Geoestrategia

Zbigniew Brzezinski y el “Vietnam ruso”

Administrator | Lunes 16 de febrero de 2026
Matthew Ehret
Tras la devastadora demolición controlada de las Torres Gemelas y el Edificio núm. 7 de Nueva York, del 11 de septiembre de 2001, se desató una furibunda campaña contra una nación que no tenía absolutamente nada que ver con el ataque: Afganistán.
Dado que semanas atrás se conmemoró el XXV aniversario de aquel ominoso acontecimiento histórico, me pareció oportuno echar una ojeada al libro Valediction: Three Nights of Desmond, publicado por Trine Day Press en 2021, y cuyos autores son el matrimonio formado por Paul Fitzgerald y Elizabeth Gould.
Justo cuando empezaba a pensar que ya no se podía aportar nada nuevo al tema, me sorprendió gratamente que este volumen ofreciera una perspectiva valiosísima sobre la historia de Afganistán en el marco más complejo de la historia mundial, a partir del relato de primera mano de los dos únicos periodistas estadounidenses a quienes se les permitió entrar en el país devastado por la guerra en 1981 y, posteriormente, en 1983.
Los documentales que realizaron durante ese período contribuyeron en gran medida a desmantelar la narrativa cuidadosamente hilvanada sobre un “Vietnam ruso”, que durante años había sido respaldada por determinados poderes occidentales en la sombra.
La historia de Fitzgerald y Elizabeth comienza con un encuentro fortuito con Allard (Al) Lowenstein, jefe de gabinete del candidato presidencial Edward (Ted) Kennedy, en la antesala de las elecciones de 1980. En su breve conversación, Lowenstein describió su intención, junto con Kennedy, de esclarecer la participación de la CIA en el asesinato de los hermanos Kennedy.
Dos semanas después, cuando Lowenstein fue asesinado a tiros en su oficina por un antiguo colega, el matrimonio comprendió que estaban trabajando en algo mucho más sensible de lo que podían llegar a imaginar.
La pareja relata con maestría cómo lidiaron con la sorprendente revelación de que en Estados Unidos existían dos facciones opuestas en el seno de la inteligencia. La investigación comenzó con el descubrimiento de que Lowenstein había sido el fundador y presidente de la National Students Association [Asociación Nacional de Estudiantes], creada en 1951, que en realidad no era otra cosa que el enésimo tentáculo de la CIA, cuya principal tarea no era otra que la de reclutar jóvenes talentos, tanto estadounidenses como extranjeros, para convertirlos en agentes en el marco de la llamada Guerra Fría.
Resultaba evidente que Lowenstein estaba harto de formar parte de esa maquinaria, que había dedicado sus últimos años a organizar las campañas de Bobby Kennedy y Martin Luther King Jr. y, tras su muerte, convirtió la elección presidencial del hermano Kennedy superviviente en su principal tarea [1].
El enfrentamiento entre las dos facciones de la inteligencia se basaba, fundamentalmente, en si Estados Unidos debía operar sobre una doctrina en política exterior que contemplara la intención honesta de la Unión Soviética de adherirse a la distensión y al tratado SALT de 1972 o, por el contrario, si la doctrina de seguridad estadounidense debería basarse en la premisa de que los soviéticos eran unos mentirosos compulsivos empeñados en imponer su propio gobierno mundial a la humanidad.
Paul y Liz documentan la aparición de un nuevo grupo de expertos en seguridad llamado “Team B” [“Equipo B”], formado en 1976, que reactivó el antiguo Comité sobre el Peligro Actual, liderado por el financiero Paul Nitze. En 1950, Nitze había utilizado dicho Comité para impulsar la aprobación del Informe 68 del Consejo de Seguridad Nacional —conocido como “NSC-68”— que justificaba, por vez primera, la necesidad de que Estados Unidos debía maximizar el desarrollo de ojivas nucleares, bajo la premisa de que Estados Unidos se encontraba en una situación de empate técnico con Moscú.
A lo largo de la década de los años sesenta, sectores más sensatos de la inteligencia mostraron su rechazo al Comité Nitze, lo que dio como resultado el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares, el Tratado de Cielos Abiertos, el Tratado Espacial y otras medidas para fomentar la paz entre ambas superpotencias.
El Tratado SALT, de 1972, fue otra cosa que una prolongación de esos mecanismos pacificadores y limitó el desarrollo de las ojivas nucleares estadounidenses, partiendo de la premisa de que Rusia haría lo propio, al tiempo que ambos se comprometían a respetar las áreas de influencia del contrario.
En la mente de Nitze, Brzezinski y el creciente grupo de neoconservadores de derecha, como Paul Wolfowitz, Richard Pipes, Richard Perle y George H.W. Bush [Bush padre], cuyo poder y prestigio fueron aumentando durante las presidencias de Gerald Ford, Jimmy Carter y Ronald Reagan, aquel impulso hacia la mutua confianza y la cooperación debía ser arrancado de raíz.
Dicho grupo se consolidó promoviendo contraargumentos frente a la Evaluación Nacional de Inteligencia “oficial” —denominado “Team A” [“Equipo A”]—, y al cual se le conminó a demostrar la veracidad de las promesas soviéticas de respetar las áreas de influencia norteamericanas y limitar el número de ojivas nucleares.
Mientras que la Evaluación Nacional de Inteligencia de la época aún sostenía que la amenaza que representaban los rusos disminuiría si aumentaba su sensación de seguridad y estabilidad, el “Equipo B”, por contra, argumentaba una posición opuesta, promoviendo la idea ficticia de un imperio del mal soviético empeñado en convertirse en una potencia hegemónica global.
Como era de esperar, los debates entre ambos equipos favorecieron ampliamente al “Equipo B”, ya que los representantes del “Equipo A” resultaron ser unos incompetentes, completamente desbordados por la complejidad del asunto e incapaces de refutar la sofisticada argumentación de figuras tan influyentes como Nitze y su equipo neoconservador.
Aunque la historia ha demostrado que la tesis del “Equipo B” era una artilugio artificial, su propaganda tuvo éxito y, para 1978, el golpe trilateral contra la inteligencia estadounidense se había consumado.
Fue en ese justo momento cuando se puso en marcha un sistema de operaciones especiales para librar una guerra asimétrica, no sólo contra la URSS, sino contra cualquier otro país, tanto del este como del oeste, que no tuviera encaje en la naciente “era tecnotrónica” diseñada por Brzezinski.
Las raíces trotskistas de la toma del poder neoconservadora
Al evaluar a esta peculiar camarilla de derechistas, Paul y Liz observan con perspicacia: “Desarrollado por una clase endogámica de antiguos intelectuales trotskistas, el enfoque del ‘Equipo B’ representó una transformación radical de la burocracia de seguridad nacional estadounidense que conllevará una suerte de nuevo culto hacia las élites”.
Rastreando las raíces de estos nuevos neoconservadores, que coinciden con el surgimiento del nuevo movimiento cristiano-sionista del “final de los tiempos”, los autores dieron con el denominador común trotskista, que Cynthia Chung también ha rastreado en dos importantes trabajos [2].
En absoluto fue casualidad que esta red de devotos del particularísimo socialismo de Trotsky, con su bandera de la revolución permanente, se convirtiera en un importante centro de influencia entre la intelectualidad occidental, que incluirá a figuras como James Burnham, Alfred Wohlsetter, Richard Perle e Irving Kristol.
A estos ideólogos no les resultó en absoluto difícil girar hacia el neoconservadurismo tras el fracaso de los planes trotskystas de toma del poder en la Rusia de 1940. La quinta columna de Trotsky en Rusia colaboró ​​sin problemas con las potencias fascistas japonesas, alemanas, británicas y de Wall Street en su fanático objetivo de acabar con la doctrina estalinista del “socialismo en un solo país” e imponer una revolución global, un hecho ya documentado y sobre el que volveré en un futuro.
El asesinato de un embajador estadounidense
Este contexto el matrimonio, junto a un equipo de filmación, decide dirigirse, en 1981, a Afganistán.
Previamente, Paul y Liz se habían puesto en contacto con una red de agentes de alto rango en puestos clave dentro del Departamento de Estado y el complejo mediático, cuya increíble conexión con el asesinato del presidente Kennedy y su posterior encubrimiento, así como de la gestión de la guerra de Vietnam, les resultó estremecedora.
A su llegada a Afganistán el matrimonio se tropezó con misteriosas anomalías en el caso del asesinato del embajador estadounidense en Kabul, Adolph Dubs, el 14 de febrero de 1979.
La pareja no tardó en descubrir que el embajador Dubs había estado trabajando de manera encubierta en una iniciativa que se oponía radicalmente a los planes de la Comisión Trilateral para la región y que, de haber tenido éxito, habría amenazado con desbaratar los proyectos de Brzezinski.
Después de todo, era Dubs quien, tan solo seis meses antes de su destino en Kabul, había dirigido la misión de estudio sobre Controles Internacionales del Tráfico y la Producción de Estupefacientes para el Comité del Senado norteamericano sobre el Abuso y el Control de Estupefacientes, y quien mejor que nadie sabía dónde y cómo funcionaba el complejo sistema mundial de producción de drogas.
Durante decenas de reuniones y entrevistas con funcionarios afganos, Paul Fitzgerald descubrió que el embajador Dubs había mantenido al menos catorce reuniones secretas con el presidente afgano, Hafizullah Amin, quien en absoluto se ajustaba sobre lo que él propalaban los medios de comunicación occidentales.
Hafizullah Amin no sólo no era marxista, sino que tampoco era prosoviético ni siquiera un musulmán practicante. Cada vez había más pruebas de que Amin era poco más que un instrumento oportunista de la CIA, en estrecha colaboración con su supuesto enemigo, Gulbuddin Hekmatyar —otro agente de la CIA—, con el fin de introducir a Afganistán en la maquinaria de producción mundial de heroína.
Paul y Liz descubrieron que ambos hombres pertenecían al mismo clan de los Ghilzai que, desde hacía tiempo, trataba de imponer su poder exclusivo en Kabul.
Este objetivo estaba íntimamente ligado al propósito de Amin de debilitar a las fuerzas nacionalistas asociadas al rey Daud durante la revolución de Saur, de abril de 1978, que depuso al monarca.
Sin embargo, cuando Dubs comenzó a negociar un plan que impidiera a los soviéticos caer en una suerte de trampa y, al mismo tiempo, enriqueciera a Amin, se impuso la urgente necesidad de proceder a salvar los planes de Zbigniew Brzezinski.
Paul y Liz llegan a la conclusión de que la CIA acabó provocando la caída de Amin, un presidente afgano nominalmente fiel a Moscú, a manos de los rusos el 27 de diciembre de 1979, fecha en que comenzó oficialmente la intervención militar soviética.
Si bien los registros oficiales a día de hoy siguen atribuyendo la muerte del embajador Dubs a militares soviéticos y afganos, los autores del citado libro demuestran que numerosas pruebas apuntan a la intervención de la inteligencia occidental en el tiroteo, que acabará con la vida de los tres secuestradores y del embajador norteamericano en la habitación 117 del Hotel Kabul.
Entre las principales pruebas se encuentran la presencia de agentes de la CIA y la DEA en la escena del crimen, la evidencia de que Dubs seguía con vida tras el tiroteo y el hecho de que su cuerpo fue arrastrado después de su asesinato para simular que las balas, provenían del exterior a través de una ventana, pero que las balas que lo habían acribillado a quemarropa eran de una pistola del calibre 22, muy probablemente del jefe de policía de Kabul, Mohammed Lal, quien también será asesinado meses después.
Los rusos caen en la trampa
El asesinato de Dubs proporcionó a Brzezinski los ingredientes necesarios para avivar la histeria antirrusa entre los estadounidenses crédulos, a la vez que justificaba el impulso de una nueva política de guerra encubierta asimétrica que cambiará para siempre el curso de la historia mundial.
El único sacrificio que Brzezinski tuvo que hacer era el asesinato de un diplomático molesto que quería evitar una guerra mundial, y el sacrificio de un agente de la CIA de alto rango, el presidente Amin.
El “Vietnam ruso”, además, proporcionaba la irrefutable prueba de que la tesis del “Equipo B” era sólida: demostraba que la URSS realmente deseaba dominar el mundo.
Todo ello alimentará el pozo sin fondo conocido como operación “Cyclone”, que invirtió miles de millones de dólares en financiar movimientos terroristas que pronto se transformarían en Al-Qaeda y en el surgimiento de la mayor zona de producción de heroína del mundo, justo en el corazón de la Isla Mundial de Mackinder.
Además, justificó la doctrina de guerra nuclear limitada de Brzezinski de “respuesta flexible”, de 1980, que posteriormente dará forma al programa del “Full Spectrum Dominance” [“Dominio de Espectro Completo”] que ahora rodea de bases norteamericanas tanto a la Federación Rusa como a la R.P. China.
La en un principio clandestina operación “Cyclone” se basó en las mentiras del análisis del “Equipo B” de Brzezinski sobre las supuestas ambiciones soviéticas de dominar el mundo, lo que justificó un programa que utilizó miles de millones de dólares de los contribuyentes para financiar el crecimiento de células terroristas muyahidines y el narcotráfico, en un intento por desestabilizar el flanco débil de los rusos y arrastrar a los soviéticos a una sangrienta guerra que se vendería a la población occidental como el “Vietnam de los rusos”.
Más de cuarenta años después, las consecuencias de aquella operación dirigida por Brzezinski son bien conocidas.
La Unión Soviética sufrió un durísimo golpe que condujo a su disolución bajo el mandato de Mijail Gorbachov, y el mundo recibió como regalo el terrorismo islámico, generosamente financiado, entrenado y armado por la CIA, el MI6 británico y los servicios de inteligencia paquistaníes.
Además, las organizaciones criminales mundiales incrementaron su influencia exponencialmente a medida que el centro mundial de producción de opio se trasladaba de las antiguas zonas de Camboya, Vietnam, Laos y Myanmar [Birmania] a tierras más fértiles de Afganistán, proporcionando la financiación necesaria para sembrar el caos en la región durante décadas y, al mismo tiempo, intensificar una nueva guerra del opio.
La evidente colaboración de la DEA y la CIA durante este período coincidió con el auge de la heroína en los barrios marginales de las ciudades de Estados Unidos en forma de crack, todo ello bajo la presidencia de Bush padre —quien bendijo la toma de control de la inteligencia estadounidense por parte del “Equipo B” de Brzezinski—, algo que no podemos ignorar.
Cuando se le preguntó en una entrevista, en 1998, si se arrepentía de haber desempeñado un papel fundamental en la creación de Al Qaeda, Brzezinski respondió: “¿Arrepentirme? ¿De qué? Esa operación secreta fue una excelente idea. Logró atraer a los rusos a la trampa afgana, ¿y quieren que me arrepienta? El día que los soviéticos cruzaron oficialmente la frontera, le escribí al presidente Carter: ahora tenemos la oportunidad de meter a la URSS en su guerra de Vietnam. De hecho, durante casi diez años, Moscú tuvo que librar una guerra insostenible para el gobierno, un conflicto que provocó la desmoralización y, finalmente, la desintegración del imperio soviético”.
Un año antes de esta entrevista, Brzezinski escribió un libro incendiario titulado The Grand Chessboard: American Primacy and Its Geostrategic que se convirtió en la guía del Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, de corte neoconservador, liderado por los mismos conservadores que ascendieron al poder bajo su patrocinio en la década de los setenta, como Donald Rumsfeld, Richard Perle, Paul Wolfowitz, Richard Helms y Dick Cheney.
En sus páginas afirmaba: “En resumen, para Estados Unidos, la geoestrategia euroasiática implica la gestión estratégica de Estados geopolíticamente dinámicos y el manejo cuidadoso de Estados geopolíticamente catalizadores, en consonancia con el doble interés de Estados Unidos: la preservación a corto plazo de su singular poder global y su transformación a largo plazo en una cooperación global cada vez más institucionalizada. Para expresarlo en términos que evocan la era más brutal de los antiguos imperios, los tres grandes imperativos de la geoestrategia imperial son prevenir la colusión y mantener la dependencia en materia de seguridad de los vasallos, mantener a los tributarios dóciles y protegidos, e impedir la unión de los pueblos bárbaros”.
Pero, ¿quiénes eran esos “bárbaros” que Brzezinski tanto temía que pudieran “unirse” a menos que fueran controlados geoestratégicamente como vasallos?
En su libro Brzezinski escribía: “Potencialmente, el escenario más peligroso sería una gran coalición entre China, Rusia y quizás Irán, una coalición ‘antihegemónica’ unida no por la ideología, sino por agravios comunes”. Y añadía: “La forma en que Estados Unidos manipule y se adapte a los principales actores geoestratégicos en el tablero de ajedrez euroasiático, y cómo gestione los puntos de inflexión geopolíticos clave de Eurasia, será fundamental para la longevidad y la estabilidad de la primacía global estadounidense”.
La única diferencia entre 2025 y 1981 es que hoy, una Alianza Multipolar liderada por la Federación Rusa, la R.P. China y a la que se ha unido una creciente variedad de grandes naciones ha creado un nuevo paradigma fundado en una arquitectura de seguridad, cultural y financiera alternativa coherente capaz de desafiar la hegemonía unipolar distópica que Zbigniew Brzezinski creía que debía regir el Nuevo Orden Mundial [3].
El tiempo nos dirá si Estados Unidos podrá liberarse de las ataduras del legado distópico de Brzezinski o si, por contra, caerá en una nueva trampa de guerras interminables en Oriente.
Notas
[1] A juzgar por su desempeño político a partir de entonces, sólo cabe suponer que Ted Kennedy finalmente aprendió la lección y decidió que era infinitamente más fácil convertirse en un títere más del Sistema.
[2] Véase Cynthia Chung, “From Trotskyism to Radical Positivism: How Albert Wohlstetter Became the Leading Authority on Nuclear Strategy for America” [https://cynthiachung.substack.com/p/from-trotskyism-to-radical-positivism-83a], y Cynthia Chung, “In Search of Monsters to Destroy: The Manufacturing of a Cold War” [https://cynthiachung.substack.com/p/in-search-of-monsters-to-destroy-0d8].
[3] Matthew Ehret, “A Gateway to a New World of Cooperation” [https://badlands.substack.com/p/a-gateway-to-a-new-world-of-cooperation].

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