Geoestrategia

La gestión del desastre: imperialismo, guerras fragmentadas y la crisis del capitalismo

Administrator | Domingo 14 de junio de 2026
Mazen Al-Najjar
Los sistemas mediáticos y las plataformas digitales no solo dan forma a las percepciones y la comprensión, sino también a las propias posibilidades políticas. La verdad se convierte en una infraestructura en disputa.
¿Cómo es que el conflicto contemporáneo devino un sistema atrapado en la inestabilidad permanente? Vivimos entre guerras sin declaración, crisis sin solución y un capitalismo voraz y agónico que parece no tener salida. Buena parte del mundo aguarda la Tercera Guerra Mundial como si fuera un acontecimiento que se vislumbra en el horizonte; sin embargo, ese horizonte ya se desplomó bajo el peso de nuestro presente. Lo que hoy experimentamos no es una antesala o una expectativa, sino una pura acumulación: el colapso lento, metódico y subterráneo de crisis que jamás concluyen, sino que se agravan.
La ilusión de la paz en la crisis perpetua
El gran espejismo ideológico del capitalismo tardío estriba en su noción de "normalidad". Se suceden los comicios, fluctúan los mercados, estallan los conflictos y luego se mitigan; los medios de comunicación nos narran esta zozobra como si fuera una crónica de acontecimientos aislados. Bajo este prisma, las guerras todavía se conciben como fenómenos acotados, provistos de un principio y un fin. No obstante, desde una perspectiva más profunda, dicho enfoque resulta no solo deficiente, sino severamente falaz.
A tenor de lo expuesto por el pensador estadounidense William Murphy, el orbe no asiste hoy a una ausencia de conflagraciones, sino a su mutación en una condición estructural y permanente del proyecto imperialista global. El orden imperial ya no precisa declaraciones formales de guerra para reproducir la violencia; antes bien, la contienda se integró en el ciclo mismo de circulación del capital. El resultado es un sistema mundial definible únicamente como un "desastre gestionado": un orden que perpetúa su existencia mediante crisis ininterrumpidas, pero que impide que ninguna de ellas por separado resuelva jamás sus contradicciones intrínsecas.
El imperialismo capitalista: estructura permanente y no etapa histórica
Diversos intelectuales occidentales suelen soslayar la estrecha e indisoluble relación dialéctica que une al imperialismo con el capitalismo. Este último constituye un sistema de explotación voraz que no se somete a controles ni contrapesos, sino que impone sus propias directrices y andamiaje.
La experiencia histórica anterior y posterior al advenimiento del capitalismo —particularmente en su vertiente anglosajona— demuestra que el modelo es el corolario de sucesivas etapas de expolio de riquezas en las periferias del mundo y en las colonias de poblamiento de las Américas, cuyo flujo se encauzó hacia las metrópolis europeas.
Hoy en día, este proyecto se manifiesta como una realidad estructural definida por sus monopolios, sus flotas, sus alianzas, sus guerras, su hegemonía financiera y una división global del trabajo y la producción. Pese al repliegue del colonialismo tradicional y al ocaso de la Guerra Fría, el imperialismo capitalista no feneció, sino que meramente reorganizó su estructura. En la actualidad opera mediante redes de producción globalizadas, la abstracción financiera, el comercio de la deuda, los monopolios tecnológicos y el chantaje tanto militar como económico. La mutación fundamental estriba en que la hegemonía ya no requiere una administración colonial directa, sino que se ejerce a través de una interdependencia articulada sobre bases jerárquicas. Emerge de allí una paradoja: a mayor integración global, más se exacerba la violencia sistemática. Cuanto más interconectado se halla el sistema, más catastróficas resultan sus contradicciones al desatarse.
El retorno de la rivalidad estructural y la intemperie global
Señala Murphy que el periodo posterior a la Guerra Fría recibió un encuadre ideológico que lo presentaba como un momento de estabilidad unipolar. No obstante, bajo esa superficie se soterraron densas contradicciones que afloraron con nitidez hacia el año 2014.
Aquel viraje no consistió en un hito aislado, sino en la reemergencia del conflicto geopolítico explícito entre los grandes bloques. Se desbarató así la ilusión de que el capitalismo global hubiera ingresado en una fase de armonía, revelando en su lugar que el cerco estratégico continúa imperando en las relaciones internacionales, que los conflictos regionales se hallan indisolublemente enraizados en las pugnas de las potencias mundiales y que la integración económica no anula la contienda, sino que apenas la reorganiza. A partir de dicha inflexión, el conflicto dejó de ser una excepción para instituirse como la condición normal del sistema.
Poco después, la crisis sanitaria global de 2020 representó una auténtica prueba de esfuerzo para la resiliencia de este orden establecido. La pandemia no engendró nuevas contradicciones, sino que desnudó las preexistentes: se fracturaron las cadenas de suministro, las naciones compitieron encarnizadamente por recursos médicos, se recrudeció el control fronterizo y se clasificó a la fuerza laboral entre mano de obra esencial o prescindible.
Bajo tal presión, la lógica del imperialismo capitalista se manifestó en su estado más puro: la gestión de la escasez suplantó a la cooperación, el acaparamiento de corte nacionalista primó sobre la coordinación ecuménica y los sistemas de salud se supeditaron a la acumulación de capital. Sostiene aquí Murphy que tal coyuntura desveló una verdad cardinal: la globalización no es un proceso de integración neutral, sino un aparato estructurado de dependencia y dominación que, lejos de frenar las dinámicas imperiales, agudizó su virulencia.
Guerras subsidiarias y la expansión del campo de batalla
Hacia el año 2022, las tensiones del orden mundial mutaron en guerras subsidiarias abiertas con la participación de las grandes potencias. Sin embargo, a diferencia de las conflagraciones del siglo XX, este conflicto no revistió la forma de una movilización total, sino que se caracterizó por el empleo de sanciones como armas estratégicas, la instrumentalización de los flujos energéticos como mecanismos de presión, el uso de los sistemas financieros internacionales como herramientas de exclusión y el enfrentamiento militar por medio de intermediarios. La guerra se desligó parcialmente de la soberanía territorial para incrustarse en los entramados económicos; la transformación medular radica en que la contienda ya no persigue primordialmente la derrota de los ejércitos, sino la desarticulación misma de los sistemas de producción.
El conflicto contemporáneo se comprende cabalmente si se define como un sistema de presiones multidominio. Por un lado, la guerra económica, los aranceles punitivos y la manipulación de divisas constituyen los principales resortes de coacción, flagelando a poblaciones enteras sin necesidad de una intervención militar directa. Por otro lado, la disputa por recursos energéticos e infraestructuras convirtió al petróleo, al gas, los oleoductos y las rutas marítimas en activos estratégicos de primer orden.
Al mismo tiempo, en el plano de la información y la ideología, los aparatos mediáticos y las plataformas digitales no solo moldean las percepciones, sino que configuran las posibilidades políticas mismas, transformando la verdad en una infraestructura en permanente disputa. Finalmente, la competencia tecnológica en campos como la inteligencia artificial, los semiconductores y los sistemas de vigilancia erige el armazón de las jerarquías de poder venideras. En este tablero no existe la retaguardia: el sistema en su totalidad es el frente.
Escalada controlada y los confines de la guerra total
A pesar de su encono e intensidad, el sistema no transitó hacia la guerra total. Esto no obedeció a la templanza de los actores, sino a las constricciones objetivas que operan sobre ellos: la disuasión nuclear que veda el choque directo, la interdependencia económica que engendra una vulnerabilidad mutua y la inestabilidad social que constriñe el margen de maniobra de las clases dominantes. Por consiguiente, las potencias globales recurren a una escalada controlada: intensifican las presiones sin rebasar los umbrales que precipitarían el colapso sistémico.
De ello resulta una configuración histórica inédita: una guerra permanente desprovista de clímax o desenlace, una conflagración que debe prolongarse pero a la cual se le prohíbe alcanzar una resolución definitiva, y la consecuente fragmentación de la clase trabajadora y de las fuerzas de transformación social a escala planetaria.
En este engranaje, afirma Murphy que los desheredados de la tierra ocupan una posición paradójica. Se encuentran inmersos en cadenas de suministro transfronterizas, sometidos a las tensiones de la inflación y las políticas de austeridad, desplazados por efecto de la reestructuración tecnológica y dispersos ideológicamente a través de narrativas de arraigo local.
El resultado no estriba únicamente en la explotación, sino en la atomización de la conciencia de los trabajadores del mundo. Esta fractura no es azarosa, sino un producto estructural concebido para obturar toda resistencia unificada. Desde una perspectiva emancipadora, este punto resulta crucial: la estabilidad del imperialismo capitalista global descansa sobre la incapacidad de las fuerzas de cambio para reconocerse como una corriente ecuménica cohesionada.
¿Multipolaridad o reconfiguración imperial?
Con frecuencia se interpreta el ascenso de la multipolaridad como un tránsito paulatino que nos aleja de la hegemonía unipolar. Si bien entraña una redistribución del poder, no presupone el ocaso del imperialismo; bien puede encarnar la mera reorganización de la competencia entre potencias, la diversificación de los centros de acumulación y la parcelación de la hegemonía global en bloques regionales.
Sin una alteración sustantiva de las relaciones estructurales de fondo, la multipolaridad corre el riesgo de devenir una multiplicidad de formas imperialistas en lugar de su abolición. La interrogante capital no reside en el número de polos existentes, sino en la naturaleza de las relaciones sociales que los vertebran.
El mundo no experimenta la ausencia de guerra, sino su conversión en un estado sistémico crónico. No nos hallamos ante una situación de paz, ni tampoco ante una guerra de corte tradicional. Se trata de un fenómeno inédito en la historia: un orden imperialista capitalista global que se reproduce mediante crisis permanentes y distribuidas.
Bajo la óptica de Murphy, esto no representa estabilidad alguna, sino una contradicción a gran escala. La pregunta fundamental ya no es cuándo estallará la Tercera Guerra Mundial, sino si somos capaces de advertir que esta ya asumió la forma de un sistema global y dejó de ser un mero suceso transitorio.
Si esta premisa resulta certera, el desafío no radica en la prognosis, sino en la inteligibilidad y, en última instancia, en la transformación. Un orden que sobrevive gracias al desastre gestionado no se desvanece por mutuo propio; fenece cuando sus contradicciones se vuelven en su contra.
De esto se vislumbraron indicios en la crisis de las relaciones transatlánticas, secuela directa de la agresión estadounidense-israelí contra Irán, que provocó el consiguiente cierre del estrecho de Ormuz y desencadenó una crisis energética global que amenaza con sumir a la economía mundial en el estancamiento o la depresión.
El pueblo, la democracia y algunos malentendidos
Andrea Zhok
El problema que plantea la democracia es el de la existencia y el funcionamiento de un pueblo (demos). Afirmar que "la soberanía reside en el pueblo" es un paso esencial, pero insuficiente.
La izquierda progresista y liberal ha creado una ficción, desprovista de fundamento histórico o práctico, según la cual las democracias pueden existir sin pueblo. De hecho, estas "democracias sin pueblo" no son más que la reducción de la democracia a un espacio (global) de intercambios voluntarios. Esta es la "democracia" donde "un dólar es un voto" y donde la voluntad del pueblo se expresa mediante actos de compra en el mercado. Obviamente, aquí no existe una identidad colectiva y, por lo tanto, tampoco un horizonte político, que requiere la posibilidad de un diálogo horizontal entre todos los responsables de la toma de decisiones. Esta es la "aldea global" de "ciudadanos del mundo". La política es sustituida por la economía, la democracia por el mercado. Ya sea que lo sepan o no, esta es precisamente la dirección que están tomando todos los activistas del movimiento "sin fronteras", junto con quienes consideran la ciudadanía un lujo inútil o una distinción políticamente correcta.
Las democracias surgieron con la aparición de sistemas políticos definidos territorialmente, donde las leyes, decididas por quienes pertenecen permanentemente a un territorio, rigen lo que sucede dentro de él. (Por eso existen excepciones —la extraterritorialidad— como las embajadas o los barcos, donde, de manera totalmente excepcional, una ley definida por un pueblo se aplica a un territorio distante y diferente).
De lo contrario, existen imperios, monarquías u oligarquías plutocráticas.
Pero si la izquierda se muestra confusa e indecisa en su concepción del pueblo y la soberanía popular, la derecha no lo es menos.
Existe un sector de la derecha —actualmente minoritario— que nunca ha reconocido la idea misma de soberanía popular, y con ella la idea misma de democracia.
Luego está un sector importante de la derecha que abraza la visión liberal-democrática, según la cual un dólar equivale a un voto, y según la cual las decisiones de la gente deberían, en última instancia, ser ponderadas, no simplemente contadas: los más ricos tienen más peso, y eso es correcto. Esta perspectiva abraza formalmente la democracia, considerándola una forma de plutocracia. En la medida en que reflexiona sobre ella, esta derecha se justifica basándose en una forma de "darwinismo social".
Finalmente, existe un sector de la derecha que permanece sumido en un caos cultural absoluto, creyendo que basta con hablar de "tradiciones", "raíces judeocristianas" o "italianidad" para acertar. Esta es la parte más insidiosa, pues la confusión mental propicia la mezcla indiscriminada de elementos muy distintos, tanto correctos como incorrectos, ganando paradójicamente credibilidad precisamente por esta confusión, en la que todos reconocen algo similar.
El concepto de "tradición" es de suma importancia, ya que es esencialmente sinónimo de "transmisión cultural", y ningún pueblo (ni ninguna política democrática) existe sin una comunidad sana dedicada a la "transmisión cultural". Sin embargo, la "tradición" en boca de la derecha suele referirse a cosas como la Sagra dei Osei o el Festival de la Porchetta: eventos muy valiosos, por supuesto, pero que en esencia son marcas vendidas a los turistas como "productos típicos". Al mismo tiempo que pregona estas "tradiciones", la derecha (al igual que la izquierda) desmantela los planes de estudio, demuele teatros, acoge con júbilo la americanización de las academias, etc.
En cuanto a expresiones como "raíces judeocristianas", se trata de una hipostatización descabellada, una invención, dado que 1) la historia del cristianismo está de forma proverbial dividida internamente, 2) el judaísmo en Europa no ha tenido ninguna relevancia como culto —confinado mayoritariamente a guetos— y 3) las raíces comunes más amplias y unificadoras de la cultura europea son las grecorromanas, a partir de las cuales se han establecido diversas formas de cristianismo (consideremos la conexión entre el cristianismo ortodoxo y las raíces griegas del Imperio Romano de Oriente).
Esta hipostatización, sin embargo, no es un error inocente. De hecho, sirve para DESTRUIR las raíces de Europa, devolviéndolas a la esfera de influencia de Occidente, liderado por Estados Unidos. Las «raíces judeocristianas» son una invención cuyo verdadero significado no es reconectar con la propia tradición cultural (europea), sino asimilarse a la díada estadounidense-israelí que ha dominado la política occidental desde 1945.
Es sobre esta base que surge el antiislamismo de derecha, que confunde intencionadamente el problema (real) de los flujos migratorios descontrolados con el problema (ficticio) de la islamización de Occidente. Como si los disturbios en los suburbios o los ataques del ISIS fueran momentos de un «proceso de islamización».
Nota final:
Esto, sin embargo, no significa que Europa no pueda «islamizarse» en algún momento.
Dado que existen innumerables variedades de islam y que, por lo tanto, cualquier mención de «islamización», sin aclaración, agrupa cosas literalmente inconmensurables, no se excluye en absoluto que Europa pueda «islamizarse» en algún momento.
Si esto ocurre, no será mediante un golpe de Estado ni la imposición forzosa de la ley islámica, sino mediante la conversión voluntaria de los europeos: el logro de la hegemonía interna.
El islam es una religión en auge hoy en día porque representa una perspectiva espiritual en un mundo, como el de la Europa neoliberal, que ha erradicado sistemáticamente toda dimensión espiritual. Poco importa que Europa pueda reconectar legítimamente con una rica tradición espiritual. Si esto se queda en un estandarte que se exhibe en alguna ceremonia pública, sin ningún fundamento, su destino está sellado. La naturaleza, incluida la humana, aborrece el vacío. Y el vacío espiritual (las vicisitudes de la decadencia del Imperio Romano lo ilustran bien) nunca se tolera por mucho tiempo. Puede convertirse en un campo de batalla para el conflicto internacional. En palabras de Jean Thiriart, el caballero euroasiático que fundó la Joven Europa: «El destino mismo de la humanidad depende del futuro de Europa, y nadie puede reemplazar a Europa en esta misión para con la humanidad. La misión de Europa es ser la nación líder».

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