Enrique Área Sacristán*
La evolución del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, con epicentro en el estrecho de Ormuz y proyección operativa en el frente libanés, constituye una manifestación empírica especialmente clara de una transformación doctrinal más profunda: el desplazamiento del conflicto desde el ámbito de la destrucción hacia el de la estabilización del sistema. Lo que se observa no es una anomalía coyuntural ni una desviación táctica, sino la expresión de una lógica estructural en la que la superioridad no se traduce automáticamente en control y en la que la acción no produce necesariamente un cierre del conflicto.
La intervención estadounidense sobre el estrecho de Ormuz ilustra con precisión esta disociación. La capacidad de proyectar fuerza, interceptar buques y condicionar el tránsito marítimo demuestra una superioridad operativa incuestionable. Sin embargo, esa capacidad no equivale a control en sentido doctrinal, porque no garantiza la estabilización del sistema en el que se inserta. El flujo energético, lejos de normalizarse, se vuelve más incierto; los costes aumentan; los actores se adaptan. Se produce así una situación en la que el dominio táctico convive con la inestabilidad funcional, confirmando que el control ya no puede definirse exclusivamente como dominio del espacio físico, sino como capacidad de estabilizar el sistema en términos previsibles.
Frente a esta intervención, Irán no necesita igualar la potencia militar estadounidense para mantener su relevancia estratégica. Su acción se orienta a impedir la estabilización, no a derrotar directamente al adversario. Mediante el uso de medios indirectos, ambigüedad operativa y presión distribuida, introduce incertidumbre estructural en el funcionamiento del estrecho. No busca cerrar completamente el nodo, sino evitar que funcione de manera estable bajo control externo. Esta lógica responde directamente al principio central de la guerra contra la estabilización: el objetivo no es la victoria decisiva, sino la negación de la decisión.
La extensión del conflicto al frente libanés refuerza esta dinámica multinodal. La actuación de Israel, aun siendo operativamente eficaz en términos militares, contribuye a reabrir el sistema en lugar de cerrarlo. La presión sobre un nodo no produce estabilización, sino redistribución de la tensión hacia otros nodos interconectados. La guerra deja así de organizarse en torno a un eje decisivo y se configura como una interacción distribuida en múltiples planos —energético, militar, político y social— en los que la acción en uno genera efectos en los demás.
En este entorno, la resiliencia emerge como el verdadero centro de gravedad. Ni Irán colapsa pese a la presión acumulada, ni el sistema energético global deja de funcionar, ni los grandes consumidores —China e India— pierden su capacidad de adaptación. Ambos países, con demandas de aproximadamente 11,5 y 5,5 millones de barriles diarios respectivamente, se ven obligados a reorganizar sus cadenas de suministro, diversificando proveedores y rutas. Sin embargo, esta adaptación no elimina la dependencia estructural del Golfo ni sustituye completamente el volumen que circula por Ormuz. El sistema no se rompe, pero se vuelve más costoso, más lento y más incierto. Esta persistencia bajo presión confirma que la destrucción o la disrupción no producen colapso, sino reconfiguración.
La dinámica resultante es una saturación funcional progresiva. La acumulación de perturbaciones en múltiples nodos —energéticos, logísticos, militares— no destruye el sistema, pero dificulta su funcionamiento eficiente. Aumentan los tiempos de respuesta, se redistribuyen recursos, crece la incertidumbre en la toma de decisiones. Ningún actor logra imponer una estabilidad duradera, y todos se ven obligados a operar en condiciones de fricción constante. La guerra deja de ser un proceso orientado hacia una decisión y se convierte en una competencia por la capacidad de sostener la inestabilidad sin colapsar.
En este contexto, las conversaciones entre Estados Unidos e Irán adquieren un significado que trasciende la lógica clásica del acuerdo como cierre del conflicto. La eventual consecución de un acuerdo no constituye, por sí misma, una refutación de la doctrina multinodal. Lo decisivo no es la existencia del acuerdo, sino su capacidad para transformar el sistema en términos de estabilidad sostenida. Si el acuerdo implicara la eliminación efectiva de la capacidad iraní de perturbar el sistema, la normalización del tránsito en Ormuz y la reducción estructural de la incertidumbre, entonces se produciría una validación parcial de la lógica clásica, en la que la presión se traduce en estabilización.
Sin embargo, la estructura del conflicto sugiere que los acuerdos posibles se situarán en un terreno distinto. Un acuerdo de equilibrio, en el que ninguna de las partes renuncie a sus capacidades fundamentales, tenderá a gestionar la tensión sin eliminarla. La estabilidad será relativa, condicionada y reversible. Más probable aún es un acuerdo inestable, caracterizado por treguas parciales, incumplimientos periódicos y reactivación de presiones sobre distintos nodos. En ambos casos, el sistema no se cierra, sino que se mantiene en un estado de funcionamiento bajo tensión. Lejos de refutar la doctrina, este tipo de acuerdos la confirma, al demostrar que incluso la negociación se integra en la lógica de la guerra contra la estabilización.
El elemento decisivo no es, por tanto, quién domina un nodo en un momento dado, sino quién es capaz de impedir que ese dominio se traduzca en estabilidad sistémica. La superioridad permite actuar, pero no garantiza cerrar el conflicto. La presión puede degradar, pero no necesariamente decide. La guerra, en estos términos, deja de ser un proceso orientado hacia la victoria en sentido clásico y se convierte en una dinámica en la que el éxito estratégico consiste, en muchos casos, en impedir que el adversario alcance una forma de orden estable.
Lo que este conflicto pone de manifiesto no es el fracaso de la acción militar, sino el límite de su capacidad para producir efectos decisivos en sistemas resilientes e interdependientes. La persistencia de la inestabilidad no es un error ni una anomalía, sino una característica estructural del entorno. Y es precisamente en esa persistencia —en la imposibilidad de transformar la superioridad en estabilidad— donde se encuentra la validación empírica de la doctrina multinodal.
«La eliminación cinética no funciona»
La reciente pieza publicada en The Jerusalem Post, firmada por
Jacob Wirtschafter / The Media Line, bajo el título
“‘Kinetic elimination does not work’: US envoy breaks with Netanyahu doctrine in Antalya”, introduce un elemento de notable relevancia analítica en el debate estratégico contemporáneo. En ella se recoge la afirmación del enviado estadounidense Thomas Barrack según la cual la idea de eliminar enemigos mediante la fuerza bruta “no funciona” y que los conflictos de la región no se resolverán destruyendo adversarios “uno por uno” .
Esta formulación, aunque presentada en un contexto político-diplomático, constituye en realidad una constatación empírica de gran alcance doctrinal. No se trata simplemente de una crítica a la estrategia israelí o a un enfoque concreto de uso de la fuerza, sino de la expresión de una percepción más profunda: la ineficacia estructural del paradigma clásico de resolución basado en la destrucción progresiva del adversario. En este sentido, el artículo no introduce una teoría, pero sí refleja con claridad una intuición que converge directamente con uno de los postulados centrales de la doctrina de la guerra multi-nodal.
A lo largo del texto, esta intuición aparece reiterada bajo distintas formas. Cuando Barrack señala que los altos el fuego son “delicados” porque “todos han demostrado ser igualmente poco confiables”, está reconociendo implícitamente la imposibilidad de consolidar un estado estable incluso cuando cesa la violencia . Desde un marco clásico, el alto el fuego debería representar una transición hacia la resolución o al menos hacia una estabilización progresiva. Sin embargo, lo que describe el artículo es exactamente lo contrario: acuerdos frágiles que no cierran el conflicto, sino que lo mantienen en suspensión. Este fenómeno encaja plenamente con la noción multinodal de estabilización sin resolución, en la que la reducción de la intensidad no elimina la lógica estructural del conflicto.
Asimismo, cuando el enviado estadounidense afirma que el alto el fuego “es solo el comienzo de un camino”, introduce una ruptura implícita entre la interrupción de la violencia y el logro de un resultado estratégico . Este punto es doctrinalmente clave. En el paradigma clásico, la degradación del adversario debería acercar el desenlace político. En cambio, lo que se reconoce aquí es que la contención de la violencia no produce necesariamente progreso hacia la resolución, sino que abre un proceso incierto. La doctrina multinodal interpreta este fenómeno como consecuencia directa de la resiliencia sistémica: el conflicto no se decide porque el sistema sigue funcionando bajo presión.
Otro elemento especialmente relevante es la referencia a que las campañas militares han contribuido a generar “una nueva generación de enemigos”. Esta afirmación refleja un fenómeno que, desde una lógica lineal, resulta paradójico: la acción militar no reduce la amenaza, sino que la transforma y la reproduce. Desde la perspectiva multinodal, esto no es una anomalía, sino una manifestación de la capacidad adaptativa del sistema. La destrucción de elementos individuales no produce el colapso del conjunto porque la funcionalidad está distribuida y puede reconfigurarse.
Igualmente significativa es la crítica al mecanismo de alto el fuego anterior, cuya ruptura se atribuye a la existencia de cláusulas que permitían acciones unilaterales. Este punto revela la persistencia de la capacidad de disrupción dentro del sistema. Aunque existan acuerdos formales, mientras los actores conserven la capacidad de alterarlos, el sistema no puede estabilizarse. La norma no elimina la amenaza; simplemente convive con ella. Este es precisamente uno de los ejes de la doctrina multinodal: la estabilidad no depende de la ausencia de conflicto, sino de la neutralización de la capacidad de alterar el sistema, algo que en este caso no se produce.
Sin embargo, pese a estas coincidencias, el artículo presenta una limitación fundamental desde el punto de vista doctrinal. Permanece en el nivel del diagnóstico, pero no alcanza el de la explicación estructural. Reconoce que la fuerza no resuelve, que los acuerdos son frágiles y que el conflicto se reproduce, pero no ofrece un marco conceptual que permita entender por qué ocurre todo ello de manera sistemática. La doctrina multinodal llena precisamente ese vacío al introducir elementos analíticos como la centralidad de nodos críticos, la interdependencia de funciones, la resiliencia del sistema y la imposibilidad de estabilización mediante la mera aplicación de fuerza.
En este sentido, la afirmación de que la “eliminación cinética no funciona” puede interpretarse como una formulación empírica de un fenómeno que la doctrina multinodal conceptualiza de forma más precisa. No se trata únicamente de que la fuerza sea insuficiente, sino de que actúa sobre un objeto —el sistema— cuya naturaleza ha cambiado. La destrucción ya no produce cierre porque el centro de gravedad no es un punto, sino una capacidad distribuida de funcionamiento.
De esta comparación se derivan varias conclusiones relevantes. En primer lugar, existe una convergencia creciente entre la experiencia empírica de los actores y los postulados de la doctrina multinodal. Las declaraciones recogidas por el The Jerusalem Post no son una anomalía, sino un indicio de que determinados sectores estratégicos están comenzando a percibir los límites del paradigma clásico. En segundo lugar, esta convergencia se produce de forma fragmentaria e intuitiva, sin un marco doctrinal plenamente articulado. En tercer lugar, la doctrina multinodal ofrece una capacidad explicativa superior al integrar en un mismo modelo fenómenos que el artículo presenta de forma separada: la fragilidad de los acuerdos, la regeneración del adversario y la imposibilidad de cierre.
Finalmente, puede afirmarse que el valor de la doctrina multinodal no reside en contradecir este tipo de análisis, sino en darles sentido. El artículo constata que la eliminación del enemigo no produce el resultado esperado; la doctrina multinodal explica por qué ese resultado no puede producirse en determinadas condiciones. Entre la intuición empírica y la explicación estructural se sitúa, precisamente, el espacio donde se define la relevancia de una doctrina. Y es en ese espacio donde la guerra multi-nodal adquiere su verdadero valor analítico.
*Teniente Coronel de Infantería. (R)
Las posibilidades estratégicas de EEUU tras la continuación de su derrota en la batalla de Irán
Andrés Piqueras
Son muchas las especulaciones que se vienen dando sobre posibles estrategias, o falta de ellas, por parte del hegemón imperial, Estados Unidos, para intentar preservar su dominio mundial. Desde quienes sostienen alegremente que en su enfrentamiento con Irán -que es de larga data pero se acentúa ahora- EE.UU. “ya perdió la guerra”, hasta los que nos hablan de la hecatombe nuclear que estaría cerniéndose sobre la formación persa y sobre buena parte de Asia en general.
Para hacer un correcto análisis materialista dialéctico debemos ir siempre más allá de lo concreto y parcial, hacia la concepción o la mirada holística, de conjunto, de totalidad. Eso en primer lugar. Además, es imprescindible dejar de lado cualquier personificación de las relaciones sociales, que centre los análisis en individuos o singularidades políticas como responsables de los procesos históricos. Mucho más necesario, aún, es descartar atribuciones del tipo de “locura”, “soberbia” o “egotismo”, para dar cuenta de decisiones estratégicas y, en general, de la realidad histórica.
No. Estados Unidos no se deja arrastrar a guerras por un genocida sionista, ni una base militar-política como es la entidad sionista ocupante de Palestina manda sobre la potencia imperial del Sistema capitalista sólo porque haya un supuesto “loco” al timón de mando. El rabo no mueve al perro, jamás.
Esos tipos de pseudoanálisis no hacen más que distraer de las razones profundas de lo que sucede, y no son, por tanto, materialistas (no van a la raíz material de los procesos) ni dialécticos (no conciben la realidad en su totalidad ni las retroalimentaciones socio-económico-ecológicas de complejidad, retroversión, recursividad o diferente cualidad, entre otras, que se entrecruzan para dar forma a lo real y que se plasma en situaciones –históricas- concretas).
Vamos, pues, a ver algunas de las opciones que se pueden anticipar a partir de un análisis materialista dialéctico, y las contrastamos con las visiones que predominan sobre el actual escenario bélico en Asia central
La más “optimista” de esas perspectivas: Estados Unidos ha perdido la guerra porque no puede mantenerla.
“Esta guerra pone de manifiesto los límites del poder estadounidense-israelí y apunta a una nueva ecuación estratégica, en la que la resiliencia industrial supera a la potencia de fuego. La capacidad de mantener la producción, más que la de lanzar ataques de precisión, define cada vez más el poder militar en un conflicto prolongado.
En esa ecuación, Washington ya no es dominante”.
Ciertamente, pero si nuestra perspectiva es de totalidad, o al menos más global, las posibilidades de análisis se agrandan.
Como que siempre hay que ponerse en las opciones que tiene el enemigo (en este caso el enemigo de la Humanidad -Estados Unidos-), desde la más favorable a la más desfavorable al mismo, y sobre todo nunca subestimar su capacidad estratégica, pongámonos primero en la estrategia más sutil e inteligente que podría estar llevando a cabo el hegemón imperial en decadencia.
1.Estrategia inteligente. Ganadora.
El guion -sacado de su propia
National Security Agency (NSA)
[1]– propone una “estrategia de fortaleza norteamericana” donde aparentes derrotas (una guerra perdida en Irán, fricción con aliados y colapso global), serían un diseño para cortar el flujo energético de Asia central (Estrecho de Ormuz), forzar a Europa y Asia oriental a depender del petróleo, fertilizantes y minerales detentados por Estados Unidos (gracias, aparte de los de su propio territorio, al control de los recursos de Canadá, Venezuela –y resto de continente americano-, más Groenlandia), y, así también, obligar a los tenedores de deuda estadounidense (Japón, China, Europa) a sostener el dólar por necesidad energética, pues necesitarían seguir consiguiendo todos esos recursos mediante el papel verde estadounidense. Al tiempo, EE.UU. se reindustrializaría militarmente, de manera cada vez más planificada.
“Ayudar” a cortar el Estrecho de Ormuz va encaminado a satisfacer todos esos objetivos.
Hay que reconocer que las repercusiones económicas de esa acción son ya graves y no harían sino acentuarse en los próximos meses. Consideremos, sencillamente, que sin diésel Europa colapsa. Su sector primario y el subsector del transporte no se pueden sostener.
En suma, potencias industriales como Japón, India y Europa, que dependen masivamente del petróleo de Asia central (entre el 50% y el 75%), enfrentan un colapso económico inminente.
La Excepción Estratégica: USA, con sus vastas reservas en EE. UU., Canadá y Venezuela, permanece inmune a este shock de suministro, convirtiéndose en el único proveedor viable. Al mismo tiempo, convierte la Deuda en un Arma para fortalecer al dólar, y por tanto a su Ejército.
Pero, entonces, ¿acentuar la Crisis para ganar entre perdedores es una estrategia?
Como tal sólo podría tener alguna lógica si pensamos que … “el capitalismo contemporáneo ha abandonado la búsqueda del equilibrio para erigir la crisis en su modo de funcionamiento primario (…) Los mercados, los Estados y las sociedades ya no se gobiernan hacia un ideal de equilibrio, sino manteniéndolos permanentemente descompensados.
¿Por qué? Porque el equilibrio expondría la insolvencia estructural (…) Crecimiento y ganancias de productividad pertenecen en gran medida al pasado; los sistemas políticos se fragmentan deliberadamente, pues cualquier intento serio de estabilización exigiría impagos violentos, reestructuraciones profundas y, sobre todo, imaginación política auténtica. La crisis perpetua, en cambio, permite posponer la resolución indefinidamente, en perfecto estilo tecnocrático.
¿Qué podría salir mal, pues?
a)Pues que la cadena causal de esta hipótesis descansa en supuestos no demostrados: Para empezar, que se tenga el control efectivo de los recursos de Venezuela, y que la coerción sobre Canadá y Groenlandia se traduzca en detentación real de sus recursos.
B) Que la viabilidad de sustituir rápidamente el suministro de Asia central no es ni mucho menos fácil. La infraestructura (upstream, midstream, refino y transporte marítimo/terrestre) no puede reconfigurarse a escala mundial en semanas; los crudos son heterogéneos y las refinerías están configuradas por gravedad y contenido de azufre. Los fertilizantes y nitrógeno -el amoníaco/urea- dependen del gas natural y capacidad de síntesis; el mercado es multi-origen (EE. UU., Canadá, Rusia, Asia central y otros), con cuellos de botella logísticos y regulatorios. La tenencia de bonos responde a balances externos, reservas y política monetaria; la energía incide, pero no determina mecánicamente la demanda de activos estadounidenses. La diversificación (oro, euro, francos, RMB) sigue sigue siendo una buena baza bajo escenarios de estrés. Hay, además, un riesgo de choque inverso: un cierre total de Ormuz dispararía precios, dañaría consumidores estadounidenses, presionaría aún más la inflación y podría forzar respuestas coordinadas (liberaciones de reservas estratégicas, racionamiento, sanciones, convoyes navales) que neutralizan la lógica de “dependencia unilateral”.
c) Para terminar, la analogía simplista con la transformación económica rusa, basada en una industrialización planificada, con soporte militar es, hoy por hoy, casi imposible de conseguir por Estados Unidos (porque ni tiene todavía esa urgencia ni sus grandes corporaciones permitirían la estatalización industrial).Rusia en guerra reorientó producción hacia la defensa y absorbió sanciones con integración energética regional; EE. UU. opera en una arquitectura financiera abierta, con aliados y cadenas globales críticas que penalizan una “autarquía bélica”. Los costos políticos y económicos de “perder a propósito” son estructuralmente diferentes.
Hasta aquí el propio debate interno de la NSA estadounidense.
Vamos, a continuación, con la que podría ser una estrategia intermedia del hegemón decadente.
A Estados Unidos le interesa obstruir el flujo energético por Ormuz para ir afianzando su proyecto del IMEC (ver mapa), al tiempo que consolida su dominio de Asia occidental y central, gracias a la expansión de su entidad sionista.
El proyecto IMEC quiere conectar Asia occidental y central –especialmente mediante una India alineada con EE.UU.- y sus recursos, con Europa, a través de formaciones estatales “aliadas” (subordinadas) a USA, la cual dispone a discreción de esos recursos y entorpece que otros puedan hacerlo libremente o tengan protagonismo en las redes infraestructurales de los flujos energéticos.
La expansión sionista del “Gran Israel” y la limpieza étnica de Palestina es parte imprescindible de ese plan. La agresión de década y media a Siria, más las realizadas o en curso contra Iraq, Yemen y Líbano, por tanto, también. Este plan se contempla dentro de la estrategia de medio plazo de sabotear la Nueva Ruta de la Seda china, obstaculizar su articulación de continentes o relegar su papel en ello y cortarle las fuentes de suministro al gigante asiático.
En ese camino va la -descuidada para casi todo el mundo- acentuación de la cooperación militar que está teniendo lugar entre Estados Unidos y Malasia para terminar de cerrar el bloqueo del Estrecho de Malaca y ahogar la salida china al Índico (amén de toda la parafernalia bélica que USA apelotona en el Mar de China).
Pero para contrastar esta hipótesis estratégica se necesitan también algunas verificaciones. La propia NSA ofrece las siguientes (entre otras):
“Señales operativas a vigilar: movimientos en fletes y seguros marítimos del Golfo Pérsico, spreads de crudos por calidad, oferta de gas y amoníaco, posiciones de reservas estratégicas, cambios en compras de bonos, coordinación de la AIE/OPEP+, y posturas de OTAN/alianzas asiáticas. Mapear escenarios de disrupción en Ormuz (duración, alcance, respuesta multilateral) y sus impactos en precios, logística y seguridad de suministro para Europa/Asia.
Distinguir supuestos no verificables de restricciones reales (soberanía de recursos, infraestructura, derecho internacional) (…) Construir un tablero de indicadores críticos (fletes marítimos, primas de seguro en el Golfo, salidas de crudo, capacidad de refino por tipo de crudo, precios de amoníaco/urea) con alertas umbral.
Modelar sustitución parcial de volúmenes de Asia central con Norteamérica/Rusia bajo tres horizontes (30/90/180 días) y estimar costos logísticos/regulatorios. Preparar Q&A para stakeholders (clientes/autoridades) sobre resiliencia de suministro y planes de contingencia en caso de disrupciones en rutas críticas”.
Como vemos, nada fácil de llevar a cabo, menos aún en el corto plazo. Y tiempo es precisamente lo que no le sobra a Estados Unidos.
Ahora vamos a la suposición mejor para el mundo, en la que tantos insisten: la falta de una auténtica estrategia de los USA.
Estados Unidos se estrella en Asia central y no tiene plan B para su enfrentamiento con Irán (más allá de “ayudarle” a bloquear el Estrecho de Ormuz).
Esta es la más querida por casi todas las sociedades del planeta, y de tan deseada se traslada fácilmente a análisis hechos a la carrera, a declaraciones impactantes, a vídeos grabados con el “ya ganamos” o “ya perdimos” según de qué lado se mire –lo cual debería ser todavía más sospechoso-, a redes sociales que multiplican su efecto y, en general, a cierta algarabía triunfalista.
De ser así, efectivamente, EE.UU. comenzaría una vertiginosa carrera en su decadencia como potencia imperial hacia una de segundo orden, replegándose de Asia hacia su hemisferio occidental y deteriorando aceleradamente su situación económica y social.
Esta hipótesis se suele combinar, como advertimos, con la personificación de las relaciones sociales o el análisis de éstas a partir de personas. Personas a las que además se las define por categorías morales antes que estratégicas, cuando no por las de vesania directamente.
A menudo leemos o escuchamos, pues, que todo esto es obra de dos locos sanguinarios (Trump-Netanyahu, por ejemplo). Lo que oculta las relaciones de poder profundas tanto a escala estatal como global (sin menoscabo de que esos personajes sean en verdad siniestros asesinos genocidas).
El Poder Sionista Mundial (PSM) lo es por dominar una buena parte de la economía global y de la estructura de poder de la principal potencia capitalista, Estados Unidos.
Esa estructura de poder profunda no está “loca” ni juega a los dados. Tiene estrategias altamente inteligentes, controla buena parte de la política y economía del mundo, dirige en gran medida los Foros globales, maneja a sus anchas el control ciudadano, domina la guerra cognitiva casi a la perfección, entre otras muchas claves de Poder con mayúsculas, algunas de las cuales apenas imaginamos.
Las figuras políticas que aparecen al frente de las acciones en curso o de las pantallas televisivas son apenas mejores o peores representantes de sus intereses. “Representantes” o delegados que, por cierto, tampoco están “locos”. Trump, como empresario sin escrúpulos, ha ganado alrededor de 40 mil millones de dólares en el primer año de su segundo mandato, tras provocar con sus declaraciones el alza o caída de las Bolsas o de los precios de unos u otros activos (información privilegiada por medio), por poner un ejemplo.
Así que no, el “Estado profundo” que domina nuestras políticas y economías, que impide que podamos comprarnos un piso o que nos tengamos que endeudar cada día más para vivir, que nos desesperemos en las colas de una seguridad social cada vez más desasistida, que el monedero dé apenas para ir al mercado y volver con la bolsa medio vacía, y que, por tanto, condiciona nuestros comportamientos sociales y nuestras posibilidades de vida, ese Poder en la sombra pero bien real no va a dejar de atacar Irán de unas u otras maneras, como parte de su Guerra Sistémica Permanente o Guerra Total contra el Mundo Emergente. Una guerra que lleva a cabo durante años a través de su principal potencia estatal.
Como tal esa potencia, EE.UU., sabe que la Batalla de Irán es una batalla decisiva contra el Mundo Emergente (China-Rusia sobre todo), para no ser relevada. En cuanto que parasitada, además, por ese PSM, como “lideresa” del modo de producción capitalista global que es, no la abandonará si no se la obliga a hacerlo. Y esa es una tarea titánica.
Eso no quiere decir tampoco que vaya a ganar la Batalla, ni mucho menos. Irán es mucho Irán.
Lo que sí que puede asegurarse casi con total certeza, pues, es que en cualquiera de los tres escenarios -más todo el abanico de opciones que hay entremedias de ellos-, la Batalla de Irán dentro de la Guerra Total continuará de una u otra manera, posiblemente de muy diferentes maneras. También con seguridad que las perdedoras serán buena parte de las sociedades del mundo, entre las que más las europeas.
El desastre energético (y alimenticio –la fertilización de la tierra está en peligro-) que se cierne ya sobre ellas no hará sino agravarse dramáticamente con la continuación de la Guerra. Círculo vicioso: una Guerra que el propio modo de producción capitalista requiere (por eso es “Sistémica Permanente”) y que la potencia imperial necesita para mantenerse.
Pero ni el PSM ni su potencia imperial ni su brazo sionista son todopoderosos ni imbatibles. Antes bien, vienen mostrando que son prisioneros de sus propias contradicciones infraestructurales o ecológicas y estructurales o económicas, que les lleva a acciones cada vez más “atrevidas”, cuanto menos, sin cobertura de fondo.
A poco que las contradicciones supraestructurales o políticas (dialécticamente todas están unidas, las separamos sólo para facilitar la explicación) también se agraven, sus pies se harán cada vez más de barro.
La resistencia y lucha de sociedades hechas pueblo (en cuanto que sociedad unida en el combate), como puede ser el caso de Irán, pero igualmente el de Cuba, Líbano, Yemen, Burkina Faso… (¿también todavía Venezuela?), puede, efectivamente, acelerar su derrumbe.
Lo cual no significa que estemos cerca de poder cantar victoria. La Guerra será dura y larga. Y la “opción Sansón”, la de las armas atómicas (la de derribar el templo antes que perder frente al enemigo), está siempre pendiente sobre nuestras cabezas, como una condena de muerte en suspenso. No lo olvidemos.
Las sociedades del mundo -y las europeas en concreto- tienen un gran desafío por delante para que los Poderes del Capital (PSM, USA, OTAN, Davos, G7…) no las destrocen, tanto si ganan como si pierden en esta Batalla.
Su única opción pasa también por hacerse pueblo para la lucha.
Nota
Tras Islamabad: la escalada estadounidense se topa con la doctrina de guerra prolongada de Irán.
Peiman Salehi
El fracaso de las
conversaciones en Islamabad puso fin a algo más que una ronda de diplomacia. Marcó un cambio en la forma en que Teherán entiende este conflicto. Lo que Washington aún presenta como una campaña de presión, Irán ahora lo considera la fase inicial de una confrontación más prolongada, en la que el tiempo, los mercados y la presión política podrían tener mayor peso sobre Estados Unidos que sobre Irán.
Las conversaciones fracasaron porque nunca se basaron en una comprensión compartida de la realidad. Estados Unidos entró en las negociaciones como si la presión militar ya hubiera generado suficiente influencia para obtener concesiones importantes. Irán partió de la premisa opuesta: que la guerra aún no había llegado a la etapa en la que tales concesiones fueran necesarias. El problema era más profundo que la mera táctica.
La postura de Washington reflejaba la continuidad de su enfoque habitual. Exigía el desmantelamiento del programa nuclear iraní, la reducción de su influencia regional y la libre navegación por el estrecho de Ormuz, evitando al mismo tiempo compromisos vinculantes con el Líbano.
Desde la perspectiva de Teherán, no se trataba de una negociación destinada a alcanzar un compromiso, sino de un intento de traducir los resultados incompletos de la batalla en una rendición política.
La postura de Irán se basaba en un cálculo diferente. Insistía en mantener su capacidad nuclear, preservar la soberanía sobre el estrecho de Ormuz y extender cualquier acuerdo de alto el fuego al
Líbano . Estas posiciones reflejan límites estratégicos, fundamentados en la idea de que el conflicto es regional y no puede aislarse.
Una interpretación errónea de Irán
Un factor clave de esta divergencia radica en la interpretación errónea que Washington hace de la dinámica interna de Irán. Estados Unidos parece asumir que Irán aún considera las negociaciones como una salida necesaria a la presión. Sin embargo, el contexto interno iraní ha cambiado. No existe una expectativa generalizada de que la diplomacia brinde un alivio inmediato. Por el contrario, sectores visibles de la opinión pública cuestionan ahora la lógica de entablar conversaciones en las condiciones actuales.
Este cambio interno tiene consecuencias directas para la postura negociadora de Irán. Como señaló el analista político iraní
Foad Izadi el 12 de abril, «hablar demasiado de negociaciones incomoda a la gente», lo que refleja una creciente sensibilidad ante cualquier percepción de concesión. En este contexto, el compromiso ya no es simplemente una herramienta diplomática, sino un lastre político.
Hormuz como palanca de negociación, no como geografía.
En el centro de esta reevaluación se encuentra el
estrecho de Ormuz . Los sucesos del 11 y 12 de abril demostraron que Irán ahora utiliza este estrecho como un instrumento de presión. Las fuerzas iraníes emitieron
advertencias directas a un buque de la armada estadounidense, reforzando la postura oficial de que «cualquier buque militar que se acerque al estrecho de Ormuz será considerado una violación del alto el fuego y se enfrentará a una respuesta firme y contundente». Este lenguaje evidencia un intento de imponer las reglas de enfrentamiento según los términos de Irán.
Ese planteamiento se ve reforzado por una narrativa oficial más amplia. Las autoridades iraníes han hecho hincapié en que "el estrecho está bajo la gestión inteligente de la Armada iraní, y los buques civiles pueden transitar bajo regulaciones específicas", lo que apunta a un modelo en el que el Ormuz no solo se defiende, sino que se administra.
El discurso político iraní también ha enmarcado la escalada en términos estratégicos más amplios. En respuesta a las amenazas estadounidenses, los funcionarios advirtieron que "cualquier bloqueo impuesto recibirá una respuesta firme y decisiva", subrayando que los intentos de imponer un control externo sobre el estrecho provocarán confrontación, no sumisión.
Además de los mensajes oficiales, algunas voces analíticas dentro de Irán llevan esta lógica aún más lejos. Izadi argumentó que «el estrecho de Ormuz podría convertirse en la fuente de ingresos más importante de Irán», señalando propuestas que restringirían el paso e impondrían importantes costes de tránsito a los buques. Si bien estas ideas forman parte de un debate en constante evolución, reflejan una dirección estratégica más amplia en la que la geografía se transforma en una herramienta de influencia económica.
Washington reacciona, Teherán recalcula.
La respuesta estadounidense ha reforzado la misma dinámica, pero en sentido contrario. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump,
dio a entender que Washington podría restringir la actividad marítima e impedir que los buques operaran bajo las condiciones iraníes, tras imponer un bloqueo naval el 13 de abril, al tiempo que afirmaba que las fuerzas estadounidenses habían debilitado algunos elementos de las capacidades militares de Irán. La amenaza de
imponer un bloqueo , dado que ya existe uno, apunta a una postura reactiva más que a una estrategia coherente.
Desde la perspectiva de Teherán, esta inconsistencia se interpreta como una señal de presión. Los funcionarios iraníes han caracterizado la retórica estadounidense como un reflejo de “desesperación e ira”, lo que evidencia una creciente brecha entre los objetivos declarados y los resultados alcanzables.
El papel de Israel ha complicado aún más el proceso diplomático. Durante las negociaciones, los ataques israelíes en el Líbano continuaron, y los funcionarios dejaron claro que no se aplicaba ningún alto el fuego en ese frente. Esto generó una contradicción estructural.
Irán abordó las negociaciones como parte de un marco regional, mientras que Washington y Tel Aviv trataron el conflicto como un asunto aislado. La continuación de los ataques durante las conversaciones reforzó la postura de Teherán, vigente desde hace tiempo, de que la diplomacia no puede separarse de la realidad militar.
La guerra en un reloj diferente
El fracaso de las negociaciones apunta directamente a lo que vendrá después. Si la guerra se reanuda, Washington da por sentado que la creciente presión acabará obligando a Irán a hacer concesiones. Teherán parece tener otros planes.
La economía iraní sigue bajo presión, y un nuevo conflicto intensificará aún más esta situación. Sin embargo, el pensamiento estratégico iraní hace cada vez más hincapié en la
asimetría en la distribución de los costos. Como también señaló Izadi, las expectativas de que Estados Unidos levante las sanciones u ofrezca concesiones económicas significativas son poco realistas, lo que refuerza la creencia de que una confrontación prolongada puede generar mayor influencia que un compromiso.
La variable decisiva no reside únicamente en la capacidad interna de Irán, sino en las consecuencias externas de una escalada. Cualquier interrupción prolongada en el estrecho de Ormuz tendrá
un impacto directo en los mercados energéticos mundiales, las rutas marítimas y los costes de los seguros. Estos efectos no se limitan a la región, sino que se extienden a las economías y los sistemas políticos occidentales.
Aquí es donde el momento oportuno se vuelve crucial. Estados Unidos se acerca a un período políticamente delicado, marcado por importantes acontecimientos internacionales y ciclos electorales internos. El aumento de los precios de la energía y la inestabilidad económica conllevan consecuencias que van mucho más allá de la política exterior.
En este contexto, la escalada conlleva un riesgo político directo.
Teherán parece estar teniendo esto en cuenta en su estrategia. Cuanto más tiempo permanezca sin resolverse el conflicto, mayor será la probabilidad de que la presión se desplace hacia afuera en lugar de hacia adentro. El cálculo de Irán no es evitar daños, sino gestionarlos de forma más predecible que sus adversarios.
El fracaso de las conversaciones en Islamabad marca el inicio de una nueva fase en el conflicto, definida por la resistencia, la capacidad de negociación y el momento estratégico.
Si la guerra regresa, es posible que no se decida únicamente por los resultados en el campo de batalla. Dependerá de qué bando pueda soportar las consecuencias a largo plazo.
Por primera vez en este enfrentamiento, Teherán parece creer que la respuesta podría no favorecer a Washington.
Amenaza de “bloqueo naval” de Trump evidencia la derrota estratégica de EEUU en Asia Occidental
Mohammad Molaei *
La amenaza del presidente estadounidense Donald Trump de imponer un “bloqueo naval” total a los puertos iraníes y de controlar el Estrecho de Ormuz no constituye una maniobra militar estratégica, sino el último intento de un imperio en declive por reformular las ecuaciones de una guerra que ya ha perdido.
La amenaza, emitida tras el colapso de las conversaciones de alto el fuego en Pakistán, puede parecer coherente con el poderío militar estadounidense a primera vista, pero en realidad carece de respaldo operativo a largo plazo, de una base económica racional y de apoyo internacional.
Al adoptar esta postura, Estados Unidos no solo sería incapaz de disuadir a Irán, sino que además perjudicaría gravemente sus propias relaciones estratégicas con otros países, agravando la crisis energética global, impulsando la inflación e incluso afectando sus propias cadenas de suministro.
En términos militares, la amenaza de bloqueo naval de Trump está completamente desvinculada de la guerra asimétrica moderna. A pesar de que la Quinta Flota estadounidense en Baréin dispone de destructores de la clase Arleigh Burke y sistemas Aegis de última generación, sigue siendo vulnerable a la guerra híbrida de Irán y sus aliados regionales.
La implementación de un bloqueo de este tipo, según expertos militares como James Stavridis, excomandante de la OTAN, requeriría al menos dos grupos de ataque de portaaviones, más de una docena de destructores y fragatas fuera del Golfo Pérsico, al menos seis buques de guerra adicionales y el apoyo de las fuerzas navales de Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí dentro del Golfo.
Incluso ese despliegue no garantizaría un bloqueo sostenido ante una nueva escalada bélica, debido a la saturación de misiles, ataques con drones y embarcaciones no tripuladas.
Además, la flota estadounidense ha evitado acercarse a las costas iraníes desde el inicio de la denominada guerra de Ramadán, para no entrar en el alcance de los misiles balísticos antibuque y misiles de crucero supersónicos iraníes, que constituyen el núcleo más avanzado de su arsenal en este ámbito.
Como demostró la operación “Guardián de Prosperidad” en Yemen (2023–2024), pese a la considerable presencia naval estadounidense y de sus aliados, el ejército yemení logró reducir el tráfico en el mar Rojo hasta en un 70 %.
Irán, por su parte, con su amplia red de misiles de crucero antibuque, drones suicidas de largo alcance y gran capacidad de minado naval, puede convertir en objetivo a cualquier fuerza naval estadounidense sin necesidad de enfrentamientos directos.
Incluso el propio Pentágono ha reconocido en evaluaciones internas que el coste de un bloqueo de este tipo —considerando el consumo de combustible, el desgaste de las tripulaciones y la fragilidad logística— sería insostenible en poco tiempo.
Así, la amenaza de Trump adquiere más carácter de arma psicológica y propagandística que de herramienta operativa: un instrumento de presión diplomática que terminaría volviéndose en contra en el campo de batalla. Al igual que no logró sus objetivos en la guerra de Ramadán, el bloqueo naval también resultaría inútil.
Las implicaciones económicas de este embargo serían aún más devastadoras de lo previsto. Proyecciones de organismos internacionales indican que el estrecho de Bab El-Mandeb transportaría unos 4,2 millones de barriles diarios de petróleo y derivados en la primera mitad de 2026, lo que representa entre el 5 % y el 6 % del comercio marítimo mundial de crudo.
No obstante, su relevancia va más allá de la energía: en condiciones normales, este estrecho canaliza hasta el 14 % del tráfico marítimo global, el 30 % del transporte de contenedores y una parte significativa del comercio de gas natural licuado.
Cualquier escalada adicional provocaría un aumento inmediato y sin precedentes de los precios del petróleo, exacerbando la inflación mundial. La experiencia de los ataques yemeníes muestra que incluso una reducción del tráfico del 50–60 % elevó las tarifas de transporte de contenedores entre Asia y Europa en un 200–300 %, incrementó los seguros de riesgo de guerra y prolongó los tiempos de tránsito en hasta dos semanas.
En este escenario, el bloqueo no debilitaría a Irán —que ha diversificado sus canales de exportación y adoptado monedas alternativas—, sino que tomaría como rehenes a las economías de Europa, Asia e incluso la propia Estados Unidos.
Según informes del Banco Mundial, Egipto sería uno de los mayores perjudicados, ya que los ingresos del Canal de Suez han caído entre un 40 % y un 60 % en los últimos años debido a interrupciones similares.
¿Por qué, entonces, Estados Unidos ya habría perdido esta guerra? La respuesta radica en cálculos estratégicos a largo plazo. Tras agotar instrumentos como la política de “máxima presión”, sanciones unilaterales y guerras indirectas, Washington carece ahora de mecanismos eficaces para imponer su voluntad, mientras que la economía iraní se ha adaptado al cerco.
La disuasión asimétrica de Irán y del llamado “Eje de la Resistencia”, basada en tecnologías de bajo coste pero alta eficacia —como drones suicidas, misiles balísticos antibuque y redes de inteligencia integradas—, ha convertido cualquier acción directa en una empresa extremadamente costosa.
Centros de análisis como el CSIS y el Atlantic Council han señalado que incluso en escenarios favorables para EE. UU., el coste de implementar un bloqueo sería insostenible dadas sus obligaciones militares globales.
Además, cualquier bloqueo real conllevaría efectos en cadena: aumento de precios energéticos, disrupción en suministros de alimentos y medicinas, y protestas internas en países occidentales ya afectados por inflación y recesión.
Según el autor, lo que Trump ha puesto de manifiesto es la debilidad estructural de la política exterior estadounidense: su incapacidad para adaptarse a la nueva realidad de Asia Occidental, donde ya no ejerce dominio absoluto y donde Irán ha ganado protagonismo mediante estrategias asimétricas.
Si Yemen respondiera cerrando el estrecho de Bab el-Mandeb, escenario plenamente plausible según esta lógica de disuasión, las consecuencias serían aún más graves. Este paso marítimo, de apenas 18 millas de ancho, es clave para el acceso al mar Rojo y al Canal de Suez.
Estadísticas recientes muestran que en condiciones normales lo atraviesan hasta 1.200 buques mensuales, con un volumen anual de carga de 1.600 millones de toneladas.
Con sus capacidades demostradas —misiles, drones, embarcaciones explosivas y minado naval—, el ejército yemení podría cerrar el estrecho en pocos días, mientras que las operaciones de desminado y seguridad tardarían meses.
Un escenario simultáneo de bloqueo en Ormuz y Bab el-Mandeb paralizaría entre el 10 % y el 14 % del comercio marítimo mundial, dispararía los precios del petróleo, colapsaría cadenas de suministro y llevaría la inflación global a niveles críticos.
La flota estadounidense no podría sostener operaciones en dos frentes a la vez. Experiencias recientes en el mar Rojo han demostrado que ni siquiera operaciones conjuntas lograron detener los ataques yemeníes.
En ausencia de una coalición sólida —y con aliados occidentales mostrando señales de distanciamiento—, esta situación sería aún más desfavorable para Washington.
En definitiva, el bloqueo naval no alteraría la dinámica del conflicto en favor de Estados Unidos, sino que podría reforzar la posición de Irán y sus aliados.
La imposibilidad geográfica de controlar simultáneamente el Golfo Pérsico y el mar Rojo, la superioridad de la guerra asimétrica y la determinación de las fuerzas implicadas conducirían al fracaso de cualquier intento en ese sentido.
Si Estados Unidos realmente busca reducir tensiones, deberá abandonar la retórica de amenazas y aceptar una nueva realidad: los estrechos estratégicos del mundo ya no son instrumentos de dominación occidental.
Cualquier intento de ignorar este hecho solo agravará la crisis global y acelerará el reconocimiento de una derrota estratégica decisiva.
* Mohammad Molaei es un analista de asuntos militares con sede en Teherán.
Geografía, energía, poder asimétrico: estrecho de Ormuz como activo de Irán
Ivan Kesic
Tras 40 días de una guerra ilegal, Irán ha transformado el punto de estrangulamiento energético más vital del mundo en un instrumento de permanencia estratégica.
Tan solo tres días después del alto el fuego que detuvo la agresión conjunta entre Estados Unidos e Israel, iniciada el 28 de febrero de 2026, el estrecho de Ormuz permanece bajo la eficaz gestión iraní, un hecho que los analistas políticos internacionales han descrito como una contundente victoria para Irán.
Este estrecho canal, que en su punto más angosto mide apenas 21 millas náuticas de ancho, no es simplemente un paso marítimo, sino el corazón estructural del sistema energético mundial.
En condiciones normales, cada día transitan por sus estrechos canales aproximadamente 20,9 millones de barriles de petróleo —una quinta parte del consumo mundial— y más del 20% del comercio mundial de gas natural licuado.
Para la República Islámica, el estrecho no es ni una moneda de cambio ni una amenaza, sino un activo geográfico inmutable: una fuente permanente de influencia basada en 1600 kilómetros de costa septentrional, islas estratégicamente ubicadas que funcionan como plataformas insumergibles y una doctrina militar asimétrica que hace irrelevante la superioridad naval convencional.
Como declaró el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Seyed Moytaba Jamenei, el 9 de abril, al cumplirse cuarenta días del martirio de su predecesor, Irán llevará la gestión de esta vía marítima a una fase completamente nueva, una que transforma el destino geográfico en un poder económico y estratégico duradero.
Geografía de la permanencia: Un activo insumergible
El estrecho de Ormuz no es un canal que se pueda sortear ni una ruta que se pueda replicar.
En su punto más estrecho navegable, esta vía marítima estratégica mide apenas 21 millas náuticas —aproximadamente 39 kilómetros— de ancho, con rutas marítimas reducidas a tan solo dos millas por sentido.
La costa iraní se extiende a lo largo de más de 1600 kilómetros por el arco norte del Golfo Pérsico y el mar de Omán, lo que otorga a la República Islámica una línea ininterrumpida de control territorial.
Las islas estratégicamente ubicadas —Qeshm, Ormuz, Larak, Bu Musa y Tunbs— sirven como plataformas operativas avanzadas, lo que los analistas militares denominan “portaaviones insumergiblesˮ.
Desde estos puestos de avanzada soberanos, la Armada del Cuerpo de Guardianes de la RevoluciónIslámica (CGRI) despliega drones de vigilancia permanente, redes de misiles costeros y lanchas de ataque rápido.
Dado que toda la vía marítima se encuentra dentro de las 24 millas náuticas del territorio iraní, el régimen jurídico aplicable según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar no es el de libre tránsito, sino el de paso inocente; una distinción que otorga a Irán autoridad legítima para regular el movimiento de buques.
Cifras que definen la dependencia global
En condiciones normales, antes de la agresión, el estrecho de Ormuz albergaba un flujo denso y predecible de comercio mundial.
Los datos detallados de seguimiento marítimo muestran que aproximadamente entre 130 y 140 buques transitaban el estrecho diariamente, lo que equivale a unos 4000 buques al mes y a la asombrosa cifra de entre 48 000 y 50 000 buques al año.
Entre estos, los buques petroleros y gaseros dominaban sistemáticamente la composición, representando entre el 37 y el 60 por ciento del tráfico total, dependiendo de las variables estacionales y de mercado.
Los buques petroleros de gran tamaño (VLCC), cada uno con capacidad para transportar hasta 2 millones de barriles de crudo, representaban aproximadamente el 35 por ciento del movimiento de buques petroleros, seguidos por los buques Suezmax y Aframax. Además del petróleo, los buques graneleros que transportan mineral de hierro, cereales y carbón representan entre el 30 y el 40 por ciento de los tránsitos diarios, mientras que los buques metaneros (de GNL y GLP), aunque con una proporción menor en número (aproximadamente 100 tránsitos al mes o 1200 al año), constituyen un eslabón estratégicamente crucial, dado que cerca del 20 por ciento del comercio mundial de GNL transita por este mismo corredor.
El estrecho transporta aproximadamente 20,9 millones de barriles de petróleo al día, lo que equivale al 20 por ciento del petróleo consumido mundialmente y entre el 25 y el 27 por ciento del comercio mundial de petróleo por vía marítima.
En términos económicos, el valor energético del petróleo que transita por el estrecho supera los mil millones de dólares diarios. Estas cifras no son abstracciones; son la base estructural sobre la que se sustenta la influencia estratégica de Irán.
Colapso del tráfico marítimo: De la densidad a la casi desaparición
La eficacia de la doctrina estratégica de Irán quedó demostrada a los pocos días del inicio de la guerra de agresión.
A principios de marzo de 2026, un registro detallado basado en el AIS detectó 978 buques en la zona de estrangulamiento, incluyendo 342 buques cisterna, muchos de ellos varados o retenidos en fondeaderos, mientras el tráfico comercial se paralizaba.
Los 130 tránsitos diarios se redujeron prácticamente a cero.
El seguimiento de la inteligencia marítima confirmó que, al 19 de marzo, 1290 buques de carga y cisternas de bandera extranjera permanecían en el Golfo Pérsico, sin poder salir.
La composición de esta flota varada reveló el verdadero peso económico del estrecho: los graneleros constituían el segmento más numeroso, con 415 buques inmovilizados, seguidos de 341 buques de carga general.
Fundamentalmente, 283 buques petroleros de crudo y 226 buques de productos petrolíferos quedaron atrapados, lo que representa una parte sustancial de la capacidad mundial de transporte de energía.
Incluso la flota especializada de buques gaseros se vio gravemente afectada, con 51 buques metaneros atascados en el Golfo Pérsico en un momento en que el mundo ya enfrentaba presiones en el suministro de gas.
El transporte marítimo de contenedores, que opera con una logística de red justo a tiempo, también sufrió un duro golpe; 119 buques portacontenedores, incluidos 17 buques portacontenedores ultragrandes de más de 100 000 toneladas de peso muerto, quedaron prácticamente inmovilizados, con más de 270 000 TEU de carga valorada en aproximadamente 10 000 millones de dólares.
Esto representó no solo una interrupción, sino una evacuación casi total del transporte marítimo comercial de la arteria energética más importante del mundo.
Más de 1000 buques quedaron atrapados en el Golfo Pérsico, incluidos 187 buques cisterna completamente cargados que transportaban un total de 172 millones de barriles de petróleo.
Las primas de los seguros marítimos se dispararon, las navieras declararon fuerza mayor y los mercados energéticos mundiales sufrieron fluctuaciones de precios sin precedentes en décadas.
El mensaje era inequívoco: Irán no necesita hundir un solo buque de guerra para imponer su control. Basta con demostrar que las aguas son inseguras para el tráfico comercial, y el mercado se encarga del resto.
Economía de los buques cisterna: Ganancias récord y el coste de la guerra
El impacto financiero del control iraní sobre el estrecho se manifiesta con mayor claridad en el mercado de los buques cisterna, donde las ganancias han batido todos los récords históricos.
Según datos del sector, las ganancias promedio ponderadas de los buques cisterna alcanzaron los 133 735 dólares diarios en marzo de 2026, más de cuatro veces el promedio de 2025 y el nivel más alto jamás registrado.
Los buques petroleros de gran tamaño (VLCC, por sus siglas en inglés), cada uno con capacidad para transportar hasta 2 millones de barriles, generaban aproximadamente 200 000 dólares diarios a finales de marzo, mientras que los buques Suezmax alcanzaron los 330 000 dólares diarios y los Aframax los 280 000 dólares diarios, ambos máximos sin precedentes.
Las cifras más impactantes surgieron del mercado spot, donde algunos VLCC llegaron a cotizar a tarifas diarias de entre 400 000 y 420 000 dólares, impulsadas no por la dinámica normal de la oferta y la demanda, sino exclusivamente por la compensación por el riesgo de guerra.
La crisis ha alterado radicalmente las rutas comerciales mundiales del petróleo.
Con el estrecho operando a tan solo entre el 1% y el 5% de su capacidad normal, las refinerías asiáticas y europeas se han visto obligadas a buscar suministros alternativos en el Golfo de México y África Occidental, lo que provocó una caída del 41% en la disponibilidad de VLCC en el Golfo de México en tan solo un mes.
Este cambio de ruta ha obligado a los buques cisterna a realizar viajes mucho más largos alrededor del Cabo de Buena Esperanza, lo que en la práctica reduce la capacidad de la flota en el mercado y garantiza que los costes de transporte marítimo —y, por lo tanto, los precios de la energía— se mantengan elevados en el futuro previsible.
Revolución de los peajes: Monetizando el punto de estrangulamiento
Durante la guerra de los cuarenta días, Irán actuó con decisión para activar una nueva fase de gestión del estrecho. Ahora ha propuesto una tasa de tránsito de 1 dólar por barril de petróleo, aproximadamente 2 millones de dólares por superpetrolero.
Los ingresos anuales potenciales de este sistema son asombrosos: entre 70 000 y 100 000 millones de dólares al año. Para ponerlo en perspectiva, los ingresos totales por exportaciones de petróleo de Irán en 2024 fueron de aproximadamente 46 700 millones de dólares.
Un sistema de peajes podría generar casi el doble de esa cantidad sin vender un solo barril adicional de crudo, una jugada maestra por parte de Irán.
Es importante destacar que los buques aliados, en particular los de China, Rusia y Pakistán, pagan los peajes en yuanes chinos, rublos rusos o criptomonedas como USDT y Bitcoin, lo que garantiza un paso seguro e ininterrumpido y reduce activamente la dependencia del dólar estadounidense.
Esta política transforma el estrecho de una ruta de tránsito pasiva en un activo económico activo, comparable a los ingresos mensuales del Canal de Suez, que ascienden a aproximadamente 8 mil millones de dólares para Egipto.
Arsenal asimétrico: Dominio en el intercambio de costos
Los logros militar-tecnológicos de Irán durante la reciente guerra de agresión han demostrado una lógica económica inteligente que favorece al defensor frente al agresor.
La munición merodeadora Shahed-136 tiene un costo aproximado de producción de 20 000 dólares. El misil interceptor estadounidense SM-6 cuesta aproximadamente 4 millones de dólares por unidad.
Irán puede lanzar doscientos drones por el precio de un solo interceptor estadounidense.
Durante los ataques masivos ejecutados en las Operaciones Verdadera Promesa 1, 2 y 3, Irán abrumó los avanzados sistemas de defensa Aegis no con tecnología superior, sino con una cantidad abrumadora.
Incluso si se intercepta el 95% de los drones entrantes, el 5% restante puede inutilizar un destructor de mil millones de dólares o un petrolero vital.
Esta relación coste-beneficio garantiza que cualquier confrontación naval prolongada en las aguas confinadas del estrecho resulte económicamente insostenible para cualquier adversario.
Estos drones pueden lanzarse desde prácticamente cualquier punto de Irán, lo que hace inútil la superioridad naval o la invasión costera del enemigo. Además, existen decenas de miles de drones de menor alcance listos para su uso, así como misiles.
Opción de minado: Un elemento disuasorio de bajo coste y alto impacto
Más allá de los drones y los misiles, Irán posee una capacidad que hace que el estrecho sea permanentemente vulnerable a la interrupción: la guerra de minas navales.
Mediante cohetes Fajr-5 disparados desde un alcance de 70 kilómetros, Irán puede desplegar minas magnéticas, inteligentes y avanzadas a lo largo de todo el estrecho sin necesidad de buques de superficie. Cada mina le cuesta a Irán unos pocos miles de dólares.
Desminar un campo minado de este tipo requeriría a la armada de la coalición no menos de seis meses de operaciones peligrosas y lentas, durante los cuales la economía mundial sufriría graves escaseces de energía e interrupciones en el suministro de alimentos.
El costo adicional para Irán es mínimo, mientras que el adversario sufre pérdidas diarias de miles de millones de dólares. Según los expertos, este no es un escenario hipotético, sino una capacidad demostrada que constituye la base de la disuasión permanente de Irán.
Más allá del petróleo: El Estrecho como arma para la seguridad alimentaria
La influencia del estrecho de Ormuz se extiende mucho más allá del sector energético. Irán es el mayor productor mundial de urea, un fertilizante nitrogenado vital para la agricultura global.
La región del Golfo Pérsico domina este comercio, y cualquier interrupción en el tránsito eleva automáticamente los precios internacionales de la urea entre un 25 y un 30 por ciento.
Este aumento de precios interrumpe directamente las cadenas de suministro de fertilizantes para los principales países importadores, como India, Brasil, Pakistán, Bangladés y la mayoría de las naciones africanas.
La consecuencia es una crisis alimentaria en cascada: aumento vertiginoso de los precios del trigo y el arroz, inflación alimentaria mundial y una amenaza directa a la seguridad alimentaria de miles de millones de personas.
Así, el estrecho funciona como un punto estratégico clave —tanto para la energía como para los alimentos—, lo que le permite a Irán influir en la economía global sin lanzar un solo misil adicional.
Realidad del alto el fuego: Victoria a través de la resiliencia
Tras el alto el fuego que entró en vigor el 8 de abril de 2026, el equilibrio estratégico en el Golfo Pérsico se ha visto alterado irrevocablemente. Analistas políticos internacionales de medios occidentales y orientales han descrito el resultado como una clara victoria iraní.
Durante los 40 días de guerra de agresión ilegal y no provocada, Irán demostró su capacidad para reducir el tráfico diario de aproximadamente 140 buques a casi cero en cuestión de días.
A principios de marzo, más de 1000 buques se encontraban atascados en el Golfo Pérsico, incluyendo 187 petroleros cargados con 172 millones de barriles de petróleo.
Las primas de los seguros marítimos mundiales se dispararon y las navieras declararon fuerza mayor, negándose a enviar tripulaciones a la zona de guerra.
Este desempeño ha validado lo que los estrategas iraníes han sostenido durante mucho tiempo: el control del estrecho no requiere un cierre total, sino solo la amenaza creíble de una interrupción.
Nueva fase de gestión: Directiva del Líder
El 9 de abril, el Líder de la Revolución Islámica, el ayatolá Moytaba Jamenei, emitió una declaración definitiva con motivo del cuadragésimo día del martirio de su predecesor, el ayatolá Seyed Ali Jamenei.
En ese mensaje, declaró: “Sin duda, llevaremos la gestión del estrecho de Ormuz a una nueva faseˮ.
Esta nueva fase incluye un control selectivo e inteligente del tráfico marítimo, el cobro de peajes sin utilizar dólares y la transformación de todas las amenazas externas en oportunidades para reformular las reglas de enfrentamiento en el Golfo Pérsico.
Asimismo, enfatizó que Irán exigirá reparaciones completas por todos los daños causados por los agresores, así como una indemnización para los mártires y para los heridos.
En esta visión, el estrecho de Ormuz ya no es territorio ajeno; es territorio soberano de una potencia disuasoria consolidada, sólida e indestructible.
¿Por qué ninguna potencia puede socavar este dominio?
El dominio eterno de Irán sobre el estrecho de Ormuz se basa en tres pilares inmutables.
Primero, la geografía es inamovible: el estrecho es un punto estratégico fijo sin alternativa viable a gran escala, y los 1600 kilómetros de costa iraní constituyen una barrera natural que ninguna fuerza invasora puede capturar o mantener sin más de un millón de hombres y un apoyo logístico que supera la capacidad de cualquier armada.
Segundo, la tecnología asimétrica garantiza una influencia permanente: drones de bajo costo, redes de misiles costeros y minas navales otorgan a Irán un alto potencial de disrupción a un costo mínimo.
Tercero, la dependencia global es estructural: Asia recibe aproximadamente el 75% de sus importaciones energéticas a través de este corredor, y no existe capacidad de sustitución a corto plazo.
Estas tres constantes —geografía, asimetría y dependencia— crean un triángulo de influencia permanente que ninguna presión militar ni coerción diplomática puede disolver.
Aritmética de la influencia eterna
Irán busca tres cosas del estrecho de Ormuz: ingresos, seguridad e influencia estratégica.
Económicamente, está transformando la estratégica vía marítima del Golfo Pérsico en una especie de peaje, generando entre 70 000 y 100 000 millones de dólares anuales.
Militarmente, utiliza su geografía estrecha y drones baratos de producción masiva para neutralizar cualquier ventaja tecnológica que pueda tener un adversario.
Estratégicamente, controla la economía global —tanto las cadenas de suministro de energía como de alimentos— como garantía de que cualquier amenaza existencial para Teherán desencadenará una crisis económica existencial para el resto del mundo.
Con aproximadamente 50 000 barcos transitando anualmente, más de 7000 millones de barriles de petróleo moviéndose por sus aguas y hasta 100 000 millones de dólares en ingresos potenciales por peaje, la aritmética del poder es innegable.
El lenguaje amenazante dirigido a Teherán siempre se encontrará con la silenciosa e innegable realidad del mapa: el estrecho de Ormuz es, y seguirá siendo, territorio estratégico eterno de Irán.