Geoestrategia

Siria, el Líbano y los límites del poder

Administrator | Lunes 29 de junio de 2026
Bassam Abu Abdallah
Las declaraciones de Washington sobre el papel de Siria en el Líbano reavivan un viejo debate, pero las condiciones que en su día permitieron a Damasco intervenir ya no existen.
Las declaraciones del presidente de EE. UU., Donald Trump, en una entrevista con NBC News a principios de este mes, en la que afirmó que le gustaría ver «un ataque quirúrgico más preciso contra Hezbolá» y sugirió que el sirio Ahmad al-Sharaa (antes conocido como Abu Mohammad al-Julani) podría desempeñar un papel a la hora de alcanzar un acuerdo sobre el conflicto en el Líbano, han reavivado una cuestión ya conocida en toda la región.
Posteriormente, Trump intensificó su retórica, afirmando que, si Israel «no puede hacer el trabajo sin matar a todos los demás, Siria debería hacerlo». Al describir la guerra en el Líbano como un frente secundario, sugirió que Siria, en coordinación con EE. UU., podría enfrentarse a Hezbolá si no se lograba frenar al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
Cada vez que la región entra en un periodo de grandes cambios, resurge la misma cuestión. ¿Puede Siria una vez másdesempeñar un papel directo en materia de seguridad o militar en el Líbano, tal y como hizo en 1976?
A primera vista, la comparación resulta tentadora. Invita a establecer paralelismos entre los actuales dirigentes de Damasco y el difunto presidente Hafez al-Assad, quien envió fuerzas sirias al Líbano durante la guerra civil. Sin embargo, incluso un breve análisis de las circunstancias actuales sugiere que el parecido es, en gran medida, superficial.
El propio Trump no aclaró qué tipo de ayuda tenía en mente. Las posibilidades van desde el control fronterizo y la lucha contra las rutas de contrabando hasta un intento más amplio de presionar a Hezbolá.
Vuelve a surgir una vieja cuestión
Ya han surgido ideas similares anteriormente. En una entrevista concedida en julio de 2025 a The National, el enviado estadounidense Tom Barrack advirtió de que el Líbano se enfrentaba a una «amenaza existencial» si no abordaba la cuestión del armamento de Hezbolá, y añadió que «si el Líbano no actúa, volverá a ser Bilad Al Sham [la Gran Siria]».
En marzo, Reuters informó de que Washington había animado a Siria a considerar el envío de fuerzas al este del Líbano para ayudar a desarmar a Hezbolá, una afirmación que posteriormente desmintió Barrack. No obstante, el episodio avivó las especulaciones sobre un posible papel de Siria en el Líbano.
Las respuestas del Gobierno de Sharaa, sin embargo, se han mantenido cautelosas e indirectas. Sharaa ha expresado su apoyo a los esfuerzos del presidente libanés Joseph Aoun por consolidar el control de las armas bajo la autoridad del Estado, mientras que los recientes intercambios con el primer ministro libanés Nawaf Salam han hacido hincapié en la coordinación entre las instituciones militares y de seguridad de ambos países.
El autoproclamado presidente de Siria y antiguo líder de Al-Qaeda, Ahmad al-Sharaa, desestimó como «rumores» las informaciones que apuntaban a que las fuerzas sirias podrían entrar en el Líbano.
Al mismo tiempo, algunos observadores han interpretado los anuncios periódicos de las autoridades sirias sobre el desmantelamiento de supuestas células vinculadas a Hezbolá como señales dirigidas a Washington, que sugieren una disposición a intervenir si se obtiene respaldo político. Aún no está claro si esto refleja un acuerdo concreto o simplemente un intento de mantener abiertas las opciones.
Lo que sí está claro es que el resurgimiento del debate se produce en un momento en el que los equilibrios regionales generales se encuentran en constante cambio, especialmente tras el colapso del anterior orden sirio. La cuestión no es si Siria intervino en su día en el Líbano, sino si las condiciones que hicieron posible dicha intervención siguen existiendo.
1976 y la arquitectura de la intervención
Cuando las fuerzas sirias entraron en el Líbano en 1976, la guerra civil había llevado al Estado al borde del abismo. Es importante destacar que la intervención se gestó en el marco de una red de acuerdos regionales y entendimientos internacionales, y no como una medida unilateral de Damasco.
La intervención se llevó a cabo a petición del entonces presidente libanés, Suleiman Frangieh, y contó con el apoyo de influyentes actores libaneses que temían un cambio decisivo en el equilibrio interno de poder. Además, coincidía con preocupaciones más amplias compartidas por actores regionales e internacionales que temían que el Líbano se sumiera en el caos total.
Los relatos, tanto de fuentes occidentales como árabes, apuntan a acuerdos tácitos entre EE. UU., Arabia Saudí y Francia que dieron a Siria margen para actuar como fuerza estabilizadora. El objetivo consistía en contener una crisis que corría el riesgo de extenderse más allá del Líbano y desestabilizar toda la región.
La intervención se formalizó posteriormente a través de las Fuerzas Árabes de Disuasión (ADF), lo que proporcionó cierta legitimidad regional al amparo de la Liga Árabe. Esta capa de cobertura política fue tan importante como la dimensión militar.
Igualmente importante fue la naturaleza del propio Estado sirio en aquel momento. En 1976, Siria era una entidad política cohesionada, con instituciones que funcionaban y un ejército profesional que se contaba entre los más grandes de la región. El liderazgo de Assad gozaba de reconocimiento tanto nacional como internacional, reforzado por las secuelas de la guerra de 1973.
Desde la perspectiva de Assad, el Líbano no era un escenario lejano, sino una extensión de su propio entorno de seguridad. La perspectiva de que una fuerza hostil dominara el Líbano se consideraba una amenaza directa para la seguridad nacional siria.
Aun así, la intervención no estuvo exenta de tensiones. La Unión Soviética, principal aliada de Siria, expresó sus reservas, lo que reflejaba su propia alineación con otras fuerzas dentro del Líbano. No obstante, Assad siguió adelante, guiado por su evaluación de los intereses estratégicos de Siria.
La capacidad para tomar tal decisión se basaba en una combinación de factores: un Estado estable, un liderazgo centralizado, un ejército disciplinado, la aceptación regional y relaciones de colaboración con actores árabes clave. En conjunto, estos elementos crearon un marco que hizo que la intervención fuera posible y, durante un tiempo, sostenible.
Una Siria diferente
Ninguna de estas condiciones se da hoy en día de la misma manera. El actual liderazgo de Damasco opera desde una posición de transición, siguiendo tratando de consolidar su autoridad en un país profundamente afectado por años de conflicto.
No existe un amplio consenso nacional sobre el futuro orden político, y el marco institucional sigue estando incompleto. Los órganos legislativos y las estructuras representativas que podrían afianzar la legitimidad política o bien están ausentes o bien aún se encuentran en fase de formación. El respaldo externo, ya sea de EE. UU., Turquía, Catar u otros, no sustituye a la aceptación interna.
La experiencia sugiere que los Estados no pueden basarse únicamente en el reconocimiento externo para garantizar la estabilidad. Una gobernanza duradera depende de un contrato social que refleje un cierto grado de consenso entre los ciudadanos. En el caso de Siria, ese proceso está en curso y lejos de haberse resuelto.
Los retos a los que se enfrenta la autoridad actual son principalmente internos. La reconstrucción de las instituciones estatales, la respuesta al colapso económico y la gestión de las consecuencias sociales de un conflicto prolongado exigen una atención constante. Amplios sectores de la población siguen enfrentándose a dificultades económicas, mientras que los servicios públicos y las infraestructuras siguen sometidos a una gran presión.
Las divisiones forjadas durante la guerra no han remitido. Las líneas de fractura políticas, sociales y sectarias siguen atravesando el país. En este contexto, la prioridad sigue siendo la consolidación interna, no la proyección exterior.
Es poco probable que un liderazgo que aún se esfuerza por afianzar su autoridad se comprometa con un papel regional que requeriría recursos, cohesión y legitimidad que aún no ha conseguido.
La cuestión del ejército
La estructura y el carácter de la institución militar complican aún más el panorama. El ejército sirio que entró en el Líbano en 1976 era una fuerza regular con una estructura de mando definida y una doctrina coherente.
Las formaciones militares actuales son el resultado de una guerra larga y fragmentada. En su núcleo se encuentran facciones que en su día operaban como grupos armados distintos —entre ellas, elementos que surgieron de redes como el Frente Al-Nusra y otras corrientes extremistas salafistas, o que se solapaban con ellas—, junto con milicias locales y combatientes extranjeros que se han ido incorporando con el tiempo. Los esfuerzos por fusionar estas corrientes en un único ejército nacional siguen siendo parciales y desiguales.
También persisten las dudas respecto a las estructuras de mando, las afiliaciones externas y la presencia de combatientes extranjeros en determinadas unidades. Estos factores han suscitado el escrutinio de los actores internacionales y se han reflejado en sanciones dirigidas contra personas vinculadas a estas formaciones.
Las denuncias de violaciones cometidas durante operaciones a lo largo de la costa siria y en Suwayda han mantenido vivas las cuestiones relativas a la rendición de cuentas y la disciplina. Este historial complica los intentos de presentar estas formaciones como un ejército nacional cohesionado, capaz de asumir un papel regional más amplio.
Sin una estructura de mando unificada y sin una amplia confianza pública, el ejército carece de los cimientos necesarios para llevar a cabo operaciones sostenidas más allá de las fronteras de Siria.
El Líbano sin invitación
El contexto libanés también ha cambiado de manera fundamental. En 1976, la intervención de Siria se vio facilitada por dinámicas internas libanesas, incluida una solicitud formal de la presidencia y el apoyo de fuerzas políticas clave.
Hoy en día, no existe un llamamiento comparable a la intervención siria. En todo el espectro político, los actores libaneses tienden a considerar el período de tutela siria como un capítulo que no desean volver a revivir, independientemente de sus diferentes posiciones respecto a Hezbolá o a las alianzas regionales.
A la ausencia de un consenso interno en el Líbano se suma la falta de respaldo regional. Ningún Estado árabe importante aboga por un renovado papel militar sirio en el Líbano, y el entorno político ofrece poco margen para tal medida.
Riesgos regionales y el factor turco
Otra variable que no existía en 1976 es el alcance de la implicación turca en Siria. La presencia de Ankara añade una capa de complejidad a cualquier posible movimiento sirio más allá de sus fronteras.
Cualquier incursión siria en el Líbano chocaría de lleno con las líneas rojas turcas, los intereses iraníes y los propios cálculos de Hezbolá. Lo que comienza como un paso limitado corre el riesgo de ampliarse rápidamente, arrastrando a actores que ya están arraigados en ese mismo escenario.
La perspectiva de que las fuerzas sirias entren en el Líbano también podría agravar las tensiones sectarias, extendiéndose más allá del Líbano hasta Siria e Irak. En un entorno ya de por sí volátil, tal desarrollo sería difícil de contener.
Si la ecuación cambia
La ecuación ya ha comenzado a cambiar. Washington y Teherán han firmado un memorándum provisional que congela el conflicto y abre la puerta a negociaciones más amplias. Aún no está claro si ese proceso dará lugar a un acuerdo duradero o simplemente a una pausa temporal, pero las premisas que regían la región antes del acuerdo ya están siendo puestas a prueba.
Es probable que tal cambio altere las prioridades en múltiples ámbitos, entre ellos Siria, el Líbano e Irak. El énfasis podría pasar de la confrontación a la gestión de los equilibrios de influencia, lo que reduciría la relevancia de algunas de las iniciativas que surgieron durante los períodos de mayor tensión.
En ese contexto, el papel de actores como Hezbolá se recalibraría dentro de un entorno estratégico diferente, en el que la estabilidad prima sobre la escalada.
Los límites del poder
Las comparaciones entre 1976 y la actualidad pasan por alto hasta qué punto ha cambiado el panorama. Aquella intervención se basó en una convergencia particular de fuerza interna, aceptación regional y respaldo internacional.
Hoy en día, Siria se encuentra en una posición diferente. Las cuestiones de legitimidad, reconstrucción institucional, recuperación económica y cohesión social siguen sin resolverse. El entorno regional también ha cambiado, y hay poco interés por un renovado papel de Siria en el Líbano.
La cuestión de la intervención no se reduce únicamente a la intención. Depende del poder, los recursos y la situación del propio Estado.
Desde esa perspectiva, la cuestión más apremiante no es si Damasco puede volver a entrar en el Líbano, sino si se ha reconstituido plenamente en su propio territorio.
Como reza el conocido dicho político, es poco probable que quienes aún no han puesto orden en su propia casa puedan reorganizar el vecindario que les rodea.
El debate, al fin y al cabo, vuelve a una simple limitación: el poder está limitado por la geografía.

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