Historia

Cuando Franco invitó a los rusos a pescar en Canarias

Administrator | Domingo 12 de julio de 2026
Jorge Alacid
Febrero de 1967. Hace casi sesenta años, un insólito episodio de la Historia de España estaba a punto de fraguarse a espaldas de la opinión pública: ventajas del apagón informativo propio de todo régimen dictatorial. En realidad, cabe hablar de dos dictaduras. La española, que enfilaba la última fase del franquismo, y la soviética, cuando aquel Estado era la única gran potencia que se medía a escala global con Estados Unidos. España y la URSS, dos enemigos acérrimos. Todavía estaba reciente en la península entender el comunismo como una especie de infierno en la tierra. Sus dirigentes encarnaban de hecho el demonio para la sociedad española, aún con las cuentas pendientes de la II República, la Guerra Civil y todos aquellos encontronazos que impedían una mínima relación entre ambos países. Tampoco sus respectivos ciudadanos gozaban de libertad para confraternizar, mucho menos para trazar operaciones económicas conjuntas. ¿Por qué nace entonces una empresa llamada Sovhispán, que desde su mismo nombre anuncia una colaboración conjunta entre los archienemigos? ¿Qué sentido tiene forjar una alianza comercial que permitiera la entrada en España de la flota soviética? La respuesta es sencilla, aunque compleja. La palabra es Gibraltar.
Así lo explica Jesús Rodríguez Beltrán, un ejecutivo castellano jubilado, que conoce de primera mano esta historia. Es autor de una apasionante serie de libros donde relata su peripecia profesional con los soviéticos y la de Sovhispán, donde trabajó catorce años, primero como director de la oficina de Moscú y más tarde como director general. La empresa había nacido en 1971, cuatro años después de que el almirante Leopoldo Boado, como subsecretario de la Marina Mercante, firmara con Alexánder Averin, jefazo del Ministerio de la Marina soviética, el certificado de nacimiento de Sovhispán.
Rodríguez se refiere al Peñón como piedra angular que explica lo inexplicable: que Franco cediera a Leonid Brézhnev los puertos canarios para que pudiera atracar la flota soviética dedicada a la explotación pesquera, porque luego de darle unas cuantas vueltas a la cabeza, años y años después, no encuentra otra justificación. «Para España era prioritario en su política exterior de aquellos momentos el asunto de Gibraltar». Su puerto, aunque pequeño, era muy codiciado por la URSS para aprovisionarse, en medio de una complicada coyuntura internacional, «porque no tenía otro mejor en la región». En la segunda mitad de los años sesenta dos resoluciones de la ONU garantizan a Gibraltar el estatus de colonia. Gran Bretaña reacciona concediendo estatuto propio al Peñón, Franco replica con el cierre de la verja y, como parte de su estrategia de asfixia económica, trata de evitar el acceso de los barcos con la bandera de la hoz y el martillo a bordo. ¿Solución? Una alternativa irreverente, ajena al 'status quo' internacional y a la lógica bélica que animaba la relación bilateral.
Canarias poseía puertos más amplios, mejor localizados… Rodríguez, aunque acepta que es una especulación, carece de dudas al respecto: «La decisión la toma en persona Franco». Se refiere a la hora crítica en que nace esta historia que tuvo a Sovhispán como protagonista y que contó con un misterioso precedente, poco estudiado por la historiografía: una enigmática escala aérea en Moscú del ministro español de Asuntos Exteriores, Gregorio López Bravo.

Moscú, 1978. Jesús Rodríguez Beltrán, flanqueado por Juan Boada, a su derecha, y por Manolo Suárez, a la izquierda, en ese momento el director de la delegación de Sovhispán en Las Palmas. (R. C.)
Imaginemos el aeropuerto de la capital soviética de la época: un escenario propio de la Guerra Fría, donde de repente aterriza un avión del Gobierno español con su canciller a bordo. López Bravo, factótum del régimen, se apea del aparato y en un reservado charla durante un rato con una bestia negra del franquismo, su homólogo Andrei Gromiko. «Realmente ahí hay una voluntad de acercamiento», observa Rodríguez, quien sospecha que ese encuentro obedecía a un cambio de estrategia del dictador español resumida en esta frase: «Franco se preocupó mucho de no tener todos los huevos en la misma cesta».
Todo eran ventajas
Por lo que fuera, lo cierto es que el alumbramiento de esa relación comercial acababa de quedar sellado: el acuerdo (más o menos secreto) firmado entre ambos gobiernos permitía a la flota soviética utilizar los puertos españoles, ser beneficiaria de una operativa que reducía la estancia en Canarias en un par de días respecto a Gibraltar, abarataba los costes y le situaba más cerca de los bancos de pesca vecinos. Todo eran ventajas.
A cambio, España obtenía unos importantes ingresos económicos, fruto de una ingente actividad que se cifra en unas 1.500 entradas de barcos al año y que pudo rozar en algún momento los 2.000 atraques. Rodríguez Beltrán tiene bien consignadas estas cifras, igual que se ha preocupado de entregar a la imprenta los tres libros que detallan cómo se gestó la operación, donde aparecen apellidos muy conocidos de la España de entonces.
2.000
entradas de barcos
al año llegó a registrar España que, fruto de esta ingente actividad, obtuvo importantes ingresos económicos.
El poeta Jaime Gil de Biedma, directivo de la empresa Compañía General de Tabacos de Filipinas, jugó un papel activo en el nacimiento de Sovhispán, porque se apoyó sobre la red comercial de esa firma tabaquera, pionera en la salida empresarial de España al exterior. Fueron los cimientos donde se construyó una experiencia muy exitosa, que bebió de otras como la protagonizada por Ramón Mendoza, luego presidente del Real Madrid, a la vanguardia de los incipientes acercamientos españoles al régimen soviético, que palidecen comparados con la dimensión que acabó por alcanzar Sovhispán.
La empresa mixta llegó a disponer de delegaciones en Tenerife (donde resiste su sede, llamada Edificio Sovhispán), Las Palmas, Moscú y Madrid (un palacete en la calle Joaquín Costa), además de operar en Gran Bretaña, Irlanda, Canadá, Marruecos, Colombia y Argentina y diferentes países de África Ecuatorial: un modelo para el régimen de Breznhev, que lo ponía de ejemplo de apertura en esa fase final del régimen, justo antes de la desintegración que precedió el colapso final. Su adiós fue también el adiós de Sovhispán, alimentada en sus orígenes por la codicia del dictador y su entorno, que miraron para otro lado habida cuenta de los dividendos que obtenían como compensación. «Ponían una vela a Dios y otra al diablo», señala Rodríguez.

Delegación de Shovispán en Las Palmas de Gran Canaria. (R. C.)
El acta de defunción de Sovhispán, entendiendo como tal el fin de su actividad real, se firma en 1991. Durante veinte años, Rodríguez se acostumbró a vivir con un pie en Moscú y otro en Madrid, donde residía. A su cargo dirigió en la sede moscovita a una veintena de trabajadores, misioneros comerciales en tierra extraña,repartidos por unas oficinas de 600 metros cuadrados en el centro de la ciudad. «Eso era inaudito», concede. «Las grandes compañías occidentales, las más relevantes que lograban estar allí, lo normal es que tuviesen un representante extranjero, un grupo que también servía de control, algún recurso proporcionado por una secretaria y poco más».
Alfombras, aparatos de música, relojes y otros productos de consumo sedujeron a los miembros de la flota de la URSS
Una manera de operar bajo la bota soviética que contrastaba con el desempeño de los ejecutivos españoles, que se reservaron la exclusiva de la gestión pese a que el capital se dividía entre las dos administraciones a partes iguales. Un curioso proceder que no debe extrañar en el conjunto de una historia tan peculiar. Valga el ejemplo del propio Rodríguez, aquel veinteañero que se embarcó en la operación en su condición de… militante del Partico Comunista de España.
Buen sueldo, coche y piso
«Fui a Moscú porque a nivel profesional era una empresa muy sugestiva y para mí era como la nueva Roma. Luego me caí del caballo. Antes ya había pedido una especie de baja temporal en la militancia». Rodríguez sonríe. Confiesa que siempre pensó que aquel destino sería una misión temporal, un empleo provisional para un jovencito español recién licenciado en Icade, que acabó sin embargo sintiendo que una parte de su alma se desgajaba para adherirse a esa doble militancia hispano-rusa, como le ocurrió también a su criatura, Sovhispán.
Asfixiar al Peñón
Franco cedió a Leonid Brézhnev los puertos canarios para que atracara la flota soviética dedicada a la explotación pesquera
Pasó el tiempo, pero queda el recuerdo. O los recuerdos. Porque también a los soviéticos les atravesó una experiencia parecida. Unos cuantos de ellos encajaron en la mentalidad española con pasmosa facilidad. «Tenían un buen sueldo, aunque en buena parte lo entregaban, pero también un coche y un piso en Canarias estupendos, muy por encima del nivel de su país», afirma. A otros la cultura española apenas les rozó. Se refiere a «los miles de marineros que tocaban puerto para hacer el cambio de tripulación en Las Palmas y Santa Cruz», quienes se limitaron a hacer algo de turismo y a beneficiarse de otras regalías: por ejemplo, su condición de puerto franco. «Tenían las mercancías más codiciadas en la Unión Soviética a precios muy baratos porque estaban libres de impuestos». Y pone un llamativo ejemplo de esa recién adquirida fiebre capitalista que atrapó a la marinería soviética: «Les encantaban las alfombras. Las tiendas de Sovhispán llegaron a vender un millón en los años ochenta. De Onteniente, por cierto, la mayoría».
Aparatos de música, relojes y otros productos de consumo sedujeron a los miembros de la flota de la URSS según un protocolo que explica los acontecimientos que vendrían. La disolución del régimen, la caída del Muro y esos hitos de la Historia que conviven con esta otra clase de historias, ricas en letra pequeña. ¿Resumen? Estas palabras de Jesús Rodríguez: «Sovhispán fue el resultado de una carambola que propició la confluencia de intereses de dos regímenes en teoría irreconciliables. Pero para quienes trabajamos en la empresa fue mucho más que eso: una experiencia extraordinaria. Una aventura apasionante, con sus luces y sombras, que marcaría nuestras vidas».

TEMAS RELACIONADOS: