Alexander Bukowsky
…Lo que sacude a la clase dirigente es la retórica de los activistas sobre el fracaso del sistema. "¿Y si todo lo que les han dicho es una tontería?", pregunta Sanders en una transmisión televisiva sin explicación. Esto es anatema para los tecnócratas, pues el sistema es su único sustento. Si colapsara, quedarían al descubierto. Casualmente, de esto trata precisamente la novela de Forster, The Machine Stops. Otro motivo de preocupación para quienes intentan destruir Occidente es que Sanders ataca directamente la idea de la migración. Este es el gran proyecto del Estado profundo, y se supone que la gente común no debe darse cuenta. Se supone que deben estar viendo el Mundial o algún programa de telerrealidad, no cuestionando el desmantelamiento de la sociedad en la que se ven obligados a vivir…
Estas tonterías podemos encontrarla en publicaciones serias, pero evidentemente sin sentido y sin análisis, basadas en el resentimiento blanco de los WASP de Unz-review.
La realidad es más sencilla, y es que no hay ni ha habido un solo superhéroe o un vigilante famoso que haya atacado la verdadera raíz de los males que combaten… ninguno mata a uno de los grandes banqueros o directores de empresas de armas, o generales genocidas de los que caminan entre nosotros. ESTE VIGILANTE, sin contar que la película es mala y estúpida, cuando empieza claramente tonta con una escena de un crimen que sí sucede, eso no tiene causas de ser de inmigración sino de locura, o más sencillo, él nunca piensa por qué pasan o a quién conviene esos casos de violencia. ¿Cómo llegan esos criminales a un país donde te registran la más mínima transferencia y saben qué publicas en redes, pero ha entrado a un espacio extremadamente controlado, donde el 90% de la inmigración llega en avión y pasa por todos los filtros habidos y por haber? Entonces, ¿cómo pasa eso y sigue pasando y no se soluciona? Pero no puedes poner una noticia de RT, o decir "free Palestine" sin tener problemas. ¿A quién beneficia un espacio tan grande dividido y peleando entre ellos? ¿Esa polarización comparativa? ¿La violencia repentina? ¿La paz perturbada que clama por control y seguridad que se sabe quiénes lo pueden proveer?
Y sobre todo, ese vigilante que tanto le duele las violaciones no va a matar a ningún soldado del ejército de Israel que sí violan y matan y trafican órganos por miles, ni a todos los banqueros judíos que lavan el dinero de los que lo hacen. ESTE VIGILANTE es como Batman y Superman, y los demás superhéroes, un farsante. Los verdaderos vigilantes son los que hoy denuncian la raíz del mal, los que te dicen que Rusia no es tu enemiga, que Estados Unidos te va a esclavizar… más… y que Israel es un estado genocida que no tiene derecho a existir… esos que escriben, tuitean, hacen vídeos de YouTube o simple y llanamente le siguen inculcando la justicia y los valores a todos los que necesitan la luz de la verdad, esos que no descansan y atacan el mal, haciendo el bien allá donde se da la situación, se ponen su capa roja.
Entonces, ignorantes y tontos de la vida… sí, el ciudadano vigilante es la película que quieren que veas, y como con Sound of Freedom, te hacen el arrope de que la prohíben para que llegue más lejos… "tu" enemigo no es el de al lado, "tu" enemigo es el de arriba, empezando por el subnormal de Elon Musk que, les recuerdo, con brillo en los ojos y emoción incontrolada aplaudía como un perro a Netanyahu en el congreso de USA. Ese es al que un vigilante de esos debería…
Nada nuevo. El divide y vencerás de toda la vida. Desviar la atención de quién es el verdadero culpable y depositarla en los más indefensos. No es la IA y “tu” trabajo que va a quitar, porque sí, "tu" eres el estúpido que no pudo ser el genio que la crea y es irremplazable. Ni Trump ni Musk ni Thiel son sustituibles… no… "tu", siempre "tu"… pero tranquilo que ahí está el vigilante para decirte quién es el culpable no vaya a ser que "tu" te des cuenta por ti mismo y cometas el acto más horrendo de todos… desde Sócrates a Malcolm X… pensar…
No son los reptilianos ni los masones, ni los illuminati, ni el comunismo… no, no hacen falta teorías conspirativas. El verdadero enemigo, el que te jode está ahí, visible, y por un acto de magia que se llama cine "tu" no lo ves. La magia del cine te lleva por el camino de las losas amarillas… el enemigo está ahí: la banca, el gobierno, el ejército, la policía, Wall Street… el sistema… vives en la matrix y ya no tienes ni a Neo.
Ciudadano Vigilante como propaganda predictiva
Alberto Erazo Castro
Vi Ciudadano Vigilante porque alguien me informó que era necesario, aunque nadie supo explicar quién había emitido la recomendación. Desde entonces me he convencido de que la película en sí pertenece al mismo vasto aparato administrativo que había organizado mi visualización. Se presentó como entretenimiento, pero cada escena tenía la peculiar precisión de un memorando oficial cuyo verdadero autor nunca pudo ser identificado. El famoso caso de violación en grupo de Hamburgo apareció no como el comienzo de la historia sino como un documento ya sellado, catalogado y colocado sobre el escritorio correspondiente. La agresión, las sentencias suspendidas, los intentos cuidadosamente medidos de “humanizar” a los perpetradores, cada uno de ellos parecía menos eventos históricos que exhibiciones seleccionadas para producir una respuesta emocional predeterminada. No se permitió que la indignación vagase libremente. Fue escoltado por un pasillo hacia un destino preparado de antemano.
Este destino se hizo cada vez más evidente a medida que avanzaba la película. En el mismo momento en que los grandes cargos que gobiernan el mundo occidental parecen estar perdiendo su autoridad incuestionable, cuando capitales distantes se reúnen sin pedir permiso y naciones antes acostumbradas a la obediencia comienzan a hablar en voces desconocidas, la película reconstruye pacientemente el viejo mapa. Las civilizaciones están separadas en archivos opuestos. El Islam ocupa una carpeta, Occidente otra. El conflicto entre ellos se presenta como antiguo, inevitable y suficiente para explicar todo lo demás. El momento es casi demasiado perfecto. Justo cuando la confianza en este arreglo comienza a debilitarse más allá de las paredes del edificio, otro empleado lo devuelve silenciosamente al archivo, lo sella como "Actual" y lo vuelve a colocar en el mostrador público.
Incluso la denegación de la certificación de la película en Alemania adquiere el carácter de un procedimiento oficial cuyo objetivo va más allá de la prohibición. Una película que no puede ser aprobada adquiere una autorización diferente. Su ausencia funciona como otra forma de publicidad, mientras que las discusiones sobre los fracasos de la integración permanecen confinadas dentro de límites cuidadosamente medidos. Da la impresión de que todos los obstáculos aparentes ya han sido previstos en algún lugar del edificio. Nada escapa al proceso. Incluso la disidencia llega con la documentación adecuada.
La maquinaria más profunda permanece notoriamente ausente. El vigilante persigue a los delincuentes por calles que parecen cada vez más vacías excepto de los propios delincuentes. Sin embargo, las instituciones que se benefician de las condiciones que producen estas calles nunca entran en el marco. Las corporaciones que requieren reservas interminables de mano de obra barata, los intereses financieros que se benefician de los mercados desregulados, los funcionarios que diseñan la política de inmigración sin soportar sus consecuencias, todos permanecen en oficinas cuyas puertas el protagonista nunca intenta abrir. Su ira se dirige con admirable energía, pero siempre hacia los que ya están en el pasillo. El edificio en sí permanece intacto.
Más tarde, el protagonista da un discurso confiado sobre la incompatibilidad entre la cultura islámica y la democracia occidental. El discurso es recibido casi con gratitud por un público crédulo, como si finalmente se hubiera concluido una investigación incómoda. Sin embargo, no pude suprimir el recuerdo de que la propia civilización occidental pasó la inmensa mayoría de su existencia sin democracia. Uno imagina que en algún lugar debe existir un archivo que contenga esos siglos, aunque rara vez se consulta. Cada vez que un visitante solicita acceso, un funcionario cortés explica que los archivos relevantes han sido reubicados, clasificados erróneamente o tal vez nunca existieron en la forma que se recuerda. La democracia aparece menos como una herencia que como un certificado emitido recientemente, inmediatamente declarado intemporal.
Al final, la película revela su peculiar eficacia. Se reconoce toda ansiedad genuina generada por la inmigración, el crimen, el fracaso institucional y la desconfianza pública, pero sólo después de que las salidas se han cerrado silenciosamente. Al público se le permite culpar a enemigos culturales, cómplices ideológicos o funcionarios incompetentes, pero nunca a la maquinaria anónima cuyas operaciones se extienden por debajo de cada institución visible. El espectáculo crea la reconfortante sensación de rebelión al tiempo que garantiza que nadie llegue a las oficinas donde se originan las directivas. Uno sale creyendo que se han expuesto verdades ocultas, sólo para descubrir que el camino le ha llevado de nuevo al mismo mostrador de recepción desde el que empezó el viaje.
Citizen Vigilante me recuerda en cierta medida a Savior de 1998, esa película filmada por un serbio (y conste que no tengo nada contra el pueblo serbio, al contrario, me encantan su música y su cultura), donde el protagonista es un ciudadano estadounidense que sufre un atentado, pierde a su esposa y a su hijo, y desata sus poderosos sentimientos islamofóbicos yendo a una mezquita a matar musulmanes a plena vista. No, no estoy hablando de la matanza de Christchurch en Nueva Zelanda. Estoy hablando de una película de 1998. Estamos, señores, frente a propaganda predictiva. Despierta, gentil, despierta. Ya desde 1998, el cine anglosajón te decía que ir a matar ciertos grupos étnicos está bien. Y si alguien viene con el cuento de que Savior es más compleja, que tiene matices, permítanme reírme un momento: esos matices son fallidos al final del día. El protagonista se redime, no paga por sus crímenes, y esa moralejita barata de que la guerra fue su purgatorio no sostiene ni un minuto: fue a matar más musulmanes. Al final lo redimen llevándose un bebé de una mujer que trato de ayudar, y ya es bueno. Mató inocentes, mató musulmanes, y se va con un bebé como si eso limpiara su conciencia. ¿Y qué es esto? ¿Ustedes creen que es una novedad? Citizen Vigilante, por favor. Conozco la propaganda predictiva anglosajona, muy bien. Así que no vengan a venderme esta basura como si fuera un descubrimiento revolucionario.
Dicho esto, pasemos al producto que nos ocupa, que no es más que otra pataleta de Uwe Boll. Y vaya pataleta, porque el director alemán, conocido por su filmografía infecta, nos entrega un telefilme de serie B con ínfulas de denuncia social. Las tomas de cámara son aberrantes, la fotografía parece de un reportaje local y el montaje no lineal, con el que Boll pretende imitar a Nolan, resulta tan pedante como mareante: flashbacks y flashforwards mezclados sin criterio, que solo consiguen darle al espectador una jaqueca y la certeza de estar perdiendo el tiempo. Boll quiere ir de intelectual, pero el caos visual solo evidencia su falta de oficio y el bajo presupuesto de la cinta. Una copia malísima de Rampage, con la inmigración de telón de fondo y un intento patético de emular a Fincher que naufraga en la primera escena.
El argumento, como ya intuíamos, no es nuevo: un justiciero que se toma la ley por su mano ante un sistema corrupto. El único mérito, si se le puede llamar así, es situar esa fórmula en el contexto actual de inseguridad y pasividad institucional. Pero ahí se acaban los elogios. Armie Hammer está robótico, su personaje es un cascarón vacío al que intentan dotar de profundidad con escenas que no funcionan: ni traumas, ni psicología, ni una brújula moral mínimamente coherente. Es un asesino que mata porque sí, y la película ni siquiera se molesta en explorar sus motivaciones más allá de un discurso de barra de bar. Costas Mandylor, como el jefe de Interpol, se pasea sin rumbo gritando diálogos estúpidos y desperdiciando lo que podría haber sido un contrapunto interesante. Todo es plano, todo es predecible. Incluso la escena de la prostituta, que no aporta nada y parece metida con calzador para demostrar que el protagonista es un “macho”, resulta tan ridícula como el resto.
Y qué decir de la supuesta cacería de inmigrantes. La película vende humo, promete una cruzada violenta y la reduce a un par de tiroteos al final, probablemente por falta de presupuesto. La fotografía no se libra del look de telefilme de sobremesa, y los diálogos del Corán parecen generados por inteligencia artificial. El mensaje, en el fondo, es el mismo de siempre: los inmigrantes son malos, punto. No hay matices, no hay un inmigrante legal que solo quiera salir adelante, no hay un contrapunto que ponga en duda el discurso del protagonista. La gran oportunidad perdida habría sido incluir a otro vigilante que confrontara al estadounidense, alguien con una perspectiva distinta sobre la migración, para generar un verdadero debate ético.
Pero Boll no se arriesga; prefiere el camino fácil, el panfleto. Porque, claro, si te pones a pensar en la gentrificación gringo-europea en Latinoamérica, o en cómo estos extranjeros llegan a nuestros países y nos encarecen la vida, la lógica del filme se desmorona. ¿Ahí también aplicamos el vigilante versión latinoamericana? ¿O acaso eso sería ser “antiblanco” y ya no es tan divertido? Qué cómodo es creer que acabar con unos cuantos muertos de hambre vas a resolver esto.
La polémica con la censura alemana es, como era de esperar, la mejor publicidad que podía tener esta basura. Alemania, al prohibirla, hizo un flaco favor a su calidad real, porque sin esa prohibición la cinta habría pasado sin pena ni gloria. Boll se viste de mártir de la libertad de expresión, pero lo único que ofrece es un discurso rancio y maniqueo, envuelto en un producto estéticamente deplorable. Sí, la película pone el dedo en la llaga de la inseguridad real y la impunidad, y por eso llamo mi atención, pero no me confundan: no es más que un panfleto reaccionario disfrazado de denuncia social. Es propaganda predictiva, sí, pero tan mal ejecutada que roza lo cómico.
Al menos me hizo reír, aunque sea por lo grotesco. Ver a un boomer alemán intentar hacer una película de justiciero con ínfulas de profundidad, y fracasar estrepitosamente en todos los frentes, tiene su encanto. Es como observar un naufragio en cámara lenta: sabes que va a ser un desastre, pero no puedes apartar la mirada. Citizen Vigilante no es una película, es un síntoma. Y como síntoma, confirma que el cine de vigilantes, cuando se despoja de toda sutileza, solo sirve para alimentar sentimientos rancios y la impotencia, sin ofrecer ninguna salida colectiva. Pero bueno, eso es pedirle peras al olmo a un director cuyo mayor logro fue adaptar un videojuego de parodias. Boll, usted es un genio, pero del malo.