Mehmet Ali Muller
Una declaración más breve oculta tensiones más profundas, mientras Washington presiona para reorientar el papel de la OTAN desde Europa hacia Asia Occidental y la región de Asia-Pacífico.
La declaración final de seis puntos de la
Cumbre de la OTAN en Ankara es una de las más breves de los últimos años, similar a la declaración de cinco puntos del año pasado en La Haya. Por el contrario, la declaración de la Cumbre de Bruselas de 2021 contenía 79 puntos, la de Madrid de 2022, 22; la de Vilna de 2023, 90; y la de Washington de 2024, 38.
Esta drástica reducción refleja las tensiones actuales entre EE. UU. y Europa. La declaración es breve porque los ámbitos de acuerdo siguen siendo limitados. El debate sobre la OTAN como «
tigre de papel» no se ha resuelto, sino que simplemente se ha dejado de lado.
En la declaración, esta cuestión se aborda temporalmente mediante el lema «una Europa más fuerte en una OTAN más fuerte».
La Declaración de Ankara apunta a Rusia e Irán
El primer artículo de la declaración de Ankara, compuesta por seis puntos, reafirma el compromiso con el artículo 5 del Tratado de Washington, mientras que el artículo final expresa su agradecimiento al país anfitrión.
Los cuatro artículos restantes se centran en Rusia, esbozan un paquete de ayuda de 70.000 millones de dólares para Ucrania, amplían el gasto en defensa, hacen referencia a contratos de armamento por valor de 50.000 millones de dólares y abordan brevemente el tema de Irán.
La Doctrina Donroe y la OTAN 3.0
Washington pretende adaptar la OTAN a lo que define como una nueva fase estratégica, descrita aquí como la OTAN 3.0. La denominada
Doctrina Donroe se centra en consolidar el dominio en el hemisferio occidental, trasladar una mayor responsabilidad a los aliados de Europa y otros lugares, y rodear a China en la región de Asia-Pacífico mediante alianzas.
En la práctica, esto adopta tres formas:
Europa asume la responsabilidad principal de su propia seguridad, lo que incluye liderar el apoyo a Ucrania frente a Rusia.
Se establece un nuevo orden en Asia Occidental bajo la hegemonía israelí, lo que requiere la normalización de las relaciones entre Turquía —miembro de la OTAN— e Israel, así como entre Israel y Siria y los Estados del Golfo, al tiempo que se debilita a Irán como principal obstáculo.
La OTAN profundiza la cooperación con sus socios de Asia-Pacífico —los países del IP4: Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda— integrándolos en su cadena de suministro de armamento y ampliando gradualmente el alcance de la OTAN en Asia.
La economía política de la OTAN 3.0
Washington considera la militarización como la palanca para la transformación de la OTAN 3.0. Tiene dos objetivos clave: aumentar el gasto en defensa de los miembros de la OTAN hasta el
5 % del PIB y construir una nueva cadena de producción de armamento. El primer paso se inició en La Haya el año pasado, y el segundo se impulsó en Ankara.
Aumentar el gasto en defensa hasta el 5 % generaría un vasto fondo financiero en pocos años. La inclusión de socios de la OTAN como Japón ampliaría aún más la escala, creando un mercado que despertaría un amplio interés. Estados Unidos pretende distribuir este fondo de manera que sustente el marco de la OTAN 3.0.
Paralelamente, se está llevando a cabo el esfuerzo por construir una nueva cadena de suministro de armamento. El enfoque consiste en mantener el control sobre los componentes principales, al tiempo que se distribuye la producción de subcomponentes entre los aliados, vinculándolos entre sí y, en última instancia, con Washington.
Los acuerdos de armamento por valor de 50.000 millones de dólares a los que se hace referencia en la declaración marcan un primer paso. El acuerdo entre la OTAN y Corea del Sur, por valor de 10.000 millones de dólares, que otorga a Seúl acceso al mercado conjunto de adquisiciones de defensa de la OTAN, encaja en este modelo.
Una nueva economía militar-industrial
Para el Gobierno de Erdogan, asegurarse una cuota del
creciente gasto en defensa se ha convertido en una prioridad. Ankara ve en ello una oportunidad para su
sector de defensa, especialmente a través de la empresa estatal ASELSAN y la empresa privada BAYKAR.
El Foro de la Industria de Defensa, que durante mucho tiempo se celebró como evento paralelo a las cumbres de la OTAN, se incluyó por primera vez en el programa oficial de Ankara, lo que refleja ese cambio.
Los países que buscan una cuota de este mercado en expansión y el esfuerzo de Washington por asignar dicha cuota de acuerdo con su estrategia han convergido.
La idea de un
Banco de Defensa de la OTAN también figura en la agenda. Nueve países sentaron las bases durante la cumbre de Ankara. De concretarse, vincularía más estrechamente un modelo militar-industrial con el capital financiero.
Turquía 3.0: el Estado de primera línea central de la OTAN
Para Turquía, la OTAN 3.0 también marca el inicio de una nueva fase.
La OTAN 1.0 abarca el período comprendido entre la fundación de la alianza y el colapso de la Unión Soviética en 1991. En aquella época, Turquía se integró en la estrategia estadounidense, lo que diluyó su énfasis fundacional en la independencia y el antiimperialismo, erosionó aspectos de su carácter laico a través del proyecto del «Cinturón Verde» y absorbió su capital humano en el marco de programas anticomunistas.
La OTAN 2.0 abarca el período comprendido entre 1991 y 2026. Durante estos años, la OTAN se expandió hacia Rusia, desmanteló Yugoslavia e intervino en toda Asia Occidental. El papel de Turquía volvió a definirse en el marco de la estrategia estadounidense, esta vez a través del «islamismo moderado».
La OTAN 3.0 se caracteriza por que Europa asuma la responsabilidad de la seguridad frente a Rusia, la búsqueda de un orden en Asia Occidental
bajo el dominio israelí y un giro estratégico hacia la región de Asia-Pacífico.
En este marco, Turquía se posiciona como garante de la seguridad de Europa, se le anima a normalizar las relaciones con Tel Aviv para asegurarse un lugar en el orden regional y se le involucra en los esfuerzos destinados a contrarrestar a Irán.
En efecto, Turquía se está situando en el
centro de la primera línea de la OTAN. El cuartel general naval en construcción en el Bósforo está dirigido hacia Rusia, mientras que el nuevo cuartel general del Cuerpo de la OTAN en Adana está orientado hacia Asia Occidental e Irán.
El objetivo de Washington de una «OTAN asiática»
El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, representa de hecho el liderazgo estadounidense dentro de la alianza. Sus declaraciones reflejan la posición de Washington más que la de Europa.
Sus comentarios antes y durante la cumbre apuntaban a un objetivo a más largo plazo. Rutte
argumentó que Rusia colaboraba estrechamente con Corea del Norte, China e Irán,
añadiendo que la OTAN «no puede ser ingenua» y debe permanecer unida.
En esencia, la OTAN 3.0 refleja un esfuerzo por utilizar la alianza, en primer lugar, contra los socios de Pekín —Rusia e Irán— y, con el tiempo, contra la propia China. De ahí se deriva el impulso para reorientar la OTAN hacia Asia.
Durante los últimos cuatro años, los líderes de los países del IP4 han sido invitados a las cumbres de la OTAN. En Ankara, las conversaciones con estos Estados se centraron en ampliar la cooperación en las industrias de defensa y las tecnologías avanzadas.
Washington está presionando a estos socios para que logren una alineación militar más estrecha, que en ocasiones se asemeja a una subalianza: una «
OTAN asiática». Las propuestas para abrir una oficina de enlace de la OTAN en Tokio —aunque
controvertidas, sobre todo por parte de Francia— forman parte de este esfuerzo.
Washington, sin embargo, ha seguido presionando para que la OTAN desempeñe un papel más amplio en Asia. Como
señaló Rutte: «La seguridad de la zona euroatlántica y la del Indo-Pacífico están estrechamente interconectadas», lo que refuerza los esfuerzos por ampliar el enfoque de la alianza más allá de su ámbito geográfico original.
Expectativas respecto a la OTAN 3.0
Tras la Cumbre de Ankara, se espera que la OTAN 3.0 responda a diferentes prioridades:
- Para EE. UU.: alinear la OTAN con su estrategia para Asia-Pacífico.
- Para Europa: mantener la implicación de EE. UU. en la seguridad europea, incluso aunque cambie el apoyo directo.
- Para Turquía: ampliar un modelo de crecimiento militar-industrial.
Para los países del Sur Global, la OTAN se considera ampliamente como una alianza militar obsoleta cuyo papel ha llegado a su fin.
El gran despojo del bienestar y la arquitectura del cuartel europeo
Alejandro Marcó del Pont
En algún lugar de la memoria colectiva europea, entre el polvo de los archivos y las fotografías sepia, permanece la imagen de aquella sala cargada de humo en Berlín, el 20 de febrero de 1933. Veinticuatro hombres, los barones del acero, la química y la banca teutona, la elite alemana se sentaban frente a un cabo bohemio de bigote ridículo para entregarle las llaves del Reich.
Éric Vuillard, en su escalofriante crónica de El orden del día, reconstruyó aquella escena con la precisión de un forense, dejándonos la lección más amarga de la historia económica del siglo XX. Las catástrofes no las provocan los locos, sino los hombres respetables que firman los cheques. Pero hay una verdad aún más oscura que subyace en aquella reunión, una que los historiadores oficiales suelen omitir en sus eufemismos. Aquellos veinticuatro caballeros no solo traicionaron a la democracia de Weimar; iniciaron el mayor ejercicio de despojo, expoliación y sumisión de las clases trabajadoras que Europa hubiera conocido.
Hay similitudes entre el periodo de entreguerras (1918-1939) y la situación actual con las élites europeas. El paralelismo es llamativo, aunque no exactos, la historia no se repite idénticamente, pero rima. En ambos casos, las élites económicas, políticas e intelectuales europeas percibieron una amenaza existencial a su orden liberal/capitalista y responden con estrategias de contención, rearme ideológico y apoyo selectivo a fuerzas «defensoras» del statu quo, a menudo con un giro hacia posiciones más derechistas.
De la lectura se desprende que las élites europeas quieren tres cosas al mismo tiempo: contener a Rusia, reconstruir el poder geopolítico europeo y descargar el costo de la crisis sobre el trabajo y el bienestar social. El problema es que esas tres metas chocan entre sí,: la militarización exige gasto público; la competitividad demanda salarios más bajos y ajustes, y la cohesión política se debilita cuando la población percibe que paga el precio de una estrategia diseñada desde arriba.
Para comprender la magnitud de este despojo, hay que mirar sin anestesia lo que ocurre en el corazón industrial de Europa. El motor de Europa se está apagando, y esto no es un misterio, sino el resultado de la ruptura del modelo de negocios alemán (gas ruso barato + manufactura de alta calidad + exportación a China). Recientemente, a finales de junio de 2026, se anunció que Volkswagen planea cerrar cuatro plantas en Alemania y despedir a 100.000 trabajadores en todo el mundo. El colapso del modelo alemán no es un accidente, es una reestructuración de clase planificada.
Esto refleja una desindustrialización acelerada donde los costes energéticos y las regulaciones verdes destruyen el tejido industrial tradicional. La vieja burguesía industrial europea está sufriendo, pero esto abre la puerta a que los capitales financieros y los fondos de inversión (muchos de ellos estadounidenses o vinculados a las grandes gestoras de activos) adquieran activos europeos a precios de remate, reconfigurando la propiedad de la industria hacia un modelo más financiero y menos productivo.
El capital financiero no necesita fábricas en el Ruhr; necesita bonos verdes, derivados de carbono, algoritmos de gestión de datos y activos comprados a precio de saldo. El despojo consiste en transferir la riqueza pública y productiva a los balances privados de los fondos de inversión, dejando a la ciudadanía con las migajas de una economía de servicios precarizados.
Mientras Alemania es vaciada de su poderío productivo, Londres y París arden en un caos político que sirve como la cortina de humo perfecta para esta operación. El desastre político del Reino Unido, atrapado en la trampa del Brexit y en una sucesión de gobiernos débiles, la fragmentación de Francia, con la extrema derecha acechando el Eliseo y una izquierda irreconciliable, son presentados por los medios hegemónicos como la crisis de la democracia. Nada más lejos de la realidad. Este caos es la condición de posibilidad para el verdadero objetivo de las elites. La construcción del Estado de la Vigilancia.
En la cúspide de esta arquitectura del despojo se erigen tres pilares fundamentales que operan en perfecta simbiosis para garantizar que la riqueza fluya hacia arriba y el control se imponga hacia abajo. El primero de estos pilares es la ingeniería ideológica y moral representada por George Soros y su red de Fundaciones por una Sociedad Abierta. Soros no es un simple filántropo; es el jefe de inteligencia ideológica de las elites transnacionales. Su función en esta transición del bienestar a la vigilancia es crucial: reemplazar la soberanía popular por una red de ONG, think tanks y activismo legal que dicta los límites de lo pensable.
Las Open Society Foundations no buscan el bienestar material de las clases bajas; buscan la sumisión ideológica. Financian la «sociedad civil» que exige la apertura de fronteras (para garantizar un flujo de mano de obra barata y precaria que presione los salarios a la baja) y que, al mismo tiempo, exige la censura de cualquier discurso que desafíe el consenso tecnocrático de Bruselas. Soros provee el marco moral que justifica el Estado de la Vigilancia, bajo la premisa de proteger la «democracia liberal» y los «derechos humanos», se legitima la persecución legal, financiera y mediática de cualquier disidencia. Es la vigilancia del pensamiento, la policía de la moralidad que asegura que las masas empobrecidas no culpen al sistema financiero, sino a los chivos expiatorios de turno.
El segundo pilar es la banca de la reestructuración y el parasitismo financiero, encarnado históricamente por la dinastía Rothschild y, hoy, por la red de bancos de inversión y gestoras de activos globales. Si el Estado del Bienestar se financiaba con los impuestos al trabajo y a la producción nacional, el nuevo Estado de la Vigilancia y el Cuartel se financia con deuda. Aquí es donde se consuma el gran despojo económico. Las elites financieras utilizan las crisis que ellas mismas provocan o exacerban para rescatar a los Estados no con dinero gratuito, sino con deuda impagable. A cambio de esta deuda, los Estados europeos están obligados a hipotecar sus infraestructuras públicas, sus sistemas de pensiones y sus recursos naturales.
Rothschild & Co y sus pares asesoran la privatización silenciosa de lo que queda del patrimonio público. Cada vez que un Estado europeo necesita emitir deuda para mantener a flote su maltrecho sistema de salud o para financiar el déficit energético, los fondos de inversión globales compran esa deuda, exigiendo a cambio «reformas estructurales», es decir, recortes en el gasto social, aumento de la edad de jubilación y flexibilización laboral. El despojo es la financiarización de la vida misma: el capital financiero se alimenta de la sangre del Estado social, absorbiendo la riqueza de las generaciones presentes y futuras para inyectarla en los mercados de activos globales.
El tercer pilar, y quizás el más visible en su brutalidad, es el complejo militar-industrial europeo. La provocación y el enquistamiento del conflicto con Rusia no son un error de cálculo diplomático; son la gallina de los huevos de oro del nuevo modelo de acumulación. El Estado del Bienestar gastaba dinero en construir hospitales, escuelas y redes de transporte, bienes que mejoraban la vida de la población y fortalecían su capacidad de organización.
El Estado del Cuartel gasta ese mismo dinero en comprar drones, misiles y sistemas de vigilancia a corporaciones privadas como Rheinmetall, BAE Systems o Thales. Este es el secreto a voces de las elites europeas. La guerra y la amenaza de guerra son el único keynesianismo que les queda. Ante la imposibilidad de generar crecimiento real en una economía desindustrializada y envejecida, la única forma de inyectar dinero público en la economía sin que la población lo reclame en forma de bienestar social es a través del gasto militar.
Las elites europeas necesitan a Rusia como el enemigo existencial para justificar el aumento exponencial de los presupuestos de defensa. Este gasto público es una trasferencia directa de riqueza de los contribuyentes europeos a los accionistas del complejo militar-industrial. Es el despojo definitivo: obligar a una clase media empobrecida a pagar con sus impuestos los dividendos de las empresas que fabrican las armas que amenazan su propia seguridad.
Y conectando, orquestando y beneficiándose de estos tres pilares se encuentra el gran depredador, la entidad que ha trascendido la mera influencia para convertirse en el verdadero soberano de Europa, BlackRock. Larry Fink y su fondo de catorce billones de dólares no son un actor más en el mercado; son la encarnación del feudalismo financiero global. BlackRock es el dueño de la sustitución del Estado del Bienestar por el Estado de la Vigilancia y el Cuartel porque BlackRock es accionista mayoritario de todo lo que compone este nuevo sistema.
Poseen las acciones de las empresas de energía que estrangulan a la industria alemana; poseen la deuda de los Estados francés y británico que los obliga a recortar los servicios públicos; poseen las empresas tecnológicas que proveen los algoritmos de vigilancia y censura, y, por supuesto, son los principales accionistas de Rheinmetall y de las grandes corporaciones de defensa.
BlackRock no tiene patria, no tiene lealtad a la constitución de ningún Estado europeo y no rinde cuentas ante ningún electorado. Para BlackRock, la «transición verde» no es una necesidad ecológica, es un mecanismo para crear nuevos mercados de activos financieros y destruir la vieja industria que exige derechos laborales. Para BlackRock, la guerra en Ucrania no es una tragedia humanitaria, es una oportunidad para lanzar Exchange Traded Fun (ETFs), o fondo cotizado de defensa europea y capitalizar el miedo. BlackRock es el nuevo Krupp, el nuevo Siemens, el nuevo IG Farben, pero multiplicado por mil y liberado de cualquier atadura territorial.
Las elites europeas ante la pregunta de si son parte del desastre o los ganadores, la hipótesis y el concepto de «capitalismo de crisis» sugiere que la facción tecnocrática, financiera y verde está ganando. La teoría de las elites sugiere que están utilizando la crisis para consolidar el poder supranacional de la Unión Europea y evolucionar su marco legal hacia una mayor centralización.
Si aplicamos a esta Europa, la de 2026, el marco analítico que Ian Kershaw desarrolló en su magistral “Descenso a los infiernos”, el paralelismo no es solo perturbador, es revelador de la intencionalidad de las elites. Kershaw identificó cuatro motores que empujaron a Europa al abismo entre 1914 y 1949: las tensiones nacionalistas, las disputas territoriales, los conflictos de clase y las crisis del capitalismo. Pero su gran lección es cómo las elites conservadoras y financieras utilizaron estos motores para justificar la destrucción de la democracia y los derechos sociales.
En los años treinta, el pánico sistémico de las elites ante el comunismo y la revolución obrera las llevó a apoyar, financiar y armar a los movimientos fascistas. Necesitaban un leviatán que aplastara a los sindicatos, eliminara el derecho a huelga y sometiera a la clase trabajadora a la disciplina de la economía de guerra. El fascismo no fue un accidente histérico de las masas; fue la solución de emergencia de las elites para salvar el capital mediante el terror de Estado.
Al igual que en el periodo de entreguerras, las elites actuales están dispuestas a sacrificar la democracia liberal, el bienestar social y la paz para garantizar la seguridad del capital y su propia supervivencia en la cúspide de la pirámide. Utilizan la amenaza de Rusia y China como el nuevo «peligro bolchevique», un chivo expiatorio geopolítico que les permite imponer medidas de austeridad, recortar libertades civiles y desviar el presupuesto público hacia el aparato de seguridad. El enemigo externo es la coartada perfecta para el despojo interno.
El despojo se ha vuelto invisible, automatizado y aceptado como «sentido común» por una población que ha sido educada para temer más al «discurso de odio» o a la «desinformación» que, a la pobreza, a la guerra o a la pérdida de su soberanía. Las elites han logrado que los propios ciudadanos se vigilen, se delaten y se autocensuren, externalizando la función de la policía política a la propia sociedad civil, esa misma que Soros y sus ONG han meticulosamente adiestrado en la pureza moral y la obediencia tecnocrática.
Al destruir el Estado del Bienestar, las elites europeas han eliminado el colchón de contención social. Han sustituido la esperanza por el miedo, y el miedo, cuando se acumula durante demasiado tiempo en una población acorralada, no genera sumisión; genera una presión explosiva. El despojo tiene un límite físico. Cuando la clase media europea ya no pueda pagar la calefacción, cuando los trabajadores de las ciudades desindustrializadas no tengan nada que perder, cuando la realidad material de la pobreza y la guerra llame a sus puertas, ninguna ley de «desinformación» y ningún algoritmo de vigilancia podrá contener la furia de una sociedad a la que se le ha robado el futuro.
La historia, como Kershaw demostró y como Vuillard noveló, suele castigar esa arrogancia. Las catástrofes históricas rara vez son causadas por monstruos sádicos al principio; son causadas por elites conservadoras, banqueros y tecnócratas que creen que pueden gestionar el caos para proteger sus privilegios. Las elites europeas actuales, al financiar la guerra contra Rusia y permitir la desindustrialización de Alemania, están caminando por el mismo precipicio, convencidas de que su ingeniería financiera y militar las salvará.
Pero los nuevos veinticuatro caballeros, los Soros, los Rothschild, los Fink, los Von der Leyen, los Macron, no han aprendido la lección de sus predecesores. Creen que esta vez será diferente. Creen que el monstruo les obedecerá. La historia, terca y repetitiva, les recordará que los monstruos nunca obedecen a quienes los financian. Europa, una vez más, desciende a los infiernos. Y esta vez no habrá un 1945 que la rescate de sí misma.
Análisis: Los guardianes de la nada
Alex Marsaglia
Mientras el Memorando de Entendimiento entre Irán y Estados Unidos se tambalea, quizás definitivamente, en medio de nuevas oleadas de bombardeos en las costas iraníes, la OTAN celebró su cumbre de guerra en Ankara en las últimas semanas, aprobando nuevos contratos por valor de cientos de millones de dólares que llenarán las entrañas del complejo militar-industrial en preparación para la guerra contra Rusia para 2030. Los presupuestos públicos, definidos por los compromisos de gasto de la Unión Europea, ya han destinado "inversiones" multimillonarias al sector militar, marginando cualquier perspectiva económica civil como inútil, improductiva y simplemente no una prioridad.
La maquinaria contable europeísta ya está completamente inmersa en la financiación del complejo militar-industrial, anticipándose al plazo límite de la Agenda de Guerra de 2030. Esto supone una burla a la Carta de la ONU, aprobada hace 11 años, que debería habernos centrado en las personas. Por el contrario, la verdadera misión que preparan nuestras progresistas instituciones supranacionales de "paz" que nos dominan es la generación de beneficios mediante la guerra, la expropiación y la colonización. Esto es lo que quedó patente en la cumbre de Ankara: la OTAN y la UE apoyan los dos frentes principales del Imperio en su fase decadente. Contra Rusia, mediante la creación de una densa red empresarial para la puesta en marcha de la maquinaria bélica, con la participación directa del capital financiero de los países de la Unión Europea y la experiencia de la OTAN en la producción de drones y armamento; pero también contra Irán, que se atrevió a cerrar el estrecho de Ormuz tras ser atacado brutalmente, exacerbando las contradicciones dentro de la Alianza.
Las razones que impulsan al Occidente imperialista a reanudar los combates y prepararse para guerras cada vez más sangrientas siguen todas la misma lógica del dinero y el poder; nada nuevo.
La deuda está obligando al decadente imperio estadounidense a buscar recursos energéticos con un gasto militar cada vez mayor, socavando en la medida de lo posible la competencia cada vez más insidiosa de los BRICS. Es sumamente significativo que, al mismo tiempo que Occidente se enfrascaba en nuevos planes de guerra, Lavrov, en África, lanzara nuevos planes de cooperación financiera con los estados del Sahel y ampliara la cooperación económica con Etiopía y Mozambique, declarando categóricamente que "la confianza en Occidente se ha perdido" precisamente por la duplicidad de sus acciones, que "por un lado fingen apertura al diálogo, por otro proceden a formular ultimátums abiertos". Con semejante comentario sobre la conducción de las negociaciones por parte de Occidente, el ministro de Asuntos Exteriores ruso evidentemente también alertó a su aliado iraní, involucrado en el otro frente de Oriente Medio en un proceso muy similar a Minsk I y II, en el que se trazan líneas rojas que se traspasan sistemáticamente.
La otra razón que impulsa a la Coalición Epstein y a sus aliados europeos y de la OTAN a embarcarse en nuevos y descabellados planes de guerra es, precisamente, el poder. Con el surgimiento del Sujeto Radical multipolar, sienten que el suelo se desmorona bajo sus pies y están tomando medidas drásticas para frenar un movimiento que les cuesta comprender. De hecho, justo cuando Trump renueva sus ataques, llegando incluso a sugerir un arancel compensatorio del 20% para cada cargamento que transite por el estrecho de Ormuz para cubrir los costos de la operación de seguridad, la OPEP publica datos sobre la demanda de petróleo que revelan una crisis global sin precedentes desde el confinamiento.
Por tercer mes consecutivo, la OPEP ha rebajado su previsión de crecimiento de la demanda mundial de petróleo, reduciendo la producción en aproximadamente 190.000 barriles diarios. Este indicador presagia una crisis que avanza inexorablemente. Los economistas del libre mercado nos enseñan que toda oferta tiene su demanda, pero en este caso parece que, al aumentar los precios, la demanda se está ralentizando drásticamente y, sobre todo, la oferta también se ve afectada, dado el estado de guerra que impera en todo el Golfo Pérsico (y más allá), lo que impide a los participantes del mercado estabilizar la producción. La estrategia terrorista de Occidente de convertir toda la cuenca energética rusa en un objetivo de guerra está empeorando infinitamente la situación, erosionando la confianza de la otra parte en cualquier negociación seria. En las últimas horas, los propios iraníes han suspendido de facto todo compromiso recíproco de forma indefinida, actuando únicamente en legítima defensa.
Occidente está compuesto por entidades totalmente degradadas, desacreditadas y sin ninguna credibilidad política, moral o ética, que hablan con el único objetivo de manipular y engañar y actúan bajo la compulsión de repetir, impulsados por el violento impulso de destruir, matar y decapitar con la vana esperanza de poder controlar para obtener ganancias. Son el nihilismo personificado. No pueden tener éxito con Irán, no importa, lo están intentando con Ormuz. ¿No pueden tener éxito? No importa, lo están intentando en una ruta pequeña. ¿Es este un compromiso que cuesta demasiado para el Imperio maltrecho? No importa, piden "dinero de protección" (como lo llamó Lula) del +20% por barco. Por otro lado, el esquema del Imperio del caos está bien probado y siempre es el mismo: aumentar la entrópica para obtener ganancias del caos generado y drenar el valor hacia el centro. "El flujo entrópico ha arrastrado todo al no-ser"
[1] . Donde antes reinaban la vida, la producción, los mercados y el libre comercio, ahora reina el caos, con el único propósito de alimentar las ganancias del decadente Imperio. ¿Estados Unidos,
tierra de libertad, tras haberse trasladado para extraer mayor plusvalía, ya no es capaz de producir? Da igual, existen los aranceles.
Los Guardianes del Vacío han llegado.
La vida muerta se convierte en el emblema del capitalismo occidental podrido, en busca de cualquier elemento vital del que abusar para obtener el sustento que le permita sobrevivir un día más; están dispuestos a todo. Y así, «es la muerte la que incluye la vida, integrándola hasta el punto de que uno ya no sabe si existe o no»
[2] . Los Estados Unidos de los valores se creen inmortales, pero sin dinero no son más que depredadores sin alma. Y el estrecho de Ormuz, bajo control iraní, lo demuestra.
[1] A. Dugin,
Teoría y fenomenología del sujeto radical , AGA Editrice, 2019, Milán, pág. 68