China va a la cabeza de la guerra tecnológica
– Por PIA Global* El superordenador Lingsheng devuelve al gigante asiático al primer puesto mundial mientras Estados Unidos mira impotente sus propios bloqueos
Pekín acaba de dar un golpe sobre la mesa que reverbera mucho más allá de los círculos de la computación de alto rendimiento. El nuevo superordenador Lingsheng, también conocido como LineShine, desarrollado por el Centro Nacional de Supercomputación en Shenzhen, ha logrado algo que los estrategas occidentales creían haber bloqueado para siempre.
No solo ha superado al El Capitan estadounidense, el actual poseedor del récord mundial, sino que lo ha hecho con una arquitectura completamente nacional, sin depender de una sola unidad de procesamiento gráfico, y eludiendo así todos los controles de exportación que Washington había diseñado meticulosamente para frenar el avance tecnológico de Pekín.
La cifra es contundente, Lingsheng alcanza los 2 exaflops, es decir, dos quintillones de cálculos por segundo, superando los 1,8 exaflops del El Capitan, alojado en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore en California. Pero la relevancia del hito no reside en la estadística en sí misma, sino en lo que representa. China no solo ha recuperado el liderazgo mundial en supercomputación, una posición que no ocupaba desde 2019, sino que lo ha hecho cuando todos los caminos parecían cortados.
Las sanciones y restricciones de la administración Trump primero, y después de la sucesión, apuntaron directamente a los chips avanzados de Nvidia, AMD e Intel, impidiendo que las empresas chinas adquirieran los procesadores de última generación para inteligencia artificial y computación de alto rendimiento. El razonamiento era simple: sin acceso a los chips occidentales, China no podría competir.
La respuesta de Pekín ha sido igualmente simple, pero mucho más efectiva: desarrollar sus propios chips y su propia arquitectura. Lingsheng utiliza 47.000 CPUs de diseño local, denominadas LX2, cada una con más de 300 núcleos de computación. En una época donde la industria mundial se ha volcado abrumadoramente a las GPUs por su capacidad de realizar miles de operaciones en paralelo, especialmente para IA y grandes simulaciones, China ha optado por un camino diferente.
La mayoría de los sistemas exascale, incluidos los cuatro que figuran en el prestigioso ranking TOP500, están construidos en torno a GPUs de AMD y Nvidia. Lingsheng, en cambio, funciona enteramente con CPUs. No es una apuesta menor. Las CPUs tradicionales manejan una gama más amplia de tareas pero procesan en lotes más pequeños, por lo que para alcanzar la misma velocidad se necesitan muchos más chips. China ha decidido resolver esa limitación con diseño y cantidad: 47.000 CPUs integradas en 92 armarios de cómputo, un desafío de integración que habla por sí mismo del nivel de sofisticación alcanzado.
El director adjunto del centro, Huang Xiaohui, lo expresó en un discurso televisado por Shenzhen TV: “A finales de 2025, completamos el despliegue y activación total del sistema, con un rendimiento sostenido superior a 2 exaflops. Su rendimiento ya ha superado al de El Capitan de Estados Unidos, devolviendo a China a la posición número uno del mundo”. Huang también destacó que Lingsheng utiliza “las CPUs más potentes del mundo” y que su arquitectura integrada soporta tanto la computación tradicional de alto rendimiento como las cargas de trabajo de inteligencia artificial.
No es un logro aislado sino que es la culminación de una estrategia que China inició hace años, cuando el gobierno estadounidense comenzó a apretar las restricciones sobre chips avanzados ya en 2019. Las medidas se fueron endureciendo con el tiempo, hasta que finalmente se bloquearon incluso versiones degradadas de los chips líderes.
La intención era estrangular el desarrollo tecnológico chino en sus puntos más sensibles: la inteligencia artificial, la defensa, la investigación científica y, por supuesto, la supercomputación. El efecto fue, paradójicamente, el opuesto al buscado. China aceleró sus programas de desarrollo local, forzó la integración de su cadena de suministro de semiconductores y logró lo que parecía imposible: una independencia de pila completa, desde el hardware subyacente hasta el software central.
Los primeros superordenadores chinos, como el Sunway TaihuLight, ya utilizaban procesadores diseñados en el país, pero muchos otros sistemas incorporaban componentes fabricados en Estados Unidos, incluyendo chips de Intel y Nvidia. La dependencia era real. Hoy, Lingsheng representa la ruptura definitiva con ese pasado. Huang habló de “independencia full-stack”, un concepto que en el mundo tecnológico significa controlar todas las capas del sistema, desde los transistores hasta las aplicaciones, sin depender de nadie.
Naturalmente, existen dudas. La cifra de 2 exaflops, por el momento, es un objetivo de diseño. No se ha anunciado un calendario para su funcionamiento completo, y los medios chinos, incluido Toutiao, propiedad de ByteDance, han señalado que las pruebas hasta ahora se han realizado en una configuración mucho más pequeña, utilizando unos 100 servidores Huawei Kunpeng con 12.800 núcleos, muy lejos de la escala final.
Además, China no ha presentado resultados al ranking TOP500 desde 2019, lo que dificulta la verificación independiente del rendimiento de sus sistemas más recientes frente a sus pares globales. El hermetismo, en este caso, puede interpretarse como parte de la estrategia: no dar pistas al adversario sobre las capacidades reales hasta que sea necesario.
Pero incluso con esas reservas, el mensaje político y estratégico es innegable. China ha demostrado que los controles de exportación occidentales, lejos de frenarla, la han impulsado a lograr la autosuficiencia en una de las áreas más críticas de la competencia tecnológica global. Y la implicación profunda va más allá del superordenador en sí mismo.
La guerra tecnológica no la gana quien tiene el chip más veloz hoy, sino quien puede diseñar, fabricar y desplegar toda la cadena de suministro sin pedir permiso a nadie. En esa carrera, Pekín acaba de cruzar una línea que Washington creía infranqueable.
El superordenador Lingsheng no es un fin en sí mismo. Es un aviso. Una demostración de que las sanciones, cuando se aplican contra un país con la masa crítica de ingenieros, investigadores y capacidad industrial de China, pueden generar el efecto contrario al deseado.
La historia de la tecnología está llena de ejemplos de este patrón. Esta es la versión del siglo XXI. Y por ahora, quien lleva la delantera no es quien lanzó los bloqueos, sino quien los supo esquivar, reinterpretar y finalmente convertir en un trampolín hacia la autosuficiencia.
El impulso que gana China con la guerra en Irán
Las exportaciones de metales de China, en especial de aluminio, están recibiendo un impulso significativo por la guerra en Oriente Medio, que recortó suministros regionales y, al mismo tiempo, elevó la demanda de productos de tecnología limpia a medida que suben los precios de los combustibles fósiles, informa Bloomberg.
De acuerdo con la agencia, la principal asociación industrial china prevé que los envíos de productos de aluminio del mayor centro manufacturero del mundo alcancen un récord este año. Al mismo tiempo, el cobre, clave para baterías y otros productos de transición energética, también podría beneficiarse del cambio.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada a finales de febrero, sacudió los mercados de materias primas y llevó al cierre efectivo del estrecho de Ormuz, mientras que ataques contra fundiciones de aluminio en el golfo Pérsico afectaron la producción de una región que aporta alrededor del 9 % del suministro mundial, lo que, a su vez, favorece a productores chinos.
En cuanto a la energía, se indica que la guerra elevó con fuerza los precios del petróleo y del gas natural, haciendo más atractivas las tecnologías limpias. Así, el fabricante chino de baterías Gotion High-Tech comunicó que observa un renovado foco global en la transición verde.
"Para China, esta dinámica refuerza su dominio existente. Los fabricantes chinos ya lideran en costo, escala e integración de cadenas de suministro en tecnología limpia. Cuando la demanda global se acelera de repente, son los mejor posicionados para responder rápido", explicó Xinyi Shen, asesora principal del Centro de Investigación en Energía y Aire Limpio.
Disparo en pedidos externos
El desajuste ha disparado el arbitraje y los pedidos externos. Según los informantes de Bloomberg, fabricantes de aluminio en China reciben más órdenes desde finales de marzo, con demanda especialmente urgente para productos usados en redes eléctricas y automóviles. Algunas laminadoras tendrían pedidos completos hasta junio, impulsados por productos destinados a vehículos eléctricos, celdas de baterías, placas de enfriamiento para almacenamiento energético y centros de datos.
En paralelo, se estima que las exportaciones de cable trenzado de aluminio, usado en redes eléctricas y exento de una amplia reducción de las bonificaciones fiscales a la exportación, podrían duplicarse frente al año pasado hasta 40.000-50.000 toneladas en abril y mayo en conjunto.
Asimismo, las exportaciones de alambre y cable de cobre subieron un 36 % interanual en marzo; los envíos de celdas solares aumentaron un 80 % y los de baterías de ion-litio un 34 %, aunque Bloomberg advierte que la eliminación del reembolso fiscal podría ralentizar el crecimiento. Las aduanas chinas informaron además un incremento del 53 % en exportaciones de vehículos eléctricos en marzo.