En los círculos informados del marketing político -y en los monárquicos más ortodoxos- está causando notable sorpresa y decepción la forma en la que el equipo asesor de la Casa del Rey, cuya jefatura ostenta el diplomático Rafael Spottorno, y en particular el departamento de prensa que dirige Javier Ayuso, están desarrollando la campaña de imagen tendente a promocionar la aceptación social del Príncipe Felipe como sucesor in pectore del rey Juan Carlos.
Además de considerar que esa campaña es innecesaria, porque la Carta Magna ya establece un mecanismo sucesorio automático en la institución monárquica, la campaña de imagen del Heredero de la Corona confunde el aumento de su presencia o ‘notoriedad’ pública, quizás ya situada en un nivel más que adecuado, con los conceptos de ‘popularidad’, ‘oportunidad’ y ‘confiabilidad’, y su mera proyección a nivel mediático con la valoración del ejercicio de la representación institucional.
De hecho, la falta de inteligencia y la desinformación con las que se indujo a Don Felipe a aceptar la Presidencia de Honor de la candidatura de Madrid a organizar los Juegos Olímpicos de 2020, es decir poniéndole al frente de un fiasco político anunciado, ha sido, a pesar de su impecable comportamiento y esfuerzo personal, realmente lamentable. Incluso imperdonable, ya que el entorno de asesores que le rodearon en aquel doble despropósito -el de que aceptara capitanear una candidatura ya fracasada en dos ocasiones previas y el de presentarlo como su mayor avalista dentro y fuera de España-, no dudó en colocarle en la primera línea de fuego de una batalla que muchos conocedores del tema daban por perdida de antemano, en contra de la victoria que de forma temeraria anticipó el director del CNI, Félix Sanz; un error realmente abrasador para quién asumió el liderazgo del ‘Madrid 2020’, obviando de forma incomprensible la evaluación de los posibles riesgos que comportaba.
Pasado aquel trance, se volvió a precipitar a Don Felipe a una prematura presidencia del desfile del pasado 12 de Octubre, Día de la Fiesta Nacional, dejando en evidencia pública, y sin necesidad alguna, la precariedad jurídica de su representación en actos de tan alto nivel institucional. Y ello sabiendo que las funciones del rey Juan Carlos como Jefe del Estado y Mando Supremo de las Fuerzas Armadas son constitucionalmente indelegables y que el eventual Estatuto del Príncipe Heredero que pudiera ordenar de forma razonable su actividad institucional todavía brilla por su ausencia.
Pero es que, a continuación, también se insistió en la artificiosa presencia del Príncipe Felipe en la XXIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en Panamá, sin ostentar ninguno de esos dos altos rangos, ni poder asumir la delegación correspondiente del Rey de España. Como consecuencia de ese afán de hacerle protagonizar lo que no le corresponde, es decir de que ‘chupe cámara’ a ultranza como un advenedizo sin razón ni causa propia, la imagen del Heredero de la Corona que se ha trasladado a medio mundo como ‘florero’ entre decorativo e inoportuno, o como auténtico ‘convidado de piedra’, ha vuelto a ser poco afortunada, en un contexto además de por sí bochornoso, dado que la cumbre, en la que 12 de los 22 jefes de Estado invitados habían excusado su presencia, no dejaba de anunciarse también como otro gran fiasco político.
Aunque parezca cosa de Pero Grullo, cuando las campañas de imagen, al igual que las de publicidad, son buenas, pues son buenas y beneficiosas en todos sus aspectos. Pero cuando están mal diseñadas, como sucede con las que ahora tienen por objeto promocionar desmesuradamente la figura de Don Felipe (junto a una princesa consorte cada vez más altiva y distante), lo cierto es que causan en la percepción de los ciudadanos un daño para sus protagonistas (la persona y la institución vinculada) de muy difícil y costosa reparación.
Porque ¿cuál ha sido el mensaje que, a la postre, ha trasladado el Príncipe Felipe a la sociedad española con su presencia en la Cumbre de Panamá, o mejor dicho en actos secundarios de la misma…? ¿El de un ‘desocupado’ personaje en busca de autor…? Y, en sentido de eficacia diametralmente opuesto, ¿es que acaso se puede criticar o poner traba alguna a la meritoria labor que, por ejemplo, el Príncipe de Asturias viene desarrollando desde hace más de 30 años como Presidente de Honor de la Fundación que lleva su nombre…? Ahí están, pues, los ejemplos del ‘mal hacer’ y del ‘bien hacer’ en el plano de la imagen pública.
Contradiciendo la conocida advertencia de Alfonso Guerra de que “el que se mueva no sale en la foto” (referida a la disciplina interna del partido en el que militaba), lo cierto es que hay fotos en las que quien no figure y no se mueva con prestancia, sería mejor que no saliera.