Defensa

¿Una nueva OTAN en Asia Occidental? Pacto de La Meca y la batalla por la seguridad regional. Análisis

Administrator | Viernes 21 de agosto de 2026
Mohammad Reza Gilani
La pregunta parece provocadora, pero no es gratuita. El ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, afirmó que el nuevo Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca funciona, técnicamente, bajo un principio equivalente al Artículo 5 de la OTAN: un ataque contra uno de los países sería considerado un ataque contra los tres.
¿Qué se juega con el nuevo pacto?
El acuerdo fue firmado en La Meca el 7 de agosto, en un momento particularmente delicado para Asia Occidental. Sus tres miembros aseguran que se trata de un pacto defensivo y que no está dirigido contra ningún país en particular. Pero su nacimiento, sus protagonistas y el contexto regional hacen difícil ignorar una pregunta: ¿qué clase de alianza está naciendo realmente en esta región?
La respuesta puede encontrarse, paradójicamente, mirando primero hacia Occidente.
La OTAN, una experiencia no tan efectiva
Cuando se compara el pacto de La Meca con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), suele darse por sentado que la Alianza Atlántica representa el modelo perfecto de una alianza militar. Pero la propia OTAN atraviesa una etapa de profundas tensiones políticas.
El ejemplo más reciente y extraordinario es Groenlandia. Estados Unidos y Dinamarca son aliados dentro de la misma organización militar. Sin embargo, hace poco tiempo el presidente Donald Trump intensificó la presión para que Groenlandia, territorio autónomo perteneciente al Reino de Dinamarca, pasara a formar parte de Estados Unidos. Trump llegó a negarse a descartar el uso de la fuerza y habló de obtener la isla “de una manera u otra”.
La contradicción es difícil de ignorar: ¿qué significa la defensa colectiva cuando uno de los miembros de una alianza presiona territorialmente a otro miembro de esa misma alianza?
Hablando del caso de Groenlandia, no quiero exagerar y decir que la OTAN esté a punto de desaparecer. Pero sí demuestra que incluso una alianza con más de siete décadas de historia puede enfrentar situaciones en las que los intereses nacionales comienzan a chocar con la lógica colectiva.
Y hubo otra fisura reciente: el dinero.
En 2025, los miembros de la OTAN acordaron elevar progresivamente su inversión en defensa hasta el equivalente al 5% del PIB para 2035. De ese porcentaje, al menos 3.5% deberá destinarse a las necesidades militares centrales y hasta el 1.5% a infraestructura, resiliencia, redes, industria y otras áreas relacionadas con defensa y seguridad.
La decisión pretende responder a una supuesta preocupación: Rusia, la guerra en Ucrania, las nuevas tecnologías militares y la necesidad de que Europa asuma una mayor parte de su propia seguridad; esta última ha sido una inquietud seria de Donald Trump.
Pero también abrió una discusión política dentro de la Alianza. España se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de resistencia a la nueva meta. El Gobierno de Pedro Sánchez ha cuestionado la necesidad de alcanzar el 5% y ha defendido un nivel mucho menor. La discusión llegó incluso a un enfrentamiento público con Trump.
La cuestión de fondo es más profunda que una cifra: Todos quieren “seguridad colectiva”, pero no todos están de acuerdo con el significado de esta seguridad.
Y esta es precisamente la cuestión que el pacto de La Meca tendrá que resolver.
Tres países, tres cálculos
Arabia Saudí, Turquía y Pakistán tienen importantes vínculos políticos, económicos, militares y culturales. Pero no son países con intereses estratégicos idénticos.
Para Riad, el acuerdo ofrece una nueva capa de disuasión en un momento en que la situación del Golfo Pérsico se encuentra bajo presión. Arabia Saudí ha dependido durante décadas de la protección y cooperación militar de Estados Unidos. El nuevo pacto puede interpretarse, al menos parcialmente, como un intento de ampliar sus opciones de seguridad y no depender exclusivamente de Washington.
Para Pakistán, la alianza profundiza una relación estratégica de larga duración con Arabia Saudí y aumenta su peso diplomático en Asia Occidental. Además, no es un vínculo que haya aparecido de repente. Islamabad y Riad ya habían establecido previamente mecanismos de cooperación en materia de defensa.
Turquía es el caso más complejo.
Ankara es miembro de la OTAN desde 1952, mantiene una relación estratégica con Occidente y, al mismo tiempo, durante los últimos años ha intentado ampliar su autonomía y su influencia en Asia Occidental. Por ello, el pacto de La Meca no significa que Turquía esté abandonando la OTAN. De hecho, Ankara presenta el nuevo acuerdo como complementario a sus alianzas existentes.
Esto produce una situación interesante: Turquía pertenece a una alianza militar occidental y simultáneamente participa en una nueva arquitectura regional.
La pregunta no es necesariamente si estas dos cosas pueden coexistir. La verdadera pregunta es qué ocurrirá si algún día dejan de coincidir las dos alianzas.
La prueba no está en el papel
Un tratado de defensa puede ser muy poderoso políticamente. Pero su verdadera fuerza solamente se conoce cuando llega una crisis.
Y esa prueba llegó demasiado rápido.
El 9 de agosto, apenas dos días después de la firma del pacto, las fuerzas populares yemeníes, conocidas como los hutíes, atacaron con drones una instalación de Saudi Aramco en Yizán, en el suroeste de Arabia Saudí. El ataque provocó un incendio, aunque no hubo víctimas, según las autoridades saudíes.
El episodio es importante no porque demuestre que el pacto ha fracasado —sería demasiado pronto para afirmarlo—, sino porque plantea exactamente la pregunta que estará en el centro de su futuro:
¿Qué significa en términos prácticos defender a un aliado? ¿Enviar aviones?
¿Sistemas de defensa aérea? ¿Tropas? ¿O simplemente emitir una declaración política?
Hasta ahora, Turquía ha insistido en que cualquier respuesta militar deberá ser determinada mediante consultas entre los tres países. Eso significa que la existencia del pacto no elimina automáticamente la necesidad de tomar una decisión política en cada crisis.
Y aquí aparece la diferencia entre tener un tratado y tener una alianza militar profundamente integrada. El pacto de La Meca apenas comienza a construir sus propios mecanismos institucionales; se prevé un comité ministerial y una secretaría con sede en Arabia Saudí. Por tanto, llamarlo una “OTAN islámica” puede ser atractivo como titular, pero todavía sería exagerado como descripción.
¿Y dónde queda Irán?
Es imposible analizar el nuevo acuerdo sin considerar a Irán, aunque sus tres integrantes insistan en que el pacto no está dirigido contra Teherán.
La ubicación geográfica de los tres países como vecinos de Irán y la situación actual del Golfo Pérsico llevan las miradas hacia la República Islámica como parte del cálculo estratégico del pacto.
Sin embargo, la reacción iraní del 10 de agosto fue significativa. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Esmail Baqai, afirmó que Irán no ve razones para temer el nuevo acuerdo. Más aún, sostuvo que una mayor cooperación entre los países de la región podría contribuir a una arquitectura de seguridad más independiente de las potencias extranjeras, siempre que sea inclusiva y tenga en cuenta las realidades históricas y geopolíticas de la región.
Es una respuesta que merece atención, porque Teherán parece estar intentando evitar que el nuevo pacto sea interpretado automáticamente como el nacimiento de dos bloques enfrentados: uno liderado por Arabia Saudí, Turquía y Pakistán y otro alrededor de Irán.
Dos modelos para una misma pregunta: ¿quién debe garantizar la seguridad del Asia Occidental?
En el fondo del debate sobre el Pacto de La Meca existe una cuestión todavía más importante: ¿quién debe garantizar la seguridad de Asia Occidental?
La respuesta de Irán a esta pregunta lleva años siendo consistente: la seguridad de la región debe ser responsabilidad de los propios países de la región y no depender de la presencia militar de potencias extranjeras.
Teherán ha insistido repetidamente en que los países del Golfo Pérsico no deberían buscar su seguridad en fuerzas externas. Sin ir muy lejos, en mayo pasado, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, volvió a pedir a los países vecinos que evitaran depender de potencias externas para garantizar su seguridad. Días antes, había señalado que la presencia militar estadounidense en la región no genera seguridad, sino que constituye, desde la perspectiva iraní, una de las principales fuentes de inestabilidad.
Por eso resulta especialmente interesante la reacción iraní al nuevo pacto.
Aquí aparece una paradoja. El Pacto de La Meca puede interpretarse como un paso hacia una mayor autonomía regional, pero también puede terminar reproduciendo una lógica de bloques y alianzas militares.
Y no es lo mismo. Una arquitectura de seguridad regional construida por los propios países de Asia Occidental no necesariamente necesita convertirse en una alianza militar dirigida contra otro país. Puede basarse en mecanismos de diálogo, cooperación fronteriza, seguridad marítima, lucha contra el terrorismo, intercambio de información y acuerdos para evitar conflictos.
Desde esta perspectiva, la pregunta fundamental no es solamente quién tiene más soldados, aviones o misiles.
Es otra: ¿Puede Asia Occidental construir un sistema de seguridad en el que los países de la región se protejan entre sí sin convertir a la región en el escenario de una nueva competencia entre bloques?
Es precisamente aquí donde el debate sobre el Pacto de La Meca adquiere una dimensión que va más allá de Arabia Saudí, Turquía y Pakistán.
Porque hay dos caminos posibles: Uno consiste en construir una nueva arquitectura regional basada en la cooperación entre los países de la región y el otro consiste en reproducir el modelo tradicional: alianzas militares, bloques enfrentados y dependencia —directa o indirecta— de las grandes potencias externas.
La diferencia entre ambos modelos puede determinar si el nuevo acuerdo termina siendo un instrumento de estabilidad o simplemente otra pieza en la creciente militarización de la región.
Y la experiencia de la propia OTAN demuestra que incluso las alianzas creadas con el objetivo de garantizar seguridad pueden enfrentarse, con el tiempo, a una pregunta difícil:
¿la alianza está reduciendo las amenazas o está organizando de otra manera la competencia entre ellas?
La contradicción central
Aquí es donde el acuerdo se vuelve verdaderamente interesante. Los tres países tienen razones para cooperar, pero también tienen razones para evitar quedar atrapados en una guerra que no sea directamente suya.
Imaginemos un escenario hipotético: Arabia Saudí entra en una confrontación militar con otro país. Riad invoca el pacto y pide asistencia.
¿Estaría Turquía dispuesta a enfrentarse militarmente con este tercer país? ¿Lo estaría Pakistán? ¿Y hasta qué punto?
La misma pregunta puede plantearse en otra dirección. Si Turquía entrara en una crisis militar con otro actor regional, ¿Arabia Saudí y Pakistán asumirían el mismo nivel de riesgo?
El problema de toda alianza de defensa es que la amenaza que une a los miembros en tiempos de paz puede no ser percibida de la misma manera cuando llega la guerra.
La experiencia de la OTAN resulta nuevamente ilustrativa. En 2025, por primera vez, todos sus miembros alcanzaron o superaron el antiguo objetivo del 2% del PIB en defensa, mientras que los países europeos y Canadá aumentaron su gasto militar combinado aproximadamente 20% respecto a 2024. Pero al mismo tiempo existen desacuerdos sobre cuánto gastar, cómo distribuir las responsabilidades y hasta qué punto Europa puede —o debe— depender de Estados Unidos.
Esto demuestra algo importante: una alianza puede ser militarmente más fuerte y políticamente más difícil de gestionar al mismo tiempo.
Y aquí aparece una paradoja. Mientras el mundo observa las tensiones internas de la OTAN, tres países de otra región están intentando construir su propio mecanismo de defensa colectiva.
Pero si incluso la alianza militar más antigua y poderosa del Atlántico Norte enfrenta dificultades para conciliar intereses nacionales, presupuestos y prioridades estratégicas, el desafío para el pacto de La Meca será todavía mayor.
Firmar un acuerdo es fácil. Lo difícil es descubrir quién está dispuesto a luchar por quién. La OTAN ha tenido más de siete décadas para responder a esa pregunta. El pacto de La Meca acaba de empezar.
Y quizá su verdadero futuro no se decida en las reuniones diplomáticas de Riad, Ankara o Islamabad, sino en la primera crisis en la que uno de los tres tenga que elegir entre sus propios intereses y la promesa de defender a los otros dos.
Ahí sabremos si estamos ante una nueva alianza regional o simplemente ante un nuevo acuerdo de disuasión en una Asia Occidental que busca, cada vez más, construir su arquitectura de seguridad autóctona.

Las ganancias estratégicas de China en el Golfo: el Acuerdo de La Meca y el factor Pakistán

El Acuerdo de Defensa de La Meca entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán ha sido descrito por algunos analistas como una respuesta directa al fracaso de Estados Unidos en garantizar la seguridad de sus aliados en el Golfo Pérsico. Muchos lo ven como una alternativa a la presencia militar estadounidense en la región. China no es parte del acuerdo, pero a través de Pakistán, obtiene influencia estratégica y un mayor poder.

👉 Pakistán es un miembro fundador del acuerdo y el aliado más cercano de China. En los últimos 5 años, China ha representado entre el 80 y el 81% de las importaciones militares totales de Pakistán. Pakistán es el mayor comprador de armas chinas (el 61% de las exportaciones militares de China). La cooperación incluye el desarrollo conjunto y la producción con licencia: aviones de combate JF-17 Thunder, aviones de combate J-10C, submarinos de la clase Hangor, sistemas de defensa aérea HQ-9/P y misiles PL-15. Pakistán también utiliza el sistema de navegación satelital BeiDou de China. Las armas chinas constituyen la base de la capacidad de defensa de Pakistán.

👉 Pakistán ha desplegado aviones JF-17 y sistemas HQ-9 en Arabia Saudita en virtud de acuerdos bilaterales anteriores. En mayo de 2025, la Fuerza Aérea de Pakistán utilizó aviones J-10C en un conflicto con India, lo que confirmó la eficacia del equipo chino. Pakistán se está convirtiendo en un " escaparate" para la industria de defensa china en Oriente Medio.

👉 Según informes no oficiales de los medios de comunicación, Arabia Saudita está negociando con Pakistán para convertir aproximadamente 2.000 millones de dólares en préstamos en adquisiciones de JF-17, con un valor total que podría alcanzar los 4.000 millones de dólares, incluyendo equipos y armamento. Las conversaciones se intensificaron después de un acuerdo de defensa bilateral en septiembre de 2025. China obtiene acceso indirecto a los mercados de defensa sin asumir obligaciones de defensa colectiva.

El acuerdo se alinea con el concepto chino de un mundo multipolar, en el que los actores regionales asumen la responsabilidad de su propia seguridad, reduciendo la dependencia de Estados Unidos. El ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, expresó su apoyo al acuerdo y su disposición a cooperar con sus participantes.

El Pacto de La Meca y la recomposición del tutelaje en Asia Occidental

Fernando Esteche*

El 7 de agosto Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron en La Meca un acuerdo de defensa mutua que equipara, casi al pie de la letra, el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte.

Un ataque contra cualquiera de los tres será considerado un ataque contra todos. La fórmula es vieja, la escena es nueva, porque nunca antes el custodio de los lugares santos del islam, la segunda fuerza militar de la OTAN y el único Estado musulmán con armamento nuclear habían quedado atados por el mismo texto.

El lugar de la firma no es un detalle protocolar o un capricho ya que La Meca funciona como investidura religiosa de un pacto que es, ante todo, militar, y esa superposición de registros —lo sagrado prestando legitimidad a lo estratégico— merece leerse con la misma atención que las cláusulas del acuerdo.

No hay que buscar demasiado lejos el origen inmediato, el pacto nace meses después de que Estados Unidos e Israel atacaran Irán y de que Teherán respondiera cerrando de hecho el estrecho de Ormuz y lanzando represalias sobre infraestructura energética del Golfo. Arabia Saudita desvió cerca del setenta por ciento de sus exportaciones petroleras hacia el mar Rojo. Emiratos Árabes Unidos recibió el doble de impactos de misiles y drones iraníes que Riad.

La guerra de agresión contra Irán —porque conviene llamarla por su nombre y no por el eufemismo de campaña preventiva— dejó a las monarquías del Golfo con una certeza incómoda, el paraguas norteamericano no impidió el bombardeo de su territorio ni el cierre de su principal vía de exportación. De esa certeza, no de un giro ideológico, surge La Meca.

La tutela que se resquebraja sin romperse

No hay que exagerar la ruptura. Arabia Saudita mantiene bases, contratos de armamento y una cooperación de inteligencia con Washington que no se disuelve por una firma en Jeddah.

El pacto no reemplaza el vínculo con Estados Unidos, lo relativiza. MBS no está declarando independencia estratégica, está diversificando el riesgo después de comprobar que la garantía de seguridad estadounidense tiene un techo bajo cuando el adversario es capaz de saturar las defensas antimisiles del reino.

La lectura correcta no es la de un sujeto que se libera del tutor, sino la de un régimen que negocia con más de un tutor a la vez, y que descubre en Turquía y Pakistán socios dispuestos a venderle lo que Washington raciona, tecnología militar sin condicionamientos políticos explícitos, y sobre todo, disuasión nuclear por interpósita persona, porque el arsenal paquistaní entra al cálculo saudí sin que Riad tenga que desarrollar el propio.

Washington puede vivir con esto, y de hecho lo dijo por boca de sus analistas antes que por la de sus funcionarios. Si el pacto mejora la defensa aérea y la vigilancia marítima del Golfo sin costo directo para el Pentágono, refuerza objetivos norteamericanos a un precio menor.

Es la vieja lógica de la subcontratación imperial adaptada a un tablero donde el subcontratista empieza a tener alternativas propias. La tutela no desaparece, se vuelve más cara de sostener y más disputada. Ese es el dato estructural detrás del ruido diplomático de estos días.

La ofensiva de seducción y sus límites

Conviene mirar de cerca lo que Washington venía ofreciendo, porque el Pacto de La Meca se firma exactamente en el momento en que esa oferta demuestra sus costuras. En noviembre de 2025 Trump recibió a MBS en la Casa Blanca y anunció dos gestos mayores, la venta de cazas F-35 y un marco de cooperación nuclear civil. El objetivo declarado no era solo comercial.

Trump necesitaba el ingreso saudí a los Acuerdos de Abraham como su gran trofeo diplomático en la región, y ofrecía tecnología sensible a cambio. El problema es que MBS nunca aceptó esa ecuación. Su condición pública siempre fue un camino creíble hacia un Estado palestino, y esa condición sigue vigente.

El desenlace del capítulo nuclear ilustra el tipo de socio que resultó ser Washington. El 22 de julio de 2026, casi dos décadas después de las primeras conversaciones, Estados Unidos y Arabia Saudita firmaron el Acuerdo 123 de cooperación nuclear pacífica, un pacto de treinta años que habilitaba enriquecimiento de uranio en suelo saudí bajo ciertas condiciones. Riad lo celebró como una victoria.

Menos de veinticuatro horas después Trump publicó en su red social que el acuerdo quedaba sujeto a una condición nueva, el ingreso saudí a los Acuerdos de Abraham, y además negó que el texto permitiera el enriquecimiento que el propio Departamento de Energía había confirmado un día antes.

La embajada saudí quedó tan sorprendida como los negociadores de su propio gobierno. Ese episodio, más que cualquier discurso, explica por qué La Meca no es un capricho, es la respuesta de un régimen que acaba de comprobar que su principal proveedor de seguridad puede reescribir los términos del contrato por una publicación matutina.

Con Turquía la escena se repite con otro libreto. Ankara fue expulsada del programa F-35 en 2019 después de comprar los sistemas antiaéreos rusos S-400, y desde entonces carga sanciones bajo la ley CAATSA. El 7 de julio de 2026, en la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara, Trump anunció junto a Erdogan que levantaría esas sanciones y que reconsideraría la venta de los cazas, llamando a Turquía un socio más leal que otros. El anuncio, sin embargo, chocó de inmediato con la ley.

La Sección 1245 de la Ley de Autorización de Defensa de 2020 prohíbe cualquier transferencia del F-35 mientras Turquía conserve los S-400, y ningún presidente tiene autoridad para eximir esa cláusula sin el Congreso. Semanas después, el propio Departamento de Estado confirmó ante el Congreso que la política seguía sin cambios.

Turquía negocia ahora fórmulas exóticas, como transferir los S-400 a un tercer país, mientras Washington retiene incluso la venta de motores para el caza propio turco, el Kaan. La promesa de Trump funcionó como gesto político en la cumbre y como letra muerta en la práctica, y ese contraste es, otra vez, parte de lo que empuja a Ankara a construir garantías propias.

El resto de los actores

El canciller turco Hakan Fidan viene insistiendo en que Egipto se sumará una vez resueltas ciertas cuestiones técnicas, y que en la práctica El Cairo ya actúa como si fuera parte del bloque. La frase es reveladora por lo que no dice.

Egipto arrastra memoria fresca de tensión con Ankara por el respaldo turco a los Hermanos Musulmanes, organización que Sisi persiguió y proscribió después de derrocar a Mohamed Morsi en 2013, y que hoy encuentra refugio político en territorio turco. Esa herida no cicatrizó del todo, y cualquier adhesión formal al bloque obligaría a Sisi a sentarse en la misma mesa institucional que su principal patrocinador diplomático.

Hay un segundo inhibidor, más duro que el primero. Egipto mantiene con Washington un tratado de paz con Israel firmado en Camp David que condiciona una ayuda militar anual de mil trescientos millones de dólares, columna vertebral de su fuerza aérea y de buena parte de su cadena de repuestos. Sumarse a un pacto de defensa colectiva liderado por Turquía y Arabia Saudita, en el momento en que ese pacto tensiona justamente el proyecto de normalización con Israel que Washington sostiene, pondría a Sisi a elegir entre dos tutores en simultáneo, algo que ningún gobierno egipcio hizo desde 1979.

Y hay un tercer obstáculo, territorial y no ideológico, Egipto respalda desde hace años al bando de Haftar en el este libio, mientras Turquía sostiene militarmente al gobierno de Trípoli en el oeste. Firmar un artículo cinco colectivo con el patrocinador armado de tu rival libio es, como mínimo, una contradicción operativa que ninguna cumbre de cancilleres resuelve con un comunicado.

Las reuniones de cancilleres entre Egipto, Turquía, Pakistán y Arabia Saudita durante la guerra contra Irán muestran que la coordinación ya funciona por canales informales, y eso es justamente lo que le permite a Sisi ganar tiempo sin comprometerse.

La adhesión formal, si llega, será menos una incorporación que una ratificación de algo que ya opera en los hechos. El cuarteto sin Egipto ya pesa; con Egipto, sería la cristalización de un bloque sunita que reúne demografía, capacidad militar convencional, arsenal nuclear y control de rutas marítimas clave, del canal de Suez al mar Rojo.

Qatar no aparece como firmante y sin embargo su ausencia es la clave de lectura del pacto. El antecedente inmediato del Acuerdo de La Meca es el pacto bilateral saudita-paquistaní de septiembre de 2025, firmado apenas días después de que Israel bombardeara Doha.

Ese ataque —contra un país que alojaba negociaciones de paz para Gaza bajo garantía estadounidense— funcionó como advertencia regional, ni la mediación diplomática ni la relación con Washington protegen de una agresión israelí si Tel Aviv decide que sus objetivos militares lo justifican. Doha no necesita firmar en La Meca porque ya cuenta con las bases turcas en su territorio y con una relación privilegiada con Ankara que cumple, en los hechos, una función de garantía similar.

Si hay un actor incómodo con el pacto, ese es Emiratos Árabes Unidos. El vínculo entre Mohammed bin Salman y Mohammed bin Zayed, antes tan estrecho que la prensa regional los apodaba por sus iniciales compartidas, se ha ido resquebrajando, y La Meca lo expone. Emiratos fue el arquitecto de los Acuerdos de Abraham, apostó su posicionamiento regional a la normalización con Israel, y ahora ve a su socio saudita acercarse a Turquía y Qatar, leídos en Washington y en Tel Aviv como el polo más crítico de Israel dentro del campo sunita. Abu Dabi, además, recibió el mayor volumen de ataques iraníes durante la guerra, y presiona por una reapertura de Ormuz por la vía militar, una postura más alineada con Washington que con la ambigüedad calculada que exhiben Riad y Ankara.

El pacto, sin nombrarlo, tensiona el proyecto de normalización israelí-saudí que Washington viene empujando desde hace años. Un MBS que firma un tratado de defensa colectiva con Turquía y se abstiene de sumarse a los Acuerdos de Abraham no está cerrando la puerta a Israel, pero la deja mucho menos entreabierta de lo que Washington necesitaría para presentar una victoria diplomática después de una guerra que, en los hechos, no logró ni desarmar a Irán ni reordenar el Golfo a favor de sus aliados más cercanos.

La correa que nadie corta del todo

Conviene medir con precisión cuánto pesa todavía Washington sobre estos tres socios, porque la dependencia no se disuelve al mismo ritmo en cada caso. Arabia Saudita sigue siendo, en términos de hardware, un cliente casi cautivo, su fuerza aérea, sus sistemas Patriot, buena parte de su inteligencia satelital y de señales dependen de proveedores y protocolos estadounidenses que no se sustituyen en un lustro. La venta de F-35 sigue pendiente de aprobación final, y el propio Acuerdo 123 quedó rehén de una condición política que Riad no controla. Eso vuelve la autonomía saudí más discursiva que material, al menos por ahora.

Turquía juega otra liga, porque es miembro pleno de la OTAN y aporta el segundo ejército de la alianza, pero paga esa membresía con una exclusión tecnológica concreta, no tiene F-35 propios desde 2019 y su programa de caza nacional, el Kaan, todavía necesita motores estadounidenses de General Electric que el Congreso puede demorar o bloquear.

La paradoja turca es la de una potencia con industria de defensa creciente —drones, misiles, construcción naval— que sigue importando el corazón de sus sistemas más avanzados desde el mismo país cuyo paraguas de seguridad dice complementar con Riad y Islamabad.

Pakistán es el caso más elocuente de erosión ya consumada. Durante décadas Washington fue su proveedor central de armamento, hasta que la ruptura de confianza posterior a 2011 y el giro estadounidense hacia India como socio estratégico regional cortaron ese flujo casi por completo. Hoy cerca del ochenta por ciento de las armas que importa Pakistán llegan de China, que además financia buena parte de su industria de defensa a través del Corredor Económico China-Pakistán.

El detalle que conviene no perderse es que Washington no se resignó a esa pérdida sin pelear, el Pentágono aprobó este año un paquete de seiscientos ochenta y seis millones de dólares para modernizar los viejos F-16 paquistaníes, con la aviónica y las comunicaciones seguras como excusa oficial y el objetivo de frenar el desplazamiento hacia Beijing como motivo real.

Los tres socios de La Meca, entonces, no salen de la órbita norteamericana al mismo tiempo ni con el mismo costo, arrastran cadenas de suministro, protocolos de inteligencia compartida y dependencias tecnológicas que ningún comunicado trilateral cancela de un día para el otro. Lo que cambia es que ahora tienen, entre ellos, una alternativa parcial a la que apelar cuando esa correa aprieta.

Libia, el cadáver en Bengasi

El martes 11 de agosto un coche bomba mató en Bengasi a Fawzi al-Mansouri, jefe de inteligencia militar del Ejército Nacional Libio, la fuerza que responde al mariscal Khalifa Haftar y que hoy opera bajo el mando compartido de sus hijos Saddam y Khaled.

El asesinato golpea justo el eslabón que sostenía el plan de reunificación mediado por Washington, un plan que descansaba en dos supuestos, que Bengasi era territorio seguro para los mandos del este, y que la cadena de lealtades hacia Saddam Haftar, heredero designado, garantizaba cohesión interna. Una bomba que revienta a la cabeza de la inteligencia militar a la salida de una mezquita desmiente ambos supuestos al mismo tiempo.

Vale la pena precisar por qué este golpe le duele a Washington de manera particular, y no solo a Bengasi. El plan libio no es una iniciativa genérica del Departamento de Estado, tiene nombre y apellido propios, el enviado Massad Boulos, consuegro de Trump y padre del yerno de Tiffany Trump, lo viene negociando desde julio con visitas a Trípoli, Misrata y Bengasi.

La fórmula que circula reparte el poder entre la familia Dbeibah, que retendría la jefatura de gobierno, y la familia Haftar, que encabezaría el Consejo Presidencial, todo empaquetado bajo la lógica declarada de abrir Libia a las petroleras estadounidenses a cambio de estabilidad institucional.

Ese diseño ya cargaba con un problema de legitimidad, las protestas que recibieron a Boulos en Misrata mostraron que buena parte de la sociedad libia lee el plan como un arreglo entre clanes armados y una potencia extranjera, no como un proceso propio.

El asesinato de al-Mansouri agrava exactamente esa fragilidad. El acuerdo necesitaba proyectar que el este libio, bajo mando de Saddam Haftar, ofrecía la estabilidad que le faltaba al oeste, y que la lealtad interna de la estructura de Haftar estaba fuera de discusión. Una bomba capaz de llegar hasta el jefe de inteligencia militar en su propio territorio derrumba las dos cosas a la vez, expone que ni siquiera el bastión más controlado del país puede garantizar la seguridad de sus propios mandos, y siembra la duda sobre si existen fisuras internas dentro del círculo Haftar que un actor externo pueda estar explotando.

Para una Casa Blanca que apuesta su capital político y comercial —el acceso de sus petroleras— a la solidez de ese bastión, el mensaje es más incómodo que cualquier otro atentado en Libia de los últimos años.

¿Responde este asesinato a la lógica del Pacto de La Meca? No de manera directa, no hay indicio de vínculo operativo entre ambos hechos. Pero sí responde al mismo desorden estructural que produjo el pacto, el retroceso relativo de la capacidad estadounidense para imponer arreglos estables en la región después de una guerra contra Irán que no cerró nada, abrió frentes.

Turquía tiene tropas y contratistas en el oeste libio, Egipto respalda históricamente al bando de Haftar en el este, y ambos países acaban de firmar o de acercarse a un pacto de defensa que introduce una variable nueva en cualquier cálculo sobre Libia. Un este libio menos seguro y con su mando militar más expuesto no es un dato aislado del reordenamiento regional, es una de sus expresiones.

La normalización libia, si llega, llegará más tutelada por los nuevos equilibrios del Golfo que por el diseño original de Washington.

Irán, el destinatario que nadie nombra en voz alta

Turquía repite que el pacto no apunta contra nadie en particular, y en especial no contra Irán. La afirmación es diplomáticamente necesaria y estratégicamente falsa a medias.

Nadie firma un artículo cinco islámico seis semanas después de que Irán bombardeara infraestructura saudita sin tener a Teherán como referencia central del cálculo de amenaza, aunque el texto no lo diga. La respuesta iraní, sin embargo, fue más matizada de lo esperable, y conviene distinguir sus capas.

El portavoz de la cancillería, Esmaeil Baghaei, afirmó que Irán no tiene motivos para leer el pacto como una amenaza, y fue más allá, sugirió que un mecanismo regional apoyado en capacidades propias, en lugar de depender de potencias externas, podía incluso contribuir a la seguridad de la zona.

Esa no es una frase improvisada, es la doctrina que Teherán repite desde hace años, la de que los países del Golfo deberían buscar su seguridad entre vecinos y no bajo tutela estadounidense.

Vista así, La Meca le da a Irán una confirmación incómoda de su propio diagnóstico, aunque el mecanismo que lo confirma esté armado, en parte, para contenerlo a él. El canciller Abbas Araqchi fue todavía más lejos y saludó la alianza entre musulmanes como un signo de unidad frente a potencias extranjeras hostiles.

Del otro lado del espectro político iraní, un legislador como Ebrahim Rezaei calificó el pacto de acuerdo de papel, y le recordó a Riad que años de complacencia con Washington no le dieron seguridad. Ambas reacciones, la calidez retórica y el desdén, conviven sin contradecirse del todo, porque Teherán puede sostener a la vez que el pacto no lo amenaza y que tampoco lo impresiona.

Hay un antecedente que conviene sumar a esta lectura. Meses antes de La Meca, tanto Vladimir Putin como el canciller chino Wang Yi se reunieron por separado con Araqchi y hablaron de una nueva arquitectura de seguridad para el Golfo, una que no dependiera del paraguas estadounidense.

Algunos analistas leen el Pacto de La Meca como un primer paso hacia ese horizonte, aunque impulsado por actores sunitas y no por el eje ruso-chino-iraní que lo veía venir.

Esa coincidencia, más que una alianza formal, delata un mismo diagnóstico compartido por polos que no se hablan entre sí, la arquitectura de seguridad regional centrada en Washington ya no convence a nadie, ni siquiera a los aliados que la sostuvieron durante medio siglo.

Rusia, India y China, lecturas divergentes

Moscú no emitió una declaración oficial contundente sobre La Meca, y ese silencio relativo es, en sí mismo, un dato. Rusia mantiene vínculos de trabajo con los tres firmantes, vende sistemas de defensa a Turquía, coopera con Arabia Saudita dentro de la OPEP+ para sostener el precio del petróleo, y conserva una relación histórica con Pakistán que crece a la sombra de China. Cualquier lectura que celebre el pacto sin matices chocaría con al menos uno de esos vínculos.

El comentario más franco que circuló en medios rusos afines al Kremlin reconoció el problema de fondo, Turquía gana con este pacto una vía para expandir su propia industria de defensa gracias al capital saudí y al mercado paquistaní, y luego capitaliza esa base en regiones donde Moscú y Ankara ya compiten de manera directa, el Cáucaso, Asia Central, Siria.

La alianza de facto entre Ankara y Bakú, decían esos análisis, alcanza con esto un nuevo nivel, y eso no es una buena noticia para la posición rusa en su propio vecindario. Al mismo tiempo, cualquier gesto que erosione el centralismo de la tutela estadounidense en Asia Occidental confirma la tesis multipolar que Moscú promueve desde hace años, la misma que Putin planteó en su encuentro con Araqchi meses atrás cuando habló de una arquitectura de seguridad regional alternativa. Rusia queda, entonces, atrapada en su propia ambivalencia, gana en el plano discursivo lo que puede perder en el terreno concreto de su competencia con Turquía por influencia en espacios que considera propios.

Nueva Delhi respondió con cautela calculada. El pacto reúne a dos países con los que India mantiene tensiones de larga data, Pakistán por la disputa de Cachemira y el terrorismo transfronterizo, Turquía por su respaldo diplomático a Islamabad en foros internacionales. El Ministerio de Exteriores indio dijo seguir los acontecimientos de cerca y minimizó cualquier impacto inmediato sobre su propia doctrina de defensa, un gesto que combina prudencia con la incomodidad de ver a un rival nuclear ganar respaldo institucional de dos potencias regionales de peso.

Beijing, en cambio, no disimula el entusiasmo interpretativo. Analistas del Instituto de Relaciones Internacionales Contemporáneas de China describieron el pacto como parte de una coordinación más amplia entre potencias musulmanas de la región, y buena parte del comentario en redes chinas coincidió en una lectura de fondo, la de un retroceso relativo de Estados Unidos en Asia Occidental. Para Beijing, cada gesto de autonomía sunita frente a Washington es una confirmación más de la tesis multipolar que sostiene desde hace años, y un argumento adicional a favor de su propia inversión diplomática en la región, del acercamiento entre Riad y Teherán mediado por China en 2023 hasta la actual expansión de vínculos económicos con el Golfo.

Una lectura sin concesiones al entusiasmo fácil

Sería un error leer el Pacto de La Meca como el fin de la subordinación de Asia Occidental a los centros de poder imperial. No lo es. Lo que hay es una recomposición de la administración de esa subordinación, con nuevos gestores regionales —Ankara, Islamabad, y en menor medida un Riad que se reserva márgenes de autonomía— que negocian mejores condiciones dentro de una estructura que sigue dependiendo del mercado energético mundial, de la arquitectura financiera del dólar y de las cadenas de suministro militar occidentales para buena parte de su propio armamento.

El anticolonialismo que vale la pena defender no es el que celebra cualquier gesto de distancia frente a Washington como si fuera soberanía plena, es el que distingue entre la disputa de márgenes dentro de un sistema imperial y la ruptura efectiva con ese sistema.

Dicho esto, y sin ingenuidad, el dato es real. Una guerra de agresión que buscaba reordenar la región a favor de Israel y de la hegemonía norteamericana sin contrapesos terminó produciendo lo contrario de lo que se proponía, un bloque sunita que se cubre las espaldas entre sí, un Egipto que se acerca a ese bloque en lugar de aferrarse en exclusiva a Washington aunque todavía no pueda dar el paso formal, unos Emiratos que se aíslan de su propio experimento de normalización con Israel, y una Libia donde el asesinato de un jefe de inteligencia recuerda que ningún arreglo impuesto desde afuera resiste mucho tiempo sin bases sociales y políticas propias.

India mira con recelo, China con satisfacción estratégica, Rusia con una ambivalencia que no logra resolver, e Irán, paradójicamente, con una combinación de desdén y validación. El tutelaje norteamericano sobre Arabia Saudita no terminó el 7 de agosto en La Meca. Pero desde ese día tiene que negociar su renovación con competidores que antes no estaban sentados a la mesa, y con una credibilidad que la propia Casa Blanca se encargó de desgastar veinticuatro horas después de cada gesto de buena voluntad.

* Dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global.

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