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Los jóvenes eligen estereotipos de amor y género tradicionales en la ficción -aunque no estén de acuerdo

Por Elespiadigital
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infoelespiadigitales/4/4/19
viernes 08 de marzo de 2019, 21:00h

Las series de ficción televisiva pueden influir en la construcción de las identidades y valores de los jóvenes. En relación a la representación del amor que hacen las series televisivas, los jóvenes manifiestan preferir estereotipos de género tradicionales, revela un estudio llevado a cabo para identificar los estereotipos de amor y género manifestados por los jóvenes en comparación con los que prefieren en las series de ficción televisiva, en tres países iberoamericanos: Colombia, España y Venezuela.

Maria-Jose Masanet y Rafael Ventura, investigadores del Departamento de Comunicación de la Universidad PompeuFabra (UPF), y Maddalena Fedele, investigadora de la Universidad RamonLlull (Catalunya, España), lo han publicado en la revista Masculinites and Social Change.

El objetivo principal de este estudio ha sido identificar estereotipos y modelos relacionados con el género y las relaciones que los jóvenes afirman tener, y compararlos con los que consumen en sus programas de ficción serializados favoritos, es decir, aquellos que tienen el potencial de manera inconsciente y emocional de influir en sus conceptualizaciones y valores. La investigación se llevó a cabo desde una perspectiva interdisciplinaria, combinando metodologías de estudios culturales y de audiencia, conjuntamente con contribuciones provenientes de los campos de la sociología y la psicología. Consistió en una encuesta a 485 estudiantes universitarios de primer curso y un análisis cualitativo de las representaciones mediáticas preferidas por los participantes.

De los resultados de la encuesta, los autores del trabajo han identificado en los jóvenes una brecha entre la esfera cognitiva y la emocional. A pesar de que en las encuestas los jóvenes se posicionan distantes de los modelos estereotípicos, heteronormativos y patriarcales, las representaciones mediáticas que eligen coinciden precisamente con estos modelos y con estereotipos de género tradicionales.

Comentario: Entonces tal vez las motivaciones de los jóvenes vayan mas allá de la simple influencia de los medios o las "construcciones sociales". Es posible que escojan estos modelos de manera subconsciente (o no) porque están arraigados en milenios de comportamiento e incluso en el mismo genoma humano, que es tan viejo como los géneros en la vida biológica de mujeres y hombres.

"Los datos revelan que la relación amorosa ideal entre los jóvenes pertenece a la conceptualización del amor romántico de Sternberg (2000) y fomenta los mitos que ello implica.

Los jóvenes valoran los elementos basados en la intimidad y la pasión por encima de los que se basan en el compromiso ", afirman los autores del trabajo. Los jóvenes muestran preferencias por "el amor ludens", un amor que está basado en el disfrute y en el momento presente. Compartir y disfrutar del tiempo, la complicidad emocional y el apoyo a la pareja, se han convertido en algunos de los elementos más importantes para los jóvenes que han participado en la encuesta. El "amor ludens", es un concepto que acuñan los propios autores a partir de los resultados de la investigación.

Por países, las diferencias más notables son que los jóvenes españoles se salen más del ideal del amor romántico y se identifican más con "el amor ludens"; los jóvenes colombianos tienden más hacia el enamoramiento; los venezolanos, valoran el compromiso y se identifican más con el amor romántico.

Además, se observan en el estudio diferencias por género en la manera de entender el amor. Los hombres enfatizan elementos relacionados con la pasión y los valores físicos y sexuales y, por tanto, los valores correspondientes a los estereotipos heteronormativos y patriarcales.Por otra parte, las mujeres le atribuyen más importancia a la intimidad y al ideal romántico y, por tanto, a los sentimientos. De esta manera, se demuestra que el ideal romántico y los mitos asociados no impregnan ambos sexos por igual, ya que los hombres tienden menos a asociar las relaciones románticas con las emociones.

Comentario: O tal vez los hombres y las mujeres sean diferentes. Ciertas ideas podrían "tomar posesión" de nosotros gracias a algo que se encuentra en nuestro interior con lo que resuenan, y no porque la idea misma se absolutamente impuesta desde afuera.

Los autores infieren que las diferentes concepciones del amor entre hombres y mujeres observadas en el estudio podrían llevar a una situación en la que las mujeres estuvieran más dispuestas a estar subordinadas y pasivas en sus relaciones, siendo los hombres más activos y dominantes. "Se pone de manifiesto que los estereotipos de género tradicionales, incluidos los relacionados con el "machismo", aunque están activos en las generaciones más jóvenes del entorno iberoamericano", indican Maddalena Fedele, Maria Jose Masanet y Rafael Ventura, autores del estudio.

Esto también se refleja en las preferencias en la ficción serializada. Aunque los hombres prefieren las series basadas en la violencia, el sexo o las drogas y el alcohol, las mujeres prefieren tramas en función de las relaciones personales: el amor o la amistad. De nuevo, se observan estereotipos que asocian hombres con violencia y acción, y mujeres con aspectos más íntimos, lábiles y emocionales.

Comentario: Estudios psicológicos han mostrado que la tendencia de los hombres es a preferir trabajar con cosas y la de las mujeres con personas. Estas tendencias son consistentes con el interés que los jóvenes de ambos géneros muestran por distintos tipos de series de televisión. Una vez más, no todo es una "construcción social".

Del estudio se desprende que las series de ficción son ampliamente consumidas por los jóvenes y que tienen un gran potencial de convertirse en herramientas educativas y transformadoras útiles para ayudar a promover modelos basados en la igualdad, y afectar las actitudes de los jóvenes en sus relaciones de amor actuales y futuras. "El potencial de las series para influir en la juventud podría ayudar a facilitar debates dirigidos a desafiar los estereotipos de género y ayudarles a crear relaciones de amor más saludables e igualitarias", concluyen los autores.

Noticias de la ciencia

Análisis: El mito de la invisibilidad de la mujer en la historia

Claudia Peiró

El feminismo está de moda y genera una competencia por revisarlo todo a la luz de la perspectiva de género; o, más bien, de su lente deformante. Cada época interroga al pasado desde sus inquietudes pero si no se toman ciertos recaudos el resultado es un ridículo anacronismo

En el Jardín de Luxemburgo, emblemático parque de París, en torno a la inmensa fuente central donde nadan los patos y los niños hacen navegar sus veleros de juguete, hay 20 hermosas estatuas de mujeres destacadas en la historia de Francia. Dos cosas llaman la atención de este conjunto escultórico: muchas de las damas allí homenajeadas fueron reinas, con mando y poder efectivos, y en un pasado tan remoto como el período que va del siglo VII en adelante. Por otra parte, este homenaje a mujeres protagonistas -"reinas, santas y celebridades", dice la placa- se hizo entre los años 1843 y 1846, durante la llamada Monarquía de Julio y por decisión del rey Luis Felipe de Orléans.

En España, a fines del siglo XV, en las postrimerías de la Edad Media, la futura Isabel la Católica se autoproclamó reina de Castilla a los 23 años (en ausencia de su esposo) y nadie, ninguno de los poderosos barones guerreros defensores de sus fueros particulares, la cuestionó por ser mujer.

"¿No es sorprendente pensar que en los tiempos feudales la reina era coronada como el rey (…)? Dicho de otro modo, se le atribuía a la coronación de la reina tanto valor como a la del rey", escribió la historiadora y medievalista francesa Régine Pernoud (1909-1998), autora del imperdible ensayo Pour en finir avec le Moyen Age (Para Acabar con la Edad Media; Seuil, 1977).

Sin embargo, el nuevo credo feminista afirma la total "invisibilización" de la mujer a lo largo de toda la historia y hasta el día de ayer. Anagrama acaba de publicar un librito de la dibujante feminista Jacky Flemming, El problema de las mujeres, que pretende ser un recorrido histórico por la condición femenina: "Antiguamente no existían las mujeres (sic), de ahí que no nos las encontremos en las clases de historia del colegio. Sí que había hombres, y, entre ellos, no pocos eran genios". Evidentemente distraída en clase, la autora basa su cuento en la generalización a todo el pasado de posicionamientos y declaraciones machistas de algunas personalidades, como Charles Darwin, por ejemplo. Lo que fue cierto en la Inglaterra victoriana atraviesa según ella toda la historia de nuestra civilización.

En 1975, proclamado "Año de la Mujer" -el feminismo no nació ayer-, las francesas redescubrieron a Leonor de Aquitania (1122 ó 1124 – 1204), duquesa, condesa y reina consorte de Francia y de Inglaterra. Mujer independiente que osó divorciarse ni más ni menos que de un rey, para luego casarse con otro, al que también desafió. Tuvo diez hijos, entre ellos los célebres Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, lo que no le impidió actuar en política casi hasta el fin de sus días. Curiosamente será la llamada Edad Moderna la que traerá una progresiva exclusión de la mujer de la esfera pública. Pernoud explica que "mientras Leonor de Aquitania o Blanca de Castilla [N. de la R: nieta de la anterior] dominan realmente su siglo", esta "igualdad" de las reinas durará hasta el siglo XVII; la última reina coronada en Francia fue María de Médici (en cuyo honor justamente se construyó el Jardín y Palacio de Luxemburgo, hoy sede del Senado). La consolidación y centralización de las monarquías europeas llevará, a partir de los siglos XV y XVI, a imponer la ley sálica en la sucesión al trono. La inspiración para esta masculinización del poder no vendrá de la doctrina cristiana -perdón- sino del derecho romano, del pater familias, en el cual buscarán argumentos los reyes, para fortalecerse. Es un derecho nada favorable a la mujer ni al niño, explica Pernoud, y que representará una regresión con respecto al derecho consuetudinario medieval. "Evidentemente, si razonamos a partir del concepto de 'paridad', es cierto que la mujer en la Edad Media no goza de la misma autonomía que el hombre -escribe por su parte el historiador Jean Sévillia en Historiquement correct (Perrin, 2003)-. Sin embargo, hay que considerar los derechos esenciales de los que goza. En las asambleas urbanas o en las comunidades rurales, las mujeres, cuando son jefas de familia, poseen derecho de voto. Entre los campesinos, los artesanos o los comerciantes, no es raro que la mujer dirija la explotación, el taller o la tienda. A fines del siglo XII, en París, se encuentran mujeres médicos, maestras de escuela, apoticarias, teñidoras o encuadernadoras". "Régine Pernoud -sigue diciendo Sévillia- subraya que, contrariamente a lo que pasa en el Extremo Oriente o en los países musulmanes, los progresos de la libre elección del cónyuge acompañan la difusión del cristianismo. Entre el siglo V y X, la Iglesia lucha por limitar los casos de anulación del matrimonio y prohibir el repudio -costumbre romana y germánica-, lo que mejora considerablemente la condición femenina".

Esto pone de relieve el otro anacronismo en el cual cae cierto feminismo, furibundamente anticatólico: la indisolubilidad del matrimonio, que en el siglo XX pudo empezar a ser visto como oprimente, no fue inspirada en su origen por la misoginia ni representó un retroceso para la mujer, sino todo lo contrario.

"Todavía hoy, decía Régine Pernoud, es en los países cristianos donde esa libertad [de elegir al cónyuge], tan justamente reivindicada, es reconocida por las leyes mientras que en países musulmanes o países de Extremo Oriente esta libertad, que nos parece esencial, no existe o ha sido muy recientemente concedida".

Pernoud califica de "tonterías evidentes" algunas de las grandes falsedades sobre la misoginia de la Iglesia. En particular, la que sostiene que, recién en el siglo XV, la Iglesia admitió que la mujer tenía un alma, fake news que algunos siguen repitiendo sin la menor reflexión.

"Así, durante siglos, se habría bautizado, confesado y admitido en la Eucaristía a seres sin alma", ironiza la medievalista, que recuerda que entre los primeros mártires y santos de la Iglesia, las mujeres eran tan numerosas como los varones.

Durante la Edad Media, las órdenes femeninas, y las abadesas que las presidían, llegaron a tener gran poder y los conventos eran lugares de estudio e irradiación cultural al igual que los monasterios.

Pero como el estatus de la mujer en la Iglesia evolucionaba a la par del de la sociedad civil, también en las instituciones eclesiásticas el siglo XVI marcó el inicio de una progresiva marginalización.

Este relegamiento, que empezó por la función pública, fue alcanzando luego la esfera privada, y la mujer se vio privada de la potestad sobre los hijos y del libre usufructo de sus bienes.

Sin embargo, todo el siglo XX marcó la re-emancipación de la mujer; un proceso obviado por la corriente feminista actual, en lucha contra un patriarcado que ya no existe.

Desde el reduccionismo o en clave de guerra de sexos es imposible reconstruir la evolución del lugar y el rol de la mujer en la sociedad a lo largo de la historia en toda su complejidad y riqueza. Los esquemas simplistas o maniqueos llevan a no poder ver más que lo que encaja en las categorías que se afirman.

Actualmente, en los países occidentales y judeocristianos -perdón, otra vez- ya no existen prácticamente leyes patriarcales -en Argentina, ninguna-: a igual remuneración, igual salario; las mujeres disponen libremente de sus bienes; la patria potestad es compartida y los hijos pueden ser inscriptos indistintamente con el apellido de la madre o del padre, etcétera.

Pero, paradójicamente, el feminismo es más intenso y radical justamente allí donde los derechos de la mujer ya han sido conquistados; y no necesariamente como resultado directo de sus luchas, sino de la evolución natural de la sociedad y de la toma de conciencia tanto de mujeres como de varones. Argentina es un caso paradigmático: las dos principales herramientas de participación política femenina fueron obra de varones: Juan Domingo Perón (el voto y la elegibilidad de las mujeres) y Carlos Menem (el cupo femenino).

Hace poco fue reeditado aquí el ensayo fundacional del feminismo: El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Si la leyeran, sus seguidoras actuales constatarían que la filósofa francesa no padecía de la misma falta de conciencia histórica que afecta al feminismo actual.

"Al feminismo revolucionario -escribió por ejemplo Beauvoir en El segundo sexo-, al llamado feminismo independiente de madame Brunschwig, se adjunta un feminismo cristiano: (el papa) Benedicto XV se pronuncia en favor del voto femenino, en 1919; monseñor Baudrillart y el padre Sertillanges desarrollan una ardiente propaganda en este sentido".

Anexo: No fue la II Republica: La dictadura de Primo de Rivera estrena el voto femenino

 

La primera vez que se reconoció en España el sufragio femenino fué en 1924 cuando se reconoció a las mujeres cabezas de familia como electoras y elegibles, en el Estatuto Municipal, del 8 de marzo de 1924, (Decreto-Ley sobre Organización y Administración Municipal, Arts. 51.° y 84.°, Gaceta de Madrid, 8 de marzo de 1924) y se incluía a este electorado femenino en el censo electoral (Real-Decreto para la depuración del Censo Electoral, Gaceta de Madrid del 12 de abril de 1924), con el resultado de que en el nuevo censo electoral de 6.783.629 votantes había 1.729.793 mujeres (Archivo del Congreso de los Diputados, Sección de Varios, Serie de la Junta Central del Censo o Junta Electoral Central, Legajo 69/2. Octubre de 1924).

Al año siguiente, en el Estatuto provincial se reconocía también el derecho electoral a las mujeres en las mismas condiciones (Real Decreto-Ley sobre Organización y Administración Provincial de 20 de marzo de 1925, Gaceta de Madrid de 21 de marzo de 1925).

En 1926 fueron convocadas todas las mujeres mayores de 18 años, igual que los varones, al plebiscito que se realizó los días 11,12 y 13 de septiembre de 1926 para comprobar el apoyo que tenía el dictador Primo de Rivera en el electorado. En el censo electoral de ese plebiscito, las mujeres eran el 52%, y de éstas participaron un 40%.

En 1927, en la convocatoria de la Asamblea Nacional Consultiva de la Dictadura de Primo de Rivera se establece que pueden formar parte de ella «varones y hembras, solteras, viudas o casadas, éstas debidamente autorizadas por sus maridos». En esa asamblea, abierta el 11 de octubre de 1927, participaron 13 mujeres, de ellas, Concepción Loring fue la primera mujer en la historia en hablar en una asamblea parlamentaria española.

En el Anteproyecto de Constitución de la Monarquía española de 1929, elaborado por la Asamblea Nacional Consultiva de la Dictadura de Primo de Rivera que para las elecciones para diputados a Cortes, el voto femenino ya se reconocía como derecho en igualdad con el masculino dentro del sufragio universal, al establecer en su artículo 58: “Serán electores de sufragio directo todos los españoles de ambos sexos… Serán electores en los colegios especiales los españoles de ambos sexos”.

En la Dictadura de Miguel Primo de Rivera, el Real Decreto de 1924. Apartado B, pone de manifiesto la cuestión del sufragio femenino, concediendo el voto a toda mujer mayor de 23 años y libre de cualquier tutela o sujeción (a la patria potestad o a la autoridad marital). Según manifestaciones de Primo de Rivera, las mujeres casadas quedaban excluidas del voto para evitar discusiones familiares. Parece ser que el dictador, sin haber ningún movimiento femenino, sancionó el Real Decreto como signo externo de democracia, con la mira política de convocar una Asamblea Nacional que otorgase base legal al nuevo régimen.

El 11 de octubre de 1927, se formaba la Asamblea Nacional con 13 escaños femeninos.

Las 13 mujeres fueron:

Blanca de los Ríos de Lampérez, Isidra Quesada y Gutiérrez de los Ríos, Micaela Díaz y Rabaneda, María de Maeztu, María de Echarri, María López de Sagredo, Concepción Loring y Heredia, Carmen Cuesta del Muro, Teresa Luzzatti Quiñones, Josefina Oloriz Arcelus, María López Moleón, María Natividad Domínguez de Roger y Trinidad Von Scholtzhermensdorff ‘Duquesa de Parcent’.