geoestrategia.eu

Así se forjó el Imperio español, la Roma de América frente a los depredadores

Por Rodrigo
x
cutuku2001hotmailcom/10/10/18
miércoles 24 de abril de 2019, 21:00h

Que algunos españoles americanos vivieran mejor que los peninsulares solo era, a ojos de otras potencias europeas, una muestra más de la degeneración en la que había devenido el Imperio español.

César Cervera

alt

César Cervera

Que algunos españoles americanos vivieran mejor que los peninsulares solo era, a ojos de otras potencias europeas, una muestra más de la degeneración en la que había devenido el Imperio español. 

Los imperios son los malos de la película. Del imperio galáctico a los exabruptos de Napoleón o Hitler... El imperialismo tiene hoy una clara carga negativa, si bien aquello tiene más que ver con el fenómeno del Colonialismo británico o francés que con el verdadero «milagro» de los imperios al estilo del romano o, a su modo, de la URSS o la Unión Europea. Los auténticos imperios sirven para abrir caminos, puestos comerciales, universidades, hospitales y toda suerte de estructuras para unir bajo una figura supranacional a muchos pueblos que, viviendo a pocos kilómetros, no habían interactuado nunca entre ellos. Solo los imperios que han traído prosperidad con ellos han sobrevivido en el tiempo. Y solo ellos pueden llamarse imperios.

En 1572 contrajeron matrimonio don Martín García de Loyola, sobrino de San Ignacio y gobernador de Chile, y la princesa inca Beatriz Isabel Clara Coya. Se han realizado numerosas representaciones pictóricas de ese enlace. En las imágenes podemos ver una de ellas.

Creadores contra depredadores

Fue el filósofo Gustavo Bueno el que puso énfasis en diferenciar entre estos imperios generadores y los colonizadores (depredadores). Esto es, la diferencia entre los imperios que, como el macedonio, el romano, el carolingio o el español, exportaban allí donde iban sus tecnologías (políticas, lingüísticas, culturales, económicas, mercantiles, religiosas, etc) y hacían partícipes de su empresa a la población; frente a los depredadores que, como los británicos, los franceses, los holandeses o los portugueses, no solo no compartían sus avances, sino que los usaban en exclusiva para exterminar la realidad que habitaba en el territorio intervenido. «Un rasgo fundamental del imperio depredador es el de no mezclarse jamás biológicamente con la población aborigen del espacio ocupado, algo que ha caracterizado puritanamente al imperio inglés, que colonizó Norteamérica "en familia", al viajar los colonos siempre con sus esposas, y mantener en reservas, recintos o guetos a la población nativa».

Es por esta razón que los viajeros franceses e ingleseses que pasaron en tiempos de la Ilustración por tierras americanas del Imperio español quedaron horrorizados de que los agricultores de allí pagaran menos impuestos que algunos agricultores españoles. O que algunas ciudades del continente, como Lima o la ciudad de México, fueran de una magnitud y una modernidad superior a las principales de la Península ibérica.

Para aquellos viajeros, como para la sociedad europea de la época, las colonias solo eran un vehículo para hacer más rica la metrópolis; mientras que para España, como para el Imperio romano antes, todo formaba parte de una misma entidad y tanto daba ser español de España que ser español de América.

Que algunos españoles americanos vivieran mejor que los peninsulares solo era una muestra más -a ojos europeos- de la anomalía en la que había devenido el Imperio español. Claro que las verdaderas causas del declive no eran esas, sino precisamente la presión de otras potencias extranjeras y el propio desgaste interno que sufren tarde o temprano todos los imperios. Desde que Cristóbal Colón llegara a América en 1492, hasta la gran explosión que supuso las emancipaciones del siglo XIX, transcurrieron más de tres siglos de éxito y prosperidad. En tanto, los experimentos depredadores de Portugal, Holanda, Francia o Inglaterra naufragaron en poco tiempo.

Los imperios comerciales de Portugal y Holanda, que no crearon ninguna universidad durante su presencia en América y en Asia, se apagaron a la misma velocidad con la que habían surgido. Francia, por su parte, trató de crear un imperio americano en lo que se llamó la Luisiana francesa, pero a causa de su escaso desarrollo demográfico y de su debilidad, el proyecto se deshilachó tras la guerra de los Siete Años. Del mismo modo, las colonias inglesas en Norteamérica protagonizaron un pobre desarrollo demográfico y una asfixia fiscal que impidió el despegue económico de esta región hasta que, tras la guerra de Independencia, la inmigración europea inyectó de energía el proyecto de los EE.UU. En 1775, las 13 Colonias tenían menos de 2,5 millones de habitantes, que crecieron hasta los 8,5 millones en sus primeros 42 años de independencia.

Lejos de lo que se quiere suponer del éxito de EE.UU, no fue la herencia británica, sino su salida del continente lo que dio lugar a la gran potencia que es hoy. En paralelo a la explosión demográfica, las 13 Colonias lograron en sesenta años multiplicar por ocho su superficie con la compra de Luisiana y Alaska, la incorporación de Florida y la anexión de gran parte de México por el tratado de Guadalupe Hidalgo.

Tampoco es preciso ni justo atribuirle al paso del Imperio español el declive económico del sur de América. En el momento de la independencia, era el territorio hispánico el que contaba con las ciudades más pobladas y con las mejores infraestructuras del continente. Hacia 1800, la ciudad de México tenía 137.000 habitantes y Lima, Bogotá y la Habana superaban los 100.000; en tanto, Boston, una de las más pobladas del territorio anglosajón, no pasaba de los 34.000. El declive en todas las facetas económicas se desencadenó a partir de 1830. Culpar a España de aquella caída sería como culpar a Roma de todo lo malo que pudo venir con la Edad Media.

De ahí la dificultad de comparar el Imperio español con el Imperio británico como si fueran fenómenos análogos. Como recuerda Elvira Roca Barea en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Siruela), los historiadores han insistido en esta comparación entre norte y sur, «confundiendo el final de un imperio con el principio de otro, y explicando lo que pasa hoy (EE.UU. es rico, mientras que el sur es pobre) por lo que pasó hace 300 años». Y es que los españoles llegaron a América en 1492, y en cincuenta años conquistaron más de 15 millones de kilómetros cuadrados; mientras que los prófugos del Mayflower arribaron en 1620, y 150 años después el territorio que podían considerar suyo era como España aproximadamente.

El primer Imperio británico fracasó en menos de 150 años, como también lo hizo el francés y el holandés, por aplicar la receta contraria de la española: los ingleses no fueron capaces de generar prosperidad allí donde iban. Su control se basaba no en la prosperidad, sino en el control militar y en la depredación de recursos. Según la Quartering Act, quedaba determinado que las colonias británicas debieran financiar el mantenimiento de un ejército permanente de 100.000 hombres, mientras que en la América española, veinte veces más grande y mucho más poblada, el número de efectivos no llegaba a 50.000.

De su fracaso, Inglaterra aprendió grandes lecciones para la fundación de su segundo imperio colonial (curiosamente, la historiografía dibuja al Imperio británico como parte de una misma y exitosa historia) en torno a la conquista de la India y de grandes partes de África. Tras pasar en 1857 los territorios de la Compañía Británica de las Indias Orientales a manos de de la Corona (1858), la Reina Victoria fue proclamada Emperatriz de la India Británica en 1876 y, en poco tiempo, Ceilán (la actual Sri Lanka) y Birmania se unieron a la lista de territorios británicos en Asia. Este segundo imperio creció rápidamente hasta ocupar una cuarta parte de las tierras del mundo y fue el hogar de una quinta parte de la población mundial. Un éxito tan grande como efímero. Desde la coronación de Victoria hasta que Inglaterra abandonó el subcontinente de la India, en 1947, pasaron apenas setenta años.

Porque en cuestión de imperios, la duración es tan importante, o más, que el tamaño alcanzado.

¿Cuál ha sido el imperio más grande?

1. El Imperio británico (segunda etapa tras las pérdida de las 13 Colonias): 31 millones de kilómetros cuadrados.

2. El Imperio mongol: 24 millones de kilómetros cuadrados (mediados del siglo XIII).

3. El Imperio ruso: 23 millones de kilómetros cuadrados en 1913.

4. El Imperio español: 20 millones de kilómetros cuadrados (en torno a 1790).

En datos recogidos por María Elvira Roca Barea en su obra, detrás de estos cuatro imperios vendría el Imperio Maurya, el Imperio aqueménida, el Imperio chino de la dinastía Qing (1650), el Imperio chino de la dinastía Yuan (1270), el segundo Imperio colonial francés (1880), el Imperio abasida (siglos VIII-XI), el Imperio chino de la dinastía Tang (siglos VII-X), el Califato Omeya (661-750); el Imperio portugués, el Imperio Rashidum (632), el Imperio brasileño; el Primer Imperio colonial francés; el Imperio japonés (1938); el Imperio chino de la dinastía Ming (siglo XV); el Imperio chino de la dinastía Han (200 a.C.), el Imperio romano con una extensión máxima de 6,5 millones de kilómetros cuadrados en tiempos de Trajano, el Imperio de Alejandro Magno con 5,2 millones de kilómetros cuadrados y el Imperio otomano con 5 millones de kilómetros cuadrados en 1683.

La cifra de los 20 millones de kilómetros cuadrados del Imperio español procede de su momento de maduración, cuando el fracaso colonial de Francia permitió a España hacerse cargo de la Luisiana francesa y de territorios portugueses que, a partir del Tratado de Madrid (1750), ensancharon la posesiones americanas. Claro que, en tiempos de Felipe II, la extensión llegó a ser incluso mayor gracias a los territorios pertenecientes al Imperio luso, si bien aquí hay que apreciar que ambos imperios estuvieron totalmente desvinculados en los sesenta años que duró la unión.

El ADN del Imperio español

Según los términos planteados por Thomas J. Dandelet en su análisis «La Roma española», el Imperio español entraría en la categoría de imperio informal, es decir, aquel que no ejerce un dominio ni político ni militar. Un imperio formado por territorios con sus propias estructuras institucionales y ordenamientos jurídicos, diferentes y particulares, que se hallaban gobernados por los monarcas españoles de la Casa de Austria o por sus representantes. En tanto, su músculo era esencialmente territorial.

La llegada de los castellanos a un nuevo continente en 1492 y los territorios italianos en la órbita aragonesa desde la Edad Media sentaron las bases para la creación de un gran imperio hispánico en tiempos de los Reyes Católicos. Su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, aunó desde muy joven un enorme número de coronas y territorios sobre su cabeza. La prematura muerte de su padre, Felipe I de Castilla, le entregó desde la tierna infancia los títulos de la Casa de Borgoña, es decir, los que Carlos «El Temerario» había conquistado por las armas a costa de Francia en todos los territorios que hoy ocupan los Países Bajos. A la muerte de su abuelo materno, y ante la incapacidad de su madre, Juana «La Loca», el joven Carlos recibió los títulos de Rey de Castilla, que incluían la Corona de Navarra y las Indias, y de Rey de la Corona de Aragón, que extendía su poder por Nápoles, Cerdeña y Sicilia. Además, sus victorias en Italia sobre Francisco I de Francia reportaron al imperio de Carlos el Ducado de Milán.

La preeminencia de los reinos hispánicos en esta entidad política estuvo justificada en la dependencia que tenían la dinastía de los Austrias del dinero y las tropas castellanas. No obstante, el trozo más grande del pastel europeo le llegó a Carlos de Habsburgo con el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que obtuvo gracias en parte al oro castellano, en 1520, imponiéndose sobre la candidatura de Francisco I de Francia y Enrique VIII de Inglaterra. El futuro Emperador Carlos V tenía derechos legítimos porque su abuelo era el anterior titular, pero aun así debió imponerse a golpe de ducados, con oro castellano y de banqueros alemanes, en la asamblea de electos alemanes.

Ser Emperador del Sacro Imperio Romano suponía reinar sobre la actual Alemania y Austria (el título de archiduque de Austria le otorga esta responsabilidad), aunque era algo más nominal que práctico, puesto que cada parte del imperio se regía por sus propias leyes y a penas había instrumentos políticos que funcionaran en todo el territorio. Cabe recordar que, lejos de la teoría del «imperio inconsciente», como sinónimo de un imperio nacido de una serie de catastróficas coincidencias; Carlos V halló en los españoles a los aliados perfectos para llevar a cabo su famoso lema «plus ultra» (ir más allá). Frente a otros súbditos menos dispuestos como los alemanes o los flamencos, el Monarca encontró en la Península la mejor de sus herencias dinásticas y el motor de una empresa, ya en marcha, de una dimensión tan grande como la americana.

Su heredero, Felipe II, no recibió la Corona del Sacro Imperio Germánico, que fue a parar al hermano de Carlos, el «español» Fernando, pero formó su propio imperio europeo al sumar Portugal a los territorios italianos y flamencos de su padre. Si bien durante los reinados de Felipe II, Felipe III y Felipe IV se alcanzó la máxima extensión de territorio controlado por la Casa de los Austrias (unos 31 millones de kilómetros cuadrados), hay que matizar que Portugal y sus posesiones se mantuvieron celosamente separadas de las hispánicas. El Rey hacía cumplir su voluntad en Lisboa a través de un gobernador o un virrey, que solían rodearse convenientemente de funcionarios locales. Los oficios públicos se reservaban para los súbditos portugueses tanto en la metrópoli como en su territorios ultramarinos.

Fuente: ABC

Anexo: El Camino Español

Dicho de otro modo: Si el quinto del rey (es decir el impuesto del 20% del metal precioso extraído de las minas americanas de las que era titular el Rey del España por la explotación de éstas) era el que se embarcaba desde América hacia Sevilla, eso implica que había un 80% restante que se quedaba en América.

Desde El Camino Español nos hacemos una idea bastante clara de a donde iba a parar mucho de ese 20% de metales preciosos que llegaban a España ya acuñados. Y es que mantener conectada España con el Milanesado, Franco-Condado y Países Bajos Españoles y en una órbita aliada a Génova, al Ducado de Lorena y a Saboya (es decir propiamente El Camino Español) costaba un ojo de la cara y parte del otro. Y más con Francia e Inglaterra intentando mojarnos la oreja y Guillermo de Orange (y sucesores) dando puntapiés en la espinilla. Sí por ahí se fue mucho del 20%... 

Pero no es ese 20% el que hoy nos interesa. Más bien es el 80% restante el que reclama nuestra atención. Y es que el 80% de miles de toneladas de metales preciosos extraídos durante decenas de años... son un porrón toneladas.

Se pueden hacer muchas cosas con ese oro y esa plata que se quedó en América.

Tal vez tenga mucho que ver la construcción de Universidades, de Catedrales, de ciudades enteras, diseñadas en estilos y técnicas traídos, junto con sus arquitectos, de Europa, vía España.

Tal vez tenga que ver el pagar a artistas y arte, imprentas y cultura en general. O administradores y empleados públicos, imprescindibles para una correcta administración (aunque con las consabidas corruptelas propias del género humano...) que habría que traer de España (sustrayéndolos de allí, lógicamente) inicialmente para comenzar los trabajos de gestión y que formaran a otros en esas facetas... A todos habría que pagarles un sueldo mensual en proporción a sus trabajos, suponemos.

Habría que construir puertos para que atracaran los barcos para cargarlos, sí de oro de América (el 20% decíamos) pero también de productos agrícolas que vendidos en España dejaban buen dinero en el Nuevo Mundo. Y, claro, fuertes para defender los puertos. También parece lógico que tarde o temprano se tendrían que construir puentes y establecer y mantener rutas comerciales por tierra para traer los productos cultivados. Claro, eso... eso también habría que pagarlo.

Ah! Y volver a construir lo destruído por huracanes, tormentas tropicales, incendios, ataques (de los ingleses/franceses/holandeses. Podríamos resumirlo en piratas. Es broma... ). Sí esto también habría que pagarlo.

Cierto es que se promovían ciudades en los lugares donde se extraían metales preciosos, pero también se generaban poblaciones nuevas en otras ubicaciones que no producían metales, que no existían por entonces y que se convertirían en nudos de comunicación para conectar el Continente. Eso también habría que pagarlo, claro. Porque no se nos antoja sencillo construir una ciudad desde cero y sin dinero.

Se promovían expediciones (hombres, barcos, recursos,...) que duraban meses. Unas veces tenían fruto (las menos) y muchas otras veces volvían (los que volvían) con las manos vacías... se promovían expediciones, decíamos, para descubrir, conectar, conocer y cartografiar un Continente (del que aún hoy no se conocen bien grandes extensiones, así que no resultaba tampoco trivial). Y todo eso costaba dinero...

Nosotros hemos hechos algunos cálculos (es un decir) y nos sale que el coste de construir un continente entero podría ser, kilo a arriba kilo abajo, el 80% del peso de los metales preciosos extraídos en sus propias tierras. Tal vez es un poco aventurada la cifra... pero si ustedes tienen otra... Un "dinero" razonablemente bien empleado a tenor de las numerosísimas huellas históricas de la época española que nuestros hermanos americanos han tenido a bien conservar y de aquellas otras huellas que no se ven pero siguen estando y nos siguen uniendo.

Por otra parte organizar un Continente no era tarea fácil. Que se lo digan a Inglaterra y a sus Trece Colonias.

Los ingleses se dieron cuenta con cierta rapidez que allí donde habían sentado el culo no había ni oro ni plata, al menos a simple vista. "Mal empezamos", pensarían. Ese es uno de los motivos (vamos, el principal) de que siguieran, siglos después de descubierta América, envidiando y anhelando la estructura organizativa de la América Española y, en su línea, intentando apropiarse de ella.

Pero no nos vayamos del asunto, la cuestión es que las autoridades inglesas dejaron a los colonos a su libre albedrío. No promovieron desde la metrópoli una estructura para organizarlos y sacarle buen partido a la tierra que tenían disponible. Tampoco invirtieron el suficiente tiempo, ni esfuerzos, ni dinero, ni personal adecuado (arquitectos, constructores, administradores, ...) en construir ciudades estables y bien diseñadas. Ya ni hablamos de Universidades o cosas del estilo. Así se pasaron un siglo o más... (y nos colocamos ya entrados el siglo XVIII) ni puto caso a sus colonias que no les rentaban nada de nada. Así que éstas, evidentemente, se buscaron la vida.

En comparación, España (con todos sus defectos) fue una madre atenta y solicita: Buena parte de sus mejores hombres y mujeres iban destinados a América a administrar, descubrir, cartografiar, enseñar, defender, construir,... personas de todos los niveles sociales.

A las colonias inglesas no iba, de gente digamos "preparada", ni el que se perdió en la isla. Bueno sí, básicamente el que iba huyendo de algo (guerras, hambre y religión, principalmente...). Así las instituciones inglesas no pudieron, ni quisieron, ni supieron, organizar una estructura administrativa para mejorar la vida de su gente en América.

Así les fue luego, claro... que cuando a los ingleses les apretó el cinturón de las deudas por las guerras emprendidas a mediados del siglo XVIII (Guerras contra España ¡¡grande Blas de Lezo!!, contra Francia, ambas con escenario de guerra en suelo americano) y empezaron a exigir impuestos a los colonos para que participaran de los gastos de guerra, éstos, a las primeras de cambio, les dieron tururú y se independizaron (¡¡grande Bernardo de Gálvez!!) hacía finales del siglo XVIII.

No todo son flores y alaracas para los colonos que no supieron o no quisieron mezclarse con los lugareños e integrarse e integrarlos y se dedicaron a suplantarlos (por decirlo fino. Una fea costumbre, y nos quedamos muy cortos, que el mundo anglosajón ha seguido practicando más recientemente en otros lugares del mundo con resultados pésimos: Sudáfrica, Australia).

Un defecto de base que en cierto modo y tal vez por compensación está llevando a los habitantes de Norteamérica a recuperar y apreciar una parte de su historia escrita por españoles (comerciantes, frailes, soldados, ingenieros y mujeres intrépidas y valientes. Pioneros todos) que nos acercan, a ellos y a nosotros, a la verdadera nortamérica de los siglos XVI, XVII y XVIII. Una parte de su historia, que es la nuestra, que tiene una vinculación muy estrecha con España, Madre Patria de muchos de los Estados que hoy conforman los Estados Unidos de América.

"El español que no ha estado en América no sabe qué es España." de Federico García Lorca.

Esta frase nos hace pensar que, después de transcurridos más de cuatro siglos, en realidad los españoles no somos conscientes de la magnitud de lo hecho y, sobretodo, que hacerlo estaba al alcance de muy pocos. Tal vez de uno solo.

Washington se suma a la batalla por borrar a Colón de la memoria de EE.UU. y la embajada española calla

Hasta a la ciudad que se fundó con su nombre han llegado los ataques a su figura. Un concejal del Distrito de Columbia, capital federal de Estados Unidos, anuncia ahora que prepara una ley con la que quiere eliminar «todos los símbolos de odio y racismo en la propiedad del Distrito» y eso, según él mismo admite, incluye la plaza de Colón, o Columbus Circle, uno de los puntos neurálgicos de la ciudad, que alberga la terminal de tren de larga distancia. Es sólo una parte, la más reciente, de una gran campaña para borrar de EE.UU. la memoria de Cristóbal Colón, algo que ha provocado la retirada de estatuas, ataques contra las que quedan en pie y la reacción no del colectivo español sino del italiano, que ha decidido hacer de la defensa del descubridor su gran legado.

La iniciativa del concejal demócrata Kenyan R. McDuffie permitiría a una comisión reconsiderar nombres de calles y plazas en Washington para decidir cuáles son racistas y así eliminarlos. Los ejemplos que baraja de momento el político son el de la plaza de Colón y el de la calle Woodrow Wilson, porque este presidente defendió la segregación entre razas en lugares públicos. Los fundadores de la nación decidieron fundar la capital en el linde de los estados de Virginia y Maryland y le dieron el nombre de Columbia porque entonces, a finales del siglo XVIII, al país se le llamaba de ese modo en canciones y poesías patrióticas, empleando el femenino del nombre de Colón para homenajear al navegante.

Fin de los homenajes

Los homenajes, sin embargo, se han acabado. El mes pasado, una estatua dedicada a Colón en el puerto de Corpus Christi, una ciudad tejana fundada por el explorador español Alonso Álvarez de Pineda en 1519, fue quitada de su pedestal con la excusa de unas remodelaciones y las autoridades portuarias no han revelado qué van a hacer con ella ni si van a volver a colocarla donde estaba. La que no volverá a su lugar es la que estuvo 45 años en el Grand Park de Los Ángeles, ciudad fundada junto a una misión de fray Junípero Serra en 1771. La escultura fue desmontada en noviembre por cuatro operarios con chalecos naranja, sin ceremonias ni sentimentalismos, mientras unas 100 personas tomaban fotografías y aplaudían.

Fue otro concejal demócrata, Mitch O’Farrell, quien propuso al Ayuntamiento de Los Ángeles quitar la escultura y anular la festividad del día de Colón para cambiarla por el «día de los pueblos indígenas». O’Farrell, que es descendiente de una tribu nativa llamada Wyandotte, no esconde sus motivos: «Los registros históricos dejan claro que Cristóbal Colón no descubrió América porque nunca llegó a América del Norte y ya había millones de nativos que vivían aquí. El genocidio contra los pueblos indígenas durante la colonización de América duró siglos. Hoy Colón es un símbolo de represión».

Donde hay una estatua...

Alentados por el éxito de este concejal, muchos le han imitado. Donde hay una estatua de Colón hay una petición para quitarla. En Saint Paul, capital de Minnesota, se yergue frente al Capitolio del estado una estatua construida en 1931 con una placa en la que se lee «Cristóbal Colón, descubridor de América». Ya en 2015 un grupo de diputados propuso cambiar la placa por «Cristóbal Colón, que desembarcó en América». Aquella propuesta no llegó a ningún sitio, pero más recientemente una petición popular a través de internet ha sumado 5.000 firmas para cambiar a Colón por el cantante Prince, nacido en Minnesota y fallecido de una sobredosis en 2016.

Cuando las estatuas no se quitan, son atacadas. Una en la ciudad de San Diego apareció manchada de pintura rojo sangre, con la que se escribió en el pedestal la palabra «genocidio». La misma suerte corrió hace unos meses la de un embarcadero de Boston, que también amaneció cubierta de rojo. En octubre, otra escultura en Filadelfia y un museo cercano dedicado a los italoamericanos fueron atacados con pintadas en las que se leía «esclavitud», «genocidio», «violación» y «tierra robada».

Hasta hoy, la iniciativa para defender de estos ataques a la figura del navegante, almirante, virrey y gobernador de las Indias por la Corona de Castilla no procede de las autoridades españolas, que permanecen ajenas a este debate, sino de la comunidad italianoamericana de EE.UU. que ha hecho de Colón su símbolo porque nació en Génova.

Muy organizada, de momento esta comunidad ha conseguido que el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, añada la estatua de Colón en Manhattan al registro oficial de lugares históricos, lo que la protege ante cualquier intento de retirada. «El Monumento a Colón es un poderoso símbolo de la comunidad italoamericana y un testimonio del papel de Nueva York en la asimilación de inmigrantes de todo el mundo en nuestro estado», dijo Cuomo en octubre. «Esta designación supone un mensaje claro de la importancia de la estatua para la historia de nuestro estado y la necesidad de preservarla para que las generaciones futuras puedan verla, apreciarla y aprender de ella».

Es una victoria pírrica, porque en realidad el debate sobre Colón ya ha trascendido a la política municipal o estatal y comienza a producirse en el marco de la campaña presidencial de 2020. En febrero, la que en este momento se considera una de las favoritas para medirse con Donald Trump, la senadora Kamala Harris, dijo en un mitin que está dispuesta a que el 12 de octubre se deje de conmemorar a nivel federal el día de Colón y se cambie por la celebración de «los pueblos indígenas». Es algo que ya han hecho estados como Hawái, Alaska, Vermont e incluso Florida, que estuvo en manos españolas hasta 1821.

El silencio diplomático español

El director de la Fundación Nacional Ítalo-Americana, Lawrence Purpuro, protestó enérgicamente cuando en enero la universidad católica de Notre Dame, en Indiana, retiró 12 murales del siglo XIX que representan varios momentos de la vida de Colón. Según Purpuro, «se pueden mantener debates académicos sobre la vida y pensamiento de Colón, pero no se puede colocar sobre sus hombros el peso del destino de todos los nativos americanos».

Mientras, fuentes de la embajada española en EE.UU. aseguran a ABC que «se sigue con gran interés todo lo relativo al legado hispano, y que cuando se estima conveniente, se hacen las gestiones oportunas, que pueden ser directas o indirectas; visibles o si se considera oportuno, más discretas».

Fuente: ABC