Mauricio Escuela
Quien hoy analice hacia dónde va la geopolítica de los Estados Unidos tiene que tener en cuenta la correlación de poder interna hacia la partidocracia y las tendencias tanto ideológicas como corporativas que se reparten la influencia en las decisiones. De hecho, las acciones militares tanto en Irán como Venezuela se entienden a partir de cómo la República necesita proyectarse como Imperio hacia el exterior y así ganar una determinada base en los votantes que le permita movilizar, funcionar y legitimar.
En este espacio de análisis hemos visto cómo las elecciones de este año pueden estar mediando en lo que hemos visto en política internacional. Una intervención terrestre en Irán probablemente sea algo de lo cual el Pentágono no salga nunca y que comprometa aún más la permanencia de la actual administración. Una acción de contrapeso geopolítico en la región contra alguno de los países caribeños no alineados puede ser tenida, no obstante, como un gesto de fuerza para ser capitalizado en noviembre. Por eso este instante es tan peligroso.
No hablamos aquí, por cierto de la guerra en su acepción necesariamente convencional, sino en su multidimensión cultural, ideológica, de inteligencia. Lo que importa es la narrativa en materia de votos y eso puede definir lo que suceda en el teatro de operaciones bélico. Irán ha hecho algo en los últimos tiempos, convertir el estrecho de Ormuz en un arma de destrucción masiva para la economía de Occidente. Esa falencia, que llevó a Trump a levantar sanciones contra el petróleo ruso y contradecir de esa manera su filosofía proteccionista de la economía norteamericana; es tan evidente que los analistas la ven como una grieta a llenar. Y en política un ruido se tapa con otro, una narrativa con otra narrativa, muchas veces sin que importen los costos, sin que interese qué se pierde en el camino.
Noviembre es la fecha límite, la que define muchas cosas. No el poder ejecutivo, pero si la dimensión legal de lo que se haga en los Estados Unidos. Antes de eso, estamos sujetos casi a cualquier cosa. El mundo ha visto cómo el contrato social de las Naciones Unidas se ha echado por tierra y ahora lo que queda es apenas el poder de veto de las potencias permanentes del Consejo de Seguridad. Un veto que, no obstante, es teórico, porque las acciones armadas primero se hacen y luego se preguntan.
Por ende, hay que tener en cuenta la doble dimensión de los Estados Unidos. Por una parte la República hacia lo interno, lo cual no quiere decir que se trate de un sistema de transparencia, sino de un entramado de instituciones y de reglas con contrapesos. Por otra, el Imperio, limitado ahora mismo solo por su voluntad y por el peligro de contención de una guerra nuclear con otras potencias. Ese precario equilibrio es lo que sostiene la paz mundial. En el medio, las narrativas que en tiempos de redes sociales polarizan a los votantes, niegan la verdad y trabajan con sesgos de confirmación a partir de los medios corporativos. El peligro es real, inmenso, inevitable. Lo hemos visto cuando se trata de justificar cualquier acción, sin que interese el derecho internacional.
La geopolítica, en cambio, no opera por caprichos ni por intereses a corto plazo de índole electoral. Se aspira a metas a largo plazo y en ese juego de tablero la paciencia china le está ganando la pelea a la impulsividad norteamericana. Mientras más aumenta el gasto militar, mientras más hay que reponer en un país que no produce y que todo lo importa de Asia; mayor dependencia y más se amplía la balanza comercial en beneficio de Beijing. Estados Unidos está buscando en una expansión física un golpe de efecto para mantener a una administración momentánea en un tiempo de crisis electoral; pero las potencias emergentes cambian de representante ejecutivo solo cuando es totalmente indispensable y trazan políticas a largo plazo que por lo general se cumplen.
La alternancia, los intereses, los lobbies y la fragmentación de la clase política occidental, son factores que ahora mismo están erosionando desde adentro. La República es inestable y ello incide en el Imperio. Quizás haya que analizar esto en clave de cómo fue la caída de Roma. Aparentemente Estados Unidos mostró fuerza en Venezuela. También en Irán. Pero en materia de desgaste, de proyección de fuerza real y de capacidad de reproducción de esa fuerza, China está en una posición mucho más ventajosa. Sobre todo porque Beijing puede recapitalizar el derecho internacional a su favor, ya que mientras la ONU es negada diariamente por la élite occidental, los chinos se apoyan en sus estructuras para influir. Y lo primero que ocurre cuando ya se consolida una nueva potencia hegemónica es un cambio en la estructura y en la práctica del derecho internacional.
¿Qué podemos esperar para los próximos meses en estas variables de poder? Aquí hay dos escenarios posibles.
El primero, Estados Unidos se empantana en Irán, los asesores militares priorizan una salida razonable para ese conflicto sin abrir otros frentes en otra geografía (lo cual pareciera lo más realista y cuerdo).
El segundo, Estados Unidos se empantana en Irán y, para favorecer la reelección de la clase política, usan un tercer conflicto con un segundo frente en activo para buscar una victoria fácil, rápida, en apariencia fulminante. Luego de noviembre, la realidad será otra, porque nadie en su sano juicio cree que, con los efectos de la política de aranceles de Trump va a ocurrir una reelección de los republicanos. Ni mucho menos con sus medidas en materia migratoria que han generado pérdidas millonarias, además de los episodios lamentables que dieron combustible a las manifestaciones de repudio de carácter masivo. Pero para llegar hasta ahí el mundo tiene que sobrevivir y, en las actuales condiciones, el peligro existencial para todos es el mayor. Es en ese plano donde se explica la prisa de los republicanos y el belicismo de la administración. No es fuerza, es desespero.
Cualquiera que sea el resultado que busque Trump con estas acciones a corto plazo, compromete a largo plazo la permanencia de los Estados Unidos como primera potencia mundial. Nada hará que se retrotraiga la economía y sus contrapesos, así como la caída de la confiabilidad de las divisas en dólar. En materia geopolítica son patadas de ahogado para reafirmar un capricho, una ficción que está en su mente y que desea perpetuar como sea.
Irán ha debilitado a Estados Unidos en el juego de las grandes potencias.
Jeffrey Taliaferro
“Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error.”
Durante las semanas que duró el conflicto,
China y
Rusia mantuvieron un delicado equilibrio. Ambas se negaron a brindar a Irán —considerado en mayor o
menor medida un
aliado de ambas naciones— su apoyo incondicional o a asumir costos significativos en el conflicto.
A continuación se exponen cuatro maneras en que la guerra de Estados Unidos en Irán ha perjudicado la posición de Washington en las rivalidades entre las grandes potencias del siglo XXI.
Pérdida de influencia en la guerra de Oriente Medio
Como explico en mi libro "
Defendiendo a los amigos-enemigos ", Estados Unidos lleva mucho tiempo lidiando con el dilema de equilibrar objetivos contrapuestos en Oriente Medio. Durante la Guerra Fría, esto significó limitar la
influencia de la Unión Soviética en la región, al tiempo que se hacía frente al desarrollo de armas nucleares por parte de dos aliados problemáticos: Israel y Pakistán.
Sin embargo, bajo la presidencia de Xi Jinping y Vladimir Putin, China y Rusia han buscado
aumentar su presencia en la región a través de diversas alianzas formales y medidas informales.
La ironía de la última guerra contra Irán reside en que se produce tras un período en el que las circunstancias eran desfavorables para los objetivos rusos y chinos de aumentar su influencia en Oriente Medio.
Desviar la atención de Estados Unidos de otros objetivos estratégicos.
La decisión de Trump de declarar la guerra a Irán contradice directamente la
estrategia de seguridad nacional que su administración publicó en noviembre de 2025. Según dicha estrategia, la administración priorizaría el hemisferio occidental y
el Indo-Pacífico , mientras que la importancia de Oriente Medio "disminuiría".
Esto ofrece ventajas para China y Rusia, que desde hace tiempo buscan sacar provecho de las fisuras entre Estados Unidos y sus aliados.
Consecuencias económicas desproporcionadas
Pero para Rusia, esto significó precios del petróleo más altos que impulsaron su economía de guerra. También propició la flexibilización
temporal, aunque continua, de las sanciones estadounidenses, lo que ha proporcionado a Moscú un salvavidas indispensable tras años de presión económica por la guerra en Ucrania.
Si bien un cierre prolongado y los daños extensos a la infraestructura de petróleo y gas natural en Irán y los estados del Golfo sin duda perjudican
la seguridad energética y la economía de China , estos son riesgos que Xi parece dispuesto a aceptar, al menos por un tiempo.
De hecho, Pekín ha avanzado considerablemente en los últimos años para
fomentar el consumo interno como motor de crecimiento económico, en lugar de depender tanto del comercio internacional. Esto podría haberle brindado a China cierta protección durante la crisis económica mundial provocada por la guerra con Irán, además de impulsar aún más su economía por el camino correcto.
Cuanto más control pierda Estados Unidos sobre los acontecimientos en el estrecho, más influencia perderá en la región, especialmente ahora que Irán
parece estar imponiendo restricciones a los barcos procedentes de naciones hostiles.
Pérdida de liderazgo global
Esto supone un enorme impulso para el poder blando de Pekín. Fue
China quien presionó a Irán para que aceptara la propuesta de alto el fuego de 14 días mediada por Pakistán. De hecho, China ha ido erosionando paulatinamente la posición que Estados Unidos ha mantenido durante mucho tiempo como mediador global de primera instancia.
Para Rusia, la guerra con Irán y la ruptura entre Trump y los aliados de Estados Unidos en la OTAN por su falta de apoyo a dicha guerra, desvían la atención mundial y la participación estadounidense de la guerra en Ucrania.
Redefinición de la geopolítica del Golfo Pérsico desde la perspectiva de Irán
Mohammad Reza Moradi
De la integración de la amenaza a la diferenciación de estrategias
Con el inicio del ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, también estamos presenciando cambios en la visión de Irán hacia los países árabes del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico.
La alineación de algunos de estos países con las naciones agresoras contra Irán ha llevado a Irán a considerar estrategias diferentes y diversas para el futuro de sus relaciones con los Estados árabes del Golfo Pérsico.
A nivel macro, podría suponerse que Teherán analiza a los Estados del Golfo Pérsico dentro de un único marco de seguridad similar, pero en la práctica, la experiencia de la reciente guerra demostró que Irán se ha inclinado cada vez más hacia una diferenciación estratégica entre estos países —una diferenciación configurada en función del nivel de participación, el tipo de comportamiento y el papel que desempeña cada país en las ecuaciones de seguridad de la región.
De la convergencia aparente a la divergencia real: el fin de una suposición
En los últimos años, especialmente tras el acuerdo de Pekín entre Irán y Arabia Saudí, se había reforzado en Teherán la suposición de que la región avanzaba hacia un nuevo tipo de equilibrio y distensión. Este acuerdo, alcanzado gracias a la mediación de China, fue considerado por muchos en Irán como un punto de inflexión para superar las agotadoras rivalidades con Arabia Saudí.
Sin embargo, la reciente guerra puso en tela de juicio esta percepción y demostró que las capas subyacentes de desconfianza siguen activas. Desde la perspectiva de Irán, el comportamiento de Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin e incluso Kuwait durante esta guerra indicó que estos países no solo se salieron del círculo de la neutralidad, sino que, en algunos casos, se posicionaron directa o indirectamente en el marco de la acción contra Irán.
Esta experiencia ha provocado un cambio paradigmático en la visión de Irán, un cambio por el cual, basándose en él, ya no se puede confiar únicamente en acuerdos diplomáticos o señales políticas para lograr un cambio real en el comportamiento de seguridad de estos países.
El cuádruple de crisis: Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Kuwait en la nueva evaluación de Irán
En la nueva evaluación de Teherán, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Kuwait se sitúan en un mismo espectro, aunque con intensidades variables, cuya característica principal es la participación en la estructura de presión contra Irán.
Desde la perspectiva de Irán, estos países pasaron a formar parte de la ecuación de la confrontación durante la reciente guerra, especialmente mediante el suministro de infraestructura logística, de inteligencia y, en algunos casos, operativa.
Esta percepción es particularmente marcada en lo que respecta a Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Irán cree que estos dos actores, además de la alineación operativa, también han tratado a nivel político de alentar y provocar a Washington para que adopte un enfoque más agresivo.
Tal percepción ha sembrado efectivamente serias dudas sobre la inversión diplomática de los últimos años entre Teherán y Riad y ha planteado la cuestión de si es siquiera posible un orden basado en la cooperación entre estas dos potencias regionales.
En cuanto a Baréin, esta desconfianza ya se había materializado, especialmente tras la normalización de las relaciones de ese país con Israel, y la reciente guerra no ha hecho más que consolidarla.
Kuwait, que hasta entonces era considerado por Irán como un país moderado y en cierta medida neutral, adoptó una postura diferente en esta guerra y, desde el punto de vista de Teherán, se alejó de su posición equilibrada.
En consecuencia, puede afirmarse que, en la fase de posguerra, Irán ya no definirá a estos cuatro países como socios potenciales o incluso como actores neutrales, sino que los considerará parte del entorno de amenaza —un entorno en el que cualquier interacción con ellos requiere una redefinición de las reglas de disuasión y rendición de cuentas.
Omán: continuidad de un papel histórico y elevación a un nivel estratégico
Entre los países del Golfo Pérsico, Omán ocupa un lugar completamente diferente a los ojos de Irán. Este país no solo evitó entrar en el ciclo de confrontación durante la reciente guerra, sino que también realizó importantes esfuerzos diplomáticos para impedir la escalada de la crisis.
Este comportamiento ha llevado a Teherán a considerar a Mascate no solo como un socio fiable, sino como un aliado potencial en las ecuaciones regionales.
Esta perspectiva cobra doble importancia, especialmente en lo que respecta al estrecho de Ormuz. Irán y Omán, como los dos países que dan a esta vía navegable estratégica, poseen una capacidad única para configurar su régimen jurídico y de seguridad.
Dado que la reciente guerra ha puesto de relieve una vez más la importancia vital de este estrecho, Irán busca definir nuevos marcos para gestionar e incluso controlar esta ruta mediante una cooperación más estrecha con Omán.
Este enfoque podría suponer avanzar hacia una especie de «gestión conjunta de la seguridad» en el estrecho de Ormuz, un modelo en el que los actores extrarregionales desempeñan un papel menor y los Estados ribereños, especialmente Irán y Omán, toman la iniciativa.
Aunque esto se enfrenta a importantes retos jurídicos y políticos, desde la perspectiva de Irán se considera uno de los objetivos estratégicos más importantes del período de posguerra.
Qatar: entre la dualidad geopolítica y una oportunidad para la reconciliación
Qatar ocupa una posición compleja y dual en las ecuaciones recientes. Por un lado, sus relaciones históricas y relativamente amistosas con Irán lo sitúan en una posición diferente a la de otros países árabes.
Por otro lado, la presencia de bases militares estadounidenses en territorio qatarí y el uso de estas bases durante los ataques contra Irán hicieron que este país quedara inevitablemente expuesto a las respuestas militares de Teherán.
Durante la guerra, Irán actuó de acuerdo con una doctrina específica: cualquier punto utilizado como plataforma de lanzamiento para ataques contra Irán se consideraría un objetivo legítimo.
En consecuencia, a pesar de su deseo de mantener relaciones positivas con Teherán, Qatar no quedó exento de esta norma. Sin embargo, la diferencia importante de Qatar con respecto a otros países es que Teherán sigue considerando a este país como un actor potencialmente positivo capaz de volver a la órbita de la cooperación.
En este contexto, el papel de Turquía como mediador potencial adquiere especial importancia. Ankara, debido a sus estrechas relaciones tanto con Irán como con Qatar, tiene una gran capacidad para reducir la tensión y facilitar el diálogo.
Algunos informes indican también que las consultas turcas durante la guerra ayudaron a reducir el nivel de tensión e incluso a limitar ciertos ataques. Si esta tendencia continúa en el período de posguerra, Turquía podría convertirse en uno de los actores clave en la reconstrucción de las relaciones entre Teherán y Doha.
La política de diferenciación de Irán: de una escala única a múltiples niveles de compromiso
Lo que se desprende de todos estos acontecimientos es que Irán ya no sitúa a los países del Golfo Pérsico en una única «balanza». Por el contrario, Teherán ha avanzado hacia una política basada en la diferenciación en la que cada país, en función de su comportamiento real sobre el terreno, ocupa una posición diferente.
Dentro de este marco, pueden identificarse tres niveles generales de compromiso: en primer lugar, el nivel de confrontación y disuasión, que incluye a países como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y, en cierta medida, Kuwait. En segundo lugar, el nivel de cooperación estratégica, en el que se sitúa Omán. Y en tercer lugar, el nivel intermedio y reparable, en el que se define a Qatar.
Esta clasificación no solo muestra la complejidad de la visión que Irán tiene de la región, sino que también expresa un importante cambio en la gran estrategia de Teherán —un cambio por el cual la política exterior y de seguridad de Irán se ha vuelto más dependiente que antes de las realidades sobre el terreno y del comportamiento práctico de los actores, y no meramente de las posiciones declaradas o los acuerdos formales.
Conclusión
La reciente guerra ha supuesto una especie de punto de inflexión en la redefinición de las ecuaciones del Golfo Pérsico desde la perspectiva de Irán. Teherán, ahora con una experiencia diferente y una comprensión más profunda del comportamiento de sus vecinos, está reconstruyendo sus marcos estratégicos en esta región.
Esta reconstrucción se basa en la diferenciación, la disuasión inteligente y, al mismo tiempo, en la preservación de vías de cooperación con actores fiables.
En tales circunstancias, el futuro del Golfo Pérsico depende, más que nunca, de cómo se gestionen estas diferencias y de la capacidad de los actores para superar la lógica de la confrontación y avanzar hacia nuevos patrones de cooperación.
En este contexto, el papel de países como Omán y Turquía podría ser decisivo: países que, al adoptar enfoques equilibrados, pueden ayudar a reducir las diferencias y a formar un orden más estable en la región.