Tras semanas de escalada militar y negociaciones al borde del colapso, Irán y Estados Unidos alcanzaron un
memorando de entendimiento que podría allanar el camino para el fin de la guerra que estalló el 28 de febrero y una nueva etapa en las relaciones regionales. El acuerdo se produjo después de nuevas concesiones por parte de Washington, a raíz del bombardeo israelí de Beirut, que había llevado a Teherán a considerar una respuesta militar a gran escala. Según fuentes iraníes, el ataque israelí en las afueras del sur de la capital libanesa había traspasado las "líneas rojas" de la República Islámica, poniendo en peligro todo el proceso diplomático. Las últimas iniciativas del gobierno de Trump, incluido el levantamiento inmediato del bloqueo naval estadounidense contra Irán y el compromiso de poner fin a las operaciones militares en el Líbano, habrían cambiado la situación.
Para Teherán, el acuerdo representa una victoria tanto diplomática como estratégica. El presidente Masoud Pezeshkian afirmó que la resistencia iraní obligó a Washington a abandonar muchas de sus demandas iniciales, mientras que los líderes militares argumentaron que Estados Unidos e Israel debían reconocer los límites de la presión militar contra la República Islámica. Donald Trump también celebró el acuerdo, anunciando la reapertura del estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo naval impuesto en abril. Sin embargo, persisten las altas tensiones con Israel. Varios miembros del gobierno de Netanyahu han criticado abiertamente el acuerdo, calificándolo de perjudicial para la seguridad israelí y prometiendo continuar las operaciones contra Hezbolá en el Líbano.
El memorándum prevé ahora un periodo de 60 días de negociaciones para convertir el acuerdo en definitivo. Cuestiones cruciales siguen sobre la mesa: el levantamiento de las sanciones contra Irán, el futuro del programa nuclear, la indemnización por los daños de guerra y la gestión del estrecho de Ormuz. A pesar del optimismo expresado por numerosos gobiernos, desde Pekín hasta las principales capitales europeas, la cautela prevalece en Teherán. El recuerdo de acuerdos anteriores fallidos y de las operaciones militares llevadas a cabo durante las negociaciones alimenta una profunda desconfianza hacia Washington. Por ello, muchos observadores creen que la verdadera prueba no será la firma del acuerdo, sino su implementación efectiva sobre el terreno. Tras meses de guerra, bombardeos y presión económica, el acuerdo representa, ante todo, el reconocimiento de una realidad que surgió en el campo de batalla.
Los objetivos iniciales de la coalición Epstein —debilitar decisivamente al ejército iraní, lograr un cambio de régimen e imponer nuevas condiciones estratégicas en la región— no se alcanzaron. Por el contrario, Irán logró preservar sus capacidades militares, mantener la cohesión interna y obligar a sus adversarios a regresar a la mesa de negociaciones. La guerra también confirmó la eficacia de la estrategia iraní de disuasión y guerra asimétrica. A pesar de enfrentarse a una coalición con recursos militares, tecnológicos y económicos incomparablemente superiores, Teherán logró convertir su aparente vulnerabilidad en una fortaleza, aumentando los costos políticos, económicos y militares del conflicto para sus adversarios. Si se respeta el memorándum, podría pasar a la historia no solo como un acuerdo diplomático, sino como la certificación de una victoria estratégica iraní.
De la superioridad en el campo de batalla al apalancamiento estratégico: toma forma la nueva doctrina posbélica de Irán
HispanTV
El memorando de entendimiento, destinado a poner fin a la última fase de la guerra de agresión de EE.UU. e Israel, es esencialmente la codificación política de una realidad en el campo de batalla.
Lo ocurrido en las últimas semanas no es simplemente un proceso de alto el fuego ni un acuerdo temporal de desescalada. Más bien, marca la transición desde una confrontación militar directa hacia una lucha política altamente compleja, una que en cualquier momento puede volver a convertirse en una guerra abierta, especialmente con el desquiciado y sediento de sangre “régimen sionista”.
El punto aquí es que la ausencia de guerra no significa necesariamente paz. En este contexto, el fin de la guerra militar representa el inicio de una guerra política, que puede volver a intersectarse con el fuego militar, especialmente dado que el adversario es el “régimen sionista”.
Para Irán y el eje de la resistencia en general, el enemigo no ha logrado alcanzar ninguno de sus objetivos militares o políticos declarados en esta guerra, a pesar de una agresión militar sin precedentes, asesinatos de alto perfil y bombardeos sistemáticos de infraestructuras civiles y críticas.
Es este fracaso militar —y no una buena voluntad diplomática— el que constituye la base del entendimiento actual, el cual, en una situación ideal, se espera que evolucione hacia un acuerdo a largo plazo.
Esta distinción es sumamente importante. Teherán no percibe el momento actual como el fin de la guerra impuesta. Lo considera como la etapa inicial de una nueva fase dentro de la misma guerra, una fase en la que la diplomacia misma se convierte en otro campo de batalla.
Período posterior a la guerra y nueva doctrina
El primer punto y el más fundamental a considerar es que Irán rechaza la dicotomía simplista y engañosa de guerra versus paz. Aunque el acuerdo para poner fin a la guerra impuesta se mantiene como un documento de la autoridad de Irán, alcanzado después de que el enemigo fracasara en el campo de batalla al no lograr sus objetivos, en realidad no es más que el inicio de un camino de guerra política.
Esto no es un ejercicio de sutilezas semánticas, sino una realidad estratégica. Un enemigo derrotado no se transforma en un socio cooperativo; se convierte en una bomba de tiempo resentida. Y un enemigo resentido, particularmente uno con el probado apetito del “régimen sionista” por ataques preventivos, aprovechará cualquier intermedio para rearmarse, recalcular y eventualmente violar los términos de la calma.
La primera y quizá más importante consecuencia política de la guerra es, por lo tanto, la consolidación de este marco de resistencia. La idea de que la presión en un frente puede aislarse de los demás ha colapsado por completo. Cualquier futura confrontación con un componente del eje ahora conlleva el riesgo de activar múltiples escenarios simultáneamente.
Precisamente por eso, el sur del Líbano ocupa una importancia tan estratégica en las negociaciones actuales. La continuación de cualquier acto de agresión u ocupación, específicamente en el sur del Líbano, no es una zona gris ni un retraso técnico. Es una violación clara del entendimiento para poner fin a la guerra. En cualquier guerra, inmediatamente después del cese de hostilidades, se espera que la parte ocupante evacúe los territorios ocupados sin demora.
El enemigo debe elegir: o retirarse por completo e inmediatamente, admitiendo así que su presencia siempre fue ilegítima, o permanecer, en cuyo caso Irán declarará nulo el alto el fuego. No hay tercera opción.
La posición de Teherán es que la escalada militar y la diplomacia ya no pueden separarse en dos vías paralelas. Un ataque contra Líbano, Gaza, Siria o intereses iraníes en otros lugares no sería tratado como un evento de seguridad aislado. Se consideraría una interrupción deliberada del proceso de negociación y, por lo tanto, requeriría una respuesta proporcional.
En la superficie, la proporcionalidad suena medida y contenida. Pero dentro de la doctrina estratégica iraní, significa lo suficientemente dolorosa como para restablecer la disuasión. Un solo sobrevuelo israelí podría ser respondido con una andanada de misiles. Una incursión terrestre limitada podría desencadenar una respuesta de múltiples frentes desde Líbano, Siria e Irak. En esta interpretación, la proporcionalidad se convierte en una escalera de escalada cuyo primer peldaño ya se encuentra peligrosamente alto.
Los próximos días, particularmente hasta la esperada firma formal del entendimiento el viernes en Ginebra, se consideran, por lo tanto, en Teherán como una fase crítica de verificación. Se está evaluando si Washington y Tel Aviv están realmente preparados para cumplir las obligaciones asociadas con el fin de la guerra ilegal e injusta en todos los frentes, incluido el Líbano.
Arquitectura de la “confianza cero”
Este énfasis en la “verificación” revela una de las realidades estructurales más profundas y lógicas que han moldeado el pensamiento estratégico iraní: la desconfianza absoluta hacia Estados Unidos.
Debido a la experiencia repetida de traición y mala fe por parte de Estados Unidos a lo largo de los años, el entendimiento emergente se construye sobre una confianza cero hacia la otra parte. Esa expresión, “confianza cero”, no es una queja diplomática, sino un concepto formado por una experiencia amarga.
Funcionarios y analistas iraníes señalan décadas de mala fe estadounidense, promesas incumplidas, escalada de sanciones, asesinatos y ataques militares ocurridos incluso en medio del proceso diplomático. La frase “bombardear la mesa de negociaciones” se ha vuelto particularmente importante en el discurso iraní porque encapsula la creencia de que Washington utiliza con frecuencia la diplomacia de forma táctica mientras aplica simultáneamente presión militar.
Esto implica que cualquier acuerdo, ahora o en el futuro, debe funcionar como si la otra parte fuera a romperlo mañana. Y los únicos acuerdos que pueden sobrevivir a ese supuesto son aquellos respaldados por garantías inmediatas, inherentes y efectivas.
En lugar de depender de garantías de instituciones internacionales o compromisos occidentales, Irán está decidido a anclar la disuasión en sus propias capacidades inmediatas. Dos instrumentos están en el centro de este marco disuasorio: el estrecho de Ormuz y la amenaza de una represalia militar decisiva.
El estrecho de Ormuz permanece bajo la soberanía de facto de Irán. El veinte por ciento del petróleo mundial pasa por ese estrecho cuello de botella. Cada buque cisterna, cada aseguradora y cada nación importadora de petróleo sabe que Irán puede, en cuestión de horas, sumir a los mercados energéticos globales en el caos.
Esto otorga a Irán un enorme poder de presión durante períodos de crisis como este, pero también funciona como un mecanismo activo de cumplimiento capaz de garantizar la adhesión a futuros acuerdos. En otras palabras, la disuasión ya no es un comportamiento temporal de guerra, sino que se está institucionalizando como un componente permanente de la arquitectura diplomática de Irán.
La segunda garantía es la integración del Frente de la Resistencia y la capacidad de responder militarmente en múltiples frentes, porque la preparación militar no se trata como un obstáculo para la diplomacia, sino como su garante esencial. Irán demostró, en el período previo al entendimiento actual, que podía unificar al Movimiento de Resistencia Islámica del Líbano (Hezbolá), a los grupos de resistencia iraquíes y al movimiento popular yemení Ansarolá en una red estratégica coordinada contra el enemigo.
Esto no es una alianza de conveniencia, sino un sistema de disuasión regional bien organizado. Un ataque contra los intereses iraníes ya no exige necesariamente una respuesta militar iraní directa. Un cohete desde Líbano, un dron desde Yemen, un ataque desde Irak: todos estos pueden enmarcarse como actos autónomos de resistencia, pero cada uno responde a cálculos estratégicos. Esto otorga a Irán una superioridad asimétrica y la capacidad de infligir daño a sus enemigos sin involucrarse directamente.
Esto explica por qué Irán insiste en que las opciones militares, el margen de maniobra económico y la posibilidad de suspender las negociaciones deben permanecer disponibles hasta que entre en vigor un acuerdo final.
La cuestión nuclear ocupa un lugar distinto pero importante dentro de este marco. El compromiso de Irán de no producir armas nucleares no es una declaración nueva ni un anuncio sorprendente. Es uno de los principios permanentes de la doctrina de defensa iraní.
Al reafirmar una posición existente en lugar de ofrecer una nueva concesión, Irán neutraliza cualquier intento occidental de exigir un “retroceso nuclear” como victoria en las negociaciones.
El mensaje es claro y directo: ya dijimos que no queremos una bomba. Eso era cierto antes de la guerra, durante la guerra y después de la guerra. Por lo tanto, no se nos pida renunciar a algo que nunca buscamos, como si se hubiera ganado un nuevo logro. Esto cierra efectivamente una importante carta de negociación.
El pueblo como garantía clave
Sin embargo, quizás la dimensión más decisiva de la doctrina emergente se refiere al papel de la movilización popular. La presencia activa del pueblo en el terreno se considera necesaria para garantizar la integridad de los futuros procesos de negociación tras el fin de la tercera guerra impuesta. Cuando existen estrechos navales, misiles balísticos y milicias en el frente, ¿por qué invocar a la población? La respuesta está profundamente arraigada en la historia política reciente de Irán.
La Revolución Islámica de 1979 fue un levantamiento popular. La guerra impuesta de los años 80 se sostuvo gracias a fuerzas paramilitares voluntarias. En las dos últimas guerras impuestas, el pueblo estuvo en la primera línea, apoyando tanto al liderazgo como a las fuerzas armadas.
La participación pública, por lo tanto, cumple varias funciones simultáneamente: refuerza la cohesión nacional, fortalece la disuasión al mostrar resiliencia y evita que actores externos exploten divisiones internas durante negociaciones sensibles.
Al pedir una presencia popular activa como garantía para las negociaciones, Irán está logrando dos cosas al mismo tiempo.
Primero, se trata de externalizar la presión interna. Una población movilizada crea una realidad política que ningún negociador puede ignorar. Si la otra parte espera que Irán haga concesiones bajo presión económica, una población movilizada señala que el coste de abandonar la mesa es menor que el coste de un mal acuerdo.
Segundo, el propio acto de movilización es en sí mismo una victoria. El pueblo se convierte tanto en escudo como en espada contra cualquier enemigo que confunda el silencio popular con debilidad.
La humillación, el descrédito y la derrota del enemigo deben ser recordados constantemente. En cualquier negociación futura, se debe aparecer desde la posición de una potencia victoriosa en el campo de batalla, manteniendo la ventaja sobre una parte derrotada que no tiene otra opción que aceptar el fin de una guerra que impuso a una nación de casi 90 millones de personas.
El requisito previo para tal postura es una comprensión correcta de las condiciones en las que se encuentra el enemigo. La victoria, en este marco, no es un eslogan. Es una evaluación basada en datos de las líneas de suministro del enemigo, sus fracturas políticas, su agotamiento económico y su moral.
Solo conociendo exactamente cuán debilitado está el enemigo se puede negociar desde una posición de fuerza genuina y autoridad indiscutible.
La victoria de Irán
Gianna Rosciolesi*
Este fin de semana se anunció un nuevo memorándum de entendimiento que daría fin a la guerra de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica. Irán, manejó los tiempos de las negociaciones y consolidó su triunfo ante los ojos del mundo.
Irán ganó la guerra. Desde hace meses, la República Islámica venía demostrando que su posición frente a los ataques de Estados Unidos e Israel no sería la de un país derrotado. Mantuvo una postura firme en las negociaciones, priorizando sus intereses estratégicos; expuso las limitaciones de la protección estadounidense sobre los países del Golfo; logró condicionar el tránsito por el Estrecho de Ormuz; y frustró el proyecto sionista de expansión y consolidación regional.
La pretensión del eje estadounidense-israelí de impulsar un cambio de gobierno en Teherán, presentada desde el inicio de las hostilidades del 28 de febrero como uno de los principales objetivos de la ofensiva, terminó fracasando. Tampoco se alcanzó el segundo objetivo central: imponer un control efectivo sobre el programa iraní de enriquecimiento de uranio.
El cierre del conflicto y las condiciones que dieron lugar al último acuerdo de paz llevaron la impronta iraní. La reanudación de los ataques sobre territorio israelí y las ofensivas contra bases estadounidenses en el Golfo durante la última semana funcionaron como una demostración de fuerza: Occidente ya no puede actuar en Asia Occidental con el mismo margen de maniobra que durante las últimas décadas.
El Acuerdo Final
“El fin de la guerra, incluida la del Líbano, será anunciado en el marco del memorando de entendimiento para poner fin al conflicto”, declaró este domingo el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi.
El pasado 7 de junio, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica lanzó una serie de ataques contra el norte de Israel en respuesta a los bombardeos ejecutados por el ejército israelí sobre Beirut. Desde las primeras discusiones en torno a un posible cese del fuego, Teherán sostuvo una posición firme, el Líbano debía ser incluido en cualquier acuerdo de tregua y toda agresión contra territorio libanés sería considerada una agresión directa contra Irán.
Las presiones ejercidas por Teherán, concibieron una respuesta de Israel y Estados Unidos que no pudo disuadir la proyección de la defensa chiita.
Seguidamente, los funcionarios representantes de Irán y la Casa Blanca se encontraron durante varios días en Islamabad, bajo la mediación pakistaní y qatarí para negociar ahora sí, un marco de entendimiento.
Tras las negociaciones, delegaciones de los países involucrados anunciaron que en los próximos días se firmará en Ginebra el acuerdo definitivo destinado a cerrar la guerra iniciada contra Teherán.
El acuerdo incluye la finalización de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el Líbano, de forma inmediata y permanente, y el bloqueo marítimo impuesto a Irán durante la guerra.
Al mismo tiempo, se mencionó que Estados Unidos y algunos países europeos estudian alivios graduales de sanciones a Irán, además de la liberación de fondos iraníes congelados en el exterior.
El acuerdo también incluye el compromiso iraní de no desarrollar armamento nuclear, la reapertura del Estrecho de Ormuz en un plazo de treinta días bajo un nuevo esquema de control marítimo que incorporará el cobro de tarifas de tránsito, y un período de sesenta días de negociaciones destinado a alcanzar un acuerdo nuclear definitivo.
En Israel, las repercusiones no tardaron en llegar. El diario Maariv sostuvo que Tel Aviv había fracasado en su intento de influir sobre los términos finales del acuerdo, atribuyendo esta situación al escaso margen de maniobra del liderazgo político israelí durante las negociaciones.
Por su parte, Araghchi advirtió sobre las dificultades que podrían surgir en la implementación del entendimiento. “La otra parte se caracteriza por su incumplimiento de compromisos, y debemos prever problemas importantes en su implementación. No estamos tratando con actores plenamente comprometidos con el acuerdo y, por lo tanto, debemos cerrar las lagunas que les permitan eludir sus obligaciones”, afirmó.
Para las autoridades iraníes, el desenlace del conflicto representa un punto de inflexión en la correlación de fuerzas regional. Teherán ha desmantelado la narrativa occidental y colocó en eje las prioridades soberanas de su país, y de toda la zona.
El control de Ormuz
Previo a los ataques de febrero de 2026, Estados Unidos se había autodenominado como la potencia encargada de garantizar “la libertad” de navegación en el cruce estratégico de Ormuz. Bajo la directiva del “tránsito de paso” impuesta por las normativas del derecho internacional, se condicionó a los países que cuentan con soberanía en las aguas aceptar el paso de los buques que por allí transitaran.
Sin embargo la utilización del concepto de “tránsito de paso” ha servido para justificar la presencia militar extranjera permanente en la región. Desde mediados de los años 90, Estados Unidos patrulló de facto el paso del Estrecho de Ormuz y del Golfo Pérsico, bajo el comando de la Quinta Flota de la Marina estadounidense, con base en Bahrein.
Desde una perspectiva jurídica, las aguas del Estrecho están repartidas entre Irán y Omán, países ribereños al paso donde circula el 20% del comercio mundial.
De esta manera, la República Islámica ha definido el bloqueo del Estrecho como una de sus estrategias fundamentales para negociar el fin de la guerra. La lógica persa evidenció la intención de presionar a
EE.UU. demostrando que si lo que busca es una libre circulación energética, debería levantar sanciones o aceptar nuevos arreglos regionales.
En ese sentido, los funcionarios de Irán y el Reino de Omán anunciaron recientemente que ambos países gestionarán conjuntamente Ormuz, de conformidad con el derecho internacional.
La emisora estatal iraní IRIB, citó a Araghchi quien afirmó que “Irán y Omán, como países ribereños de esta vía fluvial estratégica, tienen el derecho natural a coordinarse y tomar decisiones con respecto a su gestión.”
Además, añadió que la República Islámica intercambiaría puntos de vista con los países del Golfo sobre los acontecimientos relacionados con el cruce, pero recalcó que las decisiones relativas a su administración serían tomadas en última instancia por Teherán y Mascate.
Este último anuncio se enmarca en una corriente de pensamiento surgida luego de los recientes enfrentamientos, en donde diversos sectores del gobierno persa consideran que una futura seguridad colectiva regional debería incluir a Irán, Irak, Qatar y Omán, reduciendo la dependencia de bases estadounidenses y británicas.
Andrea Ghiselli, profesora de política internacional en la Universidad de Exeter y directora de investigación del Proyecto ChinaMed, analizó que los acuerdos que Irán está firmando con otros países para concederles el paso por el estrecho “debilitan la influencia de Estados Unidos” ante las amenazas de Trump. Irán está demostrando su capacidad para gestionar el Estrecho, añadió Ghiselli, sin la intervención estadounidense.
Nuevos ejes, nuevas formas
Previo los inicios de la guerra, Estados Unidos contaba con alrededor de 30 bases en el Golfo Pérsico distribuidas en Bahréin, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania e Irak.
Además, varios países como Arabia Saudita, Kuwait, Qatar y Omán, eran mencionados como potenciales reinos a firmar los Acuerdos de Abraham o a normalizar bajo otras estrategias más sutiles el reconocimiento de Israel.
Irán movió sustancialmente el tablero.
Si bien en las últimas décadas el orden de “seguridad” en la región se basó principalmente en la presencia occidental, en la actualidad, esta construcción se está desmoronando gradualmente dando paso a un nuevo orden.
Las monarquías árabes observaron el desamparo de aquella seguridad prometida por Estados Unidos, evidenciada por los ataques de la Guardia Revolucionaria a las diferentes bases del Pentágono en toda la Península Arábiga.
Este modelo generó dependencia e impidió que los países de la región desarrollen mecanismos de seguridad propios. La Casa Blanca ha demostrado que, salvo en el caso de Israel, no está dispuesto a sacrificar sus intereses generales por la seguridad de ningún otro Estado.
Esto dio pie a la construcción de nuevos ejes para la conformación de alianzas que puedan consolidar una estrategia de seguridad propia de los estados del suroeste asiático.
El nuevo eje suní-hanafí, compuesto por Arabia Saudita, Türkiye, Egipto, Pakistán y Qatar, establece una nueva medialuna de influencia y defensa de la región:
- Arabia Saudita ocupa un lugar central como principal impulsor económico de la nueva configuración regional. Los objetivos de modernización y diversificación planteados por Riad en su Visión 2030, requieren un escenario de estabilidad que reduzca los riesgos asociados a los conflictos regionales. En este contexto, el acercamiento a Irán forma parte de una estrategia orientada a consolidar un entorno favorable para las inversiones, el comercio y el desarrollo de grandes proyectos de infraestructura. Su aporte al eje radica en su capacidad para movilizar recursos financieros y promover iniciativas de integración económica.
- Türkiye se perfila como uno de los principales articuladores políticos de este proceso. Su ubicación geográfica y su capacidad para vincular distintos espacios regionales le otorgan una posición privilegiada para impulsar nuevas dinámicas de cooperación. Ankara ha buscado construir una política exterior basada en la autonomía estratégica y en la diversificación de sus alianzas, lo que le permite mantener canales de diálogo con múltiples actores. Su relación pragmática con Irán la convierte en una pieza clave para la consolidación de un orden regional más equilibrado.
- Egipto aporta legitimidad política, capacidad institucional y peso estratégico. Como uno de los Estados más influyentes del mundo árabe, El Cairo ha privilegiado históricamente la preservación de la estabilidad regional y la contención de escenarios de fragmentación. Su participación en esta nueva arquitectura responde al interés de fortalecer mecanismos de cooperación que reduzcan la dependencia de actores externos. Al mismo tiempo, su control de rutas comerciales fundamentales y su relevancia demográfica refuerzan su papel como actor indispensable en cualquier proyecto de integración regional.
- Pakistán representa uno de los principales pilares de seguridad dentro del eje emergente. Su peso militar, su capacidad tecnológica y su condición de potencia nuclear le otorgan una relevancia estratégica difícil de igualar en el mundo islámico. La cooperación que mantiene con Türkiye, Qatar y diversos países del Golfo amplía su influencia regional, mientras que sus vínculos con Irán contribuyen a reducir tensiones.
- Qatar desempeña una función de enlace entre actores con intereses diversos. Su capacidad para sostener relaciones simultáneas con Irán, Türkiye, Estados Unidos y distintas fuerzas políticas de la región le permite actuar como intermediario en momentos de tensión. A ello se suma su importante capacidad financiera, que le brinda herramientas para respaldar iniciativas diplomáticas y proyectos de cooperación económica. En este nuevo esquema regional, Doha se posiciona como un facilitador del diálogo y un actor capaz de tender puentes entre espacios políticos que tradicionalmente han permanecido enfrentados.
Esta articulación, representa entonces una alianza que busca integrar la seguridad, coordinación y estabilidad a partir de las acciones de los actores regionales, y ya no, en la dependencia de influencia extranjera.
Estados Unidos e Israel derrotados
La entidad sionista ha intentado sabotear cualquier acercamiento a un entendimiento que dé un cierre a la guerra impuesta sobre Irán. A medida que se anunciaban intenciones de formalizar el acuerdo, Israel intensificaba sus operaciones en el Líbano, en Gaza y en Irán.
Esta estrategia fue criticada por el mismo presidente estadounidense, Donald Trump, quien atrapado entre las presiones de su Congreso, su autodenominación de “líder de la paz”, el mundial FIFA 2026 y las elecciones de noviembre, buscaba construir alguna alternativa para finalizar la guerra que estaba perdiendo.
Trump necesitaba demostrar que podía terminar un conflicto que estaba alterando su economía, estabilizar los precios del mercado energético y llegar a las elecciones parlamentarias sin un frente abierto en Irán.
En ese sentido, el inquilino de la Casa Blanca presionó al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, frente a los incesantes ataques sionistas a los Estados que son parte del Acuerdo Final.
Queda a ver, qué nuevas estrategias calcula este eje colonial para intentar reconstruir su poder regional. No hay que olvidar las palabras del Ministro de Asuntos Exteriores, quien sentenció que el enemigo no es de fiar, por lo que la capacidad de respuesta de Irán continuará pendiente a los futuros acontecimientos.
Sin embargo, la República Islámica se ha catalogado ante los ojos del mundo como la nación vencedora frente a la Guerra.
Irán no es el mismo. Su cúpula política fue embestida, e incluso perdió a su principal líder, el Ayatolá Jamenei, cientos de científicos y especialistas de su programa nuclear fueron asesinados, miles de civiles objetivados como blancos, y sin embargo, se mantuvo firme frente a sus convicciones.
La guerra comenzó con la intención de deslegitimar el poder de Teherán, mas la nación persa dio vuelta la jugada y desmoronó la hegemonía occidental en toda la región.
Con objetivos claros, que aseguran su estabilidad económica, priorizan su industria energética, reorganizan el control de uno de los pasos comerciales más importantes del mundo, y resguardan la soberanía de sus aliados, la República Islámica se convirtió en el ganador.
*Profesora en Comunicación Social, Técnica en Relaciones Públicas y Ceremonial, Integrante del equipo de Investigaciones de PIA Global.
Análisis: El pensamiento estratégico iraní
Thierry Meyssan
Desde sus primeros años de existencia, la República Islámica de Irán desarrolló una visión del mundo y un pensamiento estratégico. Ante la guerra que Israel y Estados Unidos le impusieron, Irán ha tenido que coordinar sus fuerzas armadas y su diplomacia, mientras que sus logros militares le han permitido plantearse la manera de continuar adelante con sus objetivos revolucionarios y garantizar simultáneamente la protección de su pueblo.
La visión del imam Khomeiny
1- El imam Ruollah Khomeiny no era un especialista de las relaciones internacionales. Pero para él era evidente que el Reino Unido y Estados Unidos eran los adversarios de siempre de Irán. El imam Khomeiny pensaba también que Israel era una posición avanzada de los anglosajones en el Medio Oriente [
1].
2- Durante la «guerra impuesta» a su país por las potencias occidentales desde Irak (1980-1988), el imam Khomeiny vio con horror el uso de los misiles cargados de gases venenosos que se abatían sobre las ciudades iraníes. Pensó entonces que su país nunca debería rebajarse a usar armas de destrucción masiva como aquellas… o como las bombas atómicas. En 1988, cuando la guerra alcanzaba ya casi 10 años de duración sin perspectivas de victoria a la vista, el imam Khomeiny redactó una fatwa en la que ordenaba el desmantelamiento del programa nuclear militar heredado del régimen de shah y de Francia. Fue una decisión difícil y el imam Khomeiny la tomó sabiendo que aquella decisión prolongaría la guerra.
Aquella
fatwa del imam Khomeiny fue ratificada por su sucesor, el ayatola Alí Khamenei. Es estúpido creer que los Guardianes de la Revolución –una fuerza basada en una fuerte doctrina– aceptarían violar una
fatwa [
2] o que permitirían que otros iraníes la violaran.
3- Una tercera posición del imam Khomeiny consistió en considerar que su primera obligación era defender la unidad del mundo islámico (
Umma), incluso antes que garantizar la victoria en una guerra. Khomeiny había concluido un pacto de no agresión con Hassan al-Banna, el fundador de la Hermandad Musulmana. Khomeiny y al-Banna se habían visto en 1938 y habían acordado un pacto de no agresión en 1947 [
3]. Pero Khomeiny y al-Banna nunca tuvieron la misma visión del islam y, a partir de 1949, la Hermandad Musulmana se convirtió en una secta secreta esencialmente controlada por los británicos.
Hoy en día, Irán mantiene relaciones con la Hermandad Musulmana y la invita a sus congresos panislámicos anuales mientras que, por otro lado, Teherán lucha contra organizaciones terroristas como Al-Qaeda y Daesh, cuyos dirigentes han sido, o son, miembros de la Hermandad Musulmana.
En 2005, el entonces presidente de la República Islámica, Mahmud Ahmadineyad industrializó el país, que hasta aquel momento había vivido únicamente del petróleo. Ahmadinayad emprendió después un vasto programa científico, dirigido a descubrir los secretos de la fusión nuclear. El objetivo del presidente Ahmadineyad era revitalizar la revolución antimperialista del imam Khomeiny gracias al descubrimiento de una fuente de energía que pondría fin a la dominación de las compañías petroleras y liberaría el Tercer Mundo –un proyecto sistemáticamente saboteado por Israel, que se dedica a asesinar los científicos nucleares iraníes.
El derecho a responder militarmente a la agresión y a liberar los Estados ocupados
La guerra que Israel y Estados Unidos iniciaron contra Irán, el 28 de febrero de 2026, abrió del lado iraní una reflexión estratégica. Ante la imposibilidad de responder atacando el territorio de Estados Unidos, a 10 000 kilómetros de las costas iraníes, los Guardianes de la Revolución atacaron las bases militares estadounidenses en el golfo Pérsico… y se sorprendieron al ver las importantes consecuencias de su respuesta militar. Sin sus bases en la región, el agresor estadounidense se vio gravemente disminuido –para mantener sus ataques contra Irán, tendría que disparar desde la isla de Diego García o desde Alemania.
Fue entonces cuando los diplomáticos iraníes también entraron en acción, recordando que el derecho internacional reconocía como legítima la respuesta militar de su país. Los diplomáticos iraníes sacaron a la luz la resolución 3314 (XXIX) de la Asamblea General de la ONU, que estipula que el derecho a responder a la agresión permite al Estado agredido extender su respuesta militar a los Estados que albergan bases militares al servicio de los Estados agresores [
4].
Algunos de los Estados de la región alcanzados por la respuesta militar iraní, como Emiratos Árabes Unidos, habían organizado –durante cerca de 50 años– las redes que permitían a Irán burlar el asedio económico estadounidense –o sea, las medidas coercitivas unilaterales impropiamente denominadas “sanciones” en Occidente. Los estrategas occidentales consideraban impensable que Irán atacara a esos países, por considerarlos “aliados”. Pero los Guardianes de la Revolución decidieron atacarlos para demostrarles que Estados Unidos no los protegía sino que, al contrario, sólo los utilizaba y los ponía en peligro. Los diplomáticos iraníes recordaron a sus vecinos árabes que, según el derecho internacional, van a tener que prohibir que las bases militares existentes en sus territorios sean utilizadas para agredir la República Islámica porque ese tipo de acción los convierte en cómplices de la agresión.
Pero las élites políticas árabes, sobre todo las del golfo Pérsico, siguen siendo sumisas ante las antiguas potencias coloniales. Generalmente, incluso las admiran. Emiratos Árabes Unidos es independiente sólo desde 1971. Hasta entonces, era sólo un “dominio” del Imperio británico, una pieza más del “Imperio de Indias”.
Todos esos factores hicieron que los ataques iraníes tuvieran el efecto de la clásica ducha fría sobre los Estados del golfo Pérsico al mostrarles que:
1) Estados Unidos, la primera potencia militar de la guerra fría, era incapaz de protegerlos;
2) las Naciones Unidas tampoco podían protegerlos dado el hecho que la resolución 2817, adoptada por el Consejo de Seguridad el 11 de marzo, en realidad viola el derecho internacional;
3) por consiguiente, las naciones árabes del golfo Pérsico se hallaban indefensas ya que ninguna dispone de un ejército realmente digno de ese nombre –los ejércitos de Arabia Saudita y de Qatar se componen principalmente de soldados extranjeros.
Fieles a la enseñanza del imam Khomeiny, los Guardianes de la Revolución programaron sus ataques con la intención de desorganizar las sociedades árabes del golfo Pérsico y, simultáneamente, hacer que sus Estados perciban la necesidad de liberarse de los anglosajones.
El control del estrecho de Ormuz y la liberación de los bancos extranjeros sometidos al Departamento del Tesoro
El Sultanato de Omán fue el primero en dar el paso. Ese país no albergaba bases estadounidenses, pero cerró su espacio aéreo y sus aguas territoriales a la aviación y a los buques de guerra de Estados Unidos.
Viendo como los armadores occidentales eran presa del pánico, los Guardianes de la Revolución comprobaron que el control sobre el estrecho de Ormuz les permitía influir efectivamente en la economía de Occidente, que desde 50 años ha venido apoyando el asedio que los anglosajones imponían a Irán. Reforzando esa postura, los diplomáticos iraníes subrayaron que el derecho internacional autoriza el cierre del estrecho al paso de los países agresores.
Los Guardianes de la Revolución decidieron entonces prohibir el paso a los barcos con banderas anglosajonas o vinculados a compañías de los países anglosajones. Los diplomáticos señalaron que el derecho internacional no autoriza el cobro de un “peaje” por el paso a través de un estrecho pero que sí autoriza los Estados ribereños a adoptar medidas destinadas a proteger el medioambiente. Por ejemplo, Irán y Omán pueden exigir juntos garantías a los petroleros en previsión de una catástrofe medioambiental como la del Amoco Cadiz.
El 1º de mayo, con la creación de la Autoridad del Estrecho del Golfo Pérsico (PGSA, siglas en inglés), incluso antes de haber obtenido el visto bueno de Omán, los Guardianes de la Revolución convirtieron esta guerra en una herramienta de su revolución antimperialista. Para cruzar el estrecho de Ormuz, los buques occidentales van a tener que depositar, en ciertos bancos iraníes, fondos de garantía que podrán recuperar después del tránsito por esa vía marítima.
El problema para Occidente es que el asedio contra Irán incluye el acceso de ese país al sistema Swift de transacciones bancarias: todos los bancos occidentales se comprometieron con el Tesoro estadounidense a no comerciar con Irán, bajo la amenaza de multas astronómicas. Por ejemplo, el banco francés BNP, que mantenía intercambios con Irán y con Cuba, tuvo que pagar una “multa” de 9 000 millones de dólares. Eso significa que ningún banco occidental está dispuesto a “violar” el asedio que los anglosajones imponen contra Irán… a menos que, claro está, los armadores empujen los responsables políticos a liberarse de los anglosajones.
Eso demuestra que la cuestión alrededor del estrecho de Ormuz no es la imposición de un “peaje” –que nunca existió. El problema reside en la sumisión de los aliados de Estados Unidos a la Foreign Account Tax Compliance Act (FACTA, una ley estadounidense sobre la conformidad fiscal de las cuentas extranjeras), sumisión que los convierte en cómplices de las maniobras estadounidenses.
Vale la pena recordar aquí que la “civilización” occidental se forjó en la Edad Media, alrededor de la condena, por parte de la Iglesia católica, de los asedios militares, y que esa misma Iglesia católica hoy sigue condenando los asedios impuestos contra países como Cuba, Irán y Corea del Norte.
Por otro lado, Irán ha solicitado al movimiento yemenita Ansar Allah que cierre el estrecho de Bab el-Mandeb a los barcos vinculados a los países agresores. Ese movimiento ya anunció que los barcos israelíes y estadounidenses deben abstenerse de transitar por allí.
Alto al fuego en Líbano y alejamiento entre Estados Unidos e Israel
Sin haberse resuelto aún la cuestión de la complicidad de Occidente con las medidas anglosajonas de asedio, los iraníes comprobaron que, a pesar de que el 11 de abril Estados Unidos había aceptado, en Islamabad, el principio de un alto al fuego “en todos los frentes”, incluyendo Líbano, Washington no reaccionaba ante los ataques de Israel contra ese país. El 16 de abril, el presidente estadounidense Donald Trump incluso había proclamado un alto al fuego entre Israel y Líbano [
5].
Los iraníes se interrogan entonces sobre las relaciones entre Estados Unidos e Israel. Unos piensan que Estados Unidos e Israel persiguen los mismos objetivos de dominación, otros que Washington y Tel Aviv se han repartido los papeles de “policía bueno” y “policía malo”. Pero un tercer grupo estima que Donald Trump y Benyamin Netanyahu ya no están en sintonía.
En todo caso, todos juntos deciden hacer lo posible por alejar las posiciones estadounidenses de las de Israel. Irán anuncia que los ataques israelíes contra Líbano violan los acuerdos preliminares de Islamabad y, por consiguiente, el alto al fuego, y amenaza con reanudar sus propios ataques contra Israel. El presidente de Estados Unidos, donde el apoyo a Israel es una cuestión histórica e indiscutible, se ve impedido de lograr la paz en el golfo Pérsico a causa de los ataques de Benyamin Netanyahu contra Líbano.
Inicialmente, el presidente Trump impone el inicio de negociaciones de paz, en Washington, entre Israel y el gobierno libanés. Esas conversaciones comienzan en presencia del subsecretario de la Guerra de Estados Unidos, el principal teórico de la agresión estadounidense contra Irán. Los israelíes exigían el desarme total del Hezbollah mientras que el gobierno libanés, expresando su conformidad con esa exigencia de Israel, reclamaban, primero que todo, la aplicación del “mecanismo”, o sea del alto al fuego pactado entre las dos partes el 27 de noviembre de 2024.
En este punto, se impone una mirada a la historia. En 1948, varios Estados árabes iniciaron una guerra contra el Estado israelí, autoproclamado en violación del plan de “partición de Palestina” de las Naciones Unidas. Los combatientes libaneses, encabezados por el emir druso Majid Arslan lograron varias victorias, pero Reino Unido, favoreciendo a la comunidad judía en Palestina, lanzó contra ellos el “ejército cisjordano”, encabezado por el general británico John Bagot Glubb y dirigido por sus oficiales británicos. Aquella guerra entre árabes e israelíes se presentó falsamente en Occidente como una victoria israelí, cuando en realidad fue una victoria de los británicos.
En 1965, la Liga Árabe decidió cesar todo contacto con el autoproclamado Estado de Israel. Líbano adoptó entonces una ley que prohíbe a los nacionales libaneses cualquier tipo de acuerdo –sea financiero, cultural o intelectual– y todo tipo de relación, en cualquier ámbito, con entidades o particulares israelíes. Esa ley libanesa contempla penas de 3 a 10 años de trabajos forzados para todo libanés que la infrinja. Además, según los artículos 273, 275 y 285 del Código Penal libanés todo “contacto con el enemigo” israelí constituye un crimen punible con la pena de muerte. Sin embargo, las delegaciones del gobierno libanés y de Israel se reunieron en Washington sin que el parlamento libanés derogara esas disposiciones.
El 29 de mayo, mientras las delegaciones del gobierno libanés y de Israel iniciaban en Washington una nueva ronda de negociaciones –ilegales a la luz de las leyes libanesas–, el ejército israelí arremetía nuevamente contra varias localidades del sur de Líbano, ordenando a sus pobladores abandonar sus casas y bombardeándolas. El 31 de mayo, las tropas israelíes ocuparon el castillo medieval de Beaufort, en suelo libanés. Habiendo comprobado que Israel negociaba en Washington sólo para ganar tiempo, los Guardianes de la Revolución iraníes reanudaron sus ataques contra Israel.
Furioso, el presidente Trump inicialmente lanzó entonces todo tipo de amenazas contra Irán. Pero luego cedió, obligó Israel a detener sus ataques y aceptó los principales reclamos de la parte iraní. Irán lograba así instaurar una seria divergencia entre Washington y Tel Aviv. La relación entre Estados Unidos e Israel, antes coordinada, es ahora de naturaleza jerárquica.
NOTAS
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2] Una
fatwa es un decreto religioso de obligatorio cumplimiento para todos los creyentes. Nota de
Red Voltaire.
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5] «Au Liban, un cessez-le-feu fragile entre Israël et le Hezbollah», Luc Bronner y Helene Sallon,
Le Monde, 17 de abril de 2026
Análisis: Irán impone un nuevo equilibrio regional tras más de cien días de guerra
Xavier Villar
El texto sobre la mesa trasciende la noción clásica de tratado de paz para operar como una delimitación precisa. Teherán ha insistido en calificarlo como un memorando de entendimiento, una elección terminológica que establece el marco para futuras conversaciones y refleja el escepticismo de unas autoridades que negocian a la sombra de décadas de rupturas unilaterales y el historial de incumplimientos de Washington.
Los contornos inmediatos del entendimiento se filtraron a través de los canales diplomáticos regionales. El primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, confirmó el cese de las operaciones en todos los frentes, una inclusión que abarca explícitamente a Líbano. Casi simultáneamente, Mohamad Baqer Zolqadr, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, detalló la contrapartida material más urgente: el levantamiento inmediato del bloqueo naval estadounidense en el estrecho de Ormuz. Estos anuncios, despojados de retórica celebratoria, dibujan el mapa de una realidad geopolítica donde la coerción militar ha agotado su utilidad.
Comprender la génesis de este acuerdo exige analizar la anatomía del fracaso estratégico estadounidense. La administración de Donald Trump cometió tres errores fundamentales que demolieron la ilusión de una primacía total en Asia Occidental.
El primero se remonta a 2018, con la retirada unilateral del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA). Lejos de ser lamentado en Teherán, aquel acuerdo era visto por amplios sectores como el epítome de un arreglo asimétrico. Su abandono por parte de Washington demostró algo aún más estructural: la dependencia exclusiva de la voluntad política de la Casa Blanca. Al recurrir a la «presión máxima», Estados Unidos legitimó la tesis iraní sobre la efimeridad de sus compromisos. Frente a ese precedente, las autoridades iraníes valoran el actual memorando precisamente por romper con aquella dinámica. El texto se percibe como equilibrado en su estructura general, destacando una diferencia crucial respecto al pasado: la verificación del cumplimiento será recíproca, sometiendo a ambas partes a los mismos estándares de escrutinio y desmontando la asimetría de vigilancia que lastró la diplomacia nuclear durante una década.
El segundo error, de naturaleza militar, tuvo lugar en junio de 2025. Israel lanzó una ofensiva aérea convencido de que un golpe decapitador paralizaría al Estado iraní, una premisa que se desmoronó ante la dispersión estratégica de Teherán. Paralelamente, la administración Trump confió en que sus bombas penetradoras destruirían el programa nuclear, pero la infraestructura subterránea resistió. La respuesta iraní reveló entonces una mutación doctrinal profunda. La supremacía militar estadounidense se sustenta en la premisa del «campo de batalla transparente»: la capacidad de detectar, analizar e interceptar amenazas mediante redes de alerta temprana y sistemas de radar avanzados. El contraataque iraní se dirigió al nervio cognitivo de esas redes, cegando los sistemas de detección y desarticulando la certeza operativa del adversario. Al desactivar la capacidad de «visión completa» del Pentágono, Teherán alteró los cimientos de la doctrina de superioridad aérea estadounidense. Si el adversario no puede ver, no puede predecir; y si no puede predecir, su superioridad tecnológica se vuelve un activo ciego. El concepto de disuasión dejó así de basarse en el volumen de fuego para asentarse en la capacidad de inducir la ceguera estratégica y paralizar el ciclo de decisión.
El tercer error se consumó el 28 de febrero de 2025, con el desate de una guerra total orientada al cambio de régimen. Netanyahu y Trump buscaban el colapso estructural de la República Islámica, pero el resultado fue la regionalización inmediata del conflicto. La doctrina militar iraní operó bajo una lógica de denegación estratégica: su objetivo primario residía en impedir que el adversario alcanzara un triunfo decisivo, una ecuación donde la mera supervivencia operativa y la prolongación del tiempo equivalen a la victoria. Al comprobar que el triunfo rápido era una quimera, Washington se vio obligada a pivotar hacia una salida diplomática. El memorando actual es la materialización de ese repliegue.
Este desenlace certifica una mutación estructural en la naturaleza del conflicto. Durante décadas, la confrontación entre Teherán, Washington y Tel Aviv se mantuvo en una «zona gris» de sanciones, guerras delegadas, sabotajes y operaciones cibernéticas. La guerra reciente ha arrastrado esta rivalidad hacia una confrontación de sistemas, donde la arquitectura militar, los corredores energéticos, las cadenas de suministro globales y las redes cognitivas operan como un único tablero interconectado. Esta transición implica la disolución completa de las fronteras entre el tiempo de paz y el tiempo de guerra. Las cadenas de suministro, los algoritmos de navegación marítima y los sistemas de compensación financiera se han integrado en el cálculo militar: la guerra ya no ocurre al margen de la economía global, la economía global es el teatro donde se libran las batallas más decisivas.
En este nuevo paradigma, la geografía ha sido reconvertida en un instrumento de disuasión soberana. Históricamente, el estrecho de Ormuz fue leído por los analistas occidentales como una vulnerabilidad iraní, dada la dependencia de su economía del flujo energético. El conflicto ha invertido esta ecuación. El levantamiento del bloqueo naval, exigido por Teherán y aceptado por Washington, trasciende la mera concesión táctica. Representa el reconocimiento implícito de que el coste de mantener la asfixia marítima superó la capacidad de tolerancia de la economía global. Ormuz ha dejado de ser un simple cuello de botella para erigirse en un mecanismo de presión sistémica, capaz de transmitir un shock económico desde Asia hasta Europa y convertir los mercados globales en una extensión del campo de batalla.
La inclusión de Líbano en el cese de hostilidades revela una dimensión que trasciende la lógica securitaria convencional. En el imaginario político de Teherán, el Levante opera como un nodo esencial en la articulación de la umma, esa comunidad transnacional cuya cohesión descansa en la adhesión a un proyecto de soberanía que desafía las fronteras del orden westfaliano. La resistencia libanesa deja atrás la categoría de aliado táctico para erigirse en la encarnación de un sujeto político colectivo que rehúsa la subordinación. Cualquier agresión contra los suburbios del sur de Beirut se procesa, en consecuencia, como un ataque directo a la posibilidad misma de autodeterminación de este horizonte compartido. Washington se vio forzada a aceptar un alto el fuego integral al comprender que intentar fragmentar estos teatros de operaciones implicaba desencadenar una respuesta destinada a proteger la integridad de una comunidad que se reconoce, más allá de las divisiones estatales, en una lucha común contra la hegemonía colonial.
El memorando de entendimiento, en última instancia, no resuelve las fricciones de fondo. El programa nuclear, el arsenal de misiles y la presencia militar estadounidense permanecen como archivos abiertos. Lo que se ha firmado es la congelación del enfrentamiento, el tránsito hacia una fase de conflicto de baja intensidad donde la inteligencia, la guerra cibernética y la presión económica reemplazarán a las operaciones convencionales.
Asia Occidental ha entrado en una etapa donde la potencia ya no se mide exclusivamente por el inventario de misiles, sino por la capacidad de transformar la geografía, la economía y la información en herramientas de desgaste. Irán ha demostrado su aptitud para convertir las sensibilidades estructurales de su adversario en puntos de fricción continua, mientras Washington ha comprobado que la supremacía material no garantiza la resolución política. Este nuevo equilibrio se basa en la mutualidad de la vulnerabilidad sistémica. Estados Unidos posee la capacidad de infligir un daño físico devastador, pero Irán ha demostrado poseer la capacidad de infligir un daño funcional paralizante. En esta nueva arquitectura, la disuasión no emana de la amenaza de aniquilación, sino de la certeza de que cualquier escalada convertirá al agresor en rehén de sus propias redes logísticas y de su opinión pública, incapaz de absorber el shock de una interrupción prolongada de sus flujos vitales. Entre estos dos extremos se consolida un sistema de disuasión más complejo, más frágil y profundamente ajeno a los dictados unipolares de las últimas décadas.