Política

Geometría del poder: Retrocesos de Trump evidencian parálisis ante Irán

Administrator | Lunes 25 de mayo de 2026
Por el equipo de análisis estratégico de Press TV
Durante décadas, la imaginación estratégica de Occidente —y en particular la de Estados Unidos— ha estado cautiva de una ilusión única: que la superioridad militar se traduce automáticamente en influencia política.
Washington ha operado durante mucho tiempo bajo la premisa de que sus grupos de ataque de portaaviones, bombarderos B-52 y municiones guiadas por satélite podían, en última instancia, obligar a cualquier país a someterse y quedar subordinado a la maquinaria bélica estadounidense.
Sin embargo, Irán ha desmontado sistemáticamente esa ilusión, no una sino dos veces en el último año. La secuencia reciente de acontecimientos en torno a las múltiples retiradas del presidente Donald Trump frente a una confrontación directa con Irán no constituye una vacilación táctica, sino una revelación estructural.
Demuestra, más allá de toda duda razonable, que el equilibrio de poder ha cambiado. La capacidad de influencia ya no es un monopolio estadounidense. Y en el otro lado de la mesa —o más bien del campo de batalla— Irán ha emergido como el centro de gravedad geométrico.
Anatomía de la retirada: más que un patrón, una doctrina de fracaso
Para comprender el panorama estratégico actual, es necesario primero catalogar lo que realmente ha ocurrido. Desde la escalada de tensiones, el mundo ha presenciado una serie de retiradas estadounidenses, tanto militares como estratégicas.
Trump, un presidente que construyó su imagen pública sobre la retórica de la acción decisiva y la llamada “máxima presión”, se ha retirado de una guerra contra Irán no una ni dos, sino al menos cinco veces —y según algunos medios occidentales, seis— en menos de tres meses.
Enumerémoslas. Primero, la retirada de materializar la amenaza explícita de destruir la civilización iraní y atacar su infraestructura nacional. Esa amenaza fue real, pública y absoluta. Sin embargo, ante la propuesta de respuesta iraní —una propuesta de diez puntos basada en la lógica y la disuasión— Washington cedió.
Segundo, tras el fracaso de las conversaciones de Islamabad, Estados Unidos extendió unilateralmente un alto el fuego, un movimiento que solo puede interpretarse como una admisión de incapacidad para imponer condiciones.
Tercero, la operación ampliamente anunciada para abrir por la fuerza el estrecho de Ormuz —bautizada de forma dramática como el “Proyecto Libertad”— fue cancelada menos de cuarenta y ocho horas después de su anuncio.
Cuarto, tras un enfrentamiento directo entre las fuerzas armadas iraníes y tres buques de guerra estadounidenses en la vía marítima estratégica, Washington volvió a insistir en la continuidad del alto el fuego, absorbiendo de facto un golpe táctico sin respuesta.
La quinta retirada se produjo más recientemente, cuando Trump anunció la cancelación de todas las operaciones militares previstas contra Irán, presentándolo cínicamente como un gesto hacia los líderes de Arabia Saudí, Catar y Emiratos Árabes Unidos. En realidad, fue una salida para salvar el rostro tras haberse colocado en un callejón sin salida.
Fuentes de medios occidentales, incluidas algunas vinculadas al establishment de seguridad transatlántico, señalan que incluso estas cinco retiradas subestiman el panorama completo. Hablan de seis ocasiones distintas en las que los ultimátums de Trump simplemente se dejaron caducar. No se trata de episodios aislados de vacilación, sino de una huella de comportamiento.
Pero aquí está la distinción crucial: en ocasiones anteriores, Trump al menos escenificaba una cuenta regresiva dramática. Emitía amenazas con plazos definidos, construía un teatro de guerra inminente y luego retrocedía en el último momento. Esta vez, ni siquiera hubo un ultimátum creíble del que retirarse.
La ausencia misma de un plazo concreto es reveladora. Washington ha interiorizado su propia parálisis. La llamada “superpotencia” ya ni siquiera se molesta en fingir que está a punto de atacar, porque sabe —y sabe que Irán sabe— que ya no puede cruzar nuevas líneas rojas.
La hegemonía se enfrenta a la realidad: la colisión entre el mito estadounidense y la realidad iraní
¿Qué explica este patrón repetido, casi ritual, de amenaza y retirada? La respuesta reside en una contradicción estructural más profunda.
Los estadounidenses están habituados a la coerción. Durante décadas, han obtenido concesiones de países grandes y pequeños mediante un repertorio predecible que incluye presión económica, intervención militar y la amenaza creíble de cambio de régimen.
Este hábito no es solo estratégico, sino también cultural. La política exterior estadounidense sufre una dependencia de la intimidación y la retórica belicista. Abandonar las amenazas por completo exigiría un cambio psicológico e institucional fundamental que Washington aún no ha realizado.
Y, sin embargo, esta vez, el matón se ha encontrado con una realidad que nunca había enfrentado. Esa realidad es el callejón sin salida absoluto de la guerra contra Irán. Cada escenario bélico simulado por los colegios militares estadounidenses —cada campaña cinética, aérea, marítima, cibernética o híbrida— conduce a la misma conclusión: no hay victoria limpia, ni siquiera una salida digna.
No existe una capitulación rápida. Solo hay un atolladero, y dentro de ese atolladero, la posibilidad real de una derrota catastrófica para Estados Unidos.
¿Por qué? Porque las amenazas militares de Irán no son retóricas. Cuando las fuerzas armadas iraníes advierten que cualquier agresión será respondida con una respuesta abrumadora, esa advertencia es plenamente creíble, está validada operativamente y respaldada por capacidad demostrada. El mundo lo ha visto dos veces en los últimos nueve meses con asombro.
Estados Unidos no puede descartarlo como fanfarronería. Además, la resistencia iraní a cualquier modelo externo de “fin de la guerra” es igualmente absoluta. Teherán ha dejado claro que no aceptará un alto el fuego que mantenga las sanciones estadounidenses ni una negociación que recompense la agresión.
Esta doble resistencia —militar y política— se ve reforzada por algo aún más formidable: un apoyo popular masivo, sostenido y genuino dentro de Irán. Las calles iraníes no claman por compromisos. Están unificadas en torno a una postura de dignidad y disuasión.
En este contexto, las amenazas de Trump no producen resultados positivos. Peor aún, cada repetición del ciclo de amenaza y retirada devalúa la credibilidad de la intimidación estadounidense. El mundo observa y aprende: las amenazas de Estados Unidos ya no son una señal fiable de acción inminente. Se han convertido en ruido de fondo.
Tres opciones de alto riesgo, todas apuntando a la indecisión estadounidense
Si se mapea el espacio de decisión que enfrenta Washington, emergen tres caminos generales. Ninguno es fácil ni cómodo. Todos están contaminados por riesgos graves. Y el hecho de que Estados Unidos no haya sido capaz de comprometerse con ninguno de ellos es, en sí mismo, el indicador más contundente de su derrota estratégica.
El primer camino es la guerra. Una agresión militar renovada y a gran escala es una propuesta extremadamente incierta. Irán ha incrementado significativamente su capacidad tanto ofensiva como defensiva.
Su arsenal de misiles es más amplio, más preciso y más resistente que nunca. Sus capacidades navales asimétricas en el Golfo Pérsico han alcanzado un alto grado de sofisticación. Sus fuerzas de drones y cibernéticas han demostrado alcance y complejidad.
Además, Irán dispone de opciones no reveladas —armas y tácticas aún no expuestas a ningún adversario—. Y, de forma crítica, Estados Unidos ya ha agotado la mayoría de sus escenarios de guerra plausibles en simulaciones y células de planificación. Todos han terminado en fracaso absoluto.
Por lo tanto, una nueva guerra no lograría los objetivos declarados de Estados Unidos o, más probablemente, debilitaría aún más su posición, drenando recursos, erosionando alianzas y desencadenando una conflagración regional.
El segundo camino es aceptar las condiciones de Irán para el fin de la guerra. Esto implicaría que Washington reconozca que la agresión militar no provocada fue inútil desde el principio, que los recursos humanos y materiales invertidos no produjeron resultados y que la lógica iraní era superior desde el inicio.
Políticamente, para cualquier presidente estadounidense, esto es tóxico. Aceptar las condiciones de Irán significa asumir la responsabilidad de una derrota estratégica de gran magnitud. Implica levantar sanciones, liberar activos congelados, pagar reparaciones de guerra y terminar el apoyo a acciones militares en Líbano, todo ello sin obtener nada a cambio excepto el fin de las hostilidades. En una cultura política que ni siquiera admite errores tácticos, este camino es prácticamente imposible.
El tercer camino es mantener el statu quo. Este es el escenario actual y no es menos dañino.
Mantener el estado de “ni guerra ni paz” no acerca a Estados Unidos a su objetivo de subordinación iraní. En cambio, otorga a Irán tiempo y espacio suficientes para desarrollar su economía, ampliar sus opciones diplomáticas y perfeccionar sus mecanismos de evasión de sanciones.
Mientras tanto, los mercados globales permanecen volátiles, los precios de la energía se mantienen elevados y los aliados de Estados Unidos se fatigan ante la incertidumbre. Cada día que persiste el statu quo, aumenta el costo relativo para Estados Unidos, mientras la posición de Irán se estabiliza y su capacidad de influencia se amplía.
Cada una de estas tres opciones conlleva riesgos severos. Y el hecho de que Washington no haya podido elegir de manera decisiva entre ellas, oscilando en cambio entre un patrón incoherente de amenazas, retórica inflada, retirada y silencio, revela una verdad incómoda: Estados Unidos está paralizado.
La maquinaria de guerra estadounidense ha sufrido una derrota no solo en el campo de batalla, sino también en el terreno de la imaginación estratégica. Irán, en contraste, no muestra tal parálisis ni debilidad estratégica. Su posición ha sido clara, consistente y ejecutable desde el principio.
Estrecho e cuestión nuclear: dos pilares de un nuevo cálculo de superpotencia
Si se examina más allá de la superficie de las tensiones actuales, emergen dos factores como verdaderos determinantes del estatus de superpotencia en este conflicto: el estrecho de Ormuz y la cuestión nuclear. No son temas periféricos. Son los pilares centrales sobre los que se sustenta la geometría del poder.
El estrecho de Ormuz es la arteria marítima por la que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. La capacidad de Irán para amenazar, controlar o impedir el paso por este estrecho no es solo una capacidad militar, sino un veto geopolítico.
Y, de forma crucial, el control firme y legítimo de Irán sobre el estrecho es resultado directo de la guerra impuesta al pueblo iraní el 28 de febrero en el marco de las negociaciones nucleares. Se obtuvo mediante la resistencia, se probó en combate y se mantiene mediante una determinación creíble.
En el reciente enfrentamiento entre fuerzas iraníes y tres buques de guerra estadounidenses, el estrecho se convirtió en un escenario de prueba directa: la invulnerabilidad local de Irán resulta innegable.
La cuestión nuclear, por el contrario, representa algo distinto. Es el símbolo de la capacidad de Irán para preservar su poder a pesar de la guerra. Mientras el estrecho constituye una palanca ofensiva, el programa nuclear es un seguro defensivo. Juntos, forman una arquitectura completa de disuasión.
Ahora bien, considérese la implicación estratégica. Si la tercera guerra impuesta terminara sin que Irán renunciara a su control efectivo —o a la amenaza creíble de control— sobre el estrecho de Ormuz, entonces incluso las negociaciones nucleares se desarrollarían desde una posición de victoria iraní.
El mensaje implícito sería inequívoco: la guerra no extrae concesiones de Irán, sino que fortalece al país. Por el contrario, si las negociaciones nucleares avanzaran sin poner fin a la guerra, esto encendería serias alarmas sobre la seguridad a largo plazo de Irán.
Porque significaría que la guerra se ha convertido en una herramienta creíble para forzar a Irán a sentarse a la mesa de negociación. Una vez establecido ese precedente, las guerras futuras se vuelven más probables, no menos.
Así, tanto Irán como Estados Unidos participan en una disputa sobre la propia definición de superpotencia. Para Washington, consolidar su posición implica mantener la capacidad de amenazar con la guerra de manera creíble. Para Irán, consolidar su poder implica hacer que la guerra resulte tan costosa e inútil que ninguna futura administración estadounidense la contemple.
Esta es la lucha profunda que subyace a los titulares.
Las demás condiciones lógicas de Irán —levantamiento de sanciones ilegales, liberación de activos congelados, compensaciones de guerra y fin de la hostilidad en todos los frentes— contribuyen al mismo objetivo: consolidar el estatus de superpotencia iraní junto con el fin de la guerra.
Pero difieren del estrecho en un punto crucial. El estrecho es una nueva carta obtenida en esta guerra, actualmente en manos de Irán y bajo su control pleno y legal. Su resolución no requiere acción estadounidense; depende exclusivamente de Irán abrirlo o cerrarlo. En cambio, el alivio de sanciones, la liberación de activos, las reparaciones y el frente libanés requieren acciones positivas por parte del adversario.
Esta asimetría es clave. Significa que Irán posee una ventaja unilateral en el estrecho, mientras que otros asuntos requieren movimientos bilaterales o multilaterales.
Más allá de la falsa dicotomía: la resistencia como alternativa al diálogo vacío
Esto nos lleva al eje analítico final: la naturaleza del diálogo. En los círculos de política occidental, la elección suele presentarse como una dicotomía: o negociar con Estados Unidos o enfrentar una presión militar y económica permanente.
Esa dicotomía no solo es simplista, sino deliberadamente engañosa. Sirve para excluir la posibilidad de una tercera vía: la resistencia digna y legítima.
El diálogo, en principio, es necesario. Ningún país responsable busca la guerra por sí misma. Pero un diálogo absoluto —el diálogo como fin en sí mismo, sin garantías de intereses nacionales— se vuelve contraproducente. Incluso puede convertirse en una trampa, donde el mero acto de hablar se confunde con progreso, mientras la asimetría de poder permanece intacta.
Lo que Irán requiere es un diálogo que garantice sus intereses y su propia existencia como potencia soberana e independiente. Ese diálogo no solo es preferible a la guerra, sino que constituye la definición misma de la prudencia estratégica. Pero un diálogo que no asegure los intereses iraníes, que solo abra la puerta a nuevas amenazas, ultimátums o guerras renovadas, no es solo inútil: es peligroso. Prepara el terreno para la siguiente aventura militar.
Si el diálogo no puede garantizar los intereses de Irán, entonces la alternativa no es la rendición. La alternativa es la resistencia. Y la resistencia, en el contexto iraní, no es solo un eslogan o retórica. Es una doctrina operativa probada. Ha sido puesta a prueba en guerras, sanciones, asesinatos y sabotajes. Ha superado sistemáticamente las predicciones de los analistas occidentales. Ha transformado amenazas estratégicas en activos estratégicos.
Por lo tanto, la dicotomía “diálogo o guerra” es fundamentalmente falsa. La verdadera elección es entre un diálogo que sirva a los intereses de Irán y una resistencia que los proteja cuando el diálogo no lo hace. Irán ya ha demostrado que puede mantener esta postura de forma indefinida. Estados Unidos, en contraste, ha demostrado que no puede sostener una amenaza creíble ni siquiera durante 48 horas.
La geometría es clara
Cuando se escriba la historia de este período, la serie de retiradas de Trump no se registrará como ajustes tácticos ni como vacilaciones presidenciales. Se registrará como una admisión estructural.
Cada retirada fue un reconocimiento, impuesto por la realidad de que Irán no puede ser sometido o derrotado mediante bombardeos. Cada operación cancelada fue una concesión de que el poder militar estadounidense había encontrado su contraparte geométrica. Cada ultimátum abandonado fue un reconocimiento silencioso de que el equilibrio de poder se ha desplazado de forma decisiva y que la capacidad de influencia reside ahora en Teherán, no en Washington.
Estados Unidos sigue siendo una potencia militar formidable. Conserva alcance global, tecnología avanzada y un enorme peso económico. Pero ninguno de esos activos se traduce en victoria política o estratégica cuando se enfrenta a un adversario que ha dominado la lógica de la disuasión asimétrica, la resiliencia social y la paciencia estratégica.
Irán no solo ha sobrevivido a la campaña de presión, sino que ha salido fortalecido de ella.
La geometría del poder ya no es una línea recta que va desde los portaaviones estadounidenses hasta la capitulación iraní. Es un campo complejo y multipolar en el que Irán ocupa una posición de fuerza irreductible.
Las repetidas retiradas de Trump son signos de derrota estadounidense —silenciosa, no declarada, pero absolutamente real—. Y mientras Irán continúe manteniendo el estrecho, siga desarrollando sus capacidades de disuasión y rechace falsas dicotomías, esa geometría seguirá favoreciéndole.
El mundo observa. Y ahora sabe que, cuando se pone a prueba la amenaza, no es Irán quien parpadea.
Análisis: Ante Xi Jinping, Donald Trump se plantea dar marcha atrás
Thierry Meyssan
El encuentro entre los presidentes de Estados Unidos y China no trajo anuncios de respuestas definidas para los conflictos en marcha, desde Taiwán hasta Irán. Tampoco permitió abordar asuntos como el de los aranceles. El presidente Trump, mostrando mejor educación que de costumbre, escuchó con placer al presidente Xi y se permitió imaginar lo que podrían ser las relaciones entre los dos países si no se hiciesen la guerra.
Este artículo da continuación a:
1- «El cisma que enfrenta al Pentágono contra el Vaticano», 21 de abril de 2026.
2- «Donald Trump percibe los límites del “jacksonianismo”», 28 de abril de 2026.
La visita del presidente estadounidense Donald Trump en la República Popular China, durante los días 13, 14 y 15 de mayo, sacó a relucir profundas contradicciones.
La parte china tenía como objetivo asegurarse de que Washington seguirá respetando el principio que establece que Taiwán no es un Estado independiente sino una provincia china. En Pekín también querían asegurarse de que Estados Unidos no impedirá el acceso de China a las materias primas y a las fuentes de energía y que aceptará que el gigante asiático siga desarrollando su comercio, a través de sus “rutas de la seda”.
Para la parte estadounidense, el objetivo era asegurarse de que Pekín no va a “robarle” el «hemisferio occidental», como suelen decir los dirigentes estadounidenses para referirse al continente americano, sobre todo a Sudamérica. Washington también aspiraba a lograr que el mercado chino se abra a las empresas estadounidenses, fuertemente representadas en la comitiva del presidente Trump.
La visita de Trump en China se produjo en un contexto particular: el cambio de estrategia global de Estados Unidos. El Pentágono ha renunciado a la doctrina Rumsfeld-Cebrowski –luego de haber comprobado que no cuenta con los medios necesarios y que esa doctrina finalmente no es productiva para Estados Unidos– y parecía haber adoptado la “estrategia de la denegación” de Elbridge Colby. Estados Unidos secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y parece haber tomado el control del petróleo que ese país vendía a China. Después, Estados Unidos ha tratado de derrocar el gobierno de Irán y de impedir la exportación del petróleo iraní hacia China, un sueño de conquista que ha venido a estrellarse contra la resistencia del pueblo iraní.
La cuestión central de la visita era, por consiguiente, saber qué estrategia global podría escoger Estados Unidos para el futuro y si esta sería compatible con la de China. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Washington ha puesto en marcha 3 estrategias diferentes mientras que Pekín mantiene la misma.
Por supuesto, nadie creía que el presidente Donald y su administración aclararían esa interrogante esta misma semana pero todos veían la posibilidad de poder, al menos, evaluar las eventuales consecuencias que tendría la decisión final, cuando la tome.
En China, el presidente Trump, rompiendo con su habitual método de cowboy, tuvo extremo cuidado de no decir algo que pudiera interpretarse en uno u otro sentido o dar lugar a un incidente diplomático. Se abstuvo de lanzar constantes mensajes a través de Truth Social –de una cincuentena de mensajes diarios antes de su llegada a China, su “producción” cayó a sólo unas pocas y breves reflexiones en los 3 días de la visita.
Repentinamente cortés y asombrosamente bien educado, el presidente Trump se acogió a la costumbre china de invocar el pasado común para justificar la unión de hoy. Por ejemplo, sus elogios sobre la prestigiosa universidad Tsinghua, donde el presidente chino Xi Jinping hizo sus estudios, le sirvieron para llamar la atención sobre el hecho que el presidente estadounidense Theodore Roosevelt la financió en 1909. Pero evitó cuidadosamente mencionar que eso sucedió después de que la “Alianza de Ocho Naciones” (Alemania, Japón, Rusia, Reino Unido, Francia, Estados Unidos, Italia y Austro-Hungría) aplastara el “Levantamiento de los Bóxers” e impusiera a la dinastía Qing el pago de reparaciones exorbitantes. En todo caso, Trump logró terminar la visita sin incidente.
Por el contrario, Trump recordó que, en 1737, Benjamin Franklin había publicado pasajes de The Morals of Confucius en su diario The Pennsylvania Gazette, saludando la importancia de la filosofía del sabio chino en la virtud personal. También recordó que Confucio aparece representado en el frontón oriental del edificio del Tribunal Supremo de Estados Unidos, junto a Moisés y Solón. En resumen, en China pudimos ver un Donald Trump encantador y rebosante de cultura, totalmente diferente del fanfarrón hablantín de los días anteriores.
En el banquete ofrecido a la delegación estadounidense en el Gran Palacio del Pueblo, el presidente Trump declaró: «Ha sido un día magnífico y, en particular, quiero agradecer al presidente Xi, mi amigo, por esta magnífica acogida (…) y por habernos recibido tan amablemente durante esta visita de Estado muy histórica.»
Lo difícil era reconocer a las dos partes como iguales sin incomodar a una de ellas. Si bien es evidente que China produce más que Estados Unidos, hoy es difícil definir cuál de los dos países sobrepasa al otro en el plano militar. El armamento chino parece superior, pero sólo el ejército estadounidense puede invocar su experiencia en el terreno. En todo caso, ambos presidentes evitaron ponerse en plano de competidores y sólo hablaron de cooperación.
El presidente Xi Jinping respondió al brindis del presidente Trump: «Los dos pensamos que la relación China-Estados Unidos es la relación bilateral más importante del mundo. Debemos hacerla funcionar y nunca estropearla.»
Donald Trump agregó después: «Este momento de la Historia ofrece a nuestras dos naciones una oportunidad increíble de hacer progresar la paz y la prosperidad junto a otras naciones del mundo entero.»
La visita no satisfizo las expectativas de los jefes de empresas y firmas estadounidenses. Hubo pocas decisiones económicas, exceptuando las gigantescas ventas de soya y de diversos productos agrícolas estadounidenses, así como la confirmación china de un acuerdo de compra de 200 aviones Boeing –compromiso finalmente muy por debajo de lo esperado. Al parecer, ni siquiera se abordó la cuestión de los montos de los aranceles, aunque Estados Unidos sigue aplicando un arancel de 10% a todos los productos chinos y un arancel de 50% al acero y el aluminio chinos.
Las acciones de las empresas chinas de alta tecnología del índice CSI 300 (correspondiente a las bolsas de valores de Shanghái y Shenzhen) registraron un descenso de 1%, indicio de que no hubo avances en cuanto a la comercialización de las tierras raras y de los componentes electrónicos. Por demás, las empresas estadounidenses ya están invirtiendo masivamente en el sector de la inteligencia artificial en Taiwán y Corea del Sur.
La tranquilidad regresó a las potencias regionales de importancia intermedia, como Japón y Corea del Sur, que seguían la visita con gran inquietud. Finalmente, no acaban como peones sacrificados en una división entre los dos Grandes. En revancha, la inquietud se desplaza seguramente hacia Reino Unido y la Unión Europea, donde creían que Donald Trump seguía la nueva línea de Elbridge Colby y ahora ven que, por 3 días, Trump parece de nuevo “jacksoniano”.
Llegamos así al fondo del problema: el estatus de Taiwán. Durante su proceso de revolución e independencia, China se dividió en dos: todo el continente dirigido por Mao Zedong y la isla de Taiwán gobernada por Chiang Kai-shek. Con el paso del tiempo, esos territorios se desarrollaron siguiendo dos sistemas económicos y políticos diferentes. Pero la China continental y Taiwán siguen siendo parte de un solo Estado, la República Popular China. Sus poblaciones aspiran a la unidad, lo cual quedó demostrado con el viaje de la presidente del Kuomintang (el partido creado por Chiang Kai-shek) a Pekín, el mes pasado. Pero también aspiran a conservar sus particularidades. Los neoconservadores estadounidenses, anulando la política iniciada por el presidente Richard Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger, revivieron en Taipéi una facción secesionista, a la que pertenece el actual presidente taiwanés. Pekín ha advertido constantemente que una proclamación de independencia podría llevar a un conflicto armado, mientras que Washington multiplicaba las señales contradictorias.
En presencia del presidente Trump, el presidente Xi advirtió:
«Si se manejan bien, las relaciones bilaterales pueden mantener una estabilidad global. Si se manejan mal, los dos países se verán confrontados a una colisión o incluso a un conflicto, que llevaría toda la relación China-Estados Unidos a una situación extremadamente peligrosa.
La independencia de Taiwán es fundamentalmente incompatible con la paz y la estabilidad en todo el estrecho de Taiwán. Mantener la paz y la estabilidad en todo el estrecho de Taiwán es el mayor factor de división común entre China y Estados Unidos.
Estados Unidos debe manejar la cuestión de Taiwán con la mayor prudencia.»
El presidente Donald Trump se abstuvo de responder. «Es posible que las dos partes no estén enteramente de acuerdo sobre la cuestión. Otra posibilidad es que, incluso si existe cierto entendimiento táctico, este no será necesariamente escrito», comentó un experto chino, el coronel Zhou Bo.
A su regreso de China, el presidente Trump ha declarado que conversó con el presidente Xi sobre las ventas de armas a Taiwán y que él mismo «se determinaría» sobre la cuestión próximamente. Hasta ahora, Estados Unidos no reconoce Taiwán… pero le vende armas. Una venta de armamento valorado en 18 000 millones de dólares está pendiente del visto bueno de la Casa Blanca. Aprobar esa transacción reduciéndola en volumen sería un gesto de buena voluntad. Pero el presidente Trump no puede simplemente rechazarla sin exponerse a la cólera del Congreso.
La decisión de la Casa Blanca sobre las ventas de armas a Taiwán será en todo caso la primera señal sobre el rumbo estratégico de Washington. Es posible incluso que permita deducir el rumbo que tomará el conflicto en el golfo Pérsico.
Persistirán importantes desacuerdos –como el despliegue militar de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico. No obstante, Pekín y Washington podrían mantener su cooperación en el plano comercial –específicamente en sectores no sensibles– y en el ámbito de la seguridad de la inteligencia artificial (IA).
El presidente ruso Vladimir Putin viaja esta semana a Pekín. Es una visita de rutina, no protocolar, programada desde hace mucho tiempo. El presidente Putin conversará con el presidente Xi sobre la estrategia común de sus países ante Estados Unidos. El presidente de Rusia parece haber pactado ya con Washington la paz en el este de Europa y la región balcánica. Además, acaba de obtener de su homólogo estadounidense la renuncia del Alto Comisionado de la Unión Europea en Bosnia-Herzegovina, el alemán Christian Schmidt, que estaba preparando una guerra en esa región.
Detrás del cambio de retórica de Trump sobre Taiwán
Tadeo Casteglione*
– Por Tadeo Casteglione* La frase fue pronunciada sin mayores rodeos, en una entrevista con Fox News desde las entrañas mismas del poder chino. “No busco que nadie se independice. ¿Se supone que debemos viajar 9.500 millas para librar una guerra? No busco eso”, declaró Donald Trump tras su reunión de dos días con Xi Jinping en Beijing.
El presidente estadounidense afirmó que no pretende estimular a Taiwán a buscar la independencia de China y subrayó que no desea desencadenar un conflicto militar por la isla. En apariencia, una declaración más en el largo historial de la “ambigüedad estratégica” norteamericana. En términos históricos, sin embargo, es mucho más que eso, representando la señal más explícita que ha emitido Washington en décadas de que su disposición a defender a Taiwán frente a China continental está siendo reevaluada, presionada y, en los hechos, retrocediendo.
Para entender el alcance de lo que ocurrió en Beijing entre el 14 y el 15 de mayo de 2026, hay que despejar el ruido que genera la retórica de Trump y prestar atención a la geometría de fondo. El anfitrión Xi Jinping llegó fortalecido a la cumbre, después de que la reunión del año pasado en Corea del Sur viera a Beijing utilizar sus reservas de tierras raras para presionar a Trump a revertir los aranceles que había amenazado imponer.
Desde entonces, la Corte Suprema de Estados Unidos ha restringido las vías del presidente para imponer gravámenes adicionales, mientras que la guerra con Irán ha debilitado la posición política interna de Trump. Ese era el escenario real cuando el Air Force One aterrizó en la capital china, un presidente norteamericano debilitado internamente, condicionado externamente y urgido de victorias simbólicas, frente a un Xi Jinping que ha sabido construir, con paciencia y firmeza, una posición negociadora de creciente fortaleza.
Lo que siguió fue una escena cuidadosamente diseñada por Beijing para proyectar exactamente ese mensaje al mundo. Los diplomáticos chinos diseñaron meticulosamente un espectáculo de pompa y lujo, pensado para impresionar a Trump, desde una salva de cañones militares hasta una visita excepcional al interior del hermético complejo de la cúpula del Partido Comunista conocido como Zhongnanhai.
Trump respondió con los elogios efusivos que suelen caracterizar su diplomacia personalista, calificó a Xi de “gran líder”, describió sus conversaciones como “las más importantes del mundo” y llegó a evocar la noción de un “G-2”, como si la paridad estratégica entre Washington y Beijing fuera ahora una realidad aceptable y hasta deseable. Trump dejó atrás su enfoque hostil y volvió a hablar ante los periodistas de un “G-2”: “Son los dos grandes países. Yo lo llamo el G-2. Este es el G-2”.
La narrativa de la “máxima presión” sobre China, que Washington ha enarbolado como doctrina durante años, fue al menos temporalmente sustituida por la imagen de dos líderes que se pasean juntos por un jardín imperial mientras Xi le mostraba a Trump árboles que tenían mucho más años de antigüedad que los mismos Estados Unidos. Y esa imagen habla con una claridad brutal de lo que las palabras diplomáticas se esfuerzan en ocultar.
El tema de Taiwán es donde esa claridad se vuelve más incómoda para los defensores del orden liberal liderado por Estados Unidos. Xi calificó la cuestión de Taiwán como “el asunto más importante en las relaciones entre China y Estados Unidos” y advirtió que una “mala gestión” de este tema podría derivar en un choque o incluso un conflicto armado entre ambas potencias.
La respuesta de Trump no fue reafirmar el compromiso de defensa de la isla, sino aproximarse a la postura de Beijing de forma públicamente articulada. Xi “siente un gran aprecio” por la isla y “no quiere ver un movimiento independentista”, señaló Trump, añadiendo que no creía que habría conflicto porque Xi “no quiere una guerra”. En pocas palabras, el presidente de Estados Unidos salió de Beijing reproduciendo la narrativa china sobre Taiwán, y no la suya propia.
Las consecuencias no tardaron en manifestarse. La Oficina Presidencial de Taiwán respondió a las declaraciones de Trump, con la portavoz presidencial Karen Kuo afirmando que los reclamos de Beijing sobre la isla “carecen de fundamento” y asegurando que la nación ya es soberana e independiente. La respuesta fue digna, pero reveladora de una profunda inquietud en la cual Taipéi sabe que su principal garante de seguridad acaba de hacer una concesión verbal significativa ante su principal amenaza existencial.
El ministro de Asuntos Exteriores de China, Wang Yi, fue todavía más explícito: “Durante la reunión, percibimos que la parte estadounidense comprende la postura de China y concede importancia a sus preocupaciones, y no apoya ni acepta que Taiwán avance hacia la independencia”. Esa declaración, pronunciada con la satisfacción propia de quien acaba de obtener exactamente lo que buscaba, resume mejor que ninguna otra lo que realmente ocurrió en Beijing.
También es revelador lo que no ocurrió. La forma en que Estados Unidos gestiona su relación no oficial con Taiwán ha sido durante mucho tiempo un punto conflictivo para Beijing, que observó con atención si Trump impulsaría un acuerdo de venta de armas a la isla por valor de 14.000 millones de dólares aprobado por el Congreso en enero. En la entrevista con Fox News, Trump dijo que mantenía ese acuerdo “en suspenso” y que “depende de China, es una muy buena baza en las negociaciones”.
Convertir la seguridad de un aliado en una “baza negociadora” con el país que lo amenaza es, en sí mismo, una capitulación estratégica que ninguna formulación diplomática puede maquillar. La garantía que establecía que Washington no consultaría con Beijing sobre ventas de armas a Taiwán fue respondida por Trump con una broma sobre la distancia temporal de los años 80, como si los compromisos internacionales tuvieran fecha de caducidad según la conveniencia del momento.
Todo esto necesita leerse dentro de un contexto más amplio de reconfiguración del poder global. Xi se había referido “muy elegantemente” a Estados Unidos “como una nación quizás en declive”, y muchos se preguntaban por qué Trump no reaccionó cuando le estaban diciendo en la cara que su país era una potencia en declive.
La respuesta de Trump, publicada luego en Truth Social, fue que Xi se refería al declive ocurrido durante la administración de Biden. Sea cual sea la interpretación, el hecho es que el líder de China se permitió diagnosticar el declive de su contraparte, en su propio territorio, frente a las cámaras del mundo, y el presidente de Estados Unidos no encontró mejor recurso que poner esa afirmación en boca de su antecesor. Esa imagen, por sí sola, habla del momento histórico que estamos viviendo.
El cambio en el equilibrio de poder marcó la semana. Cuando Donald Trump realizó su primera visita de Estado oficial a China hace casi una década, el poder general de China estaba muy por detrás del de Estados Unidos, coincidió Comfort Ero, presidente del International Crisis Group. Hoy esa brecha se ha cerrado de manera dramática, y la cumbre de Beijing fue el escenario donde esa nueva correlación de fuerzas se hizo visible de manera espectacular.
No hubo un solo momento durante la visita en que Trump pudiera imponer un ritmo, una agenda o un resultado que Beijing no hubiera previamente sancionado. Beijing no necesitaba grandes resultados tangibles para lograr victorias importantes, como proyectar a China como un igual (si acaso no superior) a Estados Unidos en el escenario mundial y dirigir el tono de la relación, incluso en lo que respecta a Taiwán.
Lo que estamos observando es algo más complejo y más revelador de la racionalidad imperial norteamericana, la alternancia entre el garrote y el guante blanco que ha caracterizado la política exterior de Washington a lo largo de toda su historia como potencia hegemónica. Estados Unidos no opera con un único manual. Opera con dos, que se complementan y se turnan según las circunstancias.
Cuando la coerción directa muestra sus límites —sanciones que no doblan la voluntad de Beijing, aranceles que dañan también a la economía norteamericana, bloqueos tecnológicos que aceleran la autosuficiencia china—, el establishment de Washington despliega la diplomacia del “policia bueno” la cual se ve reflejada en cumbres de alto perfil, gestos de respeto, promesas de cooperación e inversión, discursos sobre la “estabilidad estratégica constructiva”.
El primer día de la cumbre, Xi afirmó que el mundo estaba experimentando una “transformación sin precedentes en un siglo”, una idea que suele invocar para describir la desintegración del orden mundial liderado por Estados Unidos. También se refirió a la Trampa de Tucídides, una teoría que sostiene que el conflicto es inevitable cuando una potencia emergente se enfrenta a una potencia establecida. Xi entiende que el tiempo juega a su favor, y lo gestiona con una paciencia estratégica que contrasta con la impulsividad transaccional de Trump. Lo que Beijing busca de estas cumbres no es un acuerdo que resuelva todos los diferendos, sino el reconocimiento implícito de su paridad, la erosión del cerco norteamericano y el mantenimiento de un entorno internacional que no perturbe su desarrollo continuo.
En ese sentido, la formulación que apareció en el informe oficial chino de la cumbre merece especial atención, la referencia a una “relación constructiva de estabilidad estratégica China-EE.UU.” que debería guiar las relaciones “durante los próximos tres años y más allá”. Esa redacción no es accidental. Sugiere que Beijing está dispuesta a ofrecer a Washington un marco de estabilidad temporal —el tiempo que resta del mandato de Trump— a cambio de que Washington no agite las aguas en Taiwán, no complete el paquete de armas prometido, y permita que el tablero geopolítico del Indo-Pacífico se asiente de manera favorable a los intereses chinos. Es una negociación a largo plazo disfrazada de buena voluntad coyuntural.
La presencia de la delegación empresarial que acompañó a Trump a Beijing refuerza esta lectura. Detrás del presidente estadounidense descendieron del Air Force One algunos de los empresarios más influyentes de Estados Unidos, en una escena que dejó en evidencia cuáles son las prioridades reales de la cumbre con Xi Jinping, comercio, tecnología, inversiones y acceso al mercado chino.
La diplomacia de cañoneras del siglo XIX ha cedido paso a la diplomacia de los Silicon Valley. Donde antes llegaban los marines, ahora llegan los CEOs. Pero el objetivo de fondo es exactamente el mismo, asegurar condiciones de acceso, acumulación e influencia para el capital norteamericano. Y cuando ese capital necesita del mercado chino para sobrevivir y crecer, como es cada vez más el caso, la retórica del “desacoplamiento” se revela como lo que siempre fue, una fantasía ideológica que choca con la materialidad de las cadenas de valor globales.
Hay aquí una enseñanza que resuena con la lección que Tolstói extrajo de las guerras napoleónicas en donde los grandes imperios no son derrotados solo en el campo de batalla. Son desgastados por la complejidad de lo que quieren controlar, por la distancia entre sus ambiciones y sus capacidades reales, por el peso de mantener un orden mundial que ya no se sostiene con la misma facilidad de antes. Napoleón ganó las batallas en Rusia, pero perdió la campaña. Estados Unidos ha ganado muchas escaramuzas tecnológicas, arancelarias y diplomáticas contra China, pero está perdiendo paulatinamente la capacidad de definir el marco dentro del cual se libran esas batallas. La visita de Trump a Beijing es, en ese sentido, la visita de un gestor del declive que todavía no sabe cómo nombrarlo.
Lo que sí queda claro, a la luz de todo lo anterior, es que la era en que Washington podía dictar condiciones a Beijing sobre Taiwán, sobre tecnología, sobre el orden del Indo-Pacífico, está terminando. No de golpe, no en un colapso dramático, sino en el modo gradual y acumulativo en que los grandes cambios históricos suelen producirse.
Cuando Donald Trump realizó su primera visita a China hace casi una década, el poder general de China estaba muy por detrás del de Estados Unidos. Hoy eso ha cambiado radicalmente, y el mundo lo percibe. Taiwán, que fue durante décadas una pieza central en la arquitectura del orden liberal liderado por Estados Unidos en el Pacífico, se encuentra ahora en un territorio más incierto, ya no puede contar con el mismo compromiso incondicional de Washington, porque ese compromiso se ha convertido en una variable de negociación, no en una constante estratégica.
El debate que se ha abierto en la isla a raíz de las declaraciones de Trump —sobre si estas palabras socavan la plataforma del partido gobernante en Taipéi— no es un debate menor. Es el síntoma de una realidad geopolítica que muta bajo los pies de los actores más expuestos. Y en esa mutación, lo que se va es un determinado orden internacional, y lo que viene es todavía incierto, pero claramente multipolar, claramente más disputado, y claramente menos favorable a la hegemonía que Washington ejerció sin mayores contestaciones durante las décadas posteriores al fin de la Guerra Fría.
La cumbre de Beijing no fue el fin de nada, pero fue una fotografía nítida de una transición en curso. El “policía bueno” vino a Beijing con ejecutivos y sonrisas. El “policía malo” seguirá apareciendo en sanciones, controles de exportación, presiones sobre aliados y guerras comerciales latentes. Pero ninguno de los dos, solos o en combinación, está siendo capaz de detener el ascenso de una China que aprendió a jugar en el tablero que otros diseñaron, y que ahora está rediseñando ese tablero a su propia medida.
Tadeo Casteglione* Editor general de PIA Global – Experto en Relaciones Internacionales y Análisis de Conflictos, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk.
El "Ejército de Cristal": Los Puntos Críticos de la Defensa de EE. UU.

​La supremacía militar de Estados Unidos enfrenta una paradoja peligrosa: posee la tecnología más avanzada del mundo, pero su producción depende de una infraestructura industrial alarmantemente frágil y centralizada. Un análisis del Instituto de Investigación de Política Exterior revela que la capacidad de combate de alta intensidad se sostiene sobre tres pilares únicos, cuya interrupción colapsaría la maquinaria bélica de Washington.
1️ Los Tres Puntos de Estrangulamiento
​El complejo militar-industrial ha pasado de la resiliencia de la Guerra Fría a una eficiencia de "justo a tiempo" que ha dejado vulnerabilidades críticas:
🔵​Propulsión (Cedar City, Utah): La empresa AMPAC es el único proveedor nacional de perclorato de amonio, el oxidante esencial para todos los motores de cohetes sólidos (desde misiles Patriot hasta los ICBM nucleares). Un solo incidente en esta planta detendría la fabricación de misiles en todo el país.
🔵​Explosivos (Kingsport, Tennessee): La Planta de Municiones de Holston es la única fuente de explosivos de alto poder RDX y HMX. Sin estos químicos, las ojivas de precisión y las bombas de gran capacidad no pueden fabricarse. No existe una "capacidad de aumento" inmediata; construir una nueva línea de producción tardaría años.
🔵​Motores de Crucero (Pontiac, Michigan): Williams International fabrica los motores turbofán para misiles clave como el Tomahawk y el JASSM. La capacidad de reposición es crítica: reemplazar los misiles gastados en apenas 4 días de combate real requeriría actualmente hasta 53 meses de producción continua.
​2️ Geología y Silicio: Los Frenos Naturales
​Más allá de las fábricas, el Pentágono enfrenta límites físicos que el dinero no puede acelerar:
🔵​Dependencia de Materias Primas: EE. UU. depende críticamente de China y Rusia para minerales como el antimonio (municiones), neodimio (imanes de guiado) y galio (radares AESA).
🔵​La Trampa de los "Chips Heredados": Aunque se busca soberanía en chips de 3nm, la mayoría de los misiles actuales funcionan con semiconductores de tecnología madura (14nm a 90nm), un sector dominado globalmente por fundiciones chinas.
3️ La Respuesta Estratégica
​Para mitigar esta fragilidad, Washington ha iniciado una reindustrialización de emergencia basada en tres ejes:
🔵​Ley de Producción de Defensa (DPA): Inyecciones de capital para reabrir minas de antimonio y duplicar la síntesis de químicos en Utah.
🔵​Friend-shoring: Delegar la fabricación de munición pesada en aliados clave como Polonia, Australia y Japón para crear una red de seguridad externa.
🔵​Salto Tecnológico: Inversión masiva en impresión 3D de metales para fabricar motores y piezas complejas sin depender de las lentas cadenas de fundición tradicionales.
​El escenario de guerra moderna ha cambiado la prioridad de la precisión por la masa. EE. UU. posee un ejército letal, pero su base industrial es un "punto único de fallo". Un ataque cinético o un ciberataque coordinado sobre estas tres instalaciones no solo dañaría al ejército; lo dejaría, en términos logísticos, irreemplazable durante años.
El artículo del NYT revela que nuestro ejército le está diciendo al presidente Trump lo que ha sido obvio desde el inicio de esta guerra: no hay una solución militar rápida en Irán y nuestras acciones iniciales establecieron las condiciones para el estancamiento en el que nos encontramos ahora.
La mejor opción de Trump es declarar victoria y alejarse ahora. Limitar nuestra exposición en la región, reducir el riesgo de que Irán reinicie la guerra en sus términos, y reiniciar las negociaciones con alivio de sanciones como zanahoria y garrote.
Los iraníes se han adaptado a nuestros ataques. Pueden “ganar” simplemente no perdiendo. Los ataques futuros serán menos efectivos, nos costarán más en bajas, y endurecerán aún más la determinación iraní.
Matar al Líder Supremo unió al pueblo iraní alrededor del régimen. Al eliminar también a muchos líderes moderados, nos hemos quedado con principalmente halcones con quienes negociar, que es poco probable que le den a Trump las concesiones que está exigiendo.
Dos lecciones que deberíamos haber aprendido en la GWOT:
  • Si te mantienes al alcance del enemigo, se adaptarán y finalmente ganarán la guerra larga desgastándonos. Irán está haciendo esto a gran escala con misiles balísticos, defensas aéreas y drones: el mismo concepto que los IED, solo más avanzado.
  • Atacar a una nación unirá al pueblo alrededor del régimen que estamos tratando de derrocar, o alrededor de fuerzas mucho peores.
  • El cambio de régimen es una tarea de tontos.

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