Lo que realmente traman los tres mosqueteros del RIC
Disfrute de la ambigüedad. Y de la opacidad deliberada.
Embárquese en una nueva aventura: analicemos el RIC (Rusia-Irán-China), el nuevo triángulo de Primakov, tal y como lo he definido, de una forma más lúdica.
Estos tres Estados-civilización que están coordinando la nueva fase de integración de Eurasia, y que además se han consolidado como miembros de pleno derecho de los BRICS y de la OCS, son, de hecho, «Los Tres Mosqueteros».
Tal y como ha destacado el analista de Asia Occidental AHHfrican, de una perspicacia encantadora, los Tres Mosqueteros del RIC ya están aplicando con toda su fuerza atajos oportunos hacia un nuevo orden internacional mediante tres cascanueces de titanio envueltos en terciopelo.
Estos cascanueces de titanio están siendo utilizados, respectivamente, por Irán, Rusia y China en el estrecho de Ormuz, el sistema SWIFT y el Tesoro de EE. UU.
Las nuevas normas de navegación en el estrecho de Ormuz, impuestas por la Armada del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) y la Guardia Costera de la República Islámica de Irán (GCRI) —junto con el bloqueo selectivo (únicamente contra la Casa de Saud) en el mar Rojo por parte de Ansarallah— acabarán, más pronto que tarde, con la banda de los «petrosheiks» del CCG: la consecuencia inmediata es el fin del reciclaje estadounidense, del servicio de la deuda y del «almuerzo gratis» basado en el petrodólar, así como del turbocapitalismo financiarizado.
Por su parte, Rusia ha desplegado el sistema A7, que se está imponiendo en gran parte del Sur Global.
Piotr Fradkov, consejero delegado de Promsvyazbank y director general del Centro Ruso de Exportación, dio en el clavo al referirse al sistema de pagos internacional A7 —debidamente sancionado por EE. UU., el Reino Unido y la UE—, que ahora está ganando una enorme popularidad en toda África y también en Asia. Ya se han abierto oficinas oficiales del A7 en Nigeria y Zimbabue.
Fradkov fue directo al meollo de la cuestión: «Muchos países africanos aún no cuentan con un banco central. Solo hay unos diez».
¿Qué mejor solución, pues, que un sistema alternativo de liquidación transfronteriza —una moneda estable— que eluda el dólar estadounidense? Y todo ello para que lo utilice cualquiera, independientemente de que mantenga relaciones comerciales con Rusia. No es de extrañar que Reuters hiciera sonar las alarmas.
Así pues, en la práctica, el A7 va mucho más allá de las interminables vacilaciones del BRICS —que continuarán en la reunión anual del próximo mes en la India— sobre los pormenores de una nueva arquitectura financiera vinculada al oro y a las materias primas.
Papá tiene un nuevo as en la manga. Y el nombre de ese as es A7.
Por último, tenemos a China deshaciéndose en masa de sus billetes verdes, que no valen ni para el papel higiénico, al tiempo que neutraliza de forma épica las sanciones de la OFAC.
La Ley china contra las sanciones extranjeras es estricta: maldita OFAC. Si ayuda a aplicar «restricciones discriminatorias» contra una empresa china, lo pagará muy caro. En pocas palabras: si alguien cumple con las sanciones estadounidenses en una jurisdicción china, le demandarán hasta la saciedad. Hablamos de un «efecto boomerang» al estilo de Sun Tzu.
Cuando la ambigüedad estratégica es la política
Ahora volvamos una vez más a ese turbio acuerdo de La Meca entre la OTAN suní (¿quizás la OTAN salafí?), protagonizado por la Triple Entente suní —o salafí— formada por Turquía, Arabia Saudí y Pakistán.
Todos los escenarios seguirán siendo válidos, ya que no se ha hecho público el texto completo de La Meca —aparte de la previsible retórica sobre la «disuasión»—.
Lo menos que se puede decir de la respuesta del Imperio del Caos, la Mentira, el Saqueo y la Piratería es que parecen desorientados. Suponiendo que no ordenaran a MbS que montara la maniobra de La Meca.
El pacto también puede interpretarse como preventivo —contra el culto a la muerte, que, como era de esperar, está furioso por la maniobra—. El culto a la muerte no dispone de mucho margen de maniobra para contrarrestarlo. Así pues, todas esas tonterías sobre que Turquía sería la «siguiente» después de Irán se han desvanecido.
¿Se trata, pues, de una estratagema de MbS contra Ansarallah o las Fuerzas Armadas yemeníes? Difícilmente: ni el sultán neo-otomano ni los pakistaníes —por mucho que tengan un pacto militar con Riad— se verán arrastrados a una guerra contra Yemen urdida por los saudíes, quienes rompieron su propio memorando de entendimiento con Saná, siguen imponiendo un bloqueo ilegal y ya han recibido una buena paliza.
Los saudíes y/o sus aliados o mercenarios dentro de Yemen ya están siendo debidamente aniquilados por los sistemas de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR, en inglés) yemeníes, los drones y los misiles. Si los saudíes y la OTAN (sin Turquía) se lanzan a una campaña de bombardeos, las refinerías y los oleoductos saudíes quedarán reducidos a cenizas —tal y como prometió Saná en virtud de las nuevas reglas de combate—.
Y, obviamente, nadie, en ningún lugar, con un coeficiente intelectual superior a 10 se arriesgará a una guerra terrestre contra los yemeníes.
Todo esto ocurre mientras las reservas saudíes se agotan inexorablemente día tras día, privadas de las ventas de petróleo y con todo el botín escondido en Londres y Nueva York, donde con gran regocijo lo «congelarán» o lo robarán sin más, ya que se trata de la «última oportunidad para el saqueo».
¿Y qué hay de la «diplomacia»?
Todo el mundo debería preguntárselo a «El Hombre». Es decir, a Mohsen Rezaee, el nuevo secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán (SNSC, en inglés) y también representante personal del líder Mojtaba Jamenei.
Como muchos de nosotros hemos estado debatiendo ampliamente al respecto, Teherán no abandonará la mesa de negociaciones —actualmente destrozada—. La diferencia es que ahora el posicionamiento de Teherán está diseñado para preservar la máxima influencia.
La postura de Irán respecto al estrecho de Ormuz está completamente consolidada —y ya se ha expresado a través del memorando de entendimiento—. Pakistán y Qatar siguen siendo los principales canales diplomáticos. Omán desempeña un importante papel técnico en todos los acuerdos marítimos relacionados con el estrecho de Ormuz y sus alrededores.
Supongamos que el marco para una solución final ya existe, aunque su aplicación dependa de un único factor: que el «neo-Craso» del eje War-a-Lago/Washington experimente un momento de conversión al estilo de «El camino a Damasco».
Teherán no cederá en lo relativo al estrecho de Ormuz. Es Washington quien debería comenzar a aplicar sanciones o medidas de desbloqueo de activos —todas ellas previstas en el memorando de entendimiento— en paralelo a acuerdos marítimos flexibles entre Irán y Omán. Esa es la única forma de que aumente la probabilidad de alcanzar un acuerdo.
El nuevo factor que complica la situación es, una vez más, la maniobra de La Meca. Resulta muy alentador plantearlo como una conjunción entre el capital y la energía saudíes, el poder industrial y militar convencional (OTAN) de Turquía, y la profundidad militar y la disuasión estratégica (nuclear) de Pakistán.
Pero todo ello no se traduce necesariamente en la base para un polo de seguridad independiente. Porque ninguno de estos tres actores es verdaderamente independiente —ni soberano— como los Tres Mosqueteros del RIC.
Lo que La Meca logra en teoría en esta primera etapa no es la expulsión inmediata de EE. UU. de Asia Occidental; ni la salida de Turquía de la OTAN; ni la necesidad de que Pakistán anuncie públicamente un nuevo paraguas de seguridad para Asia Occidental.
Todo es sumamente ambiguo. Quizá la única pregunta seria que cabe plantearse es esta: «¿Qué debe suponer ahora un enemigo potencial que podría ocurrir en caso de que Arabia Saudí o Turquía se enfrentaran a un ataque existencial?».
Así pues, la ambigüedad es la política. Incluso si esta nueva arquitectura crea «potencialmente» —y ese es el término clave— una nueva estructura de disuasión estratégica autóctona que no dependa por completo de Washington.
Preste atención, una vez más, a «no por completo».
Así que disfrute de la ambigüedad. Y de la opacidad deliberada. En cuanto a los Tres Mosqueteros, ya van varios pasos por delante.
John Dee, Mackinder y la imaginación geopolítica
Markku Siira
La historia está llena de sorprendentes continuidades intelectuales que se extienden a lo largo de los siglos y conectan a pensadores de distintas épocas, sus ambiciones y sus utopías sobre el dominio mundial. También se trata de la imaginación geopolítica: de cómo se ha concebido, cartografiado y justificado el poder.
La política, la geografía y el pensamiento más esotérico se entrelazan de manera especialmente clara en la historia británica. En el Museo de Historia de la Ciencia de Oxford se conserva una copia en mármol de la tabla de John Dee, en la que está grabado el alfabeto enoquiano que él mismo creó: un vestigio concreto de una época en la que las ciencias ocultas y la política del poder caminaban de la mano.
Matemático, astrólogo, ocultista y consejero de la reina Isabel I, Dee no era solo el sabio de la corte, sino un realista mágico que comprendía que los grandes objetivos requerían un gran poder. Buscaba “verdades puras”, un conocimiento trascendente de formas divinas, y el poder sobre el destino de la humanidad que ese conocimiento secreto podía otorgar. Su biblioteca era la más extensa de Gran Bretaña, y se movía con soltura entre las élites intelectuales y políticas de Europa.
La obra más famosa de Dee, publicada en 1564, Monas Hieroglyphica (La mónada jeroglífica), es tanto un libro esotérico como un símbolo en sí mismo: un intento de condensar los principios fundamentales del universo en una sola imagen. Con esta clave simbólica, Dee construyó su metafísica política, cuyo núcleo era la unificación de pueblos y culturas bajo la corona británica. Se dice que Dee acuñó el concepto de “Imperio Británico”, y creía que concentrar el poder traería orden y paz a todo el mundo conocido.
El legado de Dee continuó vivo en el pensamiento geopolítico anglosajón. Fue el primero en esbozar para Gran Bretaña una estrategia global centrada en el control del Polo Norte. Quien controle el polo, controla el mundo, no solo físicamente, sino también metafísicamente, como parte de un sistema simbólico mayor. Dee unió las leyendas medievales del rey Arturo y los mitos del monte Meru, Arctogaia y Ultima Thule con los objetivos políticos de su tiempo.
Esta visión se concretó especialmente en el argumento legal que Dee presentó a la reina Isabel en 1578, Brytanici Imperii Limites. Allí, Dee afirmaba que Isabel tenía un “derecho real” (title royall) sobre todas las costas de América del Norte y las islas septentrionales, hasta las fronteras de Rusia, basándose en las conquistas del rey Arturo, que, según él, se habían extendido hasta Groenlandia e incluso el Polo Norte. Para Dee, la historia mítica de Arturo era la clave para justificar el poder global británico.
Sin embargo, el plan no se realizó. Sir Francis Drake propuso a la reina una alternativa más atractiva: rutas marítimas hacia el sur y el este. Así nacieron las compañías de las Indias Orientales y Occidentales, que expandieron el poder británico mediante el comercio y las armas. Gran Bretaña giró su atención del norte hacia el sur, mientras Rusia aprovechó la oportunidad para iniciar su expansión a través de Siberia, llegando hasta Alaska en el siglo XVIII.
De ahí surgió la larga confrontación anglo-rusa, el “Gran Juego” geopolítico que nunca terminó del todo. Aunque el liderazgo del mundo anglosajón pasó tras la Segunda Guerra Mundial a Estados Unidos, el legado cultural y jurídico británico –especialmente la tradición del common law– mantuvo su influencia en las antiguas colonias del imperio. Como ya sabían los romanos, el poder duradero no puede basarse solo en las armas, sino en leyes y costumbres arraigadas en la vida cotidiana.
En este punto aparece Halford Mackinder, de origen escocés, considerado el padre de la geopolítica occidental. Como defensor apasionado del imperio, temía que Gran Bretaña quedara eclipsada por Alemania y Rusia. Sus teorías sobre el “heartland” estratégico de Eurasia inspirarían a generaciones de estrategas militares, incluso en las operaciones estadounidenses en Afganistán e Irak.
El pensamiento de Mackinder ha sido calificado como “imperialismo liberal”: una visión según la cual el imperio se justificaba tanto por el interés nacional como por la difusión de la civilización y el orden. Intentó activamente entrar en política, pero sus campañas como candidato unionista fueron difíciles y su mensaje no caló en los votantes. Solo en 1910 logró entrar en el Parlamento por Glasgow, pero quedó en los márgenes y se volvió amargado respecto a la democracia y el parlamentarismo.
Esta decepción moldeó su convicción de que el orden mundial era demasiado importante para dejarlo en manos de la política partidista o la opinión pública. Según Mackinder, las realidades geográficas requerían un sistema dirigido por expertos y construido estratégicamente, capaz de resistir tanto la miopía de las democracias como el desequilibrio causado por la alianza de las potencias continentales
En ambos pensadores aparece la misma premisa fundamental: la creencia en centros geográficos o metafísicos cuyo control conferiría supremacía. Para Dee, era el Polo Norte; para Mackinder, el “heartland” euroasiático. Ninguno se conformó con la teoría: ambos quisieron influir en la política práctica y se toparon con las realidades humanas –los planes de Dee se estrellaron contra intrigas cortesanas, la carrera de Mackinder contra derrotas electorales.
Sin embargo, su legado sigue vivo en la política mundial, las instituciones y los relatos de Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados. Esto no significa que sus teorías sean correctas o moralmente defendibles, pero sí que forman parte de una herencia intelectual profunda que ha moldeado el mundo a menudo de formas invisibles.
Críticos contemporáneos, como los rusos Mijaíl Deliaguin y Andréi Fúrsov, han visto en la teoría de Mackinder una maniobra de distracción británica. Según Deliaguin, la teoría empujó a estados rivales como Alemania a centrarse en el interior de Eurasia, mientras que Gran Bretaña reforzaba su poder marítimo y sus mercados financieros. Fúrsov, por su parte, destaca que Mackinder equiparó erróneamente a Rusia con los demás estados continentales europeos, pasando por alto su inmenso tamaño, población y recursos naturales. El mismo error se ha repetido desde las guerras napoleónicas hasta el ataque de Hitler y el actual conflicto en Ucrania.
La revolución digital desafía profundamente los antiguos modelos geopolíticos. En vez de territorios físicos, el poder se ejerce hoy a través de flujos de datos, algoritmos y plataformas mediáticas; los gigantes tecnológicos no necesitan soldados para controlar la vida, sino análisis de datos. Aun así, la geopolítica más tradicional convive con la nueva: la iniciativa china de la Nueva Ruta de la Seda construye rutas terrestres a través de Eurasia, y la tecnología de drones está revolucionando el reconocimiento y los ataques de precisión en la guerra convencional.
En definitiva, desde el imperio británico soñado por Dee y el heartland de Mackinder, hemos pasado a un mundo en el que las categorías geográficas tradicionales ya no bastan: la ubicación física pierde parte de su importancia y el poder se basa cada vez más en redes invisibles. Queda por ver qué potencias ocuparán el centro del nuevo orden digitalizado y quién construirá el próximo imperio.