Iqbal Jassat *
El denominado “Pacto de La Meca” articula una alianza militar entre Arabia Saudí, Turquía y Pakistán para defender agresivamente los intereses de la monarquía saudí en Yemen, al tiempo que pone de manifiesto su incapacidad para movilizarse de manera similar frente al genocidio de palestinos perpetrado por Israel en Gaza y Cisjordania.
Hace unas semanas, las élites gobernantes de Arabia Saudí, Turquía y Pakistán sellaron el denominado “Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca”, un pacto de defensa mutua concebido explícitamente para emular la arquitectura imperial de la alianza militar de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), liderada por Estados Unidos.
El lunes, tras una cumbre de emergencia celebrada en Riad, a la que asistieron los dirigentes civiles y militares de los tres países, estos activaron oficialmente sus “medidas de disuasión colectiva”.
En cuestión de instantes, Ankara e Islamabad acordaron desplegar rápidamente fuerzas militares en territorio saudí, mientras se desencadenaba en Yemen una brutal ofensiva terrestre respaldada por Arabia Saudí.
Que este momento quede grabado en la memoria como el día en que las máscaras cayeron definitivamente.
Con una rapidez asombrosa, estos actores demostraron que, cuando están en juego los intereses de una monarquía multimillonaria, las máquinas de guerra más formidables del mundo islámico pueden movilizarse de la noche a la mañana.
Sin embargo, este despliegue de poderío militar, ejecutado con una eficacia extraordinaria, no inspira orgullo. Despierta una profunda indignación.
Durante casi tres años, la Umma mundial —la comunidad islámica global— ha contemplado la aniquilación sistemática de los palestinos en la Franja de Gaza, retransmitida en directo. Millones de nuestros hermanos y hermanas han pasado hambre, han sangrado y han muerto bajo una incesante campaña de bombardeos sionistas en Gaza.
¿Y cuál ha sido la respuesta de Riad, Ankara e Islamabad? Una auténtica lección de cobardía burocrática, resoluciones sin fuerza efectiva y condenas vacías, más teatrales que sustanciales.
Cuando se trata de Yemen, una nación ya asolada por el hambre, fragmentada y exhausta tras una década de intervención imperialista, la respuesta de estas capitales es una invasión multinacional ejecutada con mano de hierro.
Pero, cuando se trata de Palestina, donde el deber moral de intervenir es absoluto, estos mismos gobernantes descubren de repente las virtudes de la paciencia diplomática y la contención geopolítica.
La activación del denominado “Pacto de La Meca” hace añicos la gran mentira con la que estos países musulmanes han justificado su parálisis. Durante años, aseguraron a sus poblaciones que una intervención militar directa para salvar a Palestina era imposible, que supondría el riesgo de una guerra regional de mayor envergadura o que los obstáculos logísticos eran insuperables.
El rápido despliegue en Arabia Saudí deja al descubierto el carácter cobarde y fabricado de semejante argumento. Los obstáculos desaparecen cuando existe voluntad política.
Turquía cuenta con la segunda mayor fuerza militar permanente de la OTAN. Pakistán es una potencia nuclear. Arabia Saudí dispone de un presupuesto de defensa capaz de engullir economías nacionales enteras. Juntos, estos tres países constituyen una fuerza geopolítica aparentemente imparable.
Sin embargo, esta maquinaria de poder ha sido diseñada para orientarse hacia dentro: aplastar la disidencia regional, proteger las rutas comerciales del capital global y garantizar la supervivencia de regímenes autoritarios.
Al priorizar un escudo defensivo para el trono saudí mientras permiten la destrucción total de la sociedad palestina, estos gobernantes han realizado un cálculo frío y transaccional: las vidas palestinas valen poco, mientras que las infraestructuras del golfo Pérsico son sagradas.
La bancarrota moral de Riad queda ahora expuesta ante el mundo. Durante décadas, la monarquía saudí se ha amparado en el prestigio de custodiar los lugares más sagrados del islam, reivindicando su liderazgo espiritual sobre más de mil millones de musulmanes.
Pero el verdadero liderazgo islámico no se hereda mediante linajes reales ni se compra con petrodólares: se conquista convirtiéndose en escudo de los oprimidos.
Movilizar agresivamente una alianza multinacional contra Yemen mientras se mantiene una actitud pasiva y de mero espectador ante el genocidio que continúa en Palestina constituye una renuncia absoluta a esa responsabilidad. Es una traición al espíritu mismo de la umma mundial.
Este pacto deja al descubierto la podredumbre estructural que corroe los cimientos del sistema de seguridad regional. Demuestra que los miles de millones invertidos en armamento occidental nunca tuvieron como finalidad defender a los débiles ni liberar territorios ocupados. Estas armas se mantienen en reserva para proteger los palacios de la ira de los pueblos de la región, y su uso se calibra cuidadosamente para no generar fricciones con Washington ni con su aliado estratégico en Tel Aviv.
La historia dejará constancia de que, cuando las élites militares del mundo musulmán finalmente se unieron para construir un muro de defensa colectiva, no lo levantaron alrededor de los hospitales asediados y azotados por el hambre en Gaza. Tampoco lo construyeron para proteger a los niños de la Cisjordania ocupada. Lo erigieron alrededor de los lujosos palacios de Riad.
El “Pacto de La Meca” quizá consiga proteger los intereses de la monarquía en Yemen, pero ya ha sufrido una derrota irreversible y devastadora ante el tribunal de la conciencia humana.
Al demostrar una movilización total en defensa de una monarquía acaudalada mientras abandonan Palestina a las cenizas, Arabia Saudí, Turquía y Pakistán han revelado a sus pueblos una verdad estremecedora: para los gobernantes de esta región, la solidaridad es un mito y la hermandad, una mentira destinada a mantener calladas a las masas.
Las calles no olvidarán esta traición.
* miembro ejecutivo de la Media Review Network, con sede en Johannesburgo, Sudáfrica.
Yemen y las ecuaciones del conflicto: Entre el apoyo a Palestina y las transformaciones de la disputa regional e internacional
Sayyed Shebel
Con motivo del tercer aniversario de la operación "Diluvio de Al-Aqsa", Abdul-Malik al-Houthi, líder del movimiento Ansar Allah en Yemen, señaló que la operación representó una oportunidad histórica para que las naciones árabe e islámica actuaran de manera más amplia frente a "Israel" y respaldaran la causa palestina. Sin embargo, afirmó que esta oportunidad fue desaprovechada, en contraste con las potencias occidentales que intensificaron su apoyo a la ocupación israelí hasta el punto de la plena cooperación.
A pesar del limitado alcance de las posturas oficiales árabes que tomaron medidas directas en apoyo a los palestinos, destacaron posiciones diferenciadas, entre ellas la de la República Islámica de Irán, las facciones de la resistencia iraquí, Hizbullah en Líbano y el gobierno de Saná en Yemen.
La postura yemenita merece especial atención, no solo por su naturaleza militar, sino también por las circunstancias bajo las cuales se adoptó. Yemen vive desde hace años una guerra y una profunda crisis económica y humanitaria que comenzó con la intervención de la coalición liderada por Arabia Saudita en marzo de 2015 bajo el nombre de "Tormenta Decisiva". La guerra ha estado acompañada de severas restricciones al movimiento y al comercio, provocando un grave deterioro de las condiciones socioeconómicas e humanitarias.
A pesar de ello, el gobierno de Saná no utilizó estas difíciles condiciones como una "excusa suficiente" para distanciarse de la causa palestina. Por el contrario, optó por traducir su postura política en acciones militares, lo que convirtió a Yemen en un actor influyente en los acontecimientos posteriores al "Diluvio de Al-Aqsa".
Del apoyo político al impacto en la navegación
Desde el estallido de la guerra israelí contra la Franja de Gaza, la postura yemenita pasó a un nivel más directo. Saná emergió como una de las capitales árabes más constantes en la organización de multitudinarias manifestaciones populares en rechazo a la agresión israelí contra los palestinos, tanto en la Franja de Gaza como en Cisjordania. Asimismo, las Fuerzas Armadas yemenitas lanzaron misiles balísticos y drones hacia objetivos vinculados a "Israel" a distancias que superan los dos mil kilómetros, además de ejecutar ataques contra buques comerciales israelíes en el mar Rojo y el Golfo de Adén.
Este papel provocó una agresión estadounidense directa. El inicio tuvo lugar durante el mandato del expresidente de los Estados Unidos, Joe Biden, cuando a finales de 2023 se anunció una coalición de más de 20 países denominada "Guardián de la Prosperidad", dirigida principalmente contra el gobierno de Saná y sus Fuerzas Armadas. Posteriormente, la ofensiva estadounidense continuó con mayor intensidad tras el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, iniciándose una serie de ataques aéreos consecutivos sobre Yemen, hasta que se anunció el logro de una tregua mediada por Omán en mayo de 2025. Saná consideró este desenlace como resultado de su resistencia militar y su capacidad para soportar los bombardeos estadounidenses.
Guerra de bloques: Eco de un conflicto global y perspectivas futuras
Aproximadamente dos semanas después de la caída del anterior régimen sirio, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, declaró que "Tel Aviv" derrocó al régimen de al-Assad y que golpearía con fuerza a Ansar Allah".
Las declaraciones de Katz coincidieron en gran medida con las afirmaciones del primer ministro de la ocupación, Benjamin Netanyahu, quien mencionó en varias ocasiones durante los últimos dos años que las intervenciones israelíes en la guerra en territorio sirio, junto con los ataques dirigidos contra Hizbullah e Irán, fueron la causa de la caída del régimen sirio, al que describió como "el eslabón central del eje liderado por Teherán".
Es de notar que los funcionarios israelíes siempre han vinculado su jactancia por el asesinato del Sayyed Hasaan Nasralah y la caída del régimen de Assad con amenazas dirigidas hacia el movimiento Ansar Alá en Yemen, debido al papel militar que desempeña el movimiento contra los intereses israelíes.
Llama la atención que la mayor parte de los medios de comunicación árabes no pusieran el foco en los bombardeos ejecutados por la aviación israelí sobre Yemen durante los años 2024 y 2025. El público árabe general puede estar al tanto del papel yemenita en el apoyo a la causa palestina, pero a menudo desconoce que esta postura tuvo un alto costo militar y humano; las incursiones aéreas israelíes atacaron en reiteradas ocasiones instalaciones de almacenamiento y depósitos de petróleo en el puerto de Hodeida, así como infraestructuras, fábricas e instalaciones civiles en Saná, además del Aeropuerto Internacional de Saná.
Estos ataques provocaron la muerte de decenas de personas, entre ellas el primer ministro Ahmad Ghalib al-Rahwi y varios ministros, en un bombardeo israelí dirigido contra Saná en agosto de 2025.
Afirmar que lo que ocurre en el interior de Yemen es un conflicto puramente local y limitado es una lectura superficial. El conflicto, en su esencia, es el eco de una gran guerra regional y global entre naciones y movimientos que aspiran a liberarse de la hegemonía y consideran la causa palestina como su eje central, frente a regímenes vinculados al bloque estadounidense y sionista.
El mapa de fuerzas dentro de Yemen
A nivel interno, el mapa yemenita no es simple. El bloque opositor a Ansar Allah incluye al "gobierno reconocido internacionalmente" —cuyos principales funcionarios no residen dentro de la geografía yemenita—, además del Consejo Transicional del Sur, fuerzas vinculadas a Tareq Saleh, facciones salafistas, el partido Al-Islah (bajo el paraguas de los Hermanos Musulmanes) y otras formaciones que recibieron apoyo en distintos grados por parte de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.
Estas fuerzas coinciden en aspectos fundamentales, principalmente en el enfrentamiento contra Ansar Allah, pero no representan necesariamente una visión política unificada para el futuro de Yemen. Existen divergencias respecto a la forma del Estado, la causa del sur, el reparto de influencias, la relación con Arabia Saudita y los Emiratos, y el futuro de las regiones petroleras y costeras.
En contraposición, Ansar Allah y sus aliados lograron conformar un gobierno que ha mantenido, hasta la actualidad, el control sobre Saná y la mayor parte de las regiones del noroeste, así como amplias zonas de la costa occidental, áreas que concentran a la mayor parte de la población de Yemen.
Asimismo, las estructuras de gobierno en Saná consiguieron administrar instituciones y servicios públicos en las zonas bajo su control durante años, a pesar del bloqueo saudita y de no controlar la mayoría de los grandes recursos de petróleo y gas en provincias como Marib, Shabwa, Hadramaut y Al-Mahra. Además, los funcionarios yemenitas afirman haber tenido éxito en adiestrar y preparar a cerca de un millón y medio de combatientes con una sólida doctrina, frente a un bloque de adversarios compuesto por formaciones heterogéneas de milicias dependientes del dinero saudita que carecen de cohesión y de una doctrina común.
Cualesquiera que sean los escenarios posibles y las probabilidades de que los adversarios intensifiquen sus ataques perjudiciales, lo cierto es que la guerra en Yemen es demasiado amplia para ser reducida a un enfrentamiento entre dos frentes locales; constituye un eslabón central en una confrontación global definida por un bloque antihegemónico frente al mundo occidental y sus aliados regionales.
La esencia de la alianza entre Teherán y Saná: Unidad de causa, no subordinación
A diferencia de las narrativas que intentan simplificar el panorama, el Eje de la Resistencia representa una alianza estratégica e integrada cuyos lazos no se basan en la subordinación, sino en la convergencia de intereses superiores y en la unidad de una causa central: enfrentar la hegemonía y apoyar a Palestina.
Debido a la ubicación geográfica única de Yemen, Ansar Allah posee una ventaja estratégica al buscar el control del estrecho de Bab al-Mandeb. Cuando esta presencia se complementa con la capacidad de otros actores para ejercer presión en el estrecho de Ormuz, se configura una ecuación geográfica de presión multidireccional sobre "Israel" y los Estados Unidos.
Esta profunda cohesión se fundamenta en una doctrina política compartida que rediseña los vínculos más allá de las fronteras geográficas tradicionales; un ciudadano iraní partidario de la línea revolucionaria puede sentirse intelectualmente más cercano a un yemenita que apoya a Palestina que a ciertas corrientes internas de su propio país. Del mismo modo, un ciudadano en Líbano siente cercanía hacia Saná más que hacia cualquier fuerza política local que haya optado por la normalización con "Israel".
Este arraigado vínculo es bien comprendido por los responsables de los medios de comunicación occidentales y del Golfo; sin embargo, intentan presentar a las facciones de la resistencia como actores desprovistos de voluntad propia a favor de Teherán.
No obstante, la realidad política refleja un panorama completamente distinto. Quizás lo expresado por el primer ministro de la ocupación, Benjamin Netanyahu, en abril de 2025 refleje esta verdad, cuando señaló que la influencia del Sayyed Hassan Nasralah dentro de Irán era tan amplia que "influyó en ella más de lo que ella influyó en él", describiéndolo como "el eje del eje", en un reconocimiento implícito de que el peso de los líderes de la resistencia proviene de la solidez de sus roles y su impacto real en el campo de batalla, y no de una subordinación formal.
¿Podría extenderse la guerra en Yemen?
Desde principios del mes pasado, se han registrado notorios acontecimientos políticos y sobre el terreno que confirman que el conflicto en Yemen superó hace tiempo los límites de una disputa local.
Esto se evidencia al observar el crecimiento de los papeles desempeñados por los actores regionales y las potencias globales. Arabia Saudita, aunque ha sido un actor fundamental desde el inicio de las operaciones, ha vuelto a intensificar su participación de manera más profunda mediante incursiones aéreas y el financiamiento abierto a fuerzas locales y salafistas opositoras, como las fuerzas "Escudo de la Nación". Junto a ella, los Estados Unidos desempeñan un papel estratégico influyente sin participar en un enfrentamiento directo sobre el terreno por temor a sus intereses; las declaraciones oficiales estadounidenses confirman el suministro de servicios de reaballecimiento de combustible para aviones por parte de Washington, la entrega de información de inteligencia y la participación efectiva en la planificación de las operaciones militares contra las fuerzas de Saná.
El panorama no se detiene ahí, sino que se extiende a alianzas regionales más amplias dentro de lo que se conoce como la "Alianza de La Meca", y lo planteado sobre posibles papeles turcos y pakistaníes en los ámbitos de apoyo logístico, inteligencia y defensa aérea, llegando a los debates sobre las posibilidades de participación de otros actores en la vía de presión sobre Yemen.
Todas estas alianzas reflejan el enorme valor estratégico de la posición que controla Saná y el papel crucial que desempeña en la ecuación de confrontación entre el Eje de la Resistencia y el bloque estadounidense-israelí. De ninguna manera se puede interpretar el papel saudita o el de las fuerzas aliadas al margen del paraguas y las conexiones estadounidenses e israelíes.
Desde esta perspectiva, la guerra parece perfilarse hacia una mayor escalada, en medio de una percepción israelí y estadounidense de un momento de superioridad relativa mediante la cual Washington y "Tel Aviv" buscan afianzar el control sobre la región y buscar la culminación del desmantelamiento sucesivo de todos los frentes de la resistencia, tras lo que los círculos israelíes consideran logros tanto en Palestina como en Líbano, desplazando hoy el mayor peso de la confrontación hacia el frente de Yemen.
Análisis: el enigma de Pakistán, Arabia Saudita, Yemen e Irán.
Pepe Escobar
Comencemos con información exclusiva. El jueves, Yahya Ali al-Ra'i, presidente de la Cámara de Representantes con sede en Sana'a, controlada por Ansarallah, entregó una carta a Sardar Ayaz Sadiq, presidente de la Asamblea Nacional de Pakistán, solicitando la mediación pakistaní entre Ansarallah y Riad.
Ra'i, muy respetado, ha sido presidente del Parlamento de Saná desde 2008. Sadiq comenzó su mandato actual como presidente del Parlamento de Islamabad en marzo de 2024. Este canal parlamentario directo es de suma importancia como apertura diplomática, ya que Pakistán enfrenta una enorme presión, tanto a nivel interno como en todo el mundo islámico, respecto a sus compromisos reales relacionados con el conflicto entre Arabia Saudita y Yemen, según lo determinado por la Alianza de Defensa de La Meca.
Por muy confusa que sea realmente toda la situación, la información directa procedente tanto de Islamabad como de Teherán, al más alto nivel, tal como solicité específicamente, ha establecido cuatro puntos clave:
Islamabad insiste en que Pakistán no atacará a Ansarallah ni desplegará tropas para tal fin. El acuerdo alcanzado en Riad la semana pasada excluía la entrada en territorio yemení. Las fuerzas pakistaníes deben mantenerse al margen de cualquier ofensiva terrestre contra Ansarallah. Por ahora, así parece ser.
Pakistán ya mediaba entre Riad y Saná a través de Teherán. El mariscal de campo Asim Munir solicitó personalmente al ministro de Asuntos Exteriores iraní, Araghchi, que utilizara la influencia de Irán con Ansarallah, así como sus contactos con Islamabad y Riad. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán no desmintió esta vía diplomática.
Pakistán tendría que defender el territorio saudí en virtud de sus compromisos con la Alianza de Defensa de La Meca . Los despliegues para la protección de la frontera y la defensa contra drones y misiles lanzados por las Fuerzas Armadas yemeníes se ajustan a este patrón. El problema radica en si algunos asesores pakistaníes ya se encuentran desplegados en territorio yemení. Si Pakistán cuenta con tan solo unos pocos "asesores" en Adén y tropas en algún lugar del norte de Yemen, cerca de la frontera con Arabia Saudí, esto ya contradice sus promesas.
Las fuerzas pakistaníes deberían poder defenderse; es algo inherente a su posición. Se trata de una contingencia declarada, no de una predicción de represalias. Al menos un oficial pakistaní murió en Arabia Saudí sin que Pakistán respondiera con represalias. Esto demuestra moderación, al menos por ahora.
Tránsito por Ormuz: utilice CIPS y pague en riales.
En el ámbito más amplio de las relaciones entre Estados Unidos e Irán, las gestiones diplomáticas respaldan lo que hemos estado informando durante los últimos días sobre
el Protocolo de Transición . De hecho, Pakistán está desesperado por mantener el diálogo con Riad y Teherán, además de una coordinación constante con Pekín. Después de todo, China apoya plenamente la mediación paquistaní; y Araghchi continúa hablando con Munir, como lo hizo tras sus conversaciones con Wang Yi en Pekín.
Mientras tanto, en Washington, la especulación se desata en todo el espectro político sobre los preparativos para una posible reanudación de la guerra bajo la administración Trump, incluyendo posibles ataques contra la infraestructura energética iraní e incluso, lo que resulta bastante preocupante, contra objetivos nucleares. El psicópata/sociópata al mando aún no ha tomado una decisión definitiva, y mucho menos ha fijado una fecha de inicio.
En cualquier caso, los riesgos inmediatos son asombrosos.
La diplomacia, incluso en su forma más superficial, se encuentra estancada. Teherán permanece —y seguirá permaneciendo— aferrado a sus condiciones actuales, detalladas en el fallido memorando de entendimiento, pero ahora con la amenaza de bloquear las rutas de tránsito a lo largo de la costa de Omán, que considera ilegales. Washington, por su parte, está obsesionado con obtener grandes concesiones nucleares.
A principios de esta semana, confirmamos que el Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN) en Teherán tomó dos decisiones de gran trascendencia.
Teherán decidió cobrar el peaje del estrecho de Ormuz exclusivamente en moneda iraní. Ni yuanes ni criptomonedas. De hecho, mediante un mecanismo vinculado al CIPS, el sistema chino de pagos y compensación, se evita el dólar estadounidense. Se utiliza el CIPS para comprar yuanes electrónicamente, convertirlos a riales y pagar el peaje. Al fin y al cabo, los ingresos del tránsito por el estrecho de Ormuz son una de las pocas fuentes de divisas fuertes que le quedan a Teherán. Este nuevo mecanismo sin duda fortalecerá el valor del rial.
A través de Pakistán, Teherán notificó a Witkoff, el principal asesor de Trump en materia de bienes raíces, que Irán no cederá ni un ápice en sus condiciones para una solución negociada y que está plenamente preparado para cualquier posible ofensiva estadounidense. Esto ocurrió después de que JD Vance propusiera una condición adicional sobre el enriquecimiento nuclear: una reducción "significativa" y "sustancial". Esto bloquea el expediente nuclear y hace prácticamente imposible una solución rápida.
En definitiva, la escalada de la tensión podría descontrolarse en un abrir y cerrar de ojos.
La inminente tormenta yemení 1.0 ya está en vigor.
En el frente saudí-yemení, las Fuerzas Armadas yemeníes actúan con absoluta crueldad. La inminente tormenta yemení 1.0 ya está en marcha.
Los daños en la refinería de Yeda, cerca de Yanbu, son enormes. Ansarallah está atacando simultáneamente la costa este y la costa oeste de Arabia Saudita, además del oleoducto que conecta el este y el oeste del país.
En la práctica, Sana'a se centra en toda la infraestructura clave de Riad. El paraguas de defensa estadounidense es una farsa: las baterías PAC-3 y Patriot restantes son inútiles contra los misiles balísticos yemeníes.
Las tropas saudíes podrían ser, en el mejor de los casos, 75.000, más 125.000 de la Guardia Nacional. Las Fuerzas Armadas yemeníes cuentan con al menos 350.000 efectivos, cifra que fácilmente podría incrementarse hasta los 800.000. Esperar «ayuda» de los jeques petroleros del Consejo de Cooperación del Golfo es, ni siquiera, una broma.
Las Fuerzas Armadas Yemeníes también lanzaron dos misiles balísticos y drones explosivos en dirección al aeropuerto internacional de Adén. Ansarallah afirmó que el objetivo eran suministros militares saudíes que acababan de llegar al campamento de Badr, el cuartel general de los mercenarios adyacente al aeropuerto. Un número indeterminado de oficiales y funcionarios saudíes de alto rango —posiblemente incluso algunos paquistaníes— perdieron la vida.
Por su parte, Turquía también está a punto de desplegar tropas, aviones y defensas aéreas en territorio saudí. Estas fuerzas turcas, en teoría, podrían proteger Riad, las ciudades santas y el oleoducto Este-Oeste. Ankara, al igual que Islamabad, insiste en que no tiene planes de intervenir en la guerra dentro de Yemen.
La rápida liberación por parte de las Fuerzas Armadas yemeníes de la costa occidental cercana al Mar Rojo también dejó meridianamente claro cómo la llamada "coalición" saudí —en realidad una banda de agentes interpuestos/mercenarios— había estado desplegando terroristas de facto desde el principio.
Ansarallah recuperó una gran cantidad de pasaportes extranjeros, especialmente de Kuwait, Qatar, Turquía y Siria, pertenecientes a secuaces del ISIS y Al-Qaeda. Podríamos llamarlo la Legión de Terrorismo S.A.
Es la misma vieja historia. Catar y Turquía, en sintonía, instrumentalizaron el traslado de combatientes del ISIS/salafí-yihadistas desde Siria e Irak: fueron recibidos en Yemen por el Partido Islah. Turquía fue la ruta de tránsito clave; al menos 2100 de estos miembros del ISIS son turcos.
¡AQAP ha vuelto!
Ya en 2020, Ansarallah se había incautado de documentos, mapas y vídeos que mostraban a yihadistas del ISIS/Daesh y Al-Qaeda, directamente apoyados por Riad, deambulando por Yemen, y los secuaces capturados confesaron que los saudíes les pagaban, les armaban y les proporcionaban apoyo logístico.
Ahora, una nueva encarnación de la antigua Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP) ya está en funcionamiento, a través de al menos 20.000 terroristas de Daesh/takfiri "importados" de Siria. Serán enviados a la gobernación de Adén, tras una solicitud, o mejor dicho, una exigencia del propio MbS, con la plena aprobación de la administración Trump y su vasallo, convertido en presidente en Damasco, el exlíder del ISIS, al-Jolani.
Sin embargo, la conclusión definitiva de todo este asunto es que la Casa de Saud está atacando a Ansarallah para proteger la secta de la muerte en Asia Occidental.
Al controlar el estrecho de Bab al-Mandab, Ansarallah corta de facto el puerto israelí de Eilat. Esto ya había ocurrido durante el genocidio de Gaza. Riad estaba furioso porque había cerrado acuerdos para el proyecto NEOM —ahora prácticamente descartado— que conectaría con Eilat una vez que los Acuerdos de Abraham, impulsados por Trump, estuvieran en vigor.
Considerando el panorama general, un solo incidente podría desencadenar el caos. Entre las posibilidades se incluyen: un ataque yemení contra Arabia Saudita que cause numerosas bajas; un caos en el cobro de peajes en el Estrecho de Ormuz; un ataque iraní contra un objetivo petrolero del Consejo de Cooperación del Golfo, tras una provocación estadounidense; un ataque vinculado a Irán contra una base estadounidense, nuevamente tras una provocación estadounidense; y, sobre todo, una (des)aventura terrestre, aérea y marítima del CENTCOM, forzada por un sociópata.
Abróchense los cinturones de seguridad.