
Fue el sábado 21 de octubre cuando el todavía president de la Generalitat puso en marcha de forma definitiva la operación Cinco Destinos: la estrategia para que su Gobierno en pleno saliera de España y escapara así de la acción de la Justicia. Una carrera que le ha llevado a valorar el exilio en Inglaterra, Irlanda, Alemania u Holanda y que ha terminado con Carles Puigdemont cobijado en Bélgica, mientras nueve miembros de su Ejecutivo entran en prisión preventiva. Una estrategia que, según ha podido reconstruir paso por paso EL ESPAÑOL, se activó de forma definitiva 24 horas antes de que la Fiscalía presentara oficialmente la querella contra ellos y tuvo como cortina de humo el partido entre el Real Madrid y el Girona. Un encuentro al que Puigdemont nunca llegó:
Sábado 21 de octubre
Eran a las 11:26 de la mañana cuando el Consejo de Ministros anunció de forma oficial la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña. Con ello, el Gobierno de Mariano Rajoy anunciaba su intención de pedir al Senado el permiso necesario para suspender la autonomía catalana e intervenir su Administración.
Eso daba a los independentistas una semana de margen para desistir en sus intenciones de declarar de forma unilateral la independencia. Pero en realidad y según ha podido confirmar este periódico, la medida activó el plan de Puigdemont y los suyos para salir del país sin ser detectados y plantar cara a la Justicia española desde Bruselas.
En un primer momento, la operación nació como un plan B. Una alternativa a la negociación soterrada que desde hacía días se libraba con el Gobierno central. “Creo que en aquel momento nadie pensaba que se llevaría a cabo”, confirman a EL ESPAÑOL fuentes implicadas en la elaboración del viaje.
Fue el propio Puigdemont quien encargó esa misma mañana a una persona de su máxima confianza y con conocimientos en leyes que recabara los destinos preferentes para una posible salida. El encargado debía moverse por debajo del radar. Y para eso, era mejor que fuera una persona que nada tuviera que ver con la escena pública.
Domingo 22 de octubre
El día anterior, el propio Mariano Rajoy mostró al detalle las medidas que el Gobierno pensaba aplicar en Cataluña. Lo que se preveía como una entrada leve se presentó entonces como una intervención en toda regla. Puigdemont y los suyos perderían en una semana todas las competencias y el Gobierno asumiría el control de puntos clave para defender una posible independencia. Elementos estratégicos como los Mossos, el cuerpo con 17.000 funcionarios armados que más preocupaba a una parte del Gobierno.
Esa misma tarde, Puigdemont tuvo ya sobre la mesa los destinos elegidos por su entorno para una posible salida. El objetivo fue hacer una primera criba, con zonas donde se considerase probada la neutralidad de la Justicia. Cinco fueron los destinos elegidos en un primer momento: Reino Unido, Irlanda, Bélgica, Alemania y Holanda.
En un primer análisis, entraron países con una marcada tradición nacionalista como Irlanda o con fuerte ascendencia en la Unión Europea como Inglaterra o Alemania.
Lunes 23 de octubre
De cara a la galería, Puigdemont y sus consellers aceptaron el pulso y declararon públicamente que pedirían al Parlament catalán acciones “penales y políticas” para intentar frenar la aplicación del 155. Mientras y según confirman a EL ESPAÑOL fuentes cercanas a este proceso, la diplomacia catalana activó su red de embajadas para pulsar la opinión de los gobiernos elegidos como posibles destinos.
Dos fueron los delegados con mayor trabajo según las mismas fuentes: Sergi Marcén, responsable de la embajada catalana en Londres y que aglutinaba los contactos con el Reino Unido y los independentistas irlandeses, y Amadeu Altafaj, delegado de la Generalitat en Bruselas, y depuesto en su cargo tras la aplicación del 155.
Desde el primer momento, Bruselas fue uno de los destinos clave, tanto por la relevancia internacional que tiene como sede central del Parlamento Europeo como por su historial de jueces litigantes con la Justicia española. El principal, protagonizado por la etarra Natividad Jauregui, fue defendido penalmente por Paul Bekaert, buscado para ser el abogado de Carles Puigdemont en Bélgica.
Martes 24 - Miércoles 25 de octubre
El Gobierno de Puigdemont siguió deshojando la margarita de acudir o no al Senado mientras ganaba tiempo. Arrancaban las voces que pedían la convocatoria de elecciones por parte de Puigdemont, y aparecían en silencio las primeras disensiones dentro del Gobierno. Mientras el president valoraba las decisiones políticas, los encargados de su posible salida analizaban las distintas jurisdicciones para concretar el destino más favorable de sus intereses, llegado el momento.
Esos días y según confirman fuentes del entorno del Govern, se valoró incluso la posibilidad de que Puigdemont tuviera que salir de España buscado por la Justicia. Por eso, de las cinco opciones que los encargados de esta operación estudiados en un primer momento, fueron dos los destinos prioritarios: Holanda y Bélgica. ¿El motivo? tanto a uno como a otro se puede llegar por carretera. Un punto a favor si en un momento dado los miembros del Ejecutivo catalán tenían que evitar la presencia policial de estaciones y aeropuertos.
Jueves 26 de octubre
El pulso entre Puigdemont y el Gobierno llegó a su punto clave, igual que el librado dentro del Ejecutivo catalán por la convocatoria o no de elecciones. En las filas independentistas, una corriente reclamaba la convocatoria de comicios antes de que la competencia fuera tomada por Rajoy y los suyos. En el ala más dura, la medida fue vista como una rendición al mandato de dos millones de catalanes.
A las doce de la mañana, el Govern envió al Senado las alegaciones sobre la aplicación del 155 que debían votarse al día siguiente. Fue entonces cuando Puigdemont anunció una comparecencia y se filtró a la prensa su intención de convocar elecciones.
Comenzaron entonces las bajas públicas de importantes miembros de su partido. Pero el pulso real estaba en otro lado. Según fuentes vinculadas a esa negociación, Puigdemont pidió al Gobierno central garantías de que si convocaba elecciones, la aplicación del 155 quedaría suspendida. La negativa de Rajoy y los suyos a hacer un pronunciamiento explícito cerró la puerta de forma definitiva a un acuerdo.
Esa mañana, Puigdemont aplazó hasta en dos ocasiones su comparecencia pública. Finalmente, el atril donde debía pronunciar las esperadas palabras quedó vacío. Se avanzó entonces la existencia de una reunión crítica: una convocatoria para todos los consellers, esa misma noche, en la que el mensaje fue claro: si alguien quiere salir del Govern, que lo haga ahora. Mañana votaremos la independencia.
Primera propuesta de salida
Fue entonces, según confirman fuentes conocedoras de aquellas reuniones y pese a la negativa pública de esta versión que han hecho varios de los presentes, cuando se habló por primera vez de la alternativa que preparaba el grupo de trabajo activado por Puigdemont: la posibilidad de que el Govern en pleno o parte de sus miembros tuvieran que salir al extranjero tras la votación que, en unas horas, declararía la república independiente de Cataluña.
La decisión, según las mismas fuentes, fue trasladada a cada miembro del Govern para que la meditara desde una perspectiva personal, sin tener en cuenta jerarquías de partido. Pero ni siquiera en ese momento se planteó sobre la mesa el destino elegido si, llegado el caso, el Govern en pleno tenía que salir del país buscado por la Justicia.
Viernes 27 de octubre
Llegó el día crítico. El momento en el que el Senado aprobaría con la mayoría del PP la aplicación del 155 por parte del Gobierno y la votación en el Parlament de una Declaración Unilateral de Independencia. Antes de que el Pleno de la Cámara autonómica comenzara, se supo la dimisión del último consejero en abandonar: Santiago Vila, el único que este jueves contestó a las preguntas de la jueza Carmen Lamela y el único que entró en prisión eludible bajo fianza.
Mientras la opción del exilio estaba sobre la mesa, un gesto sirvió para acallar esas voces. Desde hacía 48 horas, las redes sociales hervían con el rumor de que Puigdemont había trasladado ya a su familia fuera del país. Antes de que arrancara el pleno, su esposa entró a pie y ante las cámaras, precedida por el diputado nacional Gabriel Rufián y acallando especulaciones. Nada de familia en el extranjero, y nada de exilio.
Tras la votación y la aprobación de la DUI, la fiesta en la calle se trasladó a la Plaza de Sant Jaume, sede de la Generalitat. Miles de partidarios de la independencia esperaban allí la escenificación de la ruptura. La retirada de la bandera española y una escena en el balcón que arengara a las masas. Pero nada nuevo sucedió. Mientras la multitud esperaba, Puigdemont ponía rumbo a Girona, que le acortaba ya una hora de viaje si tenía que salir con destino a Bruselas o cualquier otro punto por carretera.
Sábado 28 de octubre
El pretendido presidente de la república catalana envió una declaración grabada mientras se daba un baño de saludos y se dejaba ver en el centro de Girona. De madrugada, el Boletín Oficial del Estado anunciaba las primeras medidas del Gobierno central para tomar el control de la Administración catalana.
La primera medida era el cese de Carles Puigdemont y del resto de su ejecutivo, seguida de la asunción por parte del Ministerio del Interior del control de los Mossos d’Escuadra. Además, Interior retiró la escolta a todos los miembros del Govern excepto al depuesto presidente. Es decir, que Puigdemont seguía entonces protegido por la policía autonómica.
Esa mañana se produjo además un hecho clave para lanzar la huída:la filtración de una previsible querella por parte de la Fiscalía General del Estado contra Puigdemont y todo su Ejecutivo por presuntos delitos de rebelión. Esa noche y según confirman fuentes cercanas a este proceso, Puigdemont se despidió de su escolta. Quedó con los agentes en avisarles cuando fuera a salir a la calle al día siguiente. Algo que no se produjo.
La decisión de la Fiscalía hizo saltar las alarmas y comenzaron a sonar los teléfonos. La operación exilio comenzaba a tener luz verde. En ese momento, solo había que valorar el momento oportuno para salir de España.
Domingo 29 de octubre.
Esa mañana, Carles Puigdemont debía presidir el partido de liga que enfrentaba al Girona contra el Real Madrid. Era la oportunidad de oro para lucir su nuevo título de presidente de la república catalana ante uno de los equipos más seguidos de España. Sin embargo, una advertencia de su entorno marcó el inicio de su salida del país: su escapada no se podría considerar una fuga si la Justicia todavía no había abierto una causa contra él. Era ahora o nunca.
Los informes enviados desde Bruselas mostraban el beneplácito del Gobierno flamenco a su llegada, pero las reticencias del Ejecutivo central, donde los nacionalistas Gobiernan en coalición.
Así, mientras la opinión pública esperaba que Puigdemont se presentara en el partido para hacer gala de la república catalana, el depuesto presidente estaba haciendo las maletas y concretando la recogida de otros cinco consellers para emprender las siete horas de viaje en coche que les separaban de la localidad francesa de Marsella.
El viaje, según fuentes consultadas por EL ESPAÑOL, se realizó en dos vehículos particulares. Dos coches conducidos por personas de confianza de los consellers pero que nada tienen que ver con la política. En ellos fue transportado Puigdemont junto con Joaquim Forn, exreponsable de Interior de la Generalitat, Meritxell Borrás, exresponsable de Gobernación, Meritxell Serret, exvicepresidenta del Govern, Dolors Bassa, exconsejera de Trabajo, y Antoni Comin, exconseller de Salud.
Una vez en Marsella, los seis subieron a un vuelo con destino Bruselas, aunque su destino real estaba a una hora en coche de la capital belga, en un discreto hotel que les mantendría apartados de los focos hasta que fuera el momento de anunciar su marcha.
Lunes 30 de octubre
Esa misma mañana, la Fiscalía General del Estado presentó la querella contra Puigdemont y el resto de los miembros del Gobierno autonómico por presuntos delitos de rebelión y sedición. La decisión del Ministerio Fiscal fue anunciada en una rueda de prensa sin preguntas celebrada a media mañana. Y minutos antes, la cuenta de Twitter del presidente cesado publicaba una imagen del Palau de la Generalitat.
En realidad, Puigdemont estaba ya a miles de kilómetros de allí, como se supo un par de horas después, y contaba desde entonces con la asistencia legal del abogado Paul Bekaert; el hombre contactado por los responsables de la operación exilio y que no conoció los pormenores del caso hasta que pudo hablar con Puigdemont.
Durante todo el día, tanto el expresidente autonómico como los consejeros que viajaron con él rechazaron confirmar si su intención era pedir asilo político en Bruselas. Algo que no era necesario para su estancia indefinida en el país, al ser territorio comunitario.
Martes 31 de octubre
Desde Bruselas, el expresidente catalán montó una rueda de prensa en la que se refirió de nuevo a la “persecución” contra su Ejecutivo por parte del Estado español. Poco antes, la jueza Carmen Lamela aceptaba instruir la querella presentada por la Fiscalía y citaba a declarar al Govern el pleno este jueves. Es decir: dos días después.
Según fuentes consultadas por EL ESPAÑOL, se produjo entonces otra reunión crítica entre quienes acompañaron a Puigdemont. Ya era oficial que la Justicia les buscaba. Solo había dos opciones: volver a España o asumir la rebeldía e intentar pelear legalmente desde Bélgica. El segundo camino se preveía mucho más largo. El primero, con más riesgo de entrar en prisión, con el antecedente de los “jordies”, los líderes de Omnium y la Asamblea Nacional Catalana ya fueron enviados a prisión por la misma jueza. Y no habían intentado partir en dos un país.
Esa misma noche, dos de los miembros de la escapada volvieron a suelo español. Los exconsellers Joaquim Forn y Dolors Bassa llegaron al aeropuerto barcelonés de El Prat procedentes de Bruselas. Tocaron suelo a las 23:20 de la noche.
Fuente: El Español
Moscú espera que las elecciones del 21-D estabilicen la situación en Cataluña
MOSCÚ (Sputnik) — Rusia espera que las elecciones al Parlamento de Cataluña programadas para el 21 de diciembre contribuyan a estabilizar la situación en la región, declaró la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova.
"Esperamos que las elecciones anticipadas al Parlamento regional, fijadas en Cataluña para el 21 de diciembre, se conviertan en una etapa crucial para superar la crisis y permitan estabilizar el funcionamiento de las instituciones del poder estatales y regionales", dijo.
La diplomática reafirmó que Rusia considera "la situación en Cataluña un asunto interno de España".
Zajárova subrayó que Rusia parte de que la situación en Cataluña se desarrolle "en el marco de la Constitución del país y la legislación vigente con respeto a las normas democráticas y los derechos humanos".
Análisis: La banalidad del mal
Miquel Giménez
No sucede a menudo que veamos caer de golpe a los poderosos. Aquellos que hace una semana eran los arrogantes y soberbios dirigentes políticos en Cataluña pernoctarán esta noche en la cárcel. No han querido evitarlo. Ya lo dijo Shakespeare, no está en las estrellas contener nuestro destino sino en nosotros mismos. La pregunta, sin embargo, es ¿qué debe estar pasando ahora por sus cabezas?
Los Jordis ya no están solos
La jueza Lamela no ha dudado ni un segundo, enviando a prisión a los consellers cesados. Ellos, que creían estar por encima del bien y del mal, comienzan ahora a conocer el precio de sus acciones. Resulta casi increíble que ninguno vaticinase que esto podía pasar. ¿Tan irreal es su mundo, tan alejado del sentido común que, de verdad, pensaban que se irían de rositas? Este es, quizás, el misterio más grande del asunto. La desconexión con lo racional por parte de los impulsores del proceso será motivo de estudio para psiquiatras, no lo duden.
Cuesta imaginar que le debe estar pasando por la cabeza a personas como Oriol Junqueras. Más allá de la angustia, que hasta ahí se entiende, ¿comprenderá su error o se verá a si mismo como a un mártir? ¿Qué estará pensando acerca de Carles Puigdemont? ¿Ha valido la pena la ruina que sus actuaciones han causado en Cataluña, en su economía – no olvidemos que Junqueras era el máximo responsable en este terreno -, incluso para su persona?
Decían en una tertulia que la justicia española había hecho ya la campaña a los partidos independentistas. Podría ser, porque si al victimismo de las espurias balanzas fiscales le han sacado un jugo extraordinario, ni les cuento lo que puede llegar a ser tener en el hotel rejas al vicepresidente cesado, además de a los señores Turull, Romeva, Rull, Forn y Mundó, amén de las señoras Borrás y Bassa.
No encuentro razones lógicas para esa actitud empecinada, para esa voluntad sediciosa, para la tremenda contumacia en un error monumental, histórico, en fin, para esa carrera hacia la inmolación que han mantenido estas personas. Más allá del gusto por el cargo y la prebenda, de una ideología sectaria es difícil penetrar en el perfil psicológico de los encarcelados.
Esto no puede ser una nota a pie de página en nuestra historia y, más allá de las medidas judiciales, habrá que analizar con calma como ciudadanos que han ostentado responsabilidades muy graves en un gobierno acaban traicionando todos los principios de las leyes que les han permitido acceder a estas. Recordemos que entre los recién ingresados en prisión están nada más y nada menos que un vicepresidente, un responsable de interior y uno de justicia. ¿Cómo han llegado a tener una visión tan retorcida, tan deformada, de la policía, de la ley, del orden público?
Un eminente psiquiatra íntimo amigo me dijo en una ocasión a propósito de una persona ciertamente mezquina y malvada a la que yo calificaba de loca que estaba muy equivocado. “No es un loco, es alguien malo, porque el mal existe”. Si los Jordis ya tienen compañía en lo que respecta a comenzar a expiar sus conductas, mientras el tema legal sigue su curso como no puede ser menos en un estado de derecho, queda en pie el aspecto psicológico. Ahí radica el nudo gordiano que deberíamos cortar para evitar cosas semejantes en un futuro.
Asomarse a las mentes de los protagonistas de la página más negra en la historia reciente de Cataluña es un envite apasionante, pero cargado de inquietud y desazón. No quisiera estar en la piel de los servicios psicológicos de los centros en los que están ingresados. Cuando te asomas al vacío, este siempre te devuelve la mirada.
Mientras tanto, Puigdemont toma café en Bruselas
Es la imagen más vil y vergonzante de todas, la de un ex President tomando tranquila y cómodamente café en un bar de Bruselas a la misma hora en la que sus antiguos colaboradores – y amigos, si a eso vamos – se presentaban en la Audiencia Nacional para ser encarcelados después. He ahí otro personaje al que es complicado etiquetar. Más allá de cobardía o fanatismo, el independentismo más cerril tiene un aspecto mucho más siniestro que el de vulnerar la Constitución. Ahí radica lo que Hanna Arendt calificó como la banalidad del mal. Creo firmemente que todas las personas que han detentado responsabilidades de relevancia en el proceso encajan dentro de esta banalidad. Son personas corrientes, incluso mediocres, sin especiales dones ni méritos. Su ego, sin embargo, era y es desproporcionado. Elevándose desde su condición personal tan vulgar, tan banal, incluso tan mediocre, han querido proyectar su nada en algo importante, histórico, épico. Son como la piel del tambor, que hace resonar el hueco.
El nacionalismo preñado de amenazas, ese cesaropapismo vivido en Cataluña con Jordi Pujol, los ha llevado al espejismo de la gloria. En él han chapoteado todos estos últimos años, empapándose cada vez más y más de una irrealidad solo existente en su imaginario independentista. Recuerden los fastos del Tricentenario del 1714. Ninguna verdad histórica mínimamente sustentable, ninguna idea que no fuese disgregadora, solo un puro juego de prestidigitación que costó millones de euros a los contribuyentes y, eso sí, jugosísimas prebendas para los encargados de tamaño trampantojo.
El mal venía de lejos. Nacía de un mal entendido sentimiento del romanticismo alemán del XIX, adaptándolo a la pequeñez catalana. Se ha ramificado en innumerables revistas, asociaciones, medios de comunicación, en la vida cotidiana, en los gestos más ínfimos. Cuando hemos querido darnos cuenta, sus raíces, poderosas y ponzoñosas, se habían infiltrado en todos los órdenes de nuestra sociedad. Es ese veneno el que ahora se debería purgar. No bastará con que la ley actúe. Si se pretende evitar un mal mayor, el del totalitarismo basado en el supremacismo de un pueblo frente al resto, digan lo que digan los charlatanes vendedores de crecepelo del proceso, la reflexión tendrá que ser forzosamente mucho más profunda.
Ignoro qué idea pueden estar fraguando los partidos constitucionalistas al respecto, pero deberían fijarse en los métodos de los ahora encarcelados. Sus objetivos, los de cualquiera que tenga la aspiración de hacerse con el control de una sociedad, son claros: escuelas, medios de comunicación, tejido social, vida pública. Estos son los campos en los que el nacionalismo debe ser batido, porque son los que ellos alimentan a diario con sus consignas a niños, a jóvenes, al conjunto de catalanes.
No llegaremos a nada positivo si aceptamos jugar a las cartas con fulleros. El juego democrático exige una reciprocidad mutua basada en la lealtad. Que yo sepa, ni el PDeCAT ni Esquerra ni mucho menos las CUP han hecho pública retractación alguna respecto al proceso. Pero ese es el meollo. Sin una vuelta atrás, sin ese reconocimiento de culpa, será difícil avanzar. Estando a las puertas de unas elecciones, sería menester exigirles a las fuerzas que participen en ellas los mínimos que se piden otros países de nuestro entorno.
Eso significa ilegalizar, aplicando la ley de partidos, a todas aquellas formaciones que formulen de manera más o menos abierta su deseo de romper la unidad territorial. Es lo mínimo. Dudo mucho que se haga, y será un tremendo error, porque significará continuar con las heridas abiertas. En estas y otras cosas similares cosas deberían estar meditando los ingresados en prisión. Ya que el sistema penitenciario español se fundamenta en la reinserción del reo y no en su castigo, habrá que añadir que, para que tal cosa suceda, es imprescindible el arrepentimiento del mismo. No parece que vaya a ser, tampoco, el caso.
Lo que pasa en Cataluña es difícil de entender, mucho más de enderezar y casi imposible de solucionar si continuamos con los antiguos vicios. Salvo que se arrepientan y rectifiquen o se apliquen las mínimas normas exigibles en el juego limpio de los sistemas democráticos que rigen en Europa.
Fuente: Vozpopuli
Análisis: Una semana después, Cataluña sigue donde estaba
José Luis González Quirós
Los sucesos de la pasada semana son de los que pasan a la historia. En este caso, no por haber dado paso a una novedad, sino por algo menos habitual, por haber demostrado la rotunda imposibilidad de una aventura irresponsable, antihistórica, insolidaria y, desgraciadamente, llevada a cabo mediante una serie profundamente grotesca de episodios, cada uno más chusco que el precedente. Por eso creo que se equivocan los que advierten del riesgo de que en las próximas y tempranas elecciones todo vuelva a quedar igual, porque nunca es nada lo mismo después de haber hecho el ridículo, eso que según la sabiduría del viejo Tarradellas nunca se debiera hacer en política.
Todo cambia y todo sigue igual
Muchos albergábamos el temor de que la situación abocase a un conflicto civil abierto, largo, y muy doloroso; afortunadamente no parece que vaya a ser así, y es algo de lo que hay que alegrarse, pero esa alegría, no debiera ocultarnos una verdad de fondo; el problema del supremacismo catalán no queda resuelto por el clamoroso fracaso de una intentona chapucera hasta la náusea.
De hecho, a medida que pase la fase más aguda de la sensación de espantoso ridículo, es muy fácil que, si las causas de fondo no se corrigen, se vuelvan a plantear problemas similares, aunque probablemente de manera muy distinta, porque no es razonable suponer que nadie vaya a empecinarse en conseguir lo que ahora se ha demostrado imposible, por la formidable oposición de dos fuerzas que no siempre se perciben a primera vista en la superficie, allí donde el aventurerismo de la política goza de mejor presencia, pero que determinan muy hondamente el curso de los acontecimientos: la primera, la realidad de una economía pujante que no resiste ni la inseguridad jurídica ni la parcelación de mercados, y una segunda, la rotunda oposición de Europa entera, y, en la práctica, del universo mundo, a que se inicien movimientos que pongan en riesgo lo que se ha conseguido en los últimos sesenta años, y de ahí que los supremacistas catalanes solo hayan podido obtener un atisbo de ayuda de los enemigos de esa idea, sean los populistas antieuropeos, sea Putin.
Un arreglo episódico en algo que requiere medidas mucho más hondas
Gracias a esos dos fenómenos casi telúricos, las medidas del gobierno han obtenido, hasta ahora, un éxito que puede ser equívoco. La inmediata convocatoria de elecciones es, en efecto, un movimiento muy arriesgado, pero si se obtuviese un resultado notablemente distinto a los más recientes nos pondría en camino de una solución duradera. El riesgo de que se repitan los resultados, que es lo que al parecer detectan ahora mismo las encuestas, es algo que puede ser molesto, pero no peligroso, pues para nada cabe suponer que lo que ha sido imposible hace una semana pueda llevarse a cabo dentro de dos meses. No ha habido choque de trenes, sino un absurdo empeño en abatir un muro conduciendo un vehículo ligero y averiado. Sea cual fuere el resultado de las elecciones, será el de unas elecciones autonómicas, algo que no permitirá que nadie pueda saltarse la ley ni obrar contra el más elemental sentido de la realidad.
El Estado, sin embargo, no puede conformarse con aplicar aspirinas a un enfermo grave, tiene que poner en marcha una serie de reformas de fondo que logren que la situación se normalice a largo plazo, para que el independentismo catalán pase a ser definitivamente el sueño de unos locos, por extendidos que hayan estado los síntomas de esa dolencia. La forma en que los partidos diseñen esa tarea puede acabar determinando de manera muy fuerte el porvenir político de toda España, y sería un error colosal no acometer prontamente ese objetivo. Si la reforma de la Constitución parece conveniente, es precisamente por la necesidad que existe de corregir lo que en ella ha hecho posible que disparates como el del supremacismo catalán hayan estado a punto de darnos un susto mayúsculo.
El gobierno se ha permitido, incluso, el lujo equívoco de no tocar TV3: ha debido sentirse muy seguro de lo que hacía. Todo puede cambiar en relativamente poco tiempo, pero los indepes están inconcebiblemente más débiles que hace seis semanas. Ya digo que el mérito no ha sido de los políticos, sino de la realidad, pero, al menos esta vez, el gobierno tampoco ha puesto palos en las ruedas, como sí estuvo a punto de hacerlo entre la convocatoria del referéndum y los primeros días de octubre.
El paisaje tras la batalla
Los sucesos recientes han supuesto una auténtica convulsión social en toda España, cuyos frutos tardarán en hacerse completamente evidentes y en traducirse en resultados electorales tangibles, pero se hace necesario resaltar algunas novedades de notoria importancia: en primer lugar, que la Nación española está viva, incluido, por supuesto, en Cataluña, de forma que el Estado se verá obligado a tenerlo más en cuenta de lo que les pueda convenir a las minorías políticas muy propensas al arreglo inter nos. Sean cuales hayan sido los méritos de los apaciguadores de ocasión, no está claro que el sentido político indique que la solución de fondo haya de venir por continuar con algo extraordinariamente parecido al malhadado procés, solo que esta vez conducido por las fuerzas de carácter estatal. Podemos y sus secuaces han incurrido en ese error, y es presumible que lo vayan a pagar muy caro, por mucho que quieran disimular haciendo de la ambigüedad la virtud cardinal de sus propuestas. A este respecto, el número de tontos puede seguir siendo relativamente alto, pero no será crecedero.
Los partidos nacionales, salvo, en cierta medida, el caso de Ciudadanos, han ido a remolque, y se han refugiado en las medidas paliativas. Eso no bastará. Nuestra Constitución recoge el principio de autonomía, y ha dejado muy abierto cuáles son sus límites, en lo que, sin duda alguna, consistió en una apuesta histórica por la generosidad y la convivencia, pero ya se ha visto que existen fuerzas desleales capaces de traicionar al conjunto de la Nación, y se hace muy necesario darle una vuelta de tuerca al tal principio para que quede meridianamente claro lo que no resulta admisible. Los supremacistas catalanes nos han brindado una oportunidad que la Nación no debiera desaprovechar, es responsabilidad de los partidos hacerlo, pero creo estar razonablemente seguro de que la opinión pública va a tolerar muy pocas mojigangas al respecto, y espero que emerja con claridad una izquierda sin ninguna clase de complejos dispuesta a defender sin la menor vacilación la unidad española, la libertad y la igualdad esencial entre todos. No hacerlo será, sin duda, una traición de lesa patria.