Larry C. Johnson
He publicado tres de mis podcasts recientes al final de este artículo, pero si solo tienen tiempo para ver uno, ignórenme y concéntrense en el cuarto video... Danny Davis entrevista al comodoro retirado de la Marina Real, Steve Jeremy. Jeremy describe con gran detalle los problemas y desafíos que enfrentará la Marina estadounidense si se encuentra estacionada cerca de la frontera sur de Irán cuando Donald Trump dé la orden de atacar a Irán. En cuanto a mis podcasts, les recomiendo escuchar mi conversación con el estimado Sergei Karaganov.
Analicemos los tres destructores de misiles guiados que acompañan al USS Abraham Lincoln. Informes confiables de fuentes abiertas de USNI News, The War Zone, Zona Militar y otros medios de defensa (con fecha del 26 al 29 de enero de 2026) identifican sistemáticamente a los siguientes destructores de misiles guiados clase Arleigh Burke como los principales escoltas del portaaviones:
- USS Frank E. Petersen Jr. (DDG-121): A menudo conocido como el comandante de Defensa Aérea y de Misiles Integrada (IAMD) del grupo.
- USS Spruance (DDG-111)
- USS Michael Murphy (DDG-112)
Estos tres destructores forman la fuerza principal de escolta de superficie y proporcionan defensa aérea, guerra antisubmarina, guerra antisuperficie y capacidades de ataque (a través de misiles Tomahawk y otras armas en sus celdas VLS Mk 41).
Carga típica de misiles de defensa aérea (ejemplos de análisis y despliegues recientes):
- A menudo, entre 40 y 70 misiles de defensa aérea dedicados (SM-2/SM-6/ESSM combinados), según las prioridades.
- Mezclas comunes: 30–50 SM-2/SM-6 + 16–64 ESSM (ESSM en paquete cuádruple para obtener números más altos en defensa de puntos).
- Ejemplo de carga de alta defensa aérea: ~48 SM-2 + 16 SM-6 + 64 ESSM (un total de ~128 misiles de defensa aérea mediante empaquetamiento cuádruple).
- En la práctica, muchas células están asignadas a Tomahawks u otras municiones, por lo que los recuentos de defensa aérea pura son menores (por ejemplo, 50 a 100 interceptores efectivos por barco en un contexto de grupo de ataque de portaaviones).
Es el último punto que crea una gran vulnerabilidad para el grupo de ataque de portaaviones... Los destructores están equipados con celdas VLS . Celda VLS significa celda del Sistema de Lanzamiento Vertical , un compartimento modular en lanzadores de misiles navales como el Mk 41 VLS que alberga uno o más misiles precargados verticalmente bajo cubierta. Como se mencionó en el último punto, estas celdas también se utilizan para lanzar misiles de crucero Tomahawk, que probablemente serán una de las armas disparadas contra Irán. Esto significa que la capacidad de defensa aérea de los destructores de la Armada de Estados Unidos se verá reducida para dar cabida a los Tomahawks.
Si Irán decide lanzar 300 drones en un ataque en enjambre contra la fuerza de ataque del portaaviones, y cada destructor dispara al menos dos misiles de defensa aérea contra ellos, se necesitarían 600 misiles de defensa aérea. Y ahí está el problema: si cada destructor lleva una carga de Tomahawks, solo transportará un máximo de 100 interceptores. Los destructores no solo no tendrán suficientes interceptores para repeler el ataque de los drones iraníes, sino que agotarán su arsenal de misiles.
La única manera de recargar estas celdas es que cada destructor debe navegar a un puerto equipado con grúas capaces de recargar las celdas VLS. El puerto más cercano (supongo que el puerto de Bahréin no está disponible porque Irán habrá cerrado el Estrecho de Ormuz) está en Diego García, que está a 3 o 4 días de distancia si cada barco de la USN viaja a 25 nudos.
Irán cuenta con cinco clases de drones que pueden volar al menos 1.000 kilómetros, lo que significa que el grupo de ataque de portaaviones estadounidense se enfrentará a un mayor riesgo de ataques con drones si navega a menos de 1.000 kilómetros de la costa sur de Irán. Si se mantiene fuera del alcance de 1.000 kilómetros, la capacidad de la fuerza de tarea de portaaviones estadounidense para alcanzar objetivos críticos en Irán será muy limitada, ya que el alcance máximo de un misil de crucero Tomahawk estadounidense es de 1.600 kilómetros. En resumen, si Irán dispara cientos de misiles y drones contra la fuerza de tarea de portaaviones estadounidense, Estados Unidos no podrá mantener operaciones de combate durante más de un par de días.
Y este no es el peor escenario posible… ¿Qué pasaría si Irán hundiera el Abraham Lincoln o uno de sus destructores? El sueño de Trump de un cambio de régimen en Teherán se asentaría en el fondo del Mar Arábigo.
Guerra a Irán: el fracaso del caos
Análisis de la guerra contra Irán y Venezuela: ¿Por qué el caos de EE.UU. está destinado al fracaso y marca el fin de la farsa hegemónica global?
Irán enfrenta una ofensiva sin precedentes en múltiples frentes. Mientras el imperialismo intenta imponer el caos, la resistencia de una Revolución paradigmática define no solo su destino, sino el curso de la humanidad.
Guerra a Irán
Irán está bajo un ataque implacable y en múltiples ámbitos. Irán está en guerra porque los enemigos han emprendido una ofensiva sin cuartel. Es clave decirlo al mundo y esencial rechazarlo a gritos.
De lo restante, de la resistencia y la coherencia se encargan ahora mismo los propios iraníes. Nadie puede hacerlo por ellos ni mejor que ellos. De lo primero, de resistencia, tienen una experiencia de milenios.
Lo segundo, la coherencia, llevan 47 años acorazándola con su Revolución paradigmática, la Revolución Islámica. Sobre los hombros del resto del mundo quedan la solidaridad y la buena voluntad hacia una de las causas de independencia más importantes del presente.
Porque Irán, en los actuales momentos y circunstancias, es mucho más que la superficie que comprende y que la población que lo habita. Y, al igual que Venezuela, es más que el símbolo que representa.
En Irán se cruzan rutas y destinos, y planes y proyectos cruciales para el mundo venidero. Del curso de los acontecimientos y de la prevalencia o no de sus independencias y soberanías, tanto de Irán, como de Venezuela, dependerá, en buena medida, la clase de porvenir que tendremos como humanidad.
Irán es determinante para el futuro de Asia Occidental del mismo modo que Venezuela lo es para el de América Latina. Y Asia Occidental, como América Latina, son, a su vez, regiones decisivas al nivel global. No es palabrería.
Por algo, el imperialismo estadounidense y el sionismo israelí han tenido a ambos países, desde hace rato, en la mira de sus agresiones e injerencias. Ni es ni ha sido porque sí.
Asedio total
La embestida contra la economía iraní viene de todos los frentes: comercial, financiero, energético, tecnológico, monetario, en fin.
En la aplicación de sanciones unilaterales e ilegales, Estados Unidos no obra solo. La Unión Europea y el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas han sido los cómplices perfectos en los montajes imperfectos.
La intencionalidad cierta se encubre con pretextos, las inculpaciones carecen de argumentos. Pero no solo se abalanzan los enemigos sobre la economía, también, sobre todo, lo hacen sobre la realidad.
A nadie le importa la verdad: solo vale que se impongan las medidas más absurdas contra el país culpable de dignidad. Las calidades éticas, los criterios morales, la honradez, son delitos que se pagan caro.
Los crímenes de guerra, los exterminios, el asesinato de pescadores… Actos propios de hombres duros. Como los de al-Golani, el mochacabezas, recién erigido y ahora prescindible presidente de Siria. O los de Benjamin Netanyahu, el sicópata primer ministro de Israel, alguien sin par en perversidad.
Fábrica de falacias
La cruzada mediática hace el resto. Los grandes medios corporativos hacen eco del apetito de sus capitales dando por hecho la caída de las autoridades iraníes y la destrucción del país.
Otro Afganistán, otro Irak, otra Siria, otra Libia. Irán sería el festín mayor. La tergiversación y las manipulaciones contra Irán se tornan implacables. Cualquier protesta, cualquier expresión natural de inconformidad es infiltrada por la CIA y el Mossad y afines, y deriva en terrorismo.
En tanto que las acciones brutales, armadas y pagas desde afuera, se aplacan en las pantallas de millones de incautos, y en las retinas son exigencias de democracia. O sea, falacias. Las movilizaciones masivas y continuas en favor de las autoridades iraníes, en cambio, son invisibles. Es decir, invisibilizadas.
Los flujos informativos occidentales hacen lo suyo: magnifican la farsa en el relato y transmutan la violencia en armonía. Así justifica Estados Unidos su intervencionismo: los actos terroristas que perpetra los repara con drásticas medidas, pero contra las víctimas.
Traidores a la luz
El derrotero es claro y repetido: a los crímenes los sigue el engaño, y a este el consenso arreglado, que no es fortuito.
La oportunidad se vuelve oportunismo. Y en el río revuelto pescan los infames. Hasta el alma en pena de Reza Pahlavi, el insulso, impopular y corrupto hijo del último sha, espanta por las redes entre bots, cuentas falsas y donantes sionistas.
Pahlavi, al igual que la novelesca Nobel venezolana, María Corina Machado, pide a Trump que esté “preparado” para “intervenir” y “ayudar” al pueblo. Traidores de alcurnia y poca monta. Es lo que son. Es el mundo al revés que no nos ha tocado vivir en suerte, sino en desgracia.
El fin de la farsa
Pero la sembrada “revolución de colores” se les decolora, otra vez, entre las manos y las ganas. Donald Trump, desde luego, exacerba la violencia, pero el problema va más allá de él.
Se trata de una élite que no está acostumbrada a perder, y está perdiendo. Y que lo sabe, sin que le quepa la menor duda. La élite innombrable con responsabilidades sin nombre. De un Estados Unidos que percibe ante sí la fatalidad de no ser el centro de un mundo al que siempre vio como su apéndice.
Irán y Venezuela son territorios que, en el contexto de poderes en confrontación, definen desde ya el rumbo de los pasos a seguir.
El Estados Unidos de la desbocada administración de Trump sigue dando saltos de alegría por la conquista imaginaria de Venezuela y su petróleo. O mama la leche agria de un país cuya rebeldía se forjó hace más de dos siglos, desde los remotos tiempos de Miranda y Bolívar.
La entidad sionista de Israel acepta el destino de paria que se labró a punta de agresiones y del genocidio contra el pueblo palestino. O Irán hace caber el delirio del Gran Israel en las tumbas de unos cuantos criminales a la cabeza del proyecto.
Algo de eso ya atestiguaron los israelíes en la guerra de 12 días que ellos mismos provocaron.
Contra los insumisos
Sea como sea, es una entendible advertencia dirigida a los cuatro vientos y a los cuatro puntos cardinales.
Para China y la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Para Rusia y sus corredores por el Cáucaso. Para los BRICS y la OCS, la Organización de Cooperación de Shanghái. Para los africanos que se insubordinan y para el llamado Sur Global, sin duda alguna. Para quienes no marchen al compás de Washington.
Paso a paso, Estados Unidos irá por todos y cada uno de los países insumisos, estén donde estén, aunque perezca en el intento. Lo intentará en ataques directos, tercerizados, o carcomiéndolos desde adentro con sus nidos de espías y mercenarios, los suyos y de los cómplices.
Irán sabe bien que es el siguiente en el orden del día de planes bélicos, políticos, económicos, sicológicos, mediáticos, en fin.
Ocaso imperial
Irán sabe que será agredido de nuevo, pero no cuándo. Los agresores saben cuándo, pero no el costo que tendrán que pagar por su irresponsabilidad y atrevimiento. Que será alto, altísimo, eso está claro.
Pero están dispuestos a la aventura que sea porque, sea cual sea el resultado, los réditos irán a dar a las arcas propias y de los amigos.
BlackRock, Vanguard, State Street ni nadie de Wall Street ni del Complejo Tecnológico Industrial Militar no pierden. Las consecuencias ciertas las pagarán en vidas e impuestos los estadounidenses de a pie.
Racistas y antirracistas; discriminadores y discriminados; protestantes, católicos o ateos; supremacistas, rednecks, afroamericanos, latinos… todos siempre y juntos por las guerras ajenas.
Mientras esos cuatro Jinetes del Apocalipsis, Donald Trump, J. D. Vance, Marco Rubio y Pete Hegseth insisten en que todas las opciones están sobre la mesa.
La que no contemplan, o, al menos, no manifiestan, es la opción más probable: el fin de la farsa hegemónica e imperial que esos cuatro heraldos personifican.
Por Juan Alberto Sánchez Marín, periodista y analista internacional. Director de
dXmedio.com
El posicionamiento bélico de Trump contra Irán se remonta al infame discurso de Bush de 2002
Iván Kesic
El 29 de enero de 2002, el presidente de EE.UU., George W. Bush, en su discurso sobre el Estado de la Unión, etiquetó infamemente a Irán como parte de un “eje del mal”, marcando una escalada retórica que endureció una política de confrontación de varias décadas y sentó las bases de las persistentes crisis que siguen amenazando la estabilidad regional hasta hoy.
El vigésimo cuarto aniversario del discurso de Bush sobre el “eje del mal” se conmemoró esta semana en un contexto sorprendentemente familiar: la “armada” naval de EE.UU. acumulándose en el Golfo Pérsico y renovadas amenazas de acción militar por parte del sucesor de Bush, Donald Trump.
Este momento no es una aberración, sino la continuación de una estrategia sostenida durante décadas destinada a aislar y presionar a la República Islámica de Irán.
La política no se originó con Bush, sino en los regímenes de sanciones de la década de 1990, profundamente influenciada por los esfuerzos de lobbies proisraelíes en Estados Unidos.
Se consolidó con el ascenso de pensadores neoconservadores que favorecían el cambio de régimen sobre la contención, una doctrina aplicada de manera clara en Irak.
A lo largo de una campaña de desinformación y propaganda sobre las armas de destrucción masiva, el uso de grupos terroristas exiliados y una narrativa constante de la amenaza iraní, se ha mantenido la llamada “presión máxima”.
A medida que la historia resuena en enero de 2026, con una administración republicana nuevamente alineada con un régimen israelí del Likud para confrontar a Irán, los patrones del pasado iluminan el peligroso presente.
Discurso definitorio: 29 de enero de 2002
El discurso sobre el Estado de la Unión de Bush reformuló de manera fundamental la postura de EE.UU. hacia Irán de una manera que sus predecesores habían evitado deliberadamente.
En ese discurso, Irán fue etiquetado como una nación que “persigue agresivamente estas armas y exporta terror, mientras que unos pocos no elegidos reprimen la esperanza del pueblo iraní por la libertad”.
Al agrupar a Irán con Irak y Corea del Norte como parte del “eje del mal”, la infame y ampliamente condenada declaración rechazó de manera decisiva cualquier intento diplomático de acercamiento que había surgido brevemente después de los ataques del 11 de septiembre.
Durante ese período, gestos simbólicos, como las vigilias con velas en Teherán, y canales de comunicación detrás de escena sugirieron la cooperación condicional de Irán en Afganistán.
Sin embargo, la etiqueta de “eje del mal” extinguió estos contactos incipientes. Señaló que la administración hostil en Washington vería a Irán no como un socio potencial, ni siquiera tácticamente, sino como un adversario permanente y un objetivo principal en la “guerra contra el terror” global.
El término, elaborado dentro de un círculo de asesores conocidos por su inclinación abiertamente proisraelí, fue adoptado inmediatamente por el régimen israelí, que lo vio como una alineación largamente buscada de la retórica estadounidense con sus propios objetivos estratégicos.
El discurso institucionalizó un marco de hostilidad que dictaría la política durante años, reemplazando el enfoque fluctuante de la administración anterior por uno de confrontación inequívoca.
Contención dual y el régimen de sanciones
Mucho antes de la retórica del “eje del mal”, el marco para aislar a Irán se construyó cuidadosamente durante la administración de Bill Clinton bajo la política de “contención dual”, que tenía como objetivo tanto a Irán como a Irak.
Desde su inicio, esta política estuvo fuertemente influenciada por los grupos de lobby proisraelíes en Washington. Incluso mientras se formaba el equipo de política exterior de Clinton, surgieron preocupaciones sobre los nombramientos de la administración Carter, a quienes se consideraba insuficientemente simpatizantes de estos intereses.
Warren Christopher, quien fue designado secretario de Estado, inicialmente fue visto con cautela, pero finalmente se convirtió en un arquitecto clave de una postura más firme hacia Irán.
Christopher, quien había servido como principal negociador de los Acuerdos de Argel y fue criticado por algunos funcionarios iraníes, desarrolló una animosidad personal hacia Irán.
Públicamente, etiquetó a Irán como una “nación fuera de la ley”, un “país peligroso” y una de las “principales fuentes de apoyo para grupos terroristas en todo el mundo”.
Esta retórica proporcionó una justificación pública para una serie creciente de sanciones económicas diseñadas, en sus palabras, para “apretar la economía de Irán”.
Un firme defensor de esta política fue Martin Indyk, exdirector de investigación del Instituto Washington para la Política de Oriente Medio, afiliado al Comité de Asuntos Públicos Israelíes de EE.UU. (AIPAC), quien luego fue embajador ante el régimen de Israel.
Bajo su orientación, las tres acusaciones de patrocinar el terrorismo, oponerse a los esfuerzos de paz regionales y perseguir armas de destrucción masiva se convirtieron en la justificación inquebrantable para las medidas punitivas contra la República Islámica.
Surgió una feroz competencia en el Congreso para demostrar una creciente hostilidad hacia Irán, con figuras como el senador Alfonse D’Amato impulsando sanciones cada vez más estrictas, a menudo impulsadas por el lobby directo de AIPAC, que actuaba como la “locomotora” detrás de la legislación.
Esto culminó en la Ley de Sanciones a Irán y Libia (ILSA) de 1996, que tenía como objetivo penalizar a las empresas extranjeras que invirtieran en el sector energético de Irán. Posteriores informes revelaron que el objetivo explícito de la ley era el cambio de régimen en Irán.
Neoconservadores y la preferencia por soluciones militares
La llegada de la administración Bush marcó un cambio significativo en la filosofía subyacente de la política exterior de EE.UU., aunque no en su objetivo final.
A fines de la década de 1990, mientras el mundo corporativo y algunos diplomáticos pragmáticos comenzaban a cuestionar la eficacia de las sanciones unilaterales, una nueva facción con una enorme influencia empujaba por un enfoque más radical y firme.
Esta ala neoconservadora, estrechamente alineada con la ideología del Likud en los territorios palestinos ocupados, veía las sanciones y la contención como demasiado lentas e impredecibles.
Consideraban que la fuerza militar era un medio más rápido y efectivo para tratar con los estados hostiles.
Figuras clave como Paul Wolfowitz, Richard Perle y Douglas Feith, todos con lazos de largo plazo con think tanks y grupos de defensa proisraelíes, asumieron roles de liderazgo dentro del Pentágono y en consejos asesores.
Su visión del mundo se cristalizó en el documento de política de 1996 A Clean Break: A New Strategy for Securing the Realm, preparado para el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, que abogaba por atacar a Irak para remodelar el panorama regional.
Para estos estrategas, la presión paciente a través de sanciones era secundaria frente al potencial transformador de la acción militar directa y la reversión de regímenes.
Aunque inicialmente se centraron en Irak, Irán seguía siendo un objetivo firme.
Argumentaban que solo la eliminación forzosa de los regímenes amenazantes podría garantizar la seguridad estadounidense e israelí, una creencia que vino a definir la respuesta de la administración tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.
El precedente iraquí: la destrucción como modelo
La doctrina neoconservadora encontró su primera aplicación a gran escala en Irak. La invasión de 2003, basada en falsos alegatos sobre armas de destrucción masiva que luego se demostraron falsos, cumplió un objetivo largamente deseado: eliminar el régimen de Sadam Husein y el partido Baas.
Los arquitectos de la invasión no solo se conformaron con el cambio de régimen, sino que buscaron la degradación integral del poder iraquí.
Después de dos grandes guerras y más de una década de sanciones paralizantes, el aparato estatal y la base militar-industrial de Irak fueron completamente destruidos.
Algunos defensores describieron abiertamente el objetivo como devolver a Irak “a la era preindustrial”, una admisión cruda de que el objetivo iba más allá del desarme para eliminar la capacidad de Irak de funcionar como un contrapeso moderno y soberano en la región.
Las devastadoras consecuencias —lucha civil, el auge del takfirismo y un sufrimiento humano inmenso— fueron vistas como daño colateral dentro de una visión estratégica más amplia.
Para los defensores de la confrontación con Irán, la campaña iraquí sirvió tanto como plantilla como advertencia. Demostró el abrumador poder militar que EE.UU. podría desplegar para desmantelar un estado, mientras exponía la inestabilidad catastrófica que podría seguir.
No obstante, la capacidad de reducir a un enemigo percibido a un estado de debilidad permanente fue observada, informando la presión maximalista que luego se aplicaría a Teherán.
Arsenal de propaganda: Mentiras y manipulaciones
Construir y mantener el apoyo público e internacional para presionar sin cesar a Irán requirió una campaña sostenida de acusaciones y propaganda.
Las acusaciones fundamentales permanecieron consistentes: la persecución de armas nucleares, el apoyo al terrorismo y una hostilidad implacable hacia la paz en la región.
Estos cargos fueron amplificados a través de una red simbiótica de funcionarios gubernamentales, organizaciones de lobby proisraelíes, medios de comunicación afines y “expertos” designados.
Historias sensacionalistas —y fabricada— fueron regularmente alimentadas a la prensa. A principios de la década de 1990, los informes que citaban frecuentemente fuentes de inteligencia anónimas o grupos antiraníes en el extranjero afirmaban que Irán había comprado ojivas nucleares a Kazajistán o estaba a punto de desarrollar una bomba, afirmaciones que fueron repetidamente desmentidas por inspectores internacionales y los países involucrados.
Medios de comunicación con posturas editoriales particulares publicaron estimaciones alarmantes, sugiriendo que Irán estaba a solo unos años o incluso meses de alcanzar capacidad nuclear —plazos que continuamente se desvanecían a medida que cada uno pasaba sin incidentes.
El lenguaje utilizado fue deliberadamente inflamatorio, con altos funcionarios refiriéndose a la “mano malvada” de Irán en la región y describiéndolo como un “estado marginal”.
Este ecosistema aseguraba que cualquier intento iraní de acercamiento diplomático o de construir confianza fuera opacado por una narrativa preexistente de engaño e intenciones malignas, lo que hacía que un diálogo sustantivo fuera políticamente insostenible en Washington.
Herramienta útil: El papel de la MKO en la propaganda antiiraní
Un aspecto particularmente revelador de la campaña de propaganda y presión ha sido la relación con Muyahidín Jalq (MKO), una secta terrorista con oficinas dispersas por Europa y Estados Unidos.
Designada por el Departamento de Estado de EE.UU. como una organización terrorista debido a su historial de ataques violentos, incluyendo contra estadounidenses en la década de 1970, funcionarios y civiles iraníes en la década de 1980, y su alianza con Sadam Husein durante la guerra impuesta (contra Irán entre 1980 y 1988), el grupo terrorista, sin embargo, encontró partidarios influyentes y fue finalmente excluido de lista por Hillary Clinton.
A pesar de su estructura de secta y la falta de apoyo popular dentro de Irán, MKO logró establecer una activa operación de lobby y relaciones públicas en EE UU. y Europa.
Miembros senior del Congreso de EE. UU., especialmente aquellos con fuertes antecedentes pro-israelíes, defendieron al grupo, invitando a sus representantes a testificar y asistiendo a sus manifestaciones, argumentando que representaba una “alternativa democrática” a la República Islámica.
La utilidad de MKO fue reconocida de manera cínica; un congresista afirmó: “No me importa un carajo si son antidemocráticos… Están luchando contra Irán, que es… un Estado terrorista. Yo digo que hay que ayudarlos a que se enfrenten entre sí”.
Esta utilidad alcanzó su punto máximo en agosto de 2002, cuando un frente de MKO celebró una rueda de prensa en Washington para “revelar” la existencia de dos instalaciones nucleares secretas en Irán en Natanz y Arak.
Aunque estas instalaciones no violaban el acuerdo de salvaguardias de Irán en ese momento, la revelación —que los informes de inteligencia sugieren que se originó en la inteligencia israelí y se canalizó a través de los exiliados— proporcionó el pretexto perfecto para exigir nuevas inspecciones intrusivas y aumentar la presión internacional.
Así, MKO sirvió como un intermediario negable para la desinformación y un amplificador persistente de las acusaciones sin fundamento y fraudulentas contra el gobierno iraní.
Cadena ininterrumpida: Política mantenida hasta el día de hoy
El imperativo estratégico de confrontar a Irán ha demostrado ser notablemente duradero, trascendiendo administraciones estadounidenses individuales y resistiendo cambios geopolíticos significativos.
Esta política hostil y belicista permanece intacta hoy en día. En enero de 2026, la situación refleja estrechamente ciclos anteriores de tensión entre Teherán y Washington, que datan de décadas de hostilidad estadounidense y un fallido proyecto de “cambio de régimen”.
El presidente de EE.UU., Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, liderando una coalición dominada por el Likud, están nuevamente empleando amenazas militares contra Irán después de haber fracasado estrepitosamente en junio del año pasado en desmantelar la República Islámica de Irán.
Se ha informado que el ejército de EE.UU. ha acumulado fuerzas navales y aéreas alrededor del perímetro de Irán, anunciado por el propio Trump, un despliegue de fuerza que recuerda a las escaladas anteriores.
Esta postura militar va acompañada de una intensificación de un asfixiante cerco económico de larga data, ya que la administración Trump aplica sanciones de “presión definitiva” con renovado vigor, apuntando a sectores críticos y tratando de cortar completamente el acceso de Irán al sistema financiero global.
Las quejas fundamentales permanecen sin cambios: acusaciones de construir un “arma nuclear”, a pesar de la continua adhesión de Irán al marco del Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA o PIAC, por sus siglas en inglés) después de su colapso anterior, y apoyo a aliados regionales.
El mes pasado, Trump y Netanyahu respaldaron disturbios mortales y terrorismo en Irán, y luego amenazaron con atacar a Irán si se usaba “fuerza letal” contra los alborotadores, pirómanos y terroristas. Después de que terminaron los disturbios, el foco volvió a centrarse en la inexistente “arma nuclear”.
Las herramientas han ido más allá del aislamiento diplomático y la presión encubierta. Informes recientes desde dentro de Irán detallan cómo grupos respaldados externamente, empleando tácticas y retórica similares a las de la secta terrorista MKO, intentaron explotar el malestar interno mediante la propagación de propaganda incendiaria e incitación a la violencia, aparentemente con el objetivo de desestabilizar el país.
La alineación entre la administración Trump y el régimen del Likud en Tel Aviv sigue tan estrecha como siempre, con ambos viéndose como socios vitales en una lucha a largo plazo.
Al igual que en 2002, los acercamientos diplomáticos de Teherán destinados a aliviar las tensiones son desestimados o recibidos con nuevas demandas.
El legado del discurso sobre el “eje del mal” ha creado un paradigma de política exterior que ha encerrado a EE.UU. e Irán en un ciclo perpetuo de confrontación, donde los mecanismos de presión —guerra económica, amenaza militar y el uso de grupos terroristas— han demostrado ser más fáciles de mantener que de desmantelar, empujando continuamente a la región hacia el borde de la guerra.
Lo que Trump está haciendo hoy es simplemente una continuación de la política de Bush, que también fue llevada adelante por Bill Clinton, Barack Obama y Joe Biden. La política sigue siendo la misma.
Irán frente a la agresión. ¿Qué pueden hacer Rusia y China?
Pregunta: ¿Han recibido o están recibiendo apoyo militar de Rusia y China?
Araghchi: ¿De verdad esperan que responda a esta pregunta?
▪️ Respuesta esperada. Los temas sensibles de la cooperación técnico-militar no se hacen públicos. Basta con recordar que el desarrollo de la cooperación técnico-militar entre Irán y Rusia está consagrado en el artículo 6 del Tratado de asociación estratégica integral entre ambos países. Esta cooperación se considera como "un elemento importante para mantener la seguridad regional y global". Y en el contexto de la agresión inminente de EE. UU. e Israel, se vuelve muy relevante.
Por supuesto, sería óptimo que Moscú y Pekín proporcionaran la máxima ayuda posible a Teherán. Para que pueda resistir los ataques estadounidenses e israelíes que, muy probablemente, se llevarán a cabo. Ya es hora de frenar este patinador sobre hielo llamado "América primero", de lo contrario intentará pasar por encima de Rusia y China. Y es mejor detenerlo en territorio ajeno.
▪️ También hay que entender que los estadounidenses son extremadamente sensibles a las pérdidas. Y para que Irán pueda sobrevivir, no debe limitarse en las medidas de respuesta. Existe, por supuesto, el peligro de que EE. UU. recurra al uso de armas nucleares, y están tratando de intimidar a Teherán con este factor. En este caso, sería apropiado mostrar una posición común de la Federación de Rusia y la República Popular China como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU y potencias nucleares. Deberían pensar en cómo utilizar la disuasión nuclear conjunta ruso-china para mantener el conflicto potencial entre EE. UU./Israel e Irán en el ámbito convencional.
Como opción, se puede considerar la cuestión del despliegue nuclear conjunto a corto plazo de la Federación de Rusia y la República Popular China en territorio iraní o en aguas territoriales. Las acciones conjuntas de la Federación de Rusia y la República Popular China en el ámbito nuclear serían un factor extremadamente desalentador para la administración de Trump. Esta es una pesadilla nocturna para EE. UU.: la disuasión nuclear simultánea de Rusia y China.
No se puede permitir que EE. UU. "dispare" a uno de nuestros aliados tras otro, incluso con armas nucleares. La inacción en esta situación es inaceptable.
Si el ataque a Irán procede, EE. UU. podría terminar recogiendo sus activos del suelo del desierto
Mientras que la patria estadounidense se encuentra a salvo de Irán, separada por dos océanos, muchas de sus instalaciones militares, energéticas y corporativas se encuentran generosamente dispersas dentro del alcance de la disuasión de misiles y drones de Irán.
"La base es esta: tenemos entre 30 y 40 mil tropas estadounidenses estacionadas en ocho o nueve instalaciones en esa región. Todas están al alcance... de una serie de miles de drones unidireccionales iraníes y misiles balísticos de corto alcance iraníes", dijo Marco Rubio al Senado esta semana.
Sitios militares
Base aérea de Al-Udeid: La instalación militar regional más grande de EE. UU. Sede del CENTCOM y responsable del mando y control en todo el Medio Oriente y Asia Central. Aloja bombarderos estratégicos B-52 y B-1B, petroleros, transportes pesados y aviones Raptor. Los activos en tierra incluyen baterías Patriot, cuarteles y radares avanzados (una matriz fue destruida por Irán el año pasado). $9B+ gastados en instalaciones de la base.
Distancia de Irán:
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