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Los arquetipos como formas simbólicas: un recorrido por el crepúsculo metafísico

Los arquetipos como formas simbólicas: un recorrido por el crepúsculo metafísico
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directorelespiadigitales/8/8/23
martes 28 de abril de 2026, 22:00h
Santiago Mondéjar
Como ya hemos mencionado en estas páginas, Gramsci imaginó una era de ambigüedad metafísica, en la que lo viejo ya había muerto, pero lo nuevo aún no había nacido: un interregno en el que surgen los monstruos (Gramsci, 1971). Se caracteriza, como observó Eric Hobsbawm, no por una ruptura apocalíptica, sino por una especie de crepúsculo: un intervalo en el que la gente se acostumbra a vivir en condiciones que no deberían tolerarse, donde los memes y los eslóganes han sustituido a los arquetipos y los símbolos. Esta falta de una gramática metafísica es, de hecho, una de las razones clave que explican la ausencia crónica de sentido y la confusión antropológica de la época actual. Es bien sabido que, en el ámbito de la filosofía de la cultura, pocos conceptos han resultado a la vez tan elusivos e importantes como los arquetipos.
Confinados durante mucho tiempo en las profundidades de la psique, los arquetipos se han interpretado típicamente como invariantes cuasi-biológicas, alojadas en un inconsciente colectivo y transmitidas de generación en generación con cierta persistencia del código genético (Jung, 1968). Sin embargo, tal marco, por sugerente que sea, deja el concepto suspendido de forma incómoda entre los rigores empíricos de la ciencia y las exigencias interpretativas de las humanidades. Se abre un camino más prometedor cuando los arquetipos se entienden no como estructuras psíquicas heredadas, sino como formas simbólicas: patrones mediados culturalmente que organizan y articulan las dimensiones no discursivas, afectivas y numinosas de la experiencia humana. Vistos desde esta perspectiva, dejan de ser vestigios de un sustrato biológico y se convierten, en cambio, en componentes activos de la cultura —modalidades a través de las cuales el espíritu humano da contorno a lo que la razón por sí sola no puede aprehender plenamente
Esta reinterpretación se basa en una afinidad tácita entre dos figuras del siglo XX que, aunque contemporáneas, nunca entablaron un diálogo directo: el psicólogo del inconsciente y el filósofo de las formas simbólicas (Cassirer, 1953). Ambos pueden describirse, en un sentido amplio, como idealistas —convencidos de que la realidad no es simplemente dada, sino que se constituye a través de la actividad formativa de la mente. Ambos entendían al ser humano como animal symbolicum, distinguido menos por el instinto que por la capacidad de habitar mundos de significado. Ambos rechazaban la desestimación del mito como un error primitivo, reconociendo en cambio su vitalidad como una función del pensamiento; cada uno abordaba la cultura históricamente, como el registro en desarrollo de la emancipación gradual del espíritu a través de la forma. Mientras uno se ocupaba de los estratos subterráneos del sueño, la fantasía y el afecto, el otro trazaba las articulaciones superiores del lenguaje, el mito y el conocimiento. Su convergencia sugiere que lo inconsciente no tiene por qué permanecer confinado a la psicología, sino que puede ser abordado filosóficamente como la matriz generativa de la actividad simbólica más allá del umbral de la razón discursiva.
Es en la filosofía de las formas simbólicas donde se encuentra la arquitectura conceptual necesaria. Aquí, el proyecto crítico se extiende más allá de los límites de la razón hacia el ámbito más amplio de la cultura. Las formas simbólicas —lenguaje, mito, arte, religión, ciencia— no son reflejos pasivos de una realidad externa, sino órganos activos de su constitución. No son sustancias, sino funciones: procesos dinámicos a través de los cuales la mente transfigura la indeterminación de la sensación en mundos coherentes de significado. Los seres humanos no se limitan a percibir; expresan, representan y significan. Estas modalidades —expresión, representación, significado— trazan un movimiento desde la inmediatez hacia la articulación conceptual. El mito y la religión permanecen ligados, en gran medida, al polo expresivo: inmediatos, cargados de afecto, impregnados de lo numinoso. La ciencia y las matemáticas, por el contrario, gravitan hacia el significado puro: abstracto, lejano y formal. Sin embargo, ninguna forma queda jamás totalmente superada; cada una persiste bajo una apariencia alterada, continúan dando forma a la experiencia según su propia lógica interna.
La «forma», en este contexto, no debe confundirse con un contenedor estático. Se trata más bien de un principio de organización, operativo antes de la cognición explícita. El mundo tal y como se percibe nunca es un agregado de impresiones brutas a la espera de un orden posterior; ya está articulado a través de actos primordiales de síntesis. Uno no se encuentra con la sensación en su estado desnudo, sino solo con la apariencia determinada de un mundo ya estructurado por la actividad formativa. La filosofía de las formas simbólicas se ocupa, por lo tanto, de las múltiples formas en que toma forma el entendimiento humano —no solo en la ciencia, sino igualmente en el mito, el lenguaje, el arte y la religión—. Cada una constituye un dominio de significado relativamente autónomo, regido por su propia ley de formación. El lenguaje, como fenómeno primordial, se desplaza desde la inmediatez de la sensación hacia la intuición y el pensamiento conceptual; el mito, por el contrario, encarna el primer brote de energía expresiva.
En este marco, los arquetipos adquieren un estatus ontológico diferente. Ya no deben considerarse universales biológicos, sino formas simbólicas constituidas culturalmente. Su ámbito propio se sitúa precisamente allí donde la razón discursiva flaquea: en las regiones emocionales, patológicas y oceánicas de la experiencia —el amor y el odio, el asombro y el terror, la plenitud y la fragmentación—. En este sentido, funcionan de manera análoga a la conciencia mítica, imponiendo forma a lo que de otro modo permanecería incipiente. No se transmiten genéticamente, sino que se sedimentan culturalmente —emergiendo a través de la lenta acumulación de la memoria compartida, ritualizada, narrada y habitada—. El individuo no los hereda tanto como crece en ellos, del mismo modo que uno crece en el lenguaje mismo. Lo que antes se denominaba el arquetipo en sí mismo —un potencial formal vacío— conserva su valor heurístico; sin embargo, sus manifestaciones concretas —el niño, el héroe, la madre, la sombra— están invariablemente revestidas de las contingencias de la historia. Son, en este sentido, formas funcionales: principios organizadores de la experiencia no cognitiva que no aspiran al estatus de ley científica.
Tal reconfiguración libera a la teoría arquetípica de un impasse que, de otro modo, sería estéril. La genética no ha aportado pruebas de la herencia de estructuras arquetípicas, ni es probable que lo haga, pues la cuestión se encuentra más allá de su alcance metodológico. Una vez desligados del reduccionismo biológico, los arquetipos se vuelven accesibles al análisis histórico y hermenéutico. Pueden interpretarse como residuos simbólicos del desarrollo cultural —patrones que se repiten no porque estén programados genéticamente, sino porque responden a tensiones humanas perdurables: entre tradición e innovación, instinto y espíritu, unidad y pluralidad. La figura del niño, por ejemplo, no codifica un modelo biológico; cristaliza un drama cultural de renovación y regresión, inocencia y experiencia. Tales formas son «arquetípicas» no en virtud de una universalidad en sentido estricto, sino porque confieren una forma no discursiva a problemas que persisten a lo largo de las épocas, sin dejar de ser irreduciblemente históricos en su articulación.
La ganancia, sin embargo, no es unilateral. La filosofía de las formas simbólicas, a pesar de toda su riqueza, se ve así complementada por una dimensión que solo articulaba parcialmente: el inconsciente como fuerza positiva y generativa. Su explicación de la conciencia mítica apunta hacia lo pre-racional, pero sigue orientada hacia preocupaciones epistemológicas. Al incorporar los arquetipos como formas simbólicas, se introducen las corrientes subyacentes afectivas y numinosas que una filosofía de la conciencia tiende a dejar en la sombra. Por el contrario, la teoría arquetípica —largamente lastrada por el lenguaje de la herencia— adquiere una legitimidad renovada dentro de la investigación cultural. Se vuelve capaz de iluminar las «mentalidades» tácitas de las comunidades: esos patrones supraindividuales de sentimiento y comportamiento que distinguen a las culturas sin recurrir a reducciones biológicas o ideológicas. De este modo, se alinea naturalmente con los enfoques microhistóricos, en los que lo inarticulado —el gesto, el ritual, el estado de ánimo— resulta tan constitutivo de la realidad social como las instituciones o las economías.
Esta reorientación encuentra mayor profundidad dentro de la tradición hermenéutica, particularmente en la obra de Paul Ricoeur. Ricoeur ocupa una posición singular en la intersección de la fenomenología, el psicoanálisis y la filosofía de los símbolos, ofreciendo un marco que complementa y amplía la síntesis esbozada anteriormente. Su lectura de Freud replantea el psicoanálisis no como una ciencia natural de los mecanismos psíquicos, sino como una hermenéutica de la sospecha —una práctica interpretativa preocupada por los significados en capas de los símbolos (Ricoeur, 1970). Aquí, lo manifiesto oculta tanto como revela; el significado nunca es inmediato, sino mediado. Este enfoque resuena fuertemente con la reconcepción de los arquetipos como formas simbólicas, cada una de las cuales rechaza la explicación reductiva en favor de la profundidad interpretativa.
La cita tan repetida de Ricoeur —que el símbolo da que pensar— capta esta dinámica con especial fuerza (Ricoeur, 1967). Los símbolos no son meros signos con referentes fijos; poseen un excedente de significado, una opacidad que invita a la interpretación sin agotarse jamás. Se sitúan en el umbral entre lo sensible y lo inteligible, revelando y ocultando en igual medida. Los patrones arquetípicos operan precisamente en este registro. El viaje del héroe, el descenso a la oscuridad, el abrazo maternal: no se trata de conceptos transparentes, sino de densas configuraciones simbólicas que median entre el afecto inconsciente y la conciencia reflexiva. Como tales, funcionan como esquemas pre-reflexivos que generan el pensamiento sin reducirse a él.
Desde esta perspectiva, se resuelve una tensión latente dentro de la teoría arquetípica. Mientras que las explicaciones biológicas corren el riesgo de cerrar el significado —fijándolo en estructuras heredadas—, la hermenéutica de Ricoeur preserva la apertura. La interpretación se desarrolla como una dialéctica entre la explicación y la comprensión, entre la excavación de motivos ocultos y la proyección de posibles significados. Los arquetipos participan en ambos movimientos: son a la vez residuos de la memoria cultural y anticipaciones de la futura comprensión de uno mismo. El movimiento desde la prefiguración, pasando por la configuración, hasta la refiguración refleja el funcionamiento de las formas arquetípicas en la experiencia vivida, a medida que los motivos simbólicos se entretejen en la narrativa y son posteriormente apropiados tanto por los individuos como por las culturas.
El acercamiento de Ricoeur a Freud aclara aún más la dimensión no cognitiva que quedaba implícita en explicaciones anteriores. El inconsciente no aparece como un depósito sellado, sino como un campo dinámico de mediación simbólica. Los arquetipos, en este sentido, no determinan el comportamiento de forma causal; más bien, proporcionan la gramática expresiva a través de la cual la vida inconsciente se vuelve inteligible. El inconsciente se restablece así como un tesoro cultural más que como un archivo biológico: un dominio de significado que, aunque no está inmediatamente presente en la conciencia, sigue siendo accesible a través de la interpretación.
Sus reflexiones posteriores sobre la identidad narrativa extienden esta visión al ámbito de la antropología cultural (Ricoeur, 1992). La identidad surge no como una esencia fija, sino como un logro narrativo: nos convertimos en quienes somos a través de las historias que heredamos y reinterpretamos. Las formas arquetípicas proporcionan los motivos recurrentes de estas narrativas, permitiendo la continuidad sin rigidez. No son ni esencias atemporales ni construcciones arbitrarias, sino patrones sedimentados históricamente capaces de renovarse. En períodos de cambio rápido, tales formas proporcionan recursos para reconfigurar la identidad sin recurrir ni al esencialismo nostálgico ni al relativismo fragmentario.
La convergencia de estas perspectivas da lugar a una comprensión más amplia del animal symbolicum. Frente a las tendencias reductivas del pensamiento moderno —que reducirían al ser humano a un nexo de pulsiones o a un mecanismo calculador—, este marco afirma la primacía de la vida simbólica. El inconsciente ya no es un depósito de instinto ciego, sino un reservorio de potencial formativo; la cultura no es un epifenómeno, sino el medio mismo de la existencia humana. Los arquetipos, así concebidos, no pretenden ser una explicación definitiva. Funcionan más bien como instrumentos interpretativos —llaves que descifran la densidad simbólica de la vida mental y cultural—.
En el ámbito de la cultura, este enfoque ilumina los patrones tácitos que dan forma a la existencia colectiva. Resuena con las corrientes historiográficas contemporáneas atentas a la emoción, el ritual y lo cotidiano —ámbitos en los que el significado se pone en práctica más que se articula explícitamente—. En la arquitectura, la literatura y la práctica medioambiental, las formas arquetípicas revelan cómo las culturas se orientan hacia la naturaleza, la temporalidad y lo sagrado. Nos recuerdan que el mundo humano no es reducible a la herencia biológica ni agotable mediante el conocimiento proposicional, sino que se constituye a través de una red de símbolos en constante evolución.
Reconocer los arquetipos como formas simbólicas no es disminuir su fuerza, sino devolverla a su ámbito propio. Los estratos más profundos de la psique no resultan pre-culturales, sino profundamente culturales —entretejidos en el mismo tejido simbólico que sustenta el lenguaje, el mito y el arte—. En la intersección de la psicología, la filosofía de la cultura y la hermenéutica, el inconsciente deja de oponerse a la razón y, en cambio, emerge como su condición silenciosa. La tarea que sigue no es ni una reducción explicativa ni un exceso especulativo, sino una interpretación atenta: trazar los contornos históricos de la vida simbólica y discernir, dentro de sus patrones recurrentes, el trabajo perdurable del espíritu humano en busca de la forma. En este trabajo, el arquetipo no aparece como un vestigio fosilizado, sino como un instrumento vivo de significado —indispensable para cualquier comprensión seria de lo que significa el ser humano.
Bibliografía:
Cassirer, E. (1953). The philosophy of symbolic forms: Vol. 1. Language (R. Manheim, Trans.). Yale University Press.
Gramsci, A. (1971). Selections from the prison notebooks (Q. Hoare & G. N. Smith, Eds. & Trans.). Lawrence & Wishart.
Jung, C. G. (1968). The archetypes and the collective unconscious (R. F. C. Hull, Trans.; 2nd ed.). Princeton University Press.
Ricoeur, P. (1967). The symbolism of evil (E. Buchanan, Trans.). Beacon Press.
Ricoeur, P. (1970). Freud and philosophy: An essay on interpretation (D. Savage, Trans.). Yale University Press.
Ricoeur, P. (1992). Oneself as another (K. Blamey, Trans.). University of Chicago Press.