diversa de actores. Su centro gravitacional e intelectual se sitúa en Teherán, no como cuartel general operativo, sino como referencia política. El discurso que articula ese eje es, ante todo, un discurso de autonomía, formulado a través de una gramática islámica que combina soberanía, justicia y oposición al orden hegemónico. Esa narrativa ha demostrado una notable capacidad de adaptación, incluso cuando sus expresiones materiales han sido golpeadas con dureza.
La reconstrucción que hoy está en marcha no es, por tanto, únicamente organizativa o estratégica. Es, sobre todo, la rearticulación de ese discurso y de su capacidad para seguir dotando de sentido y dirección a una red de actores que opera en un entorno regional cada vez más volátil y fragmentado.
Génesis y evolución: de la réplica retórica al marco de acción
El término “Eje de la Resistencia” (Muḥawwar al-Muqāwamah) surgió, de forma significativa, como una réplica discursiva deliberada. Apareció en la prensa árabe a comienzos de la década de 2000 como respuesta directa a la noción del “Eje del Mal” formulada por el entonces presidente estadounidense George W. Bush. Este origen resulta clave. Mientras Washington agrupaba a determinados Estados bajo una categoría moralizante de amenaza y desviación, la contranarrativa proponía unificar a actores dispares bajo una noción positiva de resistencia legítima frente a una hegemonía percibida como injusta. Desde el inicio, el Eje no se concibió como una estructura jerárquica de mando, sino como un marco compartido de interpretación de las relaciones de poder y de las formas de impugnarlas.
Irán, bajo el liderazgo del ayatolá Seyed Ali Jamenei, adoptó y reformuló este concepto, elevándolo de consigna reactiva a eje central de su política exterior. Teherán pasó a definirse no solo como un Estado entre otros, sino como un “gobierno de resistencia”, situando la oposición a lo que denomina la arrogancia global (istikbār-e jahānī) en el centro de su identidad política. Se trata menos de una postura militar que de una posición de fondo, de carácter epistémico. El marco que propone ofrece una lectura coherente del orden internacional como un sistema estructuralmente desigual, dominado por potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, y por un proyecto israelí percibido como expansionista. Frente a ese escenario, la resistencia organizada, sostenida y multifacética se presenta como la única vía viable para los pueblos y Estados que se consideran marginados u oprimidos (mustaz‘afīn). Este esquema no solo identifica aliados y adversarios, sino que prescribe una forma de acción política, dotando de sentido y dirección a una estrategia de largo plazo.
Los Pilares Narrativos: Anatomía de un Discurso Cohesionador
Entender el Eje como un constructo discursivo eficaz exige descomponer los pilares narrativos que lo sostienen. Son estos elementos, plásticos en su aplicación pero estables en su núcleo, los que han permitido una cohesión notable pese a la heterogeneidad política, confesional y nacional de sus integrantes.
El primer pilar es la solidaridad transnacional articulada en torno a una causa común. El Eje configura una comunidad política imaginada que trasciende las fronteras estatales y, de forma significativa, atenúa las divisiones sectarias. Aunque su columna vertebral es mayoritariamente chií, ha incorporado de manera pragmática y políticamente eficaz a actores suníes como HAMAS y la Yihad Islámica Palestina, unificándolos bajo la causa palestina como emblema supremo de la injusticia regional. Esta solidaridad se alimenta de valores compartidos, la cultura del sacrificio y el martirio, la primacía de la justicia frente a una paz impuesta, el respaldo activo a los movimientos de liberación, y a su vez los reproduce. No se trata de una alianza administrativa ni contractual, sino de una fraternidad simbólica forjada en una narrativa de lucha histórica compartida.
El segundo pilar, y quizá el más decisivo para el núcleo iraní, es la soberanía concebida como valor no negociable. El discurso del Eje sitúa la defensa de la autodeterminación nacional en la cúspide de su jerarquía normativa. Para Irán, esto implica salvaguardar su proyecto político y su derecho a un desarrollo autónomo, incluidas sus capacidades tecnológicas y defensivas. Para Hezbolá en El Líbano, la soberanía se expresa en la resistencia frente a la ocupación pasada y a la injerencia persistente. Para Ansarolá en Yemen, adopta la forma de oposición a una coalición liderada por Arabia Saudí, interpretada como extensión de un orden hegemónico externo. En este marco, sanciones, presiones diplomáticas o ataques militares se presentan como vulneraciones de una soberanía sacralizada, lo que permite legitimar la “resistencia” no como agresión, sino como derecho inherente y deber político, y en muchos casos también religioso.
El tercer pilar es el pragmatismo estratégico como método operativo. Frente a la caricatura de una ideología rígida y autodestructiva, el discurso del Eje ha demostrado una capacidad sostenida de cálculo y adaptación. No se trata de un bloque monolítico ni de una maquinaria de respuesta automática. Su trayectoria reciente revela una calibración cuidadosa entre una retórica de confrontación maximalista y la preservación de los intereses vitales de cada uno de sus componentes. La participación decisiva de milicias integradas en el Eje de Resistencia en Irak y de Hezbolá en Siria contra el Estado Islámico constituye el ejemplo más elocuente. Actores declaradamente hostiles a Estados Unidos cooperaron de facto con una coalición liderada por Washington para neutralizar una amenaza común, el takfirismo, priorizando la estabilidad regional y su propia supervivencia sobre cualquier noción de pureza ideológica.
La prueba de fuego: adaptación narrativa y latencia estratégica del Eje de la Resistencia
Los últimos años han planteado los desafíos más severos a la coherencia y credibilidad del Eje como narrativa operativa. La guerra en Gaza, la eliminación de figuras centrales como Qasem Soleimani y, de forma particularmente reveladora, el enfrentamiento militar directo entre Irán e Israel en junio de 2025 han sido interpretadas por comentaristas escépticos como la prueba del carácter mítico del Eje o incluso de su colapso definitivo. Sin embargo, una lectura desde el prisma discursivo y político revela no un fracaso, sino un proceso complejo de adaptación, sofisticación narrativa y reorganización estratégica.
Desde la ofensiva israelí de múltiples frentes iniciada tras el ataque de HAMAS el 7 de octubre de 2023, y acentuada después de la guerra de doce días de junio de 2025, los actores del Eje han adoptado una fase de latencia cuidadosamente calculada. Lejos de implicar debilidad, esta pausa refleja un repliegue inteligente orientado a preservar capacidades, fortalecer legitimidad y consolidar influencia regional. Desde finales de 2024, distintos informes documentan dinámicas de reorganización institucional, movilización social y expansión de la inserción política en sus entornos nacionales.
El episodio de junio de 2025 resulta particularmente ilustrativo. Ante un ataque israelí de gran escala, la respuesta iraní fue calculada y simbólica, diseñada para restablecer la disuasión sin precipitar una guerra total. Los llamados frentes aliados del Eje, Hezbolá en Líbano, las milicias en Irak y Ansarolá en Yemen, no desataron una ofensiva coordinada masiva, como la retórica de unidad de los frentes podría haber sugerido. Desde un enfoque militar estricto, esto podría interpretarse como desconexión. Sin embargo, desde la lógica del discurso del Eje, esta contención refleja deliberadamente un control, evitando una escalada regional masiva que pudiera forzar una intervención estadounidense directa y desestabilizar a todos los componentes del bloque.
En el Líbano, Hezbolá ha reorientado su estrategia hacia la resiliencia comunitaria y la autosuficiencia política, desplegando programas de asistencia, subsidios de vivienda y microcréditos que refuerzan su base en zonas de mayoría chií. En este sentido, el movimiento demuestra que la fuerza no se mide solo en confrontaciones abiertas, sino en la capacidad de organizar tiempo, recursos y voluntades hacia objetivos de largo plazo.
En Irak, la estrategia se centra en la institucionalización y la transformación de la presencia política en influencia estable. La inserción de actores del Eje en estructuras estatales y proyectos de desarrollo económico evidencia un enfoque inteligente: consolidar poder mediante legitimidad y rutinas administrativas más que por confrontación directa. Esto refuerza la percepción de normalidad y estabilidad, consolidando su rol como actor indispensable en la arquitectura política nacional mientras proyecta un relato de soberanía y reconstrucción frente a presiones externas.
Dinámicas similares se observan en Yemen. Ansarolá está centrado la gobernanza territorial y social, proyectando autoridad y legitimidad a través de redes comunitarias y administración cotidiana. La narrativa de autodeterminación y defensa frente a la injerencia externa se convierte en un eje de cohesión interna y en instrumento de proyección política regional.
Esta fase demuestra que el Eje no es un bloque dependiente de recursos externos, sino un proyecto político-autónomo que utiliza su narrativa, cohesión social y capacidad de adaptación para mantener relevancia y cohesión. Su fuerza reside menos en la confrontación inmediata que en la construcción de un marco epistémico común: un lenguaje de resistencia que organiza percepciones, jerarquiza amenazas y ofrece coherencia estratégica a actores diversos que comparten afinidades e intereses, aun cuando operan con independencia táctica.
Este enfoque recalca un principio central del Eje: la resistencia se construye sobre la autonomía y el cálculo estratégico, integrando capacidades locales, disuasión selectiva y gestión de riesgo a largo plazo. La narrativa maestra del bloque se ajusta, incorporando cálculo frío, resiliencia comunitaria y resistencia prolongada como virtudes superiores al impulso inmediato. La capacidad de absorber un golpe severo, responder de manera simbólica y mantener influencia política se presenta internamente como una forma de poder racional y superior, reafirmando la centralidad de Irán y la cohesión del Eje como un actor político estratégico en la región.
Conclusión: La resiliencia de la narrativa y su futuro
La obsesión occidental con mapas de misiles, cadenas de mando y suministros de armamento ha oscurecido sistemáticamente la comprensión del fenómeno más duradero y potente en la geopolítica regional. El Eje de la Resistencia es, ante todo, una arquitectura de significado. Funciona como un marco discursivo sólido que permite a actores diversos, desde un Estado revolucionario con ambiciones regionales hasta milicias profundamente enraizadas en sus contextos locales, interpretar su lugar en el mundo, legitimar sus acciones ante sus bases sociales y forjar alianzas sobre la base de una cosmovisión compartida más que de intereses materiales inmediatos.
Su fuerza no se mide únicamente, y quizás ni siquiera principalmente, por la capacidad de desatar guerras coordinadas en múltiples frentes, una idea que el episodio de 2025 ayudó a desmentir. Su verdadero poder reside en estructurar opciones políticas, dar sentido épico a luchas locales y sostener una alternativa conceptual frente al orden de seguridad dominante. La interacción dialéctica entre el centro ideológico iraní, que establece los principios fundamentales, y las periferias operativas, como Hezbolá, Yemén y las milicias iraquíes, que aplican esos principios con pragmatismo en sus contextos, es lo que otorga al Eje su sorprendente resiliencia y capacidad de evolución.
La reconstrucción más significativa no ocurre únicamente en talleres de misiles o drones, aunque esos avances existen, sino en la rearticulación continua de esta narrativa para una era de confrontación directa y de cálculos geopolíticos mucho más complejos. Mientras el discurso de la resistencia siga ofreciendo un propósito histórico, un escudo de legitimidad soberana y un sentido de comunidad, el Eje, como idea-fuerza, continuará siendo un factor central tanto en el imaginario político como en la realidad operativa de la región.
La cuestión esencial, según esta narrativa, sigue siendo la soberanía y la capacidad de definir el propio destino sin condicionamientos externos. Este principio ha demostrado ser resistente y probablemente seguirá siéndolo.
Realismo y estrategia: la lectura de Mearsheimer sobre las dinámicas iraníes en 2025-2026
Las protestas registradas en Irán a finales de 2025 y comienzos de 2026 han sido interpretadas, principalmente como la expresión de tensiones acumuladas en el ámbito económico y social. Esta lectura, centrada en factores domésticos, identifica elementos reales: como por ejemplo, la presión inflacionaria persistente. En muchos análisis, estos factores aparecen como suficientes para explicar tanto la magnitud de las movilizaciones como la respuesta posterior de las autoridades.
El problema de esta interpretación no es lo que afirma, sino lo que deja fuera. En el caso de Irán, aislar las dinámicas internas del entorno estratégico en el que se desarrollan introduce una distorsión analítica relevante. Desde hace décadas, el país opera bajo un régimen de sanciones, amenazas militares recurrentes y una confrontación sostenida con potencias regionales y extrarregionales. En este contexto, lo interno y lo externo rara vez funcionan como esferas separadas. Tratar las protestas como un fenómeno estrictamente doméstico puede resultar descriptivo, pero difícilmente explicativo.
Un reciente análisis, elaborado por el profesor John Mearsheimer, desde la tradición realista en relaciones internacionales propone precisamente esta ampliación del marco. Desde esta perspectiva, las protestas no pueden comprenderse sin referencia al entorno de presión estructural en el que se producen. El realismo no niega la existencia de demandas legítimas; lo sitúa dentro de una lógica más amplia de competencia entre Estados, donde los espacios internos se ven inevitablemente afectados por rivalidades estratégicas prolongadas.
Realismo, anarquía y cálculo de supervivencia
El punto de partida del realismo es bien conocido. El sistema internacional carece de una autoridad central capaz de garantizar la seguridad de los Estados. En este entorno anárquico, la supervivencia se convierte en el objetivo primario, y el poder —militar, económico, tecnológico— en el principal medio para alcanzarla. Las intenciones de otros actores nunca pueden darse por seguras, y la cooperación, aunque posible, es siempre contingente y reversible.
Desde este marco, Irán aparece menos como una anomalía ideológica y más como un actor que responde a incentivos estructurales reconocibles. Su política regional, su inversión en capacidades militares asimétricas y su insistencia en preservar opciones estratégicas se inscriben en una lógica de disuasión frente a un entorno percibido como hostil. Estados Unidos, Israel y algunos actores regionales, por su parte, interpretan estas mismas políticas como una amenaza directa a su posición estratégica en Asia Occidental.
El resultado es una relación marcada profundamente asimétrica. Las sanciones económicas, la presión diplomática y las formas de confrontación indirecta no son respuestas morales a un régimen considerado ilegítimo, sino instrumentos de política de poder orientados a alterar el equilibrio de incentivos del Estado iraní. El realismo no ofrece un juicio normativo sobre esta dinámica; se limita a describirla como una consecuencia previsible de la distribución de poder existente.
Presión económica y fragilidad social
El primer vínculo claro entre las protestas y el entorno internacional es económico. Las sanciones han tenido un impacto profundo y sostenido sobre la economía iraní, restringiendo el acceso a mercados, divisas y tecnología. Aunque los problemas internos desempeñan un papel relevante, la presión externa actúa como un amplificador de tensiones preexistentes.
Desde una perspectiva realista, este efecto no es accidental. Las sanciones forman parte de una estrategia de presión prolongada diseñada para alterar el equilibrio de incentivos del Estado iraní, con efectos secundarios previsibles sobre la estabilidad interna (las recientes palabras del secretario del Tesoro estadounidense en Davos serían una confirmación de esta intención).
El debate sobre su eficacia a largo plazo continúa abierto, pero su impacto distributivo es difícil de negar. Las capas más vulnerables de la población tienden a absorber una parte desproporcionada del coste, creando un entorno social más propenso a la movilización.
Reconocer este vínculo implica poner el foco en la relacion entre interior-exterior, en el que las variables económicas internas están profundamente condicionadas por decisiones externas. En este sentido, las protestas no surgen en el vacío, ni pueden analizarse como si lo hicieran.
Protesta, tecnología y dimensión transnacional
El segundo elemento relevante del análisis realista se refiere al entorno tecnológico y comunicacional en el que se desarrollaron las protestas. En los últimos años, las herramientas digitales han adquirido un papel central en la organización, visibilización y coordinación de movilizaciones sociales. En contextos de alta polarización geopolítica, estas herramientas introducen inevitablemente una dimensión transnacional.
Durante las protestas se observó un uso intensivo de infraestructuras tecnológicas externas, especialmente en materia de conectividad, que permitió sortear restricciones y amplificar la circulación de información. Desde una lectura realista, estas infraestructuras no se consideran neutrales: forman parte del entorno estratégico contemporáneo y afectan al equilibrio entre control estatal y capacidad de movilización social.
Lo que sugiere es que, en un entorno de rivalidad estratégica prolongada, las crisis internas tienden a adquirir una relevancia que trasciende lo puramente doméstico. La tecnología actúa como un multiplicador de efectos, capaz de transformar tensiones localizadas en episodios de alcance nacional.
Narrativas, percepción y legitimidad
Un tercer componente importante es el tratamiento mediático internacional de los acontecimientos. En gran parte de los medios occidentales, la cobertura tendió a privilegiar marcos interpretativos centrados casi exclusivamente en la respuesta estatal, con una atención limitada a los factores estructurales externos. Esta selección no necesariamente responde a una coordinación deliberada, sino a una combinación de sesgos informativos, dependencia de fuentes oficiales y marcos normativos consolidados.
El efecto, sin embargo, es significativo. Al presentar la crisis como una confrontación binaria entre un Estado y una sociedad civil homogénea, se reduce el espacio para análisis más complejos y se refuerza la legitimidad de políticas de presión adicionales. Desde el punto de vista iraní, esta dinámica contribuye a la percepción de que el conflicto no se limita al ámbito interno, sino que forma parte de una disputa más amplia por la legitimidad y la soberanía.
La respuesta del Estado y la lógica de la contención
Frente a este escenario, la respuesta del Estado iraní puede interpretarse como un ejercicio clásico de contención. Ante una situación percibida como potencialmente desestabilizadora, las autoridades priorizaron el restablecimiento del control sobre los flujos de información y la limitación de focos de violencia. Desde una perspectiva realista, es coherente con el comportamiento de Estados que enfrentan escenarios de presión acumulada.
Al reducir la capacidad de coordinación y escalada, el Estado, en esta narrativa, logró evitar una crisis prolongada. Sin una dinámica de desestabilización sostenida, el episodio perdió parte de su relevancia estratégica externa. La opción de una intervención directa, siempre costosa e incierta, dejó de ser una alternativa viable en el corto plazo.
Este desenlace ilustra una de las intuiciones centrales del realismo: los Estados, incluso bajo presión intensa, suelen mostrar una capacidad de resiliencia mayor de la que anticipan sus adversarios. La estabilidad, en este sentido, no implica ausencia de tensiones, sino capacidad para gestionarlas dentro de ciertos límites.
Relectura de la confrontación de 2025
El análisis de las protestas se vincula inevitablemente con la confrontación militar abierta de junio de 2025, un episodio que marcó un punto de inflexión en la dinámica de disuasión regional. En gran parte del discurso occidental, el enfrentamiento fue presentado como una demostración concluyente de superioridad militar por parte de Estados Unidos e Israel, centrada en la capacidad de proyectar fuerza y en los ataques dirigidos contra infraestructuras estratégicas iraníes.
Una lectura más sobria y estructural sugiere, sin embargo, un balance menos categórico. Más que un desenlace decisivo, el conflicto puso de relieve los límites del poder militar convencional frente a un Estado que ha construido su estrategia precisamente en torno a la resiliencia, la dispersión de capacidades y la gestión del riesgo a largo plazo. Lejos de producir un colapso estratégico, la confrontación confirmó que Irán conserva márgenes significativos de maniobra incluso bajo presión directa.
Desde esta perspectiva, la capacidad iraní para absorber el impacto inicial, mantener la cohesión institucional y responder de forma calibrada alteró los cálculos de escalada de todas las partes involucradas. El conflicto evidenció que, aunque la asimetría tecnológica persiste, los costes potenciales de una escalada prolongada resultan suficientemente elevados como para reforzar una lógica de contención mutua. La disuasión, más que desaparecer, se reconfiguró.
En este contexto, las afirmaciones sobre una neutralización definitiva de las capacidades estratégicas iraníes resultan difíciles de sostener. Más allá de los comunicados oficiales, la ausencia de cambios estructurales en el equilibrio regional y la continuidad de las políticas de presión sugieren que los objetivos estratégicos de fondo permanecen abiertos. Si el propósito hubiera sido eliminar de forma concluyente las opciones estratégicas de Irán, la necesidad de recurrir posteriormente a instrumentos indirectos y a la presión política sostenida sería difícil de explicar.
Desde un punto de vista realista, una de las consecuencias más relevantes de la confrontación fue la reafirmación de la racionalidad estratégica iraní. Frente a incentivos que empujaban a la escalada, Teherán optó por limitar el conflicto y evitar una dinámica que habría incrementado exponencialmente los riesgos regionales. Esta elección no refleja debilidad, sino una lectura prudente de los costes sistémicos asociados a una guerra abierta.
En última instancia, la confrontación de 2025 no resolvió la disputa central, pero sí reforzó una conclusión incómoda para muchos observadores externos: Irán sigue siendo un actor capaz de resistir, adaptarse y calcular estratégicamente bajo presión extrema. Cualquier análisis de los acontecimientos posteriores, incluidas las protestas internas, difícilmente puede desligarse de esta demostración de resiliencia estatal.
Conclusión
Desde esta perspectiva, las protestas recientes en Irán no pueden entenderse únicamente como un fenómeno interno. Son el resultado de una interacción compleja entre tensiones domésticas y un entorno estratégico marcado por décadas de presión y rivalidad. El realismo no ofrece consuelo ni soluciones normativas. Tampoco pretende absolver ni condenar a los actores involucrados.
Su aportación es más limitada, pero esencial: recordar que, en un sistema internacional sin garantías, los Estados interpretan los acontecimientos internos a la luz de amenazas externas percibidas, y actúan en consecuencia. Mientras estas dinámicas estructurales permanezcan sin resolver, las tensiones internas en Irán —como en otros Estados sometidos a presión prolongada— seguirán interactuando con rivalidades externas de un modo que desafía lecturas simplificadas y exige marcos analíticos más amplios.
Irán no odia a los estadounidenses… pero tiene razones legítimas para hacerlo
Larry C. Johnson
Hoy, durante una reunión de Zoom, escuché a un general retirado de EE. UU. defender la guerra contra Irán… No estaba abogando por que Trump lo hiciera, pero ofreció un resumen fascinante de cómo él, y la mayoría de los estadounidenses, ven a Irán como una amenaza que debe ser destruida. Su acusación básica es que Irán ha matado a miles de estadounidenses, especialmente personal militar estadounidense, y es un estado terrorista irredimible. Estén atentos… Les voy a demostrar lo equivocado que está ese caballero.
Cuando terminó de hablar, pedí la palabra y expliqué que los ataques de Irán contra personal estadounidense durante los últimos 45 años fueron, en gran medida, una respuesta a las acciones de Estados Unidos. A continuación, una explicación completa de mi desacuerdo con su premisa. Le di la versión del Reader's Digest … Aquí está la versión completa .
La ira de Irán hacia Estados Unidos comienza en 1953, cuando el presidente democráticamente elegido, Mohammad Mossadegh, fue derrocado en un golpe de estado respaldado por la CIA y el MI6 el 19 de agosto de 1953. El acontecimiento se conoce comúnmente en Irán como el golpe de estado del “28 Mordad”, por la fecha correspondiente en el calendario iraní.
Avanzamos hasta 1979, cuando la Revolución iraní derrocó al sha Mohamed Reza Pahlavi, respaldado por Estados Unidos, e instauró la República Islámica bajo el ayatolá Ruhollah Jomeini. La revolución surgió de profundos agravios contra el sha Mohamed Reza Pahlavi, quien había gobernado desde 1941 como un monarca autocrático estrechamente alineado con Occidente, en particular con Estados Unidos y Gran Bretaña. La Revolución Islámica fue impulsada por diversos factores:
Represión y autocracia : el régimen del Sha utilizó la policía secreta (SAVAK) para reprimir la disidencia, los partidos políticos y las figuras de la oposición.
Occidentalización rápida : Su Revolución Blanca (iniciada en 1963) promovió la reforma agraria, los derechos de las mujeres y la modernización, pero alienó a los terratenientes tradicionales, al clero (ulama) y a los segmentos conservadores de la sociedad que la vieron como una erosión de los valores islámicos y la identidad cultural.
Desigualdad económica e inflación : la riqueza petrolera experimentó un auge en la década de 1970, pero los beneficios se distribuyeron de manera desigual, lo que condujo a la corrupción, la migración urbana y dificultades económicas para muchos.
Influencia extranjera — El resentimiento persistía desde el golpe de estado de 1953 respaldado por la CIA que restauró al Sha después de derrocar al primer ministro Mohammad Mossadegh, que había nacionalizado el petróleo.
Renacimiento religioso : el Islam chiita proporcionó una fuerza unificadora contra el secularismo y el imperialismo percibidos.
Este cambio radical rompió las relaciones diplomáticas, y Estados Unidos impuso sanciones y consideró al nuevo régimen una amenaza para la estabilidad regional y los intereses estadounidenses en Oriente Medio. La tensión alcanzó su punto álgido con la Crisis de los Rehenes en Irán (noviembre de 1979-enero de 1981), cuando estudiantes tomaron la Embajada de Estados Unidos en Teherán y retuvieron a 52 estadounidenses durante 444 días, una respuesta directa al apoyo estadounidense al Sha. La crisis de los rehenes en la Embajada de Estados Unidos en Teherán, que duró 444 días, profundizó la enemistad y sentó las bases para décadas de confrontación.
Mientras la tensión se intensificaba, el líder iraquí Saddam Hussein, percibiendo la debilidad del Irán posrevolucionario y con el apoyo de Estados Unidos, lanzó una invasión a gran escala de Irán. Aunque Estados Unidos no orquestó directamente el asalto, Washington rápidamente se inclinó hacia Bagdad, proporcionando apoyo militar y de inteligencia crucial para evitar una victoria iraní, temiendo que pudiera desestabilizar el Golfo.
Miles de millones en ayuda económica, inteligencia satelital y tecnología de doble uso fluyeron hacia Irak, reforzando su maquinaria bélica. Para 1983, cuando el conflicto se estancó brutalmente, Irak intensificó su ofensiva con armas químicas, utilizando gas mostaza y agentes nerviosos como el tabún contra tropas y civiles iraníes. El gobierno estadounidense facilitó el programa de armas químicas de Irán. Irak comenzó a producir pequeñas cantidades de gas mostaza vesicante ya en 1981 (inicialmente unas 10 toneladas métricas), y la producción aumentó significativamente a mediados de la década de 1980.
Las exportaciones de precursores más documentadas vinculadas a EE. UU. involucraron tiodiglicol (TDG), un ingrediente clave para producir gas mostaza (mostaza de azufre). Las empresas estadounidenses, con licencias de exportación del Departamento de Comercio de EE. UU. , suministraron cientos de toneladas de TDG y productos químicos de doble uso relacionados a Irak a partir de mediados de la década de 1980. Las exportaciones de estos precursores por parte de empresas estadounidenses (en particular, Alcolac International de Maryland, entre otras) ocurrieron principalmente entre 1985 y 1989, aunque algunos envíos se remontan a 1987-1988 para grandes envíos específicos enrutados a través de intermediarios (por ejemplo, a través de Jordania o Europa para ocultar el destino final). Para 1987, la producción de agente mostaza de Irak había aumentado drásticamente (90 veces desde los niveles de 1981), ayudada en parte por estos suministros de TDG de finales de la guerra de dos empresas estadounidenses, por un total de cientos de toneladas.
Estados Unidos era plenamente consciente de la carnicería que se estaba infligiendo a los iraníes y continuó brindándoles apoyo, compartiendo planes de batalla, proporcionando inteligencia (mi difunto amigo, el coronel retirado del ejército W. Patrick Lang, transmitió personalmente información estadounidense al Estado Mayor iraquí en 1988 y 1989) y suministrando compuestos químicos precursores que se utilizaron como armas, a pesar de las prohibiciones internacionales impuestas posteriormente. Las acciones estadounidenses prolongaron la guerra, que se cobró al menos 500.000 vidas iraníes, dejando cicatrices de veneno y fuego en los campos de batalla iraníes. Y el público estadounidense aún se pregunta por qué Irán corea « Muerte a Estados Unidos» .
Mientras tanto, al otro lado del Mediterráneo, otro capítulo de fricción entre Estados Unidos e Irán se desató en el Líbano en medio de su guerra civil cuando el ejército israelí invadió el Líbano el 6 de junio de 1982, lo que catalizó la formación de Hezbolá como movimiento de resistencia armada. Hezbolá, un movimiento chiita, fue respaldado y entrenado por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán en el Valle de la Bekaa. Dos meses después, en agosto, Estados Unidos se unió a una fuerza multinacional de mantenimiento de la paz en el Líbano, desplegando marines en Beirut, aparentemente para estabilizar la nación fracturada y apoyar al gobierno prooccidental. Pero las fuerzas estadounidenses pronto abandonaron su fachada neutral. Los bombardeos navales de buques de guerra estadounidenses, incluido el USS New Jersey, tuvieron como objetivo a las milicias drusas y chiitas alineadas con los intereses sirios e iraníes, matando a civiles e intensificando el conflicto.
Las acciones estadounidenses se percibieron correctamente como una intervención partidista y provocaron una feroz represalia por parte de grupos con sede en el Líbano, entre ellos el recién formado Hezbolá y AMAL, una milicia chiita fundada en 1974 por el carismático clérigo chiita de origen iraní, el imán Musa al-Sadr, y el político Hussein el-Husseini. El 23 de octubre de 1983, un atentado suicida con un camión bomba atacó el cuartel de la Infantería de Marina de Estados Unidos, matando a 241 militares estadounidenses en uno de los ataques más mortíferos contra las fuerzas estadounidenses desde la Segunda Guerra Mundial. El atentado, vinculado a directivas iraníes y perpetrado por AMAL, obligó a Estados Unidos a retirarse en 1984, lo que marcó una humillante retirada y endureció la determinación antiiraní en Washington.
Décadas después, la saga evolucionó hacia sombras encubiertas. El Mujahedin-e Khalq (MEK), un grupo de oposición iraní con una ideología marxista-islamista, había librado durante mucho tiempo una guerra de guerrillas contra la República Islámica, incluyendo asesinatos y atentados con bombas que mataron a miles de personas. Designado como organización terrorista por los EE. UU. en 1997 por ataques que incluyeron asesinatos de estadounidenses en la década de 1970, el MEK encontró patrocinadores improbables en Washington después de la invasión de Irak de 2003. (Por favor, vea mi artículo del 3 de enero, EE. UU. e Israel se preparan para un nuevo ataque contra Irán mediante la creación de una narrativa de caos gubernamental , para más detalles sobre el MEK). Las fuerzas estadounidenses desarmaron pero protegieron los campamentos del MEK en Irak, y surgieron acusaciones de que la CIA y el Comando Conjunto de Operaciones Especiales (JSOC) entrenaron a operativos del MEK para sabotaje transfronterizo y operaciones de inteligencia dentro de Irán. Para la década de 2010, en medio de las tensiones nucleares, el MEK —excluido de la lista de organizaciones terroristas en 2012 tras una intensa presión política— presuntamente perpetró asesinatos de científicos iraníes y atentados terroristas, con el apoyo tácito de Estados Unidos, para debilitar el régimen de Teherán. Según fuentes públicas, entre 2007 y 2012 fueron asesinados cinco científicos iraníes claramente vinculados a los programas nucleares o militares relacionados de Irán dentro de Irán. Esta oscura alianza ejemplificó la persistente estrategia estadounidense: contención mediante intermediarios, incluso si eso implicaba apoyar a terroristas.
Quiero abordar las cifras reales de estadounidenses asesinados por el terrorismo iraní . Para definir el terrorismo, utilizo la definición que Bibi Netanyahu le dio a William F. Buckley en una entrevista de 1987... El terrorismo es el uso de la violencia contra CIVILES con fines políticos . El número de estadounidenses asesinados directamente por Irán (es decir, acciones llevadas a cabo por las fuerzas estatales iraníes, como el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), sin intermediarios como Hezbolá, las milicias iraquíes, Hamás, los hutíes u otros representantes) desde la Revolución Islámica de 1979 es muy bajo , y fuentes históricas creíbles apuntan a cero muertes confirmadas de operaciones militares o terroristas iraníes puramente directas dirigidas a estadounidenses en ese período de tiempo.
¿Qué hay de los ataques iraníes por intermediarios contra civiles? Se estima que, durante los últimos 46 años, se han confirmado entre 50 y más de 100 muertes de civiles a manos de importantes intermediarios (principalmente los primeros ataques de Hezbolá y las operaciones de Hamás), dependiendo de la inclusión de ciudadanos con doble nacionalidad y casos menos documentados.
Examinemos ahora la cantidad de muertes de militares estadounidenses atribuidas a agentes iraníes. Cabe destacar que no se trata de actos terroristas, sino de ataques contra objetivos militares legítimos. Se estima que la cantidad de muertes de militares estadounidenses atribuidas a agentes iraníes (grupos financiados, entrenados, armados o dirigidos por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán, como Hezbolá, varias milicias chiítas iraquíes como Kata'ib Hezbolá y Asa'ib Ahl al-Haq, entre otros) desde 1979 oscila entre cientos y más de 1000, según la fuente y el alcance de la atribución. No existe una cifra oficial acumulada única y universalmente aceptada del gobierno estadounidense que abarque todos los incidentes, pero estimaciones fiables de informes del Pentágono, documentos desclasificados, centros de investigación (p. ej., la Fundación para la Defensa de las Democracias/FDD) y sentencias judiciales ofrecen el siguiente desglose:
Atentado con bomba en el cuartel de los Marines de Beirut (Líbano) de 1983: Llevado a cabo por la Yihad Islámica (un precursor temprano de Hezbolá, respaldado y dirigido por Irán). Este atentado suicida con un camión bomba mató a 241 militares estadounidenses (principalmente marines, además de personal de la Armada y el Ejército). Los tribunales y los servicios de inteligencia estadounidenses han responsabilizado a Irán de dirigir el ataque a través de sus agentes.
Guerra de Irak (2003-2011): A las milicias chiítas respaldadas por Irán, provistas de armas como penetradores de formación explosiva (EFP), entrenamiento y financiación por la Fuerza Quds del CGRI, se les atribuye la muerte de al menos 603 soldados estadounidenses (según estimaciones revisadas del Pentágono de 2019; cifras anteriores citaban aproximadamente 500). Esto representa aproximadamente el 17 % de todas las muertes de soldados estadounidenses en combate en Irak durante ese período. Algunas fuentes (por ejemplo, análisis anteriores) sugieren que la cifra podría superar las 1000 al incluir casos indirectos o de atribución más difícil.
Ataque con drones en enero de 2024 por parte de Kata'ib Hezbollah (milicia iraquí respaldada por Irán) contra la base Tower 22 en Jordania: mató a 3 militares estadounidenses y hirió a docenas.
Analicemos ahora el número de muertes civiles causadas por Estados Unidos en Irak y Afganistán en el siglo XXI. La fuente más fiable para las muertes directamente atribuidas es el proyecto Iraq Body Count (IBC) , que recopila informes contrastados de medios de comunicación, registros oficiales y otras fuentes. Según el IBC , las muertes violentas de civiles documentadas (2003-presente) se estiman entre 150.000 y 210.000 (con totales que alcanzan entre 187.000 y 211.000 según actualizaciones recientes, incluidas las posteriores a 2016).
Estimar las muertes de civiles afganos atribuidas a las fuerzas de la coalición liderada por Estados Unidos (principalmente Estados Unidos y sus socios de la OTAN/ISAF) desde la invasión de 2001 hasta la retirada de 2021 es difícil porque no existe una base de datos completa y pública equivalente al Iraq Body Count (IBC) para Afganistán. En cambio, Afganistán se basó en gran medida en los informes de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Afganistán (UNAMA) a partir de 2009, que proporcionan cifras documentadas (no exhaustivas), a menudo con desgloses por perpetrador. El total de muertes de civiles documentadas (todas las causas, 2001-2021) se estima en 46.000 (según el Proyecto Costs of War y los resúmenes de Wikipedia extraídos de la UNAMA y otras fuentes). Esta es la cifra de muertes violentas directas... Si incluyéramos las muertes indirectas por enfermedades, desnutrición y desplazamiento, los expertos creen que las cifras podrían acercarse a las 100.000.
Volviendo a la definición de terrorismo de Bibi Netanyahu, solo hay un país operando en Asia Occidental que ha matado al menos a 250.000 civiles... No es Irán, sino Estados Unidos. Durante los últimos 46 años, se ha engañado al público estadounidense sobre una amenaza terrorista iraní que palidece en comparación con lo que ha hecho Estados Unidos. Si sumamos el número de iraníes asesinados por un agente financiado por Estados Unidos, la cifra de vidas perdidas se acerca al millón. Si existe un Dios que juzga a las naciones por el mal que cometen, el único país que debería temer el juicio divino es Estados Unidos, no Irán.

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