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Misión incumplida: EEUU fracasó en alcanzar todos sus objetivos de guerra contra Irán. Diez lecciones de la guerra

Administrator | Lunes 29 de junio de 2026
Press TV
La reciente guerra impuesta a la República Islámica de Irán por Estados Unidos y su aliado sionista estuvo articulada en torno a numerosos objetivos amplios y ambiciosos, entre ellos el “cambio de régimen”, el desmantelamiento del programa nuclear iraní, la destrucción de sus capacidades misilísticas y la contención de su influencia regional.
Sin embargo, Irán no solo sobrevivió a la ofensiva militar más intensa y sin restricciones de su historia moderna, sino que emergió de ella más fuerte, más cohesionado y más influyente que nunca.
El Memorando de Entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) firmado digitalmente entre los presidentes de Irán y Estados Unidos la semana pasada constituye un testimonio de la victoria estratégica iraní. Cada cláusula reflejaría los logros de Teherán en el campo de batalla y el fracaso de Washington en ese mismo escenario.
Objetivo 1: “Cambio de régimen” – Una fantasía que murió en el campo de batalla
Estados Unidos inició la guerra, que Irán califica de no provocada e ilegal, con el objetivo declarado públicamente de derrocar a la República Islámica. Durante décadas, Washington había aspirado a un Irán que fuera obediente, flexible y desprovisto de la independencia ideológica y estratégica que ha definido al país desde la Revolución Islámica de 1979, liderada por el Imam Jomeini.
La guerra fue presentada como el momento en que ese objetivo finalmente se haría realidad.
La estrategia seguía la doctrina clásica estadounidense de “cambio de régimen”: bombardeos aéreos a gran escala, estrangulamiento económico, guerra psicológica y la creación de una quinta columna dentro de la sociedad iraní. La premisa era que una presión sostenida quebraría el sistema y desencadenaría un levantamiento popular contra el gobierno.
Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
El liderazgo iraní permaneció intacto y unido. El asesinato del Líder de la Revolución Islámica no fracturó el sistema, sino que lo cohesionó.
El pueblo iraní, al que los estrategas occidentales suponían dispuesto a levantarse contra su gobierno bajo la presión de la guerra, salió en cambio masivamente a las calles.
Noche tras noche, durante más de 110 días consecutivos, millones de iraníes han manifestado su apoyo al liderazgo del país y a sus fuerzas armadas. La campaña “Yanfeda” (Sacrificio de la vida) se convirtió en un fenómeno nacional, con ciudadanos comunes expresando su compromiso inquebrantable con el sistema político de la República Islámica y con las fuerzas armadas.
La fantasía del ·cambio de régimen· murió no por maniobras diplomáticas, sino porque nunca estuvo basada en la realidad. El sistema iraní demostró capacidad de resistencia. Sus instituciones funcionaron bajo una presión extrema. Sus fuerzas armadas combatieron con cohesión y valentía, manteniendo su eficacia operativa pese a la pérdida de altos mandos.
Y, sobre todo, su población se negó a traicionar a su nación. La comunidad de inteligencia estadounidense realizó un cálculo erróneo de enormes proporciones. Había supuesto que la presión económica se traduciría en descontento político, pero se convirtió en desafío. Había supuesto que los ataques militares quebrarían la voluntad popular, pero la fortalecieron.
El MoU no contiene ninguna disposición sobre “cambio de régimen” porque Estados Unidos simplemente no pudo lograrlo. Constituye, según el análisis, una admisión de Washington de que su proyecto fracasó. El sueño estadounidense de un Irán posterior a la República Islámica está, en esta visión, prácticamente muerto, y la guerra lo habría demostrado más allá de toda duda.
Objetivo 2: Destrucción del programa nuclear iraní – Un fracaso absoluto
El programa nuclear fue una de las principales justificaciones de la guerra no provocada. Washington y Tel Aviv afirmaban que Irán avanzaba hacia la obtención de un arma nuclear y que una acción militar era necesaria para impedirlo.
Los ataques contra las instalaciones nucleares iraníes —primero en junio del año pasado y posteriormente durante la llamada Guerra de Ramadán— tenían como objetivo retrasar el programa durante años, si no destruirlo completamente. La meta era el “enriquecimiento cero”: el cese total de las actividades iraníes de enriquecimiento de uranio, el desmantelamiento de sus centrifugadoras y la retirada de todo el uranio enriquecido del territorio iraní.
Sin embargo, la infraestructura nuclear iraní permanece intacta. Las instalaciones de enriquecimiento continúan funcionando. Las centrifugadoras siguen operativas. El objetivo del “enriquecimiento cero”, defendido por Israel y sus aliados estadounidenses, habría sido abandonado.
Los científicos nucleares iraníes, pese a haber sido durante años objetivos de campañas de asesinato, continuaron su trabajo incluso durante la guerra. Las instalaciones nucleares subterráneas sobrevivieron a los bombardeos y el programa nuclear del país demostró su capacidad de resistencia.
El MoU reflejaría esta realidad. No existe ningún compromiso iraní para desmantelar su programa nuclear. No hay suspensión del enriquecimiento. No existe transferencia de uranio enriquecido. El único compromiso relacionado con el ámbito nuclear en el acuerdo sería la reafirmación por parte de Irán de su compromiso con el Tratado de No Proliferación (TNP) nuclear de no fabricar armas nucleares, una posición que Teherán siempre ha mantenido y que considera compatible con su programa nuclear pacífico.
Estados Unidos se habría visto obligado a aceptar que los derechos nucleares de Irán no son negociables.
Esto representaría una inversión completa de los objetivos estadounidenses. Washington inició la guerra con la intención de poner fin al programa nuclear iraní y terminó el conflicto aceptando que dicho programa es permanente.
Objetivo 3: Debilitar el poder defensivo misilístico iraní – Fortalecido en cambio
El programa de misiles de la República Islámica fue otro de los principales objetivos. Los estrategas estadounidenses e israelíes creían que un bombardeo constante paralizaría las capacidades de producción iraníes, destruiría sus arsenales y reduciría su capacidad de proyectar poder.
El objetivo era dejar a Irán indefenso e incapaz de responder. Se lanzaron miles de ataques aéreos contra instalaciones de producción de misiles, depósitos y plataformas de lanzamiento. La meta era destruir la capacidad iraní de amenazar a sus adversarios o defenderse.
En cambio, según el texto, la industria misilística iraní se fortaleció. La guerra proporcionó un escenario real de prueba para la tecnología iraní. El uso de municiones y equipos antiguos habría permitido avanzar hacia sistemas más nuevos y sofisticados.
Las ciudades misilísticas subterráneas de Irán —excavadas en lo profundo de las montañas— demostraron resistencia frente a bombas diseñadas para penetrar búnkeres. Las líneas de producción nunca se detuvieron; de hecho, se aceleraron.
El cálculo estratégico de los planificadores iraníes habría demostrado ser acertado. Al distribuir las instalaciones de producción por todo el país, ubicarlas bajo tierra y mantener cadenas de suministro redundantes, Irán garantizó que ninguna campaña de bombardeos pudiera paralizar su industria misilística. Estados Unidos podía destruir objetivos en superficie, pero no alcanzar el núcleo de la producción iraní.
El MoU no menciona el programa de misiles iraní. No fue discutido ni negociado. Ni siquiera formó parte de la agenda. Incluso el primer ministro de Pakistán, Shehbaz Sharif, reconoció el martes que no estuvo incluido en las conversaciones mediadas por Islamabad.
Estados Unidos se habría visto obligado a aceptar que las capacidades misilísticas iraníes son una realidad con la que debe convivir. El programa que supuestamente debía ser destruido es ahora más fuerte que nunca, y Washington ha firmado un acuerdo que ni siquiera lo menciona.
Objetivo 4: Contención de la influencia regional iraní – Ampliada en cambio
Washington y Tel Aviv esperaban utilizar la guerra para revertir la influencia regional de Irán. Buscaban debilitar el Eje de la Resistencia, aislar a Teherán y redibujar el mapa regional a su favor. La estrategia consistía en separar a Irán de sus aliados en Líbano, Palestina, Siria y Yemen, y crear un nuevo orden regional sin la participación iraní.
Sin embargo, la influencia de Irán se expandió significativamente. El Frente de la Resistencia es ahora más cohesionado y poderoso que antes. La guerra habría demostrado que Irán no puede ser aislado, que sus aliados son socios estratégicos y que cualquier solución de seguridad regional debe incluir a Teherán.
Hezbolá, Ansarolá, HAMAS y grupos de Resistencia iraquíes combatieron junto a las fuerzas armadas iraníes, coordinando sus esfuerzos y demostrando la profundidad de sus relaciones estratégicas. Este eje habría demostrado ser una alianza real, no una agrupación de actores dependientes.
La guerra también habría expuesto la debilidad del sistema de alianzas regional estadounidense. Los países del Golfo Pérsico, que durante décadas dependieron del paraguas de seguridad estadounidense, observaron cómo las bases estadounidenses eran atacadas sistemáticamente y cómo la disuasión de Washington se debilitaba.
La metáfora del “tigre de papel” adquirió un nuevo significado cuando los misiles iraníes alcanzaron el corazón de la infraestructura militar estadounidense en la región. Las monarquías del Golfo Pérsico, enfrentadas a la realidad del poder militar iraní, se vieron obligadas a recalcular sus estrategias regionales.
Por ello, el MoU exige explícitamente el cese de la agresión del adversario en todos los frentes, incluido el Líbano. Irán no solo se habría protegido a sí mismo, sino que también habría protegido a todo el Eje de la Resistencia. La inclusión del Líbano en el acuerdo sería un reconocimiento claro de que el papel regional de Irán constituye ahora una realidad permanente e innegociable.
Estados Unidos habría reconocido, en la práctica, que no puede eliminar la influencia iraní; debe adaptarse a ella.
La reciente guerra contra Irán estaba destinada a ser, según el artículo, el comienzo del fin de la República Islámica. En cambio, habría sido el comienzo del fin de la hegemonía estadounidense en la región.
EEUU impuso la guerra, pero Irán redactó los términos de su rendición
El reciente memorando de entendimiento entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra ilegal e impuesta contra la República Islámica marca un momento crucial en las relaciones internacionales contemporáneas, uno que desafía de manera fundamental las suposiciones convencionales sobre la eficacia de la presión militar y la diplomacia coercitiva.
Durante décadas, Washington operó bajo la premisa de que la “presión máxima” —sanciones económicas, agresión militar y aislamiento diplomático— podía obligar a Irán a capitular ante sus demandas maximalistas e irrazonables.
Los acontecimientos que se desarrollaron tras la Guerra del Ramadán han refutado de manera decisiva esta tesis. Lo ocurrido no ha sido la rendición de Irán ante la presión externa, sino el colapso de dicha presión frente a una resiliencia nacional extraordinaria, una adaptación estratégica y una concepción del Estado basada en el principio de que “lejos de nosotros está la humillación”.
El entendimiento alcanzado por Irán no le fue impuesto, sino que fue configurado por realidades creadas por el propio Irán mediante su resistencia indomable, su poder de disuasión y su capacidad de transformar la firmeza militar en victoria política.
El principio de Ashura como doctrina estratégica
Para comprender la postura de Irán, es necesario entender el marco cultural e ideológico que guía su enfoque frente a la presión occidental. El principio de Ashura —derivado del martirio del Imam Husein (P) y sus compañeros en las llanuras desérticas de Karbala— ofrece más que una inspiración religiosa; constituye una doctrina estratégica de resistencia digna y necesaria frente a probabilidades abrumadoras.
Como articuló el portavoz del Cuerpo de Guardianes de la Revolución (CGRI), el general de brigada Hossein Mohabi, las fuerzas iraníes combaten “con la cultura de Ashura y consideran la rendición una deshonra para sí mismas”, reconociendo que en esta batalla desigual “nuestro combatiente o vence o es mártir”.
Esto refleja un cálculo fundamental sobre la naturaleza del poder y los límites de la coerción material dentro de la escuela de pensamiento de Karbala, que se encuentra en el corazón de la República Islámica.
A partir de las enseñanzas de Ashura, la nación iraní nunca se rendirá ante las potencias hegemónicas del mundo, porque ha adoptado el lema de “nunca a la humillación” como principio rector. Este marco religioso y cultural transforma la resistencia de una opción táctica en un imperativo existencial. Cuando los iraníes dicen “nunca a la humillación”, no se trata de una fanfarronada, sino de la expresión de un compromiso civilizacional probado a lo largo de siglos.
De manera crucial, este principio ha demostrado su relevancia operativa. Frente a un adversario con recursos y experiencia militar superiores, Irán ha recurrido al diseño estratégico y a la preparación para hacer retroceder al enemigo. Como afirmó recientemente Mohammad Bager Qalibaf, presidente del Parlamento iraní y jefe del equipo negociador, Irán no es militarmente más fuerte que Estados Unidos, pero ha combatido en una guerra asimétrica y ha hecho retroceder al enemigo.
El adversario, por el contrario, poseía recursos pero carecía de coherencia estratégica.
El fracaso abrumador de la “presión máxima”
El pilar central de la estrategia estadounidense hacia Irán ha sido la denominada campaña de “presión máxima”, una política basada en la premisa de que el estrangulamiento económico provocaría el colapso interno o la capitulación política.
Esta suposición ha demostrado ser catastróficamente errónea. La estrategia se sustentaba en tres pilares: sanciones económicas paralizantes, aislamiento diplomático y agresión militar. Sin embargo, casi un año después de la reinstauración de este enfoque, ninguno de sus objetivos se ha cumplido.
El sector petrolero iraní, principal objetivo de estas sanciones ilegales, sigue operativo. A pesar de la expansión agresiva de las sanciones, la producción de crudo iraní se ha estabilizado en aproximadamente 3,2 a 3,4 millones de barriles diarios en 2026. Esta cifra supera los niveles de producción del primer mandato de Trump, cuando la producción cayó por debajo de los 2 millones de barriles diarios.
Las razones de esta resiliencia son estructurales: el exceso de oferta global de petróleo ha limitado el impacto en el mercado, China ha absorbido más del 80 % de las exportaciones marítimas de crudo iraní, y la infraestructura de evasión de sanciones de Irán ha evolucionado de tácticas improvisadas a redes sistemáticas.
Quizás lo más revelador ha sido el reconocimiento de funcionarios estadounidenses sobre la ineficacia de las sanciones. Tras la firma del memorando, el vicepresidente J. D. Vance se vio obligado a admitir que las disposiciones del acuerdo sobre las exportaciones petroleras iraníes no constituían una concesión significativa, ya que lo que había impedido sus ventas de petróleo no eran las sanciones, pues estas habían perdido en gran medida su eficacia.
Esto representa una retirada notable respecto al objetivo declarado por Trump de reducir las exportaciones de petróleo iraní a cero, un objetivo que, según el ministro de Petróleo iraní Mohsen Pakneyad, “nunca lograrán”.
El fracaso de la presión máxima se extiende más allá del ámbito económico. Irán ha demostrado que las amenazas externas y la coerción no generan fragmentación, sino cohesión. El manual de desestabilización —guerra económica, intimidación militar, operaciones encubiertas y manipulación informativa— ha “llegado a sus límites”.
En lugar de aislar a Irán, esta estrategia ha desestabilizado regiones enteras y ha consolidado ciclos de conflicto, al tiempo que ha reforzado la firmeza iraní. Estados Unidos, tras agotar sus herramientas tradicionales, se encuentra en una fase peligrosa en la que la retórica se ha vuelto más imprudente, con un respaldo abierto a la inestabilidad, amenazas públicas de uso de la fuerza y el abandono de la moderación diplomática.
Una diplomacia de la fuerza
La diferencia crítica entre las negociaciones actuales y los esfuerzos diplomáticos previos radica en el contexto estratégico. Como subrayó el principal negociador Qalibaf, las negociaciones se llevan a cabo ahora desde una “posición de fuerza”, con el “estandarte de la victoria en el campo de batalla” como respaldo de la diplomacia.
Esto representa una inversión fundamental del paradigma tradicional, en el que la diplomacia a menudo se desarrollaba desde una posición de debilidad o desesperación. Irán ha trascendido el modelo lineal que separa guerra y diplomacia, abordando ambos simultáneamente.
Este enfoque de doble vía ha resultado decisivo. Mientras los canales diplomáticos permanecían abiertos, las fuerzas armadas iraníes demostraron que cualquier intento de aprovechar la calma para obtener ventaja militar recibiría una respuesta firme e inmediata.
El valor estratégico del estrecho de Ormuz —donde Irán mantiene un control efectivo— ha funcionado como palanca, seguro y recordatorio constante de los límites de la coerción militar. Como señaló un análisis, Irán ha utilizado el estrecho no solo como un activo militar, sino como un medio para “convertir la resiliencia en el campo de batalla en influencia diplomática”.
Las propias negociaciones han funcionado como un método de lucha, no como señal de retirada, sin dejar espacio ni para la rendición ni para consignas vacías. Este enfoque se basa en el reconocimiento, articulado por el general del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica Yadolá Yavani, de que “el adversario debe asumir el costo de sus acciones y comprender que no puede imponer sus exigencias mediante presión y amenazas”.
La experiencia de Irán ha demostrado que el adversario debe asumir el costo de sus acciones imprudentes y comprender que no puede imponer sus demandas mediante la coerción. Este entendimiento implica reconocer que la agresión militar ilegal no provocada no logró los resultados deseados.
De forma crucial, este enfoque ha generado un amplio consenso interno. La idea de que la diplomacia debe ser la expresión articulada de la fuerza en el campo de batalla se ha convertido en un principio unificador. Este consenso refleja la comprensión de que los logros militares deben traducirse en beneficios políticos y jurídicos.
Como señaló Qalibaf, toda guerra que termina en victoria, si no se traduce finalmente en un documento legal y político, y esas victorias no se registran, no aporta beneficio alguno.
Implicaciones para la región y más allá
La experiencia iraní tiene profundas implicaciones para los países de la región y para el orden internacional en general. Demuestra que la premisa de que una potencia dominante puede imponer su voluntad mediante sanciones y amenazas militares ha sido fundamentalmente cuestionada.
En un mundo multipolar caracterizado por potencias emergentes y nuevos marcos multilaterales de cooperación, la coerción unilateral puede profundizar la resistencia en lugar de imponer la sumisión.
El memorando de entendimiento representa el reconocimiento de que los objetivos estratégicos no pueden lograrse únicamente mediante la fuerza o la presión. Lo ocurrido es la aceptación por parte del adversario de unas condiciones hechas posibles por la firmeza y fortaleza de Irán. La lección es que las naciones que mantienen su determinación pueden obligar a sus adversarios a aceptar nuevas realidades.
Este es el mensaje perdurable de Ashura y del levantamiento del imán Husein contra el corrupto despotismo omeya, adaptado a las complejidades de la gobernanza moderna.
La resistencia firme, combinada con adaptación estratégica y poder demostrado, puede transformar la presión militar y política en victoria estratégica. El entendimiento alcanzado por Irán no es un punto final, sino un hito en una lucha más larga, en la que la dignidad, la soberanía y el rechazo a la humillación siguen siendo principios fundamentales de la política nacional.
A medida que el orden global continúa evolucionando, la experiencia iraní ofrece un caso de estudio significativo sobre cómo los Estados pueden enfrentar confrontaciones asimétricas y convertir la resistencia en resultados políticos tangibles.
Tras una guerra fallida, EEUU se ve obligado a reconocer soberanía de Irán
El memorando de entendimiento (MoU, por sus siglas en inglés) entre Irán y Estados Unidos representa un punto de inflexión, no solo por poner fin a las hostilidades del enemigo, sino también por constituir un reajuste fundamental de la dinámica de poder en la región de Asia Occidental.
Aunque gran parte de los comentarios internacionales se han centrado en los aspectos tácticos del alivio de las sanciones o de las negociaciones nucleares, la verdadera magnitud de este logro reside en el reconocimiento formal, de carácter contractual, de la soberanía y la integridad territorial de Irán.
Es importante destacar que este reconocimiento proviene de un Estado que, durante más de cuatro décadas, ha mantenido una política de máxima presión, subversión y supuesto ‘cambio de régimen’ contra la República Islámica.
Esta victoria diplomática, alcanzada gracias a la resiliencia y la capacidad de disuasión de Irán, constituye el logro político más importante del memorando y sienta una base nueva, aunque frágil, para un nuevo orden regional en el que Irán fija las condiciones.
El principio fundamental: la soberanía como base del MoU
En esencia, el memorando de 14 puntos firmado la semana pasada por los presidentes de ambos países establece un marco claro y vinculante. La disposición más importante es el compromiso explícito de ambas partes de “respetar mutuamente su soberanía e integridad territorial y abstenerse de intervenir en los asuntos internos de la otra parte”.
No se trata de un simple detalle de protocolo diplomático, sino del principio fundamental sobre el que descansa todo el memorando. Sin este reconocimiento mutuo, ningún acuerdo puede ser estable ni creíble, y constituye además un criterio para medir la seriedad de la parte estadounidense.
Para Irán, este compromiso representa la culminación de una exigencia que ha planteado de forma constante desde la Revolución Islámica de 1979. La aceptación formal de este principio por parte de Estados Unidos supone un cambio profundo respecto de su enfoque histórico y una importante victoria política para Teherán.
La relevancia del memorando también se pone de manifiesto por aquello que no aparece en su texto. No hay ninguna referencia al llamado ‘cambio de régimen’, ni exigencias para desmantelar el programa iraní de misiles balísticos, ni llamados explícitos a eliminar por completo su capacidad de enriquecimiento de uranio. Al aceptar la coexistencia en lugar de la confrontación, Washington parece haber abandonado, al menos por el futuro previsible, cualquier estrategia orientada a derrocar a la República Islámica.
Esto es considerado ampliamente como una prueba del fracaso de los objetivos iniciales de la guerra emprendida por Estados Unidos e Israel. La guerra no produjo un ‘cambio de régimen’ ni pudo eliminar las capacidades estratégicas de disuasión de Irán.
Forzar el paso de la ‘máxima presión’ al reconocimiento
El camino hacia este momento no fue allanado por la buena voluntad de Estados Unidos, sino por la firmeza estratégica de Irán. Durante décadas, Washington intentó debilitar sistemáticamente a Irán mediante una estrategia multifacética, que abarcó desde severas sanciones económicas hasta amenazas militares directas y el apoyo a grupos terroristas y separatistas antiraníes.
La campaña de ‘máxima presión’ de la Administración Trump buscó transformar las protestas internas en disturbios e inestabilidad. El propio Trump admitió públicamente que Estados Unidos había suministrado armas a insurgentes antiraníes a través del Kurdistán iraquí con el objetivo de generar caos interno.
El memorando alcanzado después de que la campaña militar no lograra sus objetivos señala, según el autor, un abandono definitivo de este enfoque sostenido durante años por sucesivas administraciones estadounidenses. Al aceptar los principios de soberanía y no injerencia, Estados Unidos se habría visto obligado, en la práctica, a renunciar a su método preferido de ejercer presión.
Las disposiciones del memorando son claras: cualquier amenaza futura, apoyo a movimientos separatistas armados o intento de fomentar disturbios constituiría una “violación directa” del primer artículo del acuerdo. Para Irán, esto representa una garantía de importancia crítica.
Según el texto, la parte estadounidense aceptó estas condiciones debido a la fortaleza, la capacidad de disuasión y la determinación del pueblo iraní, y no por voluntad propia. Asimismo, sostiene que la maquinaria militar estadounidense capituló frente a una fuerza de respuesta que no pudo derrotar de manera decisiva en el corto plazo. La decisión de tratar a Irán como una potencia regional creíble, en lugar de un supuesto ‘Estado paria’, sería una consecuencia directa de los elevados costos de la guerra y de la capacidad iraní para resistir la campaña de presión.
Protección de los intereses nacionales fundamentales: el estrecho de Ormuz y más allá
El principio de soberanía se extiende más allá de las fronteras políticas para abarcar los intereses nacionales vitales y los activos estratégicos de Irán. El memorando, aunque tiene como objetivo reducir las tensiones, refuerza firmemente el papel de Irán como un actor crucial e indispensable en la región.
Un punto clave es la administración del estrecho de Ormuz, una vía marítima estratégica para el comercio mundial situada en aguas iraníes. El memorando garantiza el compromiso de Irán de asegurar el paso seguro de los buques mercantes, proporcionando un alivio a la economía mundial.
Sin embargo, esto no representa una victoria estadounidense ni supone que Washington haya adquirido control sobre el estrecho. Irán se ha apresurado a reafirmar sus derechos soberanos sobre esta vía marítima, tal como considera que le corresponde.
En respuesta pública a las afirmaciones estadounidenses, funcionarios iraníes han declarado que el estrecho de Ormuz nunca volverá a las condiciones anteriores a la guerra y que será administrado por la República Islámica de Irán.
Además, Irán también ha comunicado a Omán que ningún corredor marítimo en el estrecho será seguro si no cuenta con la aprobación de las autoridades iraníes. Esta postura firme demuestra que, aunque Irán pueda facilitar el tráfico marítimo, sigue decidido a ejercer el control sobre este activo estratégico y a obtener beneficios de él, desafiando claramente las anteriores suposiciones de Estados Unidos.
Según el texto, el memorando consolida el principio de que ignorar a Irán o menoscabar sus derechos soberanos en el golfo Pérsico ya no constituye una opción viable para Washington ni para sus aliados.
El futuro del memorando depende de la voluntad política en Washington
Además, la permanencia de este paradigma basado en la soberanía no está garantizada. El futuro del memorando sigue dependiendo de la voluntad política en Washington.
Ya existen voces influyentes que se oponen al acuerdo preliminar. Algunos senadores estadounidenses han argumentado que concede demasiado terreno a Irán, lo que, según el texto, ha generado preocupación en Washington.
De acuerdo con el artículo, la lógica del ‘bandolerismo estadounidense’ sugiere que Estados Unidos, si se le presenta la oportunidad, difícilmente respetará un acuerdo de paz y podría utilizar a sus aliados, especialmente a Israel, para ejercer presión o incluso violar directamente los términos del memorando.
De hecho, Israel es presentado como uno de los principales perdedores, ya que no fue parte de las negociaciones y aparentemente tuvo poca influencia sobre el resultado.
El memorando, según el texto, pone de manifiesto una creciente divergencia entre los intereses estratégicos de Estados Unidos y los objetivos bélicos de Israel, lo que plantea la posibilidad de que futuras guerras pongan en riesgo la frágil estabilidad alcanzada. No obstante, las autoridades iraníes han advertido que cualquier violación del principio de soberanía recibirá una respuesta contundente.
Diez lecciones aleccionadoras que la guerra contra Irán ha sacado a la luz
Garsha Vazirian
Hace apenas cuatro meses, los responsables y expertos estadounidenses e israelíes hablaban de Irán como si fuera una estructura frágil a punto de derrumbarse ante una fuerza suficiente. Imaginaban que los ataques, los asesinatos, las sanciones, los bloqueos y la presión psicológica obligarían a Teherán a rendirse. En cambio, la guerra produjo el resultado contrario.
Irán sobrevivió, se fortaleció y salió más seguro de sí mismo, mientras que Estados Unidos e Israel han puesto de manifiesto lo limitados que se han vuelto los límites de su propio poder.
Esta guerra tiene una importancia que va mucho más allá de Irán. Fue una prueba de la coacción estadounidense, de la estrategia maníaca israelí y de la idea de que la superioridad militar clásica sigue garantizando el éxito político. Estas son las diez lecciones que otros países deberían tomarse en serio.
  • La fortaleza perdurable de Irán
  • La primera lección es la más importante: Irán no es un Estado frágil a punto de desmoronarse. Es una civilización milenaria con profundidad ideológica, solidez institucional y una cultura política construida en torno a la resistencia.
    El exdiputado de la Asamblea Nacional francesa Pierre Lellouche escribió en *Le Figaro* que Irán salió de la guerra más fuerte y más revanchista que antes, y esa valoración se ajusta al resultado. La denominada «oposición iraní» en la diáspora, a la que los círculos occidentales han tratado durante mucho tiempo como una alternativa ya preparada, resultó irrelevante tanto dentro como fuera del país.
    Las muertes de funcionarios, comandantes, científicos y civiles no provocaron el colapso. En la cultura política antifrágil de Irán, el martirio refuerza la legitimidad y la determinación.
    La geografía sigue decidiendo las guerras
    La segunda lección se hace eco de una verdad tan antigua como la propia meseta iraní: la geografía es poder. Las montañas de Irán, su profundidad y su infraestructura dispersa hicieron que resultara mucho más difícil asestar un golpe decisivo de lo que esperaban los planificadores. Las cordilleras de Zagros y Alborz actúan como una fortaleza natural, proporcionando el camuflaje y la capacidad de supervivencia necesarios para resistir cualquier asalto.
    Además, está el vital estrecho de Ormuz. El tráfico a través del estrecho sigue siendo fundamental para la lógica del alto el fuego, ya que incluso una interrupción limitada afecta de inmediato a los mercados energéticos mundiales. Eso convierte la ubicación de Irán en un activo estratégico que ninguna campaña de bombardeos puede borrar.
    Algunos comentaristas han descrito la «palanca de Ormuz» como más poderosa que una bomba nuclear. El politólogo estadounidense Robert Pape ha afirmado que Irán es mucho más fuerte de lo que era antes del reciente ataque estadounidense-israelí. «Controla el 20 % del petróleo mundial y es ahora un cuarto centro de poder emergente», argumentó.
    III. Las armas baratas han cambiado el coste de la guerra
    La tercera lección se refiere a la economía de la guerra moderna. Irán ha demostrado que los drones y misiles baratos pueden obligar a un enemigo más rico a gastar mucho más en interceptación, estado de alerta y redespliegue. Un ataque de bajo coste puede desencadenar una respuesta costosa, y esa asimetría puede resultar decisiva con el paso del tiempo.
    El escritor sueco Malcolm Kyeyune compara magistralmente el dilema militar de EE. UU. con las guerras husitas del siglo XV. EE. UU. se basó en los «caballeros del cielo», pilotos profesionales que pilotaban aviones de combate de 100 millones de dólares. Irán contrarrestó esto con la estrategia «bohemia»: drones suicidas y misiles balísticos fabricados en el país, baratos y producidos en masa.
    La guerra no la ganó la parte que contaba con los aviones más avanzados. La determinó la parte que fue capaz de imponer costes más rápidamente de lo que sus oponentes, desbordados, podían absorberlos.
    La «decapitación» no provocó el colapso
    La cuarta lección es una que el Pentágono no deja de aprender una y otra vez. Asesinar a los líderes no destruye automáticamente el Estado al que sirven. Los iniciadores de la guerra dieron por sentado que los ataques de «decapitación» y los asesinatos selectivos provocarían pánico, confusión y rendición. En cambio, Irán se adaptó. El mando sobrevivió, se mantuvo la sucesión y el centro político se volvió más disciplinado.
    Robert Pape lleva mucho tiempo defendiendo que los bombardeos coercitivos rara vez producen el efecto político que desean los atacantes, especialmente contra Estados con instituciones estratificadas y cohesión ideológica. Irán volvió a confirmar esa lógica. Los ataques contra los líderes han contribuido a forjar una narrativa de resistencia más sólida.
    El Frente de Resistencia hizo inútiles las tácticas de «divide y vencerás»
    La quinta lección es que el Frente de Resistencia ya no puede entenderse como un fenómeno aislado. La suposición de que Hezbolá, los grupos de resistencia iraquíes, Ansarallah de Yemen y otros actores alineados podrían neutralizarse por separado resultó errónea. La presión en un ámbito provocó una respuesta en otro. Ese es el significado práctico de la «unidad de teatros de operaciones».
    La guerra reveló una realidad interconectada, no un conjunto de milicias inconexas. Washington y Tel Aviv deseaban campañas secuenciales. En cambio, se enfrentaron a un sistema en el que la presión se extiende más allá de las fronteras. Una vez que esto quedó claro, la estrategia de contención compartimentada pareció obsoleta.
    Las bases estadounidenses se convirtieron en un lastre
    La sexta lección es especialmente importante para los países que acogen a las fuerzas estadounidenses. En esta guerra, las bases estadounidenses hicieron que los Estados anfitriones fueran más vulnerables, no más seguros. Se convirtieron en objetivos, puntos de presión e imanes para una represalia justificada.
    Por eso muchos gobiernos de la región han entrado en pánico. Se han dado cuenta de que los ejércitos estadounidense e israelí traen consigo las prioridades de ambos países, y esas prioridades no están alineadas con los intereses locales. Bajo el fuego enemigo, el supuesto paraguas de seguridad solo actúa como un faro que señala los objetivos.
    VII. El mundo reacciona ante el sufrimiento, no ante los principios
    La séptima lección es cruda, pero cierta. Una parte significativa de la población mundial no reaccionó con fuerza ante el sufrimiento de los iraníes por motivos morales. Reaccionaron cuando la guerra amenazó el petróleo, el transporte marítimo, los seguros y la inflación. La preocupación humanitaria importa en los discursos; las perturbaciones materiales importan en la práctica.
    Por eso Hormuz era tan importante. Una vez que los flujos energéticos se vieron en peligro, la guerra se convirtió en un problema de todos. La atención mundial se agudizó rápidamente cuando los mercados se vieron en riesgo. La lección es sencilla: la solidaridad internacional es escasa, pero el dolor económico es inmediato.
    Sin embargo, este frío cálculo no resta valor a la profunda importancia de la verdadera empatía y la alianza; el pueblo iraní no olvida a quienes se mantuvieron a su lado, a quienes protestaron y enarbolaron los retratos del ayatolá Seyyed Ali Khamenei, mártir, y de los escolares de Minab, pues tales actos de solidaridad quedan profundamente grabados en la memoria nacional.
    VIII. Tel Aviv y Washington solo entienden el lenguaje de la fuerza
    La octava lección es sombría. Los llamamientos a la moderación no detienen a un actor que considera el compromiso como una debilidad. Jeffrey Sachs ha argumentado que la estrategia regional israelí se basa en el dominio, no en la coexistencia, y la guerra se ajusta estrechamente a esa lógica. Sachs también ha afirmado que el objetivo de la política exterior estadounidense se ha convertido en el «dominio en todo el espectro en todas las regiones del mundo».
    La respuesta de Irán dejó una cosa clara: la fuerza se enfrentó a la fuerza, y solo la fuerza cambió el ritmo de la guerra. No es una lección reconfortante, pero es la que nos ha enseñado la guerra.
    La imprevisibilidad estadounidense no es una estrategia
    La novena lección se refiere al mito en torno a la volatilidad al estilo Trump. Durante años, la imprevisibilidad de Trump se vendió como una virtud estratégica, como si el comportamiento errático fuera lo mismo que planificar.
    La guerra puso de manifiesto la debilidad de esa idea. Cuando aumentó la presión, la imprevisibilidad se asemejó menos a la maestría y más a la improvisación. Desorientó más a los aliados que a los enemigos.
    Irán, por el contrario, actuó de forma deliberada. Sabía lo que podía soportar y lo que desencadenaría una respuesta. Esa es la diferencia entre la claridad estratégica y el ruido político. Una gran potencia que actúa de forma errática bajo presión acaba enseñando a los demás a protegerse de ella.
    El orden mundial estadounidense sufre un declive terminal
    La última lección es la de mayor alcance. La guerra entre Estados Unidos e Israel ha acelerado la erosión del antiguo orden estadounidense.
    Estados Unidos aún puede atacar, matar, castigar y destruir. Lo que ya no puede dar por sentado es que la fuerza vaya a generar control de forma fiable. Israel sigue siendo capaz de infligir daños y acabar con vidas inocentes, pero la victoria estratégica sigue estando totalmente fuera de su alcance.
    La guerra ha profundizado el escepticismo hacia las garantías estadounidenses, ha reforzado los instintos multipolares y ha recordado al mundo que el imperio aún puede herir, pero ya no puede mandar como lo hacía antes. Irán ha convertido la guerra en una prueba de que la era de la fácil coacción occidental está llegando a su fin.

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