Revista Midle-East Monitor
El 29 del pasado mes de enero tuvo lugar un acontecimiento importante: Irán, China y Rusia firmaron oficialmente un pacto estratégico integral, lo que marca un punto de inflexión decisivo en las relaciones internacionales del siglo XXI. Si bien el texto completo del acuerdo lo publican gradualmente los tres gobiernos, los medios públicos de Teherán, Pekín y Moscú han confirmado la firma y lo han descrito como la piedra angular de un nuevo orden internacional.
El pacto se produce en medio de décadas de creciente cooperación entre estos tres países. Irán y Rusia firmaron previamente un acuerdo de Asociación Estratégica Integral de 20 años, diseñado para profundizar sus lazos económicos, políticos y de defensa y mitigar el impacto de las sanciones occidentales. El tratado se firmó en enero del año pasado y, por otro lado, Irán y China están vinculados por un acuerdo de cooperación de 25 años, firmado inicialmente en 2021, destinado a desarrollar el comercio, la infraestructura y la integración energética.
Lo que hace que el nuevo acuerdo sea tan notable es que reúne explícitamente a las tres potencias en un marco coordinado, alineándolas en temas que abarcan desde la soberanía nuclear y la cooperación económica hasta la coordinación militar y la estrategia diplomática.
El gobierno de Teherán ha descrito el pacto como un compromiso conjunto con el respeto mutuo, la independencia soberana y un sistema internacional basado en normas que rechace la coerción unilateral», haciéndose eco de declaraciones similares de Pekín y Moscú.
El acuerdo no constituye —al menos según los textos iniciales publicados— un tratado formal de defensa mutua comparable al artículo 5 de la OTAN, que obligaría a un país a proporcionar apoyo militar a los demás. Los acuerdos previos entre Irán y Rusia se han abstenido sistemáticamente de establecer una garantía de defensa vinculante. Sin embargo, el acuerdo parece unir a tres grandes potencias dentro de una coalición política más amplia, definida por una oposición compartida al dominio militar y la coerción económica occidentales.
El acuerdo se basa esencialmente en una postura común contra el restablecimiento de las sanciones impuestas a Irán en relación con su programa nuclear, de conformidad con el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015. Teherán, Pekín y Moscú ya han emitido declaraciones conjuntas rechazando los intentos europeos de activar el restablecimiento automático de las sanciones y han declarado cerrada la revisión del acuerdo nuclear por parte del Consejo de Seguridad de la ONU.
Por lo tanto, el nuevo acuerdo trilateral se centra tanto en la diplomacia y la estrategia como en mecanismos concretos de defensa o económicos.
LA CORRELACIÓN DE FUERZAS ESTÁ CAMBIANDO EN ORIENTE MEDIO
Trump ha reiterado sus amenazas de intervención militar contra Irán si no se negocia un acuerdo sobre su programa nuclear, llegando incluso a desplegar un grupo naval estadounidense en Oriente Medio. El nuevo pacto sirve de baluarte para Teherán y sus socios contra la presión militar unilateral estadounidense. Al presentar un frente unido, los tres gobiernos pretenden obligar a Washington a negociar desde una posición restrictiva en lugar de dominante.
En Oriente Medio el equilibrio de poder está cambiando. Irán, aislado durante mucho tiempo por las políticas occidentales, ahora se beneficia de la protección de dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. Esa situación fortalece la posición regional de Teherán en zonas como Irak, Siria y el Golfo Pérsico, y complica las estrategias de disuasión convencionales implementadas por Estados Unidos y sus aliados del Golfo.
Para Europa, el acuerdo socava las pretensiones de Bruselas de mantener una influencia independiente en la diplomacia de Oriente Medio. Las potencias europeas han intentado repetidamente reactivar ciertos elementos del Plan de Acción Integral Conjunto, amenazando a Teherán con sanciones, pero la coordinación entre Irán, China y Rusia ha frustrado esos esfuerzos, revelando las limitaciones diplomáticas de Europa en un mundo menos comprometido con el consenso occidental.
ESCAPAR DE UN SISTEMA FINANCIERO CENTRADO EN EL DÓLAR
Desde una perspectiva económica, el acuerdo demuestra una mayor integración entre tres de las mayores economías no occidentales del mundo. Rusia y China ya han colaborado en la protección de inversiones y acuerdos comerciales bilaterales diseñados para eludir los sistemas financieros occidentales, como Swift, que se utilizan como instrumentos para imponer sanciones. Un pacto trilateral podría acelerar la creación de mecanismos financieros y rutas comerciales alternativas, reduciendo así la influencia económica occidental.
Irán, rico en recursos energéticos, se beneficia de un mayor acceso a los mercados y a las inversiones, en particular gracias a la Nueva Ruta de la Seda y a la búsqueda por parte de Rusia de alternativas a los mercados europeos, que se ven obstaculizados por las sanciones. En conjunto, estos avances sugieren una intensificación del comercio y una menor vulnerabilidad al sistema financiero centrado en el dólar estadounidense.
LA DINÁMICA MILITAR Y ESTRATÉGICA
Aunque no constituye una alianza formal, el pacto fortalece la cooperación militar entre los tres países. China y Rusia realizan regularmente ejercicios navales conjuntos en el Océano Índico y el Golfo Pérsico, ejercicios en los que también participa Irán, lo que demuestra su interoperabilidad e intereses de seguridad compartidos.
Estratégicamente, el acuerdo debería fomentar una planificación de defensa y un intercambio de inteligencia más coordinados, incluso si no se trata de un tratado vinculante que exija una intervención militar.
Para Estados Unidos y sus socios de la OTAN, los riesgos aumentan en muchas regiones: cualquier escalada con Irán podría desencadenar respuestas estratégicas más amplias que involucren a Pekín y Moscú, lo que incrementaría el riesgo de conflicto y reduciría la eficacia de las amenazas unilaterales.
A largo plazo, el acuerdo acelera la reestructuración multipolar de las relaciones internacionales. Durante décadas, Estados Unidos y sus aliados han dominado la arquitectura del mundo, desde los canales comerciales hasta los acuerdos de seguridad. Una alineación estructurada entre Irán, China y Rusia representa un eje alternativo que desafía la hegemonía occidental no a través de la competencia ideológica, sino mediante equilibrios de fuerza prácticos.
Queda por ver si el pacto evoluciona hacia un acuerdo de defensa más integral o se mantendrá como un marco diplomático y estratégico. Lo innegable es que el centro de gravedad se está desplazando, no hacia una simple dicotomía “el este contra el oeste”, sino hacia un orden mundial multipolar más complejo donde la influencia diplomática, la resistencia económica y las demostraciones de fuerza militar convergen de formas sin precedentes e impredecibles.
RUSIA Y CHINA ROMPEN EL ASIEDIO AMERICANO A CUBA
En los últimos días, después de la nota de la Casa Blanca sobre bloqueos energéticos adicionales a Cuba, China, a través del portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Guo Jiakun, expresó su "profunda preocupación" y "condena enérgicamente las acciones de los Estados Unidos", instándolos a "dejar de privar al pueblo cubano de sus derechos de subsistencia y desarrollo".
"China apoya firmemente a Cuba en la defensa de su soberanía y seguridad nacional, y en el rechazo a la interferencia externa", y "continuará haciendo todo lo posible para proporcionar apoyo y asistencia a Cuba".
Hoy, el Ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergey Lavrov, y el Ministro de Relaciones Exteriores cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, mantuvieron una conversación telefónica en la que se definieron los temas prioritarios de la cooperación bilateral y la agenda internacional.
La parte rusa reiteró su posición de principio sobre "la inaceptabilidad de la presión económica y militar sobre Cuba, incluidos los intentos de obstaculizar los suministros de energía a la isla, que podrían conducir a un grave deterioro de la situación económica y humanitaria del país".
Se volvió a confirmar la "firme disposición a continuar brindando a Cuba el apoyo político y material necesario".
Análisis: La RAND retiró un informe sobre la “estabilización de la rivalidad entre China y Estados Unidos”
Alfredo Jalife-Rahme
Ante China, el grupo de presión del complejo militaro-industrial estadounidense quiere adaptarse al nuevo enfoque de Donald Trump. En 2024, un informe de la RAND Corporation advertía sobre la evolución del público occidental post-covid. Según aquel informe de la RAND, los occidentales en general –no sólo los estadounidense–, se han divido ante el poder, lo cual hace difícil emprender una guerra de gran envergadura. Pero, ¿cómo pasar ahora de la confrontación a la cooperación?
Después de las sendas publicaciones de la Casa Blanca (Estrategia de Seguridad Nacional) [1] y del Pentágono (Estrategia de Defensa Nacional) [2], el cotizado think tank RAND Corporation, muy consultado por Rusia y China, retiró misteriosamente su documento del 14 de octubre pasado argumentando que requería «mayor revisión» [3], al quedar desconectado de la nueva política de «estabilidad estratégica» regional con China en la región Indo-Pacífico.
El documento de marras, que conseguimos preservar, aborda el «equilibrio geoestratégico», cuyo objetivo es el descubrimiento de «posibles elementos de un equilibrio estable» en la rivalidad «en los próximos 5 a 7 años» (sic), lo cual «puede servir a los intereses de ambos países», contempla «nuevos acuerdos en la competencia cibernética» y «disuasión nuclear estratégica mutuamente acordada», y consagra 4 rubros sobre:
Taiwán, donde Estados Unidos opera sus ominosos actos acrobáticos de «equilibrar sus compromisos» con la isla y «aprovechar su influencia para garantizar que las acciones» de Taipéi «no agraven las tensiones con China»;
el Mar del Sur de China: propuesta de «líneas rojas entre Filipinas y China»;
Competencia en ciencia y tecnología: Estados Unidos «no busca retrasar el desarrollo económico general de China y acoge con satisfacción la cooperación y el comercio». Propone explorar la «colaboración real» en «áreas que no supongan una amenaza» [para Estados Unidos];
Interpretación e interferencia: la hueca palabrería de siempre (bit.ly/3Z3rUze).
Trece días más tarde Global Times analizó, bajo la pluma de Anthony Moretti, profesor de la Universidad Robert Morris, «¿Qué se encuentra detrás de la voltereta sobre los lazos de China y Estados Unidos?» [4].
Moretti comenta los «seis principios de alguna manera conectados que deben guiar las conversaciones futuras» entre las dos máximas superpotencias geoeconómicas:
«Estados Unidos debería aceptar la legitimidad del Partido Comunista de China»
«Restablecer líneas de comunicación fiables entre altos funcionarios de ambas partes»
«Mejorar prácticas de gestión de crisis»
«Crear nuevos acuerdos específicos para limitar las fricciones sobre cuestiones relacionadas con la cibernética»
«Promover la disuasión nuclear»
«Buscar modestas iniciativas de cooperación en intereses que se solapan o están relacionados con cuestiones humanitarias»
Moretti critica que Estados Unidos «suele hablar de apoyar el principio de “una sola China”, pero al mismo tiempo emprende acciones que dan a Taiwán la confianza de que Washington seguirá siendo un proveedor fundamental de ayuda militar y de otro tipo necesaria para combatir a China».
Observa que Estados Unidos «insiste en creer en la prevención de incendios, mientras proporciona equipos de incendios a otros. Si Washington se centrara más en la prevención y menos en la provocación, se reducirían las tensiones».
Moretti fustiga las sugerencias de «mantener la perspectiva de una guerra lo más peligrosa e incierta posible para China», lo cual «refleja una mentalidad crónicamente negativa por parte de Estados Unidos, según la cual un conflicto militar podría ser la única forma de resolver la cuestión de la futura reunificación de Taiwán con la China continental».
Moretti coloca en relieve un editorial de la revista Time que asienta que «Taiwán constituye un interés fundamental para China y el equilibrio militar se inclina cada día más en contra de Taiwán», y recuerda que «hace sólo un par de años los principales líderes militares ponían en duda la capacidad estadounidense para sostener y ganar una guerra contra China».
A mi juicio, todo parece indicar, según la secuencia cronológica de la postura de Estados Unidos sobre la isla renegada, que ni siquiera es citada en la reciente Estrategia de Defensa Nacional del Departamento de la Guerra, que Trump en su próxima visita a China en abril estaría dispuesto a sacrificar Taiwán.
¿A cambio de qué?
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