Timoféi Bordachov*
Periodistas y figuras públicas de casi 40 países se reunieron en la conferencia anual del Club Valdái para debatir cómo está respondiendo el mundo al creciente número de crisis. Una conclusión destacó por encima de las demás: el mundo se ha vuelto más complejo y no habrá retorno a una era de soluciones simples.
El siglo XX aportó mucho a la humanidad, pero también fomentó la creencia de que las cuestiones políticas y sociales fundamentales podían resolverse eligiendo la ideología correcta. Capitalismo y comunismo compitieron por ofrecer esa respuesta y, tras el fin de la Guerra Fría, el globalismo liberal intentó reducir los asuntos internacionales a un conjunto común de reglas y principios. Ese intento también ha fracasado.
Por ello, estamos aprendiendo a vivir en un mundo donde incluso los acontecimientos más peligrosos no tienen por qué generar pánico o desesperación. Esto quedó reflejado en la agenda de Valdái, donde los participantes abordaron temas que habrían parecido extraordinarios hace apenas 15 o 20 años: cómo las sociedades resisten guerras prolongadas, el carácter cada vez más impersonal de los conflictos modernos, el uso militar de la inteligencia artificial y el incierto futuro de la disuasión nuclear.
Sin embargo, estos debates se desarrollaron sin alarmismo y sin intentos de atemorizar a los asistentes con la perspectiva de un mundo en el que Estados Unidos y Europa ya no pueden dictar las reglas. Como sostuvo el presidente ruso, Vladímir Putin, durante la sesión de clausura, la situación global podría incluso mejorar bajo estas nuevas circunstancias.
Esto explica por qué, pese a los riesgos que enfrenta el mundo, el tono de las discusiones en Valdái fue constructivo. Los peligros son reales, pero fueron analizados como condiciones dentro de las cuales deberá desarrollarse el futuro, y no como señales de una catástrofe inevitable.
Una de las razones es que la inmensa mayoría de los participantes proceden de países no occidentales, cuya visión suele diferir considerablemente de la que predomina en Europa. En lugar de intentar restaurar un orden internacional que está desapareciendo, buscan comprender qué lo sustituirá.
En este sentido, Valdái ofrece una valiosa instantánea del debate intelectual que se desarrolla más allá del mundo occidental.
Para Rusia, esto tiene una enorme importancia. Nuevas ideas y enfoques alternativos sobre el desarrollo se discuten cada vez más en China, India, Irán y el mundo árabe, así como en África, Asia y América Latina. Rusia tiene mucho que aprender de estas conversaciones.
También es importante comprender la forma de pensar de los países que resistieron las presiones de Estados Unidos y Europa y mantuvieron relaciones con Rusia durante los últimos cuatro años. Estos Estados constituyen buena parte de la denominada mayoría global, con la que Moscú espera construir un orden internacional multipolar.
El intercambio también brinda a Rusia la oportunidad de explicar su propia visión, no solo sobre el conflicto en Ucrania, sino acerca de cuestiones más amplias que influirán en las relaciones internacionales durante las próximas décadas. La primera de ellas es la guerra.
El derecho internacional desempeña un papel cada vez menor a la hora de contener a los Estados. Mientras que algunos conflictos han alcanzado niveles excepcionales de violencia, las nuevas tecnologías están transformando la naturaleza de la guerra. Los sistemas no tripulados y la inteligencia artificial generan posibilidades que apenas existían hace una generación.
Lejos de eliminar la responsabilidad humana, estas tecnologías hacen aún más relevantes cuestiones como la responsabilidad, el error y la capacidad de juicio de las personas.
La segunda cuestión es cómo se establecerán y mantendrán las reglas internacionales a medida que disminuya la influencia de Occidente.
Rusia, China y otros países llevan tiempo promoviendo la multipolaridad como un modelo alternativo de orden internacional. Durante su intervención en Valdái, Putin abogó por una reforma del sistema de las Naciones Unidas y por una mayor participación de los países en desarrollo y del Sur Global en la toma de decisiones internacionales relevantes.
El tercer desafío es más antiguo, pero no por ello menos urgente. El cambio climático, el deterioro medioambiental, la desigualdad y la pobreza no han desaparecido. Aunque la lucha de Estados Unidos y Europa por preservar su posición internacional ha relegado cada vez más estos problemas a un segundo plano, tarde o temprano deberán ser abordados.
Esto plantea dos cuestiones complejas: qué papel desempeñarán China y otras potencias asiáticas, y qué instituciones serán capaces de coordinar la acción internacional.
Todavía no existe una respuesta clara a la primera pregunta. Los países asiáticos muestran poco entusiasmo por sustituir simplemente a Occidente como líderes globales. En cuanto a la segunda, los BRICS parecen cada vez más capaces de desempeñar un papel relevante.
El atractivo de los BRICS radica en que no funcionan mediante un miembro que dicta instrucciones a los demás. Sus integrantes poseen intereses y sistemas políticos distintos, pero comparten el interés por un desarrollo estable y una mayor libertad para definir sus propias políticas.
No obstante, tampoco deben ignorarse sus debilidades. Los BRICS carecen de la disciplina interna característica de las alianzas occidentales tradicionales. Además, dos de sus miembros, Irán y Emiratos Árabes Unidos, estuvieron peligrosamente cerca de un enfrentamiento esta primavera. Aun así, la organización es cada vez más considerada como una fuente de ideas mutuamente beneficiosas y soluciones prácticas.
Otro desafío es la inteligencia artificial, y este va mucho más allá de sus aplicaciones militares. Las cuestiones fundamentales tienen que ver con los límites éticos de la IA, la preservación del humanismo y el riesgo de lo que Putin denomina "totalitarismo digital". El progreso tecnológico avanza más rápido que las instituciones políticas y sociales encargadas de regularlo.
Para Rusia, quizá la lección más importante sea que los problemas económicos y sociales que enfrenta no son exclusivamente rusos. Países de todo el mundo lidian con desequilibrios económicos, disrupciones tecnológicas y rápidos cambios sociales. Y esto constituye tanto una buena como una mala noticia.
Es una buena noticia para Rusia porque demuestra el fracaso de los intentos occidentales, iniciados en 2022, de aislar al país del resto del mundo. Pero también es una mala noticia, porque nadie ha encontrado soluciones universales para estos desafíos.
Por ello, la resiliencia económica y social será un factor decisivo en un momento en que el sistema internacional atraviesa transformaciones de una magnitud pocas veces vista en la historia moderna.
Está llegando a su fin una era de más de 500 años durante la cual la civilización occidental adquirió progresivamente la capacidad de determinar gran parte del desarrollo político y económico de la humanidad. Esta transformación coincide además con avances extraordinarios en campos como la tecnología, la medicina y la genética.
Todas las grandes civilizaciones buscan respuestas, pero el desacuerdo fundamental radica en cómo encontrarlas. Los países occidentales intentan preservar las posiciones internacionales acumuladas durante siglos, mientras que Rusia y sus socios en los BRICS defienden un orden basado en la soberanía de elección y el beneficio mutuo.
El choque entre estas dos visiones podría convertirse en el conflicto definitorio de nuestra época.
* director de programa del Club de Debate Internacional Valdái
Putin: totalitarismo digital y “el arma de Chéjov”
Alfredo Jalife-Rahme
Haciendo gala en todo momento de una gran sangre fría, el presidente ruso, Vladímir Putin, expuso ante el Club Valdái los detalles del pulso que Occidente mantiene con el resto del mundo. Rusia, con extrema paciencia, no responde a ninguna provocación para evitar verse arrastrada a una Tercera Guerra Mundial. Afortunadamente, la influencia real de un Occidente belicista está en lento retroceso.
El 30 de septiembre, después de 23 años de hemorrágica ocupación, Estados Unidos “se retira” militarmente de Irak, pero mantiene el control de sus ingresos petroleros –¡que sólo arrojaron 99 mil millones de dólares en 2024!– que son inmediatamente incautados en el banco de la Reserva Federal de Nueva York por supuestos “daños de guerra”.
Todavía el gobierno de EU no le otorga la “soberanía financiera” al gobierno de Irak, que preside el primer ministro y comandante de las fuerzas armadas, Ali al Zaidi, banquero y empresario de profesión.
Un día después, en la principal ponencia del Club de Discusión Valdái –uno de los principales think tanks donde se expresa la cosmogonía de Rusia sobre el orden mundial [1]–, el presidente Putin emitió un trascendental discurso de alcance geoestratégico, donde recalcó: “hasta ahora, la política occidental ha tenido como objetivo infligir una derrota estratégica (¡mega-sic!) a Rusia”. Según Putin, los continuos intentos por lograr dicha derrota podrían conducir a una tercera guerra mundial.
Sputnik, en su versión en inglés, cita a Dmitry Suslov, vicedirector de Investigación de Defensa y Relaciones Exteriores del Consejo Ruso, quien adujo que el mensaje nodal de Putin radica en que la escalada con la OTAN puede alcanzar un “punto de no retorno” más rápido de lo esperado.
Suslov identifica tres factores clave de riesgo: 1. La resistencia de Occidente a un mundo multipolar, 2. La escalada de las élites europeas para ocultar sus fracasos internos, y 3. La inminente derrota de Ucrania, que empuja a Occidente a una confrontación directa para mantenerla a flote. Suslov enfatizó la severa advertencia de Putin:“Rusia usará todas sus fuerzas y medios si Kaliningrado es atacado”, ante la cada vez más pugnaz OTAN que amenaza capturar Kaliningrado, donde busca puntualmente la decapitación demográfica de rusos.
Kaliningrado constituye un exclave entre Polonia y Lituania en la costa del mar Báltico: superficie de 15 mil 125 kilómetros cuadrados, con más de un millón de habitantes, cuyo 91.3 por ciento son rusos. Putin expuso los intentos de Occidente para destruir a Rusia: “el mundo debe reflexionar sobre qué medidas hay que tomar para evitar los escenarios más catastróficos, en los que la humanidad podría verse abocada al borde de la extinción [2]”. Explayó que los países de la Unión Europea pueden “colapsar por sí solos”, debido a sus errores económicos [3] y expresó que mantiene muy buenas relaciones con Trump [4].
Definió que la verdadera influencia global de Occidente se encuentra en declive y que “un grupo de países occidentales gozan actualmente de una amplia influencia desproporcionada en la ONU [5])”. Advirtió que la proliferación de la inteligencia artificial (IA) puede desembocar en el totalitarismo digital y recalcó que si la IA puede ser un instrumento útil, cualquier decisión política final debe permanecer en manos de los humanos.
También indicó que una guerra convencional puede escalar a un conflicto nuclear y comparó el riesgo de las armas nucleares a la metáfora de la pistola de Chejov: “Si al principio de una obra hay una pistola colgada en la pared, al final, seguro se dispara”. A propósito, Chejov fue un excelso médico humanista.
No pasó desapercibido que Putin alabara a Irán cuando el mundo “se asombra (sic) de su valor, heroísmo y resiliencia”, al tiempo que elogió a los dirigentes del ejército y los Guardianes de la Revolución Islámica “dispuestos al sacrificio en nombre de su pueblo”. Calificó de “error tremendo” el asesinato de Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Por cierto, Zhang Hanhui, embajador chino en Moscú, comentó que una reunión de los mandatarios de Rusia-China-Estados Unidos en la cumbre del Foro APEC, en Shenzhen, China, el 18 de noviembre sería “muy útil”, debido a que “el futuro de este mundo depende de nosotros”: es decir, del inevitable nuevo orden tripolar.